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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-01-2016

Fin de ciclo o ciclo del fin?

Rafael Bautista S.
Rebelin


Una grandilocuente narrativa invade los cielos que haban proyectado los procesos populares en Latinoamrica. Se anuncia su ocaso a los cuatro vientos. Los analistas dicen amen y los medios dirigen las endechas anticipadas de un velorio que creen inminente. Pero se olvidan de algo: lo que vivimos no fue un ciclo. El estribillo de los ciclos son recurrentes en una visin anquilosada de la historia (de leyes metafsicas que sostienen una regularidad ms all de la praxis humana) propia de la izquierda del siglo XX y ahora, al parecer, de lo que queda de la derecha reciclada; lo cclico es, ms bien, esa visin que sirve de muletilla a pronsticos oraculares travestidos de anlisis poltico. De lo que se trata es siempre de darle una direccionalidad a los acontecimientos, lo cual ya significa determinar el sentido de estos. Por eso la historia no es lineal y no se compone de ciclos, estos son apenas una percepcin esquemtica de las coyunturas. La historia, en cuanto patrimonio humano, es siempre creacin histrica y no simple medicin cronolgica, es decir, es el escenario en que la libertad humana desafa toda regularidad.

Lo que pretende la narrativa del fin de ciclo es, de modo premeditado, disolver el horizonte de referencia emancipatoria propuesto, sobre todo, por los pueblos indgenas; porque aquella sealacin maniquea que se hace de los gobiernos, busca disolver en su ambiguo desempeo los nuevos contenidos que, como proyecto poltico, constituan la novedad que hizo tambalear las certidumbres propias de la poltica y del Estado moderno-liberal.

Reducir todo a los errticos desempeos gubernamentales es disolver la misma potencia revolucionaria popular en los avatares de su lite circunstancial. Por eso la narrativa del fin de ciclo es ms que una descripcin, porque actualiza aquella retrica aristocrtica que condena toda rebelin popular como deicidio, para as justificar su persecucin y aniquilacin. Eso desde Cicern (contra Catilina) hasta Margaret Thatcher y la doctrina Bush (el mismo Popper se dedic a demonizar a los que queran el cielo en la tierra; esos utpicos son ahora los populistas, los que encienden las demandas populares; contra estos va dirigida la nueva cruzada en forma de narrativa). La consigna neoliberal de no hay alternativas fue slo posible destruyendo toda otra alternativa. Slo de ese modo pudo haberse impuesto la cultura neoliberal en el imaginario social del individuo moderno (que no admite perdedores, slo ganadores).

Aunque se crea libre y forjador soberano de su destino, sigue haciendo de la tragedia griega la escenografa de su propia fatalidad: la libertad es slo posible mientras los dioses duermen. El caso de Grecia es ms que casual. Ya no son los dioses del Olimpo o el dios de la cristiandad sino el dios capital y el mercado (ante los cuales se inclina toda la institucionalidad financiera como la Troika, que poco le importa el pueblo, la democracia o la justicia que religiosamente ofrece cuotas de sangre al apetito insaciable de los nuevos dolos modernos). Ante estos continua el sacrificio inevitable de una humanidad rehn de poderes omnipotentes que actan al margen de la propia vida.

La narrativa impuesta es parte de la normalizacin que impone un mundo que se resiste a otro orden que no sea el que impone la supremaca nica de USA. Esta es la doctrina que prevalece entre los neocons o halcones straussianos, como nica poltica exterior gringa. Por eso el fin de ciclo no se dirige slo a Latinoamrica sino tambin a los BRICS, en especial a Rusia y China y a toda otra disidencia que pretenda objetar la supremaca gringa: se acab el recreo, o capitulan o los aplastamos. Se trata de sobrevivencia cruel. El mundo ya no es unipolar y, aunque ahora tripolar (despus del revs ruso en Ucrania y Siria, y la admisin del FMI del yuan como cuarta divisa de reserva mundial), la actual guerra fra (sobre todo financiera, como guerra de divisas) est reconfigurando la nueva cartografa geopoltica global, hacia una multipolaridad que podra desembocar en una ceropolaridad. El desafo de esto consiste en que, sin centro nico, el equilibrio dependera de la complementariedad de apuestas civilizatorias sin pretensin hegemnica.

