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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-01-2016

Nos sirve Marx? Se hunde Espaa? Qu organizacin?
Tres debates imprescindibles

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


1. PRESENTACION

2. LA ACTUALIDAD DEL MARXISMO

3. EL PROBLEMA ESPAOL

4. LA NECESIDAD DE LA ORGANIZACIN

1.- Presentacion

Han tenido lugar en Galiza tres charlas-debate sobre otras tantas cuestiones de actualidad: Las tareas de la organizacin revolucionaria; Espaa se hunde? Una visin desde Euskal Herria; y Marx y nosotras/os. Las tres ataen a cuestiones centrales de la lucha revolucionaria en s misma, al margen de las naciones y fases capitalistas en las que sta se libre. Pero en el ahora mismo, en lo inmediato, son tres puntos crticos de debate en las naciones oprimidas por el Estado espaol y en las izquierdas de este mismo Estado, que a su vez se encuentra inmerso en una crisis nueva en la historia del modo de produccin capitalista.

Antes de seguir conviene sentar las bases de apreciacin de la nueva crisis sistmica que ya fueron adelantados en sus elementos centrales [1]. Pero la novedad de la crisis actual ha de ser estudiada dentro de la naturaleza histrica del modo de produccin capitalista en cuanto esencia, en el sentido de la lectura de Hegel por Lenin [2], dentro del desarrollo de sus contradicciones antagnicas, lo que demuestra la posibilidad y la necesidad [3] de su estudio cientfico como momento de la praxis revolucionaria. En este estudio, la cuestin de la crisis socioeconmica y/o poltica es una de las fundamentales porque exige un mtodo de pensamiento que integre al menos cuatro contradicciones parciales --descenso del beneficio, desproporcin entre el Sector I y el Sector II, infra-consumo y sobre-acumulacin [4] -- que, a largo plazo, se rigen por la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia descubierta por Marx [5].

Luego volveremos a esta ley por su importancia filosfica y tica, que no slo econmica; ley tendencial ferozmente atacada por el reformismo y la burguesa desde su primera enunciacin definitiva al publicarse en 1885 el Libro III de El Capital, porque, en su concisa brevedad, sintetiza el concepto de praxis revolucionaria como la consciencia interviniendo en las calderas de las contradicciones irresolubles para orientar su salida hacia un sentido determinado o hacia su contrario: hacia el socialismo y el comunismo, o hacia el capitalismo y el imperialismo. Es esto lo que emerge de la teora de la crisis [6].

Vamos a ordenar las tres ponencias en una sola con el siguiente orden: primero veremos la vala del marxismo en el momento actual lo que nos aporta; despus, avanzaremos hacia el problema espaol intentando usar el mtodo marxista; y por ltimo, nos detendremos en el problema organizativo para encarar el problema espaol. Lo hacemos as porque para analizar el segundo, el imperialismo espaol, y el tercero, la necesidad de organizaciones de vanguardia, necesitamos de una visin panormica, histrica y radical, y esa slo nos la ofrece el mtodo marxista. Por otra parte tambin en lo estatal y en lo organizativo veremos la actualidad del mtodo marxista.

2.- La actualidad del marxismo

Debemos dejar de cometer el error del individualismo metodolgico, forma de interpretar la historia que fortalece a la ideologa burguesa en especial en los debate tericos, donde exclusivamente se confrontan a individuos descontextualizados, como si fueran pgiles ideolgicos en un ring aislado del mundo. Segn eso, no existira una permanente confrontacin mundial entre explotadores explotados desde el origen del capitalismo e incluso, a otra escala, desde el origen de la explotacin humana, sino un cuadriltero ideal en el que un solo pgil, Marx en solitario porque ni siquiera Engels es citado, ha de vencer uno a uno, o a varios a la vez, idelogos del capital. El individualismo metodolgico nos aboca a la larga lucha por poseer a Marx [7] en la que cada corriente, moda intelectual o persona se declara como nico heredero del revolucionario.

La realidad no es as. Al igual que sucede en la historia del pensamiento, de la ciencia, y de la filosofa dialctica en concreto sobre el problema crucial de la verdad absoluta y relativa, cuya conquista como categora es producto de una larga historia anterior [8], tambin sucede otro tanto con el socialismo y el marxismo. Si ambos amigos pudieron desarrollar su teora revolucionaria fue porque estaban dentro de un amplio movimiento socialista internacional del que se alimentaban intelectualmente porque les aportaba buena parte de la herramienta terica en bruto que ellos pulan al contrastarla con sus estudios de las luchas reales, y de esa interaccin mediada por relaciones organizativas algunas de las veces clandestinas surgan sus aportaciones tericas novedosas. Nunca hubieran surgido sin ellas. Desde esta perspectiva, el marxismo o el engelsismo u otra denominacin, hubieran surgido de algn modo [9] en aquella poca porque las contradicciones objetivas estaban ya dadas. Para entender la actualidad del marxismo y las aportaciones que nos hace hay que partir de la larga corriente revolucionaria que empieza a tomar cuerpo terico conforma avanza la dcada de 1840 llegando a hasta nuestros das.

Bien visto, el gran logro de Marx y Engels consiste en haber sistematizado desde la perspectiva de la lucha por el comunismo lo mejor del pensamiento humano anterior al que tena acceso, y de haber elaborado a partir de ah un mtodo revolucionario enunciado en su ncleo elemental. Dado que para explicar este punto crucial necesito un espacio que desborda con creces el lmite de esta ponencia, me remito a dos textos [10].

Qu aportaciones cualitativas elaboraron? Adems de lo que el propio Marx reconoci como la teora de trabajo abstracto, la teora de la dictadura del proletariado, la teora de la plusvala y otras sobre las que no reivindic derecho de propiedad intelectual alguno, para entendernos, como la teora del fetichismo de la mercanca, etc.; adems de estas, s podemos decir que, en una primera instancia, Engels y l crearon tres grandes cuerpos tericos: La crtica de la economa poltica, que integra la teora de la plusvala, de la ley del valor, etc. La crtica del Estado y de la democracia, de la poltica y de los lmites del institucionalismo, que plantea los problemas del pacifismo parlamentario y electoralista. Y la crtica del mtodo burgus de pensamiento en el sentido de que el fetichismo, la ideologa, la abstraccin mercanca, la alienacin expuestos ahora sin precisiones-, hacen que el mtodo burgus de interpretar la realidad es una parte de la estructura de poder imperialista. Precisamente son estas aportaciones [11] las que marcan el antagonismo absoluto con cualquier va reformista, como se vuelve a comprobar ahora mismo.

Las tres aportaciones se caracterizan por dos cosas: una, por ser abiertas, es decir, por estar en un proceso de enriquecimiento y autocrtica permanente en la medida en que la lucha de clases mundial las confirma en su esencia y las mejora en su forma. Alguien ha dicho que La vitalidad de una teora se prueba por las refutaciones que sufre y por las mutaciones de que es capaz sin disgregarse [12]. El marxismo, como praxis colectiva sostenida en las peores condiciones imaginables, demuestra su vitalidad cada vez que los hechos desmontan una a una las sucesivas crticas que recibe. Por ejemplo, una demostracin incuestionable de la veracidad histrica de la ley de concentracin y centralizacin de capitales [13] y de la ley de la depauperacin relativa y absoluta, por citar slo dos leyes tendenciales marxistas, la tenemos en la reciente investigacin de Oxfam segn la cual 62 personas acumulan la misma riqueza que la mitad de la humanidad [14]. Pese a su desconocimiento de Marx [15], Piketty logra aportar datos meramente cuantitativos que con un mtodo reformista [16] confirman, sin quererlo l, las tesis marxistas.

Otro tanto sucede con la contradiccin irreconciliable entre la produccin social y la apropiacin privada, la tendencia ciega a la mercantilizacin absoluta, el aumento de la composicin orgnica del capital en detrimento del capital variable, el ascenso del militarismo y del capital-dinero hacia la financiarizacin, la integracin de la ciencia en el capital constante y su contradiccin con la esencia revolucionaria del mtodo cientfico-crtico...

Fijmonos en esta ltima cuestin, la ideologa burguesa presenta a la ciencia como un absoluto virtuoso, como una prctica limpia y neutral slo enturbiada por la codicia avara de empresarios y militares socipatas sin escrpulos. Incluso hay textos en los que ni se cita el militarismo y la lgica capitalista en el devenir de la ciencia en el siglo XX, sino a los sumo las relaciones entre ciencia y cultura, denunciando suavemente la palabrera posmodernista [17]. Sin embargo se sabe que en uno de los centros que debieran vigilar la virtud de la ciencia, las oficinas de patentes [18], son autnticos campos de batalla en los que se emplean todos los trucos sucios para beneficiar a unas empresas en detrimento de otras, y en perjuicio del progreso de la ciencia liberadora. Otro medio neutral de validacin es la llamada cienciometra [19] que vigila las publicaciones cientficas con parmetros positivistas.

La subsuncin de la tecnociencia en el capital constante es tambin parte del proceso de produccin de ideologa burguesa en la misma dinmica capitalista. La produccin de ideologa es reforzada por la burocracia acadmica, pero El marxismo no es una filosofa acadmica, ni un producto cientfico en el sentido restringido y caracterstico del trmino [20], lo que le libra de los ataques positivistas y de la impotencia del academicismo, del carcter parasitario de tanta supuesta investigacin [21] acadmica mecanicista y anti dialctica [22]. Y es que el mtodo marxista es justo lo contrario de la ciencia social [23].

La otra caracterstica comn a las tres aportaciones citadas es que son la base de otras teoras menos desarrolladas que ambos amigos anunciaron y de las que incluso adelantaron aspectos fundamentales para ulteriores enriquecimientos como el feminismo socialista ya que Marx valoraba la necesidad de existencia de organizaciones independientes de mujeres para defender sus derechos especficos [24]; la reintegracin de la especie humana en la naturaleza hasta el punto de teorizar que la Tierra no pertenece a nadie del presente, sino a las generaciones futuras y que las actuales tienen el deber de entregrsela en mejores condiciones de como la recibieron de la generacin pasada [25]. Y muy unida a esta radical tesis la otra no menos radical de la defensa de los derechos comunales, de los derechos consuetudinarios [26] precapitalistas sobre el libre y racional uso por el pueblo de los bienes colectivos, comunes, no privatizados por la clase dominante.

Veamos ms ejemplos: el estrechamente relacionado con los propiedad colectiva de los bienes comunes, la lucha por el tiempo libre, por el tiempo propio liberado del tiempo del capital, dedicado ahora a esas cosas y actos pequeos, aparentemente nimios e inservibles incluso, pero que conservan en s algo de lo que fue el tiempo precapitalista, y de lo que es esa parte humana que no ha sido vendida o que no lo ha sido totalmente [27] porque El tema central de la obra de Marx es el disfrute humano. La vida buena, para l, no es una vida dominada por el trabajo, sino por el tiempo libre. La realizacin personal en libertad es una forma de produccin, s, pero no una produccin coactiva [28].

