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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-02-2016

Las llamadas guerras culturales en un reino donde se presume de leer a Kant

Ignazio Aiestaran
Rebelin


Para empezar, al autor de estas lneas no le satisface demasiado la expresin guerra cultural. La cultura siempre ha formado parte de los conflictos sociales y econmicos, as que en realidad las nuevas guerras culturales son los viejos conflictos sociales y econmicos camuflados en el lenguaje meditico y poltico, que cambia con el tiempo, pero siempre dentro de la sociedad del espectculo de la que hablara Guy Debord.

Un peligro manifiesto de abusar del trmino guerra cultural es que se trata de una copia academicista del relato sobre los conflictos a partir de esquemas usamericanos (USA) en relacin a los marcos hegemnicos al estilo de George Lakoff, que es una forma edulcorada de obviar los intereses sociales de base, reducindolos a una competicin entre partidos o entre elefantes, algo que silencia de fondo las luchas por el reconocimiento de las comunidades y de los movimientos.

El relato de las guerras culturales le viene bien a cierto sector de la derecha y su poltica cultural, como los artculos y discursos de Jos Mara Lassalle, donde se busca camuflar la realidad bajo los oropeles de una Ilustracin sesgada y aparentar que los desmanes de la derecha cometidos en nombre de un liberalismo progre son faro y destino de Occidente. Al final, solo son caretas, como siempre se comprueba en cuanto se rasca un poco debajo de la buena conciencia de toda la ideologa liberal, hueca y vaca.

De verdad es apropiado el trmino guerra cultural? Voy a contar algo en primera persona. En el ao 2012 el Ayuntamiento de Pamplona entonces gobernado por la derecha rancia y regionalista del lugar censur una conferencia que tena que impartir. Lo que experiment entonces no fue una guerra cultural, sino la opresin de un sistema, de un rgimen, cuyos hilos de poder van desde el caciquismo econmico hasta los espacios pblicos y las palabras. As son las cosas, sin aditamentos.

Hablar de guerra cultural en el contexto actual no es mucho ms que reconocer, por caso, que la derecha tradicional sea la vieja de origen franquista, sea la nueva de diseo neocon recurrir a los medios que tiene a su alcance para conseguir sus objetivos. Todo aquello que no consigue por los votos, los pactos, los medios de comunicacin y la religin, lo lleva a los tribunales. Solo hay que recordar que tanto la censura y la persecucin en el teatro como la negativa a retirar smbolos franquistas y fascistas forman parte de una historia de dcadas. No son algo reciente.

En relacin al poder judicial y los tribunales hay que aadir una observacin: en los debates actuales se da mucha importancia a la necesidad de cambiar la poltica, la economa y la cultura, pero con frecuencia se olvida que tambin hay que cambiar el poder judicial. Cuando se lanz el concepto de Cultura de la Transicin (CT) como herramienta interpretativa de la historia del Reino de Espaa desde la Segunda Restauracin borbnica, la mayora de los trabajos trataban de novelas, partidos polticos, redes digitales y medios de comunicacin. La CT no haca referencia a la cultura judicial. Un vaco que qued por analizar para el futuro (el jurista Bartolom Clavero ha sido una excepcin en este campo).

Hubo una poca, en la dcada de los 80 y gran parte de los 90, que los sueos de la posmodernidad en el Reino de Espaa hicieron pensar que se haba pasado del movimiento franquista a la movida cultural, pero eso solo fue un espejismo para un sector de la poblacin y para una regin determinada (adems naci muerta bajo la esttica de una desmemoria autodestructiva que quedaba ya patente en la visionaria pelcula Arrebato de Ivn Zulueta). An y todo, en aquella poca tambin funcionaron las listas negras, el silenciamiento de amplios sectores culturales y la marginacin de ideas no consensuales; solo que se hizo con alegra y colorido y pas ms desapercibido, mientras se preparaban los cimientos de la especulacin y su burbuja, que explotaran aos despus.

