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(defendiendo el libre mercado)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-10-2005

Los apaleamientos e insultos a los subsaharianos en Melilla son algo ms radical y temible que el racismo; son la manifestacin de un anti-humanismo beligerante y potencialmente homicida
Invitacion a la bomba

Santiago Alba Rico
Rebelin


Tenamos que haber reservado un poco de ingenuidad para esta ocasin. Los ltimos aos nos han ofrecido un repertorio tal de horrores que se nos ha constipado la conciencia. Espaa se estremeci con el derribo de las Torres gemelas y sus 3000 muertos; se estremeci con las bombas de la estacin de Atocha y sus 200 sencillos peatones despedazados; se estremeci incluso con los misiles sobre Bagdad y las torturas de Abu-Gharaib y se ha estremecido con las escenas de la Nueva Orleans volteada por el agua y abandonada por su gobierno. Y sin embargo mucho ms impresionante que todo esto -como interpelacin y como imagen- es el tratamiento zoolgico dispensado a los africanos en el teln de acero de Melilla. El tiroteo, deportacin y enjaulamiento de miles de personas que pedan ayuda, eso que llaman "poltica migratoria" como Hitler llamaba "poltica demogrfica" al traslado a Auschwitz de los judos europeos, impugna de hecho, ante los ojos del mundo, la legitimidad, viabilidad y justicia del orden poltico y econmico vigente. Al mismo tiempo, la reaccin de nuestros polticos, nuestros medios de comunicacin y nuestra opinin pblica impugna nuestro derecho a la riqueza, nuestro derecho a instituciones democrticas y, sobre todo, nuestro derecho presente y futuro a sentirnos buenos. Despus de todo, el dolor del 11-S y el del 11-M pueden atribuirse a "malvados terroristas"; y el dolor de los nios de Bagdad cabe atribuirlo a "malvados imperialistas". Pero en el caso de Melilla no hay duda: hemos fotografado el sistema mismo, hemos fijado para siempre la imagen de un orden que tiene que tirotear al que pide ayuda, que no puede dejar de tratar como animales a los que tienen hambre, que no puede permitirse siquiera la hospitalidad. Que los africanos vengan a pedir socorro a los mismos que les roban demuestra su desesperacin; que los que les roban reciban su demanda de socorro con balas y palos demuestra la irrevocable ignominia del capitalismo. Podemos hacer guerras lejanas, imponer programas de ajuste estructural, firmar en un despacho un acuerdo comercial y destruir diez pases sin violar en apariencia ningn mandamiento. Pero si llaman a nuestra puerta unos hombres que tienen hambre y sed, entonces no nos queda ms remedio que romperles la cabeza, dispararles y abandonarlos en el desierto. Se crea o no en Dios, esto es un pecado y un pecado tan vergonzoso, tan sucio, tan abyecto, tan despreciable, que no es raro que hagamos un esfuerzo tan grande por ocultarlo, olvidarlo o justificarlo. Zapatero ha mandado al ejrcito espaol a asesinar a un mendigo que extenda la mano, como hacen las bandas de neonazis con los que duermen entre cartones, y Espaa aplaude o calla. Carlos Fernndez Liria nos reproduca en estas mismas pginas (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=21127) la broma de la catlica COPE, celebrada por miles de oyentes, sobre la prueba olmpica de "salto a Espaa"; Jos Daniel Fierro nos recordaba los delirios bellacos de Libertad-Digital sobre esta "invasin" que no se rechaza con la suficiente contundencia; y basta leer los titulares, noticias y comentarios de El Pas y de El Mundo para ver trocarse toda esta vergenza indisimulable en eufemismos, perfrasis e hiprbatos tan complicados y frgiles como un churro de vidrio: "Melilla est viviendo de cerca el drama de la inmigracin", como si fuesen los melillenses las vctimas y como si se tratase sencillamente de vivirlo de lejos; "doble permetro de impermeabilizacin fronteriza", eufemismo siniestramente sanitario que encubre bajo un tecnicismo asptico una valla erizada de pinchos y deshumaniza a los que intentan saltarla; "algunos han muerto en el intento y otros llevan en el cuerpo las secuelas de esta accin desesperada", como si se hubiesen herido solos en una prueba de alpinismo; "su situacin pone en cuestin la moralidad del reino de Marruecos", porque el reino de Espaa preferira, en efecto, que los mataran por el camino, segn lo acordado, dejando para los musulmanes un trabajo que los cristianos no pueden hacer sin que se resienta su sentido de la moral y se les atragante el polvorn de la democracia y los derechos humanos con que se llenan eternamente la boca.

