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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-05-2016

5 aos despus, el 15M como movimiento desobediente
La desobediencia como acto fundacional del 15M

Ibn Daz Parra y Jos Candn Mena
Rebelin


La gran manifestacin de mayo de 2011 nos pill en Sevilla, a un grupo ms o menos numeroso de activistas, muchos con una trayectoria reconocible como activistas radicales, organizando una semana de lucha social. Esta entraba dentro de una lgica que buscaba abrirse a estratos ms amplios de la poblacin y romper el carcter habitualmente gregario del activismo radical de izquierdas, con una impronta ciudadanista e intervenciones que destacaban por su moderacin discursiva. A pesar de esto, la falta de signos identificables de la izquierda en el 15M hizo dudar a algunos, al menos en un principio, incluso de su carcter progresista. Puede que fuese la toma de la Plaza Mayor de Sevilla lo que determin la implicacin en los acontecimientos del activismo sevillano, que inevitable y repentinamente haba adquirido el adjetivo de viejo. Lgicamente las disputas entre los experimentados y los recin llegados no tardaron en surgir. El 15M no quera datar de nada ms que de s mismo y el viejo activista desconfiaba del discurso tibio y la falta de radicalidad del advenedizo. Ambos se equivocaban, obviamente. El 15M result un movimiento fundamentalmente desobediente y el propio acto de ocupacin de la plaza mostraba este componente a la vista de todos. Pero, a diferencia de los movimientos anteriores, no era una desobediencia protagonizada por grupos identificables y acotables. El protagonismo haba pasado a una masa, por mucho tiempo moderada, silenciosa y obediente, en la que el poder del Estado basaba parte de su legitimidad. Al mismo tiempo, el movimiento contena cdigos y prcticas que desarrollaban e incluso resultaran ser paradigmticos de la lnea que haban seguido en las ltimas dcadas los movimientos de protesta de carcter autnomo. La influencia del activismo tacticista, subversivo y libertario se hara incluso ms patente conforme pasasen los primeros momentos de enamoramiento con la masa manifestante. No obstante, esta conexin con los movimientos anteriores implic tambin cargar con algunas de sus limitaciones, la ubicacin en una posicin de pura negacin, con escasa capacidad de plantear alternativas y un individualismo poltico radical que haca difcil cualquier frmula organizativa fuera de la escala local y el corto plazo.

La actual Plaza Mayor de Sevilla es hoy uno de los principales paradigmas de la produccin del espacio en el capitalismo neoliberal. Un espacio simblico de poder que concentraba muchos de los elementos que cuestionara el 15M: La privatizacin no solo del edificio, sino tambin de la plaza misma, de un espacio en teora pblico que regularmente se valla y se protege con seguridad privada para eventos particulares, el despilfarro en obras faranicas propio de la burbuja inmobiliaria, con el concurso de la gran constructora favorecida por el poder poltico y todo ello bajo un gobierno de coalicin entre PSOE e IU. Su inauguracin estaba prevista para el verano de 2011 y, sin embargo, fueron los manifestantes de aquel mayo los que se adelantaron con la toma del espacio e instalacin de un campamento que nadie saba si ocupaba un espacio del Estado o del gran capital privado, cada vez ms difcilmente distinguibles. Incluso si los objetivos de la toma nunca llegaron a estar claros del todo, lo que estaba claro era que supona un desafo al orden imperante.

