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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-02-2016

La disputa por los derechos humanos

Carlos de la Rosa de la Vega
Rebelin

El siguiente artculo es el texto de introduccin del libro "Ms all de lo imposible. La dimensin poltica de los derechos humanos en el siglo XXI", publicado por la editorial Txalaparta, Navarra (Espaa), en febrero de 2016.


Los derechos humanos son un campo de batalla. Sobre ellos se erigen los ms diversos discursos destinados a legitimar posicionamientos ideolgicos las ms de las veces irreconciliables. Posturas enfrentadas disputan hacerse hegemnicas en terrenos comunes de lucha, institucionalizando as su visin del conflicto y sus propuestas concretas de resolucin del mismo. Por lo general, en cualquier conflicto se remite a la observancia o inobservancia de los derechos humanos en una cadena de argumentaciones en espiral: en nombre de los derechos humanos se demonizan los sistemas polticos que dificultan el bienestar y la dignidad de su poblacin (recordemos los casos de Irak, Libia o Ucrania); para hacer efectivos los derechos humanos en esos lugares se llevan a cabo invasiones militares que destruyen escuelas, iglesias, sistemas de comunicacin, hospitales, carreteras, vidas, canales de abastecimiento de agua potable y electricidad (Libia, Irak, Ucrania); enarbolando esa misma bandera se denuncian las guerras y asesinatos que presuntamente solo buscaban ofrecer los beneficios de los propios derechos humanos a una poblacin que, en muchos casos, ya no existe (Irak, Ucrania, Libia).

Algo similar ocurre con el aborto. Basndose en la legitimidad que les otorgan los derechos humanos, reivindican muchas mujeres su derecho a la interrupcin voluntaria del embarazo; su poder de elegir sobre su propio cuerpo y sobre su destino sin imposicin ajena, su derecho a escapar de la precarizacin en la que viviran ella y su criatura al no disponer de los recursos econmicos o de cuidado suficiente para hacer de esas dos vidas (la suya y la de su criatura) unas dignas de ser vividas. Tambin en nombre de los derechos humanos muchos reivindican el derecho del no nacido a la vida, tal cual lo tuvo su madre al nacer, ya sea desde enfoques teolgicos (solo Dios da y quita la vida), ya desde posicionamientos de inclusin familista (tambin los hombres-padres deberan poder decidir) y hasta colectivistas (la decisin de abortar o parir no debe recaer en la madre, ni siquiera en la madre y el padre, sino en la sociedad en su conjunto, que es la que en ltima instancia crea las condiciones estructurales para el sustento de la criatura en el futuro). La misma lgica argumentativa siguen las discusiones en torno a la eutanasia, por ejemplo, o sobre la idoneidad o peligrosidad de llevar a cabo polticas de desarrollo econmico en el corto y largo plazo.

Si esto es posible, si un solo puado de leyes agrupadas puede ser el centro de conflictos y debates tan amplios, de intereses y planteamientos nacidos en cualquier lugar del mundo y aplicados en el otro extremo del globo, es porque la Declaracin Universal de los Derechos Humanos es la primera constitucin de la historia que nace con la pretensin explcita de abarcar a toda la humanidad. Antes de 1948, cientos son los intentos de establecer unas pautas de convivencia en base a la coexistencia pacfica y alejadas de la imprevisibilidad de las reacciones por parte de las personas o grupos dirigentes. Desde el Cdigo de Hammurabi (siglo XVII a.C.) hasta el Cilindro de Ciro en Babilonia (539 a.C.), pasando por las leyes de Soln y Dracn en la Atenas del siglo VII a.C., las XII Tablas romanas del siglo V a.C. e incluso la carta del imperio Mal, leda en el siglo XIII en el frica occidental, muchas son las leyes que pueden considerarse actualmente como precursoras de los derechos humanos. Pero si estas normas fueron proclamadas para regir la convivencia en un territorio y poblacin concreta, la Declaracin Universal de los Derechos Humanos nace con la pretensin explcita de regir las relaciones sociales de cualquier grupo humano a lo largo y ancho del mundo, sea cual sea su lugar de nacimiento y residencia. Su finalidad es inclusiva e inmortal: su propsito es servir a todos, a todas, y para siempre.

