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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-09-2005

El incendio del Reichstag de Bush el 11-S

Harvey Wasserman
Common Dreams

Traducido para Rebelin por Germn Leyens


Cuando Hitler ascenda al poder en la Alemania de los aos treinta, alguien le hizo el favor de incendiar el Reichstag, el parlamento alemn. Se piensa en general que los nazis lo quemaron ellos mismos.

Los cnicos aclitos de Hitler convirtieron ese incendio en una horrenda ola de terror. Acusaron a los comunistas y a los judos, a los sindicalistas y a los homosexuales. Con el apoyo de un populacho aterrado, suspendieron los derechos y las libertades civiles, engrasaron su maquinaria blica y se hicieron llevar por la marea fascista hacia una genuina dictadura fascista. El resto, como se dice, es historia.

La interminable orga de retrica, recriminaciones y represalias por el 11-S patrocinada por la Casa Blanca se ha convertido en un paralelo traicionero. Pocos estadounidenses creen que la propia administracin Bush haya derribado el World Trade Center. Pero esa conviccin se generaliza en Europa y el mundo musulmn, y por buen motivo.

Este gobierno no-elegido Hitler tambin lleg al poder con una minora de los votos ha utilizado las terribles tragedias del 11 de septiembre de un modo muy parecido a la forma como los nazis aprovecharon el incendio del Reichstag. Bush no logr capturar o juzgar a los presuntos perpetradores del 11-S. Pero ha utilizado la tragedia para impulsar una agenda de extrema derecha orientada a aplastar las libertades cvicas, silenciar toda oposicin, engrasar una maquinaria blica, y arrogarse el derecho a atacar unilateralmente a otros pases sin provocacin tangible.

Al mismo tiempo ha habido un ataque contra el entorno natural, los derechos de las mujeres, los derechos gays, el sindicalismo organizado, una amplia gama de tratados internacionales, y la necesidad del pblico de saber respecto a y llevar ante la justicia el crimen corporativo y los negocios burstiles fraudulentos que parecen involucrar a por lo menos la mitad del gabinete de Bush, incluyendo a sus dos principales miembros.

De modo apropiado, precisamente cuando la nacin honraba a los que murieron en uno de los actos ms perversos de terrorismo imaginables, Jeb, el hermano de Bush, realiz otra burla del proceso electoral. En Florida, donde la eleccin de 2000 fue descaradamente robada, impusieron de nuevo las mquinas de votar defectuosas en distritos repletos sobre todo de negros y judos. Mientras los ojos de la nacin se concentraban en otro sitio se inyect un caos importante tal vez fatal en la primaria demcrata que deba elegir al oponente de Jeb en el otoo. Mientras las boletas inutilizables, las mquinas disfuncionales y las horas de votacin manipuladas volvan a desgarrar el proceso democrtico, se poda or a los republicanos rindose satisfechos desde Tallahassee a Washington.

Mientras tanto, John Ashcroft despedaz la Declaracin de Derechos de EE.UU. de un modo como Osama bin Laden o Sadam Husein jams hubieran imaginado. Bajo el manto del terror, el nuevo Gran Inquisidor virtualmente elimin las primeras diez enmiendas a la Constitucin excepto la segunda, que garantizaba que l y sus patrocinadores del lobby de las armas (e innumerables potenciales terroristas) puedan continuar portando rifles.

Por cierto, mientras profesaban un odio acrrimo al Gran Gobierno, los as llamados conservadores patriticos tiraron virtualmente a la basura toda garanta de libertad individual en la que se construy la grandeza estadounidense. En nombre de la lucha contra el terror, el derecho se ha convertido en el mximo terrorista anticonstitucional. Ashcroft se arrog el poder de arrestar virtualmente a todos los que considerara inadecuados, los desapareci sin anuncio pblico, les neg acceso a un abogado, y los juzg en secreto, cuando lo haca. Bajo ciertas interpretaciones del procedimiento militar, la Administracin Bush cree evidentemente que tiene derecho a ejecutar gente sin garantas constitucionales.

En otras palabras, el rgimen se conduce de un modo muy similar a muchas otras dictaduras del tercer mundo que EE.UU. ha instalado por todas partes. Pinochet, Somoza, los talibn, Sadam Husein, el shah, Noriega, Mobutu, Marcos, Suharto. Los saudes.