Caben pocas dudas respecto de que fue la ocupacin el verdadero acto de fuerza que hizo tan relevante al movimiento. La gran manifestacin fue un primer gran evento en el que, con un discurso a-partidista, la gente se descubri a s misma, descubri que eran muchos en su afirmacin de hasto frente a la clase poltica y su operancia ante crisis. Sin embargo, el gran detonante que condujo a que hablemos de un movimiento con unas dimensiones y una relevancia poltica indiscutible, fueron las ocupaciones de las plazas. Empezando por la acampada Sol, por supuesto, accin iniciada por tan solo un puado de personas tras la manifestacin. Este acto fue seguido por la represin y es esta, as como la respuesta masiva en un nuevo acto de desobediencia, la que genera un efecto multiplicador en la mayor parte del Estado. La radicalidad de este momento vino dada por la legitimidad que una masa de poblacin asign al acto de desobediencia y la deslegitimacin de la represin, que implicaba la deslegitimacin del orden poltico vigente. Los instrumentos del orden, a pesar de su amenaza constante, perdieron su eficacia frente a la masa en la calle.

Polticamente, aquel periodo puede significar cosas muy diferentes para diferentes observadores. Probablemente, la reevaluacin del mismo a posteriori engrandece sus dimensiones y su radicalidad. Sin embargo, parece difcil discutir que se trat de un momento poltico excepcional, un momento de fractura, en la medida en que el orden social vigente estaba siendo cuestionado por la gente, por la masa. La ocupacin de las plazas supona un desafo al orden policial del espacio y a su gestin por poderes pblicos y privados. Durante un periodo ms bien breve, el nivel de ventas de los comerciantes de la plaza Sol cont tan poco como la propiedad privada de la Plaza Mayor de Sevilla. Los cordones policiales, las amenazas y los intentos de desalojo sirvieron principalmente para alimentar el afn desobediente de los concentrados y multiplicar su nmero. Al mismo tiempo, se trataba de un desafo al orden secuencial y temporal de la sociedad poltica. La indefinicin del periodo de la ocupacin, una vez asumida la imposibilidad de un desalojo rpido, era inadmisible tanto para los intereses privados como para la administracin de lo pblico. Desde la restringida visin del fenmeno por parte de estos poderes, se pens primero que la toma de la plaza consistira en un acto puntual, luego que sera disuelta por la prohibicin de la Junta Electoral y posteriormente que se disolvera tras las elecciones. La masa desobedeci descaradamente e impunemente la muy liberal prohibicin de manifestarse en la jornada de reflexin electoral, desplazando la deliberacin desde la eleccin entre un nmero de papeletas al cuestionamiento de la propia capacidad de los polticos profesionales para representar a la gente. La permanencia tras el 22 de mayo desbarat todos los pronsticos y expres el alcance de la crtica del 15M, que no se limitaba a un partido ni a la labor de un gobierno concreto, lo que se solucionara tras la alternancia electoral, sino que pareca entonces dirigirse a la raz del sistema poltico, cuestionando la democracia parlamentaria en su conjunto. Se cuestionaba el carcter real de la democracia liberal, donde el antagonismo poltico haba ido dejando paso progresivamente a una gestin post-poltica de la administracin pblica.

Este discurso rabiosamente contrario a los partidos y, en general, a cualquier institucin, no fue totalmente innovador. Coincide en gran medida con las convocatorias y campaas anteriores de los movimientos sociales, pero alcanzando por primera vez, en el particular contexto de la crisis, un consenso masivo. Las disputas respecto de la presencia de banderas y signos partidarios era ya muy familiar para aquellos que habamos participado en manifestaciones del movimiento anti-globalizacin o contra las reformas universitarias. Pero al mismo tiempo que rechazaba lo instituido, el movimiento buscaba de forma desesperada nueva frmulas.

Ocupaciones y resistencias

La necesaria bsqueda de frmulas que dieran salida al manifiesto poltico horizontalista y desobediente que fue en conjunto el primer periodo de manifestaciones y ocupacin de plazas, condujo al ensayo de diversas tcticas. Si bien algunas tuvieron su fundamento en el rechazo de las injusticias ms flagrantes del sistema y en el desafo al orden policial, incluso las ms constructivas implicaron un afn de evadir el orden poltico, no solo de las instituciones del Estado sino de todas las formas que giran en torno a lo que es considerado el mbito legtimo de la poltica.