Hay contradicciones que slo pueden salvarse con un relleno de vaco; es decir, con ms y ms nihilismo armado. Si un soldado se dedica a torturar prisioneros y, al volver a casa por las tardes, quiere ser un ejemplo para sus hijos, esos prisioneros tienen que ser nada. Si una sociedad elige ininterrumpidamente la pobreza de Africa y tiene que contenerla a golpes cuando amenaza nuestro culpable bienestar y quiere, adems, conservar sus valores y su superioridad moral, tiene que convencerse de que esos africanos se merecen su destino como nosotros nos merecemos nuestros supermercados y nuestros mviles. La valla de Melilla es tan natural como el mar Mediterrneo y tan justa como la luz del da.

Pero esa valla, que corta el mundo en dos sin umbrales ni transiciones, es tambin una pantalla donde se reflejan indisimulables dos contradicciones que es ms fcil olvidar en otras partes. La primera tiene que ver con la direccin y posibilidad misma de los desplazamientos individuales en un espacio econmico desigual en el que los Estados-Nacin, formalmente homogneos, tienen una capacidad desigual para imponer su soberana. Convenciones internacionales y constituciones locales, con arreglo a los principios de la ONU, reconocen y exigen respetar el derecho individual de los ciudadanos a salir de sus pases. Pero esas mismas convenciones y constituciones, con arreglo a los principios de la ONU, dejan en manos de los Estados el derecho de entrada. Salir es un derecho individual; entrar es un derecho de Estado. En un espacio econmicamente desigual donde la soberana est tambin desigualmente repartida, si los espaoles parecen tener el derecho individual a entrar en Marruecos o en Indonesia es slo porque el Estado espaol tiene la suficiente fuerza para debilitar o doblegar la soberana marroqu o indonesia; si los senegaleses, los nigerianos o los propios marroques parecen, por el contrario, no tener el derecho a salir de Africa es slo porque la soberana espaola es lo suficientemente soberana para impedirles entrar en Espaa. De hecho, los espaoles pueden entrar en Marruecos o en Indonesia porque no son individuos sino manifestaciones impersonales de un Estado soberano; de hecho, los senegaleses no pueden salir de Africa porque son slo individuos indefensos desprendidos de Estados sin soberana. Paradjicamente y contra las apariencias, la libertad de movimientos slo est prohibida a los individuos.

Esta contradiccin, en cualquier caso, permite a los Estados occidentales -mientras no se les obligue a disparar contra las vallas- escandalizarse moralmente por las restricciones impuestas en otro tiempo en la Unin Sovitica o en la RDA a los que queran salir de su pas y al mismo tiempo suspender de facto ese derecho, sin violar ningn mandamiento ni conmoverse en sus valores, impidiendo la entrada, por todos los medios, legales y/o violentos, a los que salen individualmente de sus naciones intervenidas y deshilachadas (convertidas en verdaderos "contenedores" mediante acuerdos bilaterales con gobiernos ms que dudosamente democrticos). Pero esta contradiccin determina tambin, y es la condicin, de un doble desplazamiento en el espacio, en direcciones contrarias, ascendente y descendente, que coincide con esas figuras activamente polticas que llamamos respectivamente turista e inmigrante. Millones de turistas occidentales entran libremente todos los aos, como depositarios abstractos de un poder superior, en Egipto, Bali, Marruecos, Tnez, mientras millones de inmigrantes latinoamericanos y africanos son rechazados, como puros individuos desamparados, en las fronteras de EEUU y de Europa. De hecho, y en trminos estructurales, los inmigrantes lo son desde su nacimiento, ahora y siempre, en su propio pas, aunque no salgan de sus fronteras, como lo demuestra el hecho de que los turistas, por su parte, viajan provistos, e imponen all donde van, sus vallas melillenses: hoteles blindados con fuertes medidas de seguridad, playas privadas, circuitos cerrados protegidos de los nativos, los cuales slo pueden penetrar agachados y clandestinamente y a los que siempre se juzga importunos, molestos o sospechosos. Pero de esta manera, en el contexto aceptado por todos de una desigualdad de soberanas que veta los desplazamientos individuales -y slo stos- y que enfrenta a turistas e inmigrantes con independencia de dnde estn, las bombas de Bali, Egipto o Kenia son slo el equivalente, a escala menos daina, de las medidas "migratorias" occidentales que, nicamente en el Estrecho de Gibraltar y en la frontera de Mxico con EEUU, han matado en los ltimos diez aos a 35.000 personas. La lgica de Libertad-Digital, de la COPE, de El Mundo y de El Pas, de nuestros polticos y de la opinin pblica espaola, obliga a considerar los atentados terroristas contra turistas occidentales como legtimos dispositivos de soberana restrictora, a igual ttulo que los telones de acero, los disparos y las deportaciones contra los subsaharianos en Melilla. La valla de Melilla es, pues, una invitacin a la bomba y una legitimacin de sus efectos.

