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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-04-2016

Podemos, el potlach y la poltica

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Lo que voy a decir slo tiene validez hoy y seguramente caducar maana, como todo lo que viene ocurriendo en Espaa desde hace dos aos, pero lo cierto es que, visto en retrospectiva, el que ha jugado mejor sus cartas en estos meses ha sido Mariano Rajoy. Desde el gobierno y con mayora electoral, no necesitaba forzar su presencia meditica, ms bien incmoda y poda retirarse de la lucha por la investidura sin sufrir desgaste alguno y dejando a Snchez la gratificante tarea, en su desesperada agona darwiniana por la supervivencia, de arrastrar a Podemos en su suicidio. En un pas en el que la mitad de la poblacin prefiere conscientemente un rgimen a una democracia y en el que la otra mitad est ms cansada de la poltica que de un mal gobierno, una negociacin infinita entre partes sobre todo interesadas en enarbolar voluntad negociadora slo poda favorecer a los fsiles (el PP) y a los parsitos (Cs).

Entre el PSOE y Podemos no ha habido ninguna negociacin y no porque haya sido un parip o una comedia sino porque ha sido -y sigue siendo- un potlach. El potlach era una ceremonia del pueblo kwakiutl, en norteamrica, que consista bsicamente en hacer ostentacin de generosidad autodestructiva. Se trataba de distribuir mantas y regalos en pblico, en un acto de desprendimiento tan radical que a veces los rivales llegaban a quemar su propia casa con tal de demostrar una superior disposicin al sacrificio dadivoso. La ceremonia tena una vertiente festiva, espectacular, fanfarrona y altruista, pero en el fondo se trataba de una batalla y, tras el exhibicionismo ldico, alentaba la tragedia; a travs del gasto ostentoso y sin medida, los contendientes se jugaban la conservacin del prestigio y del poder. Por lo tanto haba que medir mientras se finga no hacerlo; de lo contrario podan quedarse al mismo tiempo sin riqueza y sin apoyos. Ganaba el que ms daba; el que daba poco quedaba fuera de juego. Ganaba el que no lo daba todo; el que daba demasiado se quedaba tambin sin medios para seguir jugando.

La peculiaridad del potlach postelectoral espaol es que en l una de las partes no necesitaba dar nada para hacer creer que daba mucho mientras que la otra hubiera necesitado darlo todo para hacer creer que daba algo. Y esto por qu? Porque el potlach no se celebraba en una plaza sino en los medios de comunicacin. Es comprensible y legtimo que los periodistas tengan su propia posicin poltica; e incluso que consideren amenazado su pas por un determinado proyecto y consideren que, contra ese proyecto, cualquier procedimiento -incluso el ms radical, la mentira- es justificable. Lo que no pueden hacer es llamar a eso periodismo. Pues bien, en el potlach celebrado entre PSOE y Podemos, Snchez ha contado con una riqueza adicional: las televisiones y los peridicos, que le han permitido aparecer como donante generoso, flexible y abierto mientras se atrincheraba en un pacto con Cs que exclua de entrada y definitivamente a Podemos. Al mismo tiempo, en este binarismo pugnaz, el partido de Pablo Iglesias se vea obligado a escoger entre dos posturas igualmente entrpicas: la intolerancia, si es que defenda su programa, o la debilidad, si es que finalmente ceda para no quedar fuera de juego.

La pregunta es: haba que participar en el juego? Porque el problema es que los potlach tienen una caracterstica muy ajustada al antagonismo poltico, en el que el consenso esconde siempre la tragedia de una relacin de fuerzas desigual: si empiezas ya no te puedes retirar sin perder la batalla; pero si no te retiras a tiempo y consumes todas tus mantas y quemas todas tus casas, la puedes perder igual. El potlach, en realidad, lo empez Podemos en enero con un gesto brillante y audaz: el de proponer al PSOE un gobierno muy parecido al que hubiese propuesto de haber superado a los socialistas en las elecciones del 20D. Entonces pareca una iniciativa brillante, casi genial, y de nada sirve lamentarlo retrospectivamente. De hecho era una iniciativa brillante y casi genial que puso en serios aprietos a la direccin del PSOE y sacudi a su electorado. Pero la dinmica del potlach, con su intercambio de golpes y la complicidad de los medios, en una Espaa mitad rgimen y mitad im-poltica, sumergi a Podemos en una corriente de la que no poda escapar y en la que ya no manejaba el timn. Las divisiones internas, aadamos, aceleraron el remolino.