Tras la disolucin de las ocupaciones en las plazas, el pilar propositivo del movimiento, la asamblea, se desplaz a los barrios. Las asambleas de barrio se plantea ro n como la alternativa ms factible dentro del afn prefigurativo de la poltica del movimiento, por oposicin en lo micro-local tanto a la poltica de las instituciones del estado como a las frmulas organizativas tradicionales de la izquierda (partidos y sindicatos). La bsqueda de lo local y lo comunitario como una actividad poltica realmente legtima, supuestamente menos contaminada por la burocratizacin y el capitalismo, es una tendencia que empieza a vislumbrarse en la dcada de los ochenta, pero que se vuelve realmente central con el movimiento anti-globalizacin y la influencia del zapatismo. La legitimidad de la accin poltica se deposita en la asamblea asociada a un mbito geogrfico local, que aspiran ofrecer una estructura radicalmente democrtica a la organizacin social, basada en una presunta comunidad asociada a un territorio delimitado. Esta es la escala que genuinamente se crea y que refleja las tendencias del activismo autnomo post-obrerista. Si esta tendencia pone en valor la irreductible libertad del individuo, viene acompaada de otros problemas en el mbito de la accin colectiva. Esto se hara patente en los intentos de establecer escalas de coordinacin, donde el rechazo a la delegacin y las suspicacias frente a cualquier tentacin centralizadora o jerrquica las hizo por lo general difcilmente funcionales y de corta duracin.

Por otro lado, partiendo de la primera ocupacin de la plaza, la tctica de la toma de enclaves se convirti casi en sea de identidad del activismo impulsado a partir del 15m. Son especialmente numerosas las tomas de edificios e instalaciones abandonadas, para su transformacin en centros sociales o en vivienda. Los centros sociales okupados del viejo activismo haban asumido durante 2011 un papel subsidiario y con escaso protagonismo, apoyando al movimiento en algunos casos, aunque a un nivel logstico, mientras que en no pocos casos, los ocupas experimentados percibieron con desconfianza todo el proceso de 2011. A pesar de esto, es indudable que el activismo emergente adopt rpidamente la tctica de la creacin de centros sociales del movimiento okupa. Durante verano y otoo de 2011 las acciones de este tipo se multiplicaron por el territorio del Estado, no solo en Madrid y Barcelona, tambin en Cdiz, Sevilla o Zaragoza. En muchos casos el fondo y las formas de estas ocupaciones no variaban mucho con respecto a la etapa anterior y el principal cambio era el uso de la legitimidad otorgada por el apoyo masivo recabado por el movimiento. En otros casos se introdujeron innovaciones cualitativas acorde con el contexto, como la ocupacin de edificios propiedad de bancos rescatados con dinero del Estado o el realojo de las vctimas de la crisis.

Por su lado, el movimiento por la vivienda que se fue consolidando desde verano de 2011, alimentado indiscutiblemente por el 15M, se remonta a las asambleas por una vivienda digna de 2006, a V de vivienda y a la creacin de la PAH. No obstante, es en el nuevo contexto en el que alcanza una visibilidad, capacidad de accin e influencia social notorias, al mismo tiempo que sirve como un frente claro donde volcar energas para el nuevo activismo. Las familias desempleadas y perdiendo su vivienda se convirtieron en el mejor smbolo de los efectos desastrosos de la crisis sobre la poblacin. Su combinacin con un contexto de constantes movilizaciones dio lugar a que desde verano de 2011 se mulitiplicaran las resistencias contra desahucios, organizadas desde la PAH, desde las plataformas locales contra los desahucios o desde las asambleas del 15m. En pueblos y ciudades la gente colapsaba la calle, se encadenaba a las puertas y se tiraba al suelo para evitar que la polica antidisturbios expulsase familias de sus casas. Estas son las acciones de desobediencia que alcanzaran sin duda mayor consenso, tanto entre los activistas como entre la sociedad en su conjunto, hasta el punto de resultar dainas para instituciones muy valoradas en la mayor parte del territorio estatal, como la propia polica. La fuerza demostrada en estas acciones ha evitado mltiples desahucios y siguen ampliamente legitimadas a pesar de los esfuerzos en contra de las instituciones del estado y de la mayor parte de la prensa.

