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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-06-2016

Crtica de la capitalidad donostiarra de la cultura
Cultura y rebelin

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


1. Presentacin

En las anteriores entregas −Herri Kultur Taldea I, Donostia, capital cultural de Europa, del 23 de octubre de 2015; y Herri Kultur Taldea II, Durango y la culturilla donostiarra, del 10 de diciembre de 2015 a disposicin en internet y firmadas por Euri Iparragirre− nuestro colectivo advirti sobre los objetivos econmicos, polticos y culturales de la Capital Europea de la Cultura durante el ao 2016.

Ahora se nos anuncia el programa Tratados de paz de la Capital Cultural Europea a celebrar en la segunda mitad de este mes de junio en diecisis localidades. Programa avalado por muchas instituciones, museos, colectivos y festivales que versar sobre las relaciones entre el arte, el derecho y la paz: exposiciones, laboratorios, publicaciones y formatos en torno a la representacin de la paz, construcciones que pertenecen al imaginario comn de las gentes y a las formas polticas que ha legado el Arte y el Derecho1.

Segn la versin oficial avalada por instituciones vascas y el Estado espaol, con la transnacional Telefnica como patrocinadora general, este programa toma como punto de partida la figura emblemtica de Francisco de Vitoria, inspirador de la primera escuela del derecho internacional, la Escuela de Salamanca, en el nuevo marco del siglo XVI, poca marcada por las guerras contra los herejes, la expulsin de moriscos y judos y la colonizacin del continente americano. Y concluye con el ciclo de acuerdos de paz que tienen lugar tras las sucesivas guerras del siglo pasado hasta la actualidad. Tratado de paz analiza la relacin entre la guerra y la paz para entender los trasvases simblicos que suceden entre ambas con el fin de conocer el mundo y sus leyes, no para someterlo, sino para hacerlo ms habitable2.

2. Fracaso del imperialismo pacfico

Estamos ante un programa de revisin reformista de parte de las atrocidades inhumanas esenciales para el desarrollo del capitalismo desde ese siglo XVI; programa que busca, en vez de hacer otro mundo, solo reformar el actual hasta hacerlo ms habitable. Revisin reformista porque no se cuestionan las races verdaderas, los intereses de clase y de grandes potencias que provocaban esas guerras y sus paces. Frente a la visin reformista del perodo que se inicia en el siglo XVI, la visin crtica demuestra que la represin de herejes, judos y moriscos, fue vital en la formacin del Imperio espaol en su fase de contrarrevolucin y teocracia:

Puede decirse que Castilla vigila al Papa para que no se salga del papismo. En el Concilio de Trento los telogos castellanos son considerados como martillo de herejes. Esta obsesin por guardar la ortodoxia en teologa, primaba lgicamente porque en la poca, con la aplastante presencia de la religin, la ideologa, cualquiera que fuese, haba de pasar por el campo teolgico. Los primeros revolucionarios, Cromwell, Lutero, Hus, tuvieron que, para elaborar una ideologa revolucionaria, revolucionar primero la teologa. De ah el cuidado con que la monarqua absolutista de Castilla persegua toda desviacin teolgica. La ortodoxia teocrtica y su mantenimiento a sangre y fuego eran las premisas de la contrarrevolucin a escala europea, que era casi tanto como decir mundial. De esta guerra entre las emergentes potencias protestantes y la Monarqua Hispnica, dependa la marcha de la civilizacin por una va de progreso o del estancamiento y despotismo. Si hubiese vencido en esta guerra mundial Castilla (junto a sus pases satlites), quizs hoy los regmenes ms prominentes que conoceramos seran los habituales de Latinoamrica3.

La Monarqua Hispnica estaba convencida de que su poder terrenal vena de Dios4 y que deba mantenerlo y ampliarlo mediante todos los mtodos posibles. En muchos casos, como en las guerras para derrotar la emancipacin nacional burguesa de los Pases Bajos, la brutalidad aplicada era estremecedora. En Amrica, las prioridades de los espaoles durante el siglo XVI en el continente americano [...] no era otro que saqueo, adquisicin por la fuerza de riqueza que pertenece a otros para transferirla a la propiedad de los saqueadores5. Lgicamente, la ocupacin espaola era contestada desde el norte de Mxico con una nueva sublevacin de los chichimecas, hasta el sur de Chile con las resistencias araucanas, pasando por la lucha inca en la peruana zona de Vilcabamba. En 1566, Felipe II tom medidas de largo alcance para derrotar a las naciones indias y en 1570 en Mxico, tras crear una lnea de fortines, llevaron la guerra a sangre y fuego contra los chichimecas; en Per en 1572 atacaron en Vilcabamba a los incas sublevados, reprimiendo con especial saa la religin inca por idolatra hasta que pacificaron la zona en 1575; y en Chile prestaron apoyo material y econmico a los pobladores blancos para la contraofensiva contra los araucanos en 15736.

Pero la rentabilidad del saqueo tenda a la baja y con ella la de los beneficios expoliados y trasladados a Europa, donde eran vitales para sufragar los crecientes gastos de la guerra mundial que Castilla libraba contra las burguesas en ascenso: Se ha calculado que entre 1519 y 1595 se redujo la poblacin nativa del centro de Mxico en un 55-96 por 100, debido sobre todo a las epidemias (viruela, sarampin y tal vez tifus y gripe) que actuaba entre una gente cuya resistencia se haba visto tambin debilitada por las migraciones forzadas, la esclavitud, los impuestos aplastantes y el exceso de trabajo. Entre 1532 y 1609, segn otros clculos, la poblacin nativa del centro de Mxico cay de los diecisis millones novecientos mil habitantes a tan solo un milln. En Per, los indicios parecen indicar que el nmero de almas de la civilizacin inca se redujo a la mitad entre 1572 y 16207.

Fue en este contexto y una vez aniquilada con las peores violencias la resistencia de los pueblos invadidos, como la captura y muerte Tpac Amaru en 1572, ltimo emperador Inca, se pretendi aplicar un imperialismo pacfico8 en base a las tesis de Francisco de Vitoria. En realidad, se trataba de maximizar la eficacia de la explotacin mediante un amago de algo parecido a lo que ahora se llama normalizacin democrtica, pero manteniendo activos los sistemas de explotacin, lo que hizo que para finales del siglo XVI el imperialismo pacfico de Felipe II fuera un fracaso9 porque al margen de las buenas intenciones de algunas personas, la ciega lgica de la nueva civilizacin del dinero impona objetivamente la ferocidad implacable de la represin material y religiosa, y el saqueo sistemtico. Estas fueron las causas para que desde el norte hasta el sur, una y otra vez resurgieran las desesperadas violencias defensivas.

En el norte, aunque se establecieron las Leyes de Indias en 1542 que les garantizaban la propiedad de sus tierras10, se sucedieron las invasiones para dominarlos. En 1598, una expedicin espaola atac Nuevo Mxico inicindose un perodo de guerras y masacres en el que jesuitas y franciscanos, tras aos de oposiciones, lograron aplicar el muy duro sistema de encomiendas para civilizarlos y cristianizarlos mediante una vida miserable11. Las encomiendas y el imperialismo pacfico eran tcticas insertas en la estrategia de dominacin: la ltima resistencia de los indios pueblo se realiz en 1728 aunque otros, como los comanches, continuaron irreductibles. En 1751 se sublevaron los indios papagos y pimas, pero los espaoles les derrotaron gracias a la ayuda de los indios opatas12. Con el tiempo, se instaur la paz gracias al desarraigo y prdida de identidad indgena, a la nueva civilidad cristiana, al hambre y a la mortandad por epidemias, a la carencia de armas y a la superioridad militar espaola que violaban sistemticamente los flamantes tratados de paz que imponan a los pueblos indios.

