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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-05-2016

Tnez
El fin del islam poltico

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Centrados lgicamente en Venezuela, a la mayor parte de los medios de comunicacin espaoles les ha pasado desapercibida la noticia internacional ms importante de la semana, procedente adems de un pas mucho ms cercano y mucho ms decisivo para nuestra poltica exterior. Me refiero a la celebracin del X Congreso de la organizacin tunecina Ennahda, el segundo celebrado en Tnez tras la revolucin de 2011, durante el cual Rachid Ghanouchi, reelegido secretario general con el 75% de los votos, ha anunciado la renuncia al islamismo y la refundacin del movimiento como partido democrtico y civil inspirado en los valores del islam. Un partido -ha dicho Ghanouchi- demcrata musulmn que certifica la defuncin del islam poltico y la fundacin de un islam democrtico.

La tentacin de comparar las transiciones espaola y tunecina siempre ha sido fuerte y, si nos dejamos llevar por esa pendiente, no hace falta ninguna intencin provocativa para aproximar el partido islamista Ennahda al PCE y su lder, Rachid Ghanouchi, a Santiago Carrillo. No por su ideologa, claro, sino por su historia, su papel y su talante. Ennahda, en efecto, fue la nica oposicin seria a la dictadura de Ben Ali (y antes, con otro nombre, a la de Bourguiba) y sus militantes sufrieron, ms que los de ninguna otra organizacin, crcel, tortura y exilio. Por su parte, Rachid Ghanouchi, refugiado en Londres desde 1991, referente internacional del islamismo transfronterizo junto al sudans Ahmed Tourabi, recientemente fallecido, hizo una larga travesa desde posiciones panislamistas muy radicales para volver a Tnez tras la revolucin de 2011 y facilitar, con pragmatismo y buena cintura, el consenso democratizador exigido desde dentro y desde fuera. Es verdad que Ennahda, al contrario que el PCE, ha gobernado y forma an parte del gobierno tunecino y, tras la escisin de Nid Tunis, constituye la fuerza mayoritaria en el Parlamento, pero nadie puede ignorar que el pivote del pacto espaol, hace 40 aos, fue el tndem Surez-Carrillo, aunque luego Felipe Gonzlez y el PSOE se convirtieran en el eje vertebral del nuevo rgimen. Aqu en Tnez, de manera cada vez ms clara y en una versin menos tranquilizadora, Surez es Caid Essebsi, viejo lagarto surgido de las entraas del rgimen dictatorial, y Carrillo es Ghanouchi, militante clandestino remozado y fuente indispensable de legitimidad social. En todo caso el paralelismo entre el lder histrico del PCE y el lder histrico de Ennahda se ve ahora refrendado por la decisin del partido de abandonar el islamismo y dar por muerto el islam poltico, decisin que evoca la apuesta de Carrillo en 1977 en favor del eurocomunismo frente a la opcin rupturista y revolucionaria, a partir de entonces minoritaria y marginal en nuestro pas.

Como en el caso de Carrillo y en una situacin an ms tensa y difcil que la de Espaa en 1975, la decisin de Ghanouchi hay que interpretarla, de entrada, como una emancipacin de la constelacin de los Hermanos Musulmanes (HHMM) -que es un poco el equivalente islamista de la Tercera Internacional- y una afirmacin de la va nacional tunecina como excepcin regional y campo natural de accin poltica. Dada la autoridad global de Ghanouchi, no cabe descartar que su gesto influya en otros pases, pero en principio hay que pensarlo, al revs, como una contraccin resignada frente a los lmites impuestos desde el exterior por la crisis general en el mundo rabe: el fracaso del proyecto neo-otomano de Erdogn con su deriva autoritaria, el golpe de Estado en Egipto contra los HHMM y la derrota de la revolucin democrtica en todas partes, as como la doble presin de Libia y Argelia en un marco de rampante amenaza terrorista, interna y externa, que de hecho refuerza y estrecha la dependencia respecto de Europa y EEUU. Tnez, ncleo irradiador del cambio regional, se ha quedado aislada en la zona y su aislamiento, que aumenta su vulnerabilidad, obliga a concesiones, rectificaciones y componendas en el espacio ms restringido del propio territorio.

Pero la decisin de Ghanouchi hay que interpretarla, por eso mismo, en clave nacional. Qu significa para la poltica tunecina la renuncia de Ennahda al islamismo? La burguesa islamofbica, de derechas y de izquierdas, alerta sobre el peligro de una maniobra dolosa destinada a establecer con rodeos el Estado Islmico, parte inalienable de su ADN (como la burguesa espaola aireaba el fantasma del comunismo y los crmenes de Paracuellos), mientras que sectores ms ingenuos -pero ms sensatos- celebran el gesto como una prueba de la excepcin tunecina y la compatibilidad entre islam y democracia. Ahora bien, y si la renuncia al islamismo en favor de la democracia implicase, en realidad, la aceptacin de menos democracia en Tnez, como demanda la situacin y los agentes polticos y econmicos dominantes? La espectacular decisin del X Congreso debe entenderse, en trminos muy carrilistas, como una declaracin pblica de renuncia, no al islamismo, no, sino al rupturismo. Slo el fanatismo laicista puede seguir creyendo que Ennahda era y sigue siendo un partido salafista que buscaba y busca una ruptura religiosa con el Estado moderno; si no antes, dej de serlo cuando se sum en 2005 al Movimiento 18 de octubre y, desde luego, tras el triunfo de una revuelta popular que no dirigi y que marc los lmites de toda nueva hegemona poltica y cultural en el pas. No hay que olvidar que, entre 2012 y 2014, Ennahda gobern en coalicin con dos partidos de centro-izquierda que dieron la presidencia de la repblica a Moncef Marzouki, psiquiatra ateo y activista de los derechos humanos, y que fue un primer ministro islamista el que puso su firma al pie de la nica constitucin laica y democrtica del mundo rabe. Cualquiera que fuera el proyecto secreto de Ennahda -o de algunos de sus componentes- su compromiso pblico iba en direccin contraria y el anuncio de Ghanouchi ahora se limita a formalizar un desfiladero histrico irreversible.

