Portada :: Colombia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-12-2015

Una mirada desde el Tolima, la tierra donde naci el escritor y donde comenz el conflicto
La paz y el territorio

William Ospina
El Espectador


Pareciera que por primera vez en cincuenta aos la dirigencia colombiana ha tomado la decisin de enfrentar uno de los grandes males de la nacin, de superar polticamente por lo menos la maldicin de una guerra que se fue convirtiendo para el pas en una fuente mltiple de degradacin social y moral.

Estoy seguro de que no lo hace porque le preocupe mucho la sociedad, a la que mantuvo siempre en la marginalidad, en la pobreza, en la falta de oportunidades durante dcadas, sino tal vez porque ha advertido que de esta decisin dependa su propia supervivencia como casta.

En estos momentos es urgente que se abran camino los acuerdos de La Habana, que se firme el armisticio entre los ejrcitos, que se denla desmovilizacin, la dejacin de las armas, la reinsercin y la implementacin de los acuerdos a que han ido llegando las partes en la mesa de dilogo. Pero yo creo que lo que se abre camino con ello es una oportunidad mayor para la sociedad.

Durante demasiado tiempo la insurgencia ha sido el pretexto del establecimiento colombiano para cerrar el camino a toda crtica y a toda iniciativa social, con el argumento de que se est atentando contra las instituciones, y para demorar la modernizacin y la democratizacin del pas. La precariedad de nuestra democracia nunca ha podido ser superada, porque sobre toda movilizacin, sobre todo ejercicio crtico ciudadano y sobre toda lucha social se han proyectado durante mucho tiempo las sombras de la suspicacia, la sospecha de la rebelin.

Colombia ha aplazado durante demasiado tiempo su proyecto democrtico. Un sistema electoral podrido de clientelismo, un estado inmovilista que se reelige, una ciudadana confinada en la pasividad, el acomodamiento, la indiferencia o el rebusque, y a menudo forzada a la ilegalidad, un centralismo ciego a la riqueza y a la diversidad del territorio, que dispone de los recursos contra todo equilibrio y contra toda racionalidad, una postracin histrica de la agricultura, un colapso del proyecto industrial, un abandono del mercado interno, un sometimiento grotesco a los intereses del mercado mundial sin tratar de salvar ninguna originalidad, ninguna especificidad del territorio, un dar bandazos entre la economa extractiva y la economa mafiosa, al comps de los imperativos de las grandes multinacionales legales e ilegales, y en el fondo el omnipresente espectro de todas las violencias, todo eso revela la larga falta de una ciudadana vigorosa, comprometida y democrtica que haga valer sus derechos y que exija su lugar en el escenario de la historia.

Lo que tenemos ante nuestros ojos no es un desafo para lo que suele llamarse las fuerzas de oposicin, es un desafo para toda la sociedad. Colombia est necesitando ciudadanos, empresarios, profesionales, trabajadores, cientficos, tcnicos, artistas, intelectuales, maestros, que se unan en un proyecto de reinvencin del pas, de relectura de su naturaleza, de definicin de sus oportunidades, de reconstruccin de su memoria, de renovacin de su tejido social. Colombia est necesitando descubrirse a s misma como proyecto histrico, como dilogo nacional, como fuerza social y como interlocutor de la modernidad.

Es demasiado evidente que la dirigencia poltica es muy inferior en este momento a los desafos que vive nuestra nacin, a las exigencias que formula nuestro territorio y a las dinmicas que impone la realidad contempornea. El mayor aporte, y acaso el nico, que puede hacer hoy la dirigencia tradicional al pas, es el de normalizar el ejercicio de la poltica y tratar con respeto la marejada de exigencias y de iniciativas que irremediablemente se va a desatar con el final de la guerra y con la desaparicin en el horizonte del conflicto armado como lmite de la vida social.

Lo que van a tener que comprender los que estn adelantando los dilogos de paz es que con la destitucin de la guerra como principal escenario de la poltica, todos los que han hecho de la violencia y de la exclusin su instrumento para eternizarse en el poder nacional y local, lo mismo los partidos tradicionales, las guerrillas, los paramilitares y el crimen organizado, van a tener que aceptar otra dinmica social, la irrupcin de la comunidad como duea de las iniciativas y como generadora de las polticas.