El fin de ciclo forma parte del smart power que disearon los think tanks gringos para desestabilizar la legitimidad de los procesos que se haban venido desencadenando a principios del nuevo siglo. Hacerlos aparecer como una aventura episdica formaba parte de la desarticulacin de la conciencia popular que estaba promoviendo un nuevo sentido comn en torno a la recuperacin de soberana y mayor democratizacin econmica en los pases del ALBA. Esto repercuti hasta en el primer mundo y, como en el pasado, ha sido muestra de que fue siempre esta parte del mundo la que transmiti ideales emancipatorios incluso a la misma Europa. La orquestacin de esta ltima narrativa forma parte de la estrategia geopoltica de la especulacin financiera contra las economas emergentes (por eso los nuevos tratados comerciales son ms despiadados y, por ello mismo, precisan demoler toda aspiracin popular para, de ese modo, arrasar con todo lo que queda, pues lo que queda no es mucho y los pobres salen sobrando en las apuestas del capital global).

La estrategia es clara; ante una reconfiguracin del tablero geopoltico, todo se trata de sobrevivir y, si es posible, en las mejores condiciones. La apuesta de las burguesas de Brasil y Argentina van en ese sentido, pues los nuevos tratados comerciales que disea USA para frenar la hegemona china, supone aperturar el mercado continental al Pacfico, lo cual implica una lucha de mercados que disminuye el margen de accin de los actores latinos, quienes, gestionando mayor participacin y viendo slo lo inmediato, no hallan ms opcin que aliarse al gran capital que, a travs de las transnacionales, es quien dictamina los contenidos de los tratados que, en su mayora, son firmados a espaldas de los pueblos.

El gran capital slo puede garantizar un nuevo ciclo de acumulacin global sobre la derrota absoluta de los pobres, lo cual significa hoy la derrota de la humanidad y del planeta. Por eso la nueva plusvala que produce el capital consiste en la acumulacin del fracaso histrico que promueve una transferencia resignada de voluntad de vida; el capital no es slo un proceso de valorizacin del valor sino de transferencia sistemtica de voluntad. Un individuo fracasado no tiene voluntad y su nico afn se reduce a sobrevivir, no importa cmo; lo que promueve ahora el capital es la atomizacin de las expectativas, de modo que stas se circunscriban exclusivamente a mezquinas opciones de pueril sobrevivencia (la lucha de todos contra todos es necesaria para el desarrollo del capital, por eso las guerras se convierten en magnificas oportunidades de nuevos procesos de acumulacin). En estas condiciones no puede haber historia, tampoco poltica, porque si el ser humano no es creador de acontecimientos tampoco puede siquiera imaginar proyectos de expectativas comunes.

Entonces, la estrategia actual de acumulacin global de capital y su actual narrativa, confirma la clarividencia de los poderes fcticos ante la interpelacin que los pueblos indgenas han originado en este nuevo siglo: otro mundo es no slo posible sino ms necesario que nunca. Hace poco, Charles Krauthammer, en el Washington Post, de modo enftico sealaba que, desde la cada de la URSS, algo nuevo haba nacido, un mundo unipolar dominado por un nico sper-poder sin rival alguno y con un decisivo alcance en cada rincn del planeta. Un nuevo escenario que aparece en la historia, jams antes visto desde la cada del imperio romano. Es ms, ni siquiera Roma es modelo de lo que es hoy USA. Esto expresa la doctrina Wolfowitz como primer objetivo de la poltica exterior gringa: prevenir cualquier ascenso de un nuevo rival, ya sea en la ex URSS o en cualquier otro lado; de ese modo asegurar el dominio de regiones cuyos recursos puedan, bajo control, consolidar el poder global.

Esto quiere decir que el poder es tambin una cuestin de percepcin. USA hace de su percepcin la plataforma de propaganda global que moldea la despolitizacin global como el terreno para imponer un mundo sin alternativas. Ya no se trata slo de desmovilizar a la gente sino de abandonarla en la inaccin total (lo cual tambin se logra mantenindole ocupado, por eso el trabajo se realiza ahora bajo presin; los individuos creen superar sus problemas sumergindose en sus trabajos, pero lo nico que logran es alienarse de s mismos y que la fuerza requerida para recomponer sus vidas sea transferida a la reproduccin del capital). Esto quiere decir que, cuanto ms se valoriza el valor, ms voluntad de vida se nos expropia. El capital es ahora el creador y el ser humano su creatura. Hacerlo a su imagen y semejanza significa constituirlo en capital humano. Por eso hasta en sus sueos no puede haber otra cosa que acumulacin. La invasin de los sueos es una poltica del mercado total; si se puede moldear los sueos y las expectativas entonces no hay lugar para el espritu utpico y sin ste no puede haber poltica.

