Portada :: Amrica Latina y Caribe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-05-2016

Amrica Latina o el golpismo que nunca se fue

Jesus Gonzlez Pazos
Rebelin


La activacin de los derechos polticos est en el corazn de los acuerdos. Esta frase, pronunciada recientemente con Sergio Jaramillo, Alto Comisionado colombiano para la Paz, en relacin con el proceso de conversaciones de La Habana, para poner fin al conflicto armado de ese pas, podra ser usada en gran medida, para describir una parte importante de lo que ocurre en Amrica Latina en la ltima dcada. As, parafraseando al Alto Comisionado, se podra afirmar que la activacin de los derechos polticos y sociales por parte de las grandes mayoras est en el corazn de la reaccin de las derechas continentales. Continentales, ahora si, en el sentido ms amplio, pues se incluye plenamente al sistema norteamericano.

Venezuela 2002, Bolivia 2008, Honduras 2009, Ecuador 2010, Paraguay 2012, Brasil 2016... Esta no es sino la secuencia de los intentos, en algunos casos exitosos, de golpes de estado en la era de la democracia, en los tiempos recientes de los no golpes de estado como superacin de las dcadas anteriores de dictaduras militares. Sin embargo, tal y como demuestra esa secuencia, stos han seguido siendo una constante y lo diferente con las pocas pasadas reside en la diversidad de estas acciones. sta ha sido mltiple, pues han ido adoptando formas y modos que, en cierta medida, les alejaban de los tpicos y sangrientos golpes de estado que Amrica Latina conoci en las ltimas dcadas del siglo pasado, pero que perseguan los mismos objetivos de siempre, como es mantener los privilegios de las clases oligarcas y el sistema poltico-econmico dominante.

Encontramos as el modelo ms clsico y conocido, como fue el sufrido por Venezuela en 2002, protagonizado por una fraccin del ejrcito, pero bajo la direccin de la prctica totalidad de la oligarqua venezolana y el respaldo directo e inmediato de gobiernos como el estadounidense y el espaol. Luego, variantes de golpes de estado, hasta rozar el esperpento en algn caso, fueron los de Honduras o Paraguay. En el primero, el ejrcito sac de la cama al presidente constitucional, Manuel Zelaya, y en pijama le expuls del pas. Todo ello por orden de la Suprema Corte de Justicia, que le acus de graves delitos, como traicin a la patria, aunque la verdadera razn es que haba puesto en cuestin el dominio absoluto que la clase alta hondurea tiene sobre el pas. Todo ms propio del siglo XIX que del XXI, pero es que la oligarqua hondurea, verdadera protagonista del golpe, sigue considerando a este estado como su finca particular. Desde entonces los asesinatos de periodistas o defensoras/es de los derechos humanos, como el caso reciente de la dirigente indgena lenca Berta Cceres, se han multiplicado, convirtiendo a este pas en uno de los ms peligrosos del mundo para quienes pretenden defender los derechos de las grandes mayoras o de la naturaleza. En el caso paraguayo, el Parlamento acus y destituy al presidente, Fernando Lugo, por mal gobernante dada su responsabilidad poltica en un enfrentamiento entre campesinos y policas. Casos, tanto el hondureo como el paraguayo, que nos acercan ms a cualquier obra del realismo mgico de Garca Mrquez que a una prctica poltica verdaderamente democrtica.

En Ecuador, en 2010, el intento de golpe de estado se encubri mediante un aparente motn y protesta policial, en el que lleg a peligrar la vida del presidente Correa. Mientras tanto en Bolivia, en el ao 2008, como culminacin de la permanente rebelin de la derecha oligrquica, se haba intentado el denominado golpe de estado cvico-prefectural, ya que fue protagonizado, en apariencia, por movimientos civiles bajo el mandato de algunos gobernadores departamentales. En ambos casos, Ecuador y Bolivia, haba que acabar con los incipientes procesos de cambio social y poltico para restablecer el neoliberalismo ms ortodoxo practicado en las dcadas anteriores y que, como en la mayora del continente, haba llevado al empobrecimiento a millones de personas. Por fin, hoy es Brasil quien ocupa las crnicas periodsticas en esta carrera continua contra los procesos de transformacin en Amrica Latina. En el gigante continental, en torno al 60% de congresistas y senadores estn implicados (imputados o encausados) en casos de corrupcin; sin embargo, sern estas mismas instituciones las que abrirn el proceso para la destitucin de la presidenta, Dilma Rousseff, quien no tiene ninguna imputacin por corrupcin. La acusacin es haber maquillado las cuentas del estado para esconder una parte del dficit acumulado en el ao 2014.

Y a este proceso de golpes de estado, ms o menos suaves (militares, institucionales), hay que sumar los continuos boicots empresariales, huelgas patronales, sabotajes a la economa provocando desabastecimientos, o el control, uso y abuso de los medios de comunicacin para construir acusaciones y ambientes de crispacin en la poblacin que desgasten a los gobiernos constitucionales. Y habr que sealar que aunque en muchos casos, estos gobiernos, tambin han cometido errores en el desarrollo de estos procesos y acumulan en algunos casos importantes descontentos sociales, no hay, evidentemente, razones que justifiquen dichos golpes de estado y ataques, por mucho que la mayora de los gobiernos occidentales (UE y EE.UU) han actuado respaldando, justificando, disculpando o, simplemente, mirando para otro lado.

As, como se puede ver, es grande el abanico de acciones en esta ltima dcada larga contra los procesos de transformacin poltica y social que se dan en Amrica Latina y se puede, por tanto, afirmar que el golpismo latinoamericano nunca desapareci por mucha aparente transicin a la democracia que se procurara en las ltimas dcadas del siglo pasado. Demuestra todo esto que las derechas locales, junto con los poderes polticos y econmicos transnacionales, nunca han aceptado sus derrotas democrticas en las urnas. Precisamente aquellos que continuamente basan su palabra y accin poltica en la defensa del sistema democrtico representativo como el mejor, demuestran que dicha defensa solo reside en el hecho de que este sistema les sea favorable y les permita mantener sus estados de privilegios y preservacin de su poder econmico y poltico.

Por eso hoy se demuestra, una vez ms, que las estrategias que algunos de estos gobiernos progresistas han tratado de desarrollar, aquellas que se conocen como derrotar e incorporar, han sido un absoluto fracaso. Se pretenda, una vez vencida electoralmente la derecha, incorporarla en un permanente estado de pactismo a los procesos de transformacin a favor de las grandes mayoras. Todo ello siendo consecuentes y coherentes con el sistema democrtico. Sin embargo, estas fuerzas y los poderes oligrquicos del continente, con los apoyos transnacionales, incluidos los grandes medios de comunicacin de masas, han estado en permanente y agresiva oposicin hasta considerar llegado su momento para recuperar, si es necesario por medios nada democrticos, el poder perdido, ese poder que siempre han considerado como nicamente suyo, casi por derecho natural.

Jesus Gonzlez Pazos. Miembro de Mugarik Gabe

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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