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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-08-2015

Hegemona, poder popular y sentido comn

Isabel Rauber
Arte y Cultura FMLN


El debate cultural por una nueva civilizacin

Poner fin al dominio de la lgica del capital

El poder del capital hace aguas, y sus personeros lo saben. Por ello, ms agresivas se tornan sus polticas defensivas. Si la puerta se entreabre, saben, terminar abierta Y se defienden; de ah su peligrosidad y ferocidad. Estos son tiempos de colapso civilizatorio y como tal hay que entenderlos y reflexionarlos.

La construccin de una nueva civilizacin que supere la barbarie de la actual, construida y regida por los designios del capital es el nudo articulador de los procesos de cambio sociales en curso. Ello requiere poner fin al poder del capital, a su lgica de funcionamiento, y a sus mecanismos de produccin y preproduccin de su hegemona de dominacin y sometimiento.Es posible? Obviamente, a cada instante los tentculos ideolgicos del poder buscan mecanismos para acuar el NO como nica respuesta. La imposicin a Grecia en este momento, es parte de la misma lgica hegemnica, en ese caso, de castigo y ejemplarizante al mundo; como la bomba atmica lanzada otrora sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki.

La vida no claudica. Y aunque inestables, continuamente florecen alternativas que afirman la posibilidad de salir de la locura de dolor y muertes impulsada por los personeros del capital. La construccin de un nuevo mundo, de una nueva civilizacin late en los procesos de luchas populares, particularmente cuando estos se anudan y orientan hacia la construccin de un nuevo poder, propio, revolucionario, anclado en la creacin y desarrollo de nuevos modos de interrelaciones sociales, colectivas, grupales, comunitarias. En ellas van construyendo y desarrollado una hegemona propia, anclada en la participacin de todos y todas, de modo que el actor popular colectivo (auto)constituido, despliegue y proyecte su conciencia poltica y su independencia de pensamiento en acciones polticas, econmicas y culturales encaminadas a conquistar su liberacin y la de la sociedad toda, alimentando ‑sobre esa base‑ la naciente civilizacin simultneamente con la profundizacin del poder popular.

La historia demuestra que si se (conquista y) ejerce el poder con la misma racionalidad econmica, con la misma concepcin y sostn de la cultura social interrelacional del capital, a la corta o a la larga se reproducen sus modos de funcionamiento, su lgica verticalista, autoritaria, explotadora, discriminadora, excluyente y alienante. Sera como lo fue en el siglo XX‑, el final de la utopa revolucionaria. Es vital, por tanto, que el proceso de construccin de poder propio est interarticulado con la creacin y construccin de una nueva cultura popular (econmica, social, poltica, tica y cultural), aportando a una hegemona de liberacin.

Esto es: El poder popular que se construye en aras de la superacin del capitalismo no es un contrapoder ni un antipoder; es otro tipo de poder, sobre bases diferentes a las del capital. Su creacin y construccin se origina en la raz, tradicionalmente denominada estructura, y desde all va abriendo y transitando caminos de gestacin y afianzamiento de nuevos valores y relaciones sociales.

Se trata de un proceso integral de creacin-construccin de la sociedad superadora de la alienacin del capital y su consumismo: en lo social, econmico, poltico, cultural, tico, jurdico, etc. Todo se va transformando inter-articuladamente marcado por la actividad consciente de los sujetos protagonistas, quienes en su caminar y construir‑ van (auto)constituyndose en actor colectivo protagonista del cambio. Es un proceso autogestado por los sujetos y, en ese sentido, es- a la vez‑ formador de nuevos hombres y nuevas mujeres, creadores y constructores protagnicos de la utopa anhelada. De ah el lugar central y permanente que en este proceso‑ ocupa la batalla cultural por la construccin de una hegemona de liberacin.

La hegemona dominante no es esttica ni inmodificable, por el contrario, existe como proceso vivo articulador de hegemona y dominacin, proceso que es continuamente renovado, modificado y relegitimado. Del mismo modo lo son tambin las resistencias que suscita. De ah que la hegemona poltica y cultural no sea nunca absolutamente dominante. El propio concepto de hegemona lo indica: se trata de una supremaca sobre otro u otros que existen como subordinados, dominados y /o rebeldes. Estas fuerzas subordinadas‑rebeldes constituyen el bastin social, poltico y cultural para la construccin de una hegemona alternativa.

El desarrollo de una estrategia de poder popular llama a potenciar los embriones de hegemona propia, desarrollndolos articuladamente en un proceso colectivo de construccin de hegemona alternativa que le permita al campo popular convertirse en un bloque o fuerza popular hegemnica.

En estos procesos la batalla cultural es imprescindible porque en lo cultural se anudan lo pblico y lo privado, lo trascendente y lo cotidiano, en prcticas repetitivas que van acuando en nuestros espritus lo que materialmente delimita nuestras conductas. Es el terreno privilegiado por el poder para afianzar ideolgicamente, por diversos medios, sus conquistas o proyectos originados en lo econmico y poltico. En tal sentido, resulta central discutir palmo a palmo la lgica del capital, desnudar su irracionalidad y las falsedades de su supuesta eficacia, su sentido utilitario y consumista, la semilla individualista que su funcionamiento competitivo devastador instala y reinstala segundo a segundo dentro de nuestras subjetividades.

Se trata de una discusin integral y concreta, y hay que abordarla tambin de modo integral y concreto: discutiendo las lgicas de funcionamiento del capital tal cual ellas existen y se manifiestan en cada momento, en cada lugar, y hacindolo de un modo integral, articulando la crtica econmica, poltica, social, tica, jurdica, etctera. Se trata, en sntesis, de un debate de poder, para salirse del crculo de muerte de la hegemona de dominacin del capital.

Hegemona y poder popular

El modo de articulacin poltica sociocultural que impone, reafirma y recrea el poder (econmico, poltico, cultural) dominante fue definido por Gramsci como hegemona, concepto medular para pensar los actuales procesos sociopolticos populares que disputan el poder a las fuerzas dominantes del capital buscando construir un nuevo orden social. En estos procesos los pueblos construyen poder propio (hegemona popular) desde abajo.

Analizar las relaciones de poder a partir de la hegemona, parte de entender que el poder condensa las relaciones sociales de fuerzas (polticas, econmicas, culturales, ideolgicas), articulndolas de modo subordinado y jerrquico‑ para regirlas en funcin de los intereses de una clase o sector de clase, que se constituye en bloque dominante‑hegemnico. De ah que Gramsci articule dominacin y hegemona.

La dominacin, segn explica, se expresa en formas manifiestamente polticas implementadas especficamente desde el aparato estatal. Dichas formas no excluyen la coercin y represin, particularmente en tiempos de crisis que ponen en peligro la capacidad de ejercicio de la dominacin. La hegemona, alude a un modo de ejercer la dominacin desde un complejo entrecruzamiento de fuerzas polticas, sociales y culturales. Es precisamente por ello que interacta directamente con lo cultural, articulando particularmente los procesos de la vida cotidiana con las distribuciones (accesos y exclusiones) especficas del poder. Y busca vas para justificar-explicar estas distribuciones acorde con los fundamentos del poder dominante, de modo tal que el pueblo las naturalice, interiorice (subjetivice) y transforme en sentido comn.

Gramsci explicita que ni la dominacin hegemnica ni la hegemona dominante pueden lograrse exclusivamente a travs de la coercin. La produccin y la reproduccin de las relaciones sociales ‑y polticas‑ constituyen una intrincada madeja de mltiples (y complejas) formas, donde las ideologas desempean un papel decisivo, que se expresa concentradamente en un determinado tipo de poder poltico y su aparato estatal. El Estado sera, en esta relacin, segn palabras de Gramsci, la personificacin de la hegemona acorazada de coercin, un componente del poder poltico que efectiviza en su accionar la relacin de poder subordinante de la clase del capital sobre la del trabajo y a partir de all‑, sobre el conjunto de la sociedad. Pero este accionar no se limita a lo coercitivo-represivo, abarca tambin lo educativo-normativo, y en esta labor lo ideolgico‑poltico ocupa un lugar medular. Es decir que, segn Gramsci, el Estado es tambin un constructor de subjetividad. Un ngulo casi ignorado por sus seguidores y por quienes, muchas veces, en su nombre, definen polticas pblicas en procesos populares revolucionarios.

Esta dimensin del accionar del Estado abre puertas a una ampliacin de la concepcin respecto de su papel poltico-cultural en la sociedad y, por tanto, en los procesos de su transformacin: no se trata solamente de un aparato superestructural represivo del que habra que apropiarse para luego destruirlo. En las realidades polticas en las que tienen lugar hoy los procesos revolucionarios de transformacin social en Latinoamrica, el Estado en manos de representantes del poder popular emergente‑, puede convertirse en un instrumento clave para impulsar conjuntamente con el gobierno y el pueblo‑ cambios radicales, en primer trmino, erigindose en sustrato institucional de la nueva sociedad que los pueblos buscan construir (y construyen). Para ello resulta vital la articulacin de sus espacios de poder (y del poder de estos espacios) con el poder que los sectores populares organizados han venido construyendo y construyen dia a dia desde abajo, en simultneo y complejo proceso de conformacin del actor colectivo. El abajo y el arriba articulados, desdibujan entonces las fronteras histricas del poder instituido, recuperando los sectores populares protagonismo, ciudadana y capacidad de ejercer su soberana, y el poder instituido abre sus puertas para refundarse a s mismo, en interaccin dinmica-dialctica con el pueblo (organizado), para ser a su vez parte del poder instituido-destituyente de lo viejo y participante de la creacin de lo nuevo instituyente. Es tal caso, se trata sin duda de un Estado en revolucin, subordinado al poder popular autnomo (no subordinado) con el que interacta, nterdefinindose ambos permanentemente.

No digo que esto ocurra as en la disputa poltica cultural actual, al contrario, las experiencias indican que es un ngulo clave pero descuidado o ignorado en las luchar por la construccin de un nuevo poder popular en Latinoamrica. Precisamente por ello lo subrayo: se trata de un componente importante del planteo gramsciano acerca del Estado, la hegemona y el poder, sepultado por las miradas superestructuralistas acerca del quehacer poltico, el poder y el poder popular de quienes han pretendido interpretarlo.

Cmo plantearse si no, la transicin hacia un nuevo poder popular en condiciones de convivencia y pulseada democrtica con el viejo poder y sus instituciones?, choque de aparatos o lucha poltico-ideolgica desde la raz anclada en la participacin creciente de los pueblos en todas los mbitos de su vida, creando las nuevas herramientas que hagan posible empoderarse y gobernarse a s mismos?

No se puede desplazar algo si no se est presente en el mismo mbito; precisamente por ello, para evitar cualquier cambio, entre otras razones, la democracia que responde y corresponde al Estado del poder del capital es jerrquica, verticalista, excluyente y represiva y ha creado ‑a su imagen y semejanza‑, las instituciones que la sostienen y reproducen. Uno de los grandes desafos de la transicin hacia el nuevo mundo es cambiar esta relacin.

Estado revolucionario, participacin popular y empoderamiento

Se trata de reconstruir al Estado como actor sociopoltico central en interaccin participativa con los sectores sociales populares y sus actores sociopolticos. Sin esta interarticulacin con los sujetos protagonistas del proceso en la definicin, gestin y funcionamiento de lo pblico, la reubicacin del Estado como centro del quehacer socioeconmico del proceso de cambios poco aporta a los cambios raizales que requiere el proceso revolucionario, al contrario, puede erigirse en un obstculo al vital protagonismo de los actores sujetos y, con ello, a la profundizacin revolucionaria raizal de la democracia construida y en construccin por los actores sujetos de lo que ‑se supone‑ es su historia.

Los pueblos no estn solo para aceptar, apoyar, convalidar o materializar (ejecutar) ideas y decisiones, sino ante todo para protagonizarlas. Esto quiere decir: participar del proceso de elaboracin y toma de decisiones y de la realizacin posterior de las mismas, compartiendo responsabilidades. Los protagonistas no pueden ni quieren‑ enterarse de su historia por los diarios. No es con resoluciones y decretos como se impulsa la revolucin democrtica y cultural, la clave est en la participacin. Se trata de un proceso marcado por la construccin colectiva y requiere llevar los ritmos que esa construccin y toma de conciencia‑ colectiva demanden. Cuando se pretende acelerarlo pasando por encima de la participacin popular, lo que se evidenciaba como un xito o acierto posible en el mediano plazo, puede por el contrario resultar un fracaso.

