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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-10-2015

Derechos de la cultura cubana

Luis Toledo Sande
Cubarte


Para que los derechos culturales en Cuba ms claramente: los que le corresponde a la ciudana reclamar y ejercer en el disfrute, la difusin y la produccin misma de los bienes de la cultura tengan plena, segura y legtima consumacin, lo primero es defender y salvaguardar los derechos de la cultura cubana. Ella es una realidad cuyo proceso de transformacin, permanente e ineludible, debe conocerse y cuidarse para que no termine desnaturalizada por los efectos de la globalizacin neoliberal y su matriz rectora en el mundo, la dominacin imperial, o imperialista. Tal matriz no es un brote nuevo: sobre una base de varios siglos de capitalismo se gest en las postrimeras del siglo XIX y se consolid en los inicios del XX.

El impulso para la transicin medular entre aquellas dos centurias, histrica y poltica ms que cronolgica, lo dio la contradiccin entre imperios: de manera sealada el espaol, decadente o ya entonces en ruinas, y el estadounidense. Este, hijo y superador putativo y prctico del britnico, y sometedor de otros que incluido el que en Espaa conserva nfulas y pretensiones de tal siguen acompandolo, emerga y hoy perdura en su soberbia, aunque atraviese una etapa de lo que va siendo su crisis permanente.

El acto visible en el despegue de ese raudal se dio en la intervencin con que en 1898 el gobierno de los Estados Unidos frustr la independencia de Cuba y humill a la corona espaola. Fue esa la propulsin gnea para el desencadenamiento de las conflagraciones internacionales caractersticas del siglo XX, asociadas desde sus inicios a replanteos en la reparticin de territorios y reas de influencia.

Bien avanzado aquel siglo, un estudioso honrado y de izquierda, Eric Hobsbawn, condens interpretativamente esta nocin: el hito inicial de ese panorama, y, desde el punto de vista histrico por lo que signific en la transformacin poltica del orbe, punto de partida para la nueva centuria, fue la denominada Primera Guerra Mundial. Al sostener ese juicio se bas en hechos, pero sera difcil negar que, adems del alcance visible y simblico de la mencionada conflagracin, la perspectiva del historiador britnico la condicion el alminar europeo desde el cual observaba l la realidad.

Hacia finales del siglo XIX ya Jos Mart se haba planteado hacer en Cuba una guerra de liberacin nacional que impidiera la consumacin de los planes de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba, las Antillas y nuestra Amrica toda, y avanzar con ello hacia el dominio del mundo, al cual le impondran as un creciente y harto peligroso desequilibrado. La certeza de la previsin martiana la confirman los resultados que hoy contina teniendo la frustracin temporal del proyecto revolucionario que el hroe levant para poner freno a la marcha imperial, propsito en el que reservaba un papel destacado a la insurgencia revolucionaria cubana. El pensador y gua fue capaz de ver que la guerra necesaria, en cuyos preparativos tuvo l una participacin rectora, estaba llamada a un alcance que no terminaba en la independencia de Cuba y Puerto Rico.

La confirmacin del acierto de Mart empez a manifestarse, en hechos visibles, despus de su temprana muerte en combate: desde el choque blico en el cual se quiso ningunear a Cuba. A ese conflicto armado, con el cual los Estados Unidos frustraron la independencia que el pueblo cubano haba probado merecer, la propaganda imperial lo denomin Guerra Hispano-Estadounidense. Gran parte de la historiografa y, en general, el pensamiento nacional del pas ignorado ha insistido en reclamar algo que al menos parcialmente ha conseguido: que ese conflicto se rebautice como Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense. Adems, se habr notado aqu la sustitucin de Norteamericana, y hasta de Amricana, que abundan en textos sobre el tema, por Estadounidense, ceido a la nacin que desde su fragua como el pas pluriestadual y voraz que es ha venido usurpando, entre otros patrimonios, el topnimo y los gentilicios del continente.

El peso fundador del proyecto martiano contra las maquinaciones imperialistas de los Estados Unidos lo ha tratado el autor de este artculo en 95 vs. 98, recogido en su libro Ensayos sencillos con Jos Mart (2012) y antes en otras publicaciones. No pretende reproducir ahora argumentos y datos que all pueden hallarse. nicamente insiste en una consideracin de carcter histrico y tico relativa al pensamiento de Mart, y que tiene profundas y cada vez mayores implicaciones culturales.

