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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-05-2016

Arabia y la guerra siria

Higinio Polo
Topoexpress


La implicacin de Arabia saudita en la guerra contra el gobierno de Damasco ha aadido nuevos peligros a la conflictiva situacin de Oriente Medio, que asiste al horror de la guerra en toda la zona, a la cada de los precios del petrleo, y a la enconada lucha entre las potencias regionales sobre la martirizada Siria. Arabia, adems, pretende cambiar su estructura econmica de forma que, sin renunciar a la riqueza petrolera, le permita dotarse de otros sectores productivos. Al al-Naimi, ministro de Petrleo, ha sido destituido por el monarca rabe, que ha nombrado en su lugar a Jaled al-Falih, anterior ministro de Salud. Al-Naimi llevaba ms de veinte aos en el cargo, y su destitucin, as como la de otros ministros, se enmarca en el empeo del nuevo rey rabe por fortalecer la economa del pas con un gigantesco plan de reformas econmicas que fue anunciado a principios de mayo. Arabia est decidida a convertirse en una potencia regional dominante, dotada adems de un preciso programa de instruccin y propaganda religiosa en todo Oriente Medio, frica y Europa, y de influencia global a travs de la Conferencia Islmica y del papel especial que le otorga su condicin de guardiana de las ciudades santas musulmanas de La Meca y Medina. La religin (la versin del islam sun wahabista) siempre ha sido un pilar de su poltica, indisociable de la casa Saud. No debe olvidarse el papel histrico que jug Arabia en la creacin de los Hermanos Musulmanes (que tanto han influido en la moderna historia de Egipto y de otros pases de la zona) y de sus hijastras al-Qaeda y Daesh, que, al decir de Al Abdal Sal, el ex presidente de Yemen, son derivados de los Hermanos Musulmanes.

En Ginebra, el ministro de Asuntos Exteriores de Arabia, Adel al-Jubeir, anunciaba que su pas se comprometa a enviar tropas y fuerzas especiales a Siria si Estados Unidos y sus aliados las enviaban tambin. Al-Jubeir se abstuvo de citar que Washington ya ha enviado comandos de operaciones especiales a Siria, que operan ya dentro del pas, y que, adems, el propio Obama ha anunciado el envo de un nuevo contingente de soldados entrenados en el sabotaje, la accin de comandos y el asesinato selectivo. La justificacin norteamericana para explicar su flagrante violacin del derecho internacional (sin el acuerdo del gobierno de Damasco, el nico reconocido internacionalmente, enviar tropas a Siria es, a todos los efectos, un acto de guerra y de agresin) ha sido que esos comandos de operaciones especiales ayudarn a la oposicin moderada siria en su lucha contra Daesh. El ministro de Arabia anunci el propsito de su gobierno al propio mediador de la ONU en las negociaciones de Ginebra sobre Siria, Stefan de Mistura.

Las mentiras norteamericanas son evidentes, y la interesada y artera connivencia saudita, tambin: ni los grupos armados que luchan contra el gobierno de Damasco son una oposicin moderada (en su gran mayora, son islamistas fanticos y mercenarios pagados por las monarquas del golfo, as como voluntarios captados por las redes yihadistas en decenas de pases), ni los comandos especiales norteamericanos estn dedicando su esfuerzo a combatir a Daesh. Aunque es cierto que Washington considera a Daesh un peligroso ejrcito yihadista que ha complicado su estrategia en Oriente Medio, no por ello ha desdeado su contribucin en la guerra contra el gobierno de Bachar al-Asad, confiando en que, tras la hipottica cada de ste, podr deshacerse de Daesh. Y Arabia ha seguido sus pasos. Los peligros de semejante estrategia son obvios: Washington no slo no repara en que sus fracasos en Oriente Medio en la ltima dcada han incendiado toda la regin (Afganistn lleva quince aos en guerra, tras la invasin norteamericana impuesta a la comunidad internacional bajo la conmocin de los atentados de Nueva York; y en Iraq, conseguida la destitucin y asesinato de Sadam Hussein, el pas sigue hundido en una guerra que dura ya trece aos, con el territorio en manos de ejrcitos opuestos y milicias yihadistas, entre ellas Daesh. Por no hablar de Libia), sino que, adems del caos, la guerra y la tensin en que se encuentra toda la regin que va desde la India hasta el Mediterrneo, el fenmeno terrorista ha aumentado a consecuencia de su aventurera poltica exterior. Tras quince aos de guerras, nunca el terrorismo yihadista haba tenido tanta capacidad para golpear.

