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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-02-2016

Guatemala
Maras y poderes ocultos

Marcelo Colussi
Rebelin


Introduccin

Las maras constituyen un problema social con aristas mltiples. Esto ya es sabido, existiendo una amplia bibliografa sobre el tema. Lo que se quiere resaltar ahora es la vinculacin que existe entre ellas y poderes paralelos u ocultos nacidos en la guerra contrainsurgente de dcadas pasadas, y que an sobreviven, en muchos casos ocultos en estructuras del Estado, detentando considerables cuotas de poder econmico y poltico.

Las maras funcionan como familia sustituta de numerosos jvenes que proceden de hogares disfuncionales. El motivo por el que un joven, o un nio dado lo prematuro de las edades con que se hace el pasaje de incorporacin ingresa a una mara, denota una sumatoria de causas: hay un trasfondo de pobreza estructural e histrica sobre el que se articula una cultura de violencia dominante, impuesta ya como norma en la historia del pas, fortalecida con un conflicto armado que alcanz ribetes de crueldad indecibles y que sigue sirviendo como pedagoga del terror, a lo que se suman impunidad, debilidad o ausencia de polticas pblicas por parte del Estado, diferencias econmicas irritantes entre los sectores ms favorecidos y la gran masa de pobres y excluidos, ruptura de los tejidos sociales producto de la guerra interna, de la masiva movilidad del campo hacia la ciudad y de la salida desesperada hacia el extranjero como va de escape a la pobreza crnica con la repatriacin forzada de muchas de esas personas en condiciones que agravan la ya precaria situacin nacional.

Todo esto ya es sabido suficientemente. La academia lo ha venido estudiando desde hace un buen tiempo disponindose de mucho conocimiento al respecto, lo cual, lamentablemente, no se traduce en respuestas efectivas por parte del Estado con la implementacin de polticas sostenibles y de largo alcance. Las maras, por tanto, siguen siendo criminalizadas y vistas como causa, no como consecuencia.

Dichas maras han venido cambiando su perfil en el tiempo, aumentando su agresividad, tornndose mucho ms crueles que en los momentos de su aparicin en la dcada de los 80 del siglo pasado. Ello responde a una transformacin nada azarosa. Los llamados grupos de poderes paralelos enquistados en diversas estructuras que siguen operando con lgicas contrainsurgentes, aprovechan a estos jvenes para sus operaciones delictivas. Pero ms an: en un proyecto semi-clandestino, desde ciertas cuotas de poder que esos grupos detentan, las maras constituyen un brazo operativo y funcional que sirve a sus intereses de proyeccin poltico-econmica en tanto grupos de poder, disputndole terreno incluso a fuerzas sociales tradicionales.

En tal sentido, las maras operan en funcin de un mensaje de control social que estos poderes ocultos envan al colectivo. La violencia generalizada que campea sobre el pas, fundamentalmente sobre determinadas zonas urbanas, tiene una lgica propia, pero al mismo tiempo responde a la implementacin de planes trazados por determinados centros de poder donde las maras se han convertido en nuevo demonio, supuesta causa de todos los problemas.

Las maras estn sobredimensionadas. Los medios masivos de comunicacin han hecho de ellas un problema de seguridad nacional no sindolo, claro est con lo que se alimenta un clima de zozobra donde esos poderes ocultos, semi-clandestinos, navegan perfectamente, aprovechndose de la situacin. El miedo, el terror a las maras que se ha ido creando, es funcional a un proyecto de inmovilizacin social, de control contrainsurgente que guarda vnculos con lo vivido aos atrs durante el conflicto armado interno en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional y combate al enemigo interno. Podra describirse la dinmica como: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Cero organizacin comunitaria, generalizada desconfianza del otro, clima de paranoia social.

Contextualizando el problema

Las maras existen en Guatemala desde hace ya ms de tres dcadas. En ese lapso de tiempo fueron evolucionando grandemente, y las primeras experiencias de los aos 80 del siglo pasado, cuando grupos de muchachos defendan a puo limpio sus territorios en las colonias populares, ya no tienen nada que ver con su perfil actual.

Hoy por hoy, estos grupos juveniles pasaron a ser un enemigo pblico de proporciones gigantes. Y justamente ah viene la pregunta que motiva el presente texto: son realmente las maras el problema a vencer en nuestra empobrecida sociedad post guerra, o hay ah ocultas agendas meditico-polticas?

La insistente prdica de los medios masivos de comunicacin ya desde hace aos nos convenci que la violencia (identificada sin ms con delincuencia) nos tiene de rodillas. De esa cuenta, sin anlisis crtico de la cuestin, las maras se han venido presentando en forma creciente como uno de los grandes problemas nacionales. Por cierto, eso est sobredimensionado. Una simple lectura de los hechos indica que, en todo caso, el problema de fondo no son estos jvenes en s mismos sino las causas por las que se convierten en transgresores. De hecho, nadie sabe a ciencia cierta cuntos mareros hay. Llamativo, sin dudas. Las estimaciones van desde 3,000 hasta 200,000. Si de un problema de tal magnitud nacional se trata, cmo sera posible que nadie tenga datos ciertos?

