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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-11-2015

Infamia del superviviente

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Los supervivientes tienen a sentirse culpables u omnipotentes. Muchos prisioneros de los campos de concentracin nazi, por ejemplo, consideraron casi inmoral el hecho de no haber compartido la suerte de sus compaeros desaparecidos y se suicidaron. Pero lo ms normal, segn razonaba el gran escritor Elias Canetti en su obra Masa y Poder, es lo contrario. El superviviente de una matanza o una catstrofe, deca, se siente un elegido; no atribuye su salvacin al azar sino a una combinacin de mrito y destino que, de alguna manera, ilumina su superioridad y garantiza tambin su inmunidad futura. Por eso mismo sentir la tentacin de arriesgar una y otra vez su vida, convencido de que, perdonado por la primera bala, ninguna se atrever ya a tocarlo. O de rodearse de cadveres cuya visin confirmar e intensificar el placer de su invulnerabilidad.

Canetti elabora una compleja y provocativa teora antropolgica general a partir de una tendencia particular que sirve, sin embargo, para explicar la normalidad de los consumidores occidentales. Los consumidores occidentales somos los supervivientes por antonomasia. Sobrevivimos siempre. Hemos sobrevivido a las hambrunas de Africa, a las guerras que nosotros mismos hemos contribuido a desencadenar, a los tsunamis asiticos, a los riadas y terremotos de pases lejanos, a las matanzas de Ruanda y Afganistn; mientras nuestra media de vida aumentaba y nuestra medicina y nuestros mercados nos prometan la inmortalidad, el resto del mundo se deshaca en pedazos. Todo esto lo veamos y lo vemos por televisin, que es la prueba y la garanta de nuestra supervivencia; y lo que vemos por televisin, por tanto, es nuestra diferencia radical, casi racial, en relacin con los otros: nosotros estamos a salvo, nos hemos salvado y no es sencillamente una casualidad. Por eso cuando un atentado golpea Pars o Madrid el terror va asociado a una especie de escndalo moral, de transgresin lgica. A nosotros no nos puede pasar! Nosotros somos los televidentes! Nosotros somos los supervivientes!

Digamos que todo el que ve la televisin se siente un superviviente. Los consumidores y telespectadores occidentales son supervivientes en el sentido analizado por Canetti. Las imgenes podan quizs activar nuestra imaginacin y facilitar la apropiacin emptica del dolor ajeno, pero eso raramente ocurre. Las imgenes televisivas ms bien refuerzan la conviccin de una ley natural que nos ha puesto a cubierto de la pobreza, la guerra, los terremotos y las matanzas. Cada vez que vemos morir a alguien ante nuestros ojos -pienso, por ejemplo, en el nio sirio Aylan o en el reciente atentado de Estambul o en los palestinos asesinados por el ocupante israel- no nos viene a la cabeza un banal y evidente se podra ser yo sino un inslito y natural yo no soy como se. Llevamos dcadas sobreviviendo en medio de mercados bien abastecidos y carros caros y gadgets supersnicos. No puede ser una casualidad.

Los judos que se salvaron de los campos, inocentes como eran, se sentan culpables; los telespectadores y consumidores occidentales, en parte responsables de las polticas de nuestros gobiernos, nos sentimos en cambio supervivientes. Supervivientes de qu? Una de nuestras formas de sobrevivir (de sentirnos, es decir, protegidos y meritorios) es la televisin. Otra forma es el turismo. Nos gusta acercarnos con prudencia y garantas a esos mundos lejanos que nos muestran las pantallas. Mientras impedimos a migrantes y refugiados la entrada en Europa, los europeos viajan sin oposicin, y con aplausos, a sus tierras de procedencia, donde comen, fotografan y compran cachivaches fabricados en China sin cuestionarse ese derecho, basado en el poder de un pasaporte y una moneda y no en la Declaracin Universal de las Naciones Unidas. Pero es an peor: mientras Europa recibe a regaadientes o a palos a los ancianos, mujeres y nios que huyen de una guerra o una matanza, los europeos acuden a sus pases de procedencia a contemplar con un ambiguo estremecimiento las fuentes del horror que no les ha afectado a ellos. No nos conformamos con negar ayuda o reconocimiento a los supervivientes sino que usurpamos su lugar. Nosotros somos los verdaderos supervivientes!

