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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-03-2016

Memoria histrica, futura democracia

Jnatham F. Moriche
Rebelin


Cuenta la leyenda (confirmada en este caso por un testigo ocular) que, apenas unas horas despus del intento de golpe de Estado (o simulacro de intento de golpe de Estado, segn las versiones) del 23 de febrero de 1981, apareci en las inmediaciones de la madrilea Glorieta de Bilbao una pintada de considerables dimensiones, que enunciaba: Tejero es malo, la Democracia es buena, el Rey es nuestro padre y los nios a las diez en la cama. Con admirables perspicacia, sarcasmo y capacidad de sntesis, el annimo o annimos autores de la pintada anticipaban, en sus trazos fundamentales, el marco discursivo en que la vida poltica espaola discurrira durante los siguientes treinta aos.

Gracias al extraordinario trabajo de crtica y publicstica realizado en la ltima dcada por numerosos intelectuales individuales y colectivos, sabemos hoy cmo la memoria de aquella Transicin (respetamos, ocasionalmente, la mayscula enftica) de la dictadura militar a la monarqua parlamentaria fue en parte silenciada y en parte falseada, y con qu eficacia esos silencios y esas mentiras sobre sus momentos fundacionales y su composicin esencial otorgaron al sistema poltico nacido de ella un extraordinario crdito simblico entre aquellos sobre los que haba de gobernar. Deca Alfonso Ort que una de las grandes virtudes de esta relectura confortable de la Transicin haba sido identificar restrictivamente todo el franquismo restante a la muerte de Franco con el reducido bnker de vociferantes franquistas refractarios a una transformacin meticulosamente diseada y ejecutada por el propio rgimen, mientras la prctica totalidad del estamento empresarial, burocrtico, propagandstico o represivo de la dictadura amerizaba sin contratiempos en las aguas calmas de la monarqua parlamentaria. El golpe (o simulacro de golpe) del 23-F redujo an ms el mbito del franquismo a un puado de mandos militares aislados en su delirio nostlgico y afianz indiscriminadamente las credenciales democrticas de todos los dems, bajo la gida paternal del Rey. Todo haba salido, fue la conclusin hegemnica, irreversiblemente bien. Los espaoles, dulcemente acunados con esta fbula cordial, podan acostarse tranquilos y, preferiblemente, temprano.

La realidad, sabemos ahora, fue muy diferente. Detrs del incesante paqupall consensuador de unas lites pas, abnegadas y hacendosas, arracimadas a pesar de sus diferencias en un noble objetivo comn relato de la poca que queda definitivamente instalado en la cultura poltica de masas a travs de la serie documental y el libro de Victoria Prego de 1995, se desarrolla un extendido y enconado conflicto social, en el que participan intensamente millones de personas, en torno al modelo democrtico hacia el que el pas debe evolucionar tras la dictadura, que no se agota ni con la muerte del dictador en 1975 ni con la aprobacin de la Constitucin en 1978 ni con el golpe de 1981, y que an de forma intermitente, defensiva y variablemente auto-consciente, se prolonga durante una dcada, en las incontables protestas contra la reconversin industrial desde 1981, en la campaa por el no a la OTAN en el referendo de 1986, en el movimiento estudiantil del curso 1986-1987 o en la huelga general de diciembre de 1988.

Despus de Franco, la Repblica, se haba escrito. Desde su salida de las catacumbas en 1962 Hay una lumbre en Asturias / que calienta a Espaa entera..., canta Chicho Snchez Ferlosio, para enfado de la polica, el antifranquismo viene construyendo sus relatos de la Espaa por venir, en general reformistas y moderados como, por otra parte, ya lo haban sido los gobiernos de unidad popular de 1931 y 1936, ms atentos a las robustas democracias antifascistas europeas posteriores a la II Guerra Mundial, o a las multicolores y variopintas experiencias no alineadas del mosaico de Bandung, que a los pases del denominado socialismo real. Pero el proyecto auto-sucesorio de las lites del rgimen, asentado en el gigantesco proyecto de ingeniera econmica, social y cultural del Plan de Estabilizacin tecnocrtico de 1959, nadaba con la corriente histrica a favor. En 1975 el clebre Informe a la Comisin Trilateral de Huntington, Crozier y Watanuki alertaba de los presuntos excesos democrticos en los pases desarrollados, que cuatro aos despus ya estaran atajando sin contemplaciones Margaret Thatcher en Gran Bretaa y Ronald Reagan en Estados Unidos.