Si el 15m contina con una serie de tendencias marcadas previamente, es indudable que existe un cambio cuantitativo y cualitativo. Cuantitativo en la medida en que rompe los guetos activistas poniendo en su lugar una masa de poblacin indefinible en la calle (al menos inicialmente y a menudo para volver a crear pequeos guetos y sectas a medio-largo plazo). As, las acciones de ocupacin se ven respaldadas tanto por la cantidad de gente que se concentra en torno a la idea del 15m, como por la progresiva llegada al mismo de las vctimas materiales de la crisis. El carcter masivo hace posible la resistencia a desahucios, no solo por la pura fuerza de los nmeros, sino por lo que implica de deslegitimacin del orden constituido, orden legal que adopta la forma de la orden de desahucio y de policas antidisturbios, y legitimacin de la resistencia frente a ellos. Cualitativamente en la medida que se rompe con gran parte de las frmulas discursivas, estticas y organizativas anteriores . Esto se evidencia por ejemplo en las ocupaciones, donde a pesar de las claras continuidades con el movimiento okupa, hay tambin un esfuerzo relevante por alejarse de esta identidad. A veces, este alejamiento se realiz de forma burda, mediante la simple modificacin de la terminologa, con el abandono del tradicional CSOA. Ms relevante fue el salto de unas ocupaciones basadas en la poltica gregaria y prefigurativa a la instrumentalizacin de la toma de edificios como herramienta contra las injusticias provocadas por el sistema en crisis: desahucios, pobreza, etctera.

Mencin a parte merece el uso tctico de internet, de nuevo con claras continuidades con los movimientos anti-globalizacin pero tambin con importantes diferencias. Colectivos emergentes en este contexto, como Anonymous, suponen una peculiar traduccin simblica de ideales libertarios que resultan extraos para los propios militantes tradicionales del anarquismo. Caretas de Guy Fakes inspiradas en el cmic V de Vendetta o el propio smbolo del colectivo, la figura de un lder sin cabeza, expresan de forma novedosa algunos de los ideales clsicos de la tradicin libertaria en su rechazo al liderazgo y al poder y en la defensa de la libertad. No se trata ni mucho menos de un movimiento anarquista o libertario, pero s de cierta traduccin postmoderna de algunas de sus ideas. Pero sobre todo internet dota al movimiento de un espacio de encuentro para percibirse a s mismo, que cumple una funcin similar a la de la asamblea de barrio. La gente (joven), nativos digitales en el uso de las redes, perciben en el espacio virtual que no estn solos y que sus problemas -encontrar trabajo, buscar un piso que poder pagar- no son problemas individuales sino polticos. Podramos hablar de una toma de las redes sociales y otros instrumentos del espacio virtual, que pasan a ser foros de debate e instrumentos de convocatoria y organizacin indispensables. Los bloqueos a los desahucios pasaron a convocarse en Facebook, igual que las manifestaciones, mientras que el desarrollo de las acciones o las amenazas de intervencin policial eran seguidas por internet y gracias a ello encontraban una respuesta masiva. En el 15M la toma del espacio virtual y la toma del espacio geogrfico se refuerzan claramente y, de hecho, el xito de las convocatorias hubieran sido impensables de otra manera. No obstante, de nuevo, el intento de generar espacios antagonistas masivos y duraderos, como la alternativa de N-1 a Facebook, fue por lo general poco realista y efmero.