Efectivamente es cierto que, hoy por hoy, sus actos constituyen a veces demostraciones de la ms espantosa crueldad y falta de solidaridad: matan, violan, descuartizan a sus vctimas, extorsionan. Ahora bien: por qu se fue dando ese paso de grupo barrial juvenil a demonio temido, problema de seguridad nacional, con valor casi de nueva plaga bblica?

Cmo es posible que un nmero no determinado, siempre impreciso de jvenes marginalizados, subalimentados, con escasa o nula educacin formal, provenientes de barriadas pobres, viviendo siempre en situaciones de aguda carencia, de precariedad extrema, pobremente equipados en trminos comparativos con las fuerzas armadas regulares, sin ningn proyecto real de transformacin poltico-social, tengan en vilo a toda una sociedad? No es posible, si se trata de un problema de seguridad, que las fuerzas armadas oficiales den cuenta del fenmeno, que puedan controlar esa expresin de violencia desbordada? Cuesta creer que un grupo de jvenes rebeldes constituya un problema tan serio.

Ello fue lo que motiv poner en marcha las preguntas que aqu compartimos, y que sin dudas podran generar una investigacin mucho ms exhaustiva, realizada con el rigor de un estudio de ciencias sociales metodolgicamente encarado.

Pero hay una intuicin que complejiza las cosas: Guatemala an est intentado salir sin saberse con exactitud cunto tiempo durar eso de un clima post blico que pareciera tender a perpetuarse. En concreto, hace ya cerca de dos dcadas que se firm formalmente la paz entre los grupos militarmente enfrentados: el movimiento revolucionario armado y el ejrcito nacional. Sin embargo el clima de militarizacin y de guerra contina. Las maras se inscriben en esa lgica.

Ahora bien: distintos indicios (por ejemplo, esa transformacin que han ido teniendo en el tiempo, su papel hiperdimensionado en los medios de comunicacin como nuevo demonio lo que ayer era el guerrillero, el delincuente subversivo, hoy lo es el marero: la afrenta a la sociedad pacfica, ciertas coincidencias llamativas en la esfera poltica) llevan a pensar que hay algo ms que un grupo de jvenes transgresores.

Las maras, si bien tienen una lgica de funcionamiento propia, no son precisamente autnomas. Responden a patrones que van ms all de sus integrantes, jvenes cada vez ms jvenes, con dudosa capacidad gerencial y estratgico-militar como para mantener en vilo a todo un pas. Estn manejadas por otros actores? Quin se beneficia de estos circuitos delincuenciales tan violentos? Cuntos mareros existen en el pas? Si tanto dinero manejan por qu los mareros continan viviendo en la marginalidad y la pobreza?

Viendo que todos esos datos faltan, la intuicin llev a pensar que all deba haber algo ms que jvenes en conflicto con la ley penal. Las piezas del rompecabezas estn sueltas, y una investigacin rigurosa nos permitira unirlas. Pero all surgen los problemas.

El tema en cuestin es delicado, lgido, particularmente espinoso. Al estudiar las maras se rozan poderes que funcionan en la clandestinidad, que se sabe que existen pero no dan la cara, que siguen movindose con la lgica de la contrainsurgencia que domin al pas por dcadas durante la guerra interna. Y esos poderes, de un modo siempre difcil de demostrar, se ligan con las maras. En otros trminos: las maras terminan siendo brazo operativo de mecanismos semi-clandestinos que se ocultan en los pliegues de la estructura de Estado, que gozan de impunidad, que detentan considerables cuotas de poder, y que por nada del mundo quieren ser sacados a la luz pblica. De ah la peligrosidad de intentar develar esas relaciones.

A ello se suma, como otra dificultad para llevar adelante una investigacin rigurosa, la complejidad de poder investigar pertinentemente el objeto en cuestin. Visto que se trata de relaciones bastante, o muy, ocultas, poder develarlas no es nada sencillo. Nadie quiere/puede prestarse a dar mayor informacin. La informacin est all, pero quien la detenta realmente no la va a dar. O, al menos, no la dar sino bajo circunstancias muy particulares. De ah que el trabajo al respecto tiene algo de detectivesco, de orfebre rehaciendo una pieza quebrada. En este caso, el investigador se debera dedicar a recoger indicios para intentar unirlos, haciendo cruces entre ellos para sacar conclusiones bastante sustentadas.

Obtener informacin vlida en un campo donde se sabe poco, hay poco o nada investigado y donde casi nadie est dispuesto a hablar, se torna un enorme problema metodolgico. Un obstculo ms que se sumara en la posible investigacin est dado por la fiabilidad de los datos que podran recogerse y por la posibilidad de demostrar fehacientemente, con pruebas contundentes en las manos, las hiptesis en juego. Sabido es que en ciencias sociales los esquemas epistemolgicos son distintos a los de las ciencias exactas, las llamadas ciencias duras. Si ms arriba se pudo hablar de intuicin en un marco acadmico, es porque las ciencias sociales lo posibilitan. O ms an: lo requieren. De todos modos, eso siempre constituye un problema a vencer: cmo demostrar que las conclusiones obtenidas son vlidas.

