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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-02-2016

Jos Mart: guerra y paz

Luis Toledo Sande
Rebelin


Conocidas son las contundentes denuncias por Jos Mart de maniobras que los beligerantes Estados Unidos urdan para lograr la hegemona, primero en Amrica y luego en el mundo. La potencia imperialista en desarrollo intentaba coyundear a nuestra Amrica por medio de la dominacin econmica, sistema de colonizacin que l repudi especialmente con motivo de dos foros: el Congreso Internacional de Washington celebrado entre 1889 y 1890 y la Conferencia Monetaria Internacional nacida de aquel en 1891, en la misma ciudad, para labrar en el continente lo que llegara a ser el predominio planetario del dlar.

Si acerca del Congreso el revolucionario cubano despleg una intensa campaa por las vas a su alcance prensa, tribuna, cartas, relaciones personales, sobre la Conferencia Monetaria pudo hacerlo desde dentro, como delegado de Uruguay. Aprovech las contradicciones que en el seno del pas anfitrin de aquellos foros se daban entre los respectivos defensores de los patrones oro y plata. Pero no estaba por tecnicismos economicistas: miraba y vea a lo hondo de la poltica representada en la economa y en actos vinculados con esta.

Los delegados que integraron la comisin encargada de analizar el proyecto de moneda nica le confiaron razones tenan redactar el informe pertinente, en el cual, presentado por l el 30 de marzo de aquel ao, despleg un ejercicio diplomtico atento a las cuestiones tcnicas del tema y, sobre todo, a la justicia. En ese texto, donde deba resumir un compromiso colectivo que l tens al mximo, no cabran todas sus perspectivas, y las expuso an ms claramente en el nmero de mayo de 1891 de La Revista Ilustrada de Nueva York , en cuya entrega de enero se haba publicado su ensayo Nuestra Amrica, central en las preocupaciones que le suscitaba la escasa o desenfocada visin de algunos hijos de estos pueblos frente a las intenciones dominantes en los Estados Unidos.

El artculo de mayo, La Conferencia Monetaria de las Repblicas de Amrica, ampla a fondo lo sustentado en el informe que redact para el foro. En ambos textos que se explican por s solos pero cuyo alcance se aprecia todava mejor situados en la estela de los que dedic al Congreso argument que no caba unin econmica entre pases de diferentes intereses y distintos grados de desarrollo material. Ya la nacin que urda el plan monetario haba mostrado ampliamente su voracidad expansionista en el exterminio de pobladores originarios del rea donde se form, y en el vandalismo de Estado con que le arranc a Mxico ms de la mitad de su territorio.

No caba esperar que ese pas planease garantizar una aspiracin que Mart saba necesaria y plasm en el informe citado, lo que le daba peso institucional a la idea: E n esto, como en todos los problemas humanos, el porvenir es de la paz. El significado de la mxima en la que a veces se suprime errneamente la preposicin de , que expresa la importancia de la paz como fin rector, no mero complemento se capta en plenitud cuando se ubica en el universo de preocupaciones que se fortalecieron en Mart ante las seales de aquellos foros.

En el centro de ellas se ubica una idea que Mart hall en el pensamiento latinoamericano precedente y l llev a su mxima expresin, iluminado por la experiencia de quien vivi en los Estados Unidos cuando all surga ya el imperialismo y se perfilaban peligros que se consumaran con los sucesos de 1898 y, entrado el siglo XX, con dos guerras mundiales, frutos unos y otras de replanteos geopolticos que perduran y cuyo fin no se vislumbra. La idea aludida se resuma en la necesidad de asegurarle al mundo el equilibrio que las fuerzas dominantes en aquel pas estaban prestas a romper para soltar riendas a sus desafueros.

De ah la perspectiva con que Mart aspiraba al logro del mencionado equilibrio. En el ncleo de su proyecto estaba alcanzar la independencia de Cuba y de Puerto Rico. La saba necesaria para que los Estados Unidos no usaran a las Antillas como trampoln en sus planes de dominacin de nuestra Amrica toda, peldao para lanzarse a la conquista de la hegemona planetaria. Tambin comprenda que frenar esos propsitos imperiales era necesario incluso para salvar el honor de la nacin conquistadora, que l calific de dudoso y lastimado, y cuya quiebra se pondra crecientemente a la vista, como podr apreciar hoy quien quiera verlo.