Lo que quiero afirmar ahora es que los colombianos vamos a vivir los acontecimientos inminentes con una gran libertad. Yo dira que lo que muere no es una guerra, es una poca, una manera de entender el pas y de manejarlo. Y por eso tal vez los resultados irn mucho ms lejos de lo que se proponen los bandos en conflicto. Todos hemos ido viendo que una de las consecuencias no buscadas de este proceso de paz es que la sociedad ha ido perdiendo el miedo, un miedo que nos atenaz durante dcadas, y ahora todo el mundo necesita decir su verdad y las comunidades se estn empezando a asumir como dueas de una dignidad que siempre se les neg.

Cuando el jefe guerrillero Pastor Alape acudi a Bojay para pedir perdn a la comunidad por la espantosa masacre de hace unos aos, tal vez lo ms conmovedor fue la dignidad de la gente que lo escuchaba. Su silencio, su seriedad, su evidente dolor, la sensacin profunda de que las comunidades en Colombia estn aprendiendo que en ellas reposa la dignidad de la nacin. No es algo que se vaya a lograr por decreto, no es algo que ya exista en todas partes, pero de la manera como vivamos este proceso de paz va a depender si se alza en este territorio una nueva Colombia o si las comunidades van a seguir siendo ninguneadas por los polticos, por los negociantes y por los guerreros. En esa medida, el primer deber de las comunidades es arrojar una mirada sobre el mundo en que viven y asumir la responsabilidad de ese mundo.

Yo suelo preguntarme qu es lo que falta en La Habana y creo que es lo que tenemos que preguntarnos todos los colombianos. Podremos tener una respuesta desde el Tolima a esa pregunta? Yo estoy seguro de que s. Por muchas razones. La primera, porque no hay que olvidar que esta guerra comenz aqu. Esta guerra de medio siglo naci de la vieja violencia de los aos cincuenta y del modo como un Estado que nunca supo hacer presencia en el territorio respondi con desmesura militar a los reclamos de unos campesinos ya maltratados por la guerra anterior.

No ignoramos que los territorios donde se inici el conflicto eran ya territorios de viejos conflictos indgenas, recuerdo de antiguas injusticias e intolerancias.

Si el Estado hubiera tenido a tiempo presencia en esos municipios del sur del Tolima, si el Estado hubiera representado en aquellos tiempos algo ms que la soberbia de unos funcionarios ante la fragilidad de los colonos y de los campesinos, ante la indignacin de los indios, otro gallo habra cantado.

Pero all estaba el canap republicano, en su altiplano, tronando contra las repblicas independientes, y no le daba vergenza llamar repblicas independientes a unos campesinos que piden obras pblicas, carreteras y puestos de salud. Lo asombroso, lo digo sin dudas, es que esos campesinos se hayan alzado hasta convertirse en un ejrcito de miles de hombres. La misma historia de Michael Kohlhaas, el rebelde alemn, que nos relat el poeta romntico Heinrich von Kleist, la historia de una indignacin y de un resentimiento que, justificados al comienzo por la desmesura de las ofensas, crece sobre un territorio hasta convertirse en una furia criminal y un incendio implacable.

El Estado colombiano obr mal: los campesinos tolimenses y de la zona cafetera de los aos cuarenta y de los aos cincuenta haban sido muy cruelmente maltratados por el poder. Aqu haba habido demasiado sufrimiento, demasiada crueldad, y tambin demasiada irresponsabilidad de los polticos, demasiada codicia de los dueos de la tierra, demasiado desprecio de los poderosos, demasiada insensibilidad de las instituciones, para que fuera justo responder a la rebelin con bombas y no con soluciones.

Yo viv la violencia de los aos cincuenta, yo estaba en Padua, y en Fresno, y en el Lbano, cuando pasaban los chusmeros en la niebla con sus rifles y sus cananas. Yo s que al comienzo no eran tan monstruosos como al final, porque no encontraron nunca comprensin, ni ayuda, ni correccin, sino poderes que le aadan horror al horror, que apagaban el fuego con gasolina.

Aqu, en el norte, hubo una Reforma Agraria en el siglo XIX. El gran historiador Hermes Tovar, tal vez el ms importante que tiene hoy Colombia, y que es de aqu, de Cajamarca, nos ha enseado en su importante libro Que nos tengan en cuenta que aqu hubo por un tiempo un Estado responsable en el siglo XIX; que aqu, inspirado todava por ciertos raudales de la Colonia Ilustrada, que haban repartido tierras entre los antioqueos desde el siglo XVIII, el gobierno distribuy predios entre los campesinos en toda la regin del viejo Caldas, esas selvas que haban quedado abandonadas desde la Conquista, y que esa sana poltica alcanz incluso una importante regin de la cordillera en el norte del Tolima.

