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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-03-2016

El caudillismo es cultura de derecha

Ral Zibechi
La Jornada


En los ltimos aos se ha impuesto, por una amplia camada de profesionales del pensamiento, la idea de que la historia la hacen los lderes, cuya capacidad de dirigir resulta determinante. Un segundo lugar lo ocuparan los medios de comunicacin, con su notable capacidad de ocultar o de sobrexponer hechos, segn convenga. El protagonismo popular, sin embargo, es sistemticamente ocultado, como si no jugara el menor papel en la historia reciente.

Lo que ms llama la atencin es que semejante modo de mirar el mundo est siendo defendido por personas que se dicen de izquierdas y hasta muestran simpata por las ideas de Marx. Para quienes nos inspiramos en este autor, son los colectivos humanos (clases sociales, pueblos, grupos tnicos, gneros y generaciones) los que hacen la historia, pero no de cualquier modo: es a travs del conflicto, de la organizacin y la lucha, como se transforman a s mismos y transforman el mundo.

Los dirigentes son importantes, sin duda. Pero los cambios, la historia, los hacen los pueblos. Por eso resulta un retroceso en el pensamiento crtico que se oculte la accin popular y se ensalce exclusivamente el papel de los lderes. Das despus de la derrota de la re-releccin en el referendo, el vicepresidente de Bolivia dijo: Si se va, quin va a protegernos?, quin va a cuidarnos? Vamos a quedar como hurfanos si se va Evo. Sin padre, sin madre, as vamos a quedar si se va Evo (Pgina Siete, 28/2/16).

La frase fue pronunciada en una pequea localidad del departamento de Oruro, durante la entrega de viviendas a pobladores aymaras. Podra haber dicho que fue gracias a la lucha histrica de los indgenas que se pudieron construir viviendas dignas y que Evo forma parte de esa tradicin de resistencia y lucha. Lo que hizo fue lo contrario: presentar a los pueblos como nios hurfanos, objetos sin otra capacidad que seguir al sujeto/lder. Desde el punto de vista de la emancipacin, un verdadero desatino.

Un siglo atrs, el socialdemcrata ruso Georgi Plejnov escribi un ensayo titulado El papel del individuo en la historia, en el que abordaba precisamente el papel de los grandes dirigentes. Reconoca la existencia de personalidades influyentes que pueden hacer variar aspectos de los acontecimientos, pero no la orientacin general de una sociedad, que est determinada por un conjunto de fuerzas y relaciones sociales.

Ningn gran hombre puede imponer a la sociedad relaciones que ya no corresponden al estado de dichas fuerzas o que todava no corresponden a l () sera intil que adelantara las agujas de su reloj: no acelerara la marcha del tiempo ni lo hara retroceder (Obras escogidas, t. I, Quetzal, Buenos Aires, 1964, p. 458).

En suma, los dirigentes ocupan el lugar que ocupan porque fueron llevados a ese sitio por fuerzas sociales poderosas, no por habilidades personales, aunque stas jueguen un papel importante. Fue la clase obrera argentina la que, el 17 de octubre de 1945, derrot a la oligarqua, y ella misma ungi a Pern como su dirigente al negarse a abandonar la Plaza de Mayo hasta no escuchar al entonces coronel. Es evidente que el papel de Pern (como otros dirigentes) fue importante aunque no tanto como el de Evita en los corazones de la clase, pero lo fue en tanto encarnaba sentimientos, ideas y actitudes de millones.

El problema con el caudillismo es que se trata de una cultura de derecha, funcional a quienes promueven la sustitucin del protagonismo de los de abajo por el de los de arriba. Tambin es cierto, todo hay que decirlo, que la cultura de los sectores populares est impregnada por valores de las lites y en casi todos los casos conocidos tienden a revestir a los dirigentes de caractersticas sobrehumanas. Para eso existe el pensamiento crtico: para poner las cosas en su lugar, o sea para destacar los protagonismos colectivos.

No hacerlo contribuye a despolitizar, a que los de abajo crean que son objetos y no sujetos de la historia. El capitalismo slo puede sobrevivir si la gente est persuadida de que lo que ellos hacen y saben son asuntos nfimos privados, sin importancia, y que las cosas importantes son monopolio de los seores importantes y de los especialistas de los diversos campos, escribi Cornelius Castoriadis en Proletariado y organizacin (Tusquets, Barcelona, 1974, p. 187).

Sera tranquilizador pensar que la frase del vicepresidente Garca fue apenas un mal momento, una concesin para mostrar la importancia del presidente y alertar sobre las dificultades que pueden sobrevenir. Sin embargo, todo indica lo contrario. Vamos comprendiendo que los gobernantes realmente existentes, incluso los que dicen ser de izquierda, se sienten superiores a la gente comn. Recuerdan que Lenin prohibi que se le erigieran monumentos?

El problema es que al desconsiderar como sujetos a los de abajo, se busca consolidar el poder de los de arriba, elevarlos por encima de las clases y de las luchas que los llevaron al lugar que ocupan. Es una operacin poltica y cultural de legitimacin, a costa de vaciar de contenido a los actores colectivos. Es una poltica conservadora, elitista, que reproduce la opresin en lugar de hacer por superarla.

Castoriadis reflexiona, en general, sobre la realidad particular que encuentra en la divisin del trabajo en los talleres: Gestionar, dirigir el trabajo de los otros: he ah el punto de partida y de llegada de todo el ciclo de la explotacin (idem, p. 309).

Este es el punto central. O trabajamos para que la gente comn se autogobierne, para que sea sujeto de sus vidas, o lo hacemos para dirigirlas, o sea para reproducir la opresin. Insisto: no se trata de negar el papel del dirigente ni del militante, ambos necesarios. El tema es otro. Entroparme con los comuneros, deca Arguedas en uno de sus primeros cuentos (Agua) para explicar su compromiso con los de abajo. Hacerse tropa con otros; no colocarse encima de nadie, nunca. As funciona el pensamiento crtico.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/04/opinion/018a1pol



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