Ms adelante volveremos a la vida buena al estudiar la funcin de la dialctica en el momento de optar por la lucha o por la obediencia. Ahora, siguiendo con las aportaciones de Marx y Engels, resalta la de luchar contra la burocracia, la obediencia, la credulidad y la sumisin a la al autoritarismo dentro de las organizaciones revolucionarias; la creciente importancia de las luchas de liberacin nacional; la capacidad burguesa para integrar y alienar a la clase trabajadora en el capitalismo central, el desplazamiento de las revoluciones hacia los pases empobrecidos, la tendencia que va del bonapartismo al fascismo

El desarrollo de aperturas tericas depende tanto de las enseanzas prcticas de la lucha de clases mundial como de las capacidades crticas y autocrticas de los movimientos revolucionarios existentes en su interior, dicho sintticamente, depende de la lucha de las masas como un movimiento desde la prctica, que es en s mismo una forma de teora [29]. Debemos insistir en esta dialctica entre la crtica que la realidad hace al pensamiento y la capacidad del pensamiento autocrtico para aprehender esa crtica objetiva: aqu, en este lenguaje aparentemente hegeliano, radica el secreto del potencial revolucionario del marxismo en cuanto negatividad absoluta de lo real mediante la praxis radical, la que va a la raz de los problemas.

Dependen, en suma, de la lucha revolucionaria estratgicamente dirigida hacia objetivos antagnicos con la civilizacin del capital, lucha que puede resultar victoriosa o ser derrotada. Toda lucha estratgicamente dirigida es una lucha poltica. Cuando, por ejemplo, las luchas sindicales aisladas y con objetivos limitados van coordinndose, acercndose, unificando sus acciones y sus reivindicaciones, sus objetivos ltimos, en este devenir la asociacin adquiere carcter poltico [30]. Y el carcter poltico de la asociacin, del sindicalismo, de las formas organizativas, es inherente a la lectura poltica de la teora marxista, sobre todo de El Capital, el texto ms desprestigiado e incomprendido al acusrsele de determinismo economicista. Sin embargo: la lectura poltica de Marx Es una lectura que en forma consciente y unilateral estructura su enfoque para determinar el significado y la importancia de cada concepto para el desarrollo inmediato de la lucha de la clase trabajadora. Es una lectura que evita toda interpretacin fra y toda teorizacin abstracta para tomar los conceptos slo dentro de una totalidad concreta de la lucha cuyas determinaciones designan [31].

Pongamos otro ejemplo de la lectura poltica y por tanto del carcter poltico de la praxis marxista. La masa de datos disponibles y la cantidad de estudios e investigaciones sobre la situacin del capitalismo mundial muestran que est sumido en un profundo estancamiento de muy larga duracin que, con altibajos, se remontaba a la incapacidad de superar de manera estable y definitiva la tasa media de beneficios alcanzada en la dcada de 1960. Por algunos momentos y tras un salvaje ataque neoliberal sostenido desde la dcada de 1970, el centro imperialista si ha logrado igualar aqul logro. Pero esta recuperacin no es una victoria definitiva del capital que inicia otra nueva fase u onda expansiva, sino slo un respiro fugaz en una parte del sistema mundial porque la tasa media de beneficio a nivel mundial ha cado desde el mximo del 44% en 1869-1870 hasta el mnimo del 18% en 2007-2013, con una tasa media que baja del 40% a poco ms de 20% en las mismas fechas [32].

El modo de produccin capitalista va perdiendo fuelle: entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los fundamentales economistas burgueses clsicos, A. Smith y D. Ricardo, haban intuido esta ley tendencial que empez a confirmarse con las primeras series estadsticas fiables, pero no pudieron y tampoco se atrevieron a profundizar en sus causas. Tampoco lo intentaron sus seguidores, por miedo a la represin, como veremos.

Frente a esta tendencia constatada, hay dos posibles alternativas generales: una, cerrar los ojos y creer que el capitalismo superar sus aspectos negativos e incrementar eternamente la justicia social; y otra, esperar pasivamente a que se hunda por s mismo bien mediante una violenta implosin o bien mediante una suave agona. Dejando de lado la primera opcin por irreal, cualquier forma de la segunda nos lleva a la espera pasiva ya que el futuro estara determinado al margen de nuestra voluntad. Pero esta concepcin fue combatida desde sus primeros textos por Marx y Engels, aunque si descontextualizamos algunos de ellos y los aislamos de su obra general, parece que en determinados momentos adoptan el mecanicismo determinista. No es as: Marx nunca predijo un derrumbe sbito y automtico del sistema capitalista en una crisis final debido a una sola causa econmica [33].

Antes de continuar y dada la importancia de lo que sigue para estos debates, hemos decir que si hay algo que vertebra interiormente a estas aportaciones y a toda la obra marxista en general, eso es la recuperacin de una de las primeras acepciones del trmino dialctica empleado alrededor del siglo VIII, nada menos que por Homero en la Ilada cuando un personaje clave en su obra se enfrenta a la realidad y tras estudiarla con detalle decide pasar a la accin. Segn L. Sichirollo [34], Homero se detiene especialmente en el caso de Hctor cuando cabila si debe enfrentarse a Aquiles sabiendo que tiene todas las probabilidades de morir, y decide que Es necesario luchar.

Pero esta inicial dialctica griega, aun siendo muy actual en cuanto a la necesidad de la lucha, tiene un lado dbil: est clausurada, cerrada, por el destino trgico de Hctor, que anula en ltima instancia su libertad, componente decisivo de la dialctica marxista. Tras poco ms de cuatro siglos, entre finales del IV y comienzos del III, esta limitacin fue superada por el epicuresmo, filosofa atea y materialista que encandil al joven Marx al optar por el cambio y la disfuncin [35]. As se comprende que en 1865 el de Trveris dijera que la lucha era su ideal de felicidad en la vida [36] dentro de una loa al principio de vida buena [37] arriba visto. Fijmonos que se trata de una definicin tica y filosfica, una concepcin del mundo en la que la felicidad es inseparable de la praxis. Hemos superado la dialctica trgica de Hctor y hemos desarrollado la dialctica creativa de Epicuro pero desde una perspectiva superior: ante los problemas, la opcin libre y plena es a la vez opcin coherente con el ideal de felicidad humana aunque sea consciente de que su lucha puede ser derrotada, vencida, acarreando duras represalias e incluso la muerte.

Pero la dialctica es rechazada incluso por las corrientes materialistas ya que si algo caracteriza a las corrientes filosficas que niegan el mtodo dialctico es su incapacidad para comprender la contradiccin. Esto ya era manifiesto en vida de Marx y Engels: Desde su nacimiento, el materialismo dialctico ha de enfrentarse a diferentes adversarios. Todos estn de acuerdo en un punto, explcitamente o no: la contradiccin es para ellos un sinsentido [38]. Sin embargo, es en el desenvolvimiento de la contradiccin en donde ruge la fuerza objetiva invisibilizada que hecha conciencia subjetiva puede dirigir el futuro.

Esta filosofa de la praxis bulle en muchos textos marxistas que en apariencia slo son econmicos, por ejemplo en El Capital cuando se detallan las seis contratendencias [39] que aplica la burguesa para neutralizar y contrarrestar la tendencia a la cada de los beneficios. Hay que decir que Marx analiza minuciosamente seis, pero antes de hacerlo avisa que son las ms generalizadas, es decir que las burguesas aplican otras que menos generalizadas que Marx no analiza. Las seis estudiadas por l son: Una, aumento del grado de explotacin del trabajo. Dos, reduccin del salario por debajo de su valor, es decir, por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Tres, abaratamiento de los elementos que forman el capital constante. Cuatro, la superpoblacin relativa. Cinco, el comercio exterior. Y seis, el aumento del capital-acciones.

Sera conveniente analizar ahora cmo las burguesas aplicaban las seis contratendencias descubriramos que hay algunas que entonces eran menores y que por eso no fueron detalladas por Marx, pero que ahora son fundamentales [40]. Hablamos, por ejemplo, de la nueva industria poltico-meditica de la mercantilizacin de la cultura, que junto a las industrias del sexo y del turismo, se ha convertido en una de las ramas econmicas ms rentables; hablamos del peso creciente de la economa sumergida, corrupta, bsica en el capitalismo pero que crece para facilitar el aumento del beneficio; hablamos de la industria de la salud [41] y de la biotecnologa; hablamos de los mercados creados por la revolucin informtica, etc. Pero no tenemos tiempo para extendernos.

Lo fundamental es que a pesar de todas las contratendencia implementadas, a pesar de los recursos sistemticos a las guerras y en especial a las devastadoras guerras mundiales, o sea al militarismo en accin, el capitalismo no ha logrado detener la cada de la tasa media de beneficio a escala histrica mundial. Se nos plantea as, de nuevo, el antiguo debate de vital y decisiva importancia al que nos hemos referido arriba: puede durar eternamente el capitalismo si no lo destruimos o puede colapsar por s mismo al margen de la accin revolucionaria, bien sea por suave y tranquila muerte por inanicin o bien sea por violenta implosin interna para la que no ha sido necesario el sacrificio heroico de la praxis revolucionaria?

La solucin propuesta por Marx y Engels a este problema es enunciada en el Manifiesto Comunista en 1848: hay que acabar con el capitalismo porque, de no lograrlo, la lucha de clases puede llegar a una especie de empate de fuerzas que concluya en el exterminio mutuo de los dos bandos en conflicto [42]. Se iniciara as un estancamiento o retroceso en la historia pero en condiciones dursimas para la humanidad trabajadora y explotada. Posteriormente, Engels volvi a recordar esta posibilidad que sera reactualizada por Rosa Luxemburgo en 1915, y ms concretada poco despus por Preobrazhenski y Bujarin en 1919 mediante el dilema entre caos o comunismo [43]. No vamos a extendernos en el desarrollo de esta alternativa excepto para decir que Lenin sostuvo contundentemente que el capitalismo no desapareca si no era mediante la revolucin.

Y aqu radica el meollo de la aportacin marxista que consiste en que La imagen que emerge de los detalles de la crtica de Marx es la de una sociedad fragmentada y un individuo empobrecido. Cmo es posible superar positivamente tal estado de cosas? Esta es la cuestin que subyace al anlisis de Marx. Porque si no se tratase de dar una respuesta a esa cuestin, la misma crtica sera irremediablemente abstracta, si no es que tambin carente de sentido [44]. Aqu debemos volver a la importancia de la dialctica como mtodo que a su vez es arma [45] para luchar contra la opresin. Hctor tena que luchar o rendirse porque l y su pueblo se encontraban en el filo de la navaja [46], al borde del desastre.

Frente a este dile ma y ya en el capitalismo, una de las reacciones ms frecuentes en estos casos es la del obediencia a la figura del Amo [47], del miedo como reaccin psicolgica para librarse de la pesada carga de la libertad [48] y como generador de ignorancia pasiva ya que Podemos afirmar que el miedo aumenta de manera directamente proporcional al desconocimiento sobre el objeto temido o al desconocimiento (o impotencia) ante cmo afrontarlo [49]; otra es la costumbre de la normalidad [50], tambin la de extraeza [51] que es una nueva forma de la alienacin capitalista, etc. Pero, en definitiva, lo que es necesario explicar no es que el hambriento robe o el que el explotado se declare en huelga, sino por qu la mayora de los hambrientos no roban y por qu la mayora de los explotados no van a la huelga. [52].

