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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-05-2016

Ftbol, historia y destino

Santiago Alba Rico
ctxt.es


Hace dos aos, durante la final de la Champions entre el Real Madrid y el Atltico de Madrid en Lisboa, sufr algo muy parecido a un ataque cerebral. Estaba viendo el partido en un bar de Tnez con algunos amigos que saben de mi natural mansedumbre y me aprecian por mi ecunime serenidad. Nunca me haba ocurrido nada semejante. De pronto, cuando Ramos, en tiempo de descuento, meti ese gol que --por as decirlo-- reencarrilaba la verdad del mundo, prorrump en un grito de salvaje desesperacin, como si hubiese visto acuchillar a mi hermana, derrib de un manotazo dos botellas de cerveza y unos minutos ms tarde, cuando ocurri lo que esa verdad impona y Cristiano Ronaldo celebr con ego simiesco su penalti, me levant fuera de m y, sin despedirme de nadie, me lanc a la calle.

Al da siguiente trat de explicar a mis atnitos amigos esta reaccin, para m mismo misteriosa --y un poco vergonzante-- por su rotundidad y violencia. Tena que empezar por rodear la cuestin. Sin su belleza cintica y geomtrica, que eleva a los pies una inteligencia que habitualmente localizamos en la cabeza y en las manos, el ftbol no sera el deporte de masas por excelencia, pero esa belleza no basta para explicar las pasiones que despierta. Lo que confiere a esa belleza un valor antropolgico vertebral ni nace en --ni se reduce a-- lo que ocurre dentro del campo; de hecho, slo puede explicarse fuera de l. Edward Said distingua entre filiacin y afiliacin para referirse a dos tipos de pertenencia identitaria, una emocional y no elegida, como es el caso de las relaciones familiares, y otra voluntaria y razonada, la que define, por ejemplo, nuestros compromisos polticos. Es muy bonito que en nuestra vida queden an filiaciones, emociones asociadas a objetos que no hemos escogido nosotros mismos, que hemos heredado o construido en nuestra infancia, y cuya irracionalidad reivindicamos con orgullo y sin vergenza: entre ellas, obviamente, nuestros padres y nuestro equipo de ftbol. Contra estas filiaciones, las afiliaciones sucesivas pueden levantar luego argumentos tan poderosos que acabamos yndonos de casa con un portazo tras una trgica ltima comida familiar o rompiendo con nuestro equipo de ftbol para militar en la revolucin mundial. Pero, como sabemos, las afiliaciones que se rebelan contra la filiacin familiar y contra la filiacin futbolstica responden y asumen su misma irracionalidad. No hay ninguna manera racional de matar al padre ni de odiar el ftbol. Toda afiliacin anti-edpica y anti-futbolstica es y sigue siendo una filiacin.

De pequeo yo era del Real Madrid, entre otras razones porque viva en una de las calles que cien el estadio Bernabeu, de tal manera que desde la azotea de mi edificio poda ver la mitad del campo y seguir medio partido los domingos sin pagar ni siquiera media entrada. Tambin era del Atltico de Bilbao por una combinacin de fidelidad filial --mi padre era de Bilbao-- y de nacionalismo espaol (sus jugadores eran los ms espaoles del mercado). Luego, cuando mi afiliacin poltica me alej del ftbol, segu vinculado a sus emociones a travs de un antimadridismo razonado, pero que en realidad segua siendo muy futbolstico y, por lo tanto, muy irracional, en el sentido de que, a travs de l, me permit seguir viendo de vez en cuando algn partido y adems apoyar positivamente a la Real Sociedad y al Deportivo de La Corua, dos equipos que se ajustaban ms a la matriz perdedora y rebelde de mi afiliacin poltica. Mucho ms tarde, a travs de mi hijo y --s-- de las revoluciones rabes, me dej llevar de nuevo hacia la filiacin y, mitad por antimadridismo fantico y mitad por fidelidad paterna, me hice decididamente cul. La promiscuidad errtica de mi trayectoria futbolstica me hace sin duda poco fiable para los defensores de las filiaciones fuertes, pero demuestra en realidad que, de la misma manera que no se puede huir de la familia sin que la huida misma se convierta en un vnculo familiar, no se puede ser anti-madridista, por muy polticas que sean los motivos, sin alimentar la irracionalidad emocionante de esa filiacin que convierte al ftbol, ms all de su belleza objetiva y de sus miserias capitalistas, en un eje de la reproduccin antropolgica elemental.

Nunca fui del Atltico de Madrid. Pero la noche del 15 de mayo de 1974 fue una noche importante en mi infancia. Se jugaban el ttulo europeo el Atltico de Madrid y el Bayern de Munich. Obviamente yo no poda dejar de desear la victoria de un equipo espaol y ms frente a un equipo alemn (el ftbol exapta, por utilizar un trmino biolgico, identidades paralelas y exteriores); adems vea el partido con mi padre, con el que nunca tuve muy buena relacin (y que objetivamente no fue un buen padre), pero que marc la solemnidad del acontecimiento concedindome algunos privilegios iniciticos de orden alimenticio: un vaso de vino y un queso francs en un saln cerrado a la intrusin de los hermanos ms pequeos y de las mujeres. Yo anhelaba la victoria del Atltico de Madrid, por razones de filiacin y de afiliacin, como afirmacin de mi pasin espaolista por el ftbol y colofn y rbrica de ese nico momento de armona familiar al lado de mi padre. El gol de Schwarzenbeck, que igualaba el de Luis Aragons en el tiempo de descuento, junto a la abultada victoria del Bayern dos das despus, fue para m, por tanto, un batacazo emocional dolorossimo que seguramente marc el fin de mi infancia y la toma de conciencia de muchas derrotas simultneas. Desde ese momento, si el Real Madrid se convirti en mi bestia negra, el Atltico de Madrid se convirti en mi esperanza blanca. Quera ver perder al Madrid; quera ver ganar al Atltico de Madrid.

Hace dos aos, en el bar tunecino, mi antimadridismo se sum a este recuerdo remoto para convertir la final de la Champions en una batalla decisiva de filiaciones y afiliaciones. Cuando volva a casa a grandes zancadas, furioso y anmicamente devastado, pensaba en esta leccin terrible del mundo real: la historia no es ni cristiana ni hegeliana ni --desde luego-- hollywoodesca. Cuarenta aos despus de la final perdida en 1974, al Atltico de Madrid se le conceda inesperadamente una segunda oportunidad, que era tambin una segunda oportunidad para que yo saldase cuentas con mi infancia e hiciese encajar --por fin-- mis filiaciones y mis afiliaciones: para que --digamos-- mi vida y la historia se integrasen en un perno de justicia y restauracin. Pero no hay ni segunda venida de Cristo ni reconciliacin del Espritu ni --por supuesto-- victoria final del esfuerzo y la voluntad. El Atltico de Madrid perdi en Lisboa como perdi en Bruselas y de la misma manera, lo que demuestra, en efecto, que la historia, como deca Marx, se repite dos veces, la primera como tragedia, s, pero la segunda --la segunda-- como corte de mangas. Un corte de mangas que ilumina precisamente la fatal contingencia sobre la que reposa la vida humana. Mientras volva a casa a grandes zancadas, el pensamiento de este antihegelianismo de la historia se acompaaba de la conciencia repentina de una de sus consecuencias ms evidentes y ms dolorosas: la de que la vida discurre en el tiempo, y no en el Espritu ni en la Lgica ni en un ordenador, y que por tanto, en el caso descartable de que la historia respondiese a alguna pauta, como el movimiento de las mareas, yo no poda esperar cuarenta aos --pues estara muerto-- para ver ganar la Champions al Atltico de Madrid. Haba perdido mi nica oportunidad de restauracin (apocatstasis lo llamaba Orgenes para describir el partido final del ciclo histrico en el que las flores pisadas recuperaran su lozana y hasta el diablo recobrara su condicin angelical).