Otro tanto ocurra en el sur, en donde pueblos como los huarpes, que haban recibido muy bien a Pedro del Castillo, padecieron tan mansamente sus casi inmediatos atropellos y vejaciones que los espaoles decan de ellos que eran mui quitados de cosas de guerra, pero se hartaron de tanto sufrimiento. Se sublevaron en 1632 en alianza con otras tribus; lo volvieron a hacer en 1661 en alianza con puelches, pehuenches y mapuches, y tambin en 1667 cuando cercaron la importante ciudad de Mendoza que tuvo que fortificarse y se salv a costa de grandes bajas entre los defensores; y volvieron a la guerra en 1712 en unin con los pehuenches, saqueando y destruyendo la ciudad de San Luis: el poco bro se haba transformado en ferocidad13. La piedad moralista de Francisco de Vitoria y del catlico imperialismo pacfico no sirvi para nada, aunque ahora s sirve para camuflar el actual imperialismo en nuestra Amrica, y el imperialismo cultural contra Euskal Herria.

La transnacional Telefnica extrae gigantescos beneficios de Amrica Latina, y junto al Estado espaol tienen especial inters en la muy rentable industria cultural espaola, de la que hemos ofrecido algunas cifras en otro texto14. Una de las fuentes de acumulacin originaria de capital en Gipuzkoa y Euskal Herria fue la Real Compaa Guipuzcoana de Caracas que organizaba y abarataba el transporte comercial, aumentando las ganancias del imperialismo vasco-espaol hasta finales del siglo XVIII. Ninguna de las instituciones y empresas que dirigen el evento estn interesadas en un debate histrico-crtico sobre el verdadero contenido de las paces negociadas y/o impuestas militarmente, y el fracaso de Francisco de Vitoria y del imperialismo pacfico

Teniendo esto en cuenta, vamos a ofrecer una sucinta e imprescindible bibliografa para aportar algo de luz al debate. Con su implacable rigor terico y una brillantez literaria que confirma la unidad entre el arte y la teora, Marx describi el proceso de acumulacin originaria de capital15, sin la cual no se entiende nada de las guerras y de las paces habidas desde el siglo XV. En su imprescindible compendio, M. Beaud parte del siglo XVI como el momento en el que el pillaje colonial y la riqueza del Prncipe16 aseguran la base econmica del capitalismo, la que luego, en el siglo XVII, permitir a la burguesa empezar a tomar el poder poltico mediante salvajes y sangrientas revoluciones.

E. R. Wolf llama gente sin historia a los pueblos exterminados y empobrecidos por la expansin europea, dando especial importancia al trfico de esclavos desde medio siglo antes de la invasin de Amrica17. De la misma forma en que Engels mostr que el barco de guerra acorazado era la sntesis del capitalismo del ltimo tercio del siglo XIX, M. Rediker sostiene que los barcos de esclavos fueron la expresin material y simblica del reino de la paz18 burguesa basada en una perversa y eficaz interaccin de terror, horror, egosmo y ganancia Y por no extendernos C. Tpac muestra que la identidad esencial entre terror y capital ya vena anunciada por el terror inherente a las formas de propiedad privada anterior a la burguesa, concretamente desde el terrorismo patriarcal, como veremos.

3. Cultura de la rebelin

Hasta aqu hemos analizado brevemente los antagonismos sociales que destrozan las falacias propagandsticas sobre las paces, los derechos y las creaciones artsticas tal cual nos las presenta la organizacin de la capitalidad cultural. Ahora vamos a ver otras dos partes del mismo antagonismo: la irreconciliabilidad entre, por un lado, el derecho a la rebelin y el desarrollo de su cultura correspondiente; y, por otro lado, la imposibilidad de la paz social en la industria cultural, surgiendo la pregunta que contestaremos ms adelante: Qu cultura de la paz puede producir la industria de la cultura si ella misma est basada en la explotacin de la fuerza de trabajo que la produce como mercanca?

El fundamento de la cultura de la rebelin lo podemos encontrar en los textos del joven Marx sobre Epicuro, y de forma ms sistemtica en la brillante exposicin de B. Farrington sobre el significado perenne de este filsofo griego que vivi entre los siglos -IV y -III, del cual nos ofrece esta cita: Vana es la palabra del filsofo que no sabe aliviar al hombre que sufre19. La palabra como arma de liberacin, o segn B. Farrington, Epicuro: En toda circunstancia, descart la autoridad avasalladora del legislador en favor del principio del asentamiento voluntario20. La palabra como liberacin contra el autoritarismo avasallador, esta definicin bsica de la cultura de la rebelin se enriquece en radicalidad cuando Farrington detalla las diferencias entre Platn y Epicuro sobre el origen de las lenguas. El primero sostena que eran los sabios los que creaban el lenguaje, mientras que Epicuro deca que era la vida social, colectiva, ms concretamente y segn sus propias palabras: por comn consentimiento de los diversos grupos se aadieron nombre a las cosas21.

Tenemos as que, en lo mnimo imprescindible, la cultura de la rebelin se caracteriza por defender a la gente oprimida, por enfrentarse al autoritarismo mediante la conciencia democrtica y por crear colectivamente el lenguaje y la cultura. Adems, Farrington explica el contexto social y estatal que segn Epicuro es inseparable de la cultura emancipada, contexto que sera largo detallar ahora pero que se caracteriza por un nivel de democracia apreciable. Vamos a citar diez ejemplos de la permanente lucha entre la cultura de la rebelin y la cultura de la sumisin.

No hemos retrocedido mucho en la historia, en 1556 algunos caciques indios quichs de lo que hoy es Guatemala escribieron en su lengua nacional pero con caracteres latinos el Popol Wuj quiz para usarlo en reuniones clandestinas, texto que permaneci desconocido para los invasores hasta 1702. Tambin se escribieron otros textos como el Memorial de Solol. Posteriormente, ya a finales del siglo XVIII, indios yucatecos pasaron a escritura, con caracteres latinos, las tradiciones de sus propios pueblos, denominndolas Chilam Balam22. Aqu vemos cmo a pesar del control represivo y en medio de la dominacin cultural de una potencia ocupante, la espaola en este caso, muchos pueblos luchan por mantener su cultura nacional aun teniendo que recurrir a caracteres de la cultura opresora.