Una de las soluciones es investigar y criticar qu se oculta debajo de la superficie, tras la fachada de la ideologa dominante. Por ejemplo cual es el origen burgus de elementos bsicos de propaganda como el mito del capitalismo popular, del Estado del bienestar, de la clase media o de la teora de la convergencia entre el socialismo y el capitalismo [53]. Aunque la sociedad ha cambiado, estos mitos tambin son readaptados a la nueva situacin por lo que conocer su historia es necesario. Pero la mera crtica terica, necesaria, exige de la crtica prctica que impacta en la disfuncin de la realidad, segn hemos visto arriba, solamente as se garantiza la liberacin humana como accin colectiva y poltica en la que el mtodo dialctico es decisivo porque es un pensamiento que es tanto situacional (especfico a una situacin) como reflexivo (consciente de sus propios procesos de pensamiento) [54].

Ya que se trata de disfunciones, de alteraciones que rompen y niegan la normalidad esttica, es decir, de contradicciones internas en permanente unidad y lucha entre ellas, por esto mismo, la dialctica es el nico mtodo vlido, el que hace que el marxismo sea la menos dogmtica y la menos formal de las doctrinas, en cuyo marco de generalizaciones resaltan la carne viva y la sangre caliente de las luchas sociales y de sus pasiones [55]. Las pasiones de la lucha social, la sangre y la carne viva, esta subjetividad que acepta la heroicidad de Hctor es parte de la objetividad de la dialctica.

La accin de Hctor sigue teniendo valor axiolgico porque nos recuerda que la decisin libre en los momentos extremos es lo que caracteriza a la especie humana: La posibilidad de cambios histricos implicar admitir la realidad de la praxis humana que supone decisin, eleccin y accin a nivel individual y colectivo, confluyente unidireccionalmente hacia el mismo fin, hacia la misma meta. Esta sincronizacin de la prctica individual y colectiva, conscientemente transformadora, no es previsible lgicamente. No tiene el status epistemolgico de certeza. Slo se puede estar seguro individualmente de la propia opcin, y esperar que los otros adoptarn la misma actitud. Hay, pues, que creer. Hay que apostar por el porvenir. El marxismo recobra histricamente sus orgenes trgico [56].

Orgenes trgicos que en el capitalismo adquieren la forma y el contenido de praxis revolucionaria como ideal de felicidad porque mediante ella se mejoran las condiciones de vida: La coincidencia de la modificacin de las circunstancias y de la actividad humana slo puede concebirse y entenderse racionalmente como prctica revolucionaria () La vida social es, en esencia, prctica. Todos los misterios que descarran la teora hacia el misticismo, encuentran su solucin racional en la prctica humana y en la comprensin de esa prctica [57].

La antropogenia se sustenta en la prctica, tiene por ello un valor ontolgico ya que define la identidad humana cuando lucha contra la necesidad y la opresin, ms an cuando lucha para acabar con el fetichismo de la mercanca, lucha colectiva y poltica, como sujeto colectivo: El sujeto del marxismo es un sujeto colectivo que se constituye (incorporando las mltiples individualidades e identidades de grupo) en la lucha contra su enemigo histrico [58]. Nuestra antropogenia como seres humanos aplastados por la explotacin se realiza slo mediante la lucha contra esa injusticia.

De este modo el valor axiolgico y ontolgico se refuerza con el gnoseolgico, con el pensamiento crtico y creativo. Por esto Lenin tiene razn cuando escribe que: La conciencia del hombre no slo refleja el mundo objetivo, sino que lo crea [59], y ms adelante Es decir, que el mundo no satisface al hombre y ste decide cambiarlo por medio de su actividad () El mundo objetivo sigue su propio camino, y la prctica del hombre, frente a la que se halla en ese mundo objetivo, encuentra obstculos en la realizacin del fin, e incluso tropieza con la imposibilidad [60].

La gran actualidad del marxismo para nosotros radica en que nos explica que viviendo en el filo de la navaja, podemos, debemos y sabemos luchar para superar la imposibilidad y los obstculos creando posibilidades nuevas, nuevas realidades que no existan antes pero que emergen como efecto de nuestra praxis, de nuestra conciencia subjetiva transformada en fuerza material.

2.- El problema espaol [61]  

Respondiendo a la pregunta sobre si se rompe Espaa o no, hay que decir que no va a romperse, por ahora, porque el Estado espaol sigue siendo el instrumento decisivo para asegurar el grueso de la acumulacin ampliada de capital para y por el bloque de clases dominante. Considerando que el surgimiento de los Estados-nacin burgueses radica en la dialctica de la contradiccin expansivo-constrictiva inherente al concepto simple de capital [62], y que la nacin proletaria se subordina a la nacin burguesa mediante formas transfiguradas de capital en cuya gnesis se desarrolla el Estado-nacin burgus [63], como forma-poltica [64] de ese capital en un territorio determinado, por esto mismo, el bloque de clases dominante y no slo la burguesa espaola- necesita y quiere mantener su Estado adaptndolo a las exigencias de la mundializacin de la ley del valor.

Sin mayores precisiones ahora, la mundializacin de la ley del valor refuerza la tesis marxista de la importancia del concepto simple de capital que Marx emple en los Grundrisse para explicar la formacin de las tendencias civilizadoras [65], problemtica que ms adelante profundizara al estudiar el papel de los modos nacionales de produccin precapitalista, de las culturas y tradiciones raciales y tnicas, en soberana y dependencia de los Estados, etc., en las formas concretas que iba adquiriendo el capitalismo segn esas realidades histricas anteriores [66]. Otras investigaciones tambin parten del concepto simple de capital para seguir el desarrollo de la dialctica entre valor y comunidad [67].

Pues bien, la mundializacin de la ley del valor nos explica que las burguesas dbiles tienen que plegarse a las exigencias de sus hermanas ms fuertes. En el tercer captulo sobre la teora de la organizacin veremos cmo las llamadas burguesas nacionales aceptaron la ocupacin nazifascista para mantener sus negocios y derrotar al movimiento obrero. Durante la llamada construccin europea el vasallaje poltico es impuesto ms por presiones econmicas que militares, proceso que se ha intensificado desde finales de los 80 y que tiene en el Consenso de Washington [68] el punto de gozne que multiplica la voluntario vasallaje de las burguesas dbiles a las poderosas conforme se acelera la concentracin y centralizacin de capitales.

El Estado espaol sobrevivir, por ahora, porque en el contexto mundial actual sigue siendo necesario para el imperialismo occidental y para el bloque de clases dominante en la pennsula. Pero las exigencias son ahora mucho ms inflexibles que hace un tercio de siglo, cuando el referndum de la OTAN. Leamos: La Espaa sin Gobierno claro se convierte en un problema europeo [69], es decir, Europa tiene derecho a intervenir en el Estado espaol si no se llega a un acuerdo entre espaoles. Bajo directa coaccin externa, el bloque de clases dominante en el Estado ha de buscar un acuerdo que satisfaga las exigencias de la UE. Y en la medida en que aumenta esta presin externa y la crisis interna, el Estado refuerza de algn modo la explotacin de los pueblos que oprimen.

Antes de centrarnos en el problema espaol es conveniente saber que un origen remoto de los proto Estados neolticos fue la organizacin estratgica de los colectivos del mesoltico para obtener territorio, comida, mujeres o nios [70] mediante el exterminio de otro colectivo. No podemos reproducir aqu la larga y detallada lista de bienes de todo tipo, materiales, culturales, sexuales, que obtena el Antiguo Egipto [71] con su ocupacin de Siria, Palestina y zonas aledaas. Recomendamos su lectura [72] porque muestra la identidad de los objetivos de la opresin nacional y del imperialismo durante los sucesivos modos de produccin basados en la propiedad privada de las fuerzas productivas. Uno objetivo importante de los ataques del imperio persa a Grecia era el quedarse con la gran cantidad de esclavos que haba en las ciudades-Estado griegas [73]. Al margen de los cambios ms o menos importantes que diferencian a los modos de produccin, no se puede negar que existe una identidad patriarcal activa entre estas palabras atribuidas a Gengis Khan - La mayor felicidad consiste en vencer a los enemigos, perseguirlos y acosarlos, despojarles de sus riquezas, ver baados en llanto a quienes les son caros y abrazar a sus viudas e hijas [74] - y el accionar del imperialismo capitalista actual.

Teniendo esto en cuenta podemos decir que lo s Estados obtienen cinco grandes ganancias de las naciones explotadas: una, la directamente econmica; dos, la geoestratgica; tres, la ganancia poblacional, de fuerza de trabajo barata y de carne de can; cuatro, la ganancia poltica, cultural y de orgullo nacional que cohesiona a las clases trabajadoras alrededor del nacionalismo imperialista de la clase dominante; y cinco, las ganancias sexuales en diversas formas, incluido el orgullo machista. Bastantes veces esta quntuple ganancia es una sola, total y global, pero otras veces y dependiendo de circunstancias entre las que destacan las resistencias parciales ms o menos eficaces de los pueblos oprimidos algunos de esos beneficios del ocupante son ms reducidos que otros o incluso han sido suprimidos: todo depende de las luchas de las masas populares, de los pactos del colaboracionismo con las fuerzas ocupantes, etc., e incluso de las fuerzas progresistas y revolucionarias del Estado ocupante que le fuerzan a suavizar su poltica.

Asegurar dichas ganancias resulta vital al Estado espaol en medio de la crisis sistmica que en lo temporal dura ya ocho aos [75] en su forma presente. Esas y otras ganancias le son imprescindibles para detener el retroceso en la escala jerrquica imperialista ya que durante esta crisis ha descendido del puesto 9 al 14 en 2014, por no hablar de remontar puestos [76]. Por esto, necesitan reforzar su poder central, su ncleo geopoltico y econmico de la burguesa estatal centralizado en Madrid, as se explica que Hacienda favorezca a Madrid en el reparto de las tasas de depsitos bancarios dndole el 30% del total del Estado [77]. Estos y otros privilegios explican que el PIB de Madrid haya descendido slo un -4,3% entre 2008 y 2013, la mitad justa de la media estatal del -8,6% [78].

Analizando los retrocesos por naciones, regiones y autonoma, vemos la clara ventaja de Madrid debida a que concentra el poder financiero, econmico, poltico y cultural, adems del militar, del Estado, algo parecido pero a menor escala que los privilegios de EEUU. Naturalmente los privilegios de la burguesa madrilea enfadan a otras burguesas que ven cmo se reducen sus beneficios. El debate sobre el Estado de las Autonomas responde a que Madrid gana ms, o pierde menos, que el resto, y al hecho obvio de que Madrid quiere reforzar el centralismo reduciendo las atribuciones de las autonomas. El bloque de clases dominante en el Estado debate con creciente aspereza si hay o no hay que descentralizar ms a su Estado y cmo [79], o si hay que centralizarlo.

Buena parte de los problemas de la posible reforma constitucional se limitan a cmo reordenar el reparto entre las burguesas de la tarta de los beneficios de la explotacin patriarcal, nacional y de clase, y cmo repartir los costos del pago de la deuda que luego veremos. Y no faltan quienes proponer liquidar, desmontar el Estado de las Autonomas, cerrar el 80% de las empresas pblicas, recentralizar la educacin y la sanidad, eliminar la mitad de los municipios y las diputaciones [80]

La faccin ms poderosa de la burguesa estatal presiona para que exista un gobierno fuerte que dirija el dilogo sobre las reformas necesarias pero desde un clima de certidumbre y estabilidad [81]. El capital financiero internacional, la Unin Europea, la Troika, etc., presionan para que se forme un gobierno estable lo antes posible [82]. Sin retroceder mucho, la gran banca adverta sobre los costos econmicos de la incertidumbre poltica [83]. Si la burguesa es miedosa por naturaleza, an ms lo son los inversores. La tendencia imparable al mercado nico de capitales, al estilo yanqui [84], no hace sino aumentar las presiones para que la confianza sea un imperativo categrico.

