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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-06-2016

Comunicacin y poltica, la imposibilidad de separarlas

Mara Cristina Mata
Alai


Hace alrededor de 15 aos, uno de los ms lcidos intelectuales argentinos, Sergio Caletti, sealaba que una de las dificultades para pensar crticamente las vinculaciones y entrecruzamientos entre los fenmenos comunicacionales y polticos era la naturalidad misma de esos cruces aunada a la persistencia de una concepcin en ltima instancia tcnica de la comunicacin y la poltica [1]; es decir, a la identificacin de la comunicacin con estrategias de produccin y diseminacin de mensajes y de la poltica con un aparato o maquinaria social y, por consiguiente, como institucionalidad regulada.

A pesar de las muchas complejizaciones realizadas desde entonces, ese modo de pensar la comunicacin y la poltica sigue hoy predominando. Esa persistencia se refleja en las numerosas producciones que se interrogan acerca del modo en que la comunicacin en trminos de tecnologas y estrategias- afecta a la poltica en trminos de actividad institucionalizada. As proliferan los estudios que culpan a medios y tecnologas del deterioro de la poltica convertida en espectculo o entretenimiento o, en las antpodas, los que auguran avances democratizadores y participativos gracias a las redes y la interactividad.

No es posible superar esas perspectivas restringidas y dicotmicas si se opera con concepciones instrumentales de la comunicacin y la poltica. El horizonte se modifica, en cambio, cuando adems de tener en cuenta las dimensiones institucionales de la poltica sus organizaciones, sus momentos de deliberacin y decisin-, la pensamos como esfera y prctica de la vida colectiva en la cual se disean y discuten los sentidos del orden social, es decir, los principios, valores y normas que regulan la vida en comn y los proyectos de futuro. Y se modifica cuando, sin negar sus dimensiones operativas, pensamos la comunicacin como esos complejos intercambios a travs de los cuales los individuos y grupos sociales producimos significaciones en permanente tensin y confrontacin. Es en ese tipo de nociones que se sostiene la sexta tesis de aquel texto de Caletti, que afirmaba que la comunicacin constituye la condicin de la poltica en un doble sentido: porque no puede pensarse el quehacer de la poltica como discusin de ideas sin actores que discutan, y porque no puede pensarse esa prctica en trminos de construccin de proyectos de futuro sin la colectivizacin de intereses y propuestas.

Esa particular y necesaria articulacin entre comunicacin y poltica se produce hoy en un espacio pblico constituido tanto por lo que yo he llamado la plaza, es decir, los espacios tradicionales de agregacin y accin colectiva espacios que van adquiriendo nuevas formas con el paso del tiempo-, y la platea, es decir, las prcticas mediticas que se sostienen en nuestra condicin de pblicos de medios y usuarios de tecnologas de informacin y comunicacin [2]. Ese espacio pblico mediatizado es uno de los mbitos principales donde se dirimen hoy las luchas por el poder poltico, las luchas por la conduccin de la sociedad, que no son independientes del poder comunicativo-cultural, es decir de la posibilidad de construir ideas hegemnicas. Una posibilidad en la que intervienen decididamente los dispositivos tcnicos que permiten la aparicin y representacin meditica de temas y actores. De ah que John Thomspon postule que la lucha por hacerse or y ver (y de evitar que otros hagan lo mismo) no es un aspecto perifrico de las conmociones sociales y polticas del mundo moderno; todo lo contrario -dice Thompson-, es su caracterstica central [3].

En nuestras sociedades latinoamericanas, que a pesar de la institucionalidad democrtica estn atravesadas por desigualdades y exclusiones notorias, esas luchas por hacerse ver y or, que son luchas contra quienes buscan impedirlo, no son nuevas. Se expresaron histricamente tanto en la resistencia de los pueblos originarios como en las bsquedas culturales alternativas. Sin embargo, en lo que va de este siglo, varios pases de nuestro continente han sido escenario de unos particulares esfuerzos por someter a discusin los sistemas de medios masivos y sus regulaciones legales, transformando los derechos a la comunicacin en una de las problemticas donde con ms fuerza se expresan las luchas por el poder.

Puedo sostener esa afirmacin en las confrontaciones que se vivieron y se viven an hoy en Argentina en torno a la Ley de Servicios de Comunicacin Audiovisual o a las que se han dado y se dan en otros pases de la regin, como Ecuador o Uruguay, en el mismo sentido. Esas confrontaciones se articularon en muchos casos con una larga tradicin de medios populares, alternativos y comunitarios construidos desde la necesidad y vocacin de recuperar la capacidad y legitimidad de expresarse, tanto para minoras excluidas pero tambin para las mayoras desposedas de las condiciones necesarias para acceder a medios y tecnologas. En todos esos casos es posible reconstruir discursos y prcticas que identifican claramente intereses antagnicