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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-07-2015

Una reflexin epistemolgica
Economa bajo sospecha

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Todo el bienestar, la prosperidad, la estabilidad y la paz despus del infierno de la Segunda Guerra Mundial parecan encontrarse en vas de consolidacin tras la cada del Muro de Berln y la unificacin de Alemania. Con la implosin de la Unin Sovitica se dilua la pesadilla finisecular del holocausto nuclear. Como por arte de birlibirloque volva a existir futuro para la humanidad, al menos y en principio para los pases que llevaban dcadas instalados en la prosperidad. En 1992 la candidatura de Bill Clinton a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamrica asumi como sea de identidad la toma de conciencia de la importancia de la economa en la vida concreta de los ciudadanos. James Carville, el director de su campaa, lo expres de forma sucinta mediante la frase: la economa, estpido; de gran xito luego en su versin popularizada: es la economa, estpido!. Fue una de sus bazas frente al candidato George W. Bush, que presentaba como credencial su victoria indiscutiblemente histrica sobre la hidra comunista, que, por cierto y en el mismo ao mencionado, tuvo su glosa intelectual en el ensayo del famoso politlogo desde entonces Francis Fukuyama titulado El fin de la historia y el ltimo hombre [1], donde se sostiene la tesis, justamente, del fin de la historia, entendida sta como pugna entre ideologas. Hecha aicos la tomada por utopa comunista y de paso deslegitimada toda utopa [2] ya no caba duda alguna de cul era el camino a seguir por los Estados consolidados segn el modelo fraguado en el crisol de la as llamada civilizacin occidental a saber: el definido dentro de las coordenadas de la democracia liberal y el capitalismo global. Era la sentencia de la historia. Su sentencia definitiva.

Pero, de repente, atenuadas las voces de los raros agoreros, todo lo que era slido (ttulo de un libro de Antonio Muoz Molina [3] sobre la crisis) mostr su naturaleza gaseosa y voltil. El cataclismo financiero de este siglo apenas iniciado nos ha sacudido con tal severidad que ha abierto de par en par la caja de Pandora de todos los males que acechaban latentes en las ignoradas grietas del imperfecto edificio de nuestra civilizacin; y a algunos frvolos ahtos de realidad virtual nos ha dado por preguntar y querer saber qu ha pasado y por qu ha pasado, tratando de comprender sus antecedentes y repercusiones, lo que lleva a escarbar en lo profundo las races de nuestro mundo de representaciones.

En este contexto hay que agradecerle a Thomas Piketty, profesor de la cole dconomie de Pars, su libro El capital en el siglo XXI [4], de sorprendente xito para alguno de sus crticos, pero que se explica por la necesidad generada en esta coyuntura a quienes desean acrecentar su conciencia de la realidad en la que viven de saber cul ha sido la evolucin de la economa en los principales Estados conformados en congruencia con los principios polticos y econmicos de la modernidad. Otra vez la economa, estpido

Para el asunto que aqu nos atae lo que hace particularmente interesante a la obra mencionada es su crtica al paradigma (en el sentido en el que acu este concepto el filsofo Thomas Kuhn el siglo pasado) econmico actualmente vigente, el cual nunca debi quedar desconectado epistemolgicamente del resto de las ciencias sociales; es decir, que si la Economa no quiere darle la espalda a la realidad, tendr que avanzar conjuntamente con ella, lo que requiere poner fin de una vez por todas a los debates intelectuales y polticos sobre la distribucin de la riqueza que se han alimentado, sobre todo, de grandes prejuicios y muy pocos datos. Esta deficiencia es la que trata de corregir el profesor francs acudiendo a la historia, en busca de los datos que exige su investigacin. Es esta misma actitud rebelde la que adopta el filsofo Mario Bunge en su libro dedicado a la filosofa poltica [5] cuando denuncia la falta de sensibilidad histrica de los economistas ortodoxos, que parecen despreciar la aportacin emprica del pasado, imprescindible para practicar una investigacin rigurosa en el mbito de las ciencias sociales (en lugar de es la economa, estpido!, habra que decir es la historia, estpido!). En sus pginas encontramos justamente una relacin de los mitos que constituyen el corpus de esa doctrina que, en s misma, crea un universo abstracto de naturaleza matemtica que prescinde de la necesaria contrastacin con los hechos sociales que son, en definitiva, su objeto de estudio.

Entre los crticos con el trabajo de Piketty, se halla el economista espaol Francisco Cabrillo, quien en una resea publicada en Revista de Libros [6] le reprocha su <<escaso bagaje analtico>>, as como la simplicidad de sus planteamientos cuando el paradigma epistemolgico dominante entre los economistas es esencialmente matematicista. Se destaca la rareza de la obra del francs por su escaso bagaje analtico, que se limita a unos planteamientos muy simples, acompaados, eso s, de un importante estudio emprico que constituye, sin duda, la aportacin ms valiosa de la obra [7] (ese estudio emprico, por cierto, se centra, sobre todo, en una rigurosa recopilacin de datos acerca de la evolucin de la riqueza de varios pases principalmente Francia, Alemania, Gran Bretaa y Norteamrica desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad). Reconoce Cabrillo que en el paradigma actualmente vigente de la ciencia econmica a menudo hay un exceso de planteamientos tericos muy formalizados [8]. De hecho dirase que se la trata de reducir a mera ciencia formal (no es raro que un premio Nobel de economa sea en realidad matemtico, como era el caso del popular por cinematogrfico John Forbes Nash, hace poco fallecido) de forma anloga a como se redujo durante casi mil quinientos aos los orbes celestes a puro subterfugio geomtrico cuando imperaba en la astronoma el paradigma de Claudio Ptolomeo (siglo II), instrumentalizado con fines ideolgicos por la Iglesia Catlica a partir del Medievo. Cada epiciclo, cada ecuante, cada deferente era un aadido mentiroso en aras al mantenimiento de una cosmovisin que, lejos de brotar del conocimiento objetivo de la realidad, constitua la justificacin pseudocientfica de una ideologa al servicio de intereses que exigan la anulacin del libre pensamiento.

Todos conocemos la historia suficientemente: tras la publicacin por parte de Nicols Coprnico del libro donde propona el modelo heliocntrico (De revolutionibus orbium coelestium, 1543) fue la toma en consideracin de las evidencias empricas la que llev a valorar una alternativa terica que poda dar mejor cuenta de las mismas. El telescopio de Galileo apuntando a los orbes celestes representaba ciertamente un instrumento satnico por revolucionario, ya que estableca un puente entre el mundo abstracto de las ideas y el concreto de lo que es objeto de experiencia. Y es ese vnculo entre ambos el que dota de musculatura transformadora al conocimiento armndolo de capacidad crtica frente al dogma. Esto lo saba muy bien la Iglesia Catlica que, por lo mismo, fue contra el filsofo-cientfico italiano empleando el mximo poder de coercin y sin el ms mnimo escrpulo moral [9]. Con la revolucin copernicana la geometra dej de ser un mero apao mediante el cual salvar las apariencias que deban ser siempre compatibles con una cosmovisin dictada desde premisas ideolgicas y no fundamentadas sobre un conocimiento cierto de la realidad objetiva. La mxima expresin de este compromiso epistmico entre matemticas y realidad, que est en el germen de la ciencia moderna, la encontramos en estas palabras del sabio renacentista: La filosofa est escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto delante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Est escrito en lengua matemtica, y los caracteres son tringulos, crculos y otras figuras geomtricas sin los cuales es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro (Saggiatore [Ensayista] 6).

En consecuencia, toda ciencia que desee ser considerada como tal y que pretenda no ser pura ciencia formal, ha de aceptar todos los desafos a los que la realidad quiera retarla, asumiendo su falibilidad como rasgo intrnseco de su condicin epistmica, sometindose, por ende, al insoslayable criterio popperiano de la falsacin. Si no, corre el riesgo cierto de que la teora acabe degenerando en delirio vlido para los ms poderosos intereses ideolgicos. Tambin la Economa. sta, sin embargo, en su desarrollo a lo largo de las ltimas dcadas ha visto complicarse su relacin con la dimensin de los hechos; lo cual se evidencia, precisamente, en la problematicidad que encierra la aplicacin del susodicho criterio popperiano. Problematicidad reconocida ya en estudios epistemolgicos de hace tiempo; por ejemplo el del economista italiano Corrado Benassi publicado en 1985 en la revista Lecturas de economa, en su nmero 16, bajo el ttulo de Epistemologa y ciencia econmica: algunas observaciones sobre Karl Popper y la Economa [10]. En este trabajo se presentan aquellos aspectos de la economa que la alejan del planteamiento falsacionista tan presente en las ciencias fsicas. Su deriva formalista reconocida, como hemos visto, por los propios economistas ha de encontrar lmite dada su condicin genuina de ciencia social. Cuanto mayor sea la brecha entre teora formal y hechos empricos mayor ser el peligro de adulteracin ideolgica, pues su objeto de estudio es al mismo tiempo objeto de potentes intereses de grupo, obstculos claro est para la construccin de una genuina ciencia del epifenmeno social que referimos mediante el vocablo economa.