Esta concepcin universalista de los derechos humanos fue recogida y plasmada por el jurista francs y Premio Nobel de la Paz en 1968 Ren Cassin, quien en los debates de la Comisin de redaccin de la Declaracin consigui que sta fuera adjetivada como universal (Mestre Chust, 2007). Y esto porque frente a lo universal, lo internacional lo componen los estados y otros actores de la escena poltica global, como las empresas transnacionales o los organismos supraestatales (Unin Europea, OTAN, etc.). En el caso de haber sido proclamada una Declaracin internacional, sera a estos actores globales a los que iran destinados los derechos humanos. Estos seran los encargados de administrarlos y fiscalizarlos, poniendo trabas, facilidades, ralentizando su aplicacin o imponindolos por la fuerza de manera rutinaria. Y ello debido a que desde esta perspectiva lo internacional es un concepto temporal, coyuntural, casi anecdtico. En la prctica, segn el posicionamiento de partida de Ren Cassin, unos pases seran ms garantes que otros en la administracin de estos derechos. Algunas zonas del planeta quedaran hurfanas de este bien, mientras que en otras podra ser gestionado como un mero servicio de lujo. Los derechos humanos podran ser intercambiados, vendidos, suspendidos. Al calificarla de universal, la Declaracin postul que ninguna persona puede ser separada de estos derechos, y que su titularidad es directa, no derivada, sin intermediarios. Aunque la prctica dicte una realidad bien distinta, tericamente no son los estados o alguna empresa petrolera quien tiene la capacidad de administrar los derechos humanos como si fueran impuestos, avena o gas. Esto se debe a que en este marco lo internacional hace referencia al aspecto jurdico-gubernamental como el predominante en el juego de la poltica, realizada desde posiciones diferentes y tendentes tanto a la colaboracin como al conflicto. Lo universal, en cambio, se relaciona con una ausencia de conflicto que abarca la dimensin jurdico-gubernamental como una ms de las que componen el mundo de las relaciones humanas. Lo internacional, dicho de otra manera, desde esta perspectiva, es un espacio demasiado mundano: remite a lo cultural, a lo temporal, a lo que est sujeto al cambio. Lo universal es, sin embargo, una dimensin de lo real ni siquiera exclusivamente humana. El concepto de universalidad remite a todo lo abarcable, a lo inmutable, a lo estable, lo que permanece. Remite y aqu radica parte de su gran importancia- tanto a todo lo existente (como la naturaleza, y su degeneracin: el medio ambiente) como a lo no existente an (las generaciones venideras).

Por eso la Declaracin Universal pretende presentarse al mundo sin sujecin a uno u otro credo. No es apoltica, pero intenta no estar ligada a las particularidades de una moda o una forma poltica concreta; se presenta como universal porque las abarca a todas, por encima y entre los actores polticos: engloba a toda la humanidad y de manera directa, sin intermediacin posible. De esta manera desde el enfoque universalista, los actuales derechos humanos y su plasmacin final en la Declaracin Universal de 1948 no hacen ms que recoger una herencia de milenios en busca de la armoniosa convivencia humana que puede ser rastreada a lo largo de la historia del pensamiento, desde las principales religiones monotestas hasta el humanismo filosfico desarrollado en el ltimo siglo, pasando por la moral confuciana y el atesmo militante. Como consecuencia, los derechos humanos, al hacerse universales, pertenecen, de facto, a toda persona, toda institucin, toda cultura y toda sociedad, en cualquier lugar y momento histrico: es, como se ha dicho antes, de todo ser humano y para siempre.

Sin embargo, en los ltimos aos esta concepcin de los derechos humanos ha sido fuertemente cuestionada. Por un lado, se ha puesto en entredicho el pretendido carcter inalienable de los derechos humanos: de ser as, no habra necesidad alguna de que estos tuvieran que ser defendidos, reivindicados, conseguidos y ratificados por multitud de convenciones internacionales y prcticas sociales. Adems, si estos derechos perteneciesen de manera innata a toda persona, fuera cual fuera su origen y situacin tnica, geogrfica, laboral, etc., no podra llevarse a cabo accin alguna que tuviese como consecuencia pretendida o inesperada el dao de los derechos humanos de grandes grupos de poblacin sin que sta fuese duramente castigada. Algo que, conocemos, no ocurre. Ms humildemente, parece que lo que se nos ofrece no es la indiscutible titularidad de los derechos humanos por el mero hecho de haber nacido, sino la posibilidad de su disfrute, y que no es ms ni menos- que esta posibilidad la que aparece recogida en la ingente literatura sobre el tema, como una hoja de ruta a realizar.