El fundador del Partido Revolucionario Cubano saba cun descomunal era el desafo que, en su desarrollo imperialista, la expansiva potencia formada a partir de las Trece Colonias inglesas representaba para nuestros pueblos, no solamente para Cuba. Era consciente de algo que el 11 de abril de 1895, navegando ya hacia la patria para incorporarse a la guerra, estamp en carta a Bernarda Toro Pelegrn, la esposa del general Mximo Gmez: El mundo marca, y no se puede ir, ni hombre ni mujer, contra la marca que nos pone el mundo.

En lo ms directo, a la compaera del viejo combatiente le hablara de las responsabilidades inmediatas en una lucha que implicaba sacrificios personales y familiares, individuales y colectivos; pero su pensamiento rebasaba siempre lo contingente. En l, ese no se puede ir contra la marca que nos pone el mundo poda significar que era inaceptable desatender los logros cosechados por la humanidad, o imitar al hombre asustado que crey necesario salir corriendo para anunciar los males que, segn sus miedos, acarreara la locomotora, y este ingenio le pas por el lado. Pero de ningn modo significaba aceptar resignadamente los males que se nos vinieran encima.

Lejos de toda pasividad, de todo fatalismo, con su voz y, sobre todo, con su ejemplo, Mart convocaba a la lucha aunque hubiera que librarla contra la fuerza de un juggernaut, de un gigante de siete leguas, o concretamente del monstruo al que se refiri en su carta pstuma a Manuel Mercado el da antes de morir, y contra el cual alababa el coraje y la sabidura del David que haba sabido vencer a Goliat. El pensamiento martiano sigue aportando luz para encarar las maquinaciones de ese monstruo, que se ha transformado pero sigue siendo esencialmente el mismo, aunque proclame que cambia, actualice mscaras y, entre otras maniobras, acuda en la decoracin de la Casa Blanca a lo que Fernando Ortiz, basndose en el ideario martiano, estudi y refut como el engao de las razas.

Hoy, frente al poder de los medios de informacin o desinformacin con que cuenta el imperio es an ms urgente enfrentar sus maniobras y prevenir, impedir, confusiones. A los pueblos de nuestra Amrica, a los que Mart seal el deber de marchar en cuadro apretado, como la plata en las races de los Andes, tambin los llam a marchar con el mundo, no con una parte de l contra otra. En su perspectiva, eso no supona asumir indiscriminadamente al mundo como un todo homogneo.

Ms an que en los siglos XIX y XX, en las actuales circunstancias resulta posible que una parte del mundo el imperio con sus designios mediticamente se las arregle para pasar como si fuera el mundo todo, en lo que tendr el apoyo de ignorantes voluntarios. Eso es lo que de alguna manera est ocurriendo en la propagacin de productos artsticos, cuando no seudoartsticos, atenidos a los peores requerimientos del mercado y enfilados a perpetuar, ms all y ms ac de lo artstico y literario, pero tambin en esas vertientes, una cultura de la imitacin, la pasividad y el sometimiento consciente e inconsciente.

A la cultura cubana le asiste el derecho de seguir cultivando su afn de amplitud universal, que incluye la debida relacin con la cultura de los otros pueblos, como, entre ellos, el de Lincoln y Emerson. Dicho afn se opone raigalmente a las estrecheces del aldeano vanidoso, sin ceder a conceptos, tendencias y actitudes contrarios a su identidad, y a la dignidad y el sentido justiciero con que la nacin cubana se fragu en lucha frente a fuerzas imperiales. Nadie se sobresalte: exija tino el pas a sus instituciones, y tngalo l, de conjunto, en el cuidado de sus valores culturales. Claro que no se habla aqu del pas como un ente abstracto, sino como el rgano vivo que es, formado por la ciudadana y por su sistema de instituciones: desde las ms influyentes y abarcadoras, y, por tanto, de mayores responsabilidad y poder, hasta las ms diminutas, si las hubiera. En todo le corresponde un papel de primer orden a la educacin, a la persuasin, a la siembra de ideas, junto con las regulaciones necesarias.

Las fuerzas frente a las cuales la nacin debe mantenerse lcida y vigilante, sin caceras ni criaderos de brujas, y sin dejarse minar y confundir por ellas, son variadas: desde el imperio mismo y los neoliberales y proanexionistas que se constituyen en avispero para hacerle a l el juego, pasando o incluyndolos por presuntos despolitizados, hasta pragmticos que vean en la eficiencia econmica un fin en s. En un proyecto como el que debe seguir siendo el cubano, la necesaria eficiencia econmica solo tendr verdadero valor si sirve para sustentar la justicia social, la decencia, el altruismo, la belleza y otras virtudes irreductibles a meras cuentas de ingresos, gastos y saldos. Se trata de una realidad de implicaciones, fondos y alcances de carcter profundamente cultural.