El segundo hace referencia a la tesis central marxista de que la ciencia es una fuerza histrica motriz, una fuerza revolucionaria23. J. D. Bernal parte del principio segn el cual: No existe rama de la actividad humana que dependa ms del mantenimiento de la libertad que la ciencia. Para otras ocupaciones, la libertad es una ventaja; para la ciencia, es una necesidad indispensable24. De este axioma incuestionable, el autor avanza a la demostracin histrica: La creacin de la ciencia, tal como la conocemos ahora, es obra del Renacimiento y coincide con el momento en que se rompen las ligaduras de las restricciones clericales y feudales en todas las esferas. Los campeones de la nueva ciencia Bruno, Servet, Galileo fueron tambin reformadores sociales y religiosos. La lucha por la libertad intelectual era tan poltica como cientfica25, y tambin tica, aadimos nosotros: Es exacto, por otra parte, que Galileo no fue torturado, solamente le fueron mostrados los instrumentos de tortura26. Aunque Galileo claudic, sin embargo sigui haciendo ciencia en una especie de clandestinidad intelectual tan frecuente en muchas personas que, bajo regmenes de terror, prosiguen con su titnico esfuerzo.

El tercer ejemplo, tambin de nuestra Amrica, es el ofrecido por J. L. Peset cuando estudia las arriesgadas opciones independentistas de cientficos criollos latinoamericanos a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX: Muchos de los cientficos que haban trabajado all, en especial los criollos, se afiliaron en las filas de los insurgentes, contribuyendo con su sangre, su pensamiento y sus escritos a cimentar el origen de las nuevas naciones27. Cultura-ciencia y libertad-rebelin son elementos de la praxis que tambin tienen su contenido axiolgico, del valor tico del precio de la libertad28 que muchos cientficos tuvieron que pagar por su coherencia. Ms adelante veremos cmo una de las primeras aplicaciones de la guerra cultural fue la poltica ilustrada de Carlos III para asegurar la dominacin espaola de Nuestra Amrica y maximizar su explotacin.

El cuarto ejemplo trata sobre las luchas de (re)construccin lingstico-cultural de los pueblos oprimidos nacionalmente en Europa; por ejemplo (re)construccin de la cultura y lengua vasca, tarea en la que fue decisiva la militancia euskaltzale relacionada de una u otras forma con ETA en su mayora. La preocupacin por la cultura y la lengua vasca caracteriza a Ekin, el grupo del que surgir ETA. En uno de los cuadernos de formacin de Ekin, podemos leer: Desde luego, nuestra cultura, como todas, debe trabajarse, renovarse, adaptarse, si no queremos convertirnos en fsiles29. En otro documento de la misma ndole aparece esta frase de resonancias marxistas: El idioma es instrumento, una institucin social. Ms an: es LA REALIZACIN SOCIAL ms caracterstica de un pueblo. Su sentido y su dimensin son estrictamente SOCIALES30.

Luego se argumenta por qu el euskera ha de ser la lengua oficial en una Euskadi libre y socialista31 como nico medio para impedir su desaparicin. Dos de las medidas que el documento plantea son: unificar cuanto antes la lengua vasca y, recordando el Estatuto de Estella de 1931, decretar que puestos y cargos pblicos sean euskaldunes as como los puestos de representacin abertzale32. Ms adelante nos toparemos con una reivindicacin idntica en la Catalunya actual.

En 1962 se plantea el problema de la democratizacin de la cultura pero ya en un documento firmado por ETA, criticando la injusticia social que supone que la juventud obrera y campesina, trabajadora, apenas tiene acceso a la universidad: segn datos de 1960, obreros y campesinos suponen el 64% de la poblacin, pero solo el 7% del estudiantado. En Blgica, solo la clase obrera es el 50% de la poblacin, sin citarse el porcentaje campesino, pero solamente est presente con el 6,6%33. Tambin se plantea que habr que velar atentamente a fin de que todo el aparato educacional, desde el kindergarten hasta el ms alto nivel universitario y de escuelas tcnicas o especiales, conserven su total independencia frente a los poderes polticos, los intereses econmicos o religiosos o las influencias locales. Adems, la Universidad ha de mantener relaciones por s misma con los sindicatos de obreros y empleados y resistir a cualquier intento eventual de centralizacin por parte por parte del futuro estado vasco34.

El quinto ejemplo trata sobre el papel de las culturas oprimidas por el nazifascismo y en especial sobre cmo fueron capaces de resistir en condiciones inimaginables utilizando sus recursos tecnocientficos. En la Alemania nazi, es la muy eficaz lucha clandestina de trabajadores esclavos soviticos y polacos en las fbricas de armamentos para sabotear la produccin blica desde el interior del monstruo. La simbiosis entre el saber tecnocientfico de esos prisioneros esclavizados en la produccin de armas, su conciencia de resistencia y lucha en las peores condiciones, y su capacidad organizativa en la ms rigurosa y efectiva clandestinidad, logr entre otros muchos hitos que se pusieran luces de localizacin en las chimeneas para que los bombardeos areos aliados fueran devastadores35: A pesar del terror dentro de las empresas y de la omnipresencia de la Gestapo, en esos aos se llegaron incluso a producir huelgas36.

El sexto ejemplo es una ampliacin del segundo y trata sobre las resistencias modernas: Einstein saba que l y otros cientficos eran vigilados por el FBI37 por sus ideales socialistas. En la segunda mitad de los aos 60, bajo la presin de la guerra brutal contra Vietnam en concreto y del accionar imperialista en general, grupos de jvenes cientficos tomaron conciencia poltica del papel de la ciencia neutral en el capitalismo. Una de sus formas de concienciacin era irrumpir en actos, charlas, eventos, conferencias, etc., tomando la palabra y denunciando con argumentos rigurosos las falacias y mentiras sostenidas en la manipulacin de la ciencia neutral. La respuesta del poder fue cancelar muchos de esos actos y/o hacer intervenir a la polica38. El movimiento radical demostr con luchas concretas los efectos negativos que acarrea el control de la ciencia por el capitalismo [] En cada uno de los casos, quienes sacaban partido de la ciencia eran los ricos y, a menudo, eran los pobres y oprimidos o los pases del Tercer Mundo los que lo sufran como consecuencia39.

El sptimo ejemplo nos traslada a la lucha cultural argentina en la dcada de 1970 y en concreto a la carta de Haroldo Conti a la Fundacin Guggenheim fechada en 1972 en la que rechaza una beca de esta Fundacin que entonces como ahora es una pieza clave en la industria poltico-cultural imperialista:

No soy un hombre de fortuna, como tampoco lo son la mayora de los compaeros, porque en Latinoamrica ser escritor es casi sinnimo de pobre, pero me parece inaceptable postularme para un beneficio que proviene del sistema al que critico y combato y que, por otra parte, y eso es lo ms grave, de alguna manera me complica con l. No reniego que en el orden personal habra significado una gran oportunidad para m, ni critico, por otra parte, a quien careciendo inclusive de las oportunidades que yo tuve aceptaron esta beca. Yo entiendo que no puedo hacerlo y que mi gran oportunidad en este momento es Amrica, su pueblo, su lucha, la enseanza y el camino que nos sealara el Comandante Ernesto Guevara. Por lo dems yo he sido Jurado de la Casa de las Amricas en 1971, el mismo ao en que usted me escribe, y considero que esa distincin que he recibido del pueblo cubano es absolutamente incompatible con una beca ofrecida por una Fundacin creada por un senador de los Estados Unidos, o sea, no un hombre del pueblo norteamericano, sino del sistema que le oprime y nos oprime40.