Disponer de un centro econmico-financiero fuerte en el cerebro geopoltico y militar del imperialismo espaol es decisivo para una burguesa que conoce la creciente dependencia del capital extranjero de la economa espaola: Los inversores no residentes en el Estado espaol tienen ya en su propiedad el 43% de las empresas cotizadas mientras que slo el 26,2% est en manos de familias espaolas [85]; o como se ha escrito: las firmas extranjeras andan de compras por el Estado espaol en el que ya el 30% de las operaciones tienen sello internacional [86]. Una burguesa estatal que conoce tambin los quince grandes problemas socioeconmicos [87] y polticos a los que se enfrenta.

La pregunta sobre si Podemos pagar 1.034 billones de deuda pblica?, que a comienzos de 2015 atormentaba a la burguesa espaola [88], y ms cuando otro estudio un poco posterior elevaba la deuda total del Estado a 3.33 billones-, o sea, sumando la familiar, pblica y empresarial [89], adquiere todava ms dramatismo ahora, un ao ms tarde, cuando las familias tienen la menor cantidad de efectivo desde 2005 [90], y cuando a comienzos de 2014 cada persona censada debe ms de 20.000 euros tras seis aos de rescates [91] a la banca. Recordemos que segn los ingresos fiscales, el Estado espaol es el tercero ms endeudado del mundo [92] con un 940%, superado por EEUU con un 979% y Japn con un 2359%.

La deuda pblica es ahora de 1.067.852 billones- y se acerca al 100% del PIB [93]. A la vez, influyentes bancos e instituciones como Goldman Sachs, ING y Barclays sugieren psimos indicadores [94] para 2016. Son demoledores los datos sobre la cada de la economa estatal y, muy en especial, sobre el fracaso rotundo de la direccin poltica bicfala del bloque de clases dominante [95] en la ltima dcada. El alejamiento de la banca espaola de George Soros [96] muestra la gravedad del panorama futuro que de alguna forma ya ha empezado a ser real mediante la prdida de 18.000 millones- que ha sufrido la banca espaola en las cinco ltimas semana [97], y en las dos primeras semanas de enero el Ibex 35 ha perdido ms que todo lo retrocedido en 2015 [98]. Los tcnicos del capital financiero internacional supervisan muy atentamente la salud bancaria para evitar posibles errores graves en un momento de alta incertidumbre financiera mundial, cuyos bancos han perdido 4 billones- de capitalizacin [99] slo en los primeros das de 2016, el peor primer comienzo de ao que se recuerda, incertidumbre que golpea al poderoso Banco Nacional de Suiza [100] que prev sufrir las peores prdidas desde su fundacin en 1907.

Quiere esto decir que el capital financiero y sus Estados-cuna no van a perdonar un euro a la deuda espaola, lo mximo a lo que pueden llegar es a una negociacin dirigida por ellos sobre los plazos y condiciones de devolucin, como la estricta servidumbre impuesta a Grecia [101] pero tal vez menos cortoplacista por el mayor peso del capitalismo espaol aunque exigindole que practique ms ajustes cuanto antes. Para salir de este agujero, el Estado espaol tiene la urgente necesidad de reindustrializarse. Por razones histricas achacables a los fracasos de intentonas de revolucin burguesa, la mayora de su clase dominante no tiene o apenas tiene conciencia de que el valor se genera en el Sector I de la economa capitalista, el de produccin de bienes de produccin, o sector industrial para que nos entendamos. El problema espaol, o sea, Espaa como nacin fallida en gran parte de su base material y simblica, surge de esos fracasos.

En la actualidad, una parte de la burguesa es consciente de que hay que reindustrializar el Estado espaol lo ms rpidamente posible para reforzar las fuerzas centrpetas y debilitar las centrfugas, para lo que es imprescindible la direccin poltico-econmica centralizada por el aparato estatal [102]. El Estado siempre ha sido elemental en cualquier modo de produccin basado en la propiedad privada de las fuerzas productivas y en la propiedad patriarcal. Semejante papel se refuerza cuando parte de los beneficios de la minora dominante surgen de la opresin nacional, del colonialismo y del imperialismo. A los efectos de este debate, podemos sintetizar la funcin del Estado como la de ser la mquina de la obediencia [103]: se trata de que las clases, naciones y colectivos explotados obedezcan al Estado porque las dificultades de la reindustrializacin son tremendas y exigen una obediencia casi masoquista. Viendo esto es cuando termina de comprenderse la funcin de la Ley Mordaza y de otros ataques a las escasas libertades sobrevivientes, Ley de la que hablaremos al tratar el problema de la organizacin.

Uno de las mayores obstculos para esta reindustrializacin es el pequeo tamao de la mayora de las empresas en el Estado: en 2013 la media de trabajadores por empresa en el Estado era de 4,9, menos de la mitad de Alemania con 11,8 y Reino Unido con 8,1, con slo el 0,8 de empresas con ms de 50 trabajadores [104]. En 2014 un informe del Crculo de Empresarios deca que el tamao medio estatal era de 4,6 empleados, o sea que se haba reducido an ms, y que lo peor era la tendencia al aumento de las microempresas [105] en detrimento de las medianas y grandes empresas. Partiendo de tan bajo, estudiosos sostienen que si se concentrasen y centralizasen las empresas llegando a 5,8 trabajadores por empresa la economa espaola sera tan rica como Italia [106].

Nos hacemos una idea de las dificultades de la reindustrializacin, y por tanto de la dureza que ha de aplicar el Estado, si tenemos en cuenta que las medianas empresas tienen entre 50 y 249 trabajadores, y las grandes 250 o ms, o sea, ese 0,8% de las empresas en 2013 con poca tecnologa media. Pues bien, el modelo idneo de empresa al que aspira la alta burguesa es la de 200 trabajadores con un 30% de plantilla con expertos digitales [107]. Aun as, desde el inicio de la crisis la industria ha decrecido en un 30%, habiendo recuperado un 1,1% en 2014, si bien las salvajes medidas impuestas por el bloque de clases dominante han logrado que la competitividad suba de puesto 35 al 33 de una lista de 140 pases [108].

La reindustrializacin del Estado espaol lograr algunos xitos slo con una prolongada mano dura estatal, ms el apoyo o consentimiento vigilante del capital financiero internacional y de los grandes Estados imperialistas, de modo que terminase siendo una industria secundaria, supeditada a estos poderes, atada a las restricciones y exigencias del mercado nico de capitales que avanza imperceptiblemente. Otra hiptesis sera que la reindustrializacin la intentara un Estado socialista triunfante tras una revolucin victoriosa del trabajo sobre el capital, pero en este caso, si realmente fuera una revolucin socialista, entonces el Estado-nacin espaol desaparecera como tal.

En estas condiciones estructurales, contextuales de muy largo alcance, el bloque de clases dominante tiene, empero, recursos relativamente efectivos que nos remiten a la interaccin de posibilidades que pueden ser utilizadas por el Estado. Groso modo dicho son tres: la primera, las actualizacin de las medidas clsicas para recuperar la tasa de beneficio arriba expuesta; la segunda, la quntuple sobre ganancia obtenida con el imperialismo y la explotacin nacional; y por ltimo, el contexto internacional.

La cada mundial del precio del crudo le beneficia sobremanera que importa el 99% del crudo que consume lo que hace que por cada descenso de un 10% del precio el PIB espaol suba entre el 0,1% y el 0,15%, que es mucho [109]. Adems ayuda a ralentizar la subida de los precios, del IPC, lo que suaviza en parte la caresta de la vida aunque aade el problema mayor de la deflacin. La industria del turismo es una de las grandes bazas para recuperar la economa: datos oficiales, y por eso mismo posiblemente hinchados, sugeran que para finales de 2015 habran llegado al Estado espaol alrededor de 68 millones de turistas [110], 3 millones ms que en 2014. El turismo es uno de los impulsores de la construccin y de otras ramas industriales, as como del narcocapitalismo y la prostitucin, que rinden jugosos beneficios: en verano de 2014 se estim que la legalizacin de la droga y de la prostitucin [111] supondra un aumento de entre el 1,5% y el 3% del PIB, o sea, una recaudacin extra de entre 15.938 y 31.877 millones-.

La emigracin para encontrar trabajo en el exterior supone tambin un alivio para la economa ya que alivia la tensin social interna, la lucha de clases, reduce la tasa oficial de paro y por tanto de la supuesta ayuda que reciben algunos desempleados, y supone una entrada de dinero del exterior. Por razones de propaganda e inters poltico, el gobierno oculta y manipula lo datos reales de la emigracin. Segn estudios alternativos, en 2014 hubo 89.209 emigrados, contabilizando tan slo una decena de pases [112], lo que indica que la cantidad es mayor. Segn una encuesta seria el 55% de los jvenes del Estado estaran dispuestos a emigrar [113] sin encontrasen un trabajo satisfactorio.

Una medida interna para recuperar la ganancia del capital, es la clsica de privatizar la educacin y la sanidad pblica condenando al paro a docentes y sanitarios [114], o dicho de otro modo, desde 2010 se han reducido 78 funcionarios y empleados pblicos al da [115]. Otra es tolerar la muy alta economa sumergida [116] para multiplicar la explotacin de la fuerza de trabajo, sobre todo de la mujer, y los beneficios del capital en detrimento de los gastos pblicos que, en 2014, rebasaba los 190.000 millones-. No vamos a extendernos en el drstico recorte salarial directo e indirecto [117] que va directamente a los beneficios capitalistas, sobre todo de ese 1% ms enriquecido [118] que trabaja en la industria de la salud y en el capital financiero.

S queremos resaltar por el decisivo papel de la industria cultural en lengua espaola en el fortalecimiento econmico del nacionalismo estatal. El capitalismo espaol obtiene enormes beneficios globales con la industria cultural espaola. Nos encontramos aqu con una de las formas modernas ms sibilinas de la opresin nacional, y ms efectivas en la desnacionalizacin y aculturizacin de pueblos oprimidos. Algunos de los datos sobre este ingente negocio los he expuesto en otro texto [119] as que ahora slo cito los ms significativos para los intereses del nacionalismo espaol: en lo ms crudo de la crisis en 2010 la industria cultural sostena alrededor del 16% del empleo; y en 2011 ya supona el 16% del PIB del Estado y el 9% del PIB mundial.

La industria cultural produce mercancas cada vez ms alienantes, culturilla en la que la violencia patriarco-burguesa, belicista e imperialista va incrementando las ganancias. El caso reciente de la saga Star Wars [120] es un ejemplo a muy amplia escala internacional. Cada vez ms rpidamente, la militarizacin en todas sus formas condiciona la culturilla alienante, basta ver las series televisivas espaolas sobre policas, historia espaola, etc. El reciente acuerdo entre Educacin y Defensa para introducir el Ejrcito y la bandera monrquica en el currculo escolar [121] bien pronto se extender a la industria cultural reforzando el nacionalismo espaol.

