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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-07-2015

Internet y la bomba

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Marx, que en 1857 haba confiado de un modo un poco mecnico en la potencia ilustrada y desalienante de la tecnologa (los antiguos mitos griegos, deca, dejaban de ser crebles gracias al telgrafo y el ferrocarril), se mostraba mucho menos optimista en una carta que dirigi a su amigo Kugelmann en 1871: hasta ahora se haba credo, escriba, que la emergencia de los mitos cristianos durante el imperio romano haba sido posible slo porque todava no se haba inventado la imprenta. Pero es precisamente lo contrario. La prensa diaria y el telgrafo, que en un momento propaga sus inventos por toda la tierra, fabrican ms mitos en un da de los que en el pasado se creaban en un siglo.

Esta reflexin -de un hombre que experiment en propia carne la levadura tecnolgica de las habladuras y las calumnias- es tanto ms actual si se piensa en las absurdas esperanzas depositadas en las nuevas tecnologas de la comunicacin. En 1980, por ejemplo, Alvin Toffler, en su ya clsico La tercera ola, conceba el ordenador como un antdoto contra la cultura fragmentada y lo asociaba al establecimiento de un medio ambiente inteligente que cambiara el cerebro de los humanos, volvindolos tambin ms inteligentes. Es muy probable que el ordenador est introduciendo cambios antropolgicos decisivos, pero no es fcil relacionar dulcemente el nuevo paradigma con un aumento de la inteligencia o, al menos, de la racionalidad. El ordenador conectado a la red, como a una nueva intimidad en el exterior, como a un rgano del propio cuerpo del que el cuerpo, a su vez, es slo un rgano, nos conecta a la humanidad ms vieja o, si se quiere, a todas las humanidades primitivas que damos alegremente por superadas o desaparecidas. Internet es un basurero activo, en fermentacin, de lo que el viejo marxismo llamaba supervivencias o residuos de otros medios de produccin, mitos feudales, aoranzas de esclavitud, desechos contaminantes de religiones muertas. La postmodernidad no es la superacin de la modernidad sino la resurreccin tecnolgica promiscua de todas las pre-modernidades. Pensemos, por ejemplo, en las miles de pginas que difunden el yihadismo, la parapsicologa, la cienciologa, el evangelismo, la anti-vacunacin, los contactos extraterrestres o, en trminos ms psicopatolgicos, las ms delirantes teoras conspiratorias. El acceso virtualmente universal a una red racional de intercambios generalizados no ha reducido los fanatismos religiosos ni las nostalgias reaccionarias: nos ha vuelto, si se quiere, ms rpidamente supersticiosos, ms pluralmente irracionales. No hay una sola creencia absurda que no encuentre adeptos y pruebas en internet. Las nuevas tecnologas -digamos la verdad- no han frenado sino multiplicado la riqueza mitolgica y chismosa de la humanidad.

Volvamos a Marx y a sus reflexiones sobre la tecnologa. En 1879, cuatro aos antes de su muerte, el autor de El Capital se reuni con sir Grant Duff, al que la hija de la reina Victoria haba pedido informacin sobre el monstruo barbudo que amenazaba el orden secular de Inglaterra. En esa reunin -de la que el aristcrata ingls sali complacido y admirado- Marx anunci un futuro inminente de revoluciones, empezando por Rusia y Alemania, y contrari todas las esperanzas de su interlocutor en un desarme consensuado entre las grandes potencias: la competencia y los progresos cientficos en el arte de la destruccin, dijo, empeoraran cada vez ms la situacin. Los gobiernos dedicaran cada ao ms dinero y ms material a la industria blica, alimentando de ese manera un crculo vicioso inevitable y sin ms salida que la guerra misma.

Este, como vemos, es otra de los pronsticos de Marx que se han cumplido con trgica fidelidad. Todos los avances mdicos, todos los grandes descubrimientos cientficos, todos los progresos tecnolgicos en favor de la vida humana se han visto compensados hasta casi el equilibrio por el desarrollo paralelo de las fuerzas destructivas. Desde la muerte de Marx, la tecnologa de la guerra ha multiplicado sus muertos como la tecnologa de la comunicacin ha multiplicado los mitos. La importancia que nuestra civilizacin ilustrada da a la guerra se puede medir por el hecho de que los pases ms democrticos del mundo destinan mucho ms dinero del presupuesto al desarrollo de nuevas mquinas de destruccin que a la educacin o la sanidad: en 2014 EEUU gast 574.000 millones de dlares, China 148.000 millones, Rusia 78.000, Inglaterra 55.000, India 44.000. El conjunto del gasto militar del mundo ascendi a 1,547 billones -billones!- en 2014 mientras que bastaran 6.000 millones de dlares para curar la malaria, que mata a 1 milln de personas todos los aos. La multiplicacin tecnolgica aplicada a la destruccin nos hace pensar siempre en los campos de concentracin nazis, donde la racionalidad industrial aument la velocidad del exterminio a travs de las cmaras de gas, que permitan -progreso indudable- matar entre 5.000 y 10.000 personas cada da. Pero es el marco armamentstico general, y en particular el uso de la aviacin, el que ha marcado un profundo cambio antropolgico en la relacin de los humanos con la guerra. La velocidad del progreso se traduce en un aumento exponencial del nmero de muertos y en un desplazamiento de la condicin de los mismos: hasta la 1 guerra mundial la guerra implicaba slo a militares machos. El siglo XX, en cambio, multiplic y democratiz la destruccin, que ahora afecta sobre todo a civiles, mujeres y nios. Veamos: en la sangrienta guerra franco-prusiana de 1870-1871, que Marx vivi con horror, murieron 700.000 personas, de las que 200.000 (sobre todo por asedio o enfermedad) eran civiles. En la 1 guerra mundial (1914-1918), punto de inflexin en las normas y las prcticas de la guerra, murieron en torno a 18 millones de seres humanos, la mitad civiles. En la 2 guerra mundial el nmero de muertos ascendi a unos 70 millones, de los que las dos terceras partes fueron civiles; y slo en los bombardeos de Tokio e Hiroshima murieron en pocas horas 250.000 personas. Desde entonces no ha habido un solo da sin guerra o bombardeos, prcticas mansamente aceptadas a pesar del compromiso jurdico internacional y que suspenden de hecho todas las garantas procesales del derecho. En el ao 2002, antes de la invasin de Iraq y de la guerra en Siria, haban muerto ya ms de 40 millones de seres humanos a causa de la guerra y el 85% eran civiles completamente ajenos a los conflictos que los mataron. Yemen y Libia lubrican an ms ahora este floreciente mercado que parasita el dolor y la muerte de los humanos para obtener crecientes beneficios.

Marx tena ms razn cuando pensaba en la tecnologa como fuerza conservadora (de mitos humanos) y destructora (de vidas humanas) que cuando la conceba como un soporte neutro o un vector de liberacin. Da mucho miedo pensar en un mundo en el que la mltiple irracionalidad resucitada y el crculo vicioso de los avances blicos se dan la mano y se alimentan recprocamente. A la Internacional de la conciencia proletaria ha seguido una Internacional de las Supersticiones que se provee de armas de destruccin masiva en el mercado capitalista global. Si mercado capitalista, tecnologa de la destruccin y fanatismo primitivo se acomodan, como as parece, y se alimentan mutuamente, la posibilidad de que una Humanidad razonable tome las riendas de la economa y de las mquinas se aleja como una inalcanzable quimera. Pensar juntas y cmplices a la humanidad de internet y a la inhumanidad de la bomba atmica inclina poco al optimismo. Pero es contra eso, mucho me temo, contra lo que tenemos que luchar.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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