El octavo ejemplo es muy frecuente en la historia de la cultura popular: cuando se recupera la lucha de masas tras un perodo de retroceso o estancamiento, suelen reactivarse colectivos de arte crtico, de arte en s. Se vive entonces un fenmeno ms frecuente de lo que se cree. El msico J. Ilegal, miembro del grupo Los Ilegales41 explica que: Hay un pblico nuevo que muchas veces no se cree que lo que tocamos es de discos grabados en 1982, que sean canciones viejas. Las descubren ahora y no se lo creen, probablemente porque no han envejecido mucho. Ese mensaje de levntate y lucha, nadie va a luchar por ti, esta es tu pelea... sigue vigente. Estamos convencidos de que la mansedumbre es peligrosa y si no luchas, te matas. Y ese mensaje es tan actual como en el 82.

El autor se muestra confiado de las posibilidades abiertas por la radicalizacin de las masas y sostiene que para el Gobierno parece ser que la cultura no es prioridad, ms bien la prioridad es combatirla por todos los medios. Les entiendo, un pas de ignorantes es mucho ms manejable. Vemos, por tanto, como la msica crtica, que conciencia al pueblo explotado, recibe un impulso vivificador cuando se reinicia una nueva fase de movilizaciones, y a la vez ese grupo artstico impulsa esa oleada con sus creaciones nuevas retomando y actualizando el axioma de que la mansedumbre mata mientras que la cultura popular vivifica.

El noveno ejemplo es ms general pero a la vez va ms a la raz de la dialctica entre las relaciones de propiedad, la lgica del beneficio, el poder de Estado y la lucha de clases y de liberacin nacional: hablamos del concepto y la prctica de las revoluciones culturales. F. Jameson remonta del surgimiento de las revoluciones culturales al perodo de la Revolucin burguesa francesa en el que Robespierre forz el culto a la Diosa de la Razn42. Pero F. Jameson plantea al interrogante sobre si las revoluciones culturales pueden ser anteriores no solo al capitalismo sino que tambin podemos retroceder hasta la derrota del matriarcado y la victoria de los dioses masculinos del Olimpo. Aunque l, prudentemente, exige un alto rigor de mtodo necesario para responder con seriedad, que no podemos exponer aqu, s nos recuerda que los Estados burgueses pueden aplicar sus revoluciones culturales localizadas, como la educativa de Jules Ferry en el Estado francs del ltimo tercio del siglo XIX para fortalecer su unidad nacional y su agresividad colonialista, o el papel de los ejrcitos en aquella poca para imponer una nacionalidad dominante43.

El dcimo y ltimo es una demostracin a contrario, en negativo, de las inhumanas consecuencias que sufre toda sociedad cuando el poder que la oprime y explota aniquila la cultura de la rebelin e impone la cultura de la sumisin. Tras un brillante estudio de la poltica cultural burguesa en el Estado espaol, A. Arana escribe:

A medida que pasan los aos, este fenmeno de ausencia, de prdida de inteligencia y valor, trabajosamente amaina pero no logra en ningn momento del empeo rebasar unas cotas tristsimas, dejando un campo vaco, yermo, pleno de listillos y paletos, crendose una cultura lerda, aduladora, pseudotodo y una sociedad hurfana moldeada por una hambruna de ideas y una brutalidad en la que todava estamos. Quin llena el vaco de poetas y maestros, de valor y rebelda, de organizacin, de coraje, de ideales, de empeo que nos quitaron? [] visto a distancia de dos generaciones, la poda estuvo bien hecha. Aqu, como en Europa, se trat de eliminar toda una cultura crtica con procedimientos industriales, tal como demandaba el capital en su decisiva fase de afianzamiento a nivel mundial44.

Una fuerza invisible hasta hace muy poco que vertebra estos diez ejemplos es la cultura de rebelda de la mujer trabajadora a lo largo de la historia. Empezando por el mito de Lilith en la cultura judeocristiana45, pasando por Mari en la mitologa vasca a la que luego volveremos, y la impresionante mitologa que hace referencia al matriarcado46, etc., la resistencia de la mujer est por todas partes, y si vamos directamente al lenguaje, a la cultura escrita por los hombres, vemos que La Odisea fue el primer manifiesto de dominacin masculina sobre la libertad de expresin de la mujer47. Lo cierto es que si nos elevamos de este nivel bajo de abstraccin al nivel ms alto de concrecin histrica del porqu de la necesidad que ha tenido y tiene el patriarcado para recurrir al terrorismo contra las mujeres48, descubrimos que una de sus causas radica nada menos en que como sujetos principales del trabajo reproductivo, las mujeres han dependido siempre, en mayor medida que los hombres, del acceso a los recursos comunes, mucho ms comprometidas en su defensa49.

Los recursos comunes, la propiedad comunal o comunista, es la base de la cultura como valor de uso, mientras que la propiedad privada, la privatizacin de lo comunal, es la base de la cultura como valor de cambio, como mercanca. Dado que la mujer defiende lo comunal ms que el hombre, por ello mismo su accin prctica es decisiva en la cultura de la rebelda aunque est invisibilizada a simple vista. Las hermandades de resistencia creadas por las mujeres no solo en las naciones indgenas de Amrica50 sino en prcticamente todas las culturas51 y en el presente 52 para resistir al avance de la propiedad patriarcal e imperialista son decisivas para la cultura de la rebelda. Sin praxis de la mujer trabajadora no hay cultura de la rebelda, es decir, cultura humana.

Ms an, dado que en el capitalismo la produccin-reproduccin de la vida y de la cultura se desarrollan en un magma en el que el deseo, la emocin, el placer, la sexualidad, la afectividad dependen de la propiedad privada y de explotacin, en el interior de esta sntesis social objetiva, la crtica radical del feminismo marxista es insustituible e insuperable por su visin totalizadora. En agosto de 1978 Audre Lorde escribi estas palabras ms actuales hoy que entonces:

Para que una opresin pueda perpetuarse a s misma, debe corromper o distorsionar las varias fuentes de poder que posee la cultura del oprimido y podran proveer energa para el cambio [] las mujeres son mantenidas en una posicin de distancia inferioridad, para poder ser ordeadas psquicamente casi de la misma manera como las hormigas mantienen colonias de fidos para que provean con su sustancia nutriente a los patrones. [] La pornografa es la negacin del poder de lo ertico, representa la supresin de la emocin profunda. La pornografa es sensacin sin emocin53.

4. Violencias o paces en las culturas

Fijado lo central de la cultura de la rebelin, podemos ya responder a la pregunta que nos hacamos al comienzo del tercer captulo: Qu cultura de la paz puede producir la industria de la cultura si ella misma est basada en la explotacin de la fuerza de trabajo que la produce como mercanca? O dicho de otro modo: Qu cultura de la paz puede surgir de un evento como el donostiarra en el que adems de la explotacin interna a la industria cultural tampoco se dice nada sobre la opresin nacional vasca, sobre la misma cultura popular donostiarra marcada por guerras, dictaduras, exilios masivos, saqueos de bienes privados y pblicos realizados por sus sucesivos poderes victoriosos, asesinatos, torturas, encarcelamientos, censuras y represiones lingstico-culturales?