Ese es precisamente el fin de toda narrativa del fin: acabar con el espritu utpico. Pero la utopa es condicin humana; sin esperanzas, sueos o utopas, no puede haber existencia humana y, en consecuencia, tampoco historia. Por eso la narrativa del fin de ciclo no es otra cosa que la reposicin de aquella otra, que nos impona el fin de la historia. Ambas se disean para desacreditar toda posible alternativa y, de ese modo, imponernos un mundo sin alternativas.

Un mundo sin alternativas es el paraso neoliberal. Por eso, ante la narrativa del fin de ciclo, debemos oponer otra: el fin de siglo. Porque el ciclo no era ciclo y lo que pareca una continuidad en la regularidad cclica del capital era, en realidad, una ruptura epocal. Para ingresar a una nueva poca, era necesario dejar atrs el siglo de oro del capitalismo y, paradjicamente, tambin, el siglo de la izquierda. Por eso los siglos no terminan o acaban en las fechas; si no hay capacidad histrica para ingresar a una nueva poca, entonces son los eventos los que condenan aquella incapacidad (Europa ingresa dramticamente al siglo XX con la primera guerra; su no adecuacin a las nuevas circunstancias da lugar al surgimiento de un nuevo poder que se impone definitivamente en la segunda guerra).

En Bolivia habamos ingresado al siglo XXI el 2003, por eso incluso la guerra del gas, que sucede en octubre de ese ao, anunciaba ya la tnica geopoltica que iba a desatar la lucha global por el control de los recursos energticos. El horizonte del vivir bien anunciaba la transicin civilizatoria necesaria ante la orfandad utpica que carga la decadencia del mundo moderno, el Estado plurinacional pona en cuestin el concepto decimonnico del Estado moderno-liberal, y la descolonizacin remataba con el urgente desmantelamiento de la provinciana visin que el primer mundo se haba hecho del resto. Por eso la insistencia: el poder es tambin una cuestin de percepcin; si la percepcin no cambia, tampoco cambia el mundo. La descolonizacin va por ese lado. Si no somos capaces de proponer una nueva narrativa histrica ms all del eurocentrismo reinante hasta en la izquierda, entonces, nuestras respuestas polticas, a preguntas actuales de profunda novedad, seguirn siendo las mismas viejas respuestas del siglo pasado.

El mundo est cambiado radicalmente, pero las percepciones continan moldeando estos cambios bajo esquemas ortodoxos. Los economistas perciben, por ello, slo lo que el capital permite percibir: que esta crisis no es sino uno ms de los ciclos acostumbrados del capital. Por eso tambin, a nivel global, se posponen decisiones apremiantes ante la crisis climtica y se insiste en una confianza hasta cndida en el mercado y el capital. El mundo moderno ha producido una suerte de servidumbre voluntaria a fetiches que deciden sobre la vida y la muerte como autnticos dioses.

Los gobiernos de izquierda, incapaces de generar un nuevo espritu utpico, porque no pueden superar su siglo de referencia, tampoco pueden asumir los desafos que conlleva un trnsito hacia un nuevo horizonte, que es lo que viene proponiendo el nuevo sujeto de una poltica trans-moderna. Todos los anlisis geopolticos insisten que el mundo est experimentando una transicin civilizatoria, lo cual significa implcitamente que el mundo moderno y su disposicin antropolgica y geopoltica centro-periferia est por concluirse. Esta situacin es la que avizoran los think tanks del primer mundo y, por ello mismo, son los ms interesados en preservar la provinciana percepcin imperial como realismo poltico. La cuestin es que si no hay alternativas, entonces lo nico que nos queda es defender lo que hay como lo nico posible. Pero lo que hay es lo que nos est conduciendo, a la humanidad y al planeta, a la imposibilidad de la vida. Entonces, cambiar de percepcin ya no es cuestin de pareceres sino de apuesta vital.

Desde Marx sabemos que la realidad que ha producido el capitalismo est invertida. Lo que toman por realismo los analistas es esta realidad invertida. Ponerla de pie significa restaurar en nosotros mismos la condicin de sujetos. La realidad es produccin humana, la objetividad del mundo es produccin de subjetividad. La capacidad de ser sujeto consiste en ser causa y no efecto de lo que se vive. Las leyes que actan a espaldas de los actores son producto de la fetichizacin de las relaciones mercantiles. La expansin de stas al infinito es el neoliberalismo. Por eso no se trata slo de una economa sino de toda una cultura: necesita producir un individuo acorde a este tipo de expansin y, mediante el tipo de produccin y consumo actual, lo que produce es el vaco de voluntad de un alguien que vive una sucesin de instantes sin proyeccin alguna, por eso hasta en su voto manifiesta un puro acto emocional sin criterio poltico alguno.

