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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-12-2015

Texto escrito tras el debate colectivo en Burlata, el 16 de diciembre de 2015
El movimiento popular en la Euskal Herria actual

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


En la historia de la izquierda independentista vasca el concepto de movimiento popular -herri mugimendua- ha hecho referencia a diversas prcticas de luchas de masas contra opresiones especficas que tenan unas constantes bsicas desde su inicio, pero que fueron cambiando en sus formas y expresiones externas debido a los orgenes, ascenso y avances, perodo de esplendor, nuevos ataques represivos y desorientaciones internas. La base histrica no era otra que la pervivencia ms o menos fuerte de costumbres societarias que nos remiten a la larga pugna entre formas de propiedad colectiva, comunal y comunista, y formas de propiedad privada e individualizada. La historiografa oficial, dominante, ha negado o silenciado esta parte, la de las resistencias de las masas explotadas. Detengmonos un poco en la historia reciente porque es la base actual de nuestra tesis.

El problema de cmo agilizar, coordinar y dirigir polticamente las interacciones entre las diferentes resistencias contra las diferentes formas de opresin, explotacin y dominacin inherentes al capitalismo, surgi casi al instante en el que las clases trabajadoras aprendieron que, adems de la explotacin asalariada, sufran otras formas de explotacin, opresin y dominacin. Tal cosa empez a ocurrir durante el mismo trnsito de la explotacin manufacturera domiciliaria a la del taller y de aqu a la fabril, al extenderse a la vez todos los sectores necesarios para la reproduccin del sistema, cada vez ms compleja, variada y difcil. Todas las izquierdas y todos los reformismos debatieron estas cuestiones cada vez ms cruciales; tambin lo hizo la sociologa como expresin ms plena de la produccin de ideologa burguesa.

Segn avanzaba la industrializacin en Europa y con ella las oleadas pre revolucionarias y revolucionarias, y las respuestas reaccionarias y contra revolucionarias, daban vida a diversas corrientes tericas. La burguesa aprendi a crear sus propios movimientos sociales cristianos, republicanos, militaristas y fascistas. La industrializacin de otros continentes con economa campesina y extensas propiedades comunes o de uso rotatorio tambin gener los mismos problemas en esencia, aunque con formas diferentes. En Europa la liquidacin brutal de los bienes comunes, de la pequea propiedad campesina y artesanal, etc., dejaba un recuerdo de cierta socialidad colectiva opuesta al individualismo burgus: muchas prcticas de lucha obrera y popular se basaron en la adecuacin de dicha socialidad horizontal a las condiciones de lucha bajo la explotacin fabril, y muchos movimientos sociales tambin. Con sus expresiones diferentes, otro tanto ocurri luego y est sucediendo ahora en Amrica Latina, frica y Asia.

El movimiento popular, tal cual se expresa en cada momento, es uno de los ms eficaces para mantener viva, transmitir y adecuar a las nuevas realidades esta memoria porque su rea de vida es precisamente luchar contra el conjunto de opresiones, explotaciones y dominaciones que se sufren fuera de la explotacin directamente asalariada, laboral, fabril y reproductiva en el sentido decisivo de explotacin patriarco-burguesa, pero que estn directamente relacionadas con ella porque tambin afectan a la toda la vida cotidiana reproductora del pueblo trabajador en su conjunto. Es por esto que, como veremos, existen tantos lazos prcticos inmediatos entre los concretos movimientos populares y el movimiento antipatriarcal y el de la lucha de la clase trabajadora. Adems, esos lazos tienden a multiplicarse en la medida en que el capitalismo multiplica y multidivide las formas de explotacin dentro de las empresas y en la sociedad entera.

Segn nuestro criterio, el movimiento popular y la clase trabajadora existan antes de la definitiva industrializacin del capitalismo vasco desde finales del siglo XIX, industrializacin que se bas en el poder poltico-militar conquistado por la burguesa de Hego Euskal Herria gracias a los ejrcitos del Estado espaol en sus guerras de ocupacin sostenidas durante el siglo XIX y asegurada en 1936-1939. Un movimiento popular y una clase trabajadora pre industrial, campesina, artesanal y urbana, de pequeas ferreras, astilleros y talleres, pero muy luchadora en defensa de los derechos comunales y de las leyes forales que, mal que bien, le garantizaban una seguridad vital mnima comparada con la total indefensin y precariedad inherente a la explotacin capitalista, sobre todo tal cual se impona brutalmente mediante el terrorismo burgus desde finales del siglo XVIII y buena parte del XIX.