Por ello se suele diferenciar entre la dimensin formal de los derechos humanos, aquella que queda recogida en la Declaracin de 1948 y en las sucesivas convenciones firmadas hasta nuestros das, y la dimensin material de los mismos, pretendiendo as mostrar el amplio espacio existente entre el reconocimiento legal de los derechos y el acceso real a unos recursos los propios derechos humanos, esta vez materializados- por parte de grupos sociales las ms de las veces ajenos a los procesos de reparto y adquisicin de los mismos. As es cmo desde un segundo enfoque que podramos denominar materialismo cultural, pues pone el nfasis en la contextualizacin particular en la que nacen y se desenvuelven los derechos humanos- se critica la perspectiva universalista por presentar unos derechos humanos desterritorializados, fuera, por encima y previos al mundo en el que se aplican, casi ajenos a l, al tiempo que alerta del carcter eminentemente poltico de los mismos, inmersos en relaciones de poder que funcionan oprimiendo, explotando y excluyendo a muchos colectivos de personas que exigen vivir dignamente (Herrera Flores, 2005). Desde esta perspectiva se definen los derechos humanos no como las frutas a recoger del rbol del sistema, ni como el reguero que deja a la poblacin una estructura jurdica e institucional supranacional a travs de un mecanismo de goteo siempre previsiblemente insuficiente. Por el contrario, culturalmente los derechos humanos son definidos como los espacios y las prcticas de encuentro, interaccin, conflicto y (des)acuerdo donde se dan las condiciones de su desarrollo. Es decir, como los recursos con los que se construyen las bases del bienestar y la convivencia humana -valores, normas, instituciones- a la vez que como las prcticas sociales que posibilitan la existencia de esos recursos (Herrera Flores, 2000).

Desde esta perspectiva, que creemos necesario hacer nuestra, las prcticas sociales son configuradoras de derechos humanos cuando responden a la necesidad de defenderse de un contexto o elemento del mismo tendente al dao sistemtico de las condiciones de vida de una poblacin dada, o cuando estn orientadas al nacimiento de una nueva contextualizacin de las relaciones de poder ms justa e igualitaria. En este sentido, las prcticas constitutivas de derechos humanos se articulan en base a dos momentos, ya se den stas de manera consecutiva, alternativa, excluyente o paralela.

El primer momento, con un carcter eminentemente reactivo, es el que se caracteriza por la defensa y mantenimiento de los cauces de humanizacin frente a una situacin significada como daina. En este momento los derechos humanos son conformados en base a un conjunto de prcticas sociales, simblicas, culturales e institucionales que reaccionan contra los excesos de cualquier tipo de poder y en donde se impide a los seres humanos constituirse como sujetos (Snchez Rubio, 2007). Es, pues, en este momento, el establecimiento de unas lneas rojas lo que nos da el sentido de la civilizacin: ms all de las cuales se encuentra la barbarie, el salvajismo; ms ac la convivencia pautada. En la distancia o confusin de ambos espacios, nuestra suerte.

Pero como se muestra en las pginas que recorren este libro a travs de sus respectivos artculos, son tambin constitutivas de derechos humanos aquellas prcticas que establecen una nueva realidad, abriendo espacios de disputa y emancipacin inexistentes previamente. Este es el momento positivo, propositivo de los derechos humanos, de creacin de contextos imprevistos con anterioridad a travs de las diferentes prcticas de interaccin social. Aqu los derechos humanos actan como medios discursivos, expresivos y normativos que pugnan por reinsertar a los seres humanos en el circuito de reproduccin y mantenimiento de la vida, permitindonos abrir espacios de lucha y de reivindicacin (Herrera Flores, 2000). Cada vez que en cualquier contexto cultural se articulen e institucionalicen determinadas reivindicaciones sociales y aparezcan distintos procesos de lucha con particulares concepciones acerca de lo que es digno, teniendo en cuenta las condiciones que posibilitan la existencia de los sujetos participantes y afectados, se estn cimentando las bases para establecer mbitos de juntura con los que contribuir en la construccin dinmica, conflictiva y constante (Snchez Rubio, 2007) de una lgica de convivencia inclusiva y plural, sin excepciones. En este mismo sentido la propia Declaracin Universal de 1948, en su artculo 28 reconoce la necesidad de creacin de un orden social e internacional que haga plenamente efectivos los derechos humanos.