El problema no es ste. El problema es que, en el acto de refundarse como partido democrtico, Ennahda ha renunciado oficialmente a la ruptura democrtica con el antiguo rgimen. Cuando tena el gobierno no tena el poder y sus tentativas errticas de cambio chocaron con obstculos de todo tipo, incluida la amenaza de un golpe de Estado a la egipcia; ahora Ennahda renuncia al gobierno para integrarse en el inmutado aparato de poder, declarndose incapaz -o no deseoso- de cambiarlo. Todo lo que ha hecho en el ltimo ao y medio el partido ex-islamista as lo delata: el abandono de Marzouki en las elecciones presidenciales de diciembre de 2014, el apoyo al gobierno de Caid Essebsi, ministro de Bourguiba y miembro del RCD de Ben Ali, y la defensa de la ley de reconciliacin destinada a rehabilitar y reintegrar en el orden institucional a los que metieron a sus miembros en la crcel y los mandaron al exilio. Lo explica con rotunda perspicacia Sadri Khiari, uno de los intelectuales rebeldes ms prestigiosos del pas, cuando afirma en un reciente artculo que no son los imperativos de la poltica los que han prevalecido sobre las motivaciones religiosas sino la dinmica y el espritu del Estado fundado por Bourguiba y prolongado por Ben Ali los que se han impuesto a la poltica alternativa -dicho sin connotacin positiva- que caracterizaba hasta ahora al movimiento. Ennahda quiere formar parte del Estado, convertirse en uno de los pilares de un nuevo rgimen que, sin ruptura con el ancien, sirva -aade Khiari- de convergencia y homogeneizacin poltica de la clase dirigente. Este retroceso hacia el Estado fundado por Bourguiba (y prolongado por Ben Ali) se revela tambin en el hecho de que, mientras el izquierdista Monzef Marzouki, antiguo aliado, estaba ausente en la asamblea del Congreso, el bourguibista Caid Essebsi, antiguo enemigo y lder del partido derechista gobernante, se encontraba entre los invitados (as como Samir Chafi, representante del sindicato UGTT). Casi al mismo tiempo, por una inquietante coincidencia, la estatua de Habib Bourguiba era reinstalada, treinta aos despus, en la avenida que lleva su nombre.

En la ms adversa situacin regional, con la amenaza del terrorismo siempre presente, en medio de una seversima crisis econmica y una creciente desigualdad social, la construccin de un nuevo rgimen semidemocrtico est en marcha, esta vez basado en una doble fuente de legitimidad: el viejo bourguibismo -que recoge hacia delante los restos del partido nico de Ben Ali- y el ex-islamismo ennahdawui como nico superviviente revolucionario. La declaracin de no beligerancia de Ghanouchi en el X Congreso de Ennahda provocar quizs escisiones o, por lo menos, desafecciones individuales dentro del partido, y en los dos flancos: el de los que apostaban por la ruptura democrtica y el de los que apostaban por la ruptura islmica. Habr que saber si la de stos ltimos deviene o no tan marginal y minoritaria como las que provoc el eurocomunismo de Carrillo en el PCE.

La otra noticia relevante de esta semana, esta s copiosamente cubierta por nuestros medios, ha sido la semiderrota en Austria del partido ultraderechista FPO, que ha obtenido el 49% de los votos. Resulta extrao que en Europa preocupe tanto la radicalizacin del mundo rabe cuando es el resto del mundo el que debera empezar a preocuparse por la radicalizacin de Europa. El anuncio de Ghanochi en el dcimo Congreso es, en realidad, consistente con la realidad del pas. Tnez se est des-democratizando, como Europa, pero no radicalizando. Segn una reciente encuesta de la Fundacin Adenauer, la mayor parte de los tunecinos considera importante su identidad religiosa (97%) pero est a favor de la separacin entre el Estado y la religin (73%); y la abrumadora mayora (un 96, 4%) expresa un rechazo total de Daech y el yihadismo, cifra muy parecida a la de Argelia, Libia, Marruecos y Egipto. Como bien dice el arabista francs Franois Burgat, cada vez que se ha dado a los tunecinos ocasin de expresar libremente su voluntad (y podra decirse lo mismo de casi todos los pases de la zona) lo han hecho en contra de lo que los europeos esperan de ellos. Por eso es tan importante la democracia; y por eso, si la declaracin de no beligerancia de Ennahda no es -paradjicamente- una buena noticia para el futuro democrtico de Tnez, s es un indicativo esperanzador de la moderacin que, al contrario de lo que ocurre en Europa, sigue dominando, contra toda lgica, la regin. Si Europa se preocupase ms por la radicalizacin de Europa y menos por la de los otros pases, en el mundo rabe habra ms democracia -poltica y econmica- y, por lo tanto, an menos radicalizacin. Ennahda es ya un partido moderado y vertebral del nuevo rgimen, lo que es, como vemos, una buena y una mala noticia al mismo tiempo.


Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente original: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/05/25/fin-del-islam-politico/8619



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