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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-01-2016

Crecer de otro modo

Miguel Casado
Rebelin


Me di cuenta dice un personaje de Tess Gallagher de que apenas le quedaba una pincelada negra en el pelo blanco y se me ocurri que habamos envejecido, los dos; l ha vuelto a su viejo barrio, trabaja en el bar de una antigua vecina y, de pronto, ve en ella el tiempo que han ido viviendo los dos, tanto, tan espeso ya. La irrupcin repentina de una aguda conciencia temporal se repite en los relatos de El amante de los caballos: los cruzan gentes sin edad, siempre entregadas a un cuerpo a cuerpo con la vida que se mide en das y noches, episodios y rutinas. Solo en un punto del recorrido, como en una descarga que genera el azar, los aos vividos se hacen presentes, los personajes se saben maduros o ancianos, y una resonancia ambigua impregna ya todo lo narrado. No es que no hubiera antes pasado ni memoria, su peso y su huella se dejan sentir a cada momento, tal como deca Simone Weil: A veces es fcil liberar a una persona de su desdicha presente, pero es difcil liberarla de su desdicha pasada. Sin embargo el filo de la conciencia cae de golpe. Solo recuerdo una forma similar de este caer de golpe: al trmino de El desierto de los trtaros, de Dino Buzzati, cuando el tiempo vaco, insoportable y tedioso, de la vida detenida en una burbuja se precipita como un hachazo.

En el fondo, es quiz la misma conviccin inscrita en el radical cambio de perspectiva que impuls Ilya Prigogine, cuando entendi que la observacin cientfica (de la fsica, la qumica, la termodinmica) haba de dirigirse a situaciones alejadas del equilibrio, inestables, conflictivas (como las de la biologa) y hall en ellas, frente al mito de la ley natural, la activa intervencin del azar y de la flecha del tiempo, siempre hacia adelante, sin retorno, como la vida. As, las cosas se mueven segn su entropa, que ya no slo ser un obligado comps de prdida, sino tambin las sucesivas formas de reorganizacin, de recolocacin de lo existente para proseguir.

Pocas veces se ha contado la vibracin de eso irreversible como en El amante de los caballos, primer libro de relatos de Tess Gallagher. En castellano habamos empezado a leerla dentro de la memorable antologa de seis poetas norteamericanas, Las conjuradoras, que public Nol Valis en 1993. Poetas de los aos 70 y 80 (Gregg, Olds, Stanton...), que seguan a la explosin fundadora de las dcadas anteriores (Plath, Sexton, Rich, Levertov, Atwood...). Todava ahora apartadas de un canon siempre masculino, introducan un giro decisivo con su simultneo nombrar lo real y abrir lugares de oscuridad, contar lo cotidiano junto con su misterio. No deja de ser irnico que Gallagher (nacida en 1943 y con una notable obra potica) sea hoy sobre todo conocida por haber compartido los diez ltimos aos de la vida de Raymond Carver, hasta su prematura muerte en 1988; el resto de sus libros traducidos (El puente que cruza la luna, Carver y yo) lo han sido a la sombra de ese hecho biogrfico, mientras lo esencial de su escritura queda por descubrir.

Irnico es tambin y quiz necesario, a la luz de esta trayectoria, que sea la extraeza producida por el tiempo vital de las personas la mdula de la mirada de Gallagher. Son relatos cuyo narrador-personaje es (con una sola excepcin) una mujer que habita alguno de los caractersticos no-lugares americanos: casas aisladas, no se sabe si en la ciudad o en el campo, sin apenas vecinos, sin contacto con nadie salvo en el trabajo, en la visita de un viajante o un mendigo. Gentes sin empleo o con empleos precarios, que hacen continuas mudanzas por motivos laborales, emprendedores con toda clase de ocupaciones (la difusin de la lana de llama, por ejemplo, o restaurar la casa en que se habita para venderla luego y empezar a restaurar otra): el retrato ntido y spero, crudo y estril, de una sociedad flexible, como la que dicen nos ayudara a salir de la crisis si la emulramos.

Y, ah, el jugo de la vida que, en cuentagotas, ofrecen las palabras. La vendedora de cosmticos, el deshollinador, la vecina que peda una barra de pan... se confan al primer sntoma de que hay alguien qu importa si desconocido que escucha. Los relatos de Gallagher son el cuenco en que esas gotas se depositan, el que evita que se derramen y pierdan. La escritura ha dicho es el nico sitio que nos queda para poder sentir el dolor. La tristeza ms punzante recorre estos espacios y deja al lector su amargura tras asistir a la contemplacin de una vida comn, capaz de abrirse en las palabras que la nombran a una emocin infrecuente, el asombro ante su intensidad.

Se trata de una clase de prdida que solo por este medio cabe asumir, la prdida que se es: El rbol estaba en un acantilado. El viento le haba dado forma. Lo mirabas y aprendas. Aprendas que no le haban dado una oportunidad para crecer de otro modo. Asumir, segn la ley de lo irreversible, y abrazar el camino restante. As ha visto Tess Gallagher su escritura, como un pacto con la tristeza: la tristeza domina el texto como materia pura del existir, pero no anula nunca el tacto, las sutiles formas del relieve. Y hasta las palabras ms banales o gastadas quedaran entonces abiertas a una nueva energa, capaz de seguir encendindolas: poco a poco se puso a hablar como habla alguien desesperado que solo dispone de palabras.

Lecturas:

Tess Gallagher, El amante de los caballos. Traduccin de Antonio-Prometeo Moya. Barcelona, Anagrama, 2011.

Dino Buzzati, El desierto de los trtaros. Traduccin de Esther Bentez. Madrid, Alianza, 1976.

Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Traduccin de Manuel Garca Velarde. Madrid, Alianza, 1983.

Varias autoras, Las conjuradoras. Seis poetas norteamericanas. Edicin de Nol Valis. Ferrol, Esquo, 1993.

Simone Weil, Pensamientos desordenados. Traduccin de Mara Tabuyo y Agustn Lpez. Madrid, Trotta, 1995.

(Este texto ha sido publicado en La sombra del ciprs, suplemento del diario El Norte de Castilla)



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