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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-09-2005

Egolatra

Santiago Alba
Rebelin


En trminos filosficos, podramos definir la cultura occidental del ltimo cuarto del siglo XX como el resultado de la Autodestruccin de la Razn en virtud de su propio ejercicio interno; es a eso a lo que hemos venido llamando postmodernidad para definir una constelacin de discursos que, gloria del chisporroteo, reivindicaban la "muerte del sujeto", el fin de los Grandes Relatos de emancipacin, la identidad dbil o fragmentada, el relativismo narcisista, el derecho al presente, la irona descomprometida, la construccin esttica de una personalidad discontinua. Algunas de estas consignas no hubiesen estado nada mal en un mundo mejor, pero en el realmente existente parecan venir sencillamente a replicar o doblar fantasmalmente (alegre nihilismo de las lites urbanas occidentales) el muy material y destructivo proceso que erosionaba y sigue erosionando el suelo de la humanidad, esa brega imparable que hemos venido denominando, con una cierta timidez eufemstica, "globalizacin": el desmantelamiento del Estado del Bienestar, la "flexibilidad laboral, la destruccin de la comunidad, la corrosin del carcter, la fragmentacin biogrfica, el imperio del ello consumidor, la deslocalizacin de las relaciones y la volatilizacin de los lugares. En estas condiciones, la Autodestruccin de la Razn era indisociable de una autonegacin de la poltica -como necesidad y aspiracin a un marco colectivo de decisin- en la que, paradjicamente, los nombres ms revolucionarios de la cultura daban pedales, cuesta abajo, a la revolucin permanente del capitalismo; as, el "nomadismo" de Deleuze describa bastante bien los flujos migratorios de la fuerza de trabajo, el cuidado del self de Foucault se distingua poco de los llamados "manuales de auto-ayuda" y el "deseo" y las "multitudes" de Negri serviran de slogan publicitario para la inauguracin de un Nuevo Centro Comercial. Frente a esta Autodestruccin de la Razn que inevitablemente entraa la despolitizacin de las relaciones sociales, Benedicto XVI, consciente al mismo tiempo de la inseguridad cotidiana de los hombres y de la poderosa rivalidad del Islam, ha denunciado muy justamente la "tirana relativista", pero propone, a cambio, el restablecimiento del dogma religioso como espinazo de toda certidumbre; es decir, retroceder del post-racionalismo al ante-racionalismo. Esa, claro, no es la solucin. De lo que se trata ms bien es de retroceder un poco menos y recuperar la poltica, proyecto al que se oponen por igual -nico pero suficiente acuerdo entre ambas fuerzas- el relativismo capitalista y el dogmatismo religioso.

A lo largo de los ltimos aos, muchos han sido los procedimientos destinados a despolitizar un conflicto global cuya herida reclama cada vez ms remiendos: las ONGs con su institucionalizacin de la neutralidad bienhechora; las sectas e iglesias que, sobre todo en Latinoamrica, han puesto a cantar a los que antes peleaban en las selvas; el soborno menudo de la mercanca alcanzada o prometida; los sindicatos claudicantes que aterciopelan la resistencia; la idolatra sin cuerpo de las imgenes televisivas; y en los grandes centros urbanos occidentales... la psiquiatra. Hace unos meses un informe oficial estadounidense revelaba que el 50% de los ciudadanos de los EEUU sufre "trastornos psicolgicos", dato que, a escala quizs ms modesta, es extrapolable al conjunto de Europa, incluida Espaa, donde el nmero de personas actualmente en tratamiento psiquitrico, de formar una coalicin electoral, constituiran sin duda el principal partido de la oposicin. La psiquiatrizacin masiva e ininterrumpida de la vida social (estrs post-traumtico, depresin post-vacacional, sndrome post-divorcio, etc.) demuestra palmariamente la fuerza patgena del capitalismo, pero ilumina asimismo una prctica psiquitrica orientada menos a resolver que a bloquear la experiencia sociobiogrfica del conflicto individual.