Apostando a la consulta y participacin de los de abajo, ciertamente el camino puede ser ms largo y los ritmos ms lentos, pero a la larga ser ms efectivo, profundo y radical. Esta sabidura se forj en la experiencia de lucha de los pueblos. En sus prcticas, ellos han delineado y construido las nuevas lgicas de la transformacin social desde abajo, es decir, de las revoluciones democrtico-culturales caracterizadas por apelar interarticuladamente al desarrollo de la conciencia, la organizacin y la participacin de los de abajo de modo permanente. Y esto es ‑ante todo‑ una resultante de la participacin plena de los de abajo en todo el proceso de cambios: desde el diagnstico y las definiciones hasta la implementacin y el control de las decisiones. Estas no son ya tarea de un grupo de dirigentes sino responsabilidad compartida de todos y todas.

Las revoluciones desde abajo, es decir, las que se gestan por los pueblos desde la raz de los problemas, apuestan al cambio que nace de las conciencias de los pueblos y se construye en su accionar protagnico; nada tienen que ver con mtodos que pretenden impulsar el proceso con decretos o resoluciones generadas desde arriba por muy bien intencionadas y certeras que estas pudieran resultar.

Como se evidencia en los procesos venezolano, boliviano, y se vislumbra en el ecuatoriano, el acceso al Ejecutivo abre puertas para dirigir ventajosamente algunos resortes claves del Estado. Es posible impulsar transformaciones sociales, econmicas y culturales radicales desde la superestructura poltica cuando estas son gestadas y construidas desde abajo, a partir de la protagnica participacin de los movimientos sociales, sus organizaciones socio-polticas y el pueblo todo en la toma de decisiones. Lo contrario conduce al sostn del viejo andamiaje del poder por sobre la sociedad, y sobre esa base, al estancamiento, a derrotas y retrocesos.

En el terreno poltico est claro que saber es poder. En tanto el saber procedente de tcnicos y expertos es restringido, reducido a lites y minoras, su poder tambin es escaso y reducido, acotado a cargos y funciones, a lo que se denomina comnmente trabajo profesional. Por ello, sin negar el valor del trabajo de expertos y asesores, los resultados y las propuestas que emanen de sus estudios necesitan siempre ser reevaluadas con el pueblo organizado. La clave es construir diagnsticos y propuestas a partir de la participacin de los movimientos indgenas, sindicales y sociales, con el campo popular todo. Solo un proceso participativo articulado entre lo instituido y lo instituyente, abre las puertas a procesos polticos revolucionario inter-protagonizados por gobierno y pueblo. En procesos poltico-revolucionarios como los que se viven hoy en Latinoamrica, la administracin pblica que es la administracin de lo pblico‑ no puede quedar entrampada en las oficinas de los funcionarios; la definicin de polticas pblicas, su gestin y administracin es ente todo‑, tema y tarea de la militancia socio-poltica de los pueblos en las calles de las ciudades, en los campos, en las minas Y convocarla, promoverla y organizarla es o debera ser- una tarea prioritaria de los funcionarios pblicos del nuevo Estado.

No se desconoce que quienes tienen la responsabilidad de gobernar tienen la prerrogativa de proponer cambios y la obligacin de que sus propuestas tengan fundamentos slidos. Pero lo que da sentido y proyeccin revolucionaria a tales acciones es la participacin popular.

Para que el saber expresado arriba sea a la vez poder abajo, tiene que construirse con la participacin protagnica de los de abajo como saber/poder de pueblo. Y esta es una tarea poltica por excelencia de quienes tienen responsabilidades de gobierno en procesos revolucionarios. No puede quedar al arbitrio de funcionarios pblicos, generalmente centrados en la defensa de los procedimientos burocrticos y no en los resultados de los mismos. Menos aun pueden ellos ser los responsables de abrir las compuertas a la participacin popular de un estamento tan cerrado como el aparato estatal.

Es el pueblo organizado, interarticulado en su diversidad de identidades, nacionalidades y culturas, quien tiene el poder de cambiar la historia y construirla a su imagen y semejanza. Y la labor poltica del actor poltico colectivo radica en este sentido‑, en generar las condiciones polticas, culturales y jurdicas para que ello ocurra.

La combinacin pueblo organizado‑nuevo Estado popular como estructura sociopoltica de la herramienta ejecutiva de un gobierno popular alternativo, conforma reforma constitucional mediante‑ una trada social, poltico‑institucional y jurdica anclada en el protagonismo y la participacin de los de abajo, que es ‑a la vez‑ cimiento y fuerza vital para realizar/potenciar cambios sociales trascendentes en los mbitos local, nacional, y regional latinoamericano.

Esto es parte del debate poltico y cultural que tiene lugar en los actuales procesos populares de Latinoamrica: la pulseada con el poder dominante est en marcha. El capital colonial busca que las aguas vuelvan a su nivel imponiendo agendas y normas de funcionamiento propias del viejo y languidecente sistema, traduciendo permanentemente en sentido comn sus obsoletos criterios, a travs de los medios de comunicacin masiva y sus centros de produccin intelectual. Frente a ello, los sujetos polticos de lo nuevo, no pocas veces fragmentados en sujeto social, poltico van descubriendo las reglas del juego y se enfrentan el desafo cultural de aprehender lo nuevo que van creando, llegar a conclusiones y empoderarse de lo que construyen a riesgo de que sean otros los que hagan las interpretaciones del proceso, imprimindole con ellas un sentido ajeno al de sus protagonistas.

Desmontar la hegemona cultural del capital

El concepto hegemona cultural resulta un importante instrumento analtico porque revoluciona la forma de entender la dominacin y la subordinacin en las sociedades actuales. Abre las puertas a la crtica social ya que posibilita ir ms all del diagnstico. En esto radica, precisamente, su importancia prctico-transformadora. Ciertamente, quienes detentan la dominacin material ejercen tambin la dominacin espiritual, pero lo que resulta decisivo no es solamente el sistema consciente de creencias, significados y valores impuestos, es decir la ideologa dominante, sino el conjunto de procesos sociales vividos y organizados a partir de esos valores y creencias especficos. Modificar los modos prcticos en que transcurren los procesos sociales, en los que se forman, reafirman o modifican los valores, etc., constituye la base de la posibilidad de construir una hegemona diferente, la hegemona popular. Esta solo puede ser tal si se constituye (y construye) como un nuevo tipo de hegemona, es decir, con lgicas y fundamentos diferentes de la que se quiere superar.

Esto significa, por un lado, que la construccin de la hegemona popular implica siempre la deconstruccin simultnea (terico-prctica) de los modos de existencia de la hegemona de dominacin. Por ejemplo, de las viejas prcticas y modalidades de construccin jerrquicas y verticalistas presentes todava en muchas organizaciones sociales y polticas, en el relacionamiento entre compaeros, en las miradas y anlisis de la realidad, en las actitudes y conductas cotidianas, buscando siempre que los gestos pblicos sean coherentes con las conductas privadas, y viceversa.

Construir la hegemona cultural de los sectores populares empeados en la superacin del capitalismo y la construccin de una nueva civilizacin, significa ‑a tono con lo expresado‑, desarrollar prcticas y postulados radicalmente diferentes a los de la hegemona que se busca desplazar. No puede limitarse a imponer una nueva ideologa de dominacin‑hegemona.

Construir una nueva civilizacin humana, liberadora, justa, solidaria, diversa y ecolgicamente sustentable no ser una realidad si los cambios se limitan a ser la contracara del capital, a dar vuelta la tortilla. Por ello la tarea revolucionaria no consiste en construir una contra-hegemona, sino en construir una cultura y conciencia polticas radicalmente diferentes, superadoras de discriminaciones, jerarquizaciones y exclusiones de cualquier tipo, y tambin de todo pensamiento, modos de vida y cosmovisin nicos. A diferencia de ello, la interculturalidad horizontalmente constituida que van construyendo los pueblos de Nuestra Amrica se muestra entre las claves del nuevo mundo: diverso, solidario, descolonizado

El primer paso est al alcance de la mano: hacer del funcionamiento y los modos de organizacin y relacionamiento interno y externo de los movimientos sociales y polticos, mbitos pedaggicos de gestin de lo nuevo en las prcticas cotidianas.

Las formas y los modos de accin poltica (y social) de quienes ocupan responsabilidades de direccin y liderazgo poltico-social, valen ms que mil palabras y constituyen la fuerza pedaggica primera en el proceso de conformacin de la nueva conciencia, la nuevas subjetividades y los nuevos sujetos, afianzando (o negando) en las prcticas cotidianas la posibilidad de la utopa anhelada. No hay que olvidar que, como estableciera el Che con su propia vida, el ejemplo es la base material-espiritual de toda fuerza de cambio.

Esto es: No se puede dejar para despus lo referente a enfoques y actitudes polticas. Lo nuevo aunque de modo fragmentado e incipiente‑, se va gestando y construyendo desde el presente, en cada resistencia y lucha social enfrentada al capital, en cada organizacin y tarea, y se va desarrollando y profundizando permanentemente en los procesos de transformacin social.

Guerra de posiciones

Las formas de interaccin de la cultura y la poltica constituyen elementos claves que intervienen en la definicin de la correlacin general de fuerzas en una sociedad dada, en uno u otro sentido. Las fuerzas sociales en pugna estn en constante confrontacin, modificacin o afianzamiento de capacidades de dominacin y, sobre todo, de hegemona. Se produce por tanto, una viva y constante interdefinicin de las fuerzas y sus capacidades de accin (supremaca sobre la otra parte), en cuya dinmica desarrollan una interrelacin poltica compleja. Esto es lo que Gramsci denomin ‑desde una perspectiva poltico-cultural‑ guerra de posiciones.

Construir poder popular desde abajo, significa, precisamente, desarrollar esa guerra de posiciones en lo ideolgico, lo poltico, lo tico y lo cultural. Es decir, organizar y desarrollar batallas poltico-culturales que adems de deslegitimar al capital‑, vayan afirmando a travs de prcticas diferentes a las instauradas por el capital, que otro mundo es posible, mostrando en las experiencias y construcciones de los movimientos sociales que la sociedad buscada existe ya en ellas, esbozada en pequeos logros. Esto conduce a una interrogante: cmo traducir en las prcticas cotidianas de la construccin sociopoltica, ese otro mundo posible? Hasta donde s, la bsqueda de respuestas concretas en las prcticas cotidianas, resulta estimuladora de la creatividad colectiva y parte del camino de avances de lo nuevo y hacia lo nuevo.

En ese sentido, los logros palpables y evidentes de las construcciones que se realizan a diario constituyen la muestra ms fehaciente de que es posible ese otro mundo. En ellos se evidencia que para existir‑ ese otro mundo necesita ser creado, diseado y construido entre todos, desde abajo, en articulacin de procesos crecientes de participacin en la definicin del curso de la vida individual y social, es decir, mediante la confluencia de procesos de empoderamiento individuales y colectivos. Son nuevas formas de decisin y gobierno de lo propio en el campo popular que constituyen modos de empoderamiento local-territoriales, bases para el desarrollo poltico-social de las conciencias y de las culturas sumergidas y oprimidas, para la creacin y creciente acumulacin de un nuevo tipo de poder participativo-consciente no enajenado‑ desde abajo, articulado con mltiples y entrelazados modos de vida solidarios encaminados a la transformacin global integral de la sociedad.

En la lucha por la construccin de una hegemona popular superadora de la civilizacin capitalista la batalla cultural ‑anudada al proceso de construccin de poder popular y hegemona propios‑, supone la articulacin conjugada de lo poltico, lo econmico, lo tico, lo social y lo cultural. La lucha poltica, la lucha por la construccin de un poder raizalmente diferente, supone transitar un complejo proceso histrico en el cual ‑del entrecruzamiento de fuerzas sociales, polticas y culturales‑, se constituye y fortalece la fuerza poltico-social capaz de crear y erigir alternativas, disputando en todos los terrenos en los que el bloque dominante realiza su hegemona. Dirigir los esfuerzos hacia su construccin y consolidacin, atendiendo a las peculiaridades de cada momento poltico, avanzando en la articulacin, organizacin y el empoderamiento colectivo en cada mbito en que se manifiesta la lucha, es el desafo ideolgico-cultural, intelectual y prctico ms importante de la hora actual. En l destaca la disputa del sentido comn y la construccin la subjetividad propulsora del nuevo mundo.

Construir un sentido comn diferente al del capital

La hegemona constituye un cuerpo de prcticas y expectativas en relacin con la totalidad de la vida, no se limita al mbito de lo ideolgico y sus formas de control y dominio. En su mltiple dimensin cultural, la hegemona es constitutiva de un sentido de la realidad, sentido que busca imponer culturalmente‑ como natural a travs de los modos de produccin y reproduccin cotidianos de la vida, transformndolos en parte del llamado sentido comn acerca del deber ser de la realidad social de la que se es parte. Disputar ese sentido es, por tanto, parte vital en la imprescindible disputa poltico-cultural por el cambio social.

Cada da resulta ms importante hacer visible y comprensible a las mayoras, el contenido irracional, antihumanista y propagador de muerte, que encierran las frmulas y recetas supuestamente brillantes y salvadoras del capital.

Rebatir sus argumentos uno por uno, exige nuevos y slidos argumentos y fundamentos. Exponerlos con claridad sistemtica y masivamente es parte del camino que contribuir a ir ganado la batalla hacia el nuevo mundo. Porque no se trata de una disputa entre buenos y malos; es ideolgica la lucha, pero no ideologicista.

Hay que poner al descubierto las bases falsas de la eficacia del capital; hay que demostrar en que consiste esa falsedad o los fundamentos lgicos del capital seguirn estando anclados en el imaginario colectivo como (si fueran) verdaderos.

Con las subjetividades cautivas en la trama hegemnica del capital, seguir pareciendo inexplicable porqu los pueblos siguen sosteniendo el sistema capitalista, porqu los pobres votan por los partidos tradicionales que los oprimen, etctera.

El asunto concreto es que hay que construir tambin en lo conceptual ese otro mundo posible, social, econmica y polticamente justo, democrtico y equitativo, demostrando tambin en este terreno que existen y son viables otros modos de lograr la eficacia econmico-social, el desarrollo y el bienestar conjugados con la sobrevivencia de la humanidad y la naturaleza. Esto es parte de la batalla poltico-cultural, no estrictamente terica. Construir alternativas viables y realizables, pasa tambin por hacer de este debate con el capital una realidad cotidiana y omnipresente en todos los mbitos (en los medios de comunicacin, en la batalla por la informacin, en la formacin, y en nuestras labores poltico-reivindicativas diarias), disputando en todos los espacios la subjetividad y el sentido comn de las personas.

Valores como la solidaridad, la justicia social, el derecho efectivo al trabajo, la equidad de gnero, etnias e inclinacin sexual, el respeto a la naturaleza, debern ir conquistando la cabeza y el corazn de millones y millones de seres humanos.

Solamente cuando la aplastante mayora de la poblacin en cada uno de nuestros pases descubra la mentira y el fraude para con sus propias vidas llevado a cabo por el poder clasista, machista y excluyente desarrollado hasta ahora y, particularmente, por el poder correspondiente al capitalismo contemporneo, cuando descubra la trampa mortal a la que el capital nos ha conducido mediante engaos desde las primeras etapa de su acumulacin originaria, y vaya vislumbrando a la par otro modo de vida posible, tendr deseos de explorar nuevos caminos y fortalecer la voluntad para intentarlo prcticamente.

Se trata de una bsqueda y una creacin terico-prctica. Y no resulta un camino fcil ni corto; es parte de una larga e indispensable transicin hacia una nueva humanidad. Incorporar esto a la batalla cultural de nuestra poca, es una labor poltico-ideolgica de vital importancia, un desafo impostergable para la intelectualidad orgnica y el conjunto de actores sociopolticos.

Resulta fundamental igualmente dar la batalla poltico‑ideolgica en el terreno semntico, no cruzarse de brazos cuando el poder se apropia de conceptos que son parte de la construccin y acumulacin de saberes de los actores sociales y sus luchas. Es primordial evitar que los desnaturalicen cambindoles el significado social y poltico para devolverlo luego con un sentido contrario a los intereses de los pueblos. A la par con ello, es necesario discutir conceptos como: desarrollo, bienestar, progreso, democracia, valores sociales, gobernabilidad, buen gobierno, competitividad, eficiencia social. Desmontar sus contenidos colonizadores impuestos por la supuesta cientificidad de los saberes producidos por el sistema del capital, demostrando paso a paso sus falacias, de-construyendo estos conceptos, es parte del proceso de descolonizacin que ‑a la vez‑ supone crear o reconocer otros conceptos, con sus nuevas lgicas y racionalidades. En Latinoamrica esto se disputa hoy articulado con la construccin de un proyecto continental de descolonizacin-liberacin intercultural, que rescate las identidades constituidas histricamente y, a la vez, fortalezca la formacin de otras nuevas, en camino a la constitucin de un sujeto popular colectivo.

Disputar el sentido comn de los oprimidos (las mayoras atomizadas y reducidas a minoras), construir nuevas subjetividades, significa instalar en primer lugar‑ el deseo de vivir de un modo diferente, como parte del sentir, el pensar y el hacer cotidiano de los pueblos. Un hermoso ejemplo de ello lo ofrece la historia de lucha y resistencia del pueblo uruguayo:

Al hundirse el pas batllista luego del fracaso del modelo de sustitucin de importaciones, hacia fines de los 50, la izquierda fue la heredera de aquel imaginario de progreso en paz e igualdad de oportunidades, con un Estado regulador y contenedor de las diferencias de clase. ()

La izquierda consigui la hegemona cultural mucho antes de ser mayora electoral. La Universidad estatal y el teatro son, desde hace ms de medio siglo, baluartes no partidizados de una izquierda de capas medias. Hacia los aos 60, la cultura de izquierda era ya hegemnica entre los profesionales y los universitarios. Con los aos, la izquierda como sentimiento se fue haciendo mayoritaria en la msica popular, en el carnaval y en las principales manifestaciones de masas, incluyendo a algunas destacadas estrellas del ftbol, que no ocultan sus preferencias por el Frente Amplio.

La gestin municipal de Montevideo, desde 1990, donde reside la mitad de la poblacin del pas, contribuy a afianzar y profundizar esa hegemona cultural y social, sin la cual la izquierda no podra soar con llegar a ser gobierno. Pero, en qu consiste esa hegemona? En que las ideas-fuerza que encarna el Frente Amplio (Estado social, gobierno honesto, soberana nacional, justicia social, entre otros) se han convertido en el sentido comn de los uruguayos de comienzos del siglo XXI. [Zibechi 2004]

La coherencia entre medios y fines, la creacin y construccin de modos de vida diferentes a los del capital en territorios concretos (comunas, comunidades), que instalen la solidaridad como base de las relaciones humanas en la vida comunitaria y familiar, en las organizaciones sociales y polticas, constituye parte de los fundamentos materiales y espirituales de la nueva utopa socialista y de las luchas para hacerla realidad.

Conquistar la cabeza y el corazn de millones de seres humanos

Solamente cuando la aplastante mayora de la poblacin en cada uno de nuestros pases comprenda la mentira y el fraude del capitalismo para con sus propias vidas, cuando descubra la trampa mortal a la que los ha conducido mediante engaos, se plantear la interrogante acerca de la posibilidad de explorar nuevos caminos. Y para que ello ocurra, adems de exponer sistemticamente los elementos que hacen a la deslegitimacin del sistema-mundo regido por el capital, habr de irse mostrando que existen otros modos de vivir, en solidaridad y diversidad, con equidad y justicia, en equilibrio con la naturaleza. Es esta la mejor invitacin a todos y todas a compartir y crear juntos ese modo de vida nuevo profundamente humanista, raizalmente democrtico y renovadamente socialista, haciendo realidad el deseo zapatista de construir un mundo en el que quepan todos los mundos, es decir, un mundo intercultural.

Ciertamente es imposible alcanzar plenamente formas superiores de vida social de una modo aislado, fragmentado y bajo el predominio de la lgica perversa del capital, pero es posible avanzar sustantivamente en tal direccin con logros concretos y con el ejemplo sostenido de prcticas diferentes orientadas a lo nuevo. Estas constituyen reservorios de esperanzas, surcos donde germinan y se fortalecen las voluntades revolucionarias en el proceso de la larga transicin hacia la nueva civilizacin intercultural que abra cauces al florecimiento de la diversalidad.

Disputar la subjetividad

Una nueva subjetividad est en gestacin. Como se trata de un concepto muy maltratado terica y polticamente, tanto por el mundo acadmico como por el marxismo dogmtico, vale comenzar repasando una afirmacin de Dussel: La subjetividad es ms que conciencia, pero dice referencia a ella. Es el vivenciar lo que acontece () en la realidad. [1999:2] Es decir, la subjetividad contiene la conciencia pero no se reduce a ella. Lo contrario, su identificacin forzada, devino reduccionismo y de hecho‑ empobreci las reflexiones acerca de las interrelaciones conciencia‑subjetividad, al no analizarlas ms all de la conciencia de clase. Tiene que ver con el cuerpo ‑y esto bien lo sabe el poder que, para dominar las mentes castiga los cuerpos‑, tiene que ver con lo no-conciente, que puede llegar a ser un da conciente pero no necesariamente, incluye tambin los sueos, etctera.

Lo que interesa destacar ahora, en este punto concretamente, es la interrelacin inseparable entre sujeto y subjetividad, es decir, entre los actores-sujetos concretos y sus subjetividades, la necesidad de tomarlas en cuenta a la hora de pretender construir articulaciones entre diversos actores‑sujetos, puesto que estas instancias incluyen sus identidades, intereses y motivaciones subjetivas, ms all de su conciencia poltico-ideolgica, es decir, hay que tomar en cuenta las estrechas interrelaciones y mediaciones que existen entre una y otra. La articulacin de subjetividades de actores‑sujetos resulta tambin parte de los procesos de interaccin intersubjetivos.

En la poca de la ofensiva ideolgica del capitalismo global, la mercantilizacin de la vida y de las relaciones sociales e interpersonales, el predominio del pensamiento nico y la negacin de todo futuro diferente del presente, torna imprescindible ‑si de cambiar el mundo se trata‑, abocarse(nos) a la formacin de una nueva subjetividad humano-revolucionaria (que reconozca y abra los espacios a las diversas subjetividades del presente y a otras que seguramente se conformarn en el futuro).

Y ello es parte de los procesos concientes y colectivos de articulacin‑constitucin intersubjetiva de los actores sociales en sujeto popular, proceso que es por tanto‑ de autoconstitucin. Esta construccin de actores‑sujetos es fundamentalmente autoconstruccin y autoconciencia crtica‑intersubjetiva. Pero tambin ocurre, entre otras mediaciones ‑en las que destaco en primer lugar la propia prctica transformadora de los actores-sociales‑, con el aporte de las ciencias sociales crticas, de los expertos, de los intelectuales orgnicos, de los militantes con mayor experiencia, y se plasma en sus modalidades organizativas y planteo programtico-proyectivo, aunque sin reducirse ni equipararse nunca a ellos.

Esto contribuira al necesario dilogo entre los saberes ancestrales de los pueblos indgenas originarios, del saber comunitario, el saber popular, el cientfico acadmico, y las elaboraciones tericas provenientes de los movimientos sociales, de sus prcticas y las reflexiones sobre ellas, es decir, entre intelectuales orgnicos y acadmicos (que pueden ser tambin ambos). Esta necesidad ha sido durante mucho tiempo relegada del quehacer terico marxista que, como seala Samir Amn, se ha dedicado sobre todo en Europa‑ a instalarse en las universidades. Para ello se vio obligado a demostrar que es cientficamente superior al pensamiento liberal reinante, lo cual lo distorsion transformndolo unas veces en una variante del positivismo, otras en exgesis de los textos de los fundadores, y as en otras variadas corrientes. La conclusin fue: disecacin de la propuesta terico-prctica revolucionaria de Marx, y su reduccin a ensayos acadmicos de interpretaciones de interpretaciones que poco o nada tenan que ver con las realidades a las que pertenecan, con las luchas sociales de su tiempo ni con las problemticas de los actores sociales concretos en busca de su liberacin.

De conjunto, lo expuesto abre una serie de tareas y desafos en lo poltico, en lo cultural y en lo organizativo. La bsqueda de respuestas concretas a tales tareas y desafos caracteriza a los actuales procesos polticos alternativos que tienen lugar en Latinoamrica en confrontacin poltica con los intereses del capital transnacional. Estos impulsan procesos de acumulacin de fuerzas sociales y culturales favorables al cambio, que en lneas generales‑ apuestan a la construccin de un tipo de sociedad basada en un poder popular construido desde abajo (empoderamiento colectivo).

El cambio cosmovisivo es raizal: se trata de construir una opcin social, econmica, poltica, cultural y tica que ponga en armona la produccin y reproduccin de la vida social e individual; que estimule una concepcin diferente del progreso y el bienestar (colectivo en vez de individual); una reconsideracin de la libertad y la democracia que no solo reconozca los derechos de los y las diferentes sino que abra espacios para la manifestacin de sus culturas, idiosincrasias, cosmovisiones e identidades en equidad y justicia, que abra cauce a modalidades de inter-relacionamiento humano horizontal[1]: sin jerarquas ni subordinaciones ni exclusiones.