Yo soy beneficiario de esa vieja Reforma Agraria de finales del siglo XIX. Si he crecido con la conciencia de tener un lugar en el mundo, si crec en el amor de unas montaas, de unos pueblos, en la veneracin de las cenizas de unos bisabuelos, en el respeto por las costumbres de una comunidad y en los principios bsicos de la civilizacin, es porque esas concesiones Arnzazu y Villegas y otras fueron repartidas entre colonos antioqueos que se volvieron caldenses y tolimenses, porque ese milln de hectreas de tierras del Estado y de baldos fueron entregados a los campesinos para ayudarles a vivir y para prevenir desrdenes sociales. Porque en algn lugar de la memoria tuvimos la certeza de tener una patria.

Es importante recordar que esos colonos no haban salido de Antioquia buscando slo convertirse en agricultores: los arrastraba como a los viejos conquistadores la quimera del oro, y no exclusivamente del oro de las minas, sino del oro de las guacas, que revelaba la conciencia de que nuestro mundo moderno reposa sobre los misterios de un mundo antiguo. Llegaron buscando minas y buscando guacas, y a veces pagaban las tierras de los indios con el oro de los indios. Con oro de los indios pag mi bisabuelo Benedicto las tierras de los indios.

Pero a todos esos colonos favorecidos por las tierras les ocurri a fines del siglo XIX un milagro, que a travs de ellos le ocurri a Colombia entera. Les dio por sembrar una planta que se cultivaba en Santander y en las vegas de Cundinamarca, una planta venida de Abisinia, y descubrieron que las tierras de la cordillera central eran ptimas para ese cultivo. Cualquier enemigo de oficio de las reformas agrarias habra dicho que era una ociosidad repartirles tierras a los campesinos, que eso no era ms que derrochar con holgazanes, pero de ese acto de generosidad oportuna y de poltica visionaria naci la zona cafetera, de esa experiencia generosa vivi Colombia por ms de un siglo.

Qu elocuente ejemplo para demostrarles a los enemigos de las reformas sociales el poder poltico y el poder histrico que tienen a tiempo las soluciones generosas. Mientras los denunciadores de las repblicas independientes, que exigan bombas y metralla contra la protesta campesina, y que siguen predicando lo mismo, llevaron a Colombia a un bao de sangre de proporciones bblicas, una reforma agraria a tiempo no slo produjo la economa ms slida del pas, sino la ms democrticamente repartida que hayamos tenido nunca.

En esas tierras de la zona cafetera se construy un pas a finales del siglo XIX, y all mismo se destruy un pas a mediados del siglo XX. La riqueza del caf no dej de encender la codicia de unos y la irresponsabilidad de otros, y an no acabamos de saber cmo fue que esa regin de gente laboriosa, que sostuvo al pas por un siglo, fue vctima de una violencia apocalptica.

Hay muchas explicaciones, pero a m la que ms me duele es la sospecha de que en algn momento de ese bao de sangre de la zona cafetera los polticos hayan considerado que era conveniente para la economa nacional que los campesinos fueran arrojados a las ciudades, para que se diera la gran industrializacin y modernizacin del pas, aunque ms de un pensador ya haba demostrado que aquello era imposible en ese momento, por la falta de vocacin industrial de nuestras dirigencias. Pero es que a ellas les gusta adherir a las modas del mundo, mostrarse dciles y muy obsequiosas con sus socios internacionales, y esta regin s que ha visto de qu modo la sumisin de nuestras lites al mercado mundial ha significado sacrificio y ruina para muchos.

El Tolima tuvo la vocacin de ser una gran despensa agraria, y no poda ser de otro modo, teniendo esas llanuras del Magdalena y esas tierras templadas de las cordilleras. Tuvo y tiene oro, y sus minas fueron muy importantes, pero sobre todo estaba llamado a ser una gran despensa agrcola. Antes de vivir del caf, Colombia vivi por un tiempo de los tabacales de Ambalema, aunque tambin all la prioridad era, como siempre, el mercado externo. Nuestro destino ha sido el de ser repblicas mineras, repblicas tabacaleras, repblicas cafeteras, repblicas ganaderas, repblicas bananeras, repblicas marihuaneras y repblicas cocaleras, dependiendo de qu estn consumiendo los grandes mercados.