Su voto por la paz no era el de un pacifista iluso, capaz de conformarse con un mundo en el cual los poderosos (naciones, sectores, clases) vivieran del sacrificio y las penurias de los humildes. Abogaba por una paz con justicia, decoro y posibilidad de progreso material y espiritual para todos los seres humanos. Ni para defender las aspiraciones de paz cabe olvidar que escribi aquellos textos, y muchos ms, cuando se acercaba al liderazgo en los preparativos de una guerra de liberacin nacional con largas implicaciones.

Sera asimismo desatinado considerarlo un belicista. Ms de una vez sostuvo que si se le demostraba que era innecesaria la guerra con la cual las fuerzas patriticas cubanas se proponan liberar del coloniaje espaol a la patria, renunciara a la contienda. Pero paso a paso los hechos le confirmaban que solo con ella, bien hecha, se podra librar a Cuba de la vieja metrpoli espaola, y, a la vez, de las pretensiones de los Estados Unidos.

A eso, no a la verticalidad de su proyecto ni a su pensamiento antimperialista, pblicos y notorios, se refiri el da antes de morir en combate. En su testamentaria carta pstuma al amigo mexicano Manuel Mercado expres: En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantaran dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.

Tanto como opt por la guerra porque entenda que era criminal renunciar a ella, mantuvo la voluntad de que no se rindiera culto a la violencia, y de que se respetara la dignidad humana. Lo confirm en las instrucciones que en campaa escribi sobre la conducta que se deba tener con los adversarios prisioneros. Su prdica, marcada por el afn de hacer una guerra ordenada, sent bases para las acciones blicas revolucionarias que en la estela de su ejemplo se llevaron a cabo en el pas hasta la victoria alcanzada el 1 de enero de 1959, y en episodios posteriores, como el aplastamiento de la invasin mercenaria en Playa Girn.

En sus conceptos sobre la guerra de liberacin irradiaba el sentido popular con que la asumi y la encamin. Esa nocin se corresponda con sus ideas sobre el Partido Revolucionario Cubano, fundado en 1892 tras doce aos de gestacin, segn sus propias palabras, para preparar la contienda y trazar su rumbo: Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura lo que un pueblo quiere, afirm en el Patria del 3 de abril de 1892, en vsperas de la proclamacin, el 10 siguiente, del Partido, del cual en el mismo texto dijo que era el pueblo de Cuba. Sin esa identificacin entre ambos no sera posible una victoria digna.

Los doce aos de gestacin remiten a 1880. El 24 de enero de ese ao ley en el Steck Hall de Nueva York, ante compatriotas emigrados, un discurso que pronto hizo imprimir y puso a circular como folleto. En ese texto, punto ostensible en su campaa revolucionaria a gran escala, expuso una orientacin ideolgica contraria a la urbana y financiera manera de pensar de los opulentos que queran hacer valer sus intereses sobre los de la nacin, y sostuvo: Ignoran los dspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones, criterio en el cual el calificativo verdadero tiene un peso determinante.

Su visin de la guerra, concebida para la independencia, la soberana, el decoro y la felicidad del pueblo en la repblica por fundar, exclua el sentido de camarillas, el caudillismo, la desunin y otros males que haban causado grandes estragos en nuestra Amrica. Por eso otro hecho de 1880 decisivo en el afinamiento de sus ideas polticas fue la terminacin de la Guerra Chiquita, que mantuvo en armas a una parte del pas desde el ao anterior, y en la cual desempe l un papel de primer orden al frente del Comit Revolucionario Cubano, que la orientaba y apoyaba desde Nueva York, donde ella se gest.