En un potlach cada gesto aspira a ser el ltimo, la ddiva final que desactiva el mecanismo, pero el mecanismo consiste precisamente en alimentarse de ltimos gestos, eternamente, hasta que la consuncin (o el tiempo) lo interrumpen. Cada respuesta de Podemos era una tentativa de acabar el potlach, el lance de una apuesta final, pero el PSOE, atrapado tambin en la corriente y consciente slo del dao que haca al rival, ya no poda detenerse y quemaba su casa para obligar a los otros a quemar la suya. En la plaza se hubiera podido ganar la partida; en los medios y en estas circunstancias lo nico que se poda hacer era librarla sin descanso. Porque lo cierto es que son los propios medios, con sus formatos y sus manipulaciones, los que han impuesto el potlach como ceremonia de combate postelectoral. Ese combate, una vez comenzado, no se poda rehuir y Podemos, es verdad, se maneja con soltura ah dentro. Ahora bien: se debera ser consciente de que su estructura (la de la ceremonia meditica) es la de una espiral, ya limitada en su arranque, que se va cerrando en cada giro y que, en la dinmica del potlach, acaba dejando sin margen de maniobra. Esta es la ley: no hay batalla sin los medios; no hay discursos completamente soberanos en los medios y en un potlach meditico que se prolonga indefinidamente se pierde siempre mucho ms de lo que se gana.

Hay que saber acabar y Podemos no ha sabido; y no ha podido. La consulta ahora a sus inscritos forma parte del potlach y pretende ser el ltimo gesto, el lance final que ponga fin a un juego en el que -todos son conscientes- ya nadie puede ganar nada. La consulta no debe reivindicarse como democrtica ni denostarse como teatral. Hay que aceptarla como una trgica necesidad del juego y con esta conciencia -seria y responsable- participar en ella. Un no rotundo al acuerdo PSOE-Cs, un s menor al acuerdo Podemos-PSOE, no permitirn ni evitar un eventual gobierno de derechas ni facilitar un imposible gobierno del cambio, pero s quizs dejar atrs este largo y extenuante potlach antes de que se queme la casa. O lo que es lo mismo: para poder empezar a reconstruir la casa.

Snchez, terrorista suicida, ha dejado inclume al PP y robustecido a Cs mientras consegua su propsito de hacer dao a Podemos. Gran hazaa demostrativa de su voluntad de cambio. l no sobrevivir. Podemos quizs s, siempre y cuando se dedique desde ya a preparar las elecciones, es decir, a recuperar a los que se han descolgado y a sumar a los que faltan. Esta tarea integra, a mi juicio, tres frentes. El primero es interno y pasa por institucionalizar los desacuerdos y reorganizar los afectos a partir de la evidencia de que una poltica de cuidados exige cuidar antes y mejor al compaero discordante que al afn y esto como condicin para la movilizacin de los militantes y el compromiso de los amigos. El segundo frente es meditico y exige insistir de nuevo en lo comn radical; es decir, en la economa y en la democracia, sin concesiones ni izquierdismos. El ltimo es el frente poltico, en el que habr que cuadrar el crculo para ampliar las confluencias, como peda Ada Colau hace unos das y con arreglo al modelo que tan buenos resultados dio el 20D.

En una Espaa mitad rgimen y mitad im-poltica el potlach nos ha dejado a todos los espaoles exhaustos. No ser fcil volver a la brega. Pero en esta Espaa centaura el tiempo es menos uniforme que nunca, dura ms y est ms cargado de contingencias. La situacin es tal, en todo caso, que todos -incluso los fsiles y los parsitos- van perdiendo. El potlach ha acabado; volvamos a la poltica.

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/04/14/podemos-potlach-la-politica/8431


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