Poco atractivo tienen para nosotros unos derechos que, como regalo embaucador de la historia, nos inmovilizan en el disfrute de su mera posesin. Pero el carcter universalista de los mismos nos ofrece un espacio de pertenencia, de salvaguarda de los logros conseguidos y de puesta en comn de los nuevos descubrimientos al que sera estpido renunciar. Son y se abren y materializan los derechos humanos en todas aquellas luchas defensivas y acciones considerativas de nueva realidad que puedan llevar dentro de s una dimensin universal. Aquello que realizndose en un lugar y contexto concreto contenga la capacidad de trascender y ser parte de una idea ms amplia y til para cualquiera en cualquier punto del planeta y en cualquier poca, precisamente considerando las distancias de gnero, nacionalidad, clase social y otras.

Por desgracia, en la actualidad los derechos humanos rigen mayoritariamente las cosas mnimas, concretas y sectoriales, las polticas, mientras que los grandes asuntos, la poltica, siguen dando la espalda al respeto de las poblaciones sobre las que se dirigen. Las lneas directrices de la poltica van, claramente, contra las polticas, muchas veces aplicadas por los mismos actores nacionales e internacionales. Por paradjico que parezca, junto con el crecimiento cada vez mayor de legislacin vigente en materia de derechos humanos, tanto en lo interno de los pases como por parte de organismos internacionales, existe una mayor situacin de violacin estructural de estos derechos sufrida por las grandes mayoras (Oraa, Marzal, 2000). Helio Gallardo demanda nuestra atencin cuando recuerda que la mayor parte de los estados expresan una voluntad generalizada de reproducir prcticas de dominio y discriminacin, y que ninguno de ellos tiene a la humanidad como proyecto a realizar. Por el contrario, las razones de estado priorizan los intereses del capital, de la propiedad y de la acumulacin (Gallardo, 2007). Identificar a la humanidad con la centralidad de la dimensin poltica de los derechos humanos obligara a la creacin de espacios de encuentro orientados al disfrute de las mismas condiciones sociales, econmicas, polticas y culturales por parte de todos los actores en juego; conllevara la responsabilidad de reconstituir las relaciones de poder en base al empoderamiento de los que han sido colocados en posiciones subordinadas en los procesos de divisin social, sexual, tnica y territorial del hacer humano, con la finalidad de alcanzar el grado necesario de autoridad para comenzar a dialogar en rgimen de igualdad sustancial (Herrera Flores, 2005).

Los derechos humanos se nos descubren con la capacidad de poder trasladar el foco del protagonismo poltico del sujeto-ciudadano (que puede ser individual o colectivo, en la abstraccin de ciudadana, pero que siempre prev la exclusin: menores de edad, extranjeros, desempleadas, reclusos, desposedas, analfabetas, minoras tnicas, desinformados quedan irremediablemente fuera de la arena poltica, zarandeados como muecos de peluche por los acontecimientos histricos y econmicos como en las tragedias griegas lo seran por el Destino) al sujeto-pueblo, e incluso al sujeto-humanidad transfronterizo, igualmente abstracto, pero que es siempre y en todo momento un actor colectivo, que une a cada individuo con la suerte de todo el gnero humano, y viceversa, y que hace saltar por los aires los procesos de inclusin social selectiva en los beneficios del sistema, tan caractersticos de la clase media occidental, mundialmente privilegiada. Este hecho puede hacernos pasar de la soberana delegada (propia del modelo liberal de democracia) a la soberana participada, en un dilogo de igual a igual entre las distintas partes implicadas. Este cambio, crucial, en el peor de los casos relocaliza el centro operativo de los derechos humanos de occidente a todo espacio geo-poltico establecido al margen del discurso de la Modernidad: de Europa y Norteamrica a Asia, Latinoamrica, Oceana y frica; del Norte al Sur, de la minora a la mayora. En el mejor de los casos establece un dilogo entre iguales a travs de una relocalizacin policntrica: el norte con el sur, la minora con la mayora.

