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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-07-2015

Mauritania
Sentirse (un poquito) migrante

Alberto Gutirrez Souza
Rebelin


Con mi Tarjeta de Residencia mauritana caducada (oficialmente, un "sin papeles") y, por ello, ante la imposibilidad de salir del pas (y en veinte das nos vamos de vacaciones) esta semana nos fuimos (mi pareja y yo) a una de las dos nicas oficinas de Nuakchot donde realizan este trmite administrativo. Dos buenos amigos ("tubabs"=blancos, occidentales, como yo) ya me haban contado su desesperante experiencia. All nos presentamos el jueves a las 8 de la maana, da para el que nos haban dado cita. Mis amigos me haban recomendado madrugar ms. Despus lamentara no haberles hecho caso. Cuando llegamos, en la cola de hombres ya haba una buena cuarentena de persona delante de m. Prcticamente todos negros (Senegal, Gambia, Mal,..); algn que otro asitico y magreb. Los primeros de la fila haban pasado toda la noche all, otros haban ido llegando poco a poco a lo largo de ella. Una buena mayora, tambin, era el tercer o cuarto da que lo intentaban.

Poco a poco iba pasando el tiempo, y con l el calor aumentaba. La fila est en la calle, a pleno sol, y no hay ningn lugar de sombra ni ningn banco para sentarse. A una hora ya no tan tempranera, y cuando la oficina est ya abierta, empiezan a llegar ms extranjeros de esos que tienen otro estatus, acompaados de un intermediario mauritano, y que, sin ningn tipo de vergenza ni reparo, pasan por delante de la cola y entran directamente al edificio: algn europeo de la empresa privada, un grupo de chinos, una buena decena de barbudos islamistas,

La maana va pasando, y yo voy conociendo a mis compaeros de fila, una fila que no avanza apenas. Ousmane, gambiano corpulento, sonriente y parlanchn, me cuenta su pasado de trabajo en las minas de oro y diamantes de Sierra Leona; su savoir faire en el trato con occidentales y su enorme deseo de llegar a Europa. Lo intent tres veces. Siempre por avin. La muerte en el intento de varios amigos, ahogados en esa fosa comn que se extiende desde el Atlntico de frica Occidental hasta las costas de Libia, hizo que los suyos hayan sido siempre por avin. Dos mil euros para pasaje de avin y visado falsificado. Una de las veces lleg a pisar el aeropuerto Charles de Gaulle, en Pars. La ms exitosa de ellas le permiti pasar una semana en Londres, aventura que termin cuando la polica lo detect con sus papeles falsos en la calle.

Como l, el resto de mis compaeros de fila no necesitan la tarjeta para irse de vacaciones con su familia. La necesitan para vivir tranquilos y poder ganarse la vida como albailes, taxistas, A ellos los detiene la polica mauritana en sus redadas habituales en los barrios de Cinquime y Sixime. Al no tener la tarjeta de residencia, o tenerla caducada, se los llevan arrestados a los calabozos de la comisara, un lugar sucio y realmente inhumano. All esperarn el tiempo que su familia y amigos tarden en recolectar las 20.000 ouguiya (unos 55 , 2/3 del sueldo mensual de muchos de ellos) para pagar el soborno impuesto por el polica al mando para que les deje libres. Quien no consigue ese dinero en unos cuantos das, ser expulsado a la frontera con Senegal.

Es el da a da para ellos, cuyos rostros reflejan agotamiento y hartazgo, pero tambin sumisin y sometimiento, sabiendo que no hay otra opcin que la espera en esa cola que apenas avanza. Aunque sta pueda resultar, una vez ms, infructuosa.

Avanza la cola de mujeres (mi pareja consigue hacer los trmites), avanza la cola de hombres. Solo entran unas 40 personas y ya han pasado cuatro horas desde que abrieron la oficina. El Guardia nos anuncia que nos podemos ir a casa. Ya no entran ms. Le pregunto y me insiste: maana ven a las seis de la maana. A Ousmane, quien haba estado bromeando con l, le dice algo al odo que parece dejarle contento.