Sostener una tica solidaria

Esto habla tambin de la construccin de una tica solidaria.

Sera errado cerrar los ojos a la realidad de los efectos devastadores que el capital produce incluso al interior de la clase obrera, anidando en cada trabajador como serpiente agazapada en un individualismo creciente. Su atomizacin permanente (al igual que en otros sectores sociales) va acompaada de una fuerte inyeccin de competencia egosta, vinculada irracionalmente con la sobrevivencia. Esta situacin obliga a cada trabajador a ver en sus pares a un enemigo potencial de su puesto de trabajo, a quien ‑por tanto‑, para salvarse, debe destruir y aplastar, expulsndolo del sector o mbito laboral, del barrio, de la ciudad, del pas

La perversin del sistema radica en esto precisamente: la seleccin no es natural ni ocurre por la accin de la mano invisible del mercado, se produce por la aplicacin de estrategias econmicas, sociales e ideolgicas que ‑por diversos medios‑ convocan a salidas individuales, e inoculan el slvese quien pueda que hace de cada ser humano un potencial enemigo de los otros seres humanos.

Es el chantaje brutal del capital. Y su consecuencia apocalptica es el genocidio planificado de amplias capas de trabajadores -ahora considerados sobrantes- por la conformacin de nuevas formas de organizacin del proceso de produccin, y a la par‑ de un nuevo mercado global tecnolgicamente avanzado y mvil, capaz de generar mucho ms rpidamente altsimas ganancias a la vez que con la misma intensidad‑ destruye la naturaleza, lo que constituye otra modalidad de genocidio. Tal es la base de la actual nueva etapa de acumulacin mundial del capital y de la insostenible e interminable crisis que la acompaa.

Solo la afirmacin de una tica centrada en la defensa de la vida en todas sus manifestaciones (biotica), puede abrir paso a una cultura de solidaridad y paz, anclada en la interrelacin entre humanidad y naturaleza en equidad y armona, y vertebrar una nueva (inter)subjetividad revolucionario-liberadora. Sin ella la transformacin social ser imposible.

Una cosmovisin diferente y superadora de la implantada por el capital es vital para replantearse los caminos de supervivencia; una cosmovisin que no antagonice la existencia de un ser humano con la de otro, ni a la humanidad con la naturaleza, sino que los reconozca en su integridad e interdependencia, entendiendo que el mundo es un mbito integral de produccin y conservacin de la vida en sus mltiples e interarticuladas dimensiones. Tal es la cosmovisin del Buen Vivir, el Vivir Bien, el Sumac Kausay

Con ella se abre paso la tica de la vida, fundada en el equilibrio y la armona, la equidad, la complementariedad y la solidaridad, en el escuchar y compartir; conceptos vertebradores de una nueva (inter)subjetividad revolucionario-liberadora. Se trata, en sntesis, de una biotica, parte de una nueva cultura de vida, de una humanidad diferente, de un nuevo mundo. Y est claro que esto no se alcanza con declaraciones abstractas, sino anudando lo reflexivo con las nuevas propuestas sociotransformadoras y con las prcticas cotidianas de interrelacionamiento colectivo e individual. En ellas toma cuerpo lo nuevo, se afianza, profundiza y desarrolla.

Este proceso supone una construccin socio-histrica colectiva, que es fundamentalmente autoconstruccin y autoconciencia crtica‑intersubjetiva. Y ocurre en interrelacin con otras mediaciones, en primer lugar, con la prctica transformadora de los actores-sociales populares y, en segundo, con el aporte de de las ciencias sociales crticas, de los intelectuales orgnicos, de los militantes con mayor experiencia, y se plasma en sus modalidades organizativas y planteos programtico-proyectivos.

Construir otro imaginario social

La construccin de una sociedad (y un mundo) sin relaciones discriminatorias y discriminantes, sin desamparados/as o excluidos/as, sobre la base de la igualdad de oportunidades, la equidad, la justicia social, etc., reclama a la vez‑ cambiar los imaginarios sociales, apostando fuertemente al desarrollo de prcticas interrelacionales que vayan germinando nuevos imaginarios, basados en valores de solidaridad social e individual, de respeto, cuidado y convivencia armnica con la naturaleza, tomando conciencia de que somos parte de ella y que nuestra sobrevivencia est anudada a la de la naturaleza.

Disputarle los sueos y la fantasa al capital

Simultneamente con la construccin y definicin de elementos programticos y principios tico sociales de la utopa, se van construyendo los mundos espirituales e ideales, verdaderos escudos de ideas y fantasas, a la vez que brjulas orientadoras de la larga marcha individual y colectiva hacia la nueva civilizacin. Proyectndose hacia ella, adelantndola en las prcticas cotidianas es posible imaginarla cada vez con mayor precisin.

La lucha por la felicidad no pertenece ni al mundo de las telenovelas ni al de los ricos y poderosos; es inherente a la humanidad. Y es saludable reconocerla como parte de las luchas y resistencias, no solo porque ellas buscan la felicidad, sino porque el proceso de transformacin y bsquedas es en s mismo parte de esa felicidad, que en el presente se expresa en la posibilidad de vivirlo plenamente con conciencia de que las luchas por la felicidad del maana son el fundamento de la felicidad del presente. Ellas integran los sueos, fantasas, pasiones, angustias, deseos y bsquedas de una nueva civilizacin, y de conjunto fortalece las voluntades.

Recuperar la confianza, los afectos desarrollar lazos solidarios, no resultan elementos secundarios en momentos en que cada ser humano es forzado por el mercado a ver en el otro un competidor, un rival o un posible enemigo que busca arrebatarle su puesto de trabajo, su pareja, su alimento al que por consiguiente‑ debe destruir para intentar sobrevivir individualmente.

Vivimos en una especie de tembladeral caracterizado por la incertidumbre, y ello contribuye a una cierta angustia existencias en los ms jvenes. Ellos configuran y afianzan sus personalidades con logros y definiciones, al no conseguirlas se abren prolongadas situaciones de crisis e inestabilidad, condiciones que pretenden ser aprovechadas por el poder para instalar la conviccin de que no es posible un mundo diferente al actual y as afianzar su subordinacin y dominacin.

Pero las salidas existen y son posibles de realizarse, y sus seales estn en las nuevas creaciones colectivas de los pueblos, en las comunidades y comunas, en los movimientos sociales populares, sabiendo que todo est abierto al desarrollo de la humanidad. Las generaciones venideras, al igual que ayer y hoy, siempre se propondrn nuevas metas, explorarn nuevos caminos para cambiar el mundo en que vivirn en aras ampliar su libertad.

Incorporar la perspectiva de gnero en el debate del poder

Pensar el poder y los caminos de su transformacin desde abajo conlleva rechazar la supuesta neutralidad de la ciencia poltica que, en algunos casos, no expone sus presupuestos reales de partida o, en otros, aunque lo haga, no logra superar el horizonte abstracto liberal burgus al no dar cuenta de los fundamentos ltimos de la discriminacin y subordinacin mujer-hombre, dbil-fuerte, sobre los que se asienta el poder desnudando su contenido patriarcal-machista. Adems de estar al servicio de una determinada clase: la del capital, y de los hombres de esa clase: los capitalistas, el poder discriminador, explotador y excluyente del capital ‑para afianzar su hegemona‑ necesita mimetizarse socialmente, invisibilizar su contenido de clase y presentarse como un componente natural de la vida social y por tanto, eternizable. Para ello, adems de apelar a todo el aparato poltico, ideolgico, religioso y cultural, requiere de la complicidad consciente o no‑ de los varones.

La generalizacin de los privilegios masculinos propios de las clases capitalistas ‑y antes de los seores feudales, y antes de los esclavistas, etc.,‑ como si fueran caractersticas naturales inherentes a todos los varones, ha contribuido a lo largo de la historia al ocultamiento del origen, contenido y pertenencia de clase del machismo patriarcal y, por el otro, a la permanencia de su autoritarismo subordinante, discriminante y explotador encarnado en una parte de la humanidad (los hombres) sobre otra (las mujeres), construido y consolidado a travs de una densa trama de relaciones de poder, que combina dominacin y hegemona, con soporte jurdico, institucional, religioso y patrimonial. Es aqu donde gnero y clase se dan la mano, y lejos de contraponerse y excluirse hacen posible poner al descubierto el contenido de clase del poder patriarcal machista de los que detentan el poder en lo econmico, poltico, jurdico, ideolgico, religioso, cultural.

Perfeccionando viejos mecanismos y modelos de subordinacin de la mujer al varn, el capital ha reacondicionando el funcionamiento de la vida social ‑pblica y privada‑ y los roles de hombres y mujeres en cada mbito, acorde con el funcionamiento del mercado y con la multiplicacin creciente de sus ganancias. Esto le supone incrementar exponencialmente la de por si ya compleja trama de produccin y reproduccin de su hegemona econmica, ideolgica, poltica y cultural, vital para sostener y ampliar su dominacin. Los medios de comunicacin masiva son herramientas idneas para ello, particularmente para construir y sostener la creciente hipocresa individual y social que anida en esta ideologa, naturalizndola, haciendo de ella un componente aparentemente propio de la conducta humana, para transferirla entonces como un componente ‑natural e inocente‑ del sentido comn.

La deshumanizacin que ello acarrea en las interrelaciones en la vida familiar de millones de mujeres y tambin ‑aunque en otro sentido‑ de los hombres, alcanza dimensiones insospechadas. Todos los pobres y excluidos lo sufren en carne propia, pero doble o triplemente las mujeres que suman jornada tras jornada no remunerada a sus ya de por s agotadoras y agobiantes jornadas laborales domsticas. Ellas, en primer lugar y sus hijos‑, resultan los soportes humanos de la criminal y gigantesca etapa de acumulacin del capital a escala global en la actualidad.

El silenciamiento y ocultamiento de esta realidad de asimetra, subordinacin, discriminacin y explotacin, contribuye siempre y en cualquier caso a excluir ms a los excluidos y sus realidades de exclusin, en primer lugar, a las mujeres.

La incorporacin de la mujeres al mundo laboral y pblico ha contribuido a su constitucin aunque todava con mucha dispersin‑ en actoras sociales. En tanto nuevas actoras sociales, las mujeres resultan fuera de los paradigmas del pensamiento poltico tradicional. Este las considera apticas, apolticas e incapaces de pensar ms all del horizonte de lo cotidiano, lo domstico y lo familiar, es decir, incapaces de tener pensamiento estratgico, de trazarse planes de mediano plazo y actuar en funcin de alcanzarlos. Por consiguiente, la poltica ‑considerada parte del espacio pblico, escenario complejo y diversificado de disputa de fuerzas‑, resulta en esta mirada una actividad propia del espritu masculino.

Gnero e identidades sexuales

Enfrentado a estas posiciones, el enfoque de gnero cuestiona y pone de manifiesto las relaciones de poder que se ocultan en las supuestas reglas naturales de identidades, conductas y roles asignados a varones y mujeres, y propone una profundizacin inexcusable de la democracia (en la prctica y en su contenido poltico‑social), incluyendo las identidades sexuales diversas y las relaciones sociales entre gneros fuera y dentro del hogar. Resulta por ello enriquecedor de los procesos de transformacin social y de los pensamientos sociopolticos que los alimentan.

Esto trae a colacin elementos importantes a tener a tener en cuenta:

-El poder no es slo poltico sino tambin econmico, social, cultural, moral, religioso. Y en estos campos, los procesos de tomas de decisiones son ms complejos y menos transparentes que en la actividad poltica, por lo que suelen parecer tambin menos polticos o no polticos.

-El mundo de lo privado es parte del poltico (aunque ms no fuese como condicin de su existencia) y como tal, es susceptible de convertirse en poltico.

-Las luchas por la democratizacin raizal de las sociedades y sus propuestas, en tanto equitativas, justas y liberadoras, deben hacer suyas la democratizacin de las identidades sexuales aceptando su diversidad, y de las relaciones varn-mujer, en lo pblico y en lo privado. No ser posible construir un mundo equitativo, plural e intercultural sobre la base de la explotacin, opresin, negacin, discriminacin o subordinacin de una parte de la humanidad.

En consecuencia:

-Las luchas de las mujeres para poner fin a su discriminacin, subordinacin y marginacin ataen a la democratizacin de toda la sociedad, tiene un alcance civilizatorio, no son exclusivas de las mujeres.[2] Esto supone la transformacin radical del poder, por lo que es, a la vez que una lucha sectorial, una lucha poltica de la humanidad encaminada a su liberacin.