Me entristece un poco que se haya activado ahora la alarma sobre la censura y los conflictos histricos y culturales cuando ha llegado el problema a la capital del Estado y a cierto sector poltico. Es preocupante la poca memoria que tenemos: por caso, mucha gente no se acuerda del cierre del peridico Egunkaria en el 2003, su quiebra econmica y la detencin y prisin de sus cargos directivos. En el 2010 la Audiencia Nacional absolvi finalmente a todos los cargos directivos y en el 2014 se archiv tambin la causa econmica que haba en su contra, despus de haber hecho desaparecer un peridico con criterios democrticos. Eso s que fue una guerra meditica, poltica y judicial, que activ todos los mecanismos de consenso de la Cultura de la Transicin. Quiz estemos ahora en un nuevo renacimiento de esa contra-revolucin cultural, aunque ms bien parece una prolongacin de todo ese entramado de caza de brujas al ms puro estilo del senador McCarthy.

En cuanto al futuro soy bastante escptico, ya que el Reino de Espaa se ha convertido de facto en un Estado fallido con toda su decadencia, donde se puede esperar cualquier cosa de una situacin as. Solo cabe generar nuevos mecanismos de resistencia en la memoria (algo que ciertos sectores de la izquierda han descuidado, sin saber muy bien por qu) y centrarse en aquellos proyectos colectivos y cooperativos tanto locales como internacionales, a pequea o mediana escala, que demuestran estar insertos en dinmicas alternativas y creativas. Por lo dems, seguimos con las inercias del pasado: algunos premios culturales que se sabe que estn amaados y que nadie critica abiertamente, pelculas que son dobladas al castellano siguiendo el modelo de censura franquista, la proliferacin meditica y educativa del patriarcalismo que permea toda la cultura dominante con sesgos machistas (desde la moda y la televisin hasta el ftbol y la Semana Santa), el olvido del mundo rural y de los pueblos, la sustitucin de la cultura popular en favor del diseo de la marca turstica y la destruccin del paisaje y de los ecosistemas, la tontera de la alta gastronoma que te dice cmo deconstruir una tortilla de patatas cosas que te dejan los pelos de punta, la verdad.

En una situacin como la actual es un error aparentar lo que no se es proyectando un vaco de sentidos y significados, porque eso no hace ms que afianzar el espectculo cultural en el que nos encontramos y favorecer la corrupcin lingstica que nos deja en la indefensin para avanzar sobre bases firmes. En la campaa electoral de finales del 2015 dos lderes de la nueva poltica ambos de opciones contrapuestas acabaron involucrados en una situacin esperpntica al verse obligados a hablar de Kant en un debate. Era obvio que ambos no haban ledo a Kant (uno de ellos lo reconoci explcitamente) y todo lo que dijeron al respecto no pasaba de meros clichs banales. En los das siguientes se habl mucho de aquello y ambos seguan empeados en referirse a Kant, de una u otra manera, porque era un distintivo de alta cultura y refinamiento democrtico. Mientras oa y lea cosas sobre aquel debate filosfico fallido, me preguntaba de qu Kant hablaban en la poltica y en la prensa: se referan al Kant de la esttica trascendental y la arquitectnica de la razn, o al Kant del imperativo categrico y la pena de muerte, o al Kant que menosprecia a las mujeres y que no vea con malos ojos que se pegara a los negros en condiciones de esclavitud? Al final creo que casi nadie haba ledo a Kant, ni tampoco a Hannah Arendt, quien nos relat que Adolf Eichmann se declaraba lector de la Crtica de la razn prctica, mientras cumpla rdenes desde su banalidad.

Si queremos salir de esta banalizacin cultural y pensar la historia a contrapelo por usar la expresin de Walter Benjamin, haramos bien en reconocer nuestras limitaciones y carencias, practicar con mayor humildad lo que Adrienne Rich llam una poltica de la ubicacin y de la situacin. No hay atajos. Desde ah, como dice Judith Butler, tenemos que pensar la precariedad de (todas) las vidas, tanto existencial como polticamente, porque la cultura es la expresin contingente, nunca asegurada, ni definitiva, de nuestros cuerpos y cuidados en comn.


* Estas reflexiones sobre el tema de las guerras culturales las redact a peticin del peridico Diagonal, gracias a la amable invitacin de Jos Durn Rodrguez. El reportaje completo en dicho peridico, que cuenta con la opinin de ms personas (Marta Sanz, David Becerra Mayor, Luisa Elena Delgado y Gonzalo Abril), se puede leer en el siguiente enlace: https://www.diagonalperiodico.net/culturas/29374-guerras-culturales-beyonce-super-bowl-titiriteros-carcel.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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