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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-05-2016

La fe ciega en el poder militar: No pueden parar
La adiccin de Washington a lo militar y las ruinas que todava habr

Tom Engelhardt
TomDispatch

Traduccin del ingls para Rebelin de Carlos Riba Garca


Estn las nuevas historias que de verdad le sorprenden y adems estn aquellas que usted podra escribir mientras duerme antes de que sucedan. Permtame que improvise un ejemplo para usted.

Altos jefes militares de Estados Unidos y Europa estn sopesando distintas opciones para intensificar la lucha contra el Estado Islmico (en adelante, Daesh) en Oriente Medio; una de esas opciones es el envo de ms tropas de Estados Unidos a Iraq, Siria y Libia, justamente mientras Washington confirmaba la segunda baja estadounidense en combate, producida en Iraq despus de varios meses.

Ehhh... espere... en realidad este fue el principal titular del Washington Times del 3 de mayo, en una nota de Carlos Muoz. Aunque, honestamente, podra haberse escrito en cualquier momento de los ltimos meses para quienquiera que estuviese lo bastante atento, y seguramente ser reutilizable en los prximos meses (con otras cifras de bajas, por supuesto). La triste verdad es que en todo el Gran Oriente Medio y cada vez ms zonas de frica, se podra escribir un prrafo parecido adelantndose al empleo de unidades de Operaciones Especiales, drones, asesores, lo que sea, como tambin podran ser los lamentables resultados de hacer movimientos como esos en... [agregue aqu el nombre del pas que a usted le parezca].

Pongmoslo de otra manera; en un Washington que parece incapaz de hacer cualquier cosa que no sea la adoracin al poder militar de Estados Unidos, la formulacin de la poltica global se ha convertido en un notable proceso de repeticin mecnica de ante todo lo militar. Es como si, segn se acumulan los problemas en nuestra vida, mirramos en el armario de las soluciones y lo nico que pudiramos ver es un enorme soldado armado hasta los dientes y lo soltramos para que hiciera una tropela ms.

A qu costo, cuntos, con qu frecuencia, cunta destruccin

En Iraq y Siria, los ataques areos son incesantes. Los bombarderos B-52, regresan de una misin y tan pronto como pueden vuelven a volar para atacar una vez ms a los combatientes del Daesh. Las bases areas estn cada vez ms cerca de las zonas de combate. El nmero de soldados de operaciones especiales contina aumentando. La armas estadounidenses llegan sin cesar (yendo a parar dios sabe a qu manos). Los instructores y asesores de EEUU son cada da ms, y su nmero en el lugar es amaado una y otra vez para que en realidad no se sepa cuntos son. Los contratistas civiles han empezado a llegar; su nmero es imposible estimarlo. El adiestramiento o re-adiestramiento de las fuerzas locales se encuentra con sus propios problemas, que se manifiestan cuando llega el momento de combatir. Los soldados y asesores estadounidenses, que nunca jams iban a combatir o ser botas en el terreno se ven ahora con sus botas claramente pisando el terreno y en situaciones de combate. Las primeras bajas de estadounidenses son objeto de evasivas. Mientras tanto, las condiciones en un tambaleante Iraq y en lo que una vez fue la nacin siria son cada vez ms complicadas, ms caticas y ms esquivas a cualquier solucin que los funcionarios de Estados Unidos propusieran en la semana.

Y cul es la respuesta a todo esto en el Washington de hoy da?

Usted sabe perfectamente que la nica respuesta imaginable puede ser el envo de an ms armas, botas, aviones, tipos de operaciones especiales, instructores, asesores, contratistas civiles, drones y fondos a las cada vez ms caticas zonas de conflicto en importantes porciones del planeta. Sobre todo, est abolido cualquier pensamiento serio, discusin o debate acerca de la forma en que esta aproximacin militarizada a nuestro mundo podra haber contribuido y contina hacindolo a la creacin de aquellos problemas que se intenta resolver. Al menos en la capital de nuestro pas.

Las nicas preguntas que se plantean sobre esta cuestin son: a qu costo, cuntos, con qu frecuencia, cun destructivo. En otras palabras, la nica posicin contraria a la guerra imaginable en Washington, donde las acusaciones de debilidad o timidez se hacen alegremente y son letales para una carrera poltica, es cunto menos o cunto ms podemos permitirnos hablando en trminos militares, o con cunto ms o quiz menos podemos conformarnos cuando se trata de muertes y destruccin militarizadas. Nunca, por supuesto, es una versin genuina de la opcin real de menos o absolutamente nada en esta mesa en la que, se dice, estn guardadas todas las opciones polticas.