Estos rebaos de matones y clepto-dictadores patrocinados por EE.UU. finalmente han terminado por pagar las consecuencias. Para la mayora de los estadounidenses, cualquier comparacin semejante con algn rgimen de EE.UU. parece una exageracin histrica. Despus de todo, los manifestantes contra la guerra abusaron de la palabra fascista a fines de los aos sesenta como un epteto comn.

Pero Lyndon Johnson no era fascista, y a Richard Nixon lo obligaron a funcionar al unsono con la Declaracin de Derechos y con una Corte Suprema que estuvo dispuesta a respaldarla. Aunque EE.UU. estaba sumergido en una guerra real, aunque injusta, las garantas de libre expresin, habeas corpus y de un juicio justo y pblico siguieron existiendo.

Esas garantas han desaparecido. Las libertades tambin fueron limitadas durante la Guerra Civil y la Primera y Segunda guerras mundiales. Pero la nueva guerra de Bush no tiene un enemigo definido, ni un objetivo claro, y an ms importante, no tiene un fin previsible. Es una realidad orwelliana tangible, un pretexto permanente para destruir la libertad y el disenso.

Porque esos poderes absolutos estn siendo utilizados ahora en primer lugar contra gente de color, la mayora de los estadounidenses piensan que estos nuevos poderes no los afectarn. Pero como en Alemania, es slo cosa de tiempo antes de que todos y cada uno sean intimidados, y todos y cada uno sean objeto de ataques oficiales.

Esta administracin ha gustado de lanzar la etiqueta de terrorista contra aquellos ecologistas y otros activistas que podran cuestionar su tendencia al secreto u oponerse a sus polticas dictadas por las corporaciones. La historia nos ensea que sera una ilusin no esperar lo peor.

Porque esta administracin no slo no fue elegida, sino tiene mucho que ocultar. Un ejemplo es la violacin meditica en patota de Martha Stewart. Mientras ella sufri el ridculo pblico y el procesamiento oficial, los crmenes de George Bush en Harken Energy y de Dick Cheney en Halliburton fueron mucho peores. Stewart no era directora de una compaa cuyas acciones podra haber vendido con informacin confidencial. Bush y Cheney no estaban en la direccin o cerca de ella de las compaas de las que obtuvieron millones mientras se saqueaba a los accionistas corrientes. Como sabemos de tantas dictaduras del tercer mundo, cuando existe una adiccin al secreto siempre hay mucho que ocultar.

Mientras tanto, Ashcroft encontr suficiente tiempo para atacar el uso medicinal de la marihuana y de otras substancias que los estadounidenses podran querer utilizar aparte del tabaco y del alcohol. No puede sorprender por lo tanto, que mientras un cmulo de informacin reciente confirma las tan necesitadas posibilidades curativas de marihuana, particularmente en la quimioterapia y en los tratamientos del sida, los fumadores de marihuana estn siendo igualados con terroristas. Mientras estado tras estado confirma la historia de 5.000 aos de marihuana como hierba medicinal, la administracin insiste en imponer sanciones por su uso, que a menudo exceden aquellas por violacin y asesinato. La guerra contra la droga sigue siendo una orden judicial indiscriminada para exponer a decenas de millones de estadounidenses al peligro de ser arrestados al azar y sin motivo.

Para comenzar, la derecha dej de lado su retrica histrica sobre los derechos de los estados, para pisotear la oposicin en un 80% de Nevada a ser convertida en un basural para desperdicios radioactivos. Hay que terminar por preguntarse si existe algn poder del que no se quiera apoderar este gobierno.

La respuesta parece ser negativa. ste podra bien ser el tiempo ms peligroso de toda la historia de EE.UU. Aunque los regmenes de guerra de Abraham Lincoln, Woodrow Wilson y Franklin Roosevelt tuvieron sus excesos, sigui existiendo un compromiso integral con las garantas histricas de libertad que haban hecho la grandeza de EE.UU.

Impregnados de fracaso econmico, escndalos personales y una obsesin por el secreto, ste se ha convertido en el gobierno ms opresor de todos los de EE.UU. Con medios de informacin comprados, un Congreso dcil y un Partido Demcrata invertebrado, ha convertido el horror del 11 de septiembre en una excusa chabacana para enterrar las libertades fundamentales que han hecho la grandeza de EE.UU.

No ser fcil resucitar esas libertades. Pero no tenemos otra alternativa.

http://www.commondreams.org/views02/0913-03.htm



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