Un posible mapa conceptual sobre el asunto

Quin se beneficia de las maras?

Desde hace ya unos aos, y en forma siempre creciente, el fenmeno de las pandillas juveniles violentas ha pasado a ser un tema de relevancia nacional.

Se trata de un fenmeno urbano, pero que tiene races en la exclusin social del campo, en la huida desesperada de grandes masas rurales de la pobreza crnica de aquellas reas, que se articula a su vez con la violencia de la guerra interna que asol al pas aos atrs y que dio como consecuencia: 1) una cultura de violencia e impunidad que se extendi por toda la sociedad y an persiste, ya vuelta normal, y 2) la salida del pas de innumerable cantidad de poblacin que, tanto por la guerra interna como por la situacin de pobreza crnica, march a Estados Unidos, de donde muchos jvenes regresaron deportados portando los valores de una nueva cultura pandilleril, desconocida aos atrs en Guatemala.

Segn el manipulado e insistente bombardeo meditico, son estos grupos las principal causa de inestabilidad y angustia de nuestra sociedad post conflicto, ya de por s fragmentada, sufrida, siempre en crisis. De esa cuenta, es frecuente escuchar la machacona prdica que las maras tienen de rodilla a la ciudadana .

El problema, por cierto, es muy complejo; categorizaciones esquemticas no sirven para abordarlo, por ser incompletas, parciales y simplificantes. Entender, y eventualmente actuar, en relacin a fenmenos como ste, implica relacionar un sinnmero de elementos y verlos en su articulacin y dinmica globales. Comprender a cabalidad de qu se habla cuando nos referimos a las maras no puede desconocer que se trata de algo que surge donde se conjugan muchas causas interactuantes: son los pases ms pobres del continente, con estructuras econmico-sociales de un capitalismo perifrico que resiste a modernizarse, viniendo todos ellos de terribles procesos de guerras civiles cruentas en estas ltimas dcadas, con prdidas inconmensurables tanto en vidas humanas como en infraestructura, las cuales hipotecan su futuro. A lo cual se suman, como elementos que retroalimentan lo anterior: la enorme desigualdad econmico-social de sus poblaciones, la debilidad del Estado, la destruccin del tejido social a causa de los conflictos y la emigracin-deportacin, ms la herencia y la cultura de la impunidad dominantes. La pobreza, en tal sentido, es un teln de fondo que posibilita toda esa sumatoria de procesos, pero debe quedar claro que no es ni la nica ni la principal causa del surgimiento de las pandillas, pues si no se la estara criminalizando peligrosamente.

O, en todo caso, surgen en los sectores ms empobrecidos (inmigrantes latinos, poblaciones afrodescendientes) de una gran economa como es Estados Unidos, lugar desde donde la cultura pandilleril se difunde hacia los pases ms carenciados del continente, en buena medida por las deportaciones que realiza el gobierno federal de aquella nacin.

Las maras en Guatemala, de esa forma, son una expresin patticamente violenta de una sociedad ya de por s producto de una larga historia de violencia, hija de una cultura de la impunidad de siglos de arrastre, de un pas donde el Estado no es un verdadero regulador de la vida social y donde el desprecio por la vida no es infrecuente.

Empiezan a surgir para la dcada de los 80 del siglo pasado, an con la guerra interna en curso. En un primer momento fueron grupos de jvenes de sectores urbanos pobres, en muchos casos deportados desde Estados Unidos, que se unan ante su estructural desproteccin. Hoy, ya varias dcadas despus, son mucho ms que grupos juveniles: son, segn lo que podra parodiarse del discurso meditico que invade todo el espacio: la representacin misma del mal, el nuevo demonio violento que asola el orden social, los responsables del malestar en toda la regin , al menos segn las versiones oficiales, incorporadas ya como imaginario colectivo en la ciudadana de a pie, repetido hasta el hartazgo por los medios masivos de comunicacin.

El anlisis objetivo de la situacin permite comprobar que se ha venido operando una profunda transformacin en la composicin y el papel social jugado por las maras. De grupos de defensa territorial, ms cercanos a salvaguardar el honor de su barrio, han ido evolucionando a brazo indispensable del crimen organizado. En estos momentos, existen sobrados argumentos que demuestran que ya no son slo grupos juveniles delincuenciales que entran en conflicto con la ley penal en funcin de satisfacer algunas de sus necesidades (drogas, alcohol, recreacin, telfonos celulares de moda, vestuario, etc.). Por el contrario, terminan funcionando como apndice de poderes paralelos que los utilizan con fines polticos. En definitiva: control social.

Los mareros, cada vez ms, deciden menos sobre sus planes, y en forma creciente se limitan a cumplir rdenes que llegan de arriba. El sicariato, cada vez ms extendido, est pasando a ser una de sus principales actividades. Valga al respecto la declaracin de un joven vinculado a una pandilla : Decan en Pavn estos das los chavos mareros, ahora detenidos, que estn contentos porque el ao que viene, ao electoral, van a tener mucho trabajo. Eso quiere decir que se los va a usar para crear zozobra, para infundir miedo. Y por supuesto, hay estructuras ah atrs que son las que dan las rdenes y les dicen a la mara qu hacer.

No cabe ninguna duda que las maras son violentas; negarlo sera absurdo. Ms an: son llamativamente violentas, a veces con grados de sadismo que sorprende. No hay que perder de vista que la juventud es un momento difcil en la vida de todos los seres humanos, nunca falto de problemas. El paso de la niez a la adultez, en ninguna cultura y en ningn momento histrico, es tarea fcil. Pero en s mismo, ese momento al que llamamos adolescencia no se liga por fuerza a la violencia. Por qu habra de ligarse? La violencia es una posibilidad de la especie humana en cualquier cultura, en cualquier posicin social, en cualquier edad. No es, en absoluto, patrimonio de los jvenes. Quienes deciden la guerra, la expresin mxima de la violencia (y se aprovechan de ella, por cierto), no son jvenes precisamente. Eso nunca hay que olvidarlo.

De todos modos, algo ha ido sucediendo en los imaginarios colectivos en estos ltimos aos, puesto que hoy, al menos en la nocin popularmente extendida que ronda en nuestro pas, ser joven segn el discurso oficial dominante es muy fcilmente sinnimo de ser violento. Y ser joven de barriadas pobres es ya un estigma que condena: segn el difundido prejuicio que circula, provenir de all es ya equivalente de violencia. La pobreza, en vez de abordarse como problema que toca a todos, como verdadera calamidad nacional que debera enfrentarse, se criminaliza. Si algo falta hoy en los planes de gobierno, son abordajes preventivos.

A esta visin apocalptica de la pobreza como potencialmente sospechosa se une una violencia real por parte de las maras que no puede desconocerse, a veces con niveles increbles de crueldad, por lo que la combinacin de ambos elementos da un resultado fatal. De esa forma la mara pas a estar profundamente satanizada: la mara devino as, al menos en la relacin que se fue estableciendo, una de las causas principales del malestar social actual. La mara y no la pobreza ni la impunidad crnica! aparece como el gran problema nacional a resolver.

Se presentifican ah agendas calculadas, distractores sociales, cortinas de humo: pueden ser las pandillas juveniles violentas que, a no dudarlo, son violentas, eso est fuera de discusin el gran problema a resolver en un pas con altos niveles de desigualdad y en post guerra, en vez de enormes cantidades de poblaciones por debajo de la lnea de pobreza? (ms de la mitad de la poblacin guatemalteca: 50.9%, se encuentra por debajo de la lnea de pobreza que establece Naciones Unidas, es decir: vive con un ingreso de dos (2) dlares diarios). Pueden ser estos grupos juveniles violentos la causa de la impunidad reinante ( los derechos humanos defienden a los delincuentes , suele escucharse), o son ellos, en todo caso, su consecuencia? El problema es infinitamente complejo, y respuestas simples y maniqueas (buenos versus malos) no ayudan a resolverlo.

Si fue posible desarticular movimientos revolucionarios armados apelando a guerras contrainsurgentes que no temieron arrasar poblados enteros, torturar, violar y masacrar para obtener una victoria en el plano militar, es posible que realmente no se puedan desarticular estas maras desde el punto de vista estrictamente policaco-militar? O acaso conviene que haya maras? Pero, cui bono ?, a quin podra convenirle?

Consecuencia y no causa

En la gnesis de cualquier pandilla se encuentra una sumatoria de elementos: necesidad de pertenencia a un grupo de sostn que otorgue identidad, la dificultad en su acceso a los cdigos del mundo adulto; en el caso de los grupos pobres de esas populosas barriadas de donde provienen, se suma la falta de proyecto vital a largo plazo. Por supuesto, por razones bastante obvias, esta falta de proyecto de largo aliento es ms fcil encontrarlo en los sectores pobres que en los acomodados: jvenes que no hallan su insercin en el mundo adulto, que no ven perspectivas, que se sienten sin posibilidades para el da de maana, que a duras penas sobreviven el hoy, jvenes que desde temprana edad viven un proceso de maduracin forzada, trabajando en lo que puedan en la mayora de los casos, sin mayores estmulos ni expectativas de mejoramiento a futuro, pueden entrar muy fcilmente en la lgica de la violencia pandilleril, que supuestamente otorga bondades, dinero fcil, reconocimiento social. Bondades, por supuesto, que encierran una carga mortal. Una vez establecidos en ese mbito, por una sumatoria de motivos, se va tornando cada vez ms difcil salir.

