Portada :: Europa :: Las bombas de Oriente Medio explotan en Europa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-11-2015

El falso consenso del miedo y la venganza

Armando B. Gins
Rebelin


El falso consenso antiyihadista dice que si acabamos con los terroristas se terminar con el terrorismo. Dentro de su simpleza lgica, as a primera vista parece un pensamiento inatacable. Sin embargo, el fenmeno de la violencia terrorista es de mayor enjundia y mucho ms difcil de erradicar solo con manipulaciones mediticas y mediante soluciones exclusivamente policiales y militares.

Resulta evidente que las races sociales del terrorismo y sus mltiples causas polticas e ideolgicas estn ausentes del debate pblico en los principales medios de comunicacin y en los discursos de los lderes polticos occidentales. Se trata de esconder la verdad tras una cortina de humo basada en el miedo escnico y el maniquesmo interesado entre una lucha ficticia y pica entre el bien absoluto representado por Occidente y el mal endmico y diablico de los extremistas musulmanes.

Esta tesis no es original ni nueva, pero repetida hasta la saciedad crea un ambiente de pnico que suscita adhesiones emocionales inmediatas en la inmensa mayora de la poblacin occidental. La dicotoma excluyente entre nosotros, los buenos, contra ellos, los malos enemigos, condiciona el pensamiento crtico y la duda razonable. Adems de sencillo, tal discurso es fcilmente asimilable cuando cualquier persona puede sentirse amenazada en su integridad al ser imposible identificar de dnde proviene el peligro ni los motivos reales de tal situacin.

Nosotros versus vosotros

Desde los atentados de Pars una pregunta corroe la conciencia europea: qu hemos hecho mal para que nuestra generosidad no haya sido comprendida por los rabes de segunda o tercera generacin que viven en nuestras ciudades? El interrogante tiene trampa, esa generosidad como premisa afirmativa nos salva ticamente de una profunda revisin de nuestras conductas polticas y, por ende, incide en un fracaso tcito: todava seguimos viendo la realidad fragmentada en divisiones tnicas y religiosas. El nosotros/vosotros contina vigente en el imaginario colectivo como algo de orden natural y, por tanto, inmodificable por su misma sustancia cuasi divina. Otros: esas divisiones tnicas y religiosas oscurecen a la vez las distinciones de clase, otro factor de gran relevancia para fomentar esas fracturas o ficciones sociolgicas.

Lo cierto es que los potenciales terroristas que han nacido y han crecido como europeos en barrios del extrarradio urbano permanecen anclados en ecosistemas humanos segregados del resto, afincados en su singularidad, siendo los otros a todos los efectos, inmigrantes internos aunque con nuestra misma nacionalidad legal. Si a ello le agregamos que la crisis ha hecho especial mella en su colectivo y que tienen menos oportunidades de confeccionarse una biografa individual de insercin laboral y social, el detonante de su extremismo hunde sus races en el vaco existencial que los convierte en diferentes en la convivencia cotidiana.

Aadamos a ello las vejaciones que infligimos desde hace siglos a sus pueblos de origen: refugiados expulsados de sus hogares y recibidos de mala gana, permanentes bombardeos de los territorios rabes, ridiculizacin de sus creencias religiosas y de su propia cultura, en definitiva, minusvalorizacin de la seas de identidad de millones de personas. No debe resultarnos extrao que en este caldo de cultivo efervescente, valga ms a ojos de muchos jvenes rabes una vida intensa por un objetivo concreto que un vagar sin esperanzas de futuro en la cotidianeidad de sus barrios natales de adopcin.

Los hroes y los mrtires se nutren de relatos y leyendas similares a los mencionados. Es una forma inmediata de salir del anonimato, la apata y la impotencia democrtica. Tampoco debemos olvidar que los hroes de ficcin occidentales ms contundentes se alimentan de parecidos desencadenantes de tomarse la justicia por su mano: Rambo y todas sus secuelas caminan por idntico sendero. Individualismo recalcitrante, aventura, accin sin reflexin, la ley del Talin, en suma.

Esto por lo que se refiere al sustrato personal que subyace a la decisin personal de cada potencial terrorista. Esos monstruos que nos dan tanto miedo son creaciones propias que permiten a las elites occidentales dosificar sus polticas en funcin de intereses que suelen permanecer casi siempre en la trastienda.

Bush y Hollande, tal para cual

Hollande y Bush estn respondiendo al terrorismo de la misma forma: guerra total, bombas, restriccin de libertades, estados de emergencia, caza visceral al sospechoso, venganza a diestra y siniestra. No hay objetivos polticos bien definidos ni estrategias de largo alcance que permitan avistar una paz justa y dialogada. Lo nico que se pretende es gestionar el caos inducido para maniatar a los disidentes en el interior e impedir en Oriente Medio que emerjan actores laicos para abrir cauces polticos de modernidad en el mundo rabe.

