Portada :: Espaa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2016

El historiador Emmanuel Rodrguez publica Por qu fracas la democracia en Espaa (Traficantes de sueos)
El Rgimen del 78, traiciones y renuncias

Enric Llopis
Rebelin


Encuentros, comidas, actos pblicos y, pasado un tiempo, libros de memorias y autobiografas. La Transicin se hizo comiendo. La cena poltica fue el medio privilegiado que nuevas y viejas lites, franquismo y oposicin, titulares y aspirantes, encontraron para conocerse, hablar lo fundamental, definir posiciones ante los primeros pactos y llegar a los primeros arreglos. En restaurantes, bajo la cortesa de grandes figuras, a travs de intermediarios privilegiados.... Despus de las amables presentaciones y los primeros platos, los comensales entraban en materia. El socilogo e historiador Emmanuel Rodrguez Lpez define de este modo el teatro, la escenografa y las formas que envolvieron la Transicin espaola. Pero la esencia de las cosas resida en otro lugar. Si la Transicin fue el resultado de un pacto entre las lites, que dio lugar a una clase poltica nueva (a partir de los restos del franquismo poltico y las lites del antifranquismo), el elemento capital remita a la economa. El profesor de Geografa Poltica de la Universidad Complutense sintetiza la razn de este gran acuerdo en su libro Por qu fracas la democracia en Espaa. La Transicin y el rgimen del 78, publicado por Traficantes de Sueos en 2015: La necesidad de cerrar la crisis social y econmica que presidi el fin del franquismo y que haba venido empujada por la clase obrera.

En otros trminos lo apunta el miembro de la Fundacin de los Comunes y el Observatorio Metropolitano de Madrid en este libro de 385 pginas: La clave del proyecto reformista, y en todo momento su urgencia, descansaba sobre un gran acuerdo social tanto o ms importante que el acuerdo poltico. De ah la relevancia de los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977). En 1970 se produjeron 817 huelgas (cuatro veces ms que en 1966), en las que participaron ms de 300.000 huelguistas, mientras que en 1976 el nmero de conflictos aument hasta 1.568, en los que se implicaron 3,5 millones de trabajadores. Fruto de las luchas obreras, los salarios reales medios acumularon un incremento de casi el 40% entre 1970 y 1976, cuando la productividad lo hizo en un 23,7%. En 1977 el alza de los precios alcanz el 25%. La ofensiva obrera, las huelgas, la revuelta de los salarios, asustaban, en primer lugar y con toda razn a los empresarios; pero tambin amedrentaban al estado, sostiene el autor. La prdida de horas de trabajo por absentismo multiplicaban por cinco o seis las producidas por las huelgas. Adems, desde finales de los 70, numerosas factoras que los empresarios haban abandonado fueron autogestionadas por los trabajadores en rgimen legal precario.

El polvorn obrero ha merecido menor atencin en la historiografa oficial que la leyenda de los prceres. Sin embargo, la dcada de los 70 se inici con una huelga de la construccin en Granada, en la que murieron tres trabajadores. Y continu un ao despus con la ocupacin de la SEAT en Barcelona y el conflicto en la empresa Harry Walker. En 1972 se sucedieron huelgas generales en Ferrol (marzo) y Vigo (septiembre); en 1973, en Pamplona; y un ao despus la temperatura aument con huelgas generales tanto en la comarca catalana del Baix Llobregat como en la ciudad de Alcoy. Qu balance cabe realizar de esta escalada reivindicativa, que en ocasiones moviliz a ciudades enteras con paros totales y asambleas masivas? Emmanuel Rodrguez Lpez subraya el alcance de los logros: Normalmente acabaron con la imposicin, a veces sin paliativos, de las reivindicaciones obreras. El historiador, autor de libros como Hiptesis democracia (2013) y El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrpolis de la abundancia (2003), marca en rojo una seal en el invierno de 1976, cuando ms de un milln de trabajadores se implicaron en diferentes conflictos. Podan localizarse los focos en las cuencas mineras asturianas, la construccin en Valladolid, la metalurgia en Valencia y Barcelona, el cinturn industrial y los servicios en Madrid o los astilleros de Gijn. Quizs en ningn otro momento se estuvo tan cerca de una situacin de huelga general: masiva, prolongada, de salida incierta.

El proceso de movilizaciones y protestas obreras cristaliz en Vitoria. Fue el captulo ms avanzado de la mayor oleada de huelgas del franquismo, resume Rodrguez Lpez. En la Iglesia de san Francisco de Asis, en el barrio obrero de Zaramaga, haba congregadas ms de cinco mil personas. En medio de los llamados a la huelga general, convocatorias de asambleas, paros y enfrentamientos con la polica, los agentes lanzaron botes de humo y dispararon fuego real. Es el tres de marzo de 1976, y los hechos terminan con cinco muertos y ms de un centenar de heridos. Fraga Iribarne, entonces ministro de la Gobernacin, se refiri en trminos literales al soviet de Vitoria. De todo el proceso, el autor de Por qu fracas la democracia en Espaa resalta el fuerte componente autnomo de la organizacin obrera, manifiesto en las asambleas y las comisiones de fbrica. Se trataba, en palabras de la poca, de luchas unitarias (incluan a todos o la mayora de los obreros, cualesquiera que fueran los ncleos u organizaciones) basadas en reivindicaciones concretas e inmediatas. A pesar de las debilidades -actuacin en la clandestinidad, represin y falta de definicin ideolgica, a lo que se suma la competencia partidaria por la hegemona interna-, el socilogo, historiador y profesor de Geografa considera que la clase obrera fue el sujeto de ruptura -desde un punto de vista concreto y material- con la dictadura franquista y el modelo de acumulacin desarrollista. Sin embargo, fue otro el sujeto histrico que protagoniz la Transicin.

