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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-03-2016

Las paradojas de la santidad

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


Siempre me interes el cristianismo primitivo. Frente a un imperio en decadencia, injusto, arbitrario y apocalptico, promiscuo y ya postmoderno, los mrtires cristianos afirmaban la posibilidad de una conversin sin retorno, reivindicaban con el cuerpo la intolerancia de una sola doctrina y sustituan los lazos familiares insuficientes por una red de vnculos solidarios entre desconocidos. Hay muy distintas combinaciones posibles de estos tres elementos (transformacin subjetiva, disposicin al sacrificio y comunitarismo), unas mejores y otras peores, pero podemos llamarlas a todas religin, a condicin de aadir que el capitalismo, incompatible con todas ellas, induce por eso mismo las reacciones ms fanticas, violentas y extremas. Cuando no hay espacio para la religin en su modalidad republicana, se impone en sus formas ms reaccionarias. La respuesta a la religin no puede ser individualista y consumista: solo puede ser tambin religiosa. En resumen: para combatir al Opus Dei o al Estado Islmico hace falta otra religin.

Pero yo quera relatar la historia de San Gins. Gins era el actor ms celebrado del siglo III, admirado por el propio emperador, que lo invitaba con frecuencia a actuar en su palacio. Diocleciano, como sabemos, fue el ltimo gran perseguidor de cristianos de la Roma imperial y Gins, ferozmente anticristiano tambin, decidi escenificar ante l una pieza cmica en la que se satirizaban los discursos y prcticas cristianas. Pero ocurri un milagro. Mientras recitaba frmulas del Evangelio y mimaba las liturgias del primitivo cristianismo para regocijo de los espectadores, a Gins se le aparecieron dos ngeles y, en mitad de una escena, se convirti de pronto a la fe cristiana. A partir de ese momento sigui recitando el guin preestablecido, pero ahora en serio, sin que nadie notara el cambio. Gins crea y el emperador y sus cortesanos crean que no crea; cuanto ms sincero era el tono del actor ms celebraba el pblico su genio y ms gozaban los oyentes con su interpretacin. Al final Diocleciano, claro, comprendi la verdad y mand matar al actor, que conquist as los ansiados laureles del martirio.

De esta historia fabulosa (la de un hombre que se convierte en lo que dice y hace mientras lo dice y lo hace) podemos extraer una ficcin y una leccin. Imaginemos un final diferente en el que Gins, incapaz de convencer a nadie de su conversin, se pasa la vida imitando a los cristianos para disfrute de los paganos e indignacin de los seguidores de Cristo. Para s mismo es cristiano, para los dems es un actor genial que, sin embargo, con el tiempo aburre y cansa. Se ha encasillado en un solo papel y, empobrecido y despreciado, acaba muriendo sin obtener ni el reconocimiento ni el martirio, tratado por todos como ese pobre loco que se cree cristiano. Cul es la moraleja? Que para ser credo tienen que darse las condiciones y que esas condiciones son al mismo tiempo discursivas y polticas. El triunfo del cristianismo, por ejemplo, hizo crebles las apariciones de la Virgen mientras que hoy meteramos en un manicomio a Elio Arstides, a quien visitaba el dios Esculapio cuando los dioses paganos eran an los oficiales y dominantes.

Arrimando la ficcin a nuestra poca, podemos decir que los formatos televisivos y el ejercicio del Gobierno en Europa hacen poco creble cualquier conversin pblica. Al igual que el talento de Gins y las condiciones teatrales de su discurso, las condiciones teatrales de nuestras instituciones y de nuestros procesos electorales, por no hablar de nuestros medios de comunicacin, distancian o anulan cualquier efecto racional de verdad y por eso mismo de credulidad. El no nos representan del 15-M era tambin un estn representando. Hasta la nueva poltica se vuelve vieja bajo esas luces. Ese es uno de los graves peligros que acechan a Europa y una de las grandes ventajas del destropopulismo o neofascismo; y una de las mximas dificultades de las fuerzas levgiras o de ruptura, como es el caso de Podemos en Espaa.

En cuanto a la leccin, la historia de Gins demuestra que es muy fcil ponerse a creer a partir o como consecuencia de un gesto o de una palabra pblica. O, al revs, que es muy difcil distanciarse emocionalmente de los propios gestos y los propios discursos. Hay mucha menos hipocresa en el mundo de la que imaginamos, pero las conversiones son mucho ms superficiales y livianas. Podemos creer verdaderamente en dos ideas distintas y hasta contrarias con tan solo cambiar de lugar o de postura corporal (o, desde luego, de novia o de novio). El mal es tan ligero como el bien. Para cambiar de costumbres o de convicciones, en efecto, es necesario desplazarse en el espacio, caer en otro contexto social, resbalar por casualidad en otro marco lingstico. Por eso, si la religin solo puede combatirse con otra religin, si queremos hallar una buena combinacin de conversin individual, disposicin no suicida al sacrificio y comunitarismo democrtico, la condicin es transformar las condiciones de la representacin a partir de un criterio. Es imperativo cambiar, si se quiere, de escenario; cambiar el escenario; ponerse otro traje y otra nariz; actuar, en definitiva, en otra obra.

La alternativa es: o religin o religin. El capitalismo consumista, que impide la religin, alimenta las respuestas religiosas teocrticas o ateas ms violentas y menos tolerantes. La incredulidad es el verdadero umbral del fanatismo y del fascismo. Ni crdulos ni conversos. El que no cree en nada puede creer en cualquier cosa. Creamos, pues, en pocas cosas y en el lugar justo; solo as seremos al mismo tiempo muchos, buenos y convincentes.

Fuente original: http://www.atlanticaxxii.com/4601/las-paradojas-de-la-santidad


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