Mis compaeros se marcharn a casa con el miedo a ser detenidos en su camino de vuelta.

Al da siguiente cuando llego, un poco antes de las 6 de la maana, ya haba 34 personas delante de m. Est oscuro y el guardia nos manda hacer una fila, como si estuviramos en la escuela; o en el servicio militar; o ms bien, en la crcel (l pertenece al cuerpo militar que vigila las prisiones en Mauritania). Veo a Ousmane cerca de l, delante de una de las tienditas de fotocopias que funcionan como tapadera para los facilitadores (personas a las que pagas y te cuelan) y de lugar de descanso del guardia, mientras la oficina no abre.

All, prepara el t para l y el resto de electrones que rodean a ese tomo vestido de uniforme caqui. Parece que su coqueteo con el guardin del da anterior dio resultados: se gan la gracia de ser uno de sus asistentes y poder as pasar de los primeros de la fila.

Van pasando los minutos y mi figura destaca en la fila, pues soy el nico blanco y, adems, con una pequea sillita de camping, agua camuflada (esto es un dato porque estamos en ramadn), gorra y khauli para combatir el sol. En un momento dado, el guardia me hace seas desde lejos, con sus habituales modales y me dice (ms bien me da la orden) que me cambie de posicin. Me mete de sptimo. Avergonzado y dubitativo ante mis compaeros de fila, acepto. Y me desplazo ante esa posicin sin levantar la mirada del suelo. Sabiendo que si no lo hago me quedo sin trmites (adems hoy es viernes, da de oracin, y cierran antes), traicionando el principio de ser uno ms. Mis compaeros no rechistan, y son pocas las caras de desprecio hacia m, pues casi entra en su (i)lgica que al tubab lo cuelen. De hecho, para todos all, yo estoy un poco fuera de lugar.

Me instalo y paso minutos en silencio. Pero no puedo evitar comenzar a conversar con ellos y, con el tiempo, pedirles (un) perdn (sincero) a mis compaeros de cerca. Reflexionando y debatiendo sobre la tremenda injusticia y la falta de consideracin al mantener este desorden para la realizacin de lo que debera ser un simple trmite administrativo. Con el objetivo, tambin, de hacer para todos menos larga una espera que, como el da anterior, comienza a ser castigada por el calor y la humedad. Como en tantas otras ocasiones aqu la humanidad en el trato (es de lo poco que) nos iguala.

Por fin nos meten dentro del recinto. Un primer cambio que, adems de ponernos a la sombra, anuncia que haremos ese da los trmites. Ousmane, y el resto de compaeros, sonremos tranquilos. Como si una primera batalla estuviera ganada.

Pero la sonrisa de Ousmane tornar en desesperacin unos minutos ms tarde, delante de la mujer responsable de la oficina. El carnet de identidad de su pas no es aceptado, hay algn problema con l. Parece que es falso, o est caducado. l insiste, pide perdn. La mujer se niega a autorizarle el trmite de residencia mauritana. Los guardias lo sacan tranquilamente de la sala. Pero l se revuelve y se planta delante de la funcionaria. Se arrodilla: je vous suplique!, je vous suplique!. Ahora los guardias ya lo echan con menos amabilidad y se marcha moviendo la cabeza para los lados en un claro gesto de resignacin desesperada.

Dos turnos ms tarde entro yo. La responsable de oficina me pregunta con desprecio y sin mirarme a los ojos, mientras hace otras cosas, si tena cita para ese da. Le respondo que ella misma me dio cita el martes para el jueves, da que lo pas esperando en la cola hasta que el guardia me confirm que no habra tiempo para m ese da. Ah! Entonces no tienes cita para hoy. Le repito el argumento, pero ella empieza a calentarse y decirme, elevando la voz, que no tiene tiempo que perder, que hoy slo van a pasar las citas del viernes, a lo que yo, en su mismo tono repito mi argumento. Ella insiste, enfadada e inflexible. Los guardias, algo desconcertados, me invitan a marcharme, acompandome a la salida.