Piense en esto como si fuese una adiccin de Washington por lo militar. Llevamos casi 15 aos siendo testigos de esa adiccin sin haber extrado nunca las lecciones ms obvias. Y no vaya a imaginar usted que esa adiccin es una figura retrica; nada de eso. En estos momentos, el apego de Washington econmico, tctico y estratgico a las fuerzas armadas de Estados Unidos y sus supuestas soluciones a prcticamente todos los problemas que se presentan en lo que acostumbramos llamar poltica exterior debera ser categorizado como adictivo. De no ser as, cmo explicara usted los ltimos 15 aos en los que ninguna accin militar funcion ni la mitad de bien en el largo plazo (e incluso, bastante a menudo, en el corto plazo), y aun as las fuerzas armadas de Estados Unidos siguen siendo la primera opcin no la ltima a la que se recurre en casi cualquier situacin imaginable? Todo esto en una vasta regin del planeta en la que los estados fallidos se estn amontonando, las naciones se desintegran, el terror se propaga y se dan flujos de refugiados de una dimensin no vista desde que importantes partes del mundo fueron destruidas por la Segunda Guerra Mundial.

O bien estamos hablando de comportamiento adictivo o bien de que el fracaso es la nueva forma del xito.

Recuerde el lector que, por ejemplo, el presidente que lleg a la Casa Blanca jurando que pondra fin a la desastrosa guerra y ocupacin de Iraq est ahora supervisando una nueva guerra en una regin ms vasta, que incluye a Iraq un pas que ya no es un verdadero pas y Siria, un pas que oficialmente se ha ido al traste. Mientras tanto, en la otra guerra que l hered, Barack Obama lanz casi inmediatamente una ola de fuerzas militares estadounidenses con el nico argumento real de que bien podan ser 40.000 (o incluso hasta 80.000) las nuevas tropas de EEUU enviadas a Afganistn o, como finalmente decidi el presidente contrario a la guerra, seran apenas unas 30.000 (decisin que le convirti en un pelele, segn sus oponentes). Eso era en 2009. Parte de esa operacin supuso el anuncio de que el regreso a casa de las unidades de combate de Estados Unidos empezara en 2011. Hoy, siete aos ms tarde, la retirada fue suspendida una vez ms en favor de lo que los militares han dado en llamar entre ellos un enfoque generacional, esto es, las fuerzas estadounidenses permanecern en Afganistan al menos hasta los aos veinte del siglo XXI.

Sin embargo, la palabra militar retirada puede todava ser apropiada, incluso si los soldados continan donde estn. Despus de todo, como sucede con los adictos de cualquier tipo, los militares que prestan servicio en Washington no pueden dejar la droga a la que son adictos sin sufrir los dolorosos sntomas del sndrome de abstinencia. En la cultura poltica de Estados Unidos, cuando se trata de la seguridad nacional este sndrome se manifiesta en la forma de acusaciones de debilidad que pueden ser devastadoras en las elecciones siguientes. Es por eso que todos aquellos que aspiran a un cargo compiten entre ellos con descripciones del tipo no va ms de lo que haran con los enemigos y los terroristas (desde la tortura al bombardeo de saturacin) e incluso con promesas del tipo no va ms de reconstruir o reforzar lo que ya es la mayor y ms cara maquinaria militar del planeta, una maquinaria hoy da mejor financiada que las fuerzas armadas combinadas de los siete pases que le siguen en importancia.

En estos momentos, si acaso sucede que usted es un candidato republicano a la presidencia, esas promesas lo ms grande es lo mejor son una necesidad. Aunque algo menor, los demcratas tienen un abanico similar de opciones disponibles, lo que incluso explica por qu Bernie Sanders solo habla de mantener el presupuesto del Pentgono en su pasmoso nivel actual o de hacer unos recortes de lo ms modestos, pero no de reducirlo drsticamente. E incluso cuando, por ejemplo, el impulso de contener los gastos militares ha afectado a Washington como parte de un impulso general de recortar los gastos gubernamentales, solo ha resultado en un fondo para sobornos o un presupuesto de guerra que mantiene el flujo de las golosinas.

Todo esto debera tomarse como los sntomas de la adiccin por lo militar de Washington y de lo que pasa cuando aparece la menor seal de retirada. Las fuerzas armadas de Estados Unidos constituyen la droga de eleccin en el escenario poltico estadounidense, lo nico apropiado para la fuerza que, desde 2002, financi, arm y consolid al mayor proveedor de opio del planeta; una vez que uno est enganchado, no hay que moverse demasiado.

La lnea dura de Washington

El mes pasado, en el New York Times, el periodista Mark Landler, con el titulo de Cmo Hillary Clinton se convirti en un halcn deline un retrato poltico. Landler no hizo ms que exponer la forma en que la senadora y ms tarde secretaria de Estado se hizo a s misma hasta convertirse esencialmente en una fantica seguidora de los militares, lisonjeando a algunos comandantes o ex comandantes que iban desde el por entonces general David Petraeus hasta el analista de la Fox y general retirado Jack Keane; cmo, digamos, se convirti en un personaje incluso en el panorama poltico actual notable por su apetito por el compromiso militar en el extranjero (y, en consecuencia, bien pertrechada contra los posibles cargos de debilidad que le hicieran lo republicanos).

Sin embargo, no hay razn para etiquetarla solo a ella de amante de la guerra o de la ltima dura de verdad, al menos en el Washington de hoy. Despus de todo, como todo el mundo, tambin ella quiere un poco de accin. Durante los debates de las primarias, por ejemplo, unos cuantos republicanos hablaron una y otra vez sobre fortalecer la Sexta Flota de Estados Unidos en el Mediterrneo, como si las unidades de esa fuerza naval que ya es poderosa fuesen unos barquichuelos decrpitos.

Un ejemplo ms: en estos das, ningn candidato presidencial puede darse el lujo de rechazar el programa de asesinatos selectivos con drones que lleva adelante la Casa Blanca. Hoy, se considera que el ser asesino-en-jefe forma parte del oficio del presidente en tanto comandante en jefe de las fuerzas armadas, incluso a pesar de que el programa de drones, como tantas otras operaciones militarizadas de poltica exterior actuales, muestran escasas evidencias de que frenen el terrorismo aunque maten a un nmero de tipos malos y jefes del terror (junto con cantidades importantes de civiles que pasaban por ah). Si tomamos a Bernie Sanders como ejemplo debido a que l es el que ms se parece a un candidato pacifista que usted pueda encontrar en la actual temporada de elecciones, hace poco tiempo que le puso algo parecido a su visto bueno al proyecto de asesinatos con drone y la lista de muertes que combina con ella.

Ojo; sencillamente no hay evidencia convincente alguna de que las habituales soluciones militares hayan funcionado o sea probable que funcionen en algn sentido imaginable en los actuales conflictos reinantes en todo Oriente Medio y frica. De hecho, han desempeado claramente un papel importante en la creacin del desastre de nuestros das; aun as nada muestra que en nuestro sistema poltico haya un lugar para autnticas figuras contrarias a la guerra (como las hubo en tiempos de la guerra de Vietnam, cuando un vasto movimiento pacifista cre un espacio para esas polticas). Las opiniones y las actividades contra la guerra han sido impulsadas por la periferia del sistema poltico; al mismo tiempo, al lector le costar mucho encontrar, incluso como recurso retrico, una palabra como paz en el discurso belicista de Washington.

El aspecto de la Victoria

Si se escribiera la historia de cmo las fuerzas armadas de Estados Unidos se convirtieron en la droga preferida de Washington, no hay ninguna duda de que debera empezar en los tiempos de la Guerra Fra. No obstante, fue en el largo momento de triunfalismo que sigui al colapso de la Unin Sovitica en 1991 que los militares se hicieron con la posicin de incuestionable preponderancia que hoy detentan.

En aquellos das, algunas personas todava especulaban sobre si acaso Estados Unidos recogera algn dividendo de paz del fin de la Guerra Fra. Si alguna vez hubo un momento en el que el desvo de dinero del estamento militar y de la seguridad nacional en beneficio de cuestiones internas poda ser visto como algo comprensible, fue ese el momento. Despus de todo, aparte de un par de desquiciados pases parias como Corea del Norte o el Iraq de Saddam Hussein, dnde exactamente podan encontrarse los enemigos de este pas? Y por qu continuara ese musculoso poder militar devorando dlares del erario pblico a ese ritmo pasmoso en un mundo relativamente pacfico?

Sin embargo, en los 10 o 12 aos siguientes, los sueos de Washington tomaron una direccin muy diferente: hacia un dividendo de guerra, en un momento en el que Estados Unidos se haba convertido en virtud de un acuerdo ms o menos universal en la nica superpotencia del planeta. El equipo que entr en la Casa Blanca acompaando a George W. Bush en unas elecciones intensamente cuestionadas en 2000 ya haba dibujado durante aos las principales lneas de la adiccin a la droga militar. Para ellos, el planeta estaba maduro para ir y recoger los beneficios. Cuando se produjeron los ataques del 11-S, se abri la puerta para echar a andar esos sueos de conquista y control y, con ellos, la fe en un poder militar que se crea imparable. Por supuesto, visto el siglo anterior de exitosos movimientos nacionales anti-imperialistas e independentistas, todo el mundo debera haber sabido que, ms all de las armas de que se dispusiera, la resistencia en el planeta Tierra era una realidad de la que no se poda escapar.