La respuesta del Estado

Las protestas iniciales del 15M no impidieron la mayora parlamentaria del Partido Popular en 2011, que sigui profundizando en su poltica de austeridad y recortes. La participacin fue muy baja, pero esto est ms bien entre las condiciones que generan el movimiento y no una consecuencia del mismo. En este sentido, el estado se reafirma a s mismo y demuestra una escasa flexibilidad o imaginacin a la hora de lidiar con el movimiento. A pesar de la gran resonancia y legitimidad que haba adquirido, le confiri un tratamiento similar al que hubiera concedido al tpico grupo minoritario de izquierda radical.

La respuesta del Estado fue la nica respuesta posible a la desobediencia que lo niega: la represin. La resistencia a los desalojos fue contestada con una fuerte represin policial y penal en el medio plazo, a pesar de muchas pequeas batallas que se ganaron. Tambin fueron muy duros los castigos contra las huelgas generales que se convocaron en 2012 y que todava hoy estn trayendo consecuencias a muchos activistas. Al igual que las resistencias a los desahucios, las ocupaciones colectivas alcanzaron un nivel de respaldo social nunca visto con anterioridad y, no obstante, esto no impidi que acabasen, con contadas excepciones, en desalojos policiales y en la apertura de procesos judiciales contra los activistas responsables. As, la respuesta fundamental del Estado a la ola de movilizaciones fue un parapetarse del gobierno detrs de la polica antidisturbios y de los jueces. En esta lnea se encuentra la ms reciente Ley de Seguridad Ciudadana y la restriccin galopante de la libertad de expresin, con acciones judiciales a menudo disparatadas contra activistas y artistas. Por el contrario, los intentos de modificar la legislacin hipotecaria a travs de iniciativas legislativas populares fueron en vano. De igual manera, las medidas adoptadas contra la exclusin o en favor de las personas desahuciadas por los gobiernos regionales, de la ley anti-desahucios andaluza a la ms reciente ley catalana de emergencia social, han sido sistemticamente recurridas por el gobierno central ante el Tribunal Constitucional y suspendidas cautelarmente.

Las instituciones polticas espaolas se han mostrado particularmente cerradas a las demandas de los movimientos de protesta surgidos a raz de la crisis. Esto puede estar vinculado al propio marco del que emergen, la famosa Transicin. Este es el periodo anterior al 15m en el que podemos encontrar una movilizacin social masiva al mismo nivel de relevancia poltica e histrica. Al mismo tiempo, este momento poltico excepcional, en el que el orden social constituido pudo estar suspendido y cuestionado, abierto a mltiples posibilidades, se solucion precisamente con una ruptura radical entre la movilizacin, el activismo de base y la poltica de la vida cotidiana, por un lado, y la poltica profesional de las instituciones del Estado, por otro. La protesta y el descontento fueron canalizadas a travs de iniciativas polticas progresivamente profesionalizadas y ubicadas en una esfera independiente de la sociedad a la que supuestamente representaban. En ese sentido, la fractura entre la poltica institucional y las masas que se vivi en 2011 se fragu treinta aos atrs.

El impasse al que llega la protesta y la movilizacin socio-poltica a partir de 2012 puede ser explicado por la accin de la represin, pero solo en combinacin con las limitaciones internas del movimiento. La realidad es que, ante la falta de avances y logros consistentes, los niveles de movilizacin y militancia se hicieron poco sostenibles en el tiempo. La incapacidad para articular estructuras estables y consolidar una toma de decisiones regulada y coordinada a nivel supralocal, dadas la descentralizacin y dispersin de gran parte del activismo, favoreci un progresivo declive de la intensidad de la protesta, a excepcin de algunas movilizaciones en determinados momentos y mbitos. En trminos generales, el afn de democracia radical y el rechazo a la delegacin hizo las asambleas inoperantes fuera del mbito local e incapaces de plantear una agenda poltica propia.