Siento bloqueo y desesperacin ante una situacin de aleatoriedad que, al mismo tiempo, en el fondo, no me extraa en absoluto (son ya casi 5 aos viviendo aqu). Son las 9 y media, y despus de madrugar y de casi 4 horas (y toda una maana el da anterior) vuelvo al punto de partida. Como si nada hubiera sucedido. Y me acuerdo de mis amigos, y de sus tres das de agotadora gestin Y de las pestes que echaron hacia el pas (referidas, ms bien, a la corrupcin, a la des-organizacin de las estructuras del Estado, etc).

Por mi cabeza pasa contactar con la Cnsul de Espaa, con la Oficina Tcnica de la Cooperacin Espaola,, con la Unin Europea, organismo ste directamente relacionado con esta situacin, pues es quien promovi y acord con Mauritania la puesta en marcha del servicio de control de identidad biomtrico, dentro de su poltica de control migratorio. Pero siento que todo eso sera intil, nada operacional y s muy frustrante. Pues corroborara la falta de empata y de alternativas. Despus de 4 aos de existencia de la Tarjeta, ellos deben de saber que esto pasa. Imagino que no les afecta, pues la mayora cuentan con pasaportes de servicio. Por lo que es una realidad que solo molesta a los de abajo y a unos cuantos que, se puede decir, estamos en el medio.

Pienso, tambin, en contactar con la coordinadora de mi ONG en Madrid (que son quienes cubren mis gastos de residencia) para explicarle que, muy a mi pesar, habr que recurrir a uno de esos intermediarios, pues necesito hacer esta gestin de manera urgente.

Ya en casa, y charlando tranquilamente con mi pareja, caigo en la cuenta de que tengo que volver a pedir cita para el lunes. Para volver a empezar. Es tarde, queda poco para cerrar, pero vuelvo a la oficina.

Una vez en las puertas de la oficina, comento mis intenciones al guardia. En nuestro dilogo sobre lo que pas anteriormente me hace la siguiente sesuda reflexin: Escucha, ella es una mujer. Y ya sabes cmo son las mujeres. A veces se enfadan, sin motivos. Es mejor que le hables tranquilamente, si quieres conseguir algo. Sin comentarios por mi parte. Desgraciadamente, no era la primera vez que escuchaba este tipo de teora. Espero unos minutos hasta que la responsable de la oficina me recibe. Me siento y le comento en tono muy relajado (rozando la sumisin) que vengo a pedir cita para el lunes o, si pudiera ser posible hacerlo hoy, que acabo de ver a compaeros de fila que no tenan cita para hoy, pero que s realizaron su trmite,... Ella niega que eso haya sido posible, sin ni siquiera disimular su gesto de estar mintiendo. Mientras sigo intentando convencerla, comienza a escribirme la autorizacin para realizar el trmite. Y me la da, con la condescendencia de quien regala un caramelo a un nio.

Solo me quedaba ir a la tesorera a pagar esos casi 80 euros (que suponen el sueldo mensual de muchos migrantes aqu). Y esperar mi turno. Al salir de la sala, y cuando an quedaban 20 minutos para el cierre oficial de la oficina, la funcionaria de la tesorera estaba ya cerrando su despacho. Con la inercia de mi conversacin sosegada, y dirigindome a ella con una reiterada intercalacin de sil vous plait (por favor), consigo que vuelva a entrar, encender la luces y, de nuevo, su ordenador, para registrar mi pago y darme el recibo que me permita continuar mi trmite.

Ya solo quedaba esperar para, por fin, realizar todo el trmite de registro de foto, huellas,, y obtener el recibo para recoger mi Tarjeta.

Para m, la pesadilla haba terminado

o ms bien terminar cuando tenga mi Tarjeta de Residencia en mis manos.

El viernes que viene? Inshalh!

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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