Portada :: Amrica Latina y Caribe :: Usos y abusos de Hait
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-02-2016

Hait
Crnica de un suburbio de la capital

Mercedes Rosende
Semanario Brecha


Va a ir a votar?, pregunt la periodista a todos aquellos que cruz en su camino en Martissant, un suburbio empobrecidsimo de la empobrecidsima Hait. Para qu?, le respondieron invariablemente sus interlocutores.

Lo primero fue el asco. Mi asco. Caminar sobre placas tectnicas de desperdicios, porquera, basura apisonada, dar un paso y otro sobre bolsas, trapos, mierda, botellas, paales, temer resbalar en ese barro amasado con aguas servidas que huelen a vmitos, semen, fetos en descomposicin, pescado podrido.

Yo s que debera encontrar una palabra para describir este olor, esta pestilencia a cosas muertas, a ros de orines calentados al sol y mezclados con la sal y la humedad del mar que est all, a dos pasos, pero fracaso: hedor, tufo o hediondez no describen nada de este mundo. Camino y trago saliva.

Al medioda y en el mercado, cuando baj de mi burbuja rodante y acondicionada, ese olor fue un puo que me revent la boca.

Estamos en Hait, en el sur de Puerto Prncipe.

Este lugar se llama Martissant, y es la miseria de la miseria.

Un entramado de callejones oprimido entre el Caribe y la montaa, chabolas en equilibrio al borde del barranco, una aglomeracin anrquica de viviendas, aguas negras que bajan entre cantidades descomunales de desechos, geografa implacable y tugurizada y, por donde se mire, el hacinamiento de gente sin esperanza ni dientes.

Ac se hace ms difcil que en el resto del pas encontrar vestigios de la llamada perla de las Antillas.

Trescientas mil o 400 mil personas (nadie lo sabe muy bien) se amontonan en poco ms de ocho quilmetros cuadrados. No hay censos ni estadsticas, dice Carlota, una sociloga espaola que no le teme al barro ni a los malos olores, que trabaja en una oficina que es tambin una chabola y que da asistencia psicolgica y legal a mujeres vctimas de violencia. No se conocen a ciencia cierta los ndices de asesinatos, robos, violaciones, abuso sexual, explotacin infantil, trata, violencia familiar (viendo las fotos de mujeres golpeadas que hay sobre su mesa exploto en ansias de castraciones y torturas y pena de muerte, y no s si todava soy yo o el enano fascista que me habita).

Si Hait es una pesadilla para la humanidad, el barrio de Martissant junto a la famosa Cit Soleil es el producto estrella de las pesadillas.

La ruta que va al sur corta el barrio de un machetazo: autos trancados en el trnsito brutal, colapsado, psictico, taptaps, camiones exhaustos y multicolores cargados hasta lo increble de gente y de bolsas y de paquetes, el lujo blindado de las cuatro por cuatro, motos chinas con tres y cuatro pasajeros, y este mercado, el ms repugnante del planeta, que se arma sobre la basura por donde camino ahora mismo, arrastrando el asco y la angustia como a un perro muerto.

(Hay o hubo algo de soberbia en esto de cruzar la frontera asptica de mi hotel de cadena internacional con aire acondicionado a 21 grados y desayuno continental para meter la nariz en la sucursal del infierno.)

Qu se le puede vender a los ms miserables de los miserables? Una bolsa sucia extendida en el suelo exhibe yucas, jabn de lavar y velas caseras, un par de ollas viejas, lechugas tristsimas. En un pas con un ndice de desocupacin estratosfrico, la nica alternativa es salir a vender lo que se tenga. Lo que se tenga. Hay que conseguir el sustento de la familia de ese da, y no es casual que la composicin por gnero del mercado sea la que es: casi todas mujeres, mujeres que llevan su carga en la cabeza, frutas y verduras, latones de arroz con porotos negros, bultos de ropa usada, tachos con agua, quilos de panes, botellitas de ron casero.

A mi lado, Amlie limpia las tripas de un animal, las sumerge en un agua turbia, indescriptible, las vuelva a sacar, las inspecciona y repite el procedimiento hasta quedar satisfecha, luego las cuelga de una soga como una guirnalda de Navidad. Dije que no hay agua corriente? Tampoco hay electricidad. Mi conductor, lian, le explica que yo soy de un lugar de Amrica del Sur, que quiero saber cmo es su vida. Amlie asiente, tiene la mirada un poco perdida, habla lento, hace pocos das vio morir a su beb recin nacido entre charcos de sangre porque el hospital pblico estaba en huelga y ella no calific para ingresar al de una conocida organizacin humanitaria. Despus sabr que el ndice de muertes por parto es en Hait uno de los ms elevados del mundo, 600 por cada 100 mil. Dice lian que ella dice que le cuesta caminar tantas horas y con la carne de cabrito sobre la cabeza. No hay otros mdicos, otros hospitales? l dice que ella dice que no sabe. La ayuda internacional se ha ido retirando, es cada vez menor. Esto lo dice mi conductor, que es hombre y sabe de esas cosas. Amlie sumerge tripas, las saca, las cuelga.

Dilogo que podra haber tenido con Amlie, si tuviramos algn idioma en comn:

Cunto gans?

A veces 200 gurdas, a veces 400 [un dlar vale 60 gurdas], a veces nada.

Cuntas horas trabajs?


No s cuntas horas trabajo, llego cuando amanece, antes an. Traigo carne de cabrito que mi madre y yo faenamos. Me voy cuando cae el sol porque tengo miedo de las bandas armadas, a las mujeres nos roban lo que tenemos, nos violan, a veces nos matan.

Vas a ir a votar?


Para qu?