Si durante los siglos XV al XIX los intereses patriarcales del capital hicieron necesario cubrir las relaciones sociales de todo el mundo bajo el manto aparentemente irrefutable del dominio y la explotacin, los ltimos cien aos se estn caracterizando por la multiplicidad de respuestas emanadas de los propios contextos sufrientes. Estas prcticas, tanto reactivas como constitutivas de nueva realidad, ofrecen una uniformidad de propsitos caracterizada por la diversidad que adquieren en su ejecucin, adaptadas a cada realidad concreta. Como ha destacado el profesor Herrera Flores, a diferencia de las luchas burguesas que enmascaraban sus intereses bajo la abstraccin del bien comn, como si su accin fuera la nica racional y sus fundamentos lo universal (a priori), las luchas del siglo XXI no tienen esa vocacin universalista a priori, ni enmascaran sus reivindicaciones bajo una crema humanista esencialista y abstracta. Son luchas que plantean acciones, reivindicaciones y manifestaciones de resistencia parciales y particulares. Pero lo hacen como momentos de una lucha ms general dirigida a cambiar las condiciones de estar en el mundo (universalismo a posteriori) (Herrera Flores, 2005). Dicho de otra manera, los mismos intereses que basaron su expansin en la explotacin y el dominio de la mayor parte de la poblacin mundial, dentro y fuera de occidente, estn posibilitando ahora, en respuesta no prevista ni deseada por ellos, la construccin de una realidad comn basada en los derechos humanos posicionando a la humanidad en el centro de los procesos de transformacin.

La tendencia a significar el conflicto y la disputa como una anomala a evitar, lejos de presentar un posicionamiento de inocencia, busca naturalizar unas relaciones de distribucin del poder dadas, independientemente de la legitimidad, validez o utilidad social de estas. La tentacin autoritaria de hacer pasar por naturales decisiones o situaciones que responden a preferencias polticas, a intereses particulares, negando as la conflictividad propia de las relaciones sociales en un marco de dominio y discriminacin es, muy al contrario de su apariencia pacificadora, una forma extrema de violencia. La preferencia al cierre de lo posible con la llave de lo existente pretende neutralizar cualquier posibilidad de apertura al cambio y la mejora. La dimensin poltica de los derechos humanos reconoce como legtimas las dinmicas de encuentro, interaccin, conflicto y (des)acuerdo, en tanto que propias de cualquier proceso de humanizacin constituyentes de la vida social. Por eso considerar la dimensin poltica de los derechos humanos supone abrazar como sujetos de pleno derecho a los capaces de contribuir a la creacin de contextos que vayan ms all de los marcos de referencia propios de un sistema atrincherado en s mismo y cerrado al cambio. A aquellos con cuyas prcticas estn contribuyendo a la elaboracin de una experiencia comn de liberacin y mejora de las condiciones de vida aplicable ms all de los estrechos lmites de su cotidianidad, universalizando de esta manera su mbito de intervencin.

Por paradjico que parezca, la historia de la humanidad se ha construido en base a imposibles. Imposibles que han acabado por imponerse como la ms razonable e ineludible de las realidades. Aquello que se nos presenta como inalcanzable un da nos enviste al siguiente con la brutalidad de lo inevitable. Lo hemos aprendido. Por ello cumpliremos nuestro propsito si en las pginas que siguen conseguimos presentar un puado de imposibles, es decir, de inevitables a travs de los cuales nos permitamos a nosotros mismos abrir nuevos mundos de posibilidad. Colocando en el centro de este proceso el desarrollo de la humanidad, a lo largo de estas pginas abordaremos los derechos humanos como proyecto poltico a realizar, cuyo universo son las diferentes realidades y prismas de las que se componen los procesos de creacin de dignidad a largo de todo el mundo.

BIBLIOGRAFA

Herrera Flores, J. (ed.), El vuelo de Anteo. Derechos humanos y crtica de la razn liberal, Descle de Brouwer, Bilbao, 2000.

Herrera Flores, J., Los derechos humanos como productos culturales. Crtica del humanismo abstracto, Catarata, Madrid, 2005.

Marzal, A. (ed.), Los derechos humanos en el mundo, J.M.Bosch/ESADE, Barcelona, 2000.

Mestre Chust, J.V., Los derechos humanos, UOC, Barcelona, 2007.

Snchez Rubio, D., Repensar derechos humanos, Editorial MAD, Sevilla, 2007.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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