En ulteriores entregas veremos estas y otras cuestiones qu es la cultura popular? Qu puede aportar la mitologa a la cultura de la rebelin? Qu re-euskaldunizacin es posible segn la ideologa imperial-culturalista del mercadillo donostiarra?, pero ahora debemos comenzar buceando hasta donde se funde el sufrimiento y la explotacin asalariada con la lgica capitalista creando la mercanca cultural. Los tratados de paz se referirn tambin a la paz social en la lucha de clases entre las empresas culturales y sus trabajadores? Los sindicatos LAB y ELA han tenido que convocar una huelga cerrando el Museo de Bellas Artes de Bilbo en protesta contra la explotacin que sufren54. El grupo organizador del mercadillo donostiarra de la culturilla debera dignarse a bajar al subsuelo de la realidad oficial, en donde luchan las culturas enfrentadas. Las y los trabajadores de la industria cultural tienen derechos concretos que son negados por los derechos concretos de las empresas subcontratadas que les explotan gracias a las restrictivas leyes neoliberales impuestas por el Estado. La rentabilidad econmica del Museo sale ganando con el recorte de los derechos de las y los trabajadores subcontratados.

La huelga convocada por LAB y ELA es parte de la creciente lucha contra el empeoramiento de las condiciones laborales en la industria cultural55, tambin de la msica56; una industria que recurre a todos los trucos posibles para aumentar la explotacin de sus trabajadores57 abusando de la precariedad. D. Garca Aristegui explica que la precariedad es transversal en las nuevas industrias culturales. Hablamos de las lamentables condiciones laborales y la represin sindical en los almacenes de Amazon o la pauprrima remuneracin por el eBook vendido, pasando por cmo afecta el dumping de este gigante a las pequeas y medianas libreras58.

Como cualquier otra rama econmica impelida por la ley del mximo beneficio necesita expropiar a sus trabajadores del saber artstico que han desarrollado mediante la negacin o reduccin de los derechos de autor, mediante las artimaas legales que facilitan la privatizacin del saber. I. Sdaba ha recordado la similitud entre el saqueo de los bienes colectivos y propiedades comunes, que pasaron a ser propiedad privada, durante la fase de acumulacin originaria del capital, y las prcticas actuales de la industria cultural para hacer lo mismo con la mente colectiva59, con las potencialidades creativas y estticas de la especie humana.

Ya en 1988 R. Zallo demostr la vigencia de la ley del valor en las industrias culturales60 y recientemente ha vuelto a insistir en que el proceso privatizador consustancial a la ley del valor, aadimos nosotros acelera la llegada a un umbral de no retorno en el devenir de la cultura: De ah a que se disuelva el concepto de cultura y a que esta se gestione solo desde el mercado, como un tem ms, solo hay un paso. Incluso aunque se conjurara este riesgo y parece que hay ah una lnea roja para la Unin Europea sin duda el TTIP beneficiara a las grandes productoras y distribuidoras off line y on line. Si ya acaparan las pantallas del mundo, polarizaran an ms las demandas mundiales acrecentando el desmantelamiento de la diversidad que an encarnan los miles de creadores y pequeas empresas de toda la Unin Europea y del mundo. Ni qu decir tiene que ello afectara an ms a creadores y empresas de culturas minoritarias61.

Euri Iparragirre nos record en uno de sus comentarios referenciados al inicio de esta tercera entrega del Herri Kultur Taldea, aquella certera tesis de Marx sobre que, en las sociedades basadas en la propiedad colectiva, la lengua era el ser comunal que hablaba por s mismo. Luego, conforme se fue imponiendo la propiedad privada unida a la irrupcin del dinero y la escisin entre la mano y la mente, se fue generalizando la denominada abstraccin-intercambio62 a partir del siglo -VII en Jonia, surgiendo la sntesis social que desde entonces recorre a toda civilizacin basada en la propiedad privada y en la produccin mercantil. Con el capitalismo, y en especial en sus ltimos lustros, se ha llegado a que:

La lengua es espacio fundamental de lo poltico, y no solo en lo ms evidente presentacin de programas, debates electorales o parlamentarios, redaccin de leyes, sino, de modo decisivo, en la conformacin de la realidad en la que vivimos y en el modelado de los puntos de vista manipuladores o evasivos o crticos desde los que la consideramos y juzgamos. Incluso, como han sealado muchos investigadores sociales desde hace dos dcadas al menos, el lenguaje se ha ido convirtiendo en eje articulador de los medios productivos actuales, a partir de su papel en la tecnologa, la economa o la organizacin del trabajo (lenguajes artificiales, teoras de la informacin y de los sistemas, teoremas de la lgica formal, juegos lingsticos, imgenes del mundo). Paolo Virno ha llegado a definir nuestra poca como la poca en que se ha puesto a trabajar al lenguaje mismo, en la que este se ha vuelto trabajo asalariado63.

Bajo el dictado del capital contemporneo, el trabajo con el lenguaje y la cultura se ha convertido en trabajo asalariado. Esto hace que tambin dentro del complejo lingstico-cultural se tense al extremo la pugna entre la lengua de derechas y la lengua de izquierdas, o a otra escala, la lengua del libro y la lengua del pueblo64. Destruir o en todo caso debilitar al extremo la lengua del pueblo y de izquierdas es una necesidad obsesiva del capital desde los siglos XVIII-XIX, unida a su distanciarse, desde los siglos XV-XVI, cuanto antes de la cultura popular, segn la sabia tesis de F. Tomberg65.

Con sus diferencias, esta necesidad tambin se ha materializado durante la formacin de Estados capitalistas en toda Amrica y Australia, en los que las nuevas burguesas deban enfrentarse a las culturas aborgenes e indgenas. G. Bouchard ha sintetizado once mtodos de exterminio o marginacin de las culturas nativas: supresin fsica, marginacin, aculturizacin, mestizaje biolgico, biculturalismo, ocultacin, bsqueda de semejanza, bsqueda o invencin de orgenes comunes, neutralizacin, mestizaje cultural, y otros recursos66. Si bien desarrollaremos estas decisivas temticas en prximas entregas, debemos dejar claro que el capitalismo necesita asalariar el complejo lingstico-cultural borrando toda lengua crtica, popular y de izquierdas.

Ms an, recientemente J. E. Illescas demuestra cmo la industria cultural refuerza los lazos polticos, ideolgicos, econmicos con todos los poderes capitalistas, como son la poltica de Estado, los servicios secretos o el mundo del narcotrfico67, adormeciendo y distrayendo las conciencias con sueos prefabricados en masa. La historia de la cultura europea es la de los conflictos, luchas, intervenciones estatales, censuras y represiones crueles en aumento, y simultneamente es la historia de la contradictoria subsuncin del arte en la expansiva industria cultural.

Estas afirmaciones han sido validadas al saberse que la CIA logr que se diera el Premio Nobel de Literatura en 1958 a Boris Pasternak por su obra El doctor Zhivago, no solo antisovitica sino anticomunista. Alguien desvi a Malta el avin donde viajaba Pasternak con la excusa de una avera falsa. Desalojado el avin se fotografi una a una las seiscientas pginas del manuscrito, permitindole luego seguir el vuelo68. Pasternak no acept el Premio Nobel. Solo ahora, la industria del cine se ha atrevido a llevar a la pantalla la impresionante vida de D. Trumbo69, el muy afamado guionista de izquierdas, perseguido, censurado y marginado por la caza de brujas yanqui, que tuvo que sobrevivir escribiendo clandestinamente y con pseudnimo, lo que no le impidi ganar dos Oscar.

