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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-04-2016

Confluencias a cielo abierto

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Imagino que este artculo les parecer errejonista a mis amigos pablistas y pablista a mis amigos errejonistas; y que a mis amigos de IU les parecer, en cualquier caso, podemita. Ojal esto no les impida a todos ellos leerlo hasta el final.

La idea, a mis ojos, es muy sencilla. En las palabras cabe mucha ms gente que en una casa. En la palabra casa, de hecho, cabe todo el mundo; aunque cada uno puede imaginar una casa distinta (y no necesariamente la europea, con su tejado a dos aguas, que se ha impuesto incluso como icono informtico) se trata de un significante universal en el que caben los chinos y los espaoles por igual. Tambin los pobres y los ricos. Ahora bien, en un mundo en el que los conflictos territoriales fungen como disputas polticas a travs de discursos complejos -y sus metstasis- podemos decir que el que logra quedarse con la palabra casa se queda tambin con las casas, de manera que puede ocurrir, como de hecho ocurre, que -finalmente y de facto- a muchas personas de la casa slo les quede la palabra, como habitculo lingstico, mientras unos pocos acumulan decenas de casas que, dotados como estn de un solo cuerpo, no pueden habitar.

Tambin en la palabra democracia cabe mucha ms gente que en el Parlamento. En ella cabe, es verdad, menos gente que en la palabra casa y ello como consecuencia de la erosin que ha sufrido el concepto a manos de intereses concretos -los de los que se quedan finalmente con las casas-; pero lo cierto es que en Espaa la democracia, como aseguraba el otro da Pablo Iglesias en la facultad de Filosofa, es an un significante lo suficientemente vaco -es decir, lleno de s mismo- como para que designe una prctica y un proyecto al tiempo que un objeto de disputa verbal. Como en el caso de la casa, ocurre que de la conquista de la palabra democracia depender la conquista del Parlamento, desde donde es imperativo defender su prctica e impedir que los que se quedan con las casas nos roben tambin de un solo golpe el hueso y la palabra. El lenguaje no es un ropaje, ni un velo ni un guante, ni siquiera un escote -a travs del cual se vera, deseable e inalcanzable, la realidad-. Es un campo de batalla, como lo demuestra el hecho de que entre las ruinas humeantes yacen cuerpos humanos, pero tambin palabras muertas. La palabra casa es difcil de asesinar; la palabra democracia es ms vulnerable, como lo evidencia, por su parte, el ascenso en Europa de partidos de ultraderecha que la cuestionan o desprecian sin complejos. Otras son cadveres desde hace mucho tiempo: pensemos, por ejemplo, en virginidad o en pureza de sangre o en dictadura del proletariado, significantes que en Europa han perdido toda su capacidad comun-icadora.

Para evitar que un parlamento-rgimen destruya el significante democracia abriendo paso a la ultraderecha, es necesario conquistar el parlamento; pero para conquistar el parlamento es necesario apropiarse el significante democracia. Parafraseando a Marx, podemos decir que la cultura dominante es la cultura de los intereses dominantes, que no son los generales; pero para que los intereses generales lleguen a ser los dominantes es necesario operar sobre la cultura dominante, en la que se reconocen tambin las mayoras sociales y donde los destropopulismos, al calor de la crisis, estn ganando terreno. No hay un acceso directo a los intereses de clase; cada vez que la izquierda ha credo encontrar uno, mediante una vanguardia esclarecida y una revolucin violenta, el resultado no ha sido el establecimiento transparente del inters general sino la reactivacin de espesores indentitarios que ha habido luego que reprimir mediante una dictadura crecientemente opresiva. Ya se lo advirti el reaccionario Joseph de Maistre a los revolucionarios franceses de 1789 y ya se lo advirti el comunista Sultn Galiev (y a veces el propio Lenin) a los revolucionarios rusos de 1917. Como el enfrentamiento es real, es necesario tener tambin las palabras -es decir, la gente- de nuestra parte. O mejor dicho: de la suya propia.

La lucha es entre palabras en el sentido de que no es lo mismo que se imponga democracia o raza. Pero la lucha es en realidad por las palabras comunes: antes de vencer es necesario entrar -es la primera batalla- en el campo de batalla. Hay que luchar para que te dejen luchar. El acceso al cuadriltero depende de la contrasea o mot de passe. All hay significantes vacos (casa o democracia) y significantes muertos: uno de ellos es, a mi juicio, izquierda, donde cabe tan poca gente ya como en una caja de cerillas; o donde cabe mucha menos gente que en un programa realmente republicano y de izquierdas. La culpa no la tiene la palabra y certificar su defuncin no implica ninguna clase de traicin. Al contrario. Histricamente el trmino izquierda tiene mucho menos tiempo de vida que las luchas que de manera coyuntural ha nombrado. Espartaco no fue de izquierdas; tampoco Mntzer; ni siquiera Robespierre; y para Lenin la palabra sonaba ms bien peyorativa. Empearse en seguir luchando por la palabra izquierda es incurrir en ese error gravsimo que a menudo se atribuye injustamente a Errejn: el de olvidar que la lucha por las palabras no es una lucha entre palabras sino una lucha entre hablantes. Los hablantes tienen cuerpo; estn sumergidos hasta la cintura en el cuerpo: cuerpos mejor o peor alimentados, mejor o peor vestidos, con trabajo o sin l, con casa o sin casa. El lenguaje, campo de batalla, sirve para que se enfrenten los hablantes concretos: los que, por ejemplo, no tienen casa y quieren una y los que quieren especular con ellas. Del otro lado de las palabras no hay una esencia sino un combate, una lucha de clases, si se quiere, entre propietarios de una sola casa (o de ninguna) y propietarios de condiciones de vida (incluidas millones de casas sin habitar). Durante dcadas el PSOE y el PP construyeron un relato nacional en el que la palabra casa evocaba la multiplicacin de los ladrillos, el acceso barato a una segunda vivienda, la rentable marca Espaa conquistando corazones por todo el mundo. Por eso mismo, cuando la crisis dej a miles de espaoles sin vivienda, el trmino casa se haba interiorizado como una riqueza y no como un derecho y por eso los damnificados pasaron a auto-infligirse la palabra desahucio, con sus connotaciones cancerosas, al modo de una culpa individual. Haba que repolitizar la casa y eso es lo que hizo la PAH, desculpabilizando a las vctimas de los bancos y conectando su desgracia personal con decisiones polticas y luchas corporales colectivas. Esa es la lucha para la que necesitamos un campo de batalla lingstico. Y un mot de passe. La palabra izquierda nos deja, me temo, sin campo de batalla. Nos deja al margen del cuadriltero, dentro de una palabra de muy poco metros cuadrados, para m muy bella y luminosa, pero en la que no cabe ninguna pelea real.