No tenemos tiempo para ver la evolucin del movimiento popular desde finales del siglo XIX con la rpida formacin de la clase obrera industrial y con los subsiguientes cambios en el pueblo trabajador. Un momento crtico en esas transformaciones y en la rpida y catica formacin de la nueva clase obrera en aquella fase capitalista fue el abierto por la derrota militar de 1876 y la inmediata ocupacin de Hego Euskal Herria por las tropas espaolas, las resistencias populares masivas, no violentas y pacficas en su mayora, la incapacidad de la administracin espaola para hacerse cargo de la complejidad del sistema foral vasco y, por ello, el acuerdo entre la burguesa espaola y la vascongada para obtener su integracin total en el Estado espaol a cambio del Concierto Econmico, que prestaba facultades financieras y administrativas a la burguesa vascongada a cambio de un tributo al ocupante y de mantener el orden capitalista espaol en tierras vascas, como sigue ocurriendo hasta ahora.

Con la industrializacin militarmente asegurada, la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1929 estallan las contradicciones que aparecen gubernamentalmente en 1931 y en la prctica en los cambios sociopolticos dentro de los nacionalismos vasco y espaol en Hego Euskal Herria, que no podemos detallar ahora. Bajo la dictadura militar de 1923-1931 se generan teoras y prcticas revolucionarias que anuncian procesos de concordancia y acuerdo que darn sus frutos parciales cuando, tres dcadas ms tarde, en la mitad del siglo XX, maduren las condiciones. Mientras tanto, el movimiento popular debe adaptarse, resistir y responder a las duras condiciones de una dictadura -1923-1931-, una II Repblica espaola surcada de rebeliones populares y de masacres represivas pero duramente espaolista en su esencia -1931-1936-, y una guerra de invasin internacional nazi-franquista y a la vez de lucha de clases entre vascas y vascos que abarca a la toda Euskal Herria-1936-1945.

Sin esta prolongada experiencia prctica acumulada durante aproximadamente sesenta aos, desde la dcada de 1880 a la de 1940, con sus derrotas y pequeos logros, hubiera resultado muy difcil al pueblo vasco explotado por el franquismo empezar a resistir de nuevo en la segunda mitad de la dcada de 1940. Existe una memoria de lucha que sobrevive en sectores sociales, familias con conciencia, grupitos clandestinizados y hasta personas que en su soledad individual no renuncian a sus valores de justicia, que los guardan y alimentan en silencio o que los transmiten de variadas formas.

Hay que preguntarse sobre si los dbiles grupos de ayuda a las prisioneras y prisioneros bajo el franquismo de 1937 en adelante era un movimiento popular o no; o en qu medida eran indicios de movimiento popular entroncado en el movimiento obrero de las huelgas sociopolticas de la segunda mitad de los aos cuarenta e inicios de los cincuenta, as como las prcticas defensivas autoorganizadas de ayuda mutua popular y de atisbos de grupos vecinales en las insoportables barriadas obreras; s podemos hablar de embriones de movimientos populares en los grupos que entre la dcada de los aos cincuenta y los sesenta fueron organizndose para mantener y recuperar elementos claves de la cultura, lengua y folclore euskaldun, para mantener vivas y hasta recuperar del olvido fiestas populares en la que latan contenidos democrticos y horizontales inaceptables por el franquismo y el nacional-catolicismo: carnavales, inauteriak, gabonak, olentzero, mitologa pagana editada en libros, grupos de apoyo a la lengua vasca, proliferacin de sociedades gastronmicas y deportivo-culturales en barrios y pueblos, etc.

Es cierto que estos embriones eran impulsados tambin por la poca militancia de las muy perseguidas organizaciones, partidos y sindicatos que se arriesgaban a la doble militancia, es decir, a actuar en esos grupos, sociedades, colectivos, asociaciones y dems, en la que podan quedar al descubierto ms o menos pronto debido a provocaciones policiales o por simples errores de seguridad, voluntarismo, etc. Pero lo hacan. Aquellos riesgos que a veces rozaban el herosmo por la existencia de torturas, multas, aos de crcel y hasta ostracismo y destierro, adems de la marcha al extranjero, fueron decisivos para asentar lo que luego sucedi. Por otra parte, era inevitable que existieran personas militantes clandestinas en los embriones de los movimientos, como existan en los sindicatos oficiales y en asociaciones legales incluso prximas al franquismo y a la Iglesia, lo era, como decimos porque esa es una de las tareas bsicas de la militancia poltica: enriquecer la dialctica entre la organizacin y la autoorganizacin. Hablamos del sempiterno debate sobre las relaciones entre conciencia y esponentaneidad.

A mediados de los aos sesenta se inicia la fase definitiva, simbolizada en la creacin de una ikastola infantil en un piso de Iruea. Rpidamente en comparacin a la anterior fase se van tejiendo redes que van ms all de la complicidad para expresarse en una autoorganizacin popular relacionada de alguna manera con grupitos clandestinos conscientes de la necesidad de esos esfuerzos tan arriesgados. Se produce el salto porque se han agudizado sobre todo cuatro contradicciones: los efectos del desarrollismo franquista, la llegada de migrantes, la lucha nacional representada por ETA que remueve todas las conciencias y la revalorizacin de la identidad vasca en peligro. No es casualidad que sea en Iruea en donde confluyan ms radicalmente estas y otras contradicciones, aunque su velocidad de propagacin al resto de Euskal Herra es casi instantnea para las condiciones de la poca.

La lucha de clases por mejores condiciones salariales y laborales, muchas veces defensiva ante la voracidad de la patronal, azuza el surgimiento de movimientos populares varios, desde las asociaciones vecinales hasta deportivo-culturales, etc., siempre con la presencia de las mujeres que se enfrentan tambin al patriarcalismo de la sociedad vasca. Es en esta fase decisiva cuando se hace irreversible, por ahora, una de las seas identitarias casi exclusiva del movimiento popular vasco: el arraigo de lo comn, de lo colectivo, de la ayuda mutua y su forma horizontal de plasmacin, una forma que se muestra en la misma arquitectura interna de los locales populares, en los que siempre hay un decisivo espacio material y simblico de praxis comn como es la cocina comunitaria, y si no ha podido montarse la cocina como tal, casi siempre se organiza una comida a escote, pero apenas falta, por ahora, la praxis colectiva alrededor de lo que ms une.

La cocina colectiva -el hogar en antropologa- como espacio material y simblico de reforzamiento de la identidad grupal es una realidad precapitalista que la nobleza margin y que la burguesa intent destruir desde el siglo XVII con el individualismo mercantilizado, con la familia monogmica y su domicilio aislado, y con el arrasamiento de las tierras comunales y de las pequeas propiedades del campesinado empobrecido. Romper los cordones umbilicales que unan al primer proletariado industrial con las redes comunitarias de convivencia social y resistencia que pervivan en su memoria y hasta en su presente al simultanear la explotacin asalariada con el trabajo campesino, este corte de raz fue una obsesin de todas las primeras burguesas occidentales, y sigue sindolo ahora en los pueblos en los que todava existen bienes comunales y campesinas y campesinos empobrecidos con relaciones cotidianas con las masas empobrecidas de las aglomeraciones urbanas del llamado Tercer Mundo. Veremos cmo el Estado espaol adapt estas tcticas a las condiciones vascas.

La fase del esplendor anuncia su llegada con las masivas movilizaciones contra el proceso de Burgos de diciembre de 1970. Sin el movimiento popular la deslegitimacin de tamaa barbaridad no hubiera sido tan decisiva. En 1973 llega a Euskal Herria la demoledora crisis socioeconmica mundial que es respondida por una feroz lucha de clases defensiva que pronto se har ofensiva al emerger la esencia poltica revolucionaria que siempre late oculta en la menor lucha sindical defensiva, economicista y reformista. El movimiento obrero y el popular se fusionan en muchas luchas en las que crece el movimiento antipatriarcal, a la vez que el de pro-Amnista irrumpe majestuosamente muy unido a otros que crecen en el interior del pueblo trabajador e incluso en sectores de la mediana burguesa como el de la reuskaldunizacin. La llamada Semana Pro Amnista de mayo de 1977 sintetiza la fuerza acumulada hasta ese momento.

La nuclearizacin ideada por el Estado espaol y la burguesa vasca en el llamado Pacto de Olabeaga de 1956 encuentra nula oposicin al principio pero crecer hasta formar un potentsimo movimiento antinuclear que, en interrelacin con otras formas tcticas de lucha, vencer a comienzos de los aos ochenta, justo cuando la alianza burguesa vasco-espaola inicia el gran ataque estratgico contra el pueblo trabajador y su corazn y cerebro la clase obrera industrial que lleva un siglo de vida y combate. Para entonces, se ha diversificado y enriquecido el movimiento popular enfrentndose a casi todas las formas de explotacin, dominacin y opresin que sufre nuestro pueblo. El rotundo NO a la OTAN dado por Euskal Herria en el referndum de 1986 y la slida raigambre del MLNV que tambin se plasma en la fuerza electoral de Herri Batasuna son solo dos muestras de la importancia del movimiento popular en aquellos aos.

1986 puede considerarse como el comienzo de la ofensiva estatal contra el movimiento popular, extendiendo la ofensiva represiva iniciada por el PSOE con el Plan ZEN de 1982-1983. El capital, es decir, la relacin social de poder y explotacin en su esencia, decide que no se puede tolerar la existencia de una fuerza revolucionaria tan potente como la del MLNV en el corazn de Europa. Significativamente es en 1986 cuando son impulsados los movimientos sociales por la paz y otros, siendo el primero de ellos el llamado Gesto por la Paz. Se trata de aplicar en Euskal Herria la doctrina de guerra de baja intensidad ya enunciada en el Plan ZEN, uno de cuyos captulos es el de la guerra psicolgica para desilusionar y dividir al pueblo. Es un ataque general para destruir el sujeto revolucionario que va crendose desde la clase obrera industrial de finales del siglo XIX hasta el pueblo trabajador que a finales del siglo XX lucha por la independencia socialista en el seno de Europa. Adems de desindustrializar el pas para acabar con la cultura del hierro tambin hay que acabar con el movimiento popular inherente a ella.

Surge en este perodo un debate al que volveremos luego, sobre las relaciones entre los movimientos populares y los movimientos sociales. Herri mugimendua o movimiento popular tiene en la cultura vasca un contenido ms profundo, referencial y emancipador ms pleno y radical que el de gizarte mugimendua, o movimiento social en su traduccin a la lengua espaola. Aqu es decisivo el significado que tiene el concepto de pueblo para una nacin oprimida como la vasca, con un complejo lingstico-cultural muy diferente a las lenguas de raz latina, a diferencia del simple concepto de sociedad. Por ejemplo, Euskal Herria o pueblo del euskara tiene ms profundidad conceptual, social e histrica que euskal gizartea o sociedad vasca. No es casualidad que sean las personas y colectivos con identidad vasca los que empleen el primero, mientras que empleen el segundo quienes apenas tienen identidad vasca o la tienen totalmente espaola.

Sin retroceder mucho en el pasado, la aparicin moderna de los movimientos sociales se produjo a partir de la dcada de 1960 en el capitalismo imperialista como efecto de las transformaciones introducidas por el keynesianismo, taylor-fordismo y similares polticas de integracin y neutralizacin aplicadas por la socialdemocracia, etc. La accin sindical se integr en la burocracia de compra-venta de la fuerza de trabajo. Los partidos comunistas oficiales compartimentaron su vida poltica desde un verticalismo dirigista que impeda cualquier libertad de crtica y accin. La URSS perda rpidamente el prestigio heroico ganado al vencer al fascismo en 1941-1945.Ya antes del neoliberalismo y del posmodernismo, surgieron intelectuales que hablaban de la extincin del proletariado y de la lucha de clases, de la sociedad post industrial y de servicios, etc., mientras que creca la llamada clase media y en la universidad un aluvin de jvenes generalmente de la pequea burguesa y clases medias, y de familias trabajadoras con salarios altos sentan cmo el sistema les obstrua un futuro diferente.

Varias cuestiones atrajeron la inquietud de estos sectores: la emancipacin de la mujer, la ecologa y la nuclearizacin, la sexualidad y otras formas de vida en comn, la cultura, el antiimperialismo, otra forma de entender la poltica, etc.: en aquellas condiciones estos movimientos eran progresistas y hasta revolucionarios, sobre todo cuando conectaron con corrientes marxistas y anarquistas. La intensificacin y la extensin de la lucha de clases desde 1968 en adelante demostr cunto podan aportar los movimientos sociales de izquierdas. En esas mismas fechas, la opresin nacional vasca haca que aqu crecieran los movimientos populares insertos en la races de la realidad.

La lucha de clases reactivada en lo poltico en 1968 fue ms que simple lucha de clases en su sentido escuetamente salarial, gracias en gran medida a los movimientos sociales con contenido revolucionario. La represin desencadenada posteriormente y las medidas neoliberales aplicadas desde mediados de los aos setenta golpearon al ala izquierda de los movimientos, debilitndolos. Segn avanzaban los aos ochenta fue apareciendo la industria de las ONG, de movimientos sociales correas de transmisin de partidos, sindicatos, iglesias, empresas y fundaciones bajo la excusa de gastos sociales para ahorrar impuestos, etc., por no hablar de sus funciones en la contrainsurgencia y guerras de baja intensidad.

Se fue creando un servicio asistencial no estatalizado que iban cubriendo reas sociales antes atendidas por los servicios pblicos y estatales. Privatizados estos o cerrados, reaparecieron movimientos sociales que atenda parcial y limitadamente esas reas. Recordemos que en el capitalismo de los siglos XVIII y XIX, antes de las reformas sociales introducidas a todo correr por las burguesas europeas para frenar la lucha de clases, ya existan movimientos sociales de esta ndole, bastantes de ellos bajo el impulso de la doctrina social catlica y de la caridad cristiana de las iglesias protestantes, pero tambin de instituciones privadas u oficiales, y hasta de empresas. Luego, bajo la presin obrera y popular, tambin de la URSS, el capital tuvo que estatalizar el grueso de esas tareas aunque casi al instante -definitivamente desde 1947 con la creacin de la sociedad Mont-Pelerin por von Hayek- resurgieron propuestas para reinstaurar el mercantilismo liberal ms maltusiano e individualista. Ahora, se han industrializado y politizado esas ayudas sociales.

En Euskal Herria el contenido poltico de muchos de estos nuevos movimientos qued claro desde su misma aparicin, en especial los dedicados a conseguir la paz. En 1983 el gobierno del PSOE haba lanzado un pre aviso en su Plan ZEN de que desarrollara esta estrategia, como sucedi abiertamente desde 1986 con la aparicin de Gesto por la Paz. Ahora bien, no podemos meter en el mismo saco a todos estos grupos, colectivos y asociaciones porque la realidad es ms compleja y, adems, los partidos de la burguesa autonomista y regionalista tambin tenan sus asociaciones propias muchas veces volcadas en la defensa de lo que esa burguesa entenda como cultura, derecho, historia, ayuda social, etc. De igual modo existan movimientos sociales reformistas duros y blandos que no se plegaron a la estrategia represiva del Estado como la del lazo azul, el Foro de Ermua, etc.

La nueva ola represiva va desplegndose en mltiples frentes como el del lazo azul desde 1993, etc., que buscan movilizar las fuerzas conservadoras y reaccionarias para que, en la misma calle, en la cotidianeidad, se enfrenten democrticamente a los sectores menos concienciados de los movimientos populares, del sindicalismo abertzale, de los miles y miles de personas de los crculos ms lejanos o medios de la izquierda independentista a la que terminan dando su voto, etc. En verano 1997 son asaltadas varias herrikos y sedes de la izquierda abertzale por bandas fascistas. En 1998 se cierra Egin, un ejemplo de autoorganizacin popular, y en 2003 se cierra Egunkaria otro ejemplo incluso ms significativo por tratarse del nico diario exclusivamente en lengua vasca, creado tambin por el movimiento popular. Tambin en 1998 comienza la larga y dura persecucin judicial de entidades muy representativas de los movimientos populares concretos. Y por no extendernos en 2003 se ilegaliza a Herri Batasuna tras un ascenso represivo iniciado en 1997.

Incluso con mucha antelacin, los movimientos populares sufren adems ataques contra uno de sus pilares ms profundos, y no solo con el intento de cierre y expolio de ms de un centenar de herrikos, otras formas de represin poltica, etc., sino tambin mediante la masiva presin diaria de la ideologa mercantilista y del consumismo individualizado destinada a aniquilar toda posibilidad de repunte de memoria y praxis colectiva, comunal. Una de las expresiones ms slidas, hasta ahora, del movimiento popular y vecinal son las fiestas populares en las que se expresan las ansias y anhelos de libertad, de otra forma de vida: tanto la burguesa vasca como los Estados espaol y francs hacen lo imposible por desvirtuarlas, ahogarlas econmica y legalmente, o prohibirlas. Los ayuntamientos controlados por el espaolismo y la burguesa autonomista y regionalista potencian fiestas verticales, pasivas, consumistas y sin apenas referentes euskaldunes o abiertamente espaoles, mientras que los ayuntamientos abertzale tienen dificultades econmicas, polticas y legales para impulsar festejos populares enraizados en las tradiciones. En muchas ciudades, pueblos y barrios -Iruea, Donostia, Bilbo, Gazteiz, etc.- el movimiento popular tuvo y tiene que superar enormes obstculos para organizar las fiestas.

Estos y otros golpes impactan en las franjas menos concienciadas del movimiento popular y debilitan la capacidad de recuperacin de sus ncleos ms influyentes detenidos o procesados. A la vez, el clima ideolgico creado tras la implosin de la URSS, la propaganda posmodernista y posmarxista, el individualismo neoliberal y la euforia falsa y engaosa de la burbuja econmica del cemento y de los prstamos baratos que facilitan la alienacin creciente por el consumismo teledirigido, este clima irreal pero muy efectivo se refuerza con las mentiras sobre las futuras ventajas de la Unin Europea y del euro primero como moneda financiera en 1999 y luego como oficial en 2002.

No debemos menospreciar los efectos integradores de las subvenciones de gobiernillos autonmicos, instituciones regionales y del Estado, de partidos polticos, corporaciones, empresas y fundaciones internacionales, a ONG y movimientos sociales, e incluso a sectores que han dejado los movimientos populares y han creado su propio grupito. Es la tctica del palo y la zanahoria: intensa criminalizacin por un lado, pero por el otro dinero y tranquilidad si te democratizas. Para el poder, es momento de euforia econmica y esos dineros invertidos en la paz y democracia rinden muchos beneficios polticos. Bajo estas y otras presiones los movimientos se debilitan en sus simpatizantes menos slidos, pero tambin en ncleos intelectualmente formados que, cansados, desean acceder a una vida econmicamente mejor y ms tranquila. Trgicos ejemplos del poder de absorcin de las ayudas los tenemos en la ecologa, feminismo, cultura en general y vasca en particular, etc.

La crisis iniciada en 2007 multiplica el empobrecimiento y el endeudamiento social que aumentaba en nuestro pueblo antes de 2007, como lo demostraban todos los datos. Muy significativamente, y confirmando nuestra tesis central, en esta crisis vuelve a suceder lo que en otras, que tiende a aumentar el llamado voluntariado social formado por personas de buena voluntad, de ideologa abstractamente humanista y cristiana, mayoritariamente mujeres, que ayudan en colectivos y grupos asistenciales como bancos de alimentos, medicinas, cuidados infantiles y para la tercera edad, y un largo etctera. Son prcticas voluntarias que muestran que perviven sentimientos comunitarios y de ayuda mutua en la personalidad colectiva. Pero tambin hay un voluntariado reaccionario cuando no fascista y racista.

Pero desde hace un tiempo, e incentivados por la crisis, tambin surgen grupos que podemos definir como de economa colaborativa, comercio justo, etc., dentro de una variada gama de corrientes que no podemos sintetizar ahora. Estudios muestran que solo una muy reducida parte de la economa colaborativa asume como objetivo suyo la transformacin social ms o menos radical. La mayora de estas corrientes se limitan a buscar reducciones de precios, recuperando la estela del cooperativismo de consumo del siglo XIX. Son movimientos defensivos que no atacan los pilares del capitalismo, como los asistenciales arriba vistos. No negamos su vala relativa pero advertimos que sin una clara orientacin social, econmica y poltica algunos o muchos de ellos pueden terminar siendo laberintos sustitutivos de la praxis revolucionaria en que se pierdan y agoten personas de buena voluntad pero con poca formacin terica.

La crisis de 2007 ensea que estos grupos y movimientos no slo sufren limitaciones cualitativas para resolver los problemas que combaten, ya que no se enfrentan a sus causas bsicas, sino que adems y por ello mismo tambin tienen problemas para avanzar hacia la independencia de Euskal Herria, si es que asumen ese objetivo. Al carecer de una visin crtica de las causas de la opresin nacional de clase muchos de ellos tienden a reducir el mal llamado problema vasco a una mera cuestin de derechos burgueses, resoluble por tanto dentro del sistema y preservando la propiedad capitalista.

Pero la crisis est demostrando la vala de viejas verdades que reactivan la necesidad de los movimientos populares en todas sus facetas de intervencin. La fundamental de todas ellas es que el crecimiento exponencial de las fuerzas productivas bajo propiedad y direccin burguesa condena cada vez ms a los seres humanos al desempleo estructural y al empobrecimiento, a la vez que les impone una asesina competencia mutua para acceder a los escasos puestos de trabajo, para ser explotados. Los movimientos populares se enfrentan as a una multiplicacin de los frentes de lucha porque es la prctica totalidad de la vida la afectada por ese proceso, y en especial en las naciones oprimidas que malviven en la indefensin absoluta.

La multiplicacin de las opresiones, explotacin y dominaciones tiene entre otros el efecto de aparentar que no existe una vertebracin interna que les cohesiona y une por debajo de sus diversas formas externas. El desarrollo capitalista tiende a reforzar la creencia de que existen tantas realidades diferentes como opciones subjetivas. Segn esto, la explotacin de clase, nacional y patriarcal no guardan relacin entre s, y por tanto no pueden ser aprehendidas tericamente ni conectadas estratgicamente. Al contrario, cada lucha debe ir por su lado, relacionndose nicamente mediante las propuestas basadas en los significantes vacos, en generalidades que cada cual rellena segn le plazca: es una opcin muy fcil y cmoda que no obliga a nada y que atrae por ello mismo a una parte de la poblacin.

Frente a este panorama, el movimiento popular tiene, en primer lugar, la tarea bsica de estrechar lazos prcticos con el movimiento obrero y feminista. El movimiento obrero, lo mismo que el feminista, los directamente golpeados por el desempleo creciente, no forman parte estricta del movimiento popular considerado como tal, porque la explotacin asalariada y la patriarcal son estructurales y transversales al capitalismo en su totalidad, esenciales para su reproduccin. Aunque los denominamos movimientos en realidad se mueven en un plano cualitativo superior a otros, los penetran a todos y cuando actan a la ofensiva contra el capital y el sistema patriarco-burgus, influencian decisivamente sobre todos ellos.

La crisis endurece la explotacin asalariada y patriarcal enfrentndolas a un futuro demoledor, lo que les plantea la necesidad de buscar aliados en todos aquellos sectores movimientos vecinales, culturales, ecologistas, juveniles, etc., que tambin son golpeados por la crisis y que pueden extender las reivindicaciones obreras y antipatriarcales a sus propios campos de accin, y viceversa. La privatizacin de lo pblico, en sntesis, puede facilitar la fuerza de los movimientos pero si estos no van al fondo del problema, la lgica capitalista, se quedan en simples protestas superficiales, vlidas pero muy limitadas. Ahora bien, conforme un movimiento popular, el que fuere, empieza a combatir la lgica del capitalismo causante de su especfica problemtica, casi de inmediato empieza a acercarse el movimiento obrero y feminista, aunque sea sin saberlo del todo. Y viceversa, cualquier lucha seria de obreras y obreros, y de mujeres no asalariadas pero explotadas que profundice en la lgica del capital tambin se acerca a las luchas vecinales, populares, culturales, etc.

En una nacin oprimida esta dinmica es an ms rpida e interrelacionada porque existen otros dos movimientos populares que adquieren contenidos estructurales y transversales en los pueblos oprimidos: la lucha por la lengua y la cultura, y la lucha antirepresiva, por los y las prisioneras, por las libertades democrticas, etc. Y en las naciones oprimidas los cuatro -feminista, antirepresivo, cultural y obrero- se fusionan en una totalidad que les marca a ellos internamente: la lucha por la permanente (re)construccin de la identidad nacional oprimida, por la memoria, por lo simblico. Es cierto que el resto de los movimientos tambin son parte de la (re)construccin de la identidad, pero ms en sus reas especficas de accin.

El movimiento feminista abertzale es valioso en s, pero ms an lo es si tenemos en cuenta que el sistema patriarco-burgus se ha lanzado a la privatizacin del cuerpo colectivo de la mujer para intensificar la produccin/reproduccin del sistema desde el ms estricto individualismo mercantilizado acorde con los cambios impuestos por la crisis. La presencia de las mujeres en casi todo el voluntariado social y en los movimientos sociales y populares ser sometida a una tensin dursima ya que, por una parte, la reaccin patriarcal inherente a la crisis presionar para que la mujer se quede en casa obedientemente pero, por otro lado, esa misma crisis presionar a las mujeres para que se liberen de toda opresin. El desempleo, el subempleo y la precariedad crecientes exigen cambios feroces en la reproduccin social a todos los niveles, y los movimientos populares han de hacer una pia con el feminista por su transcendental importancia en la produccin/reproduccin.

Contra el ataque a todo lo colectivo y pblico, y a las pequeas propiedades, el movimiento popular debe reafirmar su apuesta por lo comn, por los bienes colectivos materiales e inmateriales, culturales, en todas las zonas en las que interviene. Ms an, dado que la privatizacin generalizada es una de las pocas formas que le quedan al capitalismo para mantener sus beneficios, los movimientos populares han de hacerse presentes en esas nuevas reas sometidas al saqueo. Tambin deben establecer lazos con aquellos movimientos sociales que intervengan en las mismas problemticas para, en la medida de lo posible, irles concienciando, abriendo los ojos, debatiendo y organizando actos populares ms amplios y abarcadores, incluyentes.

Un ejemplo de la necesidad de estrechar lazos entre los movimientos populares y las luchas obreras y feministas es la resistencia al cierre, deslocalizacin y huida de empresas porque en ellas se concentra buena parte del trabajo colectivo realizado bajo rgimen de explotacin del pueblo expropiado por el capital y que ahora este quiere expatriarlo y llevarlo a otros lugares, sobre todo al torbellino incontrolable de la especulacin financiera.

Otra forma de privatizacin es la industria poltico-cultural, medio desnacionalizador por excelencia, directamente conectado con los Estados dominantes. La industria de la cultura del Estado dominante es un verdadero negocio en expansin que crece tambin destruyendo las culturas, lenguas e identidades de los pueblos que oprime. Los movimientos populares tienen una transcendental tarea en defender y (re)construir la cultura popular y la lengua nacional fuera de la mercantilizacin impuesta por la alianza entre la burguesa autctona y el Estado. Dado que la lengua es el ser comunal que habla por s mismo y que la cultura es la produccin y distribucin democrtica de los valores de uso, por esto mismo, no existe ningn movimiento popular que no incida en la defensa y (re)construccin del complejo lingstico-cultural.

Una de las mejores formas de conseguir que las naciones trabajadoras oprimidas acepten un desempleo y subempleo creciente es desarraigndolas de su memoria colectiva, aniquilndolas para imponerles la individualidad extrema. Arrancar las races implica destruir sus formas culturales, referenciales, materiales, comunales, etc., o sea, todas aquellas reas defendidas o reivindicadas por los movimientos populares. Una faceta de esta extirpacin que se ha generalizado en la ltima fase capitalista es la deuda econmica internacional que el capital impone al pueblo. La deuda ata materialmente y puede destruir psicolgica y moralmente al pueblo que ha sido endeudado por el capital si acepta pagarla, si no se niega, si asume como propia la sola y exclusiva deuda de los burgueses. Impuesto el pago de la deuda, los movimientos populares, los sindicatos, partidos y organizaciones que sobreviven de las voluntarias aportaciones populares vern cmo estas reducen as su capacidad de lucha.

Cada uno en su reivindicacin concreta, los movimientos populares han de exigir que, adems de no pagar la deuda burguesa, ese capital ahorrado debe invertirse en el pueblo, debe utilizarse para crear un Banco Nacional, debe fortalecer la lucha contra la lex mercatoria y contra la impunidad legal de las transnacionales y del capital financiero, etc. En el capitalismo siempre es el pueblo trabajador el que paga la deuda burguesa. Los movimientos populares son especialmente competentes para demostrar en sus prcticas las dainas consecuencias concretas que el pago de la deuda acarrea al pueblo. Y siempre esa prctica, si es correcta, termina en el punto crtico: la defensa y recuperacin de lo comn, que es lo que les recorre y les une por encima de sus diversidades.