Hace unos meses una editorial asturiana publicaba un libro tan polmico como necesario, Egolatra, que por eso mismo, desgraciadamente, slo provocar quizs alguna que otra batallita gremial. En l su autor, Guillermo Rendueles, terico de la psiquiatra, psiquiatra bragado en la sanidad pblica (en una regin cuya historia ms reciente est marcada por la reconversin industrial y la derrota de la clase obrera), militante de izquierdas y muy brillante escritor, analiza y denuncia los discursos y las prcticas de la psiquiatra en el marco de una sociedad que no puede permitirse dar tiempo a los hombres para adquirir una psicologa y que exige permanentemente la disolucin de todo sujeto, tanto en sentido biogrfico como moral, para poder reproducirse sin resistencias. El cambio de paradigma impuesto en los aos setenta por la APA (Asociacin de Psiquiatras Americanos) desplaz los rubros clsicos de la "neurosis", la "perversin" o la "histeria" -centros de dursimas batallas tericas- para aceptar pasivamente la doxa social que lubrica, legitima y honra en cada gesto la "personalidad multiple". En general no hay ninguna "normalidad" a partir de la cual se pueda definir la "locura" sino que, al contrario, es la "locura" la que revela los lmites y consistencia de la normalidad. En este sentido, la clasificacin nosolgica del DSM (Manual diagnstico y estadstico de los desrdenes mentales) es realmente -dice Rendueles- "la imagen en negativo de la normalidad postmoderna". Podramos decir que, si la normalidad postmoderna es la funcionalidad de una desintegracin integrada, nuestra "locura" no es ms que un exceso de postmodernidad.

Pero el problema de nuestra poca es menos el de una clasificacin polticamente correcta de la "enfermedad" que el de una psiquiatrizacin permanente de la normalidad. Porque las nuevas categoras nosolgicas del DSM se inscriben en una ideologa segn la cual -denuncia con contundencia Rendueles- "la psiquiatra podra, como por arte de magia, dar solucin a los problemas ms dispares sin necesidad de ningn cambio real. Esta asombrosa ciencia sera la ms apropiada para disear polticas reformistas que aborden problemas como la pobreza, el racismo, la violencia contra las mujeres, la "epidemia" de las drogas o el alcohol e incluso el pesimismo social y las secuelas del terrorismo, por medio de medidas psicolgicas". La judicializacin del conflicto, que pretende solucionar "la lucha de clases" en los juzgados, tiene su correspondiente mental en esta "psiquiatrizacin masiva de la poblacin" que manda al consultorio las miserias reales de los occidentales. La misin del psiquiatra, en este sentido, ya no es -ni siquiera- la de descubrir un problema latente sino la de convencer al paciente de que su problema evidente no es ningn problema; no es la de abordar, penetrar y reparar una "anormalidad" sino la de descubrir(le) al paciente su "normalidad" rechazada. La psiquiatrizacin vitalicia del individuo occidental est orientada a no dejarle escapar de la "normalidad", por muy dura, absurda o inmoral que sea. Y esto por un triple camino:

- Desdramatizacin de los acontecimientos. Despus de un divorcio, antes de un examen, como consecuencia de un accidente, un fracaso laboral o una prdida irreparable (la muerte, por ejemplo, de un ser querido), la presencia automtica del psiquiatra o del psiclogo est destinada a bloquear la experiencia individual y social del "duelo", cuya lenta maduracin amenaza con ralentizar o entorpecer la "restauracin" del yo flexible reclamado por la sociedad post-moderna. Como con los 3.000 muertos de Macondo, nunca pasa nada, a uno nunca le pasa nada de lo que deba extraer una leccin, conservar un recuerdo o deducir una accin. En una caricatura extrema, podramos decir que incluso el asesino es conducido al psiquiatra, no para que ste valore la concurrencia de factores psicolgicos en la comisin del delito, sino para que no se "traumatice" por lo que ha hecho.

- Irresponsabilizacin de la conducta. Si no pasa nada, las cosas no las hace nadie y las acciones no se examinan a la luz de una instancia decisoria (sujeto tico o psicolgico) sino del placer que reportan: del derecho a la "realizacin personal" a remolque de los sucesivos "yo" contextuales y superficiales, sin costuras causales, que se suceden en el cuerpo y de los "deseos" que los dominan. El psiquiatra, que bloquea el "duelo", normaliza la ausencia de sujeto como rutina del derecho postmoderno. La responsabilidad queda reservada para los pueblos no occidentales y, en Europa y los EEUU, para los fumadores.