Frente a esta situacin, lo que deban proponerse los gobiernos de la regin, era disputar el universo simblico de las expectativas histricas. Frente a la crisis civilizatoria del mundo moderno y fieles al horizonte de una nueva forma de vida lo que llamamos vivir bien , deban proponerse la constitucin de una nueva subjetividad como trasfondo de una nueva forma de produccin y consumo. Porque no se trata slo de sacar gente de la pobreza, sino de que ellos sean los protagonistas de una nueva forma de vida. De lo contrario, en ese ascenso social se vuelven conservadores y una vez mejoradas sus condiciones de vida y contemplando siempre su xito como xito individual (asumiendo el modelo empresarial), abandonan el proyecto que los sac de la pobreza. Defender lo logrado, de modo individual o corporativo, se convierte entonces en tierra frtil de un neoconservadurismo.

Si recordamos, las primeras medidas ms revolucionarias de la revolucin cubana no son econmicas sino culturales: la creacin del ICAIC (donde aparece la Trova cubana) y la Casa de las Amricas. Porque una revolucin que no produce al sujeto de esa revolucin, inevitablemente fracasa (por eso el proceso de cambio en Bolivia se identificaba originalmente como una revolucin democrtico-cultural). En eso se distinguen reforma de revolucin. Lo que distingue a una revolucin es la proyeccin de un nuevo horizonte de vida como fundamento de una transformacin de las estructuras mismas que sostienen al mundo que se quiere dejar atrs.

Por eso debamos producir la capacidad de ingreso auto-consciente a una nueva poca; pero la colonialidad de una izquierda que, muy a su pesar, reedita la paradoja seorial, evidencia la contradiccin reinante de un desempeo gubernamental que no se corresponde con los sentidos que se deducen del nuevo horizonte del vivir bien; por eso sus apuestas siguen siendo modernas, persiguiendo el mismo desarrollo y progreso que han originado la crisis climtica actual.

Ni la izquierda ni la derecha estn a la altura de los desafos del nuevo siglo; por eso la derecha no puede proponer ninguna alternativa que no sea la reposicin de la hegemona del dlar en nuestras economas (lo cual no constituye alternativa alguna ante la decadencia del dlar), tampoco podran cancelar las conquistas sociales para favorecer a una elite cada vez ms inclinada al desmantelamiento estatal como condicin sine qua non de su sobrevivencia en la economa global patrocinada por la especulacin financiera. En medio de la actual incertidumbre, a propsito del colapso del dlar y la economa mundial, las elites latinoamericanas carecen de ms opciones que no sea morir con el dlar (porque no se trata slo de una moneda sino de una forma de vida). Persistir en ello es cuestin vital para ellas y eso manifiesta su ms acabada colonizacin.

Lo que viene sucediendo en Argentina es muestra de la urgente necesidad que tiene el dlar de deshacer definitivamente la soberana de nuestros Estados y sostener sobre nuestros recursos estratgicos las pretensiones de su supremaca global. Por eso cuando nos referimos al fin de siglo, no lo hacemos en los trminos de fin de ciclo, porque no se trata de un cambio automtico ni de una sucesin natural. Se trata de una sintomatologa epocal que precisa de la intervencin decisiva de los pueblos, aun a pesar de una dirigencia que no rene las condiciones de una nueva apuesta. No se trata de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer, sino de que los poderes fcticos han colonizado la percepcin de los acontecimientos, de modo que produce, hasta en las apuestas de izquierda, una resignada admisin de que lo nico posible y deseable son las ilusiones del mundo moderno: un crecimiento sin lmites y un desarrollo y progreso infinitos. Vale, para estos, la sentencia que hace Kenneth Boulding: cualquiera que crea que el crecimiento material infinito es posible en un planeta fsicamente limitado, o es un loco o es un economista. El capitalismo es imposible sin crecimiento, pero un crecimiento ilimitado o un progreso infinito no slo es iluso sino suicida, porque lo nico que crece, en cuanto acumulacin de capital, lo hace a costa de la vida misma. El siglo XX fue el siglo del progreso. Capitalismo y socialismo son hijos de ese paradigma, por eso nunca cuestionan a la sociedad moderna, porque es tambin la sociedad del progreso. Pero esta sociedad es imposible sin fuentes infinitas de energa, es decir, abundante, continua y barata. En un siglo de vigencia de este paradigma, se han producido los mayores daos ecolgicos jams antes experimentados. Persistir en ello constituye la ceguera moderna que abraza tambin la izquierda, y es lo que no le permite ingresar, de modo consciente, al nuevo siglo.