Lo comn es la propiedad comunal de Euskal Herria por su pueblo trabajador. Los movimientos sociales progresistas a lo sumo que llegan es a rozar esta visin desde fuera, no a identificarse con y en ella desde dentro. Otros movimientos actan abiertamente contra ella con escusas que no tenemos tiempo a exponer pero que refuerzan la opresin nacional. Desde esta perspectiva, la lucha poltica revolucionaria es la sntesis superior de las luchas parciales de los movimientos populares. Los movimientos sociales progresistas tampoco ven esta unidad en los objetivos y en la estrategia poltica: para ellos cada movimiento va por su cuenta, no est integrado en una dinmica comn sino solo en la medida en que ahora coincide en una lucha tctica, pero luego deja de coincidir volviendo la absoluta separacin.

La tesis de la sociedad civil enfrentada a la sociedad poltica es una de las responsables de semejante error pero no la nica. Otra responsable mayor es la tesis de la multiculturalidad, pluri-identidad plurinacionalidad, etc., pero dentro siempre de la cultura, identidad y nacin constitucional y cvicamente dominante, o sea la del Estado. Pero la tesis ms cruda y explcita es la de la unicidad nacional espaola. Quiranlo o no, los movimientos sociales progresistas se enfrentarn antes o despus con la lucha entre el independentismo popular y el nacionalismo espaol y han de optar entre ambas en un momento u otro. Esta misma tensin interna, que puede llegar a ser insoportable, se da en muchas personas del voluntariado social. Los movimientos populares han de ayudar pedaggica y respetuosamente a que esa tensin se resuelva a favor de la libertad y de la justicia.

La capacidad de los movimientos populares para ofrecer soluciones concretas a los problemas concretos dentro de una perspectiva progresista a largo plazo, esta demostracin sostenida en el tiempo es decisiva para atraer y convencer a los sectores de los movimientos sociales que van desalienndose de las cadenas de nacionalismo espaol en cualquiera de sus varias escusas ideolgicas, para liberarse hacia una concepcin radicalmente democrtica. Pero adquirir esa capacidad de aportacin requiere tiempo, preparacin, medios e informaciones, acceso a fuentes serias, etc., y sobre todo una estrategia global, poltica, orientada a unos objetivos de liberacin nacional. Y requiere tambin otras tres condiciones. Vemoslas.

Una es que los movimientos populares no tienen que estar a las rdenes de la accin institucional de la izquierda abertzale, sino que han de mantener su alta autonoma de aportacin y accin, relacionndose segn contextos y circunstancias con la poltica institucional. Los movimientos populares tienen el derecho y el deber de ser consultados en lo referente a la poltica institucional mediante los mecanismos adecuados. Consultas tanto ms necesarias en aquellas decisiones parlamentarias y electorales que afecten a cuestiones importantes para los objetivos histricos del independentismo socialista. Solo as, respetando este mtodo, los movimientos populares desarrollarn su interdependencia con la poltica institucional. Mientras tanto, esta ha de estar a disposicin del movimiento popular, ha de servirle, y no a la inversa. El movimiento popular se debilita cuando se pone a disposicin del electoralismo tacticista.

Otra es que, por ello mismo, el movimiento popular ha de vigilar crtica y constructivamente la poltica institucional para ver si realmente es altavoz institucional de la movilizacin popular, o si su poltica se hace desde y para otra perspectiva. La realidad es ms compleja que la simplicidad que presentamos aqu, pero la experiencia acumulada es aplastante en lneas generales. El control vigilante ha de ser exterior a las instituciones porque esta es la nica forma segura de evitar dos vicios recurrentes: que la mejor militancia de los movimientos sea absorbida por la poltica institucional y que poco a poco el institucionalismo se imponga de forma irremisible como la estrategia poltica en s misma.

El control desde el exterior practicado en las esferas ms inmediatas y prximas en la vida cotidiana como es en los ayuntamientos, educa progresivamente a la militancia a pensar estratgicamente en clave de la dinmica que va de los contrapoderes dentro del capitalismo al poder popular en la Euskal Herria independiente, poder popular situado fuera del Estado vasco, que lo vigila y controla para combatir en la calle, en las fbricas y escuelas, en la vida cotidiana, etc., todo inicio siquiera embrionario de burocratizacin y verticalidad. En esta dinmica el logro del doble poder no debe limitarse a la lucha dentro del capitalismo, sino que la militancia y el pueblo trabajador ha de sostener el doble poder fuera del Estado vasco. Ese doble poder basado en la redes de los movimientos populares y en la democracia horizontal y directa garantiza la existencia de la Repblica Socialista Vasca. El control obrero y popular de las nuevas tecnologas de la comunicacin, convertidas en propiedad colectiva, facilita sobremanera el control instantneo y transparente del Estado vasco.

Y la ltima: la coordinacin estratgica de los movimientos populares exige de manera incuestionable de una organizacin especfica que la facilite. Esta necesidad es tan obvia que no necesita ser argumentada.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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