Hay significantes vivos y significantes muertos. Hay que conquistar los significantes vivos para dignificar la vida de sus hablantes. En esta situacin de empate catastrfico, tras tres meses de intil agona, unas nuevas elecciones slo evitarn un interminable da de la marmota o un gobierno de Gran Coalicin si Podemos, fuerza mayoritaria del cambio, asienta y ampla confluencias multiplicadoras que atraigan a los que faltan sin soltar a los que ya estn. La primera confluencia que hay que conservar y reforzar es la interna de Pablo Iglesias e igo Errejn, cada uno de los cuales agrega a sectores diferentes de esa potencial mayora social en construccin y cuya coordinacin y entendimiento en campaa son imprescindibles. Luego hay que renovar los pactos con En Marea, Compromis y En Com Podem, que se han revelado flexibles catalizadores de apoyo popular. Pero eso no basta. La situacin ya no es la misma y lo que pareca imposible o prescindible el 20D hoy es una necesidad irrenunciable. Me refiero a una confluencia entre Podemos e Izquierda Unida. Ahora bien, no se trata de celebrar por fin la unidad de la izquierda dcadas postergada, como si eso en s mismo implicase algn tipo de triunfo. Podemos e IU son proyectos muy diferentes que quizs ms adelante puedan articularse en comn, pero que hoy, por razones que tienen que ver al mismo tiempo con la historia de Espaa y con la biografa de ambas formaciones, slo pueden yuxtaponerse, conservando su independencia, para un fin concreto. Ese fin, al alcance de la mano, es hacerse con el gobierno el 26J para frenar la revolucin negativa rampante en toda Europa, impedir nuevos recortes, devolver algunos derechos confiscados y mantener abierta la confrontacin ampliando el apoyo social necesario para ganarla en el futuro

En definitiva: de nuevo se trata -desesperadamente- de ganar. Se nos proporciona una segunda oportunidad y sera un crimen desperdiciarla. Pero se trata de ganar, no de unirse. O de unirse para ganar. El objetivo no es meter a todas las izquierdas en una habitacin pequea para convertirla en el camarote de los hermanos Marx; el objetivo es tirar la casa por la ventana. Eso quiere decir inventar una confluencia que construya un hogar provisional (aunque no tenga tejado a dos aguas y est hecha de paja y no de ladrillos) donde quepa casi todo el mundo (salvo, claro, los que se quieren quedar con todas las casas). Un campo de refugiados, si se quiere, para millones de fugitivos de la crisis, sus recortes, sus mentiras y sus abusos. De nada sirve confluir para sacar 70 diputados; hay que sacar 90 o 100 a fin de garantizar el sorpasso y con l un gobierno de cambio o, para ser ms modestos y ms certeros, de resistencia (el cambio, como la virginidad, empieza a heder un poco). Ello implica que Podemos acepte la independencia de IU y renuncie a fagocitar sus energas. Pero ello implica asimismo que IU entienda que el clculo electoral -la multiplicacin de los votos- debe primar sobre cualquier criterio identitario y, desde luego, sobre la defensa de una palabra y una sigla que deja fuera a muchos hablantes republicanos y reduce el campo de batalla comn. Ese clculo electoral, si quiere ser realmente ganador, debe conservar a los que estn y buscar a los que faltan, lo que obliga, por un lado, a evitar la sopa de siglas y, por otro, a afinar repartos territoriales diferenciados que, ajustndose a la injusta ley electoral, refuercen las opciones ganadoras en cada lista. Es verdad que el electorado es tan voltil, las encuestas tan engaosas y las interferencias particulares tan prismticas que caben mil conjeturas y mil matices sobre cul es esta frmula multiplicadora, pero ya habramos adelantado mucho si las dos partes, contra las presiones internas y externas, centraran las negociaciones en buscar una, entendiendo que la multiplicacin beneficia tanto a las partes como, mucho ms importante, a casi todas las Espaas y casi todas sus gentes. Me consta que esta vez hay conciencia de lo que est en juego y buena disposicin en uno y otro lado. No se puede ya concebir un futuro gobierno de resistencia, freno de la revolucin negra europea, sin Podemos y sus confluencias perifricas, pero tampoco sin la IU de Alberto Garzn, cuya inteligencia, carisma y compromiso republicano no deberan quedar encerrados en un 4% (ni en un 7%) del electorado. No habr una tercera oportunidad.

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/04/27/confluencias-cielo-abierto/8511


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