Los acontecimientos se producen en el tiempo, donde no se repiten. Pero hete aqu que slo dos aos despus la historia nos daba una tercera oportunidad al Atltico de Madrid y a m. Hasta tal punto esta inconsecuencia --mientras segua el partido en televisin-- me hizo confiar de nuevo en un esquema hegeliano, estructurado desde dentro por un eln de justicia, que interpret el primer gol de Ramos --equivalente inverso del que marc en Lisboa-- como un signo de reversin de la historia: todo iba a ocurrir igual pero al revs, lo que pareca confirmado por el gol tardo de Carrasco que llevaba, igual que en Lisboa, hasta la prrroga. Pero no. No es que la historia no sea cristiana ni hegeliana ni --claro que no-- hollywoodesca; es que es anticristiana, antihegeliana y antihollywoodesca. El caso del Atltico de Madrid es una revelacin metafsica; desnuda a la vista las entraas del Mundo. Cuando dos equipos, tras agotar la prrroga, se juegan un ttulo en el lanzamiento de penaltis --cuando todo se decide en el ltimo momento, en el deporte y en la poltica-- se acepta que no es el juego ni el mrito futbolstico el que deciden; se podra pensar que es el azar y que, si no hay azar, debe entrar desde fuera la justicia para reparar los daos. Pero no: si todo se decide en la tanda de penaltis --y hemos aceptado, pues, que la decisin va a venir de fuera-- no es ni el azar ni la justicia los que deciden, sino la historia, que siempre favorece a los ms fuertes, los ms ricos y los ms malos. Esa es la ley. La historia se repite tres veces: la primera como tragedia, la segunda como corte de mangas y la tercera como destino. Eso es justamente a lo que llamamos destino: cuando un acontecimiento se repite tres veces --lo que ocurre raramente-- se puede repetir eternamente sin que nada cambie. Se repetir de hecho eternamente sin que nada cambie. No hay nada que hacer: todas las veces que se jueguen el Atltico de Madrid y el Real Madrid el ttulo europeo, ganar el Madrid; todas las veces que juegue el Atltico de Madrid, perder la final. El cholismo es hermoso, emocionante y admirable porque se ha rebelado contra el Destino, pero es el cholismo el que, al rebelarse contra l, lo ha cerrado para siempre. Esa es la belleza trgica de la final de Miln.

El destino, como el capitalismo, es acumulativo; se repite una y otra vez acumulando riqueza desigual, al margen del azar y de la justicia, a partir de una historia que favorece, como el gradualismo darwiniano, al que ms ha ganado y al que ms se ha jactado (ese Cristiano inepto y bravucn, mascarn de proa del destino cegador). No es que el ftbol sea injusto, que lo es, gracias al cielo; es que no deja lugar a la contingencia, al menos a partir de la tercera vez. Ahora bien, si no podemos contar ni con la justicia ni con el azar para una pequea reparacin histrica, si en una situacin de ltimo minuto se impone inevitablemente el destino, si la historia es sobre todo destino --que dar la victoria una y otra vez al que ms tiene--, cmo coo esperamos derrotar al PP? Que me perdonen mis amigos madridistas, cuya filiacin irracional acepto y a los que felicito por este triunfo sin gloria, pero me parece muy fcil jugar a favor del destino, a sabiendas de que, en una situacin de paridad o equilibrio cuntico, el Real Madrid va a ganar siempre: no porque tengan mucho dinero o les ayuden los rbitros o les acompae la suerte, sino porque, como las clases dirigentes, han convertido todos estos factores en una ley independiente --una especie de dios de reserva-- contra el que no se puede luchar.

La irracionalidad trgica de este artculo demuestra dos cosas: que la afiliacin es tan irracional como la filiacin y que la belleza del ftbol, con su geometra en los pies, no sera ms que un juego --y no movilizara tantas pasiones-- si no penetrase, para bien y para mal, todas las races: la filiacin, la afiliacin, la economa, la metfora.


Santiago Alba Rico. Es filsofo y escritor.

Fuente original: http://ctxt.es/es/20160525/Firmas/6298/Futbol-Real-Madrid-Atletico-de-Madrid-Champions.htm


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