Lo que suele suceder con estos grupos es que, en vez de ser abordados en la lgica de poblaciones en situacin de riesgo, son criminalizados. Tan grande es esa criminalizacin, que eso puede llevar a pensar que all se juega algo ms que un discurso adultocntrico represivo y moralista sobre jvenes en conflicto con la ley penal. Por qu las maras son el nuevo demonio? Porque, definitivamente, no lo son. Al respecto, valgan las palabras de un inspector de la Polica Nacional Civil con el que se habl del tema: A veces no es la mara la que comete los hechos delictivos, pero se le echa la culpa. Conviene tenerla como lo ms temible, porque con eso se tiene atemorizada a la poblacin. Y mucha gente realmente queda aterrorizada con todo lo que se dice y se cuenta de las maras. No todos los delitos que se cometen los hacen las maras. Hay muchos delincuentes que actan por su cuenta, pero los medios se encargan de echarle siempre la responsabilidad a las maras () Hay una gran gama de delincuentes: robacarros, asaltabuses, narcotraficantes, robafurgones, personas individuales que delinquen y roban en un semforo, y tambin maras. Hay de todo, no slo mareros.

Hay algo ms tras esa continua prdica? Cuando un fenmeno determinado pasa a tener un valor cultural (meditico en este caso) desproporcionado con lo que representa en la realidad, por tan llamativo, justamente, puede estar indicando algo. Es creble acaso que grupos de jvenes con relativamente escaso armamento (comparado con lo que dispone el Estado) y sin un proyecto poltico alternativo (porque definitivamente no lo tienen, no intentan subvertir ningn orden social) se constituyan en un problema de seguridad nacional en varios pases al mismo tiempo, que puedan movilizar incluso los planes geoestratgicos de potencias militares extra-regionales? De hecho Estados Unidos en innumerables ocasiones se refiri a las maras como un problema de seguridad que afecta la gobernabilidad y la estabilidad democrtica de la regin y preocupa a su gobierno central en Washington. Qu lgica hay all?

Un ex pandillero con el que trabamos contacto deca al respecto: Las pandillas funcionan como un distractor dentro del sistema: mientras pasa cualquier cosa a nivel poltico, se utiliza la mara como chivo expiatorio, y los titulares de la prensa o de la televisin no deja de remarcarlas como el gran problema.

Todo lo anterior plantea las siguientes reflexiones:

A lo anterior se suma como una problemtica de orden nacional el hecho de haber ido desapareciendo, o reducindose sustancialmente, de la agenda gubernamental programas de corte preventivo como eran, por ejemplo, Escuelas Abiertas y el Servicio Cvico. Sin ningn lugar a dudas, las pandillas juveniles deben ser enfocadas como un problema social de mltiples aristas, y en vez de abordrselas desde un carcter represivo, debera abrirse una mirada ms integradora y preventiva sobre el asunto. Intentar iluminar la relacin que existe entre ellas y los poderes ocultos (crimen organizado, narcoactividad, mafias varias que se sirven de ellas) puede ayudar a definir polticas pblicas sobre la juventud, y en particular sobre la juventud en situacin de alto riesgo, que contribuyan a darle una respuesta positiva y consistente al problema. E igualmente, puede contribuir a golpear sobre la cultura de corrupcin e impunidad que siguen campeando.

No quedan dudas que la sociedad guatemalteca en su conjunto se ve hoy envuelta en una cultura de corrupcin e impunidad sin parangn. Si ello es histrico hundiendo sus races en la Colonia de siglos atrs, la situacin actual presenta un grado de descomposicin social notorio: las leyes son absolutamente eludidas como cosa comn, el sistema de justicia se ve rebasado y los rganos de seguridad no aportan la ms mnima sensacin de tranquilidad y orden social. Para muestra, vase lo que sucede con el gremio de abogados. Decan algunos jvenes entrevistados: Tambin hay vnculos con abogados bien conectados que ayudan a la mara, que les facilita las cosas. En realidad, no es una ayuda sino que son servicios, porque todo eso se paga. Y se paga muy bien. Hay licenciados que hacen mucho pisto con eso. () Cuando uno est metido, por supuesto que tiene buenos contactos que lo van a defender, que lo van a sacar de clavos. Pero eso cuesta. Digamos no menos de 20,000. No hablamos con el juez, sino con abogados que nos arreglan las cosas. La corrupcin e impunidad dominan el panorama. La mara no es sino una expresin sangrienta y exagerada de eso.

La mara como fuerza poltica de choque

En varias ocasiones distintos investigadores y/o acadmicos han intuido que hay algo ms que un mero grupo juvenil delincuencial en todo esto. Como ejemplo, vase lo dicho ya aos atrs en la obra Guatemala: nunca ms. Informe REMHI, en su Tomo II (Los mecanismos del horror), Sub-tema: La infiltracin.