El reclamo es todava mayor cuando al fomento de la propiedad privada se une el reinicio de relaciones diplomticas con una potencia imperial de la que no hay por qu esperar voluntad de apoyar a Cuba en el fomento de la independencia, la soberana poltica y el afn de equidad social que histricamente han tenido los mayores peligros, o enemigos, en imperios. Reclamar que esa realidad sea debidamente considerada no significa ni satanizar con generalizaciones prejuiciadas ninguna forma de propiedad, ni vivir cultivando odios. Tales satanizacin y cultivo intentan endilgar a las fuerzas revolucionarias algunos equivocados, cuando no abiertamente entregados a favorecer que a las fuerzas imperiales de la actualidad con prosapia ms que secular se les abran las puertas para que reinstalen en Cuba fueros y desafueros que ellas le impusieron a este pas de 1898 a 1958.

Van siendo visibles las seales de que a la nacin cubana le salen por aqu y por all defensores del acatamiento del imperio, y de modos de expresin que, en nombre del derecho personal, empiezan a propalar perspectivas y actitudes contrarias al derecho de la cultura cubana, de la nacin cubana, a existir y defenderse. Hay quienes asumen como algo natural y asptico el irrespeto a los smbolos de la patria, y la propagacin de imgenes que no caben interpretarse sino como enaltecimiento del pasado neocolonial y oprobioso que la ideologa contrarrevolucionaria, no otra, intenta presentar como el tramo ms prspero y merecedor de imitarse que haya tenido Cuba.

El problema no es sencillo, ni lo sern, no lo son, los modos de enfrentarlo. Pero sera imperdonable cruzarse de brazos y de pensamiento, y dejarles libre el camino a ingenuos y a neoliberales proanexionistas, cuyas ideas, o carencia de ellas, sirve objetivamente a las pretensiones imperiales, o a la banalizacin que les allana a estas el camino. Si el peligro estuviera solamente representado en la estulticia, la chabacanera y la superficialidad, aliadas naturales de la improfesionalidad y las actitudes irresponsables, ya sera grave. Pero tampoco se debe descartar la participacin de interesados conscientes. Y no olvidemos que la desidia acaba siendo tan nociva como la complicidad voluntaria, y hasta ms peligrosa tal vez.

Con respecto a La cultura en el centro de la vida, artculo del autor de estos apuntes publicado en Bohemia tanto en la edicin digital como en la impresa, y reproducido en Cubadebate y otros rganos, Silvio Rodrguez expres en su Segunda Cita un punto de vista que el propio sitio Cubadebate acogi. Adems de avalar las preocupaciones de aquel texto, aadi con tono de un reclamo ante el cual sera criminal renunciar a la prisa y permitirse ms laxitudes y demoras: llevamos medio siglo gastando saliva y papeles diciendo cmo queremos que sea la cultura, y la misma cantidad de tiempo dejando que los organismos que proyectan la cultura nos contradigan. El criterio del trovador dar margen quizs para la discusin, para matizaciones, para discrepancias; pero sera un despropsito desconocer su valor y soslayar sus interrogantes, que condensan exigencias ineludibles: Por qu? Hasta cundo?

Las respuestas conceptuales y prcticas por las que con tantas razones y con tanta razn clama el autor de canciones fundamentales, propulsor de pensamiento lcido y combativo, estn entre los derechos que la cultura cubana tiene y la ciudadana y sus instituciones deben cuidar y defender con la accin necesaria, que abarca una labor encaminada a la persuasin. Pero esta, aunque irrealizable sin repetir ideas y sin una tenacidad que puede calificarse de misional, no debe confundirse con el paliqueo estril y esterilizante.

Tampoco es cosa de tratar de convencer a quienes no disimulan la rabiosa disposicin con que estn prestos, de antemano, a revolverse contra todo lo que huela a ideas revolucionarias y antimperialistas, y tienen preparado, aunque desmedulado y quebradizo, un arsenal de respuestas y actitudes con que tratan de poner en quiebra los argumentos que los desenmascaran y combaten. Ser defendida contra esos servidores del imperio el mismo, aunque cambie de colores y mscaras, que frustr en 1898 la independencia de Cuba, y que hoy sigue bloquendola es en la actualidad el mayor derecho de la cultura cubana, y el mayor deber de quienes se propongan cultivarla, y, por supuesto, de quienes tienen la tarea de dirigir sus instituciones y aplicar su poltica cultural.

Publicado en el dossier Cuba: Derechos culturales, Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/es/letraconfilo/derechos-de-la-cultura-cubana/32000



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