Hay ms antecedentes en la historia. Momentos de la indagacin filosfica cuando la forma del mtodo se ha puesto a disposicin de dogmas y prejuicios a los que se ha dotado de apariencia de veracidad que, de no ser as, habran quedado expuestos en su real condicin de mitos. La forma deductiva del silogismo otorgando rigor filosfico al dogma religioso y fundando as la (supuesta) ciencia teolgica. Es la fuerza de la escolstica: philosophia ancilla theologiae. El silogismo, como plasmacin formal de la deduccin, es la estructura afianzadora por la que inferir a partir de los presupuestos incuestionables, que son en s mismos principios que cierran el paso a la molesta senda de la crtica, conclusiones que han de ser necesariamente verdaderas. La razn en efecto anquilosada en el tribunal supremo de la verdad doctrinal, que le vuelve la espalda a la realidad concreta y se torna autista en su mundo de abstracciones autocomplacientes, en su formal congruencia. Acaso no hay coherencia lgica en cada una de las llamadas vas tomistas para la demostracin de la existencia de Dios que nos encontramos en la Suma Teolgica del Doctor Anglico? Luego, Dios existir o no, vaya usted a saber. Pero el orden que representa queda en salvaguarda. Ren Descartes, que tanto tuvo que ver con el proceso de alumbramiento de la modernidad, en esto sigue al padre de la escolstica como queda demostrado en las pginas de la parte IV del Discurso del mtodo en las que se esfuerza denodadamente por demostrar, siguiendo escrupulosamente los cnones formales de la deduccin, que no cabe duda de la existencia de un ser omniperfecto. El argumento que representa de modo ejemplar el paradigma de pensamiento que estamos exponiendo es el argumento ontolgico heredado de Anselmo de Caterbury (1033-1109), deduccin tan impecable formalmente como irrelevante para el conocimiento de la realidad.

Sern estos algunos de los dolos de los que, con el paso de los siglos, profetizar su ocaso el intempestivo Nietzsche, cuyo martillo filosfico golpear cuando denuncia esa idiosincrasia de los filsofos que consiste en confundir lo ltimo y lo primero. Como l mismo aclara: Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final - por desgracia!, pues no debera siquiera venir!- los conceptos supremos, es decir, los conceptos ms generales, los ms vacos, el ltimo humo de la realidad que se evapora [11]. l mismo adverta en esas pginas, refirindose a las ciencias formales de la matemtica y la lgica, del convencionalismo de los signos, el cual elimina el problema de la realidad, hacindola irrelevante para el establecimiento de la verdad. Gracias a su innegable talento para la metfora el pensador con vocacin de dinamita supo expresar muy certeramente que el proceso de la abstraccin al que la razn no puede renunciar a la hora de construir un conocimiento (universal) lleva implcita una dilucin de los componentes concretos que le son ontolgicamente intrnsecos a la realidad, lo mismo que el alquimista filtra a lo largo del recorrido de su alambique la diversidad de matices del microcosmos material para quedarse con la quintaesencia que condensa la quimera de la piedra filosofal (el ltimo humo de la realidad que se evapora). He aqu la paradoja epistmica de la ciencia econmica: una ciencia de cuyos modelos abstractos, formales, matemticos, se han de derivar, de forma deductiva y a partir de ciertos supuestos que se toman como axiomas, acciones concretas sobre situaciones diversas en trance de variacin permanente. El ser omniperfecto de la Economa exige disciplina formal, fidelidad al postulado de racionalidad, lo que conlleva prdida de valor de la objetividad emprica a la que se tacha de quimera lacerada por sesgos ideolgicos. No son de extraar, pues, las tensiones a la hora de evaluar la congruencia entre los planos macroeconmico y microeconmico. Lo podemos leer en las observaciones finales del citado artculo del profesor Benassi: la Economa, siendo una ciencia social, posee algunos v nculos entre ciencia e ideologa ... La imposibilidad, con excepcin de casos muy raros, de tener experimentos sociales (y la naturaleza peculiar de esos experimentos) es tal que las bases empricas para discutir son muy a menudo menos de las que seran necesarias para limitar el juicio de valor a un papel menos decisivo [12].