- Privatizacin del conflicto. En un texto anterior (incluido en un libro todo l recomendable, IKE, retales de la reconversin, de Ladinamo Libros, 2004), Guillermo Rendueles haba demostrado de un modo inobjetable, a partir del caso de las trabajadoras de IKE encerradas en la fbrica en defensa de sus puestos de trabajo y luego conducidas a su consulta como vctimas de distintos "trastornos" y "desrdenes" neurticos o depresivos, haba demostrado -digo- la envidiable salud mental de unas mujeres cuyo "malestar" se presentaba, y adquira rasgos "privados", como consecuencia de una derrota colectiva. El psiquiatra -en este caso el propio autor- se vea obligado a tratar como un desarreglo psicolgico y privado un problema poltico y colectivo cuya solucin slo poda ser, por tanto, poltica y colectiva y cuyo carcter poltico y colectivo (el del problema y el de la solucin) era ignorado por las propias pacientes, las cuales acudan angustiadas al consultorio para una "reconversin" individual. La psiquiatrizacin masiva de la poblacin, de un modo premeditado o no, funciona de hecho como una privatizacin institucional del conflicto poltico, mediante la cual se "psicologiza" el paro, el trabajo precario, la explotacin laboral y el llamado mobbing o "acoso psicolgico" de los empleados. Una sociedad reducida a los puros vnculos privados -contratos bilaterales cada vez ms fugaces- y tutelada por una tropilla de mecnicos-psiclogos es una sociedad en la que finalmente -cito experiencias desgraciadamente reales- el sindicato de una empresa defiende a sus afiliados de los malos tratos del jefe costendole una terapia o reglndole un "manual de autoayuda" y los empleados de una institucin aceptan como creativa y eficaz la propuesta de masajearse recprocamente los pies en las horas de descanso para combatir el estrs.

Estos tres factores convergentes, que he resumido con algunas libertades y omisiones que Rendueles sabr disculparme, concurren claramente, por lo dems, a eso que yo he llamado "nihilizacin" de la normalidad occidental y que el propio Rendueles identifica muy bien en su libro con una "salud mental" alegremente auto(hetero)destructiva, un "patrn de cultura" que se reconoce en (y recompensa como "saludables") el egoismo, la insolidaridad, la astucia, el triunfo individual, la satisfaccin del ello, la eterna adolescencia. En este contexto, el papel del psiquiatra es el de un obediente abogado defensor del "deseo" (el ello freudiano) del paciente, al que dispensa bajas laborales y suministra grandes cantidades de anti-depresivos, para mayor gloria de la industria farmacutica. En este contexto tambin, y del otro lado, la resistencia a la psiquiatrizacin -paradjicamente- slo puede interpretarse como un signo de locura o de peligrosidad social. Unicamente los "vesnicos" y los "terroristas" se niegan ya a acudir al psiquiatra.

Estos tres factores, y sus contrapuntos benignos, estn "ilustrados" en Egolatra por una galera de personajes "notables", desde "el asesino del rol" y el "asesino de Pedralbes" hasta T.E. Lawrence, Fernando Pessoa y Garca Morente. Esta es la parte ms discutible del libro de Rendueles, aunque tambin la ms fascinante desde un punto de vista literario. Particularmente desasosegante para los althuserianos -entre los que me cuento- es el captulo en el que analiza la personalidad de Althusser y el asesinato de su mujer Helene a partir de esa "decisin de ser Nadie" del filsofo que habra determinado tambin su lectura anti-humanista de Marx (aunque los que somos adems sartreanos se lo perdonamos en la medida en que, por contraste, la figura del pequeo inmenso Sartre, tan injustamente olvidado como el propio Althusser, se agiganta an ms, solar, limpia, jovial, como el paradigma de "salud mental" y sensatez poltica -y decisin de decidir- que Rendueles nos propone contra un mundo de egolatras fatalistas y libertades infligidas).

Puede parecer extraa o sospechosa esta denuncia de la psiquiatra por parte de un psiquiatra que reivindica el sujeto ilustrado, invoca el concepto "moderno" -es decir, obsoleto- de responsabilidad y reclama menos consultorios privados y ms asambleas pblicas. Algunos de sus colegas, sin duda, protestarn acusndole de criminalizar a los pacientes, de reducir todos los historiales clnicos a revoluciones malogradas y de negar, por tanto, el objeto mismo de la psiquiatra. A despecho de algunas expresiones duras y de algunas formulaciones extremas, creo que Egolatra est a salvo de estas crticas. Rendueles no ha escrito un libro de psiquiatra sino un libro en el que se nos explica precisamente lo que la psiquiatra no debe hacer, lo que no es la psiquiatra, lo que la psiquiatra no puede ser y lo que la psiquiatra, desgraciadamente, est haciendo; y lo que est haciendo, con conciencia o no, a favor de un modelo social de destruccin generalizada (de cosas, de cuerpos, de psiquismos) que ninguna terapia puede remendar. Que slo esa gran "terapia de grupo" que llamamos revolucin o, ms modestamente, poltica puede tal vez -al menos- aliviar.  


(Egolatra, el libro de Guillermo Rendueles publicado por KRK, Fundacin Benito Feijoo, Oviedo, estar a disposicin de los lectores de Rebelin en la seccin LibrosLibres, en versin ntegra, a partir del prximo viernes da 16 de septiembre).


 



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