Occidente no quiere eso, no quiere democracias que gestionen una vasta regin plagada de tesoros y recursos energticos de enorme valor estratgico para su supervivencia como motor de la Historia. Cada vez que un poder laico o movimiento ciudadano de base saca cabeza, all estn Washington, Bruselas, la OTAN o el FMI para seccionarlas de cuajo.

Ni Sadam Hussein en Irak ni Gadafi en Libia eran exponentes morales de ninguna clase, pero sus figuras posibilitaron una cierta estabilidad en la zona. Sucede que su manera de gobernar con cierta autonoma o independencia pona nerviosos a los jerifaltes musulmanes y a los jeques de Arabia Saud y de otras petromonarquas del Golfo. Tambin al sionismo de Israel. El orden establecido favorable a los intereses occidentales estaba en entredicho. Razn por la cual se demoniz, al igual que al socialismo moderado de Nasser en Egipto, a estos lderes, tachndolos de dictadores sangrientos o de tiranos de la mayor abyeccin imaginable. No eran hermanitas de la caridad, por supuesto, pero menos an los dirigentes israeles o el rey de Arabia Saud y tantos otros lderes antediluvianos aliados de Occidente. De las tropelas de los amigos de Washington y Bruselas, nada de nada, connivencia total con ellos, silencio cmplice. Y de all salen ingentes cantidades de dinero para atizar el conflicto del fuego cruzado permanente, dejando a sus poblaciones inermes, en la ignorancia calculada y como mera fuerza de trabajo esclava para los regmenes del rea.

De similar modo, Occidente ha atizado y sufragado las refriegas religiosas entre sunes y chiitas. De esta confrontacin larvada en el tiempo, alentada por los servicios secretos, han eclosionado desde Al Qaeda hasta Isis, unas veces como luchadores de la libertad contra el comunismo y otras como protagonistas enconados contra los infieles laicos o ateos. As las cosas, el juego a mltiples bandas de Occidente es mantener bajo custodia con guerras de variable intensidad el Oriente Prximo y Medio. Volar por los aires y reconstruir son fases de una misma tctica: atenazar en convulsin indefinida la zona. Adems, sus poderosas maquinarias blicas tienen de esta manera razn de ser, al igual que sus hegemnicas empresas de armamento, un negocio que crece sin cesar en medio del caos programado y el dolor ajeno.

Mucho medirn los lderes de EE.UU. y Europa una intervencin terrestre, ya que saben a la perfeccin que soldados muertos son una publicidad negativa que se volvera contra sus polticas neoliberales de procurar por todos los medios a su alcance el miedo escnico por doquier. Occidente necesita producir monstruos y enemigos externos para someter a sus propios habitantes y que no se alcen contra sus polticas de recortes salvajes y de desigualdad creciente en sus sociedades.

Futuro sin futuro

No es fcil predecir hacia dnde nos llevar esta beligerancia del odio y la venganza predicada espuriamente en nombre de la libertad y los valores capitalistas representados por Occidente. Militarmente somos ms fuertes, no obstante en cualquier momento pueden surgir grietas en ese consenso emocional basado en el miedo escnico difundido urbi et orbi por los medios de comunicacin.

Los terroristas individuales son el eslabn menos importante de la cadena. Y, adems, son intercambiables. Tras sus rostros malvados difundidos a escala planetaria se guarecen los verdaderos responsables de cualquier masacre actual: los intereses geopolticos, las injusticias sociales, la muerte y el odio que causan las bombas, las reyertas irracionales motivadas por la religin y la hipocresa de nuestros dirigentes. Los mismos, por cierto, que con sus polticas neoliberales provocan un mundo ms inseguro y desigual, desempleo masivo, ejrcitos de refugiados, desahucios inmorales y la privatizacin de la sanidad y la educacin.

El terrorismo no nace de la nada ni es una alternativa tica de nadie. Nadie es malo por naturaleza: la cultura y la sociedad determinan nuestras opciones en un mar de complejidad infinito.

No nos dejemos engaar: un terrorista detenido podra evitar el prximo atentado, pero acabar con las races profundas del fenmeno terrorista? Ah es dnde deberamos centrar nuestros esfuerzos a travs de polticas de igualdad, justicia y fraternidad hoy fuera de la agenda de las elites y sus testaferros polticos.

Seguridad y paz no son conceptos sinnimos. La paz se construye con dilogo y objetivos polticos concretos, mientras que la seguridad se edifica sobre cimientos de barro a base de segar libertades y mantener el statu quo de la injusticia, la desigualdad y el miedo visceral al otro, al diferente.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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