En aras de ello, es fundamental generar prcticas de interrelacionamiento colectivo que impliquen nuevos nodos de significacin, de tal modo que puedan convertirse en referencias polticas y educativas de nuevas prcticas sociales democratizadoras desarrolladas no solo por mujeres, sino por una diversidad de actores y actoras sociales del campo popular. Ciertamente se estn edificando tambin nuevos marcos conceptuales, referentes tericos integrales, integrando cosmovisiones del mundo que ayudan a superar la fragmentacin del pensamiento, promoviendo reflexiones integrales e interdisciplinarias acerca de los procesos de emancipacin social. Ellos sintetizan y representan la posibilidad de emancipacin de todos los seres humanos para vivir en plenitud, independientemente de su identidad sexual, modificando raizalmente los modos de producir subjetividades acordes con estos retos.

Modificar las modalidades del trabajo poltico

Las modalidades del trabajo poltico, generalmente concentrado en la difusin del peridico de la organizacin, en la participacin en las reuniones, en las asambleas y en los congresos resultan obsoletas, insuficientes e inadecuadas para la accin de construccin poltico-social entre diversos, amplios y crecientes actores sociales. Y esto no se corresponde con el esquema de movilizacin de las vanguardias y sus cuadros.

Son millones los que se movilizan y organizan, protagonizan luchas en defensa de sus derechos sectoriales o transversales y, en crecimiento, reclaman formacin, articulacin y construccin colectiva de propuestas. No hay predeterminacin. Las tareas se ajustan a los tiempos histricos y a las demandas de sus coyunturas, en interaccin con las luchas populares y las capacidades de propuesta y organizacin de sus actores sociales y polticos que, protagonizndolas, pueden definir los acontecimientos hacia una determinada direccionalidad convergente con sus objetivos (gobernar lo propio; ofensiva).

Quitarse las anteojeras culturales del Siglo XX

Esto habla de procesos vivos, atravesados y movilizados por dinmicas constantes que convocan a la creatividad de la accin colectiva. En estas prcticas van emergiendo nuevos conceptos y concepciones acerca del proceso sociotransformador, las tareas, el quehacer poltico, etc. El choque entre lo que va emergiendo y los paradigmas pre-existentes ‑que no se corresponden con los requerimientos y los quehaceres de la realidad actual‑, estimula las bsquedas y la reflexin crtica de las prcticas, a la vez que en algunos sectores‑ acta como barrera u obstculo para el reconocimiento de lo nuevo. Es notorio, por ejemplo, el peso que la cultura verticalista y centralista tiene aun entre organizaciones sociales que propugnan lo nuevo. Esto se evidencia, por ejemplo, en que muchas de ellas se planteen construir desde la horizontalidad y la participacin de todos los actores, pero sostienen prcticas verticalistas que contradicen sus postulados y proposiciones.

Partir de la experiencia para ir conformando un nuevo modo de hacer, de estar, de ser y de interrelacionarse con los dems, en un proceso prctico-pedaggico de aprendizaje colectivo, ir abriendo paso a la formacin de un movimiento sociocultural popular constructor y base ideolgico-social de la fuerza social de liberacin, patriotismo y solidaridad (en cada pas y en el continente).

Rescatar crticamente las enseanzas, las propuestas y los valores creados por los diversos actores sociales en sus prcticas

La accin poltica popular de nuevo tipo que es resultante de la actividad creadora de los pueblos, reclama nutrirse, aprender, de tales creaciones prcticas. Y esto implica para los revolucionarios incluir entre sus quehaceres la recuperacin crtica de las experiencias de lucha, creacin y construccin de alternativas que van desarrollando los diversos actores sociales y polticos, reflexionando acerca de las enseanzas, las propuestas y los valores que de ellas emergen, enriquecindose con el aprendizaje las propias creaciones y construcciones de los pueblos, desarrollando el pensamiento emancipador desde abajo.

Apropiarse polticamente de los aportes de la educacin popular

En este sentido, la articulacin de la concepcin y la prctica de la educacin popular con las prcticas de lucha, formacin y organizacin sociopolticas en proceso de construccin de alternativas polticas resulta vital: ella orienta la accin del pensamiento a partir de las prcticas concretas para reflexionar colectivamente desde all, deconstruir las experiencias y reconstruirlas crticamente con sentido proyectivo superador, es decir, con sentido constructor de futuro, sobre la base del aprendizaje propio fusionado con los saberes y la experiencia colectivos.

Por su presencia constante y fundante en las organizaciones de base, en los procesos de formacin y en las prcticas de vida y organizacin horizontales y participativas, la prctica sistemtica de la educacin popular en los procesos sociotransformadores hace social y polticamente visible la presencia de los excluidos, oprimidos y, en particular, de las mujeres, contribuye a dignificar y valorizar su palabra, su pensamiento y su accin.

A travs de su prctica educativa ‑que construye saberes a partir de los modos de vida concretos‑, se van constituyendo los puentes bsicos que ponen al descubierto los nexos e intercondicionamientos entre un determinado modo de existir y reproducirse del mundo privado y un determinado modo de existir y reproducirse del mundo pblico. Esto posibilita por tanto tender los nexos entre una realidad supuestamente privada e individual, aparentemente casustica, con la realidad de un determinado modo de existencia econmica, poltica y cultural de la sociedad en que vive. Se orienta, de ltima, hacia cuestionamientos de fondo acerca del poder, haciendo visible la diferenciacin y los nexos que existen entre este y una determinada conformacin histrico cultural‑ de las identidades, los roles y los mbitos atribuidos ‑en tal relacin‑, a los gneros femeninos y masculino, a lo que significa socialmente ser hombre y ser mujer.

Una militancia de cara al pueblo

Una nueva concepcin de la poltica y la accin poltica demanda tambin de un nuevo tipo de militante, con una lgica que modifique de raz lo que hasta ahora se supona era su razn de ser y actuar: llevar las ideas y propuestas del partido hacia el pueblo y sus organizaciones aceptando la hiptesis de que la misin histrica de las masas populares es la de actuar como fuerza material capaz de realizar (materializar) el programa elaborado por el partido poltico (auto)considerado vanguardia.

Las nuevas prcticas polticas emergidas con fuerza desde las resistencias y luchas de los movimientos sociales han conformado una nueva militancia: capaz de concertar voluntades diversas y dispersas, de dedicar parte de su tiempo a tareas de capacitacin para que las mayoras puedan participar con protagonismo creciente desplegando al mximo sus potencialidades. Se trata de una militancia consecuente con las propuestas que levanta, impuesta de que los desafos socio-transformadores no son tarea de lites mesinicas, sino que reclaman la participacin protagnica plena de las mayoras concientes. Esto habla de diversidades que habrn de articularse y conjugarse, de pluralidad de cosmovisiones, de horizontalidad en las interrelaciones y miradas, de un nuevo tipo de organizacin y poder que se construye desde abajo, con el protagonismo de los tradicionalmente considerados‑ de abajo.

La creciente movilizacin social y poltica de amplios sectores y actores sociales ha ampliado el mbito de los poltico, modificado el accionar poltico y sus modos y consiguientemente‑, llama a modificar la concepcin de la militancia y sus modalidades de actuacin poltica, generalmente centrada en la asistencia a las reuniones partidarias peridicas, en el anlisis de documentos internos, en disputas domsticas, en debatir su perspectiva en los congresos, etc. Sin objetar estas actividades, est claro que resultan insuficientes y confinadas al internismo.

En este sentido, por ejemplo, Joao Pedro Stdile, referente del Movimiento Sin Tierra, de Brasil, refirindose a los cambios que reclama este tiempo, reflexiona: Necesitamos colocar nuestras energas para ir hacia donde el pueblo vive y trabaja, y organizarlo. () Sin organizar al pueblo no se va a ningn lugar, y muchas veces [parte de la militancia] se ilusiona con eternas reuniones de cpula o meros discursos explicativos acerca de la coyuntura. [Stdile, 2004].

El desafo socio-transformador actual es civilizatorio. Construir una nueva civilizacin es una tarea de gran magnitud para la que no alcanza la movilizacin de los activistas, requiere de la participacin y creatividad de millones. A ello pueden contribuir todos aquellos que se van comprometiendo con la actividad sociopoltica y tambin los intelectuales orgnicos. Esto reclama desarrollar sostenidamente prcticas democrticas, horizontales y participativas en lo que se va construyendo, en el pensamiento y en la accin.

Se trata de ir configurando en las prcticas una pedagoga de la nueva praxis poltica, aportando valiosos ejemplos para la conformacin de un nuevo tipo de militancia: solidaria, autnoma, consciente, responsable, participativa, constructora y concertadora de la participacin desde abajo, en sus comunidades, con sus compaeros/as en su sector de trabajo, en el campo, en la universidad, en el mbito sociocultural donde acte, en la vida familiar, y en la organizacin social o poltica en la que participe. En sus alforjas inspiradoras cuenta con los aportes de la educacin popular, cuyos principios y concepcin fecundan el pensamiento y las prcticas colectivas de la transformacin social. Es lamentable que todava se halle tan disociada de las prcticas polticas de la izquierda. Ello evidencia de hecho‑ la sobrevivencia de la cultura vanguardista.

Es tiempo de que la izquierda partidaria que se aferra a viajes concepciones ponga fin a su distanciamiento jerarquizado respecto de los sectores sociales populares; es vital suprimir las famosas correas de transmisin y sustituirlas por el dilogo permanente, el aprendizaje mutuo, la horizontalidad en las decisiones y el control popular.

Para decirlo de un modo comprensible para todos/as: dicha izquierda tendra que realizar una auto-transformacin homloga a la ocurrida en la Iglesia Catlica cuando el Concilio Vaticano II. All se explicit que la Iglesia no radicaba en el edificio del templo, sino en el pueblo de Dios, y se les dijo a los curas que haba que salir de los claustros, llegar al pueblo y convocarlo a construir juntos lo que sera, entonces, la iglesia de todos. Esto implic para los sacerdotes desde cambios en su indumentaria (sacarse la sotana distanciadora), hasta modificaciones en su forma de practicar su religin: salir a buscar y escuchar al pueblo, convivir con la poblacin donde quiera que ella estuviese y fuese.

Aquel impulso cristiano sustent prcticas comprometidas de curas y mojas militantes, abri las puertas a los llamados curas del Tercer Mundo y la Teologa de Liberacin. Si result luego mediatizado, relegado y hasta perseguido por sectores retrgrados de la institucin religiosa fue precisamente porque la experiencia fue un xito en relacin con los objetivos.

Si la izquierda partidaria y su militancia hicieran su concilio abrindose hacia los pueblos, cambiando su lgica y sus prcticas, tomando como punto de partida las realidades socioculturales de los pueblos, asimilando y aceptando su diversidad de identidades y cosmovisiones, apuntalando sus prcticas, impulsando la maduracin de pensamientos liberadores y de liberacin, contribuira a un cambio cultural y poltico colectivo radical y revolucionario.

Hoy, en vez de un partido de cuadros, se hace necesario construir un tipo de organizacin poltica abierta, integrada y dinamizada por anticuadros: el que es parte de la realidad territorial y laboral en la que desarrolla su militancia, el que en vez de suplantar el pensamiento y el protagonismo de sus compaeros/as, promueve participacin, conciencia, organizacin colectivas, el que se informa y pregunta antes de informar, el que se forma y se ocupa de formar, el que aporta a la construccin desde debajo de la unidad basada en la articulacin horizontal de las diversidades, consciente de que cada vez que se excluye a alguien hay una derrota, el que hace de su actividad un proceso pedaggico y poltico.

Los anti-cuadros desafian y dejan atrs las viejas modalidades del saber hacer poltico que suponen que ‑por definirse de izquierda‑ ya se sabe cmo se hacen las cosas.

Este es un tiempo de grandes cambios y reclama tambin grandes cambios en lo cultural, en la concepcin y las modalidades de la militancia. En primer lugar, tomando distancia interior de las instalaciones conceptuales-conductuales acuadas por el capital en los diversos mbitos de produccin y reproduccin de la vida. Es imposible aspirar a cambiar el mundo sin cambiarnos simultneamente‑ a nosotros mismos.

Para que el humanismo tenga posibilidades de triunfar sobre la barbarie, es preciso dar la batalla por las conciencias, construir una nueva conciencia colectiva de vida diferente a la acuada por el capitalismo, alejada del individualismo estril, de la separacin entre humanidad y naturaleza, y del guerrerismo.