Gracias a esa previsible resistencia, se comprobara que la ensoacin imperial inducida por la droga que padecan los busheviques era una fantasa de primer orden, aunque en aquellos momentos posteriores al 11-S pasara por un (neo)realismo firme como una roca. Recuerde el lector que Estados Unidos se quitara los guantes y echara a andar una maquinaria militar que estaba tan ms all de toda comparacin que nada sera capaz de ponerse en su camino. Tanto el sueo fue, tanto la droga habl. No hay que olvidar que la mayor equivocacin (y crimen) del poder militar en lo que va del siglo XXI, la invasin de Iraq, no se supona que fuese el final de algo, sino solo su comienzo. Con Iraq en el saco y convertido en una plaza fuerte, Washington estaba por hacerse con Irn y recoger lo que todava quedaba de la propiedad rusa en Oriente Medio (lase, Siria) durante la Guerra Fra.

Una dcada y media despus, esos sueos se han hecho pedazos; aun as la droga sigue corriendo en las arterias, las bandas militares siguen tocando y contina la marcha hacia... bueno... quin sabe adnde?... En cierto modo, por supuesto, sabemos a dnde (en tanto somos humanos y con nuestro limitado sentido del futuro, podemos saber cualquier cosa). De alguna manera, ya nos han mostrado un ejemplo de qu aspecto tendra la victoria una vez que el gran Oriente Medio fuera por fin liberado del Daesh.

Las descripciones de la largamente saludada victoria obtenida a expensas de esa brutal organizacin en Iraq la liberacin de la ciudad de Ramadi por parte de una unidad antiterrorista de elite iraqu adiestrada por Estados Unidos y respaldada por su artillera y fuerza area son tremendas. Ayudados y secundados por combatientes del Daesh que incendiaban y demolan barrios enteros de la ciudad, el aspecto de la recuperada Ramadi debera darnos un lgubre imagen de lo que espera a esa regin. As describi Associated Press hace poco la escena, cuando haban pasado cuatro meses desde la cada de la ciudad:

Este es el aspecto que tiene la victoria...: en la que una vez fue la floreciente plaza Haji Ziad ya no queda un edifico en pie. All donde se mire, la imagen es desoladora. Un edificio en el que haba una sala de billares y un par de heladeras est reducido a escombros. Una fila de casas de cambio y de talleres de reparacin de motocicletas han desaparecido; en su lugar un enorme crter producido por la explosin de una bomba. Del restaurante de la plaza Haji Ziad, durante aos el preferido de los ramades por sus carnes asadas, no queda nada. El restaurante era tan popular que hace tres aos su dueo construy otro ms grande cruzando la calle; de l solo queda una pila de cascotes de hormign y unos hierros retorcidos. La destruccin se extiende a prcticamente toda Ramadi, la ciudad donde una vez vivi un milln de personas y hoy est prcticamente desierta.

No hay que olvidar que, con el precio del petrleo muy deprimido, Iraq no tiene el dinero necesario para reconstruir Ramadi ni ningn otro lugar. Ahora, a medida que se multiplican esas victorias, imaginemos nuevas versiones de esa devastacin extendindose por toda la regin.

En otras palabras, el resultado final probable de un proceso absolutamente militarizado que empez con la invasin de Iraq (por no decir Afganistn) ya es patente: una regin Oriente Medio hecha aicos y en ruinas, poblada de gente desarraigada y empobrecida. En esas circunstancias, podra no tener importancia si el Daesh es derrotado o no. Solo imaginemos en qu podra convertirse Mosul, la segunda ciudad de Iraq que todava sigue en manos del Daesh, si algn da de verdad se lanza la tan prometida ofensiva para liberarla. Ahora, trate el lector de imaginar a ese mismo movimiento finalmente destruido, con su capital, Raqqa, convertida en otra montaa de escombros, y acurdese de m. Qu es exactamente factible que surja de semejante pesadilla del futuro? Sospecho que nada que pueda ser saludado con alborozo por ninguno de los funcionarios de Washington.

Y qu debera hacerse en relacin con todo esto? Usted ya conoce la solucin de Washington ms de lo mismo; romper con ese ciclo de adiccin es difcil incluso en las mejores circunstancias. Desgraciadamente, en este momento no existe ninguna fuerza ni movimiento en Estados Unidos capaz de abrir un espacio para esa posibilidad. No importa quin sea elegido presidente: usted ya tiene una idea de lo que ser la poltica exterior estadounidense.

Pero no se moleste en culpar de esto a los polticos o a los capitostes de la seguridad nacional con sede en Wahington. Ellos son unos adictos y son incapaces de ayudarse a s mismos. Lo que necesitan es una terapia de rehabilitacin. En lugar de eso, esta gente contina gobernando el mundo. Estemos debidamente asustados por las ruinas que todava habr.

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project y autor de The United States of Fear; tambin de una historia de la Guerra Fra, The End of Victory Culture. Es miembro del Nation Institute y dirige TomDispatch.com. Su libro ms reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176139/tomgram%3A_engelhardt%2C_they_just_can%27t_stop_themselves/#more

 

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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