La radical demanda de autonoma del 15M implic una enorme creatividad en la accin colectiva y una alegre rebelda contra todo lo instituido. Sin embargo, siempre contuvo en su interior un individualismo tambin radical, que no casaba bien con el compromiso poltico y que supona un elemento inevitablemente disgregador. En cierta medida, el 15m pudo ser tan post-poltico como el rgimen poltico institucional al que se enfrentaba, y en parte esto puede ser tambin consecuencia de su conexin a los procesos polticos anteriores. La desobediencia y la autonoma son seas de identidad de los movimientos sociales que recorren la historia reciente del Estado espaol, desde los nuevos movimientos sociales que se fraguaron a partir de los ochenta al 15m, pasando por las expresiones locales del movimiento antiglobalizacin. Esta desobediencia y este rechazo a las instituciones del Estado es la otra cara de la fractura que se fragua en la Transicin. En un contexto de cooptacin de la poltica por la economa neoliberal, la autonoma fue una forma de mantener las aspiraciones de un cambio social radical, pero tambin contena las huellas de la victoria del neoliberalismo en el Estado espaol y en el mundo. De este contexto se deriva la perdida de la capacidad de imaginar otro modelo universal para la sociedad, adems de un individualismo radical que supone un serio lmite a la capacidad de accin colectiva.

Un movimiento contradictorio?

El balance del movimiento depende de las expectativas que se le otorguen. Por supuesto, el movimiento contena una impugnacin profunda al orden establecido, pero su radicalidad es tambin muy matizable. Lo que s parece evidente con la perspectiva temporal que ahora tenemos, es que la pregunta repetida sobre si en la prctica el 15M haba servido para algo tiene una respuesta compleja pero afirmativa. El 15m no cambi nada en la prctica, pero lo cambi todo en la teora. Supuso ante todo un cambio profundo en la cultura poltica del pas, introdujo temas y discursos antes imposibles y abri grietas irreparables en el discurso hegemnico. Es por esas grietas culturales abiertas por el 15m por las que nuevos partidos surgidos desde entonces se colaron en las instituciones, a veces de forma tan evidente como la de la alcalda de Barcelona en manos de la lder de la PAH Ada Colau. Es discutible que ello sea garanta de llevar a la prctica si quiera las demandas principales del 15M o que incluso llevndolas sea ese el cambio profundo que se reclam en las plazas. Pero sin duda cualquier resultado electoral o poltica pblica no ser sino la materializacin, para bien o para mal, del verdadero cambio que provoc el 15M.

Ms all de la actual coyuntura y del giro electoralista, una tesis plausible es que los movimientos del tipo 15m conllevan inevitablemente un componente contradictorio. Desarrollar sus proposiciones lleva a un impasse que solo parece dejar como va poltica aquello que negaba en un principio: la participacin institucional. El elemento ms potente en el 15m fue su componente (como dicen algunos) des-instituyente, su negacin del orden establecido, su orientacin desobediente. Si bien superaba ampliamente la posicin de resistencia y la marginalidad del activismo radical anterior, la vertiente ms constructiva y propositiva del 15m se encontr con fuertes e inevitables limitaciones, conduciendo al movimiento a una ubicacin en el campo poltico puramente oposicional. El 15m abre una brecha en el sentido comn, supone un momento en el que se hace posible cuestionar lo incuestionable, sin embargo fracasa a la hora de llevar la poltica ms all de ese momento, lo que dejaba la puerta abierta a una vuelta al viejo orden o a la entrada de nuevos agentes que no tenan porque coincidir necesariamente con los planteamientos iniciales del movimiento. As, llegamos al momento actual, en el que la fidelidad al acontecimiento invita a rechazar la participacin en las instituciones y la virtual relegitimacin de las mismas que conlleva, al mismo tiempo que en la prctica supone la nica forma de transformar efectivamente una parte del orden que se cuestion en 2011. Esto debe ser objeto inevitable de autocrtica, y puede llegar a verse como deseable o inevitable o como un problema que todava est pendiente de superacin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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