De igual modo, debido a la necesidad tpicamente capitalista de copar nichos productivos, aumentar la oferta mercantil para ampliar ventas y ganancias, por esto mismo, la industria cultural espaola bien pronto absorber an ms en su torbellino comercial a las lenguas y culturas no espaolas. La propuesta de que las lenguas llamadas eufemsticamente cooficiales [122] sean optativas ampla los mercados de la industria cultural, del mismo modo que lo hace la propuesta del plurilingismo [123] para un Estado con un 47% de su poblacin con lenguas diferentes. Debajo de la aparente democracia de estas propuestas se mueve la necesidad de extender el nacionalismo espaol mediante su expansiva industria cultural, y viceversa, aumentar los beneficios de la burguesa espaola industrializando su lengua y tambin las lenguas cooficiales

El colectivo Euri Iparragirre, que forma parte del movimiento popular que se est organizando para denunciar el contenido opresor de la Capitalidad Cultural Europea de Donostia durante 2016, desarrolla una profunda crtica de los intereses patriarcales, burgueses y nacionalistas espaoles que impulsan este muy rentable mercadillo de culturilla donostiarra [124] dentro de la industria cultural del imperialismo occidental. Desde esta perspectiva, y dentro del marco de la dominacin cultural y de la desnacionalizacin que acarrea, debemos decir que el neocolonialismo cultural es un arma del imperialismo en su conjunto y del espaol en concreto: El colonialismo siempre implica una crisis de identidad para el sujeto colonial, atrapado entre el impulso de imitar al colonizador y el deseo de una autonoma siempre desplazada [125].

La crisis de identidad motivada por el colonialismo cultural es la primera fase de una dinmica de destruccin de la identidad e imposicin de otra, en nuestro caso de la espaola. La lucha por la independencia poltico-cultural como requisitos para la (re) construccin de la identidad, de los pueblos oprimidos es, as, un riesgo insoportable el Estado. La alta burguesa tan poderosa como la catalano-espaola, es muy consciente de que de la necesidad ciega que tiene del Estado espaol para expandir mediante su ayuda su productiva industria cultural. No es casualidad, ni mucho menos, que una de las transnacionales de la industria cultural espaola, el Grupo Planeta, con sede fiscal en Barcelona, amenazara en voz de su propietario, J. M. Lara, con que Si Catalua fuera independiente, el Grupo Planeta se tendra que ir [126].

Aumentar los beneficios; ir pagando la deuda; reindustrializar y ganar competitividad; fortalecer la nacin espaola a la brava o renegociando con las burguesas regionales, estos son los objetivos fundamentales del bloque de clases dominante. Para defender este sagrado derecho cuenta con la inestimable ayuda de la progresa intelectual que, por ejemplo, escribe sobre la consulta pero niega el derecho de decisin unilateral [127] Tambin se avanza en el rechazo de un supuesto carcter insaciable del ser nacional en s mismo [128]; y hasta en un rechazo total, poltico y tico, a cualquier pretensin de independencia no espaola ya que En Espaa no hay un problema territorial, sino un atentado separatista contra el derecho de todos [129]. Desde luego que existen posturas ms realistas, no cerradas ni mucho menos tan autoritarias como esta ltima, pero aun as conservan un sentido de unidad. Por ejemplo, los esfuerzos de por compaginar el problema espaol, el derecho a decidir y la creacin de una nueva Espaa republicana y plurinacional, otra Espaa [130]. Sera cansino alargarnos en el listado de opiniones sobre este particular.

Terminando con la pregunta sobre si se rompe el Estado, hay que concluir diciendo que por ahora no, que todava tiene por delante una precaria vida ya que sigue siendo funcional al capitalismo. La ralentizacin del proceso soberanista que ha insinuado la mediana burguesa catalana [131] -la gran burguesa ya se opuso hace tiempo- es un alivio para Madrid aunque el Gobern tiene an cinco grandes bazas: la persistencia del fuerte sentimiento catalinista, soberanista e independentista; las disputas en Madrid; la debilidad del movimiento obrero cataln que carece de un sindicalismo nacional como s existe en Galiza y Euskal Herria; el retraso del independentismo socialista; y el todava escaso despliegue represivo e intimidatorio del Estado espaol.

La continuidad del Estado est garantizada adems por la reafirmacin oficial de la mediana burguesa de la CAV de que es ni de ruptura ni de independencia [132] sino que asume el pactismo bilateral con el Estado y su gobierno de turno. Tambin est reforzado por el nacionalismo de un Podemos que acata la constitucin para cambiarla [133]; nacionalismo disimulado unas veces y descarado otras, pero que suele preferir la ambigedad, la polisemia, la neblina ideolgica [134] para seguir atrayendo votos del centro identificados con la lnea fuerte de Podemos: la patria plurinacional [135]

Los independentismos de izquierda hemos de saber que nuestras burguesas necesitan al Estado espaol, que lo apoyarn siempre a cambio de unas contrapartidas cedidas por el Estado. El tira y afloja de las cesiones y contrapartidas no ser ya la antesala de una ruptura independentista y democrtico-radical sino a lo sumo un regateo por un soberanismo ms aparente que real tal vez algo ms descentralizado algunas cuestiones administrativas sin apenas importancia para la nueva centralizacin impuesta por la Unin Europa y el Estado espaol, bajo la gida de EEUU [136]. En las condiciones actuales, esta certidumbre es la que justifica y exige el debate sobre qu formas organizativas debemos desarrollar para combatir al monstruo estatal.

3.- La necesidad de la organizacion

Con anterioridad al debate sobre la organizacin, entregamos dos ponencias [137] que recogen lo central del problema a debatir. Tambin recomendamos la introduccin al Qu hacer? de Lenin [138]. Pero ahora queremos recordar algunas ideas sobre las formas organizativas de las y los oprimidos que nunca pierden vigencia a pesar de los siglos transcurridos porque responden a identidad que recorre los mtodos de las y los oprimidos para resistir y hasta vencer a los opresores.

Podemos rastrear los embriones de una teora de la organizacin en dos grandes pensadores de la Antigedad, casi contemporneos: Sun Tzu y Tucdides Sabemos que las luchas sociales de todo tipo existieron antes que ellos [139] pero slo podemos conjeturar sobre cmo se organizaban. Tucdides detalla cmo combatan los espartanos las formas de organizacin clandestina de las y los esclavos de la nacin hilota caracterizada por su ardor y deseo de libertad, con sus correspondientes tcticas y estrategias represivas descritas por Tucdides [140]: los espartanos les prometieron algo parecido a lo que ahora llamaramos mejoras sociales, garantas democrticas, reconocimiento oficial, etc., pero a condicin de que abandonaran la clandestinidad y desvelaran sus identidades. As lo hicieron 200 de ellos y la situacin se calm durante un tiempo, hasta que al poco y siempre de noche, fueron muertos los 200. Tucdides tambin insiste el problema de la vigilancia de los esclavos para que no lograsen huir a la primera oportunidad [141].

La preocupacin obsesiva de la clase esclavista por aplastar las resistencias de las y los esclavos, es decir, por destrozar sus organizaciones clandestinas, nace del hecho de que: Donde quiera que la esclavitud existe, lleva en s el germen de la insurreccin; y para impedirla, en Grecia, no bastaban slo las cadenas y castigos que se imponan a los esclavos. Platn y Aristteles aconsejaron que se aislase a los esclavos, que no se les acostumbrase a las armas, que se tomasen de naciones, razas y lenguas diferentes, y que se les diese buen trato [142].

Pero estos consejos slo se tomaban en cuenta despus de represiones preventivas de una brutalidad extrema: La fuente principal de abastecimiento de esclavos era el secuestro y la conquista () se hizo conveniente matar a los varones adultos porque, habiendo sido entrenados para las armas, eran difciles de manejar, y conservar solamente a las mujeres y los nios. Esta prctica estaba bien establecida en el siglo V a.n.e. [143]. Doctrina de represin preventiva que evitaba males mayores, atemorizaba de por vida a las esclavas y desarraigaba absolutamente a nios y nias.

Tenemos aqu uno de los primeros ejemplos de doctrina represiva global, que integra el palo con la zanahoria, la violencia con el premio. Todas las propuestas son significativas y actuales en lo que toca al problema organizativo de las clases y naciones explotadas: evitar su unin e imponerles la desunin individualizada; desarmarlas e impedir que aprendan a usar armas; desnacionalizarlas, mezclarlas y confundirlas; y sobornarlas e integrarlas mediante el buen trato. Cuando los intelectuales del esclavismo proponan estas tcticas era porque las y los esclavos se organizaban mediante, por y para la unidad; practicaban el supremo derecho humano a la rebelin; y reforzaban su identidad colectiva, nacional, cultural. La pregunta es siguen siendo necesarias estas prcticas organizativas?

La dialctica entre las contradicciones sociales internas y las luchas anexionistas externas en pos de esclavos y riquezas, o defensivas, adquiere su sentido en las concepciones griegas sobre la guerra en todas sus formas, o sea tambin y sobre todo de la guerra de saqueo y para obtener esclavos y de la guerra represiva contra las resistencias de esos esclavos, en especial las realizadas en su poca tarda primero por Platn y luego por Aristteles. Fue ste ltimo el que ms avanz en la naturalizacin del saqueo exterior y en la justificacin natural de la esclavizacin [144].

Conviene recordar que la sublevacin de los esclavos gladiadores dirigida por Espartaco estuvo a punto de fracasar al ser delatada desde el interior, delacin que puede inscribirse dentro de las enseanzas de Sun Tzu escritas casi cuatro siglos antes de estallar la rebelin que se transformara en la III Guerra Servil en el siglo I. Leamos estas palabras dichas, segn Tcito, en el Senado romano en el siglo I En la medida en que nuestros esclavos acten como delatores, podemos vivir como minora en medio de su masa, seguros mientras ellos teman, y, por ltimo, si morimos podemos estar seguros de que seremos vengados. Nuestros antepasados siempre sospecharon de los esclavos [145].

La casi tres veces milenaria estructura de poder y explotacin china nos ensea mucho sobre estrategias y tcticas de los opresores para destrozas las organizaciones de las y los oprimidos mediante la propaganda, el convencimiento y las guerras. En el -720 el mandarn Fuh-Tsien cre la doctrina de la manipulacin propagandstica al sostener que la repeticin es la base del conocimiento, incluso si ste es falso [146]. Sun Tzu escribi en el Arte de la guerra: Todo el arte de la guerra est basado en el engao () Ofrece un seuelo a tu enemigo para hacerle caer en una trampa () Ponle en aprietos y acsale () Si est unido, divdele () Atcale donde no est preparado [147], o tambin Impalpable e inmaterial, el experto no deja huellas; misterioso como una divinidad, es inaudible. As pone al enemigo a su merced [148]. Fro bistur de guerra social.

Tao Hanzhang, laureado general del Ejrcito Popular de China, ha actualizado el texto Sun Tzu indicando lo que, para l, sigue siendo vlido despus de aproximadamente 2500 aos: siguen siendo vlidas sus ideas sobre el espionaje y el servicio de inteligencia para conocer al enemigo y destrozarlo, y tambin para la provocacin psicolgica y poltica hacindole creer cosas que no son ciertas para que cometa errores garrafales [149]; y tambin son vlidos los mtodos de anticipacin, flexibilidad e iniciativa [150] por razones obvias.