El fundamental papel de la cultura crtica y del arte contra la represin es puesto de relieve una vez ms por la Coordinadora Anti Represin de la Regin de Murcia al publicar una antologa de cien poetas internaciones que denuncian con su arte todas las prcticas represivas y, en especial, por su misma praxis, las que sufre la cultura: La publicacin trata de llevar el compromiso contra la represin al campo de la cultura, en un momento en que esta se encuentra en el frente de una batalla por la hegemona ideolgica. La ola de detenciones y procesos judiciales contra nuestros creadores demuestra que la palabra y el arte siguen siendo un arma especialmente peligrosa para el Poder establecido, y creemos llegado el momento de declarar la insumisin potica al decreto de silencio70.

Queda as de nuevo al descubierto el papel fundamental del Estado en el tenso devenir de las contradicciones socioculturales, polticas y econmicas que no aparecen reflejadas en la capitalidad donostiarra: impulsar la cultura burguesa; favorecer la ideologa oficial de la paz, la polticamente acorde con los intereses del capital; y destruir derechos sociales que pueden dificultar los beneficios de la industria cultural.

Si desde la izquierda se ha confirmado una y otra vez la continuidad de la naturaleza capitalista de la industria cultural y su conexin con el Estado, como hemos visto, desde un anlisis abiertamente conservador, se confirma que el mecenazgo cultural y artstico71 ha ido en aumento en lo econmico y en lo poltico. Una representante de la gran industria cultural transnacional ha sentenciado que la produccin cultural ha de mejorar en calidad y bajar en precios72. Pero no dice que ello se consigue reduciendo costos y salarios, aumentando la explotacin y las presiones sobre los pueblos y Estados para que dejen va libre a la invasin de mercancas culturales extranjeras.

Visto esto y salvando algunos matices menores, podemos aplicar la siguiente cita a la concepcin misma de la capitalidad donostiarra de la cultura europea durante 2016:

La base social de un centro de cultura contempornea no puede ser el cerrado (y en muchas ocasiones ensimismado) mundo del arte. El mundo del arte no existe separado del mundo de la precariedad, del mundo de la estafa financiera o del mundo de los desahucios. A quin beneficia encasillar a los artistas en una especie de corral en el que te permiten ser libre pero solo dentro de la granja? Al dueo de la granja. Si solo se puede ser libre dentro del arte, el arte no tiene sentido. Si el arte es una herramienta para transformar, cuidar y agenciar de manera transversal la sociedad, entonces s nos interesa73.

Las contradicciones sociales que escinden la cultura se refuerzan y a la vez se expresan en la hostilidad mutua existente entre el capitalismo y el arte, contradiccin esencial74 que merma y casi anula el potencial esttico de la especie humana bajo el capitalismo debido al antagonismo irreconciliable entre el trabajo asalariado, explotado, alienado, enajenado, y el trabajo libre y propio que encierra en s mismo el poder de crear arte:

Al asemejar el trabajo artstico al trabajo asalariado, al convertir la creacin artstica en produccin (produccin productiva, produccin por la produccin, o produccin de plusvala) y valorar la obra de arte no por su valor de uso especfico, espiritual, sino por su valor de cambio, econmico, es decir, al aplicarse a la produccin artstica las leyes de la produccin material capitalista, el arte se ve negado o limitado en su estructura interna propia, como manifestacin de la capacidad de creacin del hombre. En este sentido, en cuanto que la produccin capitalista extiende su accin a la esfera del arte, y niega en esta esfera el principio creador artstico que niega a su vez, en el trabajo mismo, Marx afirma que es hostil al arte. Esta hostilidad revela que, bajo el capitalismo, la ley fundamental de la produccin no solo lleva a separar el arte del trabajo, sino que tiende, igualmente, a asemejar el arte al trabajo en la forma econmica del trabajo enajenado75.

Analizando la historia de la aparicin de la industria cultural de la mano de la expansin del capital financiero en Argentina, Beatriz S. Balv explica cmo la intelectualidad fue succionada y subsumida como trabajadores en esta nueva industria desde comienzos de 1980, abandonando por mejores salarios sus relaciones con las clases trabajadoras tuvieron que empezar a crear un cultura y un arte propio, en respuesta a las nuevas formas de dominacin cultural e ideolgica, esttica, poltica, etc., fabricada por las industrias culturales que actuaban como fuerzas imperialistas impulsoras de la supresin de fronteras proteccionistas de las culturas de los pueblos:

Al imponerse la libre circulacin de los bienes y servicios culturales se establece una contradiccin entre el nico bien cultural que circula y se impone en la industria del esparcimiento bajo la direccin intelectual e ideolgica de los Estados Unidos, quedando los bienes culturales y la creacin de los pueblos reducidos a commodities, como toda mercanca de los pases dependientes, que incluye a la fuerza de trabajo. [] El problema pasa por quin conduce, de quin es la iniciativa, para qu se hace, quin se beneficia y qu participacin tienen los pueblos y los asalariados en esa industria de la que ellos son los verdaderos productores76.

Poco despus, la autora bucea hasta la raz misma del problema en la Argentina de 2004, problema que se ha agudizado sobremanera desde que la derecha neoliberal ha llegado al gobierno:

El objetivo estratgico del capital financiero y del imperialismo, basado en las llamadas industrias culturales, es impedir la unidad del campo nacional y popular donde el ncleo procesual mismo es la cultura que hace a la historia misma y a la identidad nacional. El problema consiste en descubrir cmo, para qu y por qu nos enfrentamos a esta estrategia de poder o, lo que es lo mismo, bajo qu parmetros se puede recomponer la unidad nacional. Para lo que se requiere desenmascarar esta poltica cultural para ir construyendo aquella que exprese las aspiraciones del pueblo argentino77.

Desde esta perspectiva tenemos que estudiar, adems de la especificidad propia que adquiere esta crtica en Argentina, tambin su vala para la realidad de opresin nacional como la vasca por ejemplo, ese ensimismamiento de la capitalidad donostiarra en unos das en los que en Gasteiz se celebraba la Gazte Danbada con masiva participacin de la juventud euskaldun78, tambin el desinters de los organizadores por la cruda realidad del momento, lo que ha llevado a una especie de tmida autocritica con la boca torcida e indirecta realizada por el portavoz oficioso del evento, el diario El Pas, segn la cual aunque fuera de cartel, San Sebastin 2016 tambin ha echado una mirada a la crisis de los refugiados sirios79.

Fuera de cartel est literalmente todo el contexto, como se aprecia leyendo el artculo citado en el que el autor sale en desesperada defensa del grupito organizador: Los responsables de la capitalidad lamentan que esta ciudad tenga que afrontar el reto de ser la capital de la cultura de un continente que "en lugar de tender puentes y abrir puertas, construye muros y subraya fronteras". Por ello, apelan a no dejar pasar la oportunidad de "apelar a los valores fundamentales de una unin solidaria, inclusiva y justa, como se hace en el programa cultural de la capitalidad". Y la solucin? Un manifiesto antibelicista80.

En el plano cultural que aqu nos interesa qu unin solidaria, inclusiva y justa puede establecerse con las centenares de miles de refugiadas y refugiados inhumanamente tratados? Y contra esa estructura de poder criminal capaz de hacer desaparecer delante de las narices de la polica europea a ms de 10.000 nias y nios refugiados81 cuyo atroz destino imaginamos? Qu solucin proponen para que los Estados espaol y francs cumplan sus propias leyes sobre los derechos culturales de las prisioneras y prisioneros vascos, cindonos solo a ese estricto derecho humano82? Qu tiene que decir la cultura europea ante el ascenso de la extrema derecha83 y la impunidad del neofascismo para movilizarse84 despus de los atentados en Bruselas del pasado 22 de marzo? Solo un manifiesto antibelicista? Y frente a las huelgas, protestas y resistencias de las y los trabajadores explotados en la industria cultural?

Lo que debiera hacer Donostia-16 es denunciar el endurecimiento de la explotacin asalariada en el interior de la cultura. Hara muy bien en analizar por qu y cmo Stphane Briz ha creado esa maravilla artstica de cine crtico en la que se denuncia la precarizacin laboral que destroza a las personas85, y a la vez, debatir, suscribir y difundir este llamamiento: Desde estas posiciones, los trabajadores de la cultura, los artistas, debemos organizarnos en sus sindicatos, como lo han hecho histricamente los msicos, los actores, los bailarines y los propios artistas plsticos para reclamar sus derechos frente a los patrones86. Es fundamental defender los derechos laborales de las y los trabajadores de la industria cultural que produce una mercanca llamada arte.

Ahora bien, la mercanca aparece mucho antes que el capitalismo pero solo en este modo de produccin desarrolla su enorme poder destructivo, deshumanizador, por lo que llegados a este grado de contradicciones totales, esenciales, el problema del arte solo puede resolverse con la revolucin socialista87. La deshumanizacin del arte al ser reducido a mercanca por la industria cultural, hace que:

Las industrias culturales se dedican a producir arte como una fbrica de chorizos (msica con los mismos arreglos musicales, literatura que debe contener determinados elementos, obras teatrales como el teatro de revistas, etc.). La concepcin del arte como entretenimiento es la ideologa de la industria cultural y su tica se basa en el principio que gua a cualquier industria capitalista: la obtencin de la mayor ganancia posible. Todo esto, sostenido por medios de comunicacin que promocionan segn el inters de la industria: los principales espacios de los suplementos culturales, de la radio y de la televisin se venden como una mercanca ms. La crtica de arte es la necesidad de la industria de tener un sistema de legitimacin. El arte no puede ser producido como una industria. La intencin de industrializar las ideas lleva inexorablemente al fascismo88.

Nos encontramos as frente al choque a muerte entre extremos absolutos, entre el socialismo y el fascismo que, en el contexto actual, hace que el montaje de Donostia-16 tenga que definirse frente al capital; a la opresin nacional y patriarcal; al imperialismo cultural; y, en sntesis, al Estado. Pero la burocracia que mercadea con la culturilla no quiere enfrentarse a ninguno de los cuatro porque los asume como normales. La cultura de la rebelin y el complejo lingstico-cultural del pueblo y de izquierdas, s se enfrenta, y hace suya la advertencia de que es muy peligroso el discurso que dice que hay que despolitizar la cultura89.


Notas

1 J. M. Alonso: El arte y el derecho firman la paz, 13 de abril de 2016 (www.elmundo.es).

2 Tratado de paz. Faro de paz (www.dss2016.eu.es).

3 Alberto Arana: El problema espaol, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1997, pp. 41-42.

4 Henry Kamen: Felipe de Espaa, Siglo XXI, Madrid 1998, p. 239.

5 Peter Jay: La riqueza del hombre, Crtica, Barcelona 2002, p. 133.

6 Geoffrey Parker: Felipe II, Alianza Editorial, Madrid 1998, pp. 141-142.

7 Peter Jay: La riqueza del hombre, Crtica, Barcelona 2002, pp. 131-132.

8 Henry Kamen: Felipe de Espaa, Siglo XXI, Madrid 1998, p. 143.

9 Henry Kamen: Felipe de Espaa, Siglo XXI, Madrid 1998, p. 158.

10 Hugo Nstor Pea Pupo: Vindicacin del piel roja, Ciencias Sociales, La Habana 2014, p. 34.

11 Hugo Nstor Pea Pupo: Vindicacin del piel roja, Ciencias Sociales, La Habana 2014, pp. 35-36.

12 Hugo Nstor Pea Pupo: Vindicacin del piel roja, Ciencias Sociales, La Habana 2014, p. 35.

13 Pacho ODonnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron, Edit. Bolsillo, Buenos Aires 1999, pp. 80-81.

14 Iaki Gil de San Vicente: El problema espaol y el nacionalismo del Partido Comunista de Espaa, El nacionalismo imperialista del Partido Comunista Espaol, Boltxe Liburuak, Bilbo 1915, pp. 17 y ss.

15 K. Marx: El capital, FCE, Mxico, 1973, vol. I, pp. 607-649.

16 Michael Beaud: Historia del capitalismo, Ariel, Barcelona 1986, pp. 21-30.

17 Eric R. Wolf: Europa y la gente sin historia, FCE, Mxico 1987, p, 240.

18 Markus Rediker: El barco de esclavos, Imagen Contempornea, La Habana 2014, pp. 179-207.

19 B. Farrington: La rebelin de Epicuro, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona 1968, p. 109.

20 B. Farrington: La rebelin de Epicuro, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona 1968, p. 110.

21 B. Farrington: La rebelin de Epicuro, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona 1968, p. 110.

22  J. Mostern: El pensamiento arcaico, Alianza Editorial, Madrid 2006, pp. 264-265.

23  F. Engels: Discurso ante la tumba de Marx, Obras escogidas, Progreso, Mosc 1976, tomo III, p. 172.

24 John D. Bernal: La libertad de la necesidad, Ayuso, Madrid 1975, tomo I, p. 183.

25 John D. Bernal: La libertad de la necesidad, Ayuso, Madrid 1975, tomo I, pp. 183-184.

26 Hubery Krivine: La Tierra. De los mitos al saber, Biblioteca Buridn, Barcelona 2012, p. 234.

27 J. L. Peset: Ciencia y Libertad. El papel del cientfico ante la independencia americana, CSIC, Madrid 1987, p. 14.

28 J. L. Peset: Ciencia y Libertad. El papel del cientfico ante la independencia americana, CSIC, Madrid 1987, pp. 233-267.

29 Documentos Y: Moral de resistencia nacional 1959, Hordago, Donostia 1979, tomo 1, p. 96.

30 Documentos Y: Euskera y patriotismo vasco 1959, Hordago, Donostia 1979, tomo 1, p. 105.

31 Documentos Y: Euskera y patriotismo vasco 1959, Hordago, Donostia 1979, tomo 1, p. 107.

32 Documentos Y: Euskera y patriotismo vasco 1959, Hordago, Donostia 1979, tomo 1, p. 108.

33 Documentos Y: Democratizacin de la cultura 1962, Hordago, Donostia 1979, tomo 2, p. 189.

34 Documentos Y: Democratizacin de la cultura 1962, Hordago, Donostia 1979, tomo 2, p. 193.

35 K. H. Roth y Angelina Ebbinghaus: El otro movimiento obrero y la represin capitalista en Alemania (1880-1973), Traficantes de Sueos, Madrid 2011, p. 252.

36 K. H. Roth y Angelina Ebbinghaus: El otro movimiento obrero y la represin capitalista en Alemania (1880-1973), Traficantes de Sueos, Madrid 2011, p. 2524.