Por su parte, Arabia y Turqua han secundado a grandes rasgos el acoso norteamericano a la Siria de Bachar al-Asad, aunque manteniendo su propia agenda de intervencin y sus propios intereses. Arabia mantiene recelos histricos hacia Ankara, por su condicin de viejo territorio otomano hasta la I Guerra Mundial, pero ambos pases han contribuido a armar a los grupos yihadistas de la oposicin moderada siria y han sido complacientes tanto con el Frente al-Nusra (filial de al-Qaeda en Siria) como con Daesh, hasta el punto de que se han abstenido de atacar las rutas de abastecimiento de ambas organizaciones, y el gobierno de Erdogan incluso se beneficia del contrabando y venta de petrleo extrado por Daesh y vendido en la frontera con Turqua. Arabia se muestra dispuesta a enviar tropas y aviones a territorio turco para preparar la intervencin si Estados Unidos se decide a ello, aunque tambin mantiene diferencias de criterio con la diplomacia norteamericana, en torno a Irn y sobre la supuesta tentacin de Washington de ceder ante Tehern. El declarado propsito saudita de luchar contra el terrorismo, encubre en realidad su objetivo estratgico sobre las guerras en Oriente Medio: pretende contener a Irn y sus aliados (la Siria de Bachar al-Asad, pero tambin el Hezbol libans y los hutes yemenitas), y limitar la influencia de Rusia, objetivo que comparte con Washington.

Arabia ha intervenido militarmente en la regin del golfo Prsico (por ejemplo, enviando tropas y reprimiendo las protestas en Bahrin), apoya a las monarquas medievales de la zona, y considera un grave error (casi una traicin) el acuerdo norteamericano con Irn sobre su programa nuclear, que, junto con el levantamiento de sanciones, cree que facilitarn el fortalecimiento econmico iran y su posible emergencia como potencia militar dominante en Oriente Medio. En ese terreno, Arabia mantiene puntos de vista semejantes a los de Israel, pas siempre dispuesto a atacar a Irn, y esa coincidencia de intereses ha llevado a aumentar los intercambios entre ambos pases: hasta el punto de que incluso el jefe del Mossad ha viajado a Riad para coordinar la accin de ambos pases, sin que la cuestin palestina, los frecuentes bombardeos sobre Gaza y el sufrimiento de la poblacin civil palestina, adems de la ampliacin de las colonias judas y de la negativa de Netanyahu a negociar el futuro con la Autoridad Palestina, hayan conmovido lo ms mnimo al gobierno de Salmn vin Abdulaziz. Arabia mantiene oficialmente que normalizar sus relaciones diplomticas con Israel si el gobierno de Netanyahu se compromete a respetar las fronteras de 1967 y se aborda la cuestin de los refugiados palestinos, y se muestra cada vez ms interesada en la hiptesis de abrir una embajada en Tel-Aviv, aunque su diplomacia duda a causa de la repercusin que tendra en el mundo rabe el abandono de los palestinos, cuya defensa Riad no quiere dejar en manos de Irn.

En las negociaciones de Ginebra, Arabia mantiene que Bachar al-Asad debe abandonar el poder o bien a travs de negociaciones polticas o por la fuerza militar, por lo que los inquietantes anuncios de posibles envos de nuevas tropas a Siria no son buenas noticias para el esfuerzo mediador en que Mosc ha puesto todo su inters y su diplomacia, acompaada (de momento, y no sin reticencias) por el Departamento de Estado norteamericano, que, ms all del caos controlado y de la obligada respuesta a la inercia de la guerra y el terrorismo, sigue sin una estrategia clara para Siria y Oriente Medio.

 

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/arabia-y-la-guerra-siria/



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