Digamos que es normal que a los seres humanos normales, y no slo a los asesinos, les guste volver al lugar del crimen. Ha ocurrido siempre. No es el capitalismo sino la humanidad misma la que se siente poderosamente atrada por los bordes y los abismos; siempre, a lo largo de la historia, se ha dejado llevar por el placer morboso -excitacin y alivio- de la catstrofe y el apocalipsis. Los pisotones de la Muerte, los huecos que deja en su paso por el mundo y los restos -calaveras, jirones de camisa, zapatillas muertas- que abandona detrs de s ejercen una poderosa fascinacin sobre los vivos, que entrevn as, borrachos de vida y sin peligro, la sombra del destino y la esencia terrible e impersonal de los humanos. De eso no tiene la culpa el capitalismo. Pero el capitalismo s es responsable de convertir esta tentacin en una industria que, al mismo tiempo, la realimenta y la legitima, reforzando tambin la ilusin de supervivencia de los telespectadores occidentales.

Es lo que se llama el turismo de la desolacin, como el ttulo del libro mediante el cual el fotgrafo francs Ambroise Tzenas ha denunciado esta tendencia creciente del sector turstico. Tzenas, empotrado en grupos de visitantes, recorri y fotografi durante meses algunos de estos abismos de atraccin que, junto a paquetes en el Caribe o paseos a caballo entre las Pirmides de Egipto, las agencias venden a los alegres supervivientes occidentales: Auschwitz (con billete de vuelta!), Chernobil (turismo ecolgico extremo), el Museo del Genocidio de Tuol Sleng , en Camboya, lugar de ejecucin de los jemeres rojos, las ruinas en China del terremoto del Wenchuan (Venga a descubrir los destrozos del terremoto, el ms mortfero de la historia contempornea), el circuito conmemorativo del genocidio en Ruanda o los lugares asociados al asesinato de Kennedy en EEUU. Y si, bajo el pretexto del deber de la memoria, no nos hallsemos simplemente en presencia de un mercado de la barbarie humana?, se pregunta Tzenas con razn.

El dolor ajeno, el horror que ha golpeado a otras personas se ponen a la venta de manera muy rentable para una industria turstica que manufactura placeres extremos -tambin filosficos y hasta metafsicos- para disfrute de un visitante que sobrevivir a la visita. A Auschwitz con billete de vuelta!; o tambin, por un mdico precio, al penal de Karosta, en Letonia, cerrado en 1997, del que nunca nadie logr escapar, salvo -por supuesto- el turista invitado a pasar una noche en sus celdas para revivir esa experiencia incompleta. Hace aos, tras una visita a Iraq, escriba yo que -como en los cuentos de hada y los mitos- hay cosas que no deberamos ver sin aceptar recibir, a cambio, algn castigo. Esa era la regla del mundo antiguo: el curioso que descorre el cerrojo, enciende la luz o entreabre la cortina arriesga su propia alma o su propia vida: Acten, la mujer de Lot, Psiqu, Melusina, la esposa de Barba Azul. Ese mundo, es verdad, era conservador y moralista. Es el nuestro mejor? El mercado impuritano levanta todos los velos y nos invita a mirar debajo. Mientras la Muerte, fecundada por nuestras polticas econmicas y guerreras, sigue campando a sus anchas, los occidentales nos acercamos a su borde sin arriesgar nada y compramos sus misterios -y la sombra de sus vctimas- con la alegra fanfarrona de ser siempre los supervivientes.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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