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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-01-2016

Tahrir est en la crcel

Luz Gmez
eldiario.es


Hace cinco aos que los egipcios tomaron las calles pidiendo pan, libertad y justicia social. Es lo que se conoce en Egipto como la Revolucin del 25 de Enero, cuya denominacin se remonta a la gran revolucin republicana, la del 23 de julio de 1952. Los tunecinos les haban precedido en unas semanas; en Yemen, Bahrin, Siria, Libia e Irak, pronto les siguieron. El de la plaza de Tahrir fue un momento revolucionario, que aun en un anhelo comn (El pueblo quiere que el rgimen caiga, se coreaba desde Alejandra a Asun) a ciudadanos de generaciones y condicin aparentemente antagnicas: obreros e intelectuales, islamistas e izquierdistas, padres de familia y feministas, gente del campo y de la urbe. Fue un espejismo revolucionario, zanjaron pronto en Occidente los defensores de la estabilidad y la seguridad, que pasaron de cantar la primavera rabe a tildar de invierno islamista unos resultados electorales (la victoria de los Hermanos Musulmanes en las elecciones legislativas) que les resultaban molestos. No les falt la complicidad de las lites locales amalgamadas en la oposicin liberal, que se manifest profundamente antidemocrtica.

La contrarrevolucin se haba puesto en marcha enseguida, casi al tiempo mismo que la revolucin: el Ejrcito egipcio y los petrodlares siempre se han entendido para mantener el statu quo. Si en el verano de 2012 el acceso a la presidencia de Morsi fue tambin un triunfo revolucionario, el golpe de Estado que lo derroc un ao despus fue una obra sublime de estrategia contrarrevolucionaria: el Ejrcito salvador haba acudido en apoyo del pueblo, pues 30 millones de egipcios en las calles pedan la cada de Morsi! As se nos cont una y otra vez, con total impudicia, esto es: que uno de cada tres egipcios haba participado en las manifestaciones pidiendo el derrocamiento del primer presidente civil egipcio, elegido democrticamente pocos meses antes. Hasta tal punto el golpe estaba necesitado de una legitimidad que no le conferan 30 millones de egipcios, que sus artfices no han cejado en sus esfuerzos por rebautizarlo como la Revolucin del 30 de Junio, con escaso xito a pesar de su control de casi todos los discursos que circulan por el pas.

El hipernacionalismo y el miedo han sido las dos estrategias puestas en marcha por el rgimen de Sisi para configurar un nuevo autoritarismo sustentado en el Ejrcito, la polica, la judicatura y los medios de comunicacin. Los lderes religiosos, musulmanes y cristianos, han vuelto a cumplir, adormeciendo a sus fieles, con la tradicin secular de escuderos del poder, y la represin ha hecho el resto. Amnista Internacional o Human Rights Watch dan cifras que ni el rgimen contesta: ya no son solo los 41.000 presos polticos, 2.500 asesinados, 670 condenados a muerte o ms de 3.000 civiles sometidos a juicios militares, todo ello desde julio de 2013. Es adems la cotidianidad de la intimidacin, que no distingue entre islamistas o laicos, hombres o mujeres, y que afecta incluso a antiguos aliados anti Morsi, luego crticos con Sisi. Todo activismo que no sea a mayor gloria del rgimen es perseguido. Solo en los ltimos meses de 2015 se han documentado ms de 300 desapariciones, y la polica ha detenido a decenas de activistas en sus casas, acusados de usar Facebook, la nueva arma terrorista.

Los amigos del Golfo, Arabia Saud y los Emiratos rabes Unidos sobre todo, han acudido en reiteradas ocasiones a remediar el naufragio de la economa egipcia. Desde el da siguiente al golpe hasta hoy. Esta ltima semana saudes y emirates han vuelto a anunciar ms de 500 millones de dlares en ayudas, coincidiendo con la visita a la regin del presidente chino, Xi Jinping, quien a su vez ha comprometido ms de 1.500 millones de dlares en crditos a la banca egipcia, adems de contratos en infraestructuras y energa cuya cuanta exacta se desconoce. Hace meses que la ayuda estadounidense, 1.300 millones de dlares anuales, se descongel tras su suspensin a raz del golpe de Estado. En pocas naciones como en el Egipto de hoy la fortaleza de un Estado muy slido depende tanto del exterior. Es una condicin nueva en su historia, difcil de gestionar cuando el malestar social no deja de crecer por la falta de redistribucin de una riqueza que para los egipcios no tiene otro rostro que el de la corrupcin, el paro y la caresta.

Sobre el sombro panorama de Egipto en este ao V de la revolucin se cierne adems la violencia yihadista. El aumento del terrorismo yihadista que ha acompaado a la estrategia contrarrevolucionaria comienza a volverse contra el rgimen toda vez que el discurso securitario no est acompaado de una mayor inclusin social, como s sucedi en los aos noventa. Si entonces Mubarak abri, a su manera, los canales de la participacin poltica y econmica a sectores sociales hasta la fecha excluidos (por ejemplo, los Hermanos Musulmanes y la nueva burguesa del sector privado), hoy el rgimen de Sisi est volcado en hacer justamente lo contrario. La lucha antiterrorista se lleva por delante los pocos derechos civiles de la poblacin, sin buscar ms complicidades que las del Ejrcito y los cuerpos de seguridad del Estado, convertidos en los nicos mrtires y hroes de atentados que tambin afectan a la poblacin civil.

En este contexto, las condiciones sociales, polticas y econmicas que provocaron el estallido revolucionario de 2011, que se vena insinuando haca aos pero no prenda, siguen vigentes. Es ms, se han agudizado sus peores rasgos, hasta el punto de que el triunfo contrarrevolucionario augura el hundimiento del Estado egipcio, de los principales Estados rabes cabra aadir: dependencia, terrorismo y represin terminarn por socavar las ya de por s mnimas bases de su legitimidad. De ah que el pronstico de que se produzca un nuevo estallido revolucionario no sea un ejercicio de voluntarismo, sino una posibilidad real, una cuestin de tiempo. Los recientes levantamientos de jvenes parados tunecinos han desatado de nuevo las alarmas en toda la regin: Sisi no ha dudado en pedir a los levantiscos tunecinos que sean buenos patriotas, recordndoles lo mal que est la economa en todas partes. Es un discurso de otro tiempo, del tiempo de los grandes lderes carismticos, no del de los presidentes convertidos en emoticonos.


Fuente original: http://www.eldiario.es/contrapoder/Tahrir-contrarrevolucion_arabe_6_477062301.html



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