Es vital quitarse las anteojeras instaladas y reinstaladas sistemticamente por el capital, romper con la fragmentacin de las realidades y conciencias. Y esto es parte del proceso socio-transformador. Es en el curso de la propia accin de construccin de lo nuevo que se van produciendo los cambios cuando hay conciencia de ello. Transformarnos para transformar es la clave en esta lucha poltico-cultural.

Fortalecer el pensamiento emancipatorio de este tiempo

El desarrollo de un nuevo pensamiento emancipador crtico y autocrtico, capaz de recrear los fundamentos terico‑metodolgicos articuladores y proyectivos de lo nuevo en gestacin, resulta un componente fundamental en los procesos de transformacin social.

Sus contenidos ‑como su desarrollo‑ resultan marcados por las prcticas de cuestionamiento y transformacin social desarrolladas fundamentalmente por actores sociales nuevos y viejos, como por ejemplo, los pueblos indgenas. Es por ello que su principio bsico consiste en tomar a dichas prcticas y sus protagonistas como punto de partida, mbito permanente de su quehacer, y destino privilegiado y primario de sus reflexiones. Y esto se anuda de modo directo, desde la raz, con la interculturalidad.

Lo nuevo del pensamiento emancipatorio no radica, por consiguiente, en lo novedoso de su relato sino, en primer lugar, en los relatos que rescata, incorpora y proyecta en elaboracin intercultural, con enfoques, cosmovisiones y propuestas plurales, multidimensionales, yuxtapuestas, incluso ‑en partes‑ contradictorias entre s, y abiertas. Consiguientemente, un pilar fundamental del nuevo pensamiento emancipatorio radica tambin en su cualidad de articular pasado y presente en bsqueda de la propuesta de transformacin social (hacia el futuro), es decir, en su capacidad de articular trayecto y proyecto.

En este sentido, lo nuevo se conjuga con la posibilidad de salirse de los estrechos marcos del pensamiento nico de la izquierda tradicional, seguidor dogmtico de los paradigmas occidentales del Norte y negador de las realidades humanas y socioculturales del continente. En segundo lugar, igualmente, este nuevo pensamiento supone otras referencias y referentes que distan de las concepciones academicistas que han concebido y conciben la teora en los estrechos mrgenes de las lites ilustradas.

Construir una matriz de pensamiento indo-afro-latinoamericano

El nuevo pensamiento de emancipacin naci y se desarrolla conjuntamente con la resistencia, las luchas y las construcciones de ayer y de hoy sustentadas por los pueblos indgenas, por los afrodescendientes, por los trabajadores de la ciudad y el campo, las mujeres, los jvenes, los discapacitados, los adultos mayores, los movimientos de gay, lesbianas y travestis, los ecologistas, etctera. Se trata de un pensamiento intercultural que se construye reconociendo y entrelazando saberes plurales de la diversidad de actores y con la diversidad de actores sociopolticos, y que se desarrolla a travs de la prctica poltica y en funcin de ella. Es decir, es un pensamiento orientado a fortalecer la construccin de un proyecto social, poltico, econmico poltico, cultural y tico de transformacin social en funcin de la liberacin. Y desarrolla, por tanto, en funcin de ella su epistemologa.

Esto resumira un primer aspecto de su carcter descolonizador: no al dogmatismo eurocntrico de derechas e izquierdas, no al liberalismo elitista academicista. Un segundo elemento, correlativo con lo anterior, radica en su apuesta a los sujetos concretos del acontecer socio-histrico, a sus luchas, sus construcciones y propuestas, para desde ah construir saberes prcticos y tericos de/para su emancipacin. Se trata, en tercer lugar, de un pensamiento que no solo reconoce las diferencias, sino que se nutre de ellas para ampliar sus horizontes, enriquecer sus contenidos y proyectarse activamente en esa dimensin de la lucha, aportando su mirada descolonizadora y fortaleciendo los actuales procesos descolonizadores que embanderan los pueblos, en primer lugar los pueblos indgenas de este continente.

Quin tiene la razn?

Cuando un individuo, grupo, movimiento social o partido poltico est convencido de que su posicin es correcta, piensa automticamente que es la nica correcta. Con lo cual supone ‑o da por hecho‑, que todas las dems son, cuando menos, incorrectas.

Esta suposicin se anuda directamente con otra: lo correcto es verdadero. Por tanto, quienes consideran que su posicin es la correcta automticamente se piensan poseedores de la verdad. Y si lo que sostienen es correcto y verdadero, adems, tienen la razn. Consiguientemente, las otras posiciones son incorrectas, no son verdaderas y quienes las sostienen estn equivocados, no tienen razn y no dicen ni practican la verdad.

A partir de aqu, la dinmica social resulta dicotomizada: unos saben y tienen razn, y los dems no saben y no tienen razn. En tal situacin, el nico camino posible para la unidad, es decir, para el entendimiento entre los diferentes y sus diferencias ser el de la disputa y la confrontacin en aras de establecer quines tienen la razn y quines no, quines dicen la verdad y son los dueos de la verdad y quines deben aceptarla. Por ms que se pretenda que esta es una postura unitaria o que conduce a la unidad en torno a la verdad, es una visin extremadamente sectaria, divisionista y excluyente.

Esta no es la verdad revolucionaria sino la verdad de pocos. La verdad revolucionaria se construye entre todos los sectores del pueblo, con sus puntos de vista, identidades, perspectivas y objetivos diversos, en la prctica de creacin‑construccin de lo nuevo. No es una verdad absoluta, no pretende abarcarlo todo sino aquello que posibilita en un espacio‑tiempo social concreto‑ articular una posicin colectiva participada. Por eso la verdad revolucionaria es relativa, compartida, plural, descolonizada, constituida y constituyente, histrica y en desarrollo.

La verdad revolucionaria busca la unidad no como unicidad sino como espacio reflexivo construido colectivamente. Suma, fortalece y multiplica en vez de restar, debilitar y dividir; rescata en vez de desechar; constituye sujetos a la vez que es constituida por ellos.

La ecuacin lgico-poltica revolucionaria en tal caso es clara, para captarla basta observar cuntos estn adentro y cuntos estn afuera.

Un pensamiento abierto al mundo y en debate con los otros

A diferencia de los saberes absolutos abstractos que abundan en las academias, que luego buscan canales para poder aplicarse a la realidad ‑mejor dicho, a las parcelas de ella a las que va dirigido‑, el nuevo pensamiento emancipatorio que va surgiendo no busca aplicarse a la realidad porque nace de ella, en interaccin con sus protagonistas, de los/las que piensan, disputan y construyen la nueva realidad. No cimenta sus posiciones y propuestas en legados acadmicos dogmticos coloniales o eurocntricos ni busca legitimarse en estos espacios; define su sentido en funcin del horizonte poltico de la transformacin de la sociedad desde la raz, desde abajo, por los de abajo.

En este empeo resulta importante tambin nutrirse de las enseanzas de la historia de las luchas anticapitalistas y de las experiencias socialistas del siglo XX, revalorizar y actualizar los aportes terico-filosficos de Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo, Gramsci, Luckacs, Korsch, Freud, Althusser, Foulcault, Mszaros, Amn, Maritegui, Mella, Varela, Ingenieros, Ch, Dussel, Snchez Vsquez y muchos otros grandes pensadores/as revolucionarios, profundizar la crtica al funcionamiento del sistema del capital en la actualidad, y en nuestro caso, muy importante‑ rescatar la riqueza de los pensamientos independentistas, de los pensamientos y cosmovisiones de los pueblos indgenas, de la teologa de liberacin, de la educacin popular, etc., en aras de fortalecer el pensamiento intercultural emancipatorio indo-afro-latinoamericanista y su papel poltico estratgico de orientador.

Esto resume su posicionamiento poltico y epistmico revolucionario actual, a la vez que lo torna parte de las herramientas de rechazo a la colonizacin y colonialidad del poder [Quijano] y de bsqueda de fundamentos descolonizados e interculturales para aportar a la construccin de un proyecto colectivo de superacin de la civilizacin afianzada por el capital, contribuyendo a construir una civilizacin intercultural que apuesta por la diversalidad del mundo, con interrelaciones humanas individuales y colectivas basadas en principios de solidaridad, justicia, equidad y horizontalidad.

No tirar el nio junto con el agua sucia

Recuperar la dimensin revolucionaria del pensamiento y la propuesta emancipadora social formulada por Marx y Engels

Si para Hegel la Idea Absoluta es el nico objeto y contenido de la filosofa, para Marx el nico sentido de la filosofa es el ser humano concreto dentro de una sociedad histrico concreta y esta misma, en tanto resulta imprescindible conocerla para elaborar (y contar con) los instrumentos tericos necesarios para la superacin de la situacin de clase en s del proletariado, para que ste pueda con conciencia de clase para s, y en articulacin indisoluble con sus prcticas de lucha y enfrentamiento al poder del capital‑, poner fin a su explotacin y con ello‑ necesariamente, transformar la sociedad en su conjunto.

Y aqu radica el nudo de su revolucin terica (y prctica). En la base de la misma est la inseparabilidad sujeto‑objeto, teora‑prctica, a la que se articulan pensamiento y accin, ser social y conciencia social, lo objetivo y lo subjetivo.

  1. La realidad social histrico-concreta es el punto de partida inequvoco de todo anlisis social, econmico, poltico, filosfico, cultural y, a su vez, tambin el destino de las mismas. Por eso, tanto para Marx como para Engels, el pensamiento solo puede ser de la historia, si lo es en la historia.

Si el trabajo vivo es el origen de la crtica (y de la realidad) del capital para Marx, el destinatario de la teora crtica es la conciencia del proletariado: el saber de esa conciencia que todo el capital no es sino trabajo vivo. (). Cuando el saber se hace conciencia, conciencia de clase, conciencia de pueblo, solo en ese caso es saber real: se hace ciencia como historia (no solo de la historia). [Dussel 1988: 310]

  1. No hay apriorismo en las reflexiones y conclusiones de sus anlisis. Ellos buscaron explicaciones a los fenmenos de la vida social de su poca. Estas los condujeron a plantearse la necesidad de una transformacin radical (y eficiente) de la realidad, articulando orgnicamente las luchas de los movimientos sociales (obreros y campesinos) de entonces con un programa revolucionario. Esta articulacin tiene en el concepto de prctica sociotransformadora el nudo central.
  2. Al articular el pensamiento filosfico y la prctica sociotransformadora, la revolucin terica realizada por Marx y Engels presupona la revolucin prctica.

Objetivo-subjetiva es la prctica sociotransformadora de los seres humanos en la historia, y lo es tambin el pensamiento que la capta y sintetiza reproduciendo esta contradiccin en sus conceptos y categoras, que define histricos, inacabados

Sus planteamientos no buscan solamente explicar la contradiccin dialctica, resultan ellos mismos contenedores de contradicciones en su formulacin y contenido (desarrollo de la lucha de clases y de prcticas en el pasado y el presente, condiciones sociales preexistenes y actuales, avance de los descubrimientos cientficos, desarrollo de la produccin, etctera), y demandan, por ello, actualizacin y desarrollo permanentes junto con la construccin de nuevos conceptos. Son las caractersticas bsicas que hacen a su sistema abierto.

  1. La crtica demoledora de Marx a la filosofa especulativa y contemplativa y materialista vulgar, no signific sin embargo su enemistad con toda filosofa, sino el plantearla sobre nuevos fundamentos y orientada a la transformacin de la realidad, sacndola del claustro contemplativo trascendental e individual aislado (fragmentado y fragmentador) de la totalidad social, otorgndole un sentido para el desarrollo de la vida social y por tanto para s misma: la transformacin del mundo ‑de la sociedad capitalista‑, en bsqueda de la emancipacin de la clase obrera y con ella‑ de toda la humanidad, desarrollndose en interdependencia con las prcticas sociotransformadoras reales (multidimensionales, complejas, dinmicas, integrales).

En este sistema, cada punto particular es multidimensional; se encadena los otros puntos del sistema, implica los otros y es implicado por ellos. [Mszros 2001-B:22]

  1. Para Marx era indispensable no solo poner fin a los mecanismos de produccin y reproduccin de la alienacin de la clase obrera, sino tambin a las formas enajenadas del pensamiento terico (filosfico, econmico, poltico, de las ciencias naturales), que construye su verdad de modo fragmentado en las ciencias particulares, sin buscar los vasos comunicantes entre los diversos mbitos de una misma realidad. Por eso, para l no solo la filosofa careca de sentido como supuesta teora general abstracta, sino tambin la economa, la tica, la poltica. La filosofa no poda desarrollarse aislada de la economa, ni de la poltica, de la tica o de la ciencias naturales, y viceversa. Marx las redefini (a todas ellas) entendindolas en necesaria articulacin e integracin proyectiva hacia lo que, a su entender, sera una nica ciencia humana.