De hecho, todo indica que Sun Tzu escribi el libro en el convulso perodo de los Reinos Combatientes, durante el cual muchos poderes se encontraban en la necesidad de conseguir el apoyo de la clase campesina y de la esclava para aumentar la produccin sin la cual seran derrotados. Muy significativamente, llegaron a conclusiones idnticas a las de los esclavistas griegos representados por Platn y Aristteles en la misma poca pero en la otra parte del mundo sobre las doctrinas represivas y contrainsurgentes arriba citadas: desde el -403 y especialmente desde el -386 las reformas sociales se hicieron urgentes para reducir el malestar campesino y esclavo, lograr su colaboracin con las familias poderosas y aumentar la productividad del trabajo.

Las reformas del reino de Wei coinciden con las tcticas griegas de tratar bien a las y los explotados, con otras medidas de la poca como la planificacin estatal de precios bsicos, de almacenaje de reservas para otros momentos repartindolas a precios equitativos, etc., as, de esta forma, la vida se mantena libre de zozobras [151]. Sin un efectivo espionaje, informacin, anticipacin e iniciativa como componentes de la doctrina del Poder, es decir, de la contrainsurgencia preventiva, no podra aplicarse esta poltica de Estado que adelanta aspectos de la integracin social burguesa desde el siglo XIX, por no hablar de las polticas contra la mendicidad y vagabundeo desde los siglos XVI y XVI para lograr la docilidad [152] de las clases machacadas.

En la misma poca de Aristteles, el filsofo chino Mencio, que s admita el derecho del pueblo a castigar al rey injusto, explicaba sin embargo que: Quien trabaja con la mente gobierna, quien trabaja con las manos es gobernado [153]. Dejaba constancia as de que la divisin entre trabajo intelectual y trabajo manual era uno de los mejores medios de dominacin. Viviendo una poca de luchas sociales y represiones fsicas, la clase dominante de la repblica romana decidi pasar a la represin intelectual y en -181 se decret la pblica quema de todos los libros considerados peligrosos, y en -173 y -161 la expulsin de Roma de todos los pensadores peligrosos [154]. El control del sistema educativo y de la prensa siempre ha sido un instrumento de dominacin contra el que las dominadas y dominados han organizado muchas alternativas.

Veamos slo cinco claros desarrollos distintos en sus formas de las estrategias represivas idnticas en su contenido, de las clases dominantes greco-romanas y chinas para aplastar las organizaciones de sus enemigos: Uno, la drstica amputacin y censura que hizo el vendido Voltaire de la obra revolucionaria de Meslier, el cura rojo, que en su ancianidad, a comienzos del siglo XVIII y en secreto silencio escribi una demoledora denuncia atea de los vicios y miserias del poder poltico-religioso. En 1762 Voltaire amput deliberadamente el contenido revolucionario de Meslier, que llamaba al pueblo a levantarse en armas [155]. La represin era tal que en esta poca debe hablarse de los filsofos clandestinos.

Dos, la represin britnica para frenar el desarrollo de los contenidos crtico-burgueses de las ideas de Adam Smith sobre el capitalismo, amenazando a varios profesores de economa para que se retractasen de sus ideas y deportando a otro a Australia [156] a finales del siglo XVIII. La anticipacin, flexibilidad e iniciativa represiva limit mucho el conocimiento crtico del capitalismo industrial naciente, tranquilizando al poder durante la larga guerra napolenica.

Tres, En 1848-49 el estado britnico aplast el Chartismo con la represin, tal como se explica en 1848: el estado britnico y el movimiento chartista (Cambridge 1990) de John Saville. Al mismo tiempo o un poco ms tarde, las revoluciones de 1848 en Francia, Alemania y otros pases, fueron derrotadas. Marx y Engels volvieron al exilio; la Liga Comunista, la organizacin basada en el Manifiesto comunista, se hundi polticamente. () La Primera Internacional quebr porque fue perseguida despus de la Comuna de Pars. Los proudhonistas en Francia, que constituan una parte substancial de ella, fueron aplastados con ejecuciones, el exilio y la prisin. Los lderes sindicalistas britnicos se asustaron con la Comuna, pero la otra cara de la medalla fue la Ley de Reforma de 1867 y la Ley Sindical de 1871 que permiti a los partidos burgueses hacer ver que ellos podran hacer algo para la clase obrera [157].

Cuatro, el que aplic la polica alemana: El embrin del partido socialdemcrata alemn estaba controlado polticamente por los servicios secretos de Bismarck que haban infiltrado al pintor Eichler nada menos que en el cargo de presidente del comit organizador [158] del primer Partido Socialista alemn en 1863. Este agente infiltrado propag la idea de que el Estado era un instrumento neutral que poda y quera ayudar al proletariado a mejorar su suerte por medio del cooperativismo y otros mtodos, de manera que la instauracin de la justicia social se realizara pacfica y normalmente.

Y cinco, el sistema represivo italiano que, con variantes durante la dictadura fascista de 1922-45, se mantuvo en lo esencial desde el siglo XIX consistente en una mezcla de palo y zanahoria, de autoritarismo draconiano y misericordia cristiana [159]. Ni Platn ni Sun Tzu haban odo hablar de cristianismo pero estaran plenamente de acuerdo con esta doctrina represiva para derrotar la oleada de luchas sostenida desde finales del siglo XX. Una doctrina que actualizaba a principios del siglo XXI diversas tcticas clsicas como la tortura con otras inquisitoriales como las del arrepentido y disociado [160].

Es cierto que el modo de produccin capitalista introduce una realidad nueva, cualitativa, en el proceso represivo y por tanto obliga a las fuerzas revolucionarias a que su teora de la organizacin tenga en cuenta, al menos, dos novedades histricas que garantizan la permanente reproduccin ampliada del capital: el trabajo abstracto y el fetichismo de la mercanca, piezas claves en la legitimidad de la ideologa burguesa de los derechos humanos, la democracia y el pacifismo, abstractamente considerados [161]. Ahora sera largo desarrollarlas pero s debemos decir que denunciarlas y luchar contra ellas exige multiplicar la formacin terica y tica marxista de la militancia. Nos limitamos a decir que la teora del fetichismo permite explicar que, en la sociedad capitalista, la explotacin queda camuflada, apareciendo el Estado por encima de las clase sociales y como el regidor del plusvalor [162].

La socialdemocracia europea no prest ninguna atencin a la lucha contra al fetichismo de la mercanca y el trabajo abstracto como partes vitales de la praxis marxista, lo que unido a otras deficiencias e indiferencias, facilit el reforzamiento del pacifismo, del parlamentarismo y del neokantismo anteriormente infectados por el socialismo utpico. Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y contados grupos militantes llegaron a comprender demasiado tarde que la teora de la organizacin es parte sustancial del sistema terico marxista como matriz de cualquier praxis.

S. Haffner explica que Rosa y Karl saban que eran vigilados por fuerzas reaccionarias, criminalizados por una campaa meditica que peda a gritos su muerte, pero aun as, no tomaron ninguna medida de seguridad, no se escondieron, siguieron haciendo vida pblica normal hasta su detencin y asesinato. Segn S. Haffner: Estaban demasiado inmersos en su labor poltica y periodstica para perder el tiempo pensando en su seguridad personal; tal vez incluso demasiado confiados, ya que ambos estaban muy acostumbrados a los arrestos y a las crceles como para temerlos. Precisamente debido a su experiencia, seguramente durante mucho tiempo no llegaron ni a imaginar que esta vez se trataba de su vida; Rosa Luxemburg, de forma conmovedora, prepar para su arresto una maletita con pequeos objetos personales de poco valor y sus libros preferidos que ya la haban acompaado a la prisin en otras ocasiones [163].

La rutina es consejera mortal porque es esencialmente antidialctica. La terrible represin de los comunistas espartaquistas fue facilitada, entre otras causas, porque no haban desarrollado a tiempo la teora de la organizacin adecuada a la lucha revolucionaria de la Alemania de entonces. En 1918 la poderosa espontaneidad desorganizada de los motines del arroz [164] en Japn termin en un fracaso por su desorganizacin. Otro tanto sucedera pocos aos despus con la brutal masacre del movimiento obrero y comunista [165] en las principales ciudades industriales de la China entre 1924 y 1934 en la que adems de la dbil organizacin tambin pes y mucha la errnea poltica de III Internacional.

Es un garrafal error terico y estratgico reducir el debate sobre la organizacin slo a los problemas de la toma de conciencia, de cmo ganar elecciones, de cmo organizar manifestaciones, medios de prensa, locales y recursos econmicos, etc. Nadie niega la importancia de estas cuestiones, pero la teora marxista de la organizacin va mucho ms al fondo de los problemas: plantea bsicamente la cuestin del poder en s mismo desde una perspectiva histrica larga. La teora de la organizacin es un elemento ms de la praxis revolucionaria y viceversa, no pueden extraerse lecciones de la praxis si en su interior no est la teora de la organizacin.

Con absoluta razn histrica se debe decir que: La experiencia clandestina de los bolcheviques, en todo caso, y las correspondientes formas organizativas desarrolladas en aquel perodo, les dieron una gran ventaja, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial, respecto a los partidos socialdemcratas de la Europa occidental y central. El oportunismo disfrazado de estos ltimos fue la causa de que incluso marxistas de izquierda como Kautsky careciesen, desde el punto de vista psicolgico y organizativo, de la ms mnima preparacin para emprender el trabajo clandestino indispensable para una oposicin consecuente a la guerra imperialista [166].

Esa ventaja volvi a confirmarse entre 1918 y 1940 en Europa, y muy especialmente desde 1941 cuando los comunistas fueron prcticamente los nicos capacitados fsica y psicolgicamente para organizar guerrillas de liberacin nacional contra la ocupacin nazifascista, acciones de violencia patritica [167] practicada de mltiples formas segn las circunstancia [168], pero con una constante: Buena parte de la Europa ocupada fue liberada de los nazis por las organizaciones locales de resistencia durante los dos ltimos aos de la guerra. Al derrumbarse el poder nazi, esas unidades haban pasado de ser pequeas unidades clandestinas a convertirse en grandes movimientos de masas con millones de personas, la mayora dominadas por los comunistas [169].

Ch. Bambery ha estudiado minuciosamente la II GM y en el apartado dedicado a las resistencias de los pueblos invadidos por el nazifascismo y el militarismo japons extiende sus conclusiones ms all del perodo de guerra para entrar directamente en algo que ahora nos es urgente: La experiencia de la ocupacin engendra resistencia, como se ha podido comprobar repetidamente desde 1945. En la Europa ocupada se inici pronto () La colaboracin de las clases dirigentes europeas con los nazis o, en el mejor de los casos, contentadas con esperar a que los Aliados les liberasen- hizo que la resistencia desarrollara cada vez ms una dinmica revolucionaria propia [170]. Y poco despus: Debido a sus slidas relaciones con los comunistas, los movimientos de resistencia europea, as como aquellos de entre los Aliados que ansiaban utilizarlos en contra de los alemanes, despertaban la sospecha de Londres y Washington [171].

Los comunistas pudieron ejercitar el derecho a la rebelin tan rpidamente porque estaban mentalizados psicolgica, tica y tericamente para ello, y porque conocan las formas organizativas adecuadas. La teora de la organizacin incluye como elemento de necesidad el llamado factor subjetivo en su expresin psicolgica ms plena: la tica del derecho a la rebelin como parte de la teora estratgica que explica que tarde o temprano las contradicciones del sistema volvern a poner de extrema actualidad la cuestin del poder, de la violencia del Estado y de su terrorismo consustancial.