Las clases medias constituan la base del franquismo sociolgico o, en trminos de Fraga Iribarne, la mayora natural de Espaa. Tambin uno de los grandes logros de la dictadura. Trabajadores del tardofranquismo, aspirantes a conseguir un lugar en la sociedad de consumo formaban parte de las clases medias. El 4% de los hogares espaoles posea frigorfico en 1960, porcentaje que se eleva al 87% en 1974; en el mismo periodo, la televisin pasa del 1 al 90% y la lavadora del 20 al 60%. El coche, que en los 60 se poda considerar un artculo de lujo, estaba una dcada despus a disposicin de la mitad de las familias. La vivienda en propiedad como garanta de orden fue algo ms que una aspiracin de los prohombres franquistas: el 68% de los hogares eran propietarios de una vivienda en 1975.

Adems de multiplicarse la poblacin con estudios, en los quince aos comprendidos entre 1960 y 1975, la renta real de los espaoles se duplic. Pero con independencia de los grandes nmeros de la Sociologa, Emmanuel Rodrguez hila ms fino y penetra en lo que llama la Generacin de la Transicin o, en otros trminos, la nueva clase poltica de la democracia y la lite del pas durante las dcadas siguientes, en los estamentos profesional, cultural y acadmico. De familia acomodada y nacidos en los aos 30 (o la posguerra), ingresan en la universidad en la mitad de los 50. Participaron en el movimiento estudiantil, el PCE, la izquierda comunista o el radicalismo catlico. Despus, con los aos, forjaron la memoria de la lucha antifranquista, apunta Rodrguez Lpez, que reproduce no las duras batallas de la fbrica sino las vivencias estudiantiles, como las carreras delante de los grises o las detenciones arbitrarias.

En una poca menos enmaraada por el lenguaje polticamente correcto que la actual, el empresariado responda con la movilizacin contundente, y sin embozos, a los desafos de la izquierda. Se pudo comprobar el cinco de diciembre de 1978, cuando 13.000 empresarios se reunieron en el Palacio de los Deportes de Madrid segn las consignas de la CEOE: Reaccionemos; Unidad, libre empresa y prosperidad. Pese a las proclamas, la situacin de partida no les resultaba precisamente desfavorable. A la altura de 1975 unas 200 familias, presentes en los grandes consejos de administracin, controlaban ms de un tercio de las acciones cotizadas en bolsa. Un ao antes de la muerte del dictador, el 10% ms potentado de la poblacin espaola concentraba casi el 40% del total de la renta, mientras que la mitad con menos recursos se quedaba en el lmite del 20%. Ms an, en trminos reales las familias con rentas ms bajas soportaban una mayor presin fiscal que las ubicadas en los estratos superiores. Este desequilibrio en el reparto de la riqueza, esta inequidad fiscal, se produca en 1978 pero tambin en 1982. Si se produjo un incremento del gasto pblico, fue a costa de la emisin de deuda. El Estado sigui siendo barato, muy barato, para el capitalismo familiar espaol, concluye Emmanuel Rodrguez.

En el mundo de los partidos, la UCD se configur como la opcin de menor riesgo frente a una izquierda a la que se sealaba como anclada en el maximalismo y la lucha de clases, pero tambin ante los embates de una derecha nostlgica, Alianza Popular (AP). Surez (antiguo jefe del Movimiento) en lo sustancial deca pretender lo mismo que los partidos de izquierda, la democracia. A pesar que en mayo de 1978 Felipe Gonzlez anunciara a los periodistas la prxima renuncia del PSOE al marxismo, y de que en diciembre de 1977 Carrillo se expresara en trminos parecidos respecto al leninismo (en ambos casos, sin consultar con nadie, apunta Emmanuel Rodrguez), las estrategias discursivas, al igual que hoy, recurran al discurso del miedo. Dos das antes de las elecciones de febrero de 1979, Adolfo Surez defenda su candidatura en RTVE apelando al humanismo cristiano, frente al materialismo de los partidos marxistas, sean socialistas o comunistas. De ello dependa que Espaa se mantuviera en la rbita occidental, o -en caso contrario- que caminara hacia la conversin en una sociedad colectivista.

En cuanto al PSOE, a pesar de su retrica maximalista -apelaba al antiimperialismo, el marxismo, la autogestin y el derecho de autodeterminacin- realmente se convirti en el alterego de la reforma. De hecho, acept sin mucho sonrojo la ventaja que le ofreca el reformismo franquista como interlocutor privilegiado, aclara Emmanuel Rodrguez Lpez. Respecto al PCE y su poltica de moderacin, la direccin del partido fue consciente en todo momento que las formas de democracia obrera deban ser neutralizadas y subordinadas al pacto poltico con las lites del franquismo. ste era el precio de la integracin, la consecuencia de su poltica de alianzas con las clases medias y la manera de laminar la competencia que tena a su izquierda y en el mundo asambleario. Ante un nuevo rgimen que se vinculaba al anterior con elementos discursivos como la modernizacin o la homologacin con Europa, quedaron soterrados el PCE, la extrema izquierda, los intentos de reconstruir la CNT, el movimiento obrero y la contracultura. Qued un concentrado posibilista bajo las siglas del PSOE, apunta el autor de Por qu fracas la democracia en Espaa.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter