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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-05-2016

Pontfices o amurallados

Santiago Alba Rico
Ctxt


Intelectual es el que, sin poder militar ni poltico, est al mando de la sociedad civil. Es posible que alguno est escribiendo o se disponga a escribir la novela definitiva, el ensayo o el poema imprescindibles que no produjo la primera transicin.

A la hora de abordar este asunto a uno le gustara ocultarse bajo un pseudnimo y ello por dos motivos. El primero tiene que ver con el hecho de que, si vamos a hablar de intelectuales, es seguro que nos disponemos a lanzar alguna piedra y un pseudnimo permitira no tanto esconder la mano como garantizar honestamente que el destino del proyectil es tambin uno mismo. A los intelectuales no nos gusta que nos incluyan en una clase o en un grupo y cuando hablamos de los intelectuales --como cuando las clases medias hablan de la gente-- es para afirmar nuestra singularidad frente a cualquier conjunto en el que se pretenda disolvernos. En este sentido, de los intelectuales slo deberan hablar --si queremos un poco de verdad y algo de criterio-- los panaderos o los pescaderos.

El segundo motivo es ms ideolgico, si se quiere. Los intelectuales y, sobre todo los intelectuales de izquierdas, siempre hemos despreciado o fingido despreciar --y slo hemos sucumbido en secreto y con remordimientos-- dos criaturas por encima de todas: el ftbol y la intelectualidad. Si en la tradicin de la izquierda clsica hay dos depsitos densos de alienacin y traicin de clase son --digamos-- el Real Madrid y la poesa de Borges. Un intelectual no puede ser populista y, si es de izquierdas, tampoco individualista: huyamos de los estadios y de la propia cabeza. Hacia dnde? A la espera de la revolucin, sintamos al menos un poco de vergenza.

Como no escribo con pseudnimo voy a definir el trmino intelectual de manera que me convenga (o, lo que es lo mismo, que me excluya). Veamos. En la antigua Roma se distingua entre imperium, potestas y auctoritas. Simplificando mucho, digamos que el imperium era el mando del ejrcito, la potestas el mando del gobierno y la auctoritas el mando moral de la sociedad civil: es decir, la autoridad pblica religiosa que encarnaba el vnculo entre la comunidad de los vivos, la comunidad de los muertos y la comunidad de los dioses. Bajo la Repblica romana estas tres instancias de poder estaban separadas; a partir de Augusto, el emperador pas a reunir todas ellas en su sola persona (como tambin la majestas, originalmente soberana del pueblo, pero que por un triste desplazamiento histrico ha acabado designando la majestad de las monarquas). En lo que aqu nos importa, recordemos simplemente que el Pontfice --constructor de puentes-- era el que no tena poder sino autoridad pblica; y autorizaba por ello ciertos vnculos y ciertas voces colectivas. A travs del verbo augere y de sus derivados --augurio y autor, por ejemplo-- queda muy clara la relacin entre religin, publicidad y poder civil. A partir de ah podemos definir al intelectual menos por su actividad --escritura, pensamiento, investigacin-- que por su papel social. Intelectual es el que, sin poder militar ni poltico, est al mando de la sociedad civil. Su dimensin religiosa --pblica y vinculante-- es evidente; y as en algunas sociedades orales esta funcin intelectual la cumpli el poeta, en otras altamente jerrquicas el sacerdote y luego, a partir de la Ilustracin y la Revolucin Francesa, en nuestra Europa ms o menos democrtica la autoridad pontificia recay en la figura de escritores laicos capaces de intervenir en la esfera pblica al margen de y contra el ejrcito y el gobierno (de Sebastian Castellio y Voltaire a Zola y Sartre). No es extrao, por tanto, que la famosa obra de Julien Benda de 1927, traducida con fundamento al castellano como La traicin de los intelectuales, en francs se llame La trahison des clercs, literalmente de los clrigos. Esa, por cierto, es la tradicin que prolonga Gramsci, en la misma poca, mediante el concepto de organicidad. Para el comunista sardo, en efecto, intelectual era Benedetto Croce, el hegeliano derechista cuyo pensamiento llegaba a los cafs y las partidas de cartas en frases hechas y pildoritas de sentido comn, generando as hegemona cultural; pero tambin eran intelectuales el Papa y Lenin (o cualquier dirigente obrero).

La Transicin en Espaa, que se inici en un marco intelectual muy clerical, el de la lucha antifranquista y su memoria intelectual, enseguida inscribi nuestro pas, y de manera particularmente veloz y brutal, en los nuevos parmetros de la autoridad capitalista. Eso trajo consigo una cosa buena y una cosa mala. La cosa buena es que se democratiz la cultura y se desacraliz al maestro. La cosa mala es que ni se democratiz realmente la poltica ni se reemplaz a Sartre por un Pontfice colectivo. Quin ha tenido en estos aos y quin tiene an el mando de la sociedad civil? El mercado. Quines son nuestros clrigos? Los nuevos empresarios, las estrellas del baln, las modelos de las pasarelas. Quines han sido los intelectuales orgnicos del mercado? Rodrigo Rato y Mario Conde, hoy en la crcel; Butragueo y Messi desde los estadios; Alaska y David Bisbal en las salas de conciertos; Encarna Snchez y luego Beln Esteban en los medios de comunicacin; y, si queremos incluir a algn escritor, incluyamos mejor a Juan Luis Cebrin que a Juan Mars y mucho ms a Fernando Savater que a Snchez Ferlosio (por no mencionar a Manuel Sacristn, muerto en 1985 sin audiencia). Si definimos al intelectual como a una persona investida de autoridad pblica al margen del ejrcito y del gobierno, nuestros filsofos y pensadores, muy activamente clericales en 1975, dejaron de ser intelectuales en los aos sucesivos: unos porque se mantuvieron politizados sin audiencia y en los mrgenes, perdiendo el vnculo con la sociedad civil; los otros porque aceptaron despolitizarse en un mercado en el que el vnculo con la sociedad civil no pasaba ya por la escritura y la filosofa. Si se la compara con la de la Segunda Repblica, la cultura de la Transicin ha sido mucho menos explosiva y rica; no ha producido ni una novela definitiva ni un ensayo decisivo ni un poema imprescindible. Ha habido buenos escritores y buenos artistas, s, que, en todo caso, no han sido intelectuales, en el sentido de que su obra no ha construido puentes entre la comunidad de los vivos, la comunidad de los muertos y la comunidad de los dioses. Los que se han dedicado a pensar y escribir no han sido pontfices; y nuestros pontfices no se han dedicado a pensar y escribir. El ltimo que lo hizo fue probablemente Vzquez Montalbn.

Dicho esto, me parece muy significativo el reciente debate sobre los intelectuales y la Transicin, de cuya complicidad orgnica dan buena cuenta el libro de Gregorio Morn de 2014 y el ms reciente de Snchez-Cuenca. Si es necesario ocuparse de este tema no es porque, en el umbral dudoso de una segunda transicin, haya llegado el momento de cuestionar el papel de los que hicieron la primera o de amagar un ajuste de cuentas sino porque, en el umbral incierto de una segunda transicin, muchos de ellos pretenden ahora reintelectualizarse o reclericalizarse para impedirla. Como escriba hace poco, el problema de muchos de estos autores prestigiosos que fueron muy activos y comprometidos en la primera transicin, y que vuelven de pronto a la poltica tras haberla dejado en manos del bipartidismo, no es que hayan dejado de ser de izquierdas; es que han dejado de ser tambin liberales; y pretenden hoy dar lecciones sobre democracia y madurez poltica a los que se proponen cuestionar, revisar y mejorar una herencia traicionada e incompleta. En los aos 80 tuvieron vocacin de pontfices y luego, arrellanados en la organicidad del mercado, acabaron dedicndose a la poliorctica (o arte de fortificacin de un castillo). Les guste ms o menos deberan aceptarlo: la calidad de sus decisiones y la consistencia misma de los desplazamientos generacionales los han dejado sin ninguna autoridad. Pueden aspirar a ser recordados pero no escuchados.

Lo interesante de la constelacin del cambio que se abre a partir del 15M en Espaa es que, aceptando moverse en los lmites populistas del mercado y en su sentido comn adverso, ha conseguido reintelectualizar la poltica o, al revs, ha conseguido repolitizar la intelectualidad. Ya no da vergenza ni disfrutar con la Liga de ftbol ni leer a Borges, pero tampoco exigir desde la universidad, desde los nuevos medios digitales o desde los libros, como lo hicieron en 1975 aquellos que hoy combaten la nueva transicin, un proyecto colectivo democrtico. Repolitizando la vida pblica han reintelectualizado el pensamiento como instrumento de intervencin republicana. Nunca una ruptura generacional ha sido ms completa, para lo malo y para lo bueno. Lo malo es que las nuevas generaciones de intelectuales, por razones tecnolgicas y polticas, no tienen maestros; tanto los que perdieron la autoridad mantenindose aislados en la izquierda como los que la despolitizaron en mercados confortables pero perifricos, tanto los apocalpticos como los integrados, nos hemos vuelto por igual inaudibles. Eso es lo malo. Eso es tambin lo bueno: el hecho, s, de que las nuevas generaciones de intelectuales --que incluyen deportistas, msicos, poetas, periodistas, activistas y tambin notables pensadores--, por razones tecnolgicas y polticas, no tienen maestros. Algunos, gracias a la universidad pblica hoy amenazada, han tenido muy buenos profesores, pero feliz y desgraciadamente no han interiorizado el magisterio ni de los que perdieron su autoridad mantenindose aislados en la izquierda (a veces heroicos y lcidos) ni de los que la despolitizaron en mercados confortables perifricos (a veces talentosos y brillantes). Es difcil anticipar dnde desembocar este impulso; a los lmites impuestos por la realidad econmica y poltica europea, muy adversa, hay que aadir la orfandad de magisterio y la interrupcin de la tradicin, inducida en parte y reemplazada por tecnologas de la simultaneidad cuyo efecto antropolgico no alcanzamos todava a medir. Pero es difcil tambin no aceptar que el No nos representan de 2011 y sus rplicas ssmicas, con sus expresiones polticas posteriores, vinieron a rescatar una generacin --la que tiene entre 25 y 45 aos-- que estaba a punto de perderse, no en la izquierda marginal o en la orla del poder, como la nuestra, sino en el mercado laboral y sus fauces selectivas, implacables e individualizadoras. Cualquiera que sea el resultado, lo cierto es que el inesperado sobresalto de esta segunda transicin ha asegurado no slo la renovacin poltica sino tambin la renovacin cultural y literaria de Espaa.

Cada generacin se equivoca y se suicida a su manera; pero hay maneras ms ricas que otras, ms hermosas y ms verdaderas: es lo que llamamos Historia. Equivocarse y suicidarse son dos aproximaciones muy libres a los acontecimientos recientes. Lo que los nuevos intelectuales estn haciendo es ms bien darse de bruces con la realidad que nosotros esquivamos o lamimos (del verbo lamer, s) y de esa manera modificarla un poco, al menos de manera superficial o milimtrica, como el tsunami del Japn desplaz mnimamente el eje de la Tierra. A ese choque arriban y de ese choque se desprenden, como chispas de un martillazo sobre un yunque, todas las personalidades posibles que componen el espectro psicolgico humano: el ambicioso, el calculador, el cenizo, el victimista, el apasionado, el generoso, el violento, el voluntarista, el abnegado, el misntropo, el perezoso, el luminoso; los que son como nosotros y nuestros contrarios. Eso no cambia. Es el mundo. Lo que cambia en cada poca, segn las circunstancias y el estado presente de las luchas de clases y sus relaciones de fuerza, es la potencia del choque y la intensidad del chisporroteo. Es decir, las obras concretas y su pequeez o grandeza. No tengo muchas esperanzas --algunas inconfesables-- de que el mundo mejore, pero s de que en estos momentos, mientras escribo estas lneas, algunos de mis amigos intelectuales ms jvenes --o algn desconocido o desconocida que no me ha ledo y que no me va a leer-- estn escribiendo o se dispongan a escribir la novela definitiva, el ensayo decisivo, el poema imprescindible que no produjo la primera transicin.

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Fue candidato al Senado en la lista por vila de Podemos en las pasadas elecciones legislativas. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra.

Fuente: http://ctxt.es/es/20160427/Firmas/5680/intelectuales-transici%C3%B3n-15M-Tribunas-y-Debates-.htm



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