Con esa investidura asumi el deber de instruir al general Emilio Nez, quien se hallaba en Cuba encabezando el ltimo reducto de combatientes, deponer las armas. En carta del 13 de octubre de 1880 le expuso: Nuestra misma honra, y nuestra causa misma, exigen que abandonemos el campo de la lucha armada. Siempre basado en la tica, seal con trminos que no caducan: Un puado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logr Bolvar; lo que con Espaa, y el azar mediante, lograremos nosotros. Pero, abandonados por un pueblo, un puado de hroes puede llegar a parecer, a los ojos de los indiferentes y de los infames, un puado de bandidos. No propona ceder ante el enemigo, sino preservarse para la hora en que la radicalidad tuviese camino de realizacin: No se rinde Vd. al gobierno enemigo, sino a la suerte enemiga. No deja Vd. de ser honrado: el ltimo de los vencidos, ser Vd. el primero entre los honrados, le asegur a Nez.

Tampoco en ese terreno ceda a normas impuestas por los poderosos: se guiaba por una brjula de principios fundamental para la libertad y el decoro. Solo veinte aos tena cuando en 1873, en La Repblica espaola ante la Revolucin Cubana, afirm que si esa Repblica se levantaba en hombros del sufragio universal tema sobre el cual expres vivo inters, desde el 10 de octubre de 1868 Cuba lo haca de otro modo: Su plebiscito es su martirologio. Su sufragio es su revolucin. Cundo expresa ms firmemente un pueblo sus deseos que cuando se alza en armas para conseguirlos?

Esas palabras, de especial valor cuando las fuerzas dominantes, reaccionarias, se muestran resueltas a impedir que el sufragio siga sirviendo al triunfo de afanes emancipadores, muestran al revolucionario radical que l fue. Encarnan, por tanto, una cualidad que urge defender frente a los intentos hechos por los medios imperialistas que en funcin de sus intereses han distorsionado, tambin con xito que influye hasta en textos de la izquierda, el sentido propio de humanitario para identificarla con la violencia irracional, terrorista , calificativo que en el lenguaje de los opresores ha venido a dar continuidad a revoltoso , facineroso , filibustero , bandido comunista y otros. En el artculo A la raz expuso Mart lo que para l significaba ser radical: A la raz va el hombre verdadero. Radical no es ms que eso: el que va a las races. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los dems hombres.

En nuestra Amrica, y en el mundo todo, es digno aspirar a la paz decorosa, y promoverla. Insensato cuando menos sera fomentar el gusto por la guerra. Pero hay paz cierta en un continente donde acontecimientos diversos enlutan esta parte del mundo, con la complicidad o la connivencia de gobiernos que deberan impedirlos? Existe paz en un mundo donde ese imperio que cnicamente se autopresenta como el mayor garante de los derechos humanos desencadena brutales actos de terrorismo de Estado, guerras legal y moralmente injustificables, para imponer sus intereses y arruinar a pueblos a cuyos hijos rebeldes descalifica acusndolos de terroristas? Los mayores practicantes de terrorismo verdadero no estn internacionalmente vinculados con el imperio en sus orgenes, en servicios prestados, en srdidas alianzas?

Que hoy parezca no haber condiciones para la lucha armada con que histricamente pueblos diversos han alcanzado su independencia y su soberana, y defendido la justicia, no autoriza a hacerse cmplice de las campaas del imperio para conseguir el sometimiento y la resignacin de la humanidad a los designios que l pretende continuar imponiendo. Para incurrir en semejante complicidad bastara idealizar la presunta paz contempornea y satanizar la lucha revolucionaria armada, o decretarla inviable para siempre.

De modo especial en vsperas de otro aniversario del alzamiento del 24 de febrero de 1895, de cuya preparacin fue gua y artfice Mart, es digno recordar aunque haya quienes se asusten al leerlo u orlo lo afirmado por l en un discurso que pronunci en honor de Fermn Valds Domnguez, por coincidencia, el 24 de febrero anterior: Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus pocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelin. Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan. El dspota cede a quien se le encara, con su nica manera de ceder, que es desaparecer: no cede jams a quien se le humilla. A los que le desafan respeta: nunca a sus cmplices. Los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando, bien trajeados y rollizos, sirven de cabalgadura al amo burln, sino cuando de un vuelco altivo desensillan al amo.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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