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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-02-2016

Contra la felicidad

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Hace poco, mientras esperaba en una consulta mdica, repar en un cartel sanitario que adverta de los peligros de la depresin: si se siente usted triste y desesperanzado, si ha perdido las ganas de vivir, si no logra concentrarse y se siente falto de energa o contempla el futuro con pocas esperanzas, consulte a su mdico: puede tener usted una depresin. No digo que no. Pero -pensaba yo un poco dscolo- tambin podra ocurrir algo ms dramtico y banal: si est usted triste, si no tiene ganas de vivir y si contempla el futuro con pocas ilusiones, puede que eso se deba a que ha perdido a su mujer o a su hijo en un accidente de coche, a que ha sido despedido del trabajo o a que acaba de ver -sencillamente- el noticiario. Lo que quiero decir es que la vida est llena de -consiste en- una sucesin de motivos para el duelo y el sufrimiento y que reaccionar con pesadumbre o desesperacin frente a una muerte, una separacin o una guerra no es una enfermedad: eso se llama normalidad y hasta salud mental.

Nuestra sociedad -llammosla capitalista, de consumo o hiperliberal- invierte enormes esfuerzos, econmicos y publicitarios, en combatir la normalidad. No tanto en evitar la muerte, la separacin o, mucho menos, la guerra sino en impedir reacciones saludables frente a estas inevitables (o inducidas) fracturas vitales. En nombre de qu? De la Felicidad. A travs de qu instrumento? De la psiquiatrizacin del dolor. Un dato elocuente: slo en Estados Unidos, pionero siempre en todos los negocios, los del cuerpo y los del alma, la venta de psicofrmacos ha pasado en veinte aos de 800 a 40.000 millones de dlares, explosin comercial para la que ha hecho falta multiplicar -planteemos bien la secuencia causal- el nmero de pacientes: en 1955 haba 355.000 personas en hospitales con un diagnstico psiquitrico; en 1987, 1.250.000 reciban pensiones en EE UU por discapacidad asociada a enfermedad mental; en 2007 eran 4 millones; en 2015 eran ya 5 millones. En un libro reciente, Anatoma de una epidemia, el periodista especializado Robert Whitaker ha denunciado esta colusin entre la APA (Asociacin Estadounidense de Psiquiatra) y la industria farmacutica: estn fabricando pacientes para el mercado, y ello a partir del presupuesto falso de que el malestar psquico es un problema biolgico que puede curarse con una pastilla. Este presupuesto, que el caso de pases como la India o Nigeria revela infundamentado, es inseparable -dice Whitaker- de nuestra obsesin con la felicidad: La nueva filosofa es: debes ser feliz todo el tiempo, y, si no lo eres, tenemos una pldora.

Ahora bien, la cuestin no es tanto, o no slo, que se nos quiera hacer creer que las pastillas, funcionales sobre todo a efectos de fomentar la cronicidad de las enfermedades mentales, pueden resolver todos los problemas y proporcionarnos la felicidad sino que hayamos acabado por asumir con toda naturalidad que la felicidad es un derecho y, an ms, una obligacin individual. Y que, por lo tanto, la infelicidad es un fracaso y un pecado. Esta perversin cultural del concepto de felicidad, de la que se nutre la industria farmacutica y el mercado del ocio en general, tiene que ver con el hecho de que los consumidores occidentales consideramos culpable cualquier reaccin normal frente al sufrimiento: si lloramos tras el fallecimiento de nuestra madre, si no tenemos ganas de ir a una fiesta tras separarnos de nuestra mujer o si consideramos sombro y desesperanzador el futuro de la humanidad tras escuchar el noticiario, es que tenemos un problema personal. Nuestro problema, pues, no es la muerte, la separacin o la guerra; es nuestra incapacidad para seguir siendo felices -y olvidar y gozar y desmelenarnos- en la adversidad. La desculpabilizacin del placer ha llegado a extremos tales que se ha invertido en su contrario: la culpabilizacin del dolor. Lloro porque han matado a mi hermano? Soy un fracasado. Sufro despus de divorciarme? Soy insociable y maleducado. Me preocupa el destino de la humanidad? Soy un criminal.

Robert Whitaker tiene razn en que las medicinas no son la solucin pero ni acierta con las causas ni aporta un verdadero remedio. Su referencia a pases como Nigeria o la India, pases donde sin duda se vive peor que en EEUU y donde sin embargo hay menos consumo de psicofrmacos y menos casos de depresin, puede inducirnos a una conclusin precipitada y general: la de que la causa de la enfermedad mental es precisamente el tratamiento mdico y la de que el verdadero tratamiento mdico es, por tanto, suspenderlo. Pero no. Lo que insina este dato es ms bien que la distribucin y cronicidad de las dolencias psquicas est relacionada con el modo de vida y, si se quiere, con la clase social, con aquella clase social precisamente que tiene acceso al mercado capitalista, tanto al de psicofrmacos como al de trabajo, automviles o entretenimiento manufacturado.

En definitiva, digamos que los pobres se deprimen menos y que, gracias a eso, no consumen psicofrmacos que cronificaran su depresin. O tambin: digamos que los pobres, ausentes del mercado, no consumen psicofrmacos -ni carros ni ipads ni ocio proletarizado- y gracias a eso se libran de la depresin. Pero cuidado. No se trata de que la pobreza, es decir, la privacin de bienes de consumo, que nos deja desprotegidos frente a la enfermedad y la muerte, nos proteja de la enfermedad mental. Si as fuese, viva la depresin! Tampoco se trata de que la riqueza, fuente de longevidad y bienestar, sea en s misma patgena. Si as lo fuera, viva la pobreza! Mucho antes de que Whitaker escribiera su Anatoma de una epidemia , nos lo haba explicado con sensatez y precisin un psiquiatra espaol, Guillermo Rendueles, autor de Egolatra, muy crtico, desde hace 40 aos, con la psiquiatra clnica estadounidense. En la misma lnea se pronunciaba Martn-Bar, fundador de la psicologa de la liberacin, asesinado en 1989 en El Salvador junto a Ignacio Ellacura y sus compaeros jesuitas. Me arriesgar a hacer un resumen extremadamente banal: lo que implica la pobreza, de manera forzada y a costa de muchas y muy dolorosas privaciones, y lo que impide la riqueza, en su modalidad capitalista, son los vnculos . Es el menor o mayor dominio de los vnculos colectivos, y no la mayor o menor riqueza, lo que explica la menor o mayor difusin de la depresin y la enfermedad mental en nuestras sociedades. La causa de la epidemia depresiva en las ciudades occidentales tiene mucho que ver con la despolitizacin o, si se quiere, la personalizacin o privatizacin del conflicto social (paralela a la privatizacin de la sanidad, la educacin o los recursos energticos). La solucin a esta epidemia, por tanto, no es el voto de pobreza sino la repolitizacin o recolectivizacin o nacionalizacin de la felicidad. Como dice Guillermo Rendueles, siempre habr locos y la psiquiatra tendr que hacerse cargo de ellos sin demasiadas esperanzas; pero lo que hay hoy en nuestras ciudades -y en nuestras consultas- no son locos sino egostas dolidos, desgraciados, rotos. Hemos enfermado porque nos han separado; slo podremos curarnos juntos.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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