Lo que Marx entiende por ciencia humana es una ciencia de sntesis concreta, integrada en la vida real. Su punto de partida es del ideal del hombre no enajenado cuyas necesidades realmente humanas en oposicin a las visiones especulativas y abstractas e idealista‑ determinan la lnea a seguir por la investigacin en cada campo particular. Los resultados de los diversos campos conducidos correctamente desde el principio‑ se renen entonces en una sntesis ms alta que, a su vez, determina las lneas sucesivas de las investigaciones en los diversos campos. [Mszros 1978: 96-97]

() para realizar la ciencia humana, la filosofa, la economa poltica, las ciencias naturales abstractamente materiales, etc., se deben integrar recprocamente, lo mismo que con la totalidad de una prctica social ya no caracterizada por la enajenacin y la cosificacin de las relaciones sociales de produccin. Porque la ciencia humana es precisamente esta doble integracin en la superacin de la anterior y doble enajenacin‑ de los campos tericos particulares, 1) entre ellos y 2) con la totalidad de una praxis social no enajenada. // El factor dominante de este complejo es, naturalmente, la superacin de la enajenacin en la misma prctica social. [Mszros 1978: 108]

Es claro entonces que, con Marx, ha llegado a su fin toda filosofa especulativa ubicada supuestamente por encima de las dems ciencias y de la sociedad.

  1. Desde esta perspectiva, el quehacer filosfico supone la conjuncin dialctica teora‑prctica (en este caso, pensamiento social y prctica social transformadora-liberadora), articulada con la bsqueda de superacin concreta (sociohistrica) de la enajenacin social e individual, y con su carcter crtico y autocrtico. Conceptualizando las prcticas sobre esa base y en esa direccin, la filosofa misma resulta en el centro del encuentro/mediacin entre el actor social revolucionario que transforma el mundo en que vive, y que en el mismo proceso transformador‑ resulta transformado, es decir, se transforma a s mismo y a su conciencia poltica, terico-crtica, ideolgica, a su cultura, etctera.[3] De ah que, como sintetiz Zaira Rodrguez

la regin o dominio de la filosofa [no es] ni el mundo separado del hombre, ni el hombre separado del mundo, sino, precisamente, la relacin activa y multifactica del hombre con el mundo. [Rodrguez Ugidos, 1985: 65]

Como parte de esa interrelacin activa y multifactica, la filosofa tiene que cuestionarse a s misma acerca de la vigencia y suficiencia de las herramientas conceptuales con las que los actores sociales concretos orientan su intervencin en el proceso prctico‑transformador. Es por ello que en el anlisis estricto del quehacer terico,

la regin propia o exclusiva de la investigacin filosfica no es ms que la esencia o la universalidad esencial de la actividad social multifactica sintetizada en las leyes o categoras del pensamiento terico. [Rodrguez Ugidos 1985: 78]

  1. Esto define tambin una de las tareas centrales de los filsofos comprometidos con la transformacin social: trabajar para la actualizacin y desarrollo de los conceptos, leyes y categoras que intervienen en la prctica sociotransformadora actual de la que es un componente activo, para re-intervenir en ella de modo crtico, mejorando la capacidad sociotransformadora de los sujetos sociotransformadores y de s misma. Sera este, a mi modo de ver, el papel central de los intelectuales orgnicos.

Marx construy sus categoras o reconstruy las que utiliz de otros‑, en dilogo con la realidad social de su poca, dejando claro que los conceptos se forman a partir de la prctica misma de los hombres, de la reflexin terica sobre ella, y a ella misma se refieren.[4] Como claramente explica Zaira Rodrguez:

las categoras sirven de instrumentos terico‑metodolgicos de la actividad cientfica y prctica del sujeto social, y tambin actan en calidad de esquemas para la interpretacin y orientacin de los resultados de la actividad humana. De este modo, la estructura categorial del pensamiento terico de una poca histrica conforma la armazn lgica a partir de la cual se puede dirigir y fundamentar la actividad prctico social. [Idem]

  1. Es la prctica sociohistrica concreta de los actores-sujetos sociales por cambiar la sociedad en que viven en el sentido de su liberacin, la que posibilita y articula ese pensamiento crtico que, para serlo, a la vez, debe ser autocrtico, liberador y de liberacin.

Sin teora revolucionaria no hay movimiento revolucionario, sintetiza Lenin, lo que supone afirmar tambin que sin movimiento revolucionario no hay teora revolucionaria; son ambos a la vez o no son. Esta es la nueva filosofa que Marx y Engels comenzaron a construir, comprometida con la vida social y a partir de ello- con los intereses del polo del trabajo en la relacin trabajo-capital.

Su legado terico metodolgico y su proyeccin emancipadora resultan imprescindibles precisamente para quienes sosteniendo posiciones no dogmticas, no se dedican a las repeticiones memorsticas y casi religiosas de sus textos‑, se nutren de sus postulados centrales para construir el pensamiento emancipador actual, partiendo de la realidad sociocultural actual de nuestra regin, desde las cosmovisiones, las identidades y la recuperacin de las experiencias de resistencia y lucha de los pueblos empobrecidos de nuestras tierras, en primer lugar de los pueblos indgenas, avanzando hacia la construccin de un pensamiento emancipador y emancipatorio intercultural, descolonizado y revolucionario co-constructor junto con los actores sociopolticos‑ de la nueva civilizacin.

La educacin popular: un pilar clave para la descolonizacin intercultural

Las prcticas populares producen/reproducen vida y conocimientos; las mujeres y los hombres construyen propuestas y desde sus culturas, desde sus modos de vida van tomando conciencia de las injusticias de gnero, clase y raza. As lo evidencian las innumerables experiencias de movimientos indgenas y sociales de este continente: El levantamiento indgena de Chiapas es impensable sin la toma de conciencia de sus integrantes acerca de su realidad. Y esta se construy con el apoyo de las concepcin y las prcticas metodolgicas de la educacin popular articulada con la bsqueda de transformacin de las condiciones de vida, que fue ‑a la vez‑, el empeo en la construccin de alternativas para la vida. Similares procesos pueden referirse respecto del Movimiento sin Tierras, en Brasil, o de las Bartolina Sisa, movimiento de las mujeres indgenas campesinas de Bolivia, entre otros.

Todo ellos tienen claro que la conciencia no puede ser trada de afuera de los sujetos; que los sujetos construyen y desarrollan su conciencia a partir de su participacin en los procesos de lucha y transformacin, reflexionando crticamente acerca de ellas y de las condiciones de vida en las que construyen y desarrollan su conciencia.

Esto es parte del proceso de (auto)construccin de conciencias de los sujetos a partir de su modo de vida e interaccin concreta con sus realidades, de sus subjetividades e identidades. Resulta por tanto, una propuesta raizalmente intercultural en sus presupuestos y conclusiones. De conjunto, refuerza las miradas descolonizadoras.

La postura colonialista y colonizadora pasa por encima de las diferencias porque excluye ‑y elimina‑ a los diferentes para instaurar-afianzar una sola civilizacin legtima. A ella responde el diseo de los Estados y de las legislaciones que lo sustentan, en perfecta concordancia con los intereses econmico‑polticos de los poderosos y sus representantes.

Para desandar estos caminos en (Indo-Afro)Latinoamrica la educacin para la descolonizacin resulta vital. A construirla y lograrla contribuyen: la educacin popular, la investigacin accin participativa (IAP), las historias de vida (con historia oral) y la construccin de conocimiento colectivo, gestin intercultural del conocimiento mediante.

La educacin popular se asienta en un posicionamiento y una concepcin de la relacin poder-saber que articula las condiciones de vida, la prctica que en ella desarrollan los distintos actores y actoras individuales y sociales, y la conciencia que tienen o pueden llegar a tener acerca de ello, si reflexin crtica mediante‑ se [re]apropian de su quehacer y de su realidad.

La educacin popular supone una relacin horizontal entre saberes diferentes, y este dilogo no se alcanza poniendo las sillas en forma circular. Ayuda el colocarlas as, sobre todo por la significacin visual, pero est demostrado que se puede estar sentado en un crculo y sostener una posicin de predominio jerrquico sobre los dems, y se puede estar en una sala dando una conferencia en formato tradicional y sostener dilogos horizontales con los presentes hacindolos partcipes de la conferencia y los saberes en ella elaborados. Participar no se reduce a una forma de disposicin de las sillas en una sala de conferencias/reuniones grupales, ni a un modo de hablar, ni a un formato de exposicin. Paulo Freire da un testimonio sobresaliente de ello al comienzo de su libro Pedagoga de la esperanza, cuando se refiere a la participacin del seor que estuvo todo el tiempo en silencio en las jornadas educativas y cuando l le pregunt acerca de sus parecer, expres sus puntos de vista combinando todo lo all tratado, sorprendiendo al auditorio.

Cul sera el papel de educacin popular en el proceso intercultural de construccin de los nuevos pensamientos emancipatorios?

El proceso de construccin‑reconstruccin de saberes desde abajo implica la recuperacin y articulacin de la memoria histrica (de los pueblos), la recuperacin de las experiencias de lucha, organizacin y propuestas, mediante la sistematizacin de las mismas, interrelacionando las propuestas metodolgicas de la educacin popular, la investigacin participativa (IAP), y las historias de vida, apelando, en este fundamentalmente, a la historia oral.

Y todo ello redituar en los resultados, es decir, en la posibilidad de elaborar o enriquecer un pensamiento emancipador intercultural colectivo, partcipe de las prcticas colectivas de bsqueda y construccin de lo nuevo.

Para el logro de los objetivos mencionados, es importante:

Desde el punto de vista intercultural, el proceso de construccin nuevos pensamientos emancipatorios constituye, a su vez, el de (auto)construccin de nuevos sujetos y sujetas del conocimiento y el quehacer sociopoltico. En l, la educacin popular constituye una herramienta y un posicionamiento poltico sine qua non; puesto que abre las puertas de la razn y el corazn para reconocer al otro/a, valorizar al otro/a, escuchar y ser escuchados, claves interculturales para la construccin de competencias interculturales para la formacin y la gestacin-construccin un nuevo tipo de pensamiento emancipatorio (social-individual), y tambin donde sea posible, por ejemplo‑, para la transformacin de las instituciones estatales-gubernamentales, abriendo sus compuertas a la participacin protagnica de los movimientos indgenas y sociales, a los comuneros y comuneras, potenciando la proyeccin intercultural descolonizadora de su accionar.

La importancia de la investigacin accin participativa (IAP)

La investigacin accin participativa se articula directamente con la educacin popular; se asienta conceptualmente en ella. Es la apuesta a la construccin de conocimientos partiendo de los actores (desde abajo), haciendo de los tradicionales objetos investigados, co-investigadores de su propia situacin. La investigacin participativa implica por tanto una interrelacin y una intencionalidad comn entre sujetos. La IAP no reconoce objetos de investigacin, sino sujetos, actores, terrenos, problemas, temas, bsquedas que son emprendidas co-participativamente por los investigadores de afuera y de adentro.

La interculturalidad, la descolonizacin y la construccin del pensamiento emancipatorio en la actualidad, requieren de la bsqueda y el rescate/recuperacin conceptualizada de los saberes prcticos de los diversos actores/as, y por tanto implican la mediacin de investigaciones. En ese sentido, se comparten los objetivos con la educacin popular y la IAP. De lo que se trata, en definitiva, es de interactuar entre sujetos/as que tienen saberes y experiencias adquiridas/desarrolladas durante aos, en organizacin de tareas de sobrevivencia en diversos mbitos, y que tienen por tanto amplios saberes que aportar que reclaman ser incorporados al proceso protagnicamente y con identidad.

La IAP permite desarrollar procesos de sistematizacin de experiencias concretas de experiencias de gestin intercultural, generalmente en mbitos comunitarios, y/o municipales.

Sobre esa base es posible:

La tercera conclusin sobre este aspecto, sera:

Otra arista de esta labor investigativa, estara dada por la identificacin de los posibles vasos comunicantes entre las distintas manifestaciones culturales o distintas culturas, contribuyendo a la constitucin de redes interculturales de existencia, comunicacin y funcionamiento organizacional y programtico colectivo.

Recuperar experiencias: testimonios, historia oral e historias de vida

Sistematizacin de experiencias: La sistematizacin de experiencias se refiere explcitamente al rescate de la historia del funcionamiento de la vida en las comunidades rurales y urbanas, los barrios, la familia, las organizaciones sociales, al rescate de sus fundamentos filosficos, y de las experiencias concretas de la vida colectiva a travs del tiempo o en determinados perodos de particular inters poltico cultural.