Los Aliados saban a su modo que dentro de la guerra contra el nazifascismo haba dos guerras diferentes: la que libraba el capital imperialista occidental contra las burguesas de Alemania, Italia y Japn; y la guerra popular () en tanto que amalgama de lucha de clases y de nacin [172] contra las burguesas de sus pases, sobre todo contra las colaboracionistas. Desde 1943 ms y ms nazifascistas se daban cuenta de que haban perdido la primera guerra, la inter imperialista, pero que se salvaran si negociaban una buena rendicin con los Aliados capitalistas porque sus conocimientos se hacan insustituibles para ganar la segunda, la guerra popular nacional y de clase, y para aplastar a la heroica y decisiva URSS.

Los Aliados aprendieron la leccin antes de acabar la IIGM y ya para 1944 tenan planes represivos que se pondran en marcha contra la guerra popular nada ms derrotar al nazifascismo. Uno de ellos era atacar al Ejrcito Rojo integrando a tropas alemanas rendidas a los ejrcitos aliados, que admiraban su preparacin y sus conocimientos sobre la fuerza sovitica [173]. Poco despus idearon varios planes para lanzar hasta 300 bombas atmicas contra las cien principales ciudades rusas [174]. No hace falta decir que esas medidas ofensivas contra la URSS se asentaban sobre otras medidas en la retaguardia europea occidental para desarmar a las guerrillas y destrozar a los comunistas.

El contenido anticomunista del Plan Marshall era una de ellas [175], al igual que la OTAN y otros ms: La Casa Blanca y Downing Street teman que en varios pases de Europa Occidental, y sobre todo en Italia, Francia, Blgica, Finlandia y Grecia, los comunistas pudieran alcanzar posiciones de influencia en el ejecutivo y destruir la alianza militar OTAN desde dentro, desvelando secretos militares y revelndolos a la URSS. Fue en este sentido que el Pentgono junto con la CIA, el M16 y la OTAN, emprendi una guerra secreta creando y dirigiendo los ejrcitos stay-behing como un instrumento para manipular y controlar la democracia de Europa occidental desde dentro, desconocido por la poblacin y los Parlamentos europeos. Esta estrategia llev al terror y al miedo, as como a la humillacin y maltrato de las instituciones democrticas, tal y como critic correctamente la prensa europea [176].

La defensa de la democracia occidental como el mejor sistema de proteccin de la propiedad capitalista, fue encargada a muchos antiguos imperialistas alemanes de 1914-18, que luego se hicieron nazis hasta 1945, que fueron reclutados por la CIA para sus guerras secretas y desde 1955 reintegrados en el Ejrcito de Alemania Federal con altas responsabilidades, que a su vez fueron el trampoln para acceder a los mandos centrales de la OTAN desde 1961. Esta es la trayectoria vital de A. Heusinger [177] que ocup el puesto de ms responsabilidad militar no civil de la OTAN entre 1961 y su retiro en 1964. Miles de jueces, policas, militares, burcratas, periodistas, profesores, cientficos, maestros e intelectuales, diplomticos, etc., por no hablar del empresariado casi en su conjunto, de ideologa nazifascista y del militarismo nipn [178] y colaboradores con ellos en los pases ocupados, fueron integrados directa o indirectamente en las mltiples ramas civiles y militares de la OTAN y de otros aparatos.

Que nadie crea que se han desmantelado estos y otros servicios, organismos, equipos, etc., una vez autodisuelto el Pacto de Varsovia e implosionada la URSS. Simplemente se han adaptado a las nuevas necesidades del imperialismo occidental [179]. No tenemos que recurrir a los ataques de la OTAN fuera de Europa, basta con ver su expansin hacia el Este, para cercar y presionar a Rusia, y sobre todo su papel en La destruccin de Yugoslavia [180] entre 1990 y 2008 como base imprescindible de los EEUU para posteriores expansiones. Pero esta es una parte de la involucin reaccionaria que est imponiendo la burguesa europea, retroceso rigurosamente estudiado y denunciado por Leyla Carrillo por su alcance global, porque anulan derechos tenidos como fundamentales hasta ahora por la propia ideologa burguesa [181].

Mientras la OTAN destrua Yugoslavia, desde 2003 el fascismo honraba pblicamente la memoria de Mussolini [182] celebrando una convencin anual en el norte de Italia, con la pasividad del Estado. Uno ms de los muchos actos de apologa del nazifascismo que se realizan en la Unin Europea. Pero a diferencia del fascismo de 1922-45 el actual est cada vez ms mundializado y estrechamente conectado con los aparatos militares estatales y privados de los capitalismos imperialistas mediante ejrcitos privados [183] legales que superan en poder e influencia a los Freikorps, Camisas Negras, SA y SS, Guardia de Hierro, Falange, etc.

En el Estado espaol las libertades democrticas de expresin e informacin [184] estn empeorando por tercer ao consecutivo segn la investigacin de FUNCIVA que otorga una puntuacin de 6,58 sobre 10 en el respeto de las libertades. Mediante la Ley Mordaza [185] el llamado poder judicial pierde potestad sobre 3 millones de infracciones que quedan a libre arbitrariedad de la polica [186]. Dicho en general, el PP ha asestado un severo golpe represivo [187] durante los cuatro aos de legislatura que acaba de concluir. Estas y otras leyes van creando el caldo de cultivo ideolgico y poltico para anular un derecho concreto, el de huelga [188], que si es prohibido va a obligar al movimiento obrero y sindical, y a la izquierda militante, a volver a formas organizativas semiclandestinas o clandestinas para organizar la lucha en el interior del trabajo explotado, actualizando antiguos mtodos organizativos que parecan ya periclitados.

Independientemente de si los posibles acuerdos polticos concluyan en un Gobierno de centro reformista que anule o derogue muchas o algunas de las leyes represivas impuestas por el PP en la anterior legislatura, al margen de esto y como principio de precaucin, es conveniente adecuar la teora de la organizacin a las necesidades revolucionarias del presente y del previsible futuro porque sigue siendo vlida la advertencia de V. Serge: La Seguridad Poltica debe tender a destruir el movimiento revolucionario en el momento de su mayor actividad y no desviar su trabajo dedicndose a empresas menores. De manera que el principio es dejar desarrollarse el movimiento para luego liquidarlo mejor [189].


Notas

[1] J. Beinstein, Cambios decisivos en el sistema global. Entre ilusiones y guerras desesperadas contra el tiempo, 21 de octubre de 2014, y Crisis petrolera y declinacin sistmica mundial, 26 de mayo de 2015, ambos en (www.lahaine.org)

[2] Lenin, Resumen del libro de Hegel Ciencia de la Lgica, Cuadernos filosficos, Obras Completas. Progreso. Mosc, 1986. Tomo 29, pp. 112-145.

[3] X. Arrizabalo, Capitalismo y economa mundial, IME, Madrid 2014, pp.

[4] AA.VV., Elementos de anlisis econmico marxista, Catarata, Madrid, 2002, pp. 72-74.

[5] Marx, El Capital, FCE, Mxico 1973 Libro III, pp. 213-263.

[6] M. Roberts, La teora marxista de las crisis econmicas en el capitalismo. 7 de enero de 2016 (www.sinpermiso.info)

[7] J. M. Bermudo, La Filosofa moderna y su proyeccin contempornea. Barcanova, Barcelona 1983, pp. 267-360,

[8] Z. M. Orudzhev, La dialctica como sistema. Ciencias Sociales. La Habana 1978, p. 93.

[9] Vase, Pensar y practicar colectivamente el marxismo. Boltxe Liburuak Bilbo 2014, pp. 61-95.

[10] Vase La obra de Carlos Marx y Federico Engels frente al siglo XXI, de enero de 2003, con ltima edicin digital el 7 de diciembre de 2015 (www.kmarx.wordpress.com) Y El marxismo como teora matriz, 18 de mayo de 2011 (www.matxingunea.org) Hay edicin en formato libro en Edic. Trinchera, Caracas, 2012.

[11] Bo Gustafson, Marxismo y revisionismo. Grijalbo, Barcelona 1975, pp. 430-434.

[12] D. Bensad, Marx intempestivo, Herramienta. Buenos Aires. 2003, p. 24.

[13] Marx, El Capital, FCE, Mxico 1973, Libro I, pp. 647-649.

[14] 210 Informe de OXFAM, p. 4. 18 de enero de 2016 (www.oxfamintermon.org)

[15] A. Booth, El Capital de Pikkety y el fantasma de la desigualdad, 24 de septiembre de 2014 (www.marxist.com.es)

[16] Paula Bach, Desigualdad, crisis y utopa reformista, 27 de junio de 2015 (www.laizquierdadiario.com)

[17] M. Garrido, La filosofa de la ciencia en el siglo XX, El legado filosfico y cientfico del siglo XX, Ctedra, Madrid 2005, pp. 723-742.

[18] C. Snchez, Suicidios, espionaje, nepotismoLa Oficina Europea de patentes es un polvorn. 26 de noviembre de 2015 (www.elconfidencial.com)

[19] C. Soriano, Ciencia, publicaciones cientficas y cienciometra. Una aproximacin crtica. 30 de enero de 2015 (www.marxismocritico.com)

[20] J. Muoz. Filosofa de la praxis y teora general del mtodo, Lecturas de filosofa contempornea, Materiales. Barcelona 1978, p. 177.

[21] J. Muoz. Filosofa de la praxis y teora general del mtodo, Lecturas de filosofa contempornea, Materiales. Barcelona 1978, p. 180.

[22] D. Harvey: Gua de El Capital de Marx, libro I, Akal, Madrid 2014, p. 20.

[23] Vase, Marxismo vs sociologa. Las ciencias sociales como instrumento del imperialismo. Boltxe Liburuak, Bilbo 2012.

[24] P. Chattopadhyay: El trabajo de la mujer en el capitalismo y Marx, Marx Ahora, No. 12/2001, p. 75.

[25] Marx, El Capital, FCE, Mxico 1973, Libro III, pp. 719-720.

[26] Marx: Los Debates sobre la Ley acerca del Robo de Lea, En Defensa de la libertad, Los artculos de la Gaceta Renana 1842-1843, Fernando Torres Editor, Valencia 1983, p. 213.  

[27] E. Bloch, El principio esperanza, Aguilar, Madrid 1979, Tomo II. P. 494 y ss.

[28] T. Eagleton, Por qu Marx tena razn. Pennsula, Barcelona 2012, p. 127.

[29] R. Dunayevskaya El poder de la negatividad. Escritos sobre la dialctica en Hegel y Marx, Edit. Biblos, Buenos Aires 2010, p. 306.

[30] Marx: Miseria de la filosofa , Aguilar, Madrid 1973, pp. 242-243.

[31] H. Cleaver, Una lectura poltica de El Capital, FCE, 1985, pp. 71-72.

[32] Vase, Borrador sobre tendencias capitalistas, 3 de octubre de 2015 (www.matxingunea.org)

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[37] Vase La tica marxista como crtica radical de la tica burguesa. 29 de septiembre de 2002 (www.matxingunea.org)

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[39] Marx, El Capital, FCE, Mxico 1973, Libro III, pp. 232-239.