La inesperada Revolucin de los Claveles portuguesa de 1975 sera la ltima que contradijese esta feroz contraofensiva oligrquica global que hemos convenido en denominar neoliberalismo aunque solo para ver muy pronto desandada la consolidacin constitucional de sus conquistas sociales ms avanzadas. En cambio, y aunque nuestra Transicin no se mencione como ejemplo en el clebre ensayo de Naomi Klein, a Espaa se le aplic una dolorosa terapia de choque de la que solo algunos episodios mayores, como la matanza de trabajadores en Vitoria en 1976 o el atentado contra los abogados de Atocha en 1977, han dejado alguna huella en la memoria colectiva para disuadir al pas de toda tentacin rupturista. La resistencia desde abajo ser, a pesar de todo, denodada, y no quedar del todo sin fruto. En mil ocasiones esta auto-sucesin implacable se ver desafiada por una combativa pluralidad de fuerzas, de ideologa precisa o imprecisa, pero de clara y compartida voluntad de llevar ms all de sus lmites los planes del franquismo sin Franco. El puado de matices de color y derechos imprevistos arrancados a esta ordenada transicin del gris franquista al marrn neoliberal se piensan, se trabajan y llegado el caso se sangran desde barrios y parroquias rebeldes, huelgas incontroladas de obreros o estudiantes, motines carcelarios, desobediencia antimilitarista, ecologista o feminista, artes y culturas subterrneas... Haran falta, todava, el 23-F y, sobre todo, el desembarco del PSOE en el poder (o, quizs, el desembarco del poder en el PSOE), para encauzar las cosas. Era la hora del desencanto (programado, apostilla acertadamente Jess Ibez) con una democracia de superficie y un socialismo de pega (de nuevo Ibez: una derecha llamada izquierda) al timn de una Espaa sobreexcitada por las oportunidades del ciclo econmico especulativo inmobiliario-financiero y engolfada en los colorines y cachivaches de la sociedad del espectculo (y tambin, muy de fondo, tanto que casi pareciese haber sucedido en otro sitio, devastada por la reconversin industrial y la herona).

No mucho puede aadirse a estas alturas a lo ya contado sobre aquel paisaje de transicin por Joan Martnez Alier, Gregorio Morn, Jos Vidal-Beneyto, Joan Garcs, Juan Andrade o Emmanuel Rodrguez. S cabe celebrar que el recuerdo de aquella otra transicin hecha desde abajo y sin hipotecas se est al fin abriendo paso, a escala de grandes mayoras, frente a la desmemoria y la mentira. Y es imprescindible que siga siendo as, no por motivos meramente sentimentales o identitarios, sino porque nuestra capacidad para cuestionar los imaginarios de legitimacin, histricamente construidos, de la vigente distribucin social del poder, prefigura en buena medida nuestra potencia polticamente transformadora del presente. No fue la reivindicacin de la memoria histrica democrtica la que llev a decenas de miles de personas a las plazas desobedientes de mayo de 2011, pero s cabe preguntarse: en qu medida la explosiva impugnacin a la totalidad del 15-M vino pavimentada, adems de por las inmediatas calamidades materiales de la crisis, por aquella tarea previa de cuestionamiento crtico de nuestro pasado, por los cientos de fosas abiertas y miles de cuerpos e historias recuperadas de una punta a otra del pas por el movimiento memorialista, por la desacralizacin primero y el repudio despus, en suma, de toda una mitologa poltica diseada para perpetuar una actitud confiada, acrtica y pasiva frente al poder constituido, como era el hoy felizmente resquebrajado relato oficial de nuestra Transicin?

Han sido, en estos das atribulados de persistente ingobernabilidad, duramente criticadas las palabras de Pablo Iglesias durante la fallida sesin de investidura de Pedro Snchez, evocando a Salvador Puig Antich ejecutado por el franquismo exactamente cuarenta y dos aos antes, los cinco obreros asesinados por la polica en Vitoria cuyo cuadragsimo aniversario hemos conmemorado al da siguiente, la fundacin de Alianza Popular, antesala del moderno Partido Popular, por siete ministros del franquismo incluyendo a Manuel Fraga, firmante de (entre otras muchas) la pena de muerte de Puig Antich, y al mando de las fuerzas del orden cuando Vitoria, y el terrorismo de Estado que entenebr la presidencia socialista de Felipe Gonzlez, en la figura de esa cal viva con la que los GAL maquinados en las catacumbas del Ministerio del Interior, heredadas casi intactas en su talante y funciones de los funestos servicios represivos de la dictadura enterraban a sus vctimas.

Era necesario, era oportuno?, se ha preguntado. S, por supuesto, lo era, porque, negro sobre blanco en el perdurable papel de las actas del Congreso, y an a pesar de los no pocos equvocos y trompicones muchos, seguramente, inevitables; otros, seguramente, no tanto que Podemos en particular y las fuerzas del bloque por el cambio en general han sufrido a lo largo de este atropellado ciclo de crisis y transformacin, delimitaba con claridad meridiana una posicin de irreconciliable antagonismo frente al poder constituido, y demostraba, tambin meridianamente, que el proyecto poltico que compartimos preserva en lo esencial su plena conciencia crtica de aquel pasado del que venimos y de este presente que habitamos, y en consecuencia, su potencia para seguir desbrozando camino hacia esa ms ancha y virtuosa democracia futura que anhelamos, y que ya hoy estamos, mano a mano, construyendo.

Publicado originalmente en La Marea, 11/03/2016: http://www.lamarea.com/2016/03/11/83200/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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