Hubo una poca en que intentamos tener industria, y el Tolima tuvo sus campos de algodn, y mostr ser un gran productor de arroz, y de sorgo, y de ajonjol, y de maz, y de papa, y de frutas, adems del privilegio de haber sido la gran reserva pesquera fluvial del pas. El Tolima comparte con su hermano el Huila el privilegio de ser los dos departamentos que tienen tierras sobre las dos vertientes del ro Magdalena. En esa medida son territorios centrales y tienen la principal responsabilidad en la defensa del ro.

De qu terrible cosa estoy hablando, tal vez de la ms terrible que nos ocurre hoy.

Colombia es y debera ser sobre todo una potencia acufera, porque a Colombia le fueron dados la mitad de los pramos de este planeta. Somos una gigantesca fbrica de agua: el Macizo Colombiano es el templo mayor de ese sistema, los nevados de la cordillera Central son parte fundamental de ese sistema, esta muralla prodigiosa que se alza al Occidente es nuestra responsabilidad, no slo como sistema de tierras, de cultivos y de climas, sino como escenario vital del ciclo del agua en el territorio, pero el modo como el centralismo colombiano est tratando ese tesoro es verdaderamente alarmante.

Nos toca entender que la cordillera, los pramos, las cuencas, los cauces de agua, la llanura y el ro no son cosas aisladas, sino partes inseparables de un solo fenmeno. Y por eso es tan triste que haya polticos e instituciones que piensen que se pueden tomar decisiones sobre el ro que no consulten a los pramos y a las cuencas, decisiones sobre la cordillera que no consulten el ro, decisiones sobre la economa que no consulten la ecologa.

No parece alarmarnos que esa riqueza pesquera de siglos que llambamos la subienda haya desaparecido en dos dcadas de un modo tan dramtico. Si fuera necesario mostrar algn ejemplo de un manejo apocalptico de la naturaleza, podramos mostrar la muerte de la subienda como signo del deterioro de un territorio y de la extenuacin de unas reservas vitales. Pero la desaparicin de la riqueza pesquera del ro es apenas una expresin de algo ms profundo, de la destruccin del ro mismo.

Yo no s si alguien ha visto el mohn, yo lo he visto. El mohn es el smbolo de todo lo que el ro significa: no recursos hidrulicos, no recursos hidroelctricos, no slo recursos pesqueros, no slo sistemas de riego, no slo bosques madereros de las orillas, no slo la vida de las especies vegetales y animales, las garzas y los cormoranes, los bagres y los capaces, no slo los caimanes, que murieron antes que los peces, no slo las canoas y las chalupas, las balsas y las piraguas, no slo los pescadores y sus amadas y sus bohos, no slo las flautas y las guitarras y los tiples, tambin el aroma, tambin la belleza, la noche, la gratitud, el descanso, la esperanza, el amor de unos paisajes, los colores de una vegetacin, el agua y el aire, los cuentos y las leyendas y los rezos y los maleficios, la conciencia de que hay algo sagrado en el mundo que no est en cada una de esas cosas, sino en la suma de todas ellas.

Que el ro no es slo un elemento de la economa y una fuerza de la naturaleza, sino que es un ser, la voz de una cultura, la memoria de un mundo, un camino lleno de historias, un cauce que no puede servir para separar sino para unir, y no slo para unir las orillas, los territorios, sino el pasado con el futuro, y a la humanidad con el universo natural.

El mohn es para m todo eso: la vida del ro, el misterio del ro, la magia del ro, lo que no es simplemente til en l, lo que no es solamente lucrativo en l, sino lo que conmueve el corazn, lo que educa la sensibilidad, lo que mueve a la celebracin y a la gratitud. Yo llevo aos dicindoles a mis amigos que alguna vez tenemos que convocar a todos los msicos populares de Colombia para que en una noche de luna llena de extremo a extremo del pas le demos una serenata al ro Magdalena: una serenata que nos permita recordar que el ro no es una cosa para utilizar sino un ser lleno de vida, de belleza y de memoria al que tenemos que proteger, porque protegerlo es proteger el territorio, es proteger a la humanidad que vive en sus orillas, es proteger a sus peces y a sus rboles, es proteger nuestra propia dignidad como habitantes de un mundo y como hijos de una cultura.