37 Fred Jerome: El expediente Einstein, Planeta, Barcelona 2002, p. 150.

38 Jon Beckwith: El movimiento cientfico radical en los Estados Unidos, Ciencia y tecnologa, Edit. Revolucin, Madrid 1990, pp. 171-172.

39 Jon Beckwith: El movimiento cientfico radical en los Estados Unidos, Ciencia y tecnologa, Edit. Revolucin, Madrid 1990, p. 173.

40 H. Conti: Carta de rechazo de Harondo Conti a la beca Guggenheim, N. Kohan (Comp.), Ciencias sociales y marxismo latinoamericano, Amauta-Yulca-La Llamarada, Argentina 2014, p. 338.

41 J. Ilegal: Soy optimista porque confo en las explosiones violentas que se van a producir, 19 de abril de 2016 (www.kaosenlared.net).

42 F. Jameson: La revolucin cultural, Valencias de la dialctica, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires 2013, p. 306.

43 F. Jameson: La revolucin cultural, Valencias de la dialctica, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires 2013, p. 307-308.

44 A. Arana: El problema espaol, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1999, p. 139.

45 Victoria Sau: Diccionario Ideolgico Feminista, Icaria, Barcelona 1990, pp. 168-170.

46 Francisca Martin-Cano Abreu: Mitos que recuerdan el matriarcado, 9 de marzo de 2015 (www.sugarra.blogspt.com.es).

47 Mnica Zas Marco: Lo que Mary Beard nos ense sobre la misoginia clsica (y actual), 25 de mayo de 2016 (www.eldiario.es).

48 Carlos Tupac: Terrorismo y civilizacin, Boltxe Liburuak, Bilbo 2012, pp. 165-204.

49 Silvia Federici: La inacabada revolucin feminista, Edic. Desde Abajo, Bogot 2014, pp. 89.

50 Francesca Gargallo Celentani: Feminismos desde Abya Yal, Edic. Desde Abajo, Bogot 2012, pp. 102-104.

51 Bai Shouyi y otros: Breve historia de China desde la antigedad hasta 1919, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, R. P. China, 1984, p. 326.

52 Vijay Prashad: La Conferencia Afro-Asitica de Mujeres de 1961, Las Naciones Oscuras, Pennsula, Barcelona 2012, pp. 101-116.

53 Audre Lorde: Usos de lo ertico: Lo ertico como poder, 6 de febrero de 2016 (www.marxists.org).

54 Las y los trabajadores de subcontratas del Museo de Bellas Artes convocan una huelga para el 16 de mayo, 10 de mayo de 2016 (www.lab.eus).

55 Clara Mallo: La precariedad laboral entre los trabajadores de la cultura, 5 de marzo de 2016 (www.izquierdadiario.es).

56 J. Durn Rodrguez: Las condiciones laborales de la msica son una mierda, 29 de marzo de 2016 (www.diagonalperiodico.net).

57 Isabel Bentez y J. Navarro: Los nuevos fantasmas del Reina Sofa se llaman falsos autnomos, 26 de febrero de 2016 (www.diagonalperiodico.net).

58 D. Garca Aristegui: Por qu Marx no habl del copyright. La propiedad intelectual y sus revoluciones, Enclave, Madrid 2014, p. 203.

59 I. Sdaba: Propiedad intelectual Bienes pblicos o mercancas privadas?, Catarata, Madrid 2008, pp. 249-260.

60 Ramn Zallo: Economa de la comunicacin y cultura, Akal, Madrid 1988, pp. 47-60.

61 Ramn Zallo: Cultura, internet y TTIP, 31 de mayo de 2016 (www.gara.eus).

62 Alfred Sohn-Rethel: Trabajo manual y trabajo intelectual, El Viejo Topo, Barcelona 2001, p. 48.

63 Miguel Casado: Sobre la accin poltica de la poesa, 30 de marzo de 2016 (www.rebelion.org).

64 Anne-Marie Thiesse: La creacin de las identidades nacionales. Europa: siglos XVIII-XX, zaro, Madrid 2010, pp. 73-83.

65 F. Tomberg: Esttica poltica, Villalar, Madrid 1977, pp. 73-74.

66 Grard Bouchard: Gnesis de las naciones y culturas del Nuevo Mundo, FCE, Mxico 2003, pp. 477-480.

67 Jon E. Illescas: Prlogo e Introduccin de La Dictadura del Videoclip. Industria musical y sueos prefabricados, 27 de enero de 2016 (www.marxismocritico.org).

68 Joaqun Estefana: El doctor Zhivago en la Guerra Fra, 30 de mayo de 2016 (www.elpais.com).

69 Nerea Frejlich: Trumbo. La lista negra de Hollywood, 19 de mayo de 2016 (www.izquierdadiario.es).

70 Anti Represin Regio de Murcia: Contra Poesa ante la represin, (www.antirepresionrm.blogspost.com.es) y (www.lanzanos.com).

71 J. Botella Pombo: La empresa, mecenas del siglo XX?, Escritos de sociologa de la cultura y de las artes, I. Domnguez (Ed.), AESCA, Barcelona 1994, pp. 135-143.

72 Virginia Arce: La cultura debe buscar ofertas competitivas y atractivas, 2 de abril de 2016 (www.cincodias.com).

73 Zemos98: Centros de cultura contempornea y democracia: Quin llama a quin?, 11 de febrero de 2016 (www.diagonalperiodico.net).

74 A. Snchez Vzquez: Las ideas estticas de Marx, ERA, Mxico 1976, p. 160.

75 A. Snchez Vzquez: Las ideas estticas de Marx, ERA, Mxico 1976, p. 207.

76 B. S. Balvs: Arte y Ciencia o Industria Cultural, Razn y Revolucin, Buenos Aires, n 13, invierno de 2004, p. 29.

77 B. S. Balvs: Arte y Ciencia o Industria Cultural, Razn y Revolucin, Buenos Aires, n 13, invierno de 2004, p. 30.

78 Vase (www.gaztedanbada16.info).

79 M. Ormazabal: San Sebastin 2016 se pregunta: Cmo ser capital cultural de una Europa as?, 26 de marzo de 2016 (www.elpais.com).

80 Idem.

81 31 de enero de 2016 (www.publico.es).

82 Etxerat: Balance primer semestre 2014 (www.etxerat.eus).

83 Josefina L. Martnez: El mapa de la extrema derecha en Europa, 3 de febrero de 2016 (www.izquierdadiario.es).

84 J. Cantarero: La Polica belga permiti que vagones repletos de ultras de ftbol partieran rumbo a la Plaza de la Bolsa, 28 de marzo de 2016 (www.publico.es).

85 Clara Mallo: La ley del mercado, el capitalismo devora todo, 16 de abril de 2016 (www.izquierdadiario.es).

86 J. Figueroa: Opinin: Un debate sobre industria cultural, 22 de julio de 2015 (www.po.org.ar).

87 P. Rieznik: Cultura, mercanca e industrias culturales, 2 de julio de 2015 (www.po.org.ar).

88 E. Mileo: Opinin: Industria cultural y cultura, 7 de julio de 2015 (www.po.org.ar).

89 J. Durn Rodrguez: Entrevista a Los Volubles, 5 de febrero de 2016 (www.diagonalperiodico.net).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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