[40] Vase Euskal Herria necesita la independencia socialista. 18 de enero de 2016 (www.boltxe.eus)

[41] Lobbies sanitarios, corrupcin y opacidad: el desmantelamiento de la sanidad madrilea. 26 de noviembre de 2015 (www.elasalmoncontracorriente.es), y C. Cruz Rojo, La salud, necesidad de los pueblos, Derechos Humanos como arma de destruccin masiva. Boltxe Liburuak, Bilbo 2015, pp. 284-427

[42] Marx y Engels, Manifiesto Comunista. Obras Escogidas. Progreso, Mosc, Tomo I, 1978, p. 111.

[43] Bujarin y Preobrazhenski, ABC del Comunismo. Fontamara, Barcelona, 1977, pp. 134-136.

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[45] Vase, La dialctica como arma, mtodo, concepcin y arte. 4 de octubre de 2007 (www.rebelion.org)

[46] A. Woods, 2016: Un mundo en el filo de la navaja. 6 de enero de 2016 (www.luchadeclases.org)

[47] D. Sibony: De la indiferencia en materia de poltica. Locura y sociedad segregativa. Armando Verdiglione Edit. Anagrama. Barcelona 1976. P. 108.

[48] Fromm: El miedo a la libertad. Planeta-Agostini. Barcelona 1985. p. 176.

[49] J. Balboa: Entre el miedo y la violencia. Estrategia de terror y de represin para el control social. 6 de junio de 2006 ( www.lahaine.org )

[50] G. Jervis: Manual crtico de psiquiatra. Anagrama. Barcelona. p. 207.

[51] C. Gurmndez, La alienacin humana. Edit. Ayuso, Madrid 1973, pp. 105-115.

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[53] AA.VV. Tras la fachada de las teoras burguesas, Orbe. La Habana 1975.

[54] F. Jameson, Anlisis ideolgico: Un manual, Valencias de la dialctica, Edit. Tierna Cadencia. Buenos Aires 2013, p. 367.

[55] Trotsky, No fastidie usted ms!, Perfiles polticos. Edit. Ayuso, Madrid 1981, p. 130.

[56] P. Molina, Marxismo como tragedia. Universidad de Granada, 1992, p. 273.

[57] Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, Progreso. Mosc, 1978, Tomo I, pp. 8-9.

[58] N. Kohan, La herencia del fetichismo y el desafo de la hegemona en tiempos de rebelin, Con sangre en las venas, Ocean Sur, Bogot 2007, p. 100.

[59] Lenin, Resumen del libro de Hegel Ciencia de la Lgica, Cuadernos filosficos, Obras Completas. Progreso. Mosc, 1986. Tomo 29, p. 191.

[60] Lenin, Resumen del libro de Hegel Ciencia de la Lgica, Cuadernos filosficos, Obras Completas. Progreso. Mosc, 1986. Tomo 29, pp. 192-193.

[61] Vase, A. Arana, El problema espaol, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1997.

[62] L. Mrmora, El concepto socialista de nacin, PyP, Mxico, N 96, 1986, pp. 98-101.

[63] J. Veraza, Lucha por la Nacin en la Globalizacin. Quin en la lucha? Y Por qu tipo de nacin? Paradigmas y Utopas, Edit. taca, Mxico, 2005, pp. 45-48.

[64] A. C. Dinerstein: Recobrando la materialidad: el desempleo y la subjetividad invisible del trabajo. El trabajo en debate. Edit. Herramienta. Buenos Aires, 2009, pp, 243-268.

[65] Marx, Grundrisse, Elementos fundamentales para la crtica de la economa poltica (Borrador) 1857-1858), Siglo XXI, Madrid, 1976, Tomo I, pp. 367 y ss.

[66] Marx, El Capital, FCE, Mxico 1971, Libro III, pp. 322-323, y 731-735.

[67] A. Garca-Linera, Forma valor y forma comunidad, Clacso, Muela del diablo y Comuna, La Paz, Bolivia, 2009, pp. 203-230.

[68] Vase, Euskal Herria necesita la independencia socialista, 18 de enero de 2016 (www.boltxe.info)

[69] E. Juliana, 17 de enero de 2016 (www.lavanguardia.com)

[70] N. Domnguez, Una masacre de hace 10.000 aos habla de los orgenes de la guerra. 20 de enero de 2016 (www.elpas.com)

[71] AA.VV.: Los imperios del antiguo oriente II. Siglo XXI. Madrid 1992, pp. 158-161.

[72] Vase Por qu luchan los pueblos? 29 de junio de 2006, p. 47 (www.matxinguena.org)

[73] G. Thomson, Los primeros filsofos, Ciencias Sociales. La Habana, 2009. p. 183.

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[76] 8 de octubre de 2014 (www.elpais.com)

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[78] 24 de diciembre de 2015 (www.elpais.com)

[79] I. Mazo, El Estado autonmico y la teora de la organizacin. 14 de enero de 2016 (www.cincodias.com)

[80] R. Centeno, Y cmo se arregla Espaa? 11 de enero de 2016 (www.elconfidencial.com)

[81] Editorial, Dilogo, estabilidad, reformas y certidumbre. 13 de enero de 2016 (www.cincodias.com)

[82] 15 de enero de 2016 (www.abc.es)

[83] Raquel Pascual, BBVA asegura que la incertidumbre poltica ya afecta a la economa, 8 de septiembre de 2015 (www.elpais.com)

[84] N. Unmack, Hacia el mercado nico de capitales, 1 de octubre de 2015 (www.cincodias.com)

[85] D. Fernndez, Las acciones espaolas en manos extranjeras estn en rcord histrico, 23 de junio de 2015 (www.elpais.com)

[86] 16 de agosto de 2015 (www.eldiario.es)

[87] S. Prez Ramos, Quince evidencias econmicas que no se pueden olvidar, 18 de diciembre de 2015 (www.publico.es)

[88] 19 de febrero de 2015 (www.elblogsalmon.com)

[89] 5 de septiembre de 2015 (www.elconfidencial.com)

[90] 15 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[91] 14 de marzo de 2014 (www.diagonal.com)

[92] 9 de enero de 2016 (www.gurusblog.com)

[93] 15 de enero de 2016 (www.abc.es)

[94] 10 de enero de 2016 (www.expansion.com)

[95] R. Centeno, Diez aos de PSOE/PP: Ibex -14%, Dax +92% 4 de enero de 2016 (www.elconfidencial.com)

[96] 10 de enero de 2016 (www.elmundo.es)

[97] 10 de enero de 2016 (www.expansion.com)

[98] 15 de enero de 2016 (www.publico.es)

[99] 8 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[100] 8 de enero de 2016 (www.lavanguardia.com)

[101] Martina Goldenberg y N. Vanoli, Grecia, servidumbre de la deuda o el xi, 30 de diciembre de 2015 (www.sinpermiso.info)

[102] J. M. de la Via, Reindustrializar Espaa, un proyecto de Estado. 8 de enero de 2016 (www.elconfidencial.com)

[103] P. P. Portinaro, Estado, Claves. Buenos Aires, 2003, pp. 86-90.

[104] 9 de noviembre de 2013 (www.abc.es)

[105] 7 de agosto de 2015 (www.cincodias.com)

[106] 26 de noviembre de 2015 (www.elpais.com)

[107] Alierta, No somos conscientes del cambo que se va a producir, 15 de enero de 2016 (www.expansion.com)

[108] 20 de septiembre de 2015 (www.elpais.com)

[109] 16 de enero de 2015 (www.elpais.com)

[110] 15 de septiembre de 2015 (www.abc.es)

[111] 13 de junio de 2014 (www.rankia.com)

[112] Marea Granate, El Gobierno minimiza deliberadamente los datos de la emigracin espaola, 15 de junio de 2015 (www.mareagranate.org)

[113] 17 de enero de 2016 (www.kaosenlared.net)

[114] J. Caldern, Cada vez menos docentes y sanitarios, 6 de enero de 2016 (www.laizquierdadiario.com)

[115] 15 de enero de 2016 (www.expansion.com)

[116] I. Garca Iglesias, Espaa duplica en economa sumergida a Francia y Reino Unido. 26 de noviembre de 2014 (www.cincodias.com)

[117] J. Doz, El escandaloso caso de la desigualdad en Espaa: el papel de los salarios. 8 de enero de 2016 (www.sinpermiso.info)

[118] 15 de enero de 2016 (www.eldiario.es)

[119] Vase El problema espaol y el nacionalismo del Partido Comunista de Espaa, El nacionalismo imperialista del Partido Comunista Espaol. Crtica de una historia de dominacin. Boltxe. Liburuak, Bilbo 2015, pp. 15-42. Existe versin en la red, del 4 de diciembre de 2015 (www.boltxe.info)

[120] M. Wisniewski, Star Wars, el capitalismo y la ideologa, 16 de enero de 2016 (www.lahaine.org)

[121] 4 de diciembre de 2015 (www.elpais.com)

[122] [122] A. J. Mora y J. J. Mateo, Ciudadanos plantea en Andaluca el estudio del cataln, euskera y gallego. 15 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[123] X. Vidal-Folch, Espanya, Espainia, Espaa,8 de diciembre de 2015 (www.elpais.com)

[124] Euri Iparragirre, Herri Kultura I, 10 de noviembre de 2015; y Herri Kultura II, 10 de diciembre de 2015 (www.boltxe.info)

[125] Ana Lpez, Hollywood, Nuestra Amrica y los latinos. Ediciones Unin. La Habana, 2012, p. 91.

[126] 28 de septiembre de 2012 (www.lavanguardia.com)

[127] O. Snchez Muoz, Consulta, s. Derecho a decidir unilateralmente, no. 7 de enero de 2016 (www.publico.es)

[128] I. Zubero, La insoportable insaciabilidad del ser nacional, 6 de enero de 2016 (www.eldiario.es)

[129] F. Savater, Ni podemos ni debemos. 7 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[130] V. Navarro, La redefinicin de Espaa, 17 de diciembre de 2015, y Qu hay detrs de la defensa de la unidad de Espaa? 30 de diciembre de 2015 (www.publico.es)

[131] Los lderes catalanes admiten que la secesin puede superar los 18 meses 18 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[132] 12 de enero de 2016 (www.gara.eus)

[133] 13 de enero de 2016 (www.elpais.com)

[134] I. Errejn, Abriendo brecha: apuntes estratgicos tras las elecciones generales, 11 de enero de 2016 (www.kaosenlared.net)

[135] M. Martnez Romano, Construyendo una patria plurinacional, 18 de enero de 2016 (www.kaosenlared.net)

[136] E. Llopis, La integracin europea, bajo la gida de EEUU y el FMI. 4 de enero de 2016 (www.rebelion.org)

[137] Por qu y cmo debemos organizarnos?, del 29 mayo de 2011, y Pare qu y cmo debemos organizarnos?, del 26 de junio de 2011, ambas en (www.matxingunea.org) El colectivo Borroka Garaia Da volvi a publicar en su pgina web las dos ponencias ms una breve presentacin, en el texto titulado Organizacin revolucionaria, del 28 de enero de 2013.

[138] Vase Por qu editar el Qu hacer? en Euskal Herria?, 24 de junio de 2014 (www.matxingunea.org) y en formato libro en Boltxe Liburudenda, Bilbo, 2014,

[139] AA.VV, Das rebeldes. Crnicas de insumisin. Octaedro, Barcelona 2009, pp. 10-19.

[140] Tucdides, Historia de la guerra del Peloponeso, Akal, Madrid, 1989, p. 310.

[141] Tucdides, Historia de la guerra del Peloponeso, Akal, Madrid, 1989, p. 485.

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Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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