Se encontrara entonces la ciencia econmica en el dilema de tener que escoger entre, de un lado, su xito terico como ciencia formal, sujeta al criterio que cabe aplicar a las verdades de razn y, de otro, su utilidad para resolver los problemas concretos del mundo conformado por las acciones de los agentes que operan en situaciones definidas por circunstancias diversas y cambiantes, y cuyas decisiones presuponen juicios de valor, que a su vez remiten a creencias, expectativas, temores En este sentido nada ms lejos de la realidad a decir de Mario Bunge que el mito representado por el modelo de eleccin racional [13], ya tratado hace casi una dcada por Dan Ariely en su libro Las trampas del deseo [14], donde nos da pruebas suficientes de que el sujeto definido por los modelos de eleccin racional no es ms que un mito, el cual, no obstante, da por verosmil la ortodoxia econmica. Ello es congruente con la aseveracin de Bunge segn la cual tales modelos no tienen nada de cientfico por cuanto ni son conceptualmente precisos ni estn validados empricamente [15], y sin embargo dan por cierto que la gente siempre acta en vista a lograr el mximo de utilidad de acuerdo con sus expectativas. Todos tenemos experiencias, empero, sin necesidad de embarcarnos en sofisticados proyectos de investigacin, de que la gente de carne y hueso no los agentes abstractos de la teora de juegos, claro est se puede comportar altruistamente o de forma incomprensiblemente autodestructiva, o simplemente estpida al ignorar los hechos y permitir que la ideologa prevalezca sobre el conocimiento.

En este punto de la argumentacin qu a mano nos viene un artculo publicado por el premio Nobel de economa Paul Krugman en las pginas salmn del peridico El Pas el pasado 14 de junio. Deca as en el texto titulado Ideas realmente malas: Algo que hemos aprendido durante los aos transcurridos desde el estallido de la crisis financiera es que las ideas seriamente malas y con esto me refiero a esas ideas que apelan a los prejuicios de la Gente Muy Seria tienen un poder de permanencia sorprendente. Por muchas pruebas en contra que se presenten, por muy estrepitosa y frecuentemente que las predicciones basadas en esas ideas hayan fallado, las malas ideas siempre regresan. Y siguen siendo capaces de deformar la poltica [16]. Seguramente es el caso del mencionado Francisco Cabrillo, representante sin duda de esa Gente Muy Seria catedrtico de Economa en la Universidad Complutense, no digo ms y tan crtico con las tesis de Piketty; para l no admite discusin que el mercado es el mecanismo ms eficiente de asignacin de recursos, que favorece como ningn otro sistema el crecimiento econmico y el aumento del nivel de vida [17] (vamos, lo que vena a ser la divina providencia), por lo que no es de extraar que para muchos economistas el concepto de justicia distributiva se halle vaco de contenido por cuanto sobre l caben todo tipo de opiniones perfectamente defendibles [18]. Qu ms se podra decir para desligar por completo la economa de la tica (y de la poltica de paso)? Qu poco cientfico esgrimir estos supuestos si no prejuicios como si fueran verdades definitivas que se confunden con la realidad objetiva de los hechos, como si, cuando hablamos de desigualdad o del mercado, estuvisemos refirindonos a abstracciones determinadas por mecanismos naturales e inmutables o a poderes tecnolgicos ineluctables, cuando se trata de construcciones sociales conformadas por reglas y compromisos pergeados por los hombres en el transcurso del tiempo. As, en este triunfante Occidente nuestro que puso trmino a la historia, queda maniatada la poltica y condenado al fracaso todo proyecto democrtico que requiera un replanteamiento sustancial de los axiomas de los que se derivan las estructuras del capitalismo global (hace falta recordar a Grecia?). Parafraseando la frmula medieval: poltica ancilla economiae.

La ciencia como propone muy sensatamente Mario Bunge- tendra que ser uno de los pilares de la poltica si se quiere evitar que sta se convierta en una actividad delirante o meramente estpida; en sus propias palabras: el diseo de toda poltica exige algo de conocimiento acerca de los medios necesarios para conseguir los objetivos dados, as como la medida probable en la cual la implementacin de la poltica influir en el bienestar de las personas que, sin duda, sern afectadas por ella. En particular, toda poltica social efectiva se apoya en algn conocimiento de los mecanismos sociales de inters [19].

Ahora bien, y tras todo lo expuesto, nos atrevemos aqu a dudar de que la Economa en su paradigma actualmente vigente est en disposicin de aportar en plenitud ese conocimiento al que se deben todas las ciencias, tambin las sociales. La vocacin de la investigacin en las ciencias sociales como enuncia Piketty en la conclusin de su libro no es producir certezas matemticas preconcebidas que sustituyan el debate pblico, democrtico y plural [20]. Ese debate slo puede tener lugar dentro del marco de la racionalidad, el mejor recurso del que dispone el ser humano para caminar por la senda de lo mejor posible. La razn que apliquemos a tal menester no puede ser la alicorta razn del sujeto abstracto del racionalismo (en su manifestacin economicista que aqu nos ocupa) al que nuestro Ortega y Gasset tach de ultravital y extrahistrico. La Economa del siglo XXI necesita esa regeneracin que el filsofo espaol quiso lograr en la filosofa del siglo XX mediante el reconocimiento y la toma de consideracin permanentes en el ejercicio de la razn de su vinculacin esencial a las vidas concretas de los individuos humanos y a la historia. A fin de cuentas, de lo que se trata es de determinar cmo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos, y para ello no cabe otra que conectar el conocimiento con los valores y opciones entre los que cabe elegir. Si acertamos o erramos nos lo dice la historia. sta nos atrevemos a afirmar constituye el mbito de experimentacin en el que la Economa, como otras ciencias sociales, puede someter a falsacin sus aseveraciones. No s dnde le que esta ciencia, precisamente, es la mejor prediciendo lo que ya ha pasado. Qu bien explica el desastre a donde conduce cada una de las burbujas especulativas que en el capitalismo han sido desde la de los bulbos de tulipn de los holandeses de hace quinientos aos, pasando por el crack burstil de 1929, hasta concluir en la financiera del siglo que hemos iniciado! En efecto esto no dice mucho a favor de sus virtudes epistmicas (tampoco de su utilidad vital), pero al menos podra asumir, sobreponindose a sus rigideces formales cuando no dogmticas, las enseanzas de lo ya pasado. Me atrevo a sugerir que as cabe entender aquellas palabras raro lapsus de sensatez, de las cuales quiz ya nadie se acuerde, del presidente francs Nicols Sarkozy en plena deflagracin de la bomba financiera hace unos aos, cuando declar que era preciso refundar el capitalismo. Y bien?

Gonzalo Puente Ojea, en su estimulante libro Elogio del atesmo [21], cuenta el caso de los Testigos de Jehov que en varias ocasiones ya han predicho el fin del mundo, predicciones todas ellas falsadas rotundamente por los hechos. El veterano librepensador nos muestra mediante datos objetivos que en ningn caso tal sucesin de fracasos predictivos llev aparejada, para desconcierto de cualquier practicante del pensamiento racional, la desercin masiva de los creyentes; muy al contrario: a cada revs de la realidad los fieles respondieron con una fervorosa oleada de proselitismo. Es lo que tiene la fe.


Notas

[1] Francis Fukuyama: El fin de la historia y el ltimo hombre. Ed. Planeta. Barcelona, 1992.

[2] Vase J. A. Rivera: Menos utopa y ms libertad: la teora poltica y sus aditivos. Ed. Tusquets, Barcelona, 2005.

[3] A. Muoz Molina: Todo lo que era slido. Ed. Seix Barral. Barcelona, 2013.

[4] T. Piketty: El capital en el siglo XXI. Ed. Fondo de Cultura Econmica. Madrid, 2013.

[5] Mario Bunge: Filosofa poltica. Solidaridad, cooperacin y democracia integral. Ed. Gedisa. Madrid, 2009.

[6] F. Cabrillo: http://www.revistadelibros.com/articulos/el-capital-en-el-siglo-xxi-segun-piketty.

[7] Cabrillo, op. cit.

[8] Ibidem.

[9] A este respecto es obligada la lectura de A. Beltrn Mari: Talento y poder: historia de las relaciones entre Galileo y la Iglesia Catlica. Ed. Laetoli, Pamplona, 2006.

[10] Corrado Benassi: Epistemologa y ciencia econmica: algunas observaciones sobre Karl Popper y la Economa, Lecturas de Economa, n. 16, Medelln, enero-abril de 1985, pp. 9-40.

[11] NIETZSCHE, F: El crepsculo de los dolos. (Trad. A. Snchez Pascual). Madrid: Alianza Editorial, 1979, p. 48.

[12] Corrado Benassi, op.cit., pp. 35-36.

[13] Vase Mario Bunge, op. cit., pp. 69-70.

[14] Dan Ariely: Las trampas del deseo. Ed. Ariel. Barcelona, 2008.

[15] Mario Bunge, op. cit., p. 70.

[16] Paul Krugman: Ideas realmente malas, El Pas, 14 de junio de 2015.

[17] Francisco Cabrillo, op.cit.

[18] Ibidem.

[19] Mario Bunge, op. cit., p. 431.

[20] Thomas Piketty, op. cit., p. 643.

[21] Gonzalo Puente Ojea: Elogio del atesmo. Los espejos de una ilusin. Ed. Siglo XXI. Madrid, 1995, pp. 198 y 199.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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