El engao de la muerte

El caso de los Estudiantes del 89

En el mes de agosto de 1989 varios dirigentes estudiantiles de la AEU fueron secuestrados y desaparecidos o asesinados en la ciudad de Guatemala. Los intentos de reorganizar el movimiento estudiantil, que estaba prcticamente desarticulado, se vieron as nuevamente golpeados por la accin contrainsurgente. Las sospechas iniciales de infiltracin por parte de la inteligencia militar (EMP) se vieron posteriormente confirmadas por varios testimonios. () Se invit a un grupo de estudiantes que se haban contactado para viajar a Mxico, a un Encuentro de Estudiantes que se organizaba en Puebla. Contactaron a Willy Ligorra, que era presidente de la Asociacin de Estudiantes de Derecho (). Ligorra fue posteriormente investigado por un estudiante quien inform sobre sus fuertes vnculos con una 'mara' de la zona 18, cuyos miembros andaban armados; siempre se sospech que estas maras haban sido formadas por el ejrcito.1

O tambin lo expresado por un investigador de la Universidad de Berkeley, Anthony W. Fontes, que dedic dos aos al estudio del tema y public luego, adems de su tesis de doctorado, un breve material que sintetiza su trabajo sobre esta faceta no muy dicha en relacin a las maras, traducido al espaol y publicado en versin digital, Asesinando por control: la evolucin de la extorsin de las pandillas , contenido en el libro Sembrando utopa (2013), divulgado en versin digital:

La autoridad que acumulan a travs de su poder para matar o dejar vivir est desprovista de cualquier tipo de plataforma poltica, ms all de la acumulacin de riqueza, haciendo de las pandillas unas entidades completamente neoliberales. Las pandillas extorsionistas son la mxima expresin de este dominio, donde la Mara Salvatrucha y la Mara 18 han construido un modelo de negocios exitoso, fuera de su poder sobre la vida y la muerte. Sin embargo, el control brutal de su espacio urbano y la riqueza que se deriva de este control, no sera posible sin la colusin del gobierno guatemalteco, instituciones bancarias y otras facetas estatales y de la sociedad civil. () A pesar del hecho que las pandillas tienden a emplear violencia disimulada o abiertamente para convencer a sus clientes de realizar los pagos, las comparaciones entre las prcticas de extorsin enormemente exitosas que utilizan y la floreciente industria de seguridad privada en Guatemala da algunas visiones muy perturbadoras, pero quiz tiles. Mientras que las pandillas y otras organizaciones criminales involucradas en la extorsin obtienen beneficios considerables, esto no es nada comparado a aquellos cosechados por la seguridad privada. 2

A lo que podra sumarse la visin de un especialista en el tema, Rodolfo Kepfer, quien trabaj como mdico por aos con estos jvenes en situacin de privacin de libertad: La mara no es autnoma; hay poderes detrs de la mara. Dentro de ellas hay un complejo sistema de mandos, de subordinaciones y jerarquas. Eso se ve en su vida diaria, cuando actan en las calles, pero ms an se ve en las prisiones. Hay un sistema de jerarquas bien establecido. Lo que voy a decir no lo puedo afirmar categricamente con pruebas en la mano, pero despus de trabajar varios aos con ellos todo lleva a pensar que hay lgicas que las mueven que no se agotan en las maras mismas. Por ejemplo, hay perodos en que caen presos slo miembros de una mara y no de otra, o que una mara en un momento determinado se dedica slo a un tipo de delitos mientras que otra mara se especializa en otros. Todo eso hace pensar en qu lgicas hay ah detrs, que hay planes maestros, que hay gente que piensa cmo hacer las cosas, hacia dnde deben dirigirse las acciones, cmo y cundo hacerlas. Y todo ese plan maestro, permtasenos llamarlo as, no est elaborado por los muchachitos que integran las maras, estos en algunos casos nios, que son los operativos, los sicarios que van a matar (hay nios de 10 aos que ya han matado). 3

Definitivamente, debe irse ms all de la idea criminalizadora que ve en las maras solamente una expresin de violencia casi satnica para conocer qu otros hilos se mueven ah, conocer qu vasos comunicantes las unen con poderes paralelos.

Dado que insistentemente venimos hablando de estos poderes paralelos u ocultos, es necesario puntualizar exactamente qu entender por ellos. Al respecto se citarn dos conceptualizaciones de investigaciones que han ahondado en el tema, 1) de la organizacin de origen estadounidense WOLA, y 2) de la Fundacin Myrna Mack.

La expresin poderes ocultos hace referencia a una red informal y amorfa de individuos poderosos de Guatemala que se sirven de sus posiciones y contactos en los sectores pblico y privado para enriquecerse a travs de actividades ilegales y protegerse ante la persecucin de los delitos que cometen. Esto representa una situacin no ortodoxa en la que las autoridades legales del estado tienen todava formalmente el poder pero, de hecho, son los miembros de la red informal quienes controlan el poder real en el pas. Aunque su poder est oculto, la influencia de la red es suficiente como para maniatar a los que amenazan sus intereses, incluidos los agentes del Estado 4 .

O igualmente: Fuerzas ilegales que han existido por dcadas enteras y siempre, a veces ms a veces menos, han ejercido el poder real en forma paralela, a la sombra del poder formal del Estado 5 .

La composicin poltico-social de Guatemala es compleja. El Estado nunca represent a las grandes mayoras. Sin llegar a decir que es un Estado fallido (concepto discutible, que puede tener un valor descriptivo pero que debe ser manejado con extremo cuidado por sus connotaciones ideolgicas), es evidente que sus funciones como regulador de la vida social de toda la poblacin que habita el territorio guatemalteco est muy lejos de ser una realidad.

Histricamente no ha funcionado para solventar la calidad de vida de todos sus ciudadanos; por el contrario, siempre de espaldas al interior indgena, centrado en la agroexportacin y en distintos negocios para una minora capitalina, su perfil dominante ha estado dado por la corrupcin y la inoperancia, por la precariedad o inexistencia de servicios bsicos. De todos modos, cuando tuvo que reaccionar para salvaguardar a la clase dominante ante el embate que representaba un movimiento revolucionario armado y un proceso de movilizacin poltica y social que amenazaba con cuestionar la estructura de base durante las dcadas del 70 y del 80 del pasado siglo, funcion. Y funcion muy bien, al menos desde la lgica de la clase dirigente. La amenaza comunista fue destruida.

Fue ah que, en el marco de la Guerra Fra que marcaba al mundo y de la Doctrina de Seguridad Nacional que trazaba el rumbo de los pases latinoamericanos fijado por Washington, el Estado guatemalteco se torn absolutamente represivo y contrainsurgente. Los militares se hicieron cargo de su conduccin poltica, mostrando una cara anticomunista que sign la historia del pas por varias dcadas. Las clases dominantes, la gran cpula econmica a quien ese Estado deficiente siempre haba favorecido, dejaron hacer. De esa cuenta, los militares fueron constituyndose en un nuevo poder con cierto valor autnomo. Ciertos negocios ilegales aparecieron rpidamente en escena.

Durante los aos ms lgidos del conflicto armado interno a inicios de los 80 del siglo pasado, y posteriormente luego de firmada la Paz Firme y Duradera en 1996, quienes condujeron ese Estado contrainsurgente pasaron a constituirse en un nuevo poder econmico y poltico que comenz a disputarle ciertos espacios a la aristocracia tradicional. La historia de estas ltimas tres dcadas es la historia de esa pugna. En este perodo de tiempo, desde el retorno formal de la democracia en 1986, el Estado ha sido ocupado por diversas administraciones, ligadas a la gran cpula empresarial en algn caso o a los nuevos sectores emergentes en otros.

De todos modos, esos poderes paralelos u ocultos que se fueron enquistando en la estructura estatal, no han desaparecido, ni parece que fueran a hacerlo en el corto plazo. Se mueven con una lgica castrense aprendida en los oscuros aos de la guerra antisubversiva y dominan a la perfeccin los mbitos y mtodos de la inteligencia militar. Su espacio natural es la secretividad, la tctica del espionaje, la guerra psicolgica y de baja intensidad (guerra asimtrica, como le llaman los estrategas, guerra desde las sombras, guerra clandestina).

Todo eso puesto al servicio de proyectos econmicos de manejo de negocios reidos con la ley, lo cual los fue constituyendo en una suerte de mafia, de grupo encubierto que nunca pas a la clandestinidad formalmente dicha, pero que se maneja con esos criterios. Est claro que si hay una lgica militar en juego, ello no significa que se trata de militares en activo, de un proyecto institucional del ejrcito. En todo caso, los actores implicados han guardado o guardan vnculos diversos con la institucin armada, pero no la representan oficialmente.

En ese mbito es que aparecen lazos con las maras. Las pandillas juveniles, violentas, transgresoras, con una simple aspiracin de pura sobrevivencia mientras se pueda, y centradas en un hedonismo bastante simplista (superar los 21 aos es ya ser viejo en su subcultura) pueden servir perfectamente como brazo operativo para un proyecto con bastante carga de secreto, contrainsurgente, de algn modo: paralelo. Paralelo, entindase bien esto, al Estado formal y a los grandes poderes econmicos tradicionales. Valga esta reflexin surgida de una entrevista, dicho por una persona que investiga el tema: Alguien que se beneficia especialmente con la presencia de las maras son las agencias de seguridad. No se dan unas sin las otras. Es decir que se necesita un clima de violencia para que el negocio de las policas privadas funcione.

Si bien en estos momentos, con la informacin de que se dispone es bastante (o muy) difcil presentar una prueba contundente a nivel jurdico, efectivamente puede ir deducindose que s existen nexos de las maras con estos poderes paralelos. Por ejemplo, por lo dicho por un investigador y director de un proyecto de reinsercin social de mareros: Por supuesto que hay vnculos con poderes ocultos. Alguna vez, cuando habamos logrado sacar una buena cantidad de muchachos de las maras, se acerc a m alguien bien vestido, no como pandillero, y me dijo: tenga cuidado; Licenciado, me est sacando mis muchachos.