Es esta recuperacin la que arroja como resultado ms preciado la reapropiacin por parte de la comunidad o colectivo en cuestin, de los que ellos han consturido/producido con sus decisiones y empeos prcticos, ya que es la mirada proyectiva constituida a travs de la experiencia, es decir, son las capacidades enriquecidas por la fuerza de la realidad y el empuje de sus dinmicas concretas.

Para realizarlas es vital apelar a las historias de las experiencias de los miembros ms antiguos y de los ms jvenes, de hombres y mujeres. Para rescatarlas se apela a la imbricacin metodolgica de la educacin popular, la IAP y la antropologa social.

Historias de vida: En la reconstruccin de los saberes populares oprimidos, resulta central recuperar las experiencias de los sujetos involucrados en las prcticas colectivas, la reconstruccin oral de sus experiencias vitales en lo referente a sus modalidades de vida, su identidad, sus aspiraciones, sus resistencias y luchas sociales, sus prcticas ancestrales de administracin de los colectivo, etctera. Es vital incorporar a los saberes interculturales el caudal cultural familiar, teniendo presente que el conocimiento y la cultura se forman y desarrollan en cada ser humano desde el nacimiento, en el seno de la familia, el hogar y la comunidad donde se vive, es decir, anteceden y exceden a las instituciones escolares. Esto es lo que ‑sintticamente expresado‑ se distingue conceptualmente como sabidura.

Las historias de vida pueden ser individuales o grupales, o incluso de organizaciones y movimientos. En este ltimo caso se trata de un encadenamiento de historias individuales-grupales que hay que ir identificando y reconstruyendo paso a paso, conformando un proceso de investigacin y reconstruccin de la memoria histrica colectiva. La mayor riqueza se logra al interconectar las historias de vida con los resultados del proceso integral de la IAP y construir o reconstruir de conjunto e integradamente‑ los conceptos, para la formulacin‑reformulacin de saberes rescatando los que provienen de las sabiduras, afirmando o reconstituyndolos en interculturalidad.

Re-apropiacin colectiva de saberes y sabiduras

Este aspecto se condensa generalmente en el proceso de devolucin de los estudios procesados, terminados, a las comunidades y a los sujetos/as participantes del proceso investigativo. Se trata de una devolucin interactiva, de intercambio y retroalimentacin mutuas que constituye adems, la culminacin real del proceso de la IAP, es decir, no es un acto ni un proceso externo a la investigacin. Todos los que participan en ella son sujetos de investigacin y en tanto tales, participan tambin de la elaboracin y reflexin de los resultados de la misma.

Esto supone:

En virtud de ello, los procesos investigativos-formativos constituyen a la vez procesos prcticos de articulacin y construccin de redes del saber y del hacer.

La devolucin es parte de las claves del cambio cultural necesario para la gigantesca tarea actual de cara la construccin de lo intercultural‑social, base para la formacin de nuevas identidades e interrelaciones sociales y polticas entre diversidades humanas. La devolucin supone la colectivizacin de saberes. Sin ella, habra apropiacin de lo colectivo aprehendido por parte de un solo sector o individuo, independientemente de la metodologa que se aplique durante el proceso del conocimiento.

No es la metodologa la que garantiza que los resultados constituyan un saber colectivo social, sino el proceso en su conjunto, la coherencia del mismo y la participacin en l del conjunto de sus protagonistas.

Lo dicho habla de una fuerte presencia tica como componente genealgico de la posibilidad (y realidad) de la construccin de estos procesos, saberes, identidades e interrelaciones colectivas interarticuladas y, por tanto, de la posibilidad de transformar las realidades de exclusin y discriminacin de los oprimidos y las oprimidas, de los trabajadores y las trabajadoras, pobres urbanos y campesinos, indios e indias, negros, negras y mestizos, a travs de la modesta parcela cultural que, en ese gran proceso colectivo, desempea la construccin de los intersticios interculturales para el empeo estratgico que supone transformar la sociedad actual y construir una nueva civilizacin, fundamentada en la equidad de etnias, gneros y clases hasta su equiparacin en el nico calificativo universalmente pleno de gnero humano.

Los aportes de las teologas de liberacin

En la bsqueda de un pensamiento intercultural cabe un lugar destacado a la teologa de liberacin o, para decirlo con sentido universal, a las teologas de liberacin, es decir, teologas que han asumido que el reino de Dios est en la tierra y que los seres humanos somos los integrantes de ese reino, sin colocar obstculos ni plantear postergaciones sacrificiales que convalidan las injusticias, las desigualdades y exclusiones sociales, haciendo de ellas un supuesto camino a la felicidad eterna de los explotados y explotadas en el ms all.

En nuestro continente las teologas de liberacin, fundamentalmente catlicas, protestantes y evanglicas, se combinan con la lo que se conoce como lectura popular de la Biblia, es decir, con lecturas de la Biblia desde el presente de los pueblos oprimidos, para extraer de ella los elementos centrales para la de-construccin analtica del poder y sus mecanismos de dominacin, y encontrar las vas y los medios de encauzar las resistencias de los pueblos hacia la superacin de esa su situacin de opresin y explotacin.

Un lugar y un papel importante corresponde a las comunidades eclesiales de base que tanto empeo han puesto en el desarrollo de prcticas educativas basadas en la educacin popular y los fundamentos teolgicos de liberacin, en aras de contribuir a la emergencia y (auto)constitucin en sujetos de su historia a los sectores oprimidos y olvidados en este continente. Su labor entre los campesinos de las zonas rurales empobrecidas, entre los pobladores/as de las barriadas empobrecidas de las periferias de las grandes ciudades, y en las comunidades indgenas de Centroamrica, ha sido trascendente. Con sus actividades se formaron militantes sociales que impulsaron procesos de conformacin de organizaciones sociopolticas populares como, por ejemplo, en Chiapas, Mxico, en Brasil, con el Movimiento Sin Tierra, y en Repblica Dominicana, en la constitucin de los ncleos iniciales de Copadeba (Comits para la defensa de los Derechos Barriales).

Entre los aportes de la teologas de liberacin catlicas, protestantes y evanglicas, se cuentan los de la teologa feminista de liberacin, orientada en lo fundamental a construir, como remarca la teloga Ivone Gebara,

Un nuevo mundo a partir de una perspectiva igualitaria entre el gnero femenino y el masculino, [que] debe tener como respaldo un grupo constituido por nosotras/os mismas/os, capaz de evaluar nuestra comprensin del mundo y ayudarnos a dar nuevos pasos en el claroscuro de nuestra historia. [Gebara, 2004]

Un nuevo tipo de intelectual orgnico

En la perspectiva expuesta resulta claro que la construccin de un nuevo pensamiento emancipador no es una tarea exclusiva de intelectuales aislados. Se trata de una labor colectiva que supone la interaccin de intelectuales con los actores sociopolticos en procesos de resistencias, luchas y construccin de alternativas populares. Cada actor sociopoltico aporta y crea lo nuevo en sus prcticas diversas, ya sea apelando a sus tradiciones culturales o ensayando nuevas propuestas: Estas, junto con sus experiencias y reflexiones movilizan y definen los contenidos claves del nuevo pensamiento sociotransformador, construido en interaccin dialctica con los intelectuales orgnicos en proceso colectivo de produccin de nuevos saberes.

Este supone articular diversas dimensiones del pensamiento reflexivo crtico, es decir, el saber que es elaborado en su dimensin estrictamente terica, con el saber que emerge de abajo y que mayormente queda contenido (inmerso) en las prcticas de ah, entre otras razones, la importancia de rescatarlas, sistematizarlas y conceptualizarlas‑. La articulacin de estas dimensiones diversas posibilita la integracin e interrelacin y construccin dialctico‑revolucionaria del dilogo horizontal entre los saberes: cientfico, acadmico y popular, elaborando un pensamiento colectivo (pensamiento sobre pensamiento), indispensable para la produccin de un nuevo pensamiento estratgico sociotransformador indo-afro-latinoamericano.

Esta labor, que presupone el dilogo horizontal de saberes, miradas y experiencias, en una construccin articulada desde abajo, resulta hoy entre las nuevas dimensiones del desempeo de lo que hemos acostumbrado identificar como intelectual orgnico: no es el que sabe y orienta, sino el que construye conocimiento, saberes y conciencia revolucionaria junto con los actores-sujetos concretos de una sociedad determinada, partiendo de sus realidades, compartiendo prcticas, bsquedas, ideales y horizontes estratgicos. La organicidad de los intelectuales comprometidos se define entonces, no por su pertenencia partidaria (la orga), sino por su capacidad de trabajar coherentemente siendo parte del proceso sociotransformador, en dilogo constante con los actores que lo protagonizan. Debe ser comprometido para ser creble, y crtico para ser til y as contribuir al avance del conocimiento y la conciencia colectiva.

La creacin de una nueva civilizacin, capaz de contener en pie de igualdad a las mltiples civilizaciones existentes y sus cosmovisiones, intearticulndolas de modo intercultural, abriendo paso a un mundo en el que quepan todos los mundos, es tarea de multitudes no de lites iluminadas. En este espritu van formndose las nuevas generaciones intelectuales militantes orgnicos por la vida, conscientes de la integralidad manifiesta en la unidad entre humanidad y naturaleza, el reconocimiento de la diversidad y la bsqueda del equilibrio en la paridad, equidad y horizontalidad de sus interrelaciones.

La construccin de nuevo pensamiento emancipotorio resulta entonces raizalmente articulada a los proceso de construccin‑acumulacin de conciencia y organizacin (poder propio) que llevan adelante con sus luchas y propuestas los pueblos constituidos en actores sociopolticos en el continente, con la consiguiente maduracin del proyecto alternativo pensado y construido colectivamente por ellos.

 


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Zibechi, Ral. 2004. Uruguay, la hora de la izquierda. La Fogata.


Notas

[1] Lo horizontal resume, entre otros, los objetivos de construir un nuevo modo de vida, sin jerarquas discriminatorias o excluyentes, con equidad, justicia y oportunidades para todas y todos, con el reconocimiento y respeto de las diversas identidades, culturas, costumbres, anudadas a un modo de produccin y reproduccin que proteja la vida humana y ambiental y sobre la base del reencuentro con la naturaleza‑ asegure el equilibrio sociedadnaturaleza. La horizontalidad a la que me refiero alude a una lgica de construccin anclada en la equidad de condiciones y derechos entre diferentes que se interrelacionan, no a una visin geomtrica ni a una forma organizativa. Apostar a lo horizontal implica aprender a articular la pluralidad sobre bases de equidad y complementariedad. Es una propuesta raizalmente intercultural, que supone aceptar e incorporar las diferencias en aras de construir una totalidad sociocultural compleja que en vez de anular la diversidad la presuponga y exprese. Lejos de buscar el aplanamiento de la sociedad y la unicidad del pensamiento, esta nueva lgica horizontal (supone y) se encamina hacia la coexistencia y el derecho de todos y todas a existir, pensar y actuar (vivir) acorde con sus identidades y cosmovisiones, es decir, de un modo propio, diferente.

[2] Considerando que somos la mitad o un poco ms de la mitad de los habitantes del planeta‑, incluso si fuera un asunto slo de mujeres, sera importante su incorporacin al debate y a las propuestas sobre la democracia en nuestras sociedades, con igual centralidad que otros problemas sociales de discriminacin o exclusin. Pareciera que hay que recordar siempre que todos y cada uno de ellos comprende a las mujeres, quienes al interior de cada problema particular‑, resultan doblemente afectadas: por el problema y por los jefes, maridos, padres, hermanos, religiosos o compaeros.

[3] Es en realidad all donde el actor social se constituye en sujeto, definiendo los fines inmediatos y ltimos de su actuacin, su relacin con otros actores sociales del mismo campo de intereses de clase y polticos, su relacin con los enemigos polticos por oposicin antagnica de inters de clase, y se organiza social y polticamente para alcanzarlos. Es por eso que en sentido ms exacto es ms correcto hablar de auto‑constitucin del sujeto y no de sujetos como tales, supuestamente preexistentes a sus prcticas.

[4] Para Marx la prctica no es sierva de la idea; es nexo, intermediacin objetivo-subjetiva que es determinada por la subjetividad a la que a su vez determina y condiciona, por lo que resulta finalmente determinante, aunque sin eliminar nunca el lado activo independiente de la subjetividad (la creatividad, la imaginacin), al contrario, potencia su desarrollo cual manantial inagotable.


Fuente original: https://arteyculturafmln.wordpress.com/2015/07/23/hegemonia-poder-popular-y-sentido-comun/



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