Un siglo no acaba cambiando de nmeros. El siglo XX ha sido el triunfo del capitalismo, porque hasta la izquierda, a pesar suyo, no fue capaz de superar el horizonte civilizatorio que lo sostena. Por eso se presenta incluso ms moderna que cualquiera, no teniendo en cuenta que modernidad y capitalismo son el entrelazamiento perfecto de una forma de vida que, desde 1492, ha venido destruyendo toda otra forma de vida para aparecer ella como la nica posible (as como el protestantismo se presta, de modo ms eficaz, a terminar lo que la iglesia catlica no pudo, o sea, extirpar la idolatra del corazn del indio; as tambin la izquierda siempre se afan en concluir el proyecto de la derecha: acabar con el indio es ms eficaz cuando ste renuncia a su propia forma de vida). Para que un nuevo siglo nazca plenamente, se debe reunir las condiciones existenciales que permitan el abandono del siglo pasado. El fin de ciclo no anuncia nada nuevo sino la imposibilidad de dejar atrs lo viejo conocido y, de ese modo, conservar a toda costa un mundo sin alternativas.

El fin de ciclo describe una situacin tpica que coincide con la retrica apocalptica del fin de los tiempos; con ello se insiste siempre en la cancelacin de toda alternativa posible. El milenarismo actual da lugar a una marcada inaccin pertinente a la conservacin de lo establecido. Pero la perorata del fin esconde que, con el fin de algo no acaba todo sino ms bien empieza algo, y ese algo, slo puede ser algo nuevo.

Por eso el fin de ciclo es ms bien otro repetido ciclo del fin. El miedo a enfrentar lo nuevo produce la dramtica paralizacin de la contemplacin del posible fin de todo. Es curioso cmo el individuo moderno, gracias a su tele-adiccin, es capaz de imaginar el ms terrible de los escenarios de una catstrofe nuclear, pero es incapaz de imaginar lo contrario; formateado por la esttica del desastre, se halla inhabilitado para algo ms que no sea la pura contemplacin hasta morbosa de un fin apocalptico. Esta inaccin produce su despolitizacin, es decir, su incapacidad de cambiar la fatalidad que tiene enfrente.

Cuando el comandante Chvez dijo que lleg la hora de los pueblos, no se equivocaba, pero, como dijo tambin Fidel, la revolucin slo ser posible cuando el pueblo crea en s mismo. Es menester que nuestros pueblos vuelvan a creer en s mismos, para superar esta coyuntura. El mundo est cambiando y, en ese contexto, no encontraremos mejor lugar para lograr nuestra definitiva independencia. Ante la amenaza de una conflagracin nuclear (pues ya sabe la OTAN que no puede vencer a Rusia, y menos a la alianza China-Rusia, en una guerra convencional), como nica opcin de reposicin de la supremaca del dlar, slo la movilizacin del sur puede desencadenar una reconfiguracin geopoltica restauradora.

Para dejar de ser periferia hay que dejar de ser consciencia perifrica. El centro es centro gracias a nuestra transferencia sistemtica de voluntad, ya que seguimos creyendo en su forma de vida y deseando su riqueza, cuando es sta la causa de nuestra miseria. Si hasta en la alimentacin ya se sabe que lo ms racional es volver a lo nuestro, en economa lo ms racional sera para producir para reproducir la vida y ya no exclusivamente la ganancia. Eso no produce ricos pero tampoco produce miseria. La crisis climtica slo ser resuelta si se restaura el equilibrio sistmico de la naturaleza, como condicin adems de restaurar el equilibrio que, como humanidad, hemos perdido en el mundo moderno.

Parte de la restauracin de ese equilibrio consiste en no someterse a otro ciclo sino en potenciar lo que habamos logrado como pueblo: un nuevo horizonte de vida. La humanidad est hambrienta de alternativas, pero eso no nace de arriba sino se construye desde abajo. El mundo seguir siendo el mismo si nuestra percepcin es la misma, esto confirmar nuestra condicin perifrica; pero si cambiamos de perspectiva, el mundo ya no ser patrimonio de la visin de unos cuantos y lo que pareca imposible se har posible. Lo ms verdadero de los pueblos son sus mitos, la verdadera fuerza proviene de ellos. Porque en ellos se encuentra el espritu que ha hecho posible su resistencia y es lo que har posible nuestra liberacin definitiva. Por eso ante el anuncio del fin de ciclo responderemos con el renacer de un nuevo tiempo.

 

Rafael Bautista S., autor de la Descolonizacin de la Poltica. Introduccin a una Poltica Comunitaria. Dirige el taller de la descolonizacin en La Paz, Bolivia.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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