En un futuro debera profundizarse ese estudio para conocer ms en detalle esos nexos, dando algunas pistas para ver por dnde se podra caminar para remediar la situacin actual.

A modo de conclusin

En una lectura global del fenmeno, si bien es cierto que las maras constituyen un problema de seguridad ciudadana, puede constatarse que no existe una preocupacin en tanto proyecto de nacin de las clases dirigentes de abordar ese pretendido asunto de ingobernabilidad que produciran estos grupos juveniles. Se les persigue penalmente, pero al mismo tiempo el sistema en su conjunto se aprovecha el fenmeno: 1) como mano de obra siempre disponible para ciertos trabajos ligados a la arista ms mafiosa de la prctica poltica (sicariato, por ejemplo; generacin de zozobra social, desarticulacin de organizacin sindical), y 2) como demonio con el que mantener aterrorizada a la poblacin a travs de un bombardeo meditico constante, evitando as la organizacin y posible movilizacin en pro de mejoras de sus condiciones de vida de las grandes mayoras.

Si bien es cierto que las maras son un grupo desestabilizador en alguna manera, por cuanto rompen el orden social y la tranquilidad pblica de la ciudadana de a pie, no duelen al sistema en su conjunto como ocurri dcadas atrs con propuestas de transformacin, y no slo de desestabilizacin, tal como pueden haber sido los grupos polticos revolucionarios, en muchos casos alzados en armas, que confrontaron con el Estado y con el sistema en su conjunto. Y tampoco conllevan la carga de resistencia al sistema econmico imperante como lo pueden ser los actuales movimientos sociales que reivindican derechos puntuales, por ejemplo: luchas de los pueblos originarios, movilizacin contra las industrias exctractivas (minera a cielo abierto, hidroelctricas, monoproduccin de agrocarburantes), organizaciones populares de base que propugnan reforma agraria. Todas esas expresiones no son toleradas por el sistema dominante, de ah su represin. Las maras, por el contrario, si bien son perseguidas judicialmente en tanto delincuentes, no dejan de ser aprovechadas por una lgica de mantenimiento sistmico, hacindolas funcionar como mecanismo de continuidad del todo a travs de sutiles (y muy perversas) agendas de manipulacin social.

La delincuencia acrecentada a niveles intolerables que torna la vida cotidiana casi un infierno, que condena en el rea urbana a ir de la casa al puesto de trabajo y viceversa sin detenerse ni convivir en el espacio pblico (la calle se volvi terriblemente peligrosa), pareciera un mecanismo ampliamente difundido por toda Latinoamrica y no slo exclusivo de las maras en Guatemala, o en la regin centroamericana. Todo el tema de la mara se ha inflado mucho por los medios de comunicacin; ellos tienen mucho que ver en este asunto, porque lo sobredimensionan. En realidad, la situacin no es tan absolutamente catica como se dice. Se puede caminar por la calle, pero el mensaje es que si camins, fijo te asaltan. Por tanto: mejor quedarse quietecito en la casa, sentenciaba un lder comunitario de zonas rojas con quien se tuvo contacto analizando el fenmeno.  Ello puede llevar a concluir que la actual explosin de violencia delincuencial que se vive en la regin que hace identificar sin ms y en modo casi mecnico violencia con delincuencia podra obedecer a planes estratgicos. En tal sentido, las maras, en tanto nuevo demonio meditico, estaran en definitiva al servicio de estrategias contrainsurgentes de control poltico y mantenimiento del orden social.


Bibliografa



Notas

Todas las citas que seguirn a continuacin (de jvenes vinculados a maras, policas, abogados, lderes comunitarios), por motivos de seguridad se harn manteniendo el anonimato de los declarantes. Es preciso dejar claro que los autores del presente texto tuvieron varios contactos con distintos informantes claves en vista a la redaccin de este material, de los que se obtuvieron invaluables informaciones que aqu se presentan con su correspondiente anlisis.

1 Proyecto REMHI, ODHAG, Guatemala, 1998.

2 Fontes, A. (2013) Asesinando por control: la evolucin de la extorsin de las pandillas . En Sembrando utopa, disponible en versin digital en http://www.albedrio.org/htm/documentos/vvaaSembrandoutopia.pdf

3 Las sociedades latinoamericanas tienen mltiples expresiones de la violencia; las maras son una de ellas, entrevista a Rodolfo Kepfer.   Disponible en: http://www.argenpress.info/2010/05/entrevista-rodolfo-kepfer-las.html, 2010.

4 Peacock, S. y Beltrn, A. (2006) Poderes ocultos. Grupos ilegales armados en la Guatemala post conflicto y las fuerzas detrs de ellos . Washington: WOLA.

5 Robles Montoya, J. (2002) El Poder Oculto . Guatemala: Fundacin Myrna Mack.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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