Camino un poco ms, por un momento me olvido del asco, del olor, los ojos fijos de Amlie me siguen aunque ya no me pueden ver. Las vendedoras estn sentadas en el suelo, al lado de su montoncito de morrones o de ajos, de tomates cascados, espantan las moscas, la paciencia y la indiferencia pintadas en sus rostros. Mujeres para las que el tiempo no existe.

Una joven lleva un petate de varios pisos sobre su cabeza, es una forma rara, no alcanzo a distinguir la carga hasta que se acerca y veo plumas, picos, patas, alas: un hato de gallinas casi vivas o casi muertas.

Nadine, muy vieja, un nico diente grande y largo que baja desde su enca superior, sacude las mil trencitas de cabello blanco y vende oraciones para combatir maleficios. S, oraciones a Erzulie Yeux Rouges, la gran reina del vud, diosa nacida del sufrimiento y de la esclavitud, del dolor de las violaciones, la que tiene los ojos rojos de llorar y el machete de guerrera en la espalda. Siento un rechazo inicial, algo de repulsin por esas imgenes de la cosmogona haitiana la palabra vud tiene para m ecos de salvajismo, de ignorancia, pero Nadine me hace remontar el desagrado a fuerza de simpata. Habla un poco de francs y me pregunta si tengo pareja, cuntos hijos, me regala una botellita de agua milagrosa que llega del norte del pas, de algn sitio donde asegura que se apareci la diosa. Tambin vende klerec, un alcohol de altsima graduacin que no s si tiene algo que ver con el rito antimaleficios o los haitianos lo compran porque les gusta. No, no quiero probar el klerec, muchas gracias. Vive en Martissant desde que naci, me cuenta que este lugar era el paraso. Pero de eso hace mucho, y re su diente solitario.

Vas a ir a votar, Nadine?


Para qu?

Estoy en la entrada, en el umbral de una vivienda. No dije puerta porque no hay, apenas un hueco en los bloques de hormign tapado con una tela descolorida. Por la noche colocan una chapa y varios candados, me dice Maxine, que defiende a los pobres de los otros pobres, pienso yo. Dentro el suelo es de tierra apisonada, algunas sillas, una mesa con mantel bordado, muy limpio, dos cuadros del sagrado corazn, un par de diplomas, unos peluches sobre un mueble, figuritas de cermica, muecas de hace dcadas. Una especie de miseria emperifollada.

Maxine dice que es de clase media, intelectual, agrega levantando la voz y la barbilla. En realidad Maxine no sera clase media en ninguna parte ms que en frica central o aqu, en Hait, pero no ser yo quien se lo diga. Me habla de la corrupcin que ha empujado al pas a la miseria, de la prdida de su trabajo despus del terremoto, de las posibilidades casi nulas de hacer algo con una licenciatura en letras. Habla alto, casi grita, y yo quedo hipnotizada por esa erre haitiana que es casi una ge, por toda esa fuerza de Maxine que, lo s, se ir apagando con el tiempo. Habla de la inutilidad de los proyectos de desarrollo internacionales, de la corrupcin de los gobernantes locales y de todas las autoridades, de la falta de salud y de higiene y de justicia y de seguridad y de educacin. No cree en los polticos, y hoy ir a la manifestacin en contra de la segunda vuelta de las presidenciales. Yo miro alrededor, nunca vi osos de peluche ms tristes.

Vas a ir a votar?


Para qu?

All en lo alto hay un cartel publicitario enorme: Mam, es tu turno de hacerte mimar, dice en francs y no en crole, y una presunta madre, joven y bella, pelo lacio, sonrisa blanqusima contra la piel negro clarito, mira con amor a una imponente camioneta Bmw.

Grand Ravin fue un arroyo y hoy es el mayor basural en el barrio de la basura, un asentamiento dentro de Martissant, un vertedero donde comen los chanchos y las cabras y los perros, y juegan los nios. No s si es verdad, en todo caso es un smbolo la historia de los nenes que jugaban al ftbol con un crneo como pelota. Y es que ac hay tantos muertos por homicidio que luego son quemados, que no costara mucho creerlo.

Por ejemplo, en 2005, en un estadio de Martissant y frente a 5 mil personas, la banda Lam Ti-Manchet (el Ejrcito del Pequeo Machete) masacr a 50 personas, matanza que continu al da siguiente en Grand Ravin.

Cuando llueve, el arroyo resucita, cobra vida, y los casos de clera se multiplican, me dice Alice, una joven mdica haitiana que trabaja en el hospital de Martissant. Cinco aos despus de la aparicin de la epidemia, el sistema de salud haitiano carece de fondos para combatirla, de recursos humanos.

Alice cuenta que estudi en Estados Unidos y volvi para ayudar en su patria. Ahora piensa que es poco lo que puede hacer en medio de la desidia y la corrupcin.

No hay mdicos?


Dicen que hay ms mdicos haitianos en Montreal que en Puerto Prncipe.

Y hospitales?


Los ricos se atienden en Miami.

Sonre con la mitad de la boca.

Est cansada de pelear en hospitales sin camas ni medicamentos, sin agua corriente, sin luz, sin letrinas. Tiene 41 aos y quiere huir, est entrampada en el sitio al que quiso volver. Piensa: quin se ocupar, si me voy? Y sigue un da ms. Slo un da ms, me dice desde atrs de un biombo donde se lava las manos, la cara y los dientes con agua que compr con su dinero.

Lleg el momento, har la pregunta que debo hacer, la har con vergenza y sabiendo que no hay salida, y esperar la respuesta.

Pero Alice no me contestar, ya se habr ido.

El rugido de un avin tapar el silencio.

Fuente: http://brecha.com.uy/


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