Portada :: Colombia :: Dilogos de paz 2012-2015
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-03-2016

Cada vez es ms evidente que ni Santos ni Uribe pueden hacer la paz de Colombia.
El tercero

William Ospina
El Espectador


Ello se debe a que los sectores y poderes que ambos representan han sido los causantes de la guerra y los que ms se han beneficiado con ella. Cada vez es ms necesario que un tercer actor entre en el debate y en el dilogo, y se encargue de dirimir, para hacer posible el futuro, lo que estos dos sectores de la dirigencia colombiana presienten y anhelan, pero no estn en condiciones de alcanzar.

No es que Santos no quiera la paz: es que la quiere slo para ciertos sectores, y sobre todo para el empresariado comprometido con el proyecto neoliberal. No es que Uribe no quiera la paz: es que la quiere slo para ciertos sectores, y sobre todo para el minsculo grupo de los dueos de la tierra. Ambos slo quieren la paz para los 2.300 nombres que son dueos del 53% de las tierras aprovechables del pas, y para los 2.681 que son dueos del 58% de los depsitos que hay en los bancos.

Es muy posible que sin contar con la voluntad de unos y de otros, no podamos alcanzar en Colombia ningn acuerdo que haga sostenible el presente, pero ya ni siquiera un acuerdo entre ambos har posible en Colombia el futuro.

Uribe piensa que otros 20 aos de guerra tal vez inclinarn definitivamente la balanza a favor de una victoria militar, que no haga necesario hacer concesiones a las odiadas guerrillas atravesadas en el camino. Santos piensa que la negociacin inmediata le permitir no solamente optar al premio Nobel, o a la Secretara General de la OEA o de la ONU, sino dejar por fuera a esos poderes que hoy le disputan el Estado a la vieja aristocracia.

Ambos quieren acabar con la guerrilla: uno arrodillndola, otro afantasmndola, pero ninguno de los dos quiere una paz que transforme el pas, porque ninguno de los dos est descontento del pas que tenemos.

Estn reviviendo la vieja costumbre de las lites nacionales de utilizar el Estado para debilitar a la oposicin, de esgrimir la paz para golpear al adversario, de no ver en el Estado un instrumento para resolver los problemas de la sociedad, sino un botn, un banco de empleos y una herramienta para eternizar en el poder a los suyos.

La paz, el conmovedor anhelo de paz de todo un pueblo, es el instrumento que utilizan estos dirigentes para alcanzar sus objetivos parciales y ciertamente mezquinos. Nunca argumentos tan sagrados fueron utilizados para fines tan innobles. Nunca se abus tanto del sufrimiento de unos, de la paciencia de otros y de la credulidad de todos los dems.

Viendo la extraa conducta de estos pacificadores y de estos pacifistas, uno termina sintiendo que la paz es el garrote implacable con que libran su guerra.

Pero no puede ser de otra manera, porque la verdadera paz tiene que ser la bandera de quienes la necesitan, y Uribe y Santos no necesitan la paz sino la victoria: o en las trincheras o en los tribunales. Y la guerra ha sido demasiado larga para que pueda ser resuelta con sangre o con sentencias.

En la pequea mesa de La Habana es evidente que falta Uribe. Pero sobre la pequea mesa de La Habana se proyectan las grandes sombras que arroja el otro conflicto, el que se libra entre las dos mitades de la dirigencia, y casi eclipsan los conmovedores esfuerzos de Humberto de la Calle y de Ivn Mrquez, de Sergio Jaramillo y de Pablo Catatumbo.

Para continuar el conflicto, para prolongar la incertidumbre, bastan Santos y Uribe, cada uno con sus vergenzas y con sus venganzas, cada uno tambin con sus sueos y sus ilusiones. Pero para terminar el conflicto, y sobre todo para construir la paz, tan bien pregonada hoy, y tan mal concebida, hace falta otro protagonista, el ms inadvertido y el ms decisivo.

Ese protagonista es Colombia, es la sociedad, la que no cabe ni en los discursos furibundos de Uribe ni en los clculos sinuosos de Santos. Y es que la pequea paz que ellos quieren, ellos mismos se encargan de hacerla imposible. Tal vez porque en el fondo saben que esa pequea paz no cambiar nada, y que ms benfico les resulta prometerla que alcanzarla.

Uribe, a punta de guerra, hizo inverosmil la victoria: tal vez por eso no advirti que ni siquiera su heredero crea en ella. Santos, a punta de avanzar y retroceder, de desear la paz y de temerla, cada da se inventa un nuevo obstculo, y est terminando por hacer inverosmil el acuerdo, o su refrendacin, o su aplicacin, o la paz que debe salir de l.

Ahora est pensando, como Alicia, que a la colina de la paz slo se llega caminando en sentido contrario. Y sobre su cabeza se cierran las agujas del reloj de Damocles.

Llegar a tiempo el tercer personaje? Ambos, de verdad, lo necesitan. Y lo nico que yo s es que no habr paz si no llega.


Fuente original: http://www.elespectador.com/opinion/el-tercero



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