La segunda contradiccin de la Valla es una prolongacin de la primera y tiene que ver con la ya conocida paradoja de los Derechos Humanos. Contra los principios universales de la Revolucin francesa, el reaccionario Joseph de Maistre recordaba que en el mundo no haba nada que pudisemos llamar hombres sino slo espaoles, franceses, ingleses e incluso persas (si es que se aceptaba el testimonio de Montesquieu, que haba escrito sobre ellos). Esta burla certera desnud, siglo y medio despus, las consecuencias absurdas y trgicas de pretender defender los derechos humanos en un espacio econmico desigual regido formalmente por el Estado-Nacin. Ya Hannah Arendt llam la atencin sobre el hecho de que, una vez desprovistos de patria, de familia, de dinero, reducidos a su pura condicin humana, los aptridas y refugiados de la Segunda Guerra Mundial quedaban por eso mismo al margen de todo derecho. Individuos puros, los hombres que saltan la valla de Melilla y destruyen su pasaporte para que no se les devuelva a sus naciones minusoberanas, privados por tanto de toda tutela, sin recursos y sin nacionalidad, se convierten en hombres, en hombres a secas, y no tienen ms que su desnuda condicin humana para resistir. Y precisamente a partir de ese momento y por eso mismo dejan de ser sujetos de derecho y su destino es el desierto. El reaccionario Joseph de Maistre tena razn y quien se la da es el mismo neoliberalismo capitalista que, al mismo tiempo, sigue proclamando el carcter sagrado y universal de los derechos humanos. Los hombres, en cuanto que hombres, no tienen aqu y ahora ningn derecho y todo el que no sea algo ms que hombre, todo el que no sea algo ms que un individuo -espaol o millonario o mafioso o alguna combinacin de estas tres cosas- slo puede aspirar a que lo encarcelen o lo maten. Los espaoles que se pasean ufanos y orgullosos por la plaza de Marrakesh en s mismos no son nada; y su seguridad en s mismos, y el desprecio de los otros, y su invulnerabilidad asumida, no es el resultado de nada que hayan hecho o merecido sino exclusivamente de la posesin de un pasaporte cuyo valor aleatorio puede, de pronto, desaparecer.

Los apaleamientos e insultos a los subsaharianos en Melilla son algo ms radical y temible que el racismo; son la manifestacin de un anti-humanismo beligerante y potencialmente homicida. Lo peor que se puede decir de alguien es que es slo un hombre; lo peor que se puede hacer con alguien es tratarlo como si fuera un hombre. No hay nada ms peligroso en este mundo que ser sencillamente un hombre. O quizs s, quizs es an peor ser... senegals.

Propongo a la COPE que proponga a los organizadores del rally Pars-Dakar bonificar con algunos segundos de premio a los pilotos que, en su vertiginoso correr por el desierto, atropellen a un nio africano que as ya no podr viajar a Espaa en el futuro. Y propongo a Al-Zawahiri que proponga a Al-Qaida bonificar con unos segundos ms de paraso a los nativos que le rompan la pierna a un turista en una tienda de souvenirs de Bali o de El Cairo, para que no vuelva a estos pases de vacaciones. El nihilismo de unos y de otros forma parte de la siniestra lgica de las cosas, aunque tambin la inocencia de las vctimas es desigual y al revs de lo que nos parece. La diferencia entre el integrismo occidental y el islamista, en cualquier caso, es que en Occidente el integrismo ya est en el poder y es seguido, votado y aplaudido por la mayor parte de la poblacin, la cual, adems, se pasea por todos los rincones del mundo, sin que nadie se lo impida, en pantalones cortos.

Traduccin al ingls:
http://peacepalestine.blogspot.com/2005/12/santiago-alba-rico-immigration-and.html

http://www.axisoflogic.com/artman/publish/article_20360.shtml

 



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