Pero ahora el ro est en manos de los que slo lo ven como fuente de energa elctrica, como negocio y como autorruta. Una masa de agua envenenada que lleva su cromo y su mercurio, su cianuro y sus sedimentos, que recibe el principal o tal vez el nico aporte que la capital de la Repblica le hace al pas, que es el veneno del ro Bogot, la contaminacin ms despiadada que una ciudad le brinde a un territorio.

Y es de todas estas cosas de las que tenemos que hablar con respecto al proceso de paz, porque la paz es hablar de todo esto, porque la paz es responder a todo eso, porque ya por fin en Colombia hemos descubierto que los problemas de nuestro pas son los mismos problemas del mundo contemporneo, que la agenda de Colombia ya coincide plenamente con la agenda del mundo, y en esa agenda las primeras tareas, dificilsimas pero inaplazables, son la defensa del agua, la defensa del entorno, la lucha contra el calentamiento global, la defensa de los bosques, de las cuencas, de los manantiales, y la defensa de la sacralidad amenazada a la que por ahora podemos darle el nombre de equilibrio, para que no les choque a los racionalistas.

Porque llevamos demasiado tiempo hablando de crecimiento, demasiado tiempo hablando de desarrollo, y cuanto ms hablamos de crecimiento ms acabamos con todo, y cuanto ms hablamos de desarrollo ms perdemos cosas esenciales, de modo que aprovecho que estn apenas cerrando sus sesiones en Pars los encargados de decepcionarnos con la poltica mundial frente al calentamiento, para decir que la prioridad del equilibrio es la nica que podra salvarnos, y que una regin como el Tolima mucho har si redefine sus proyectos, sus polticas y sus sueos en la defensa de lo que es esencial y en la formulacin de un proyecto econmico, social y poltico verdaderamente responsable, verdaderamente civilizado y verdaderamente democrtico.

Yo tena muchas ms cosas de qu hablar, pero el problema es que me entusiasmo y el tiempo se acaba.

Tena que hablar de la Expedicin Botnica, que marc desde muy temprano el rumbo de nuestras posibilidades de investigacin y que fue a la vez una gran aventura cientfica y una gran aventura esttica, una de las fuentes de nuestras artes.

Tena que hablar de los caminos, porque el Tolima es una regin de grandes caminos histricos: de la ruta de Mutis, de la ruta de Belalczar, de la ruta de Humboldt, de la ruta de Bolvar, de la ruta continental de Melo; hablar del camino de la Morabia, de la ruta de Quintn Lame, del camino de bueyes entre Manizales y Mariquita, del cable areo, del tendido de los ferrocarriles, del frustrado ferrocarril entre Armenia e Ibagu que alcanz a ser diseado para pasar sobre la depresin de Calarc, y que fue frustrado por la crisis del ao 29, de la arquitectura, de la navegacin por el Magdalena, de la casa de los ingleses de Ambalema y de la ciudadela inglesa de Mariquita, de las rutas de la colonizacin, de los caminos de la violencia, de las sendas de los guerrilleros, de las rutas de la cultura, de las regiones diversas, de la urgente necesidad de un dilogo cientfico, tcnico y cultural entre los diferentes niveles del territorio, ese dilogo a cuya ausencia se debi la tragedia de Armero, entre la llanura, las tierras medias y las cumbres nevadas, entre los pramos y las cuencas, hablar del Tolima como departamento de culturas distintas, y hablar incluso de nuestra necesidad de ese mar que no tenemos, pero que es una de nuestras mayores nostalgias.

Porque no tenemos el mar, pero todo nos lleva hacia el mar, as como no tenemos la selva, pero todo nos habla de ella, as como estamos en el centro del pas, pero eso nos obliga a anhelar y a aorar las orillas.

Y, finalmente, tena que hablar de la msica. Pero tal vez es de eso de lo que he estado hablando todo el tiempo, porque el ro es msica, porque el agua es msica, porque los vientos son msica, las maderas son msica, el amor por la tierra es fuente de msica y las violencias y los destierros han sido y son profundos manantiales de msica.

Pero como apenas estamos comenzando a soar con esta fiesta de la paz, y con sus desafos, vamos a tener la oportunidad de volver sobre todos estos temas, y convertirlos en tareas, en fiesta y en el motivo de grandes viajes, grandes retornos, grandes encuentros, y de nuevas y hermosas amistades.

Fuente: http://www.elespectador.com/noticias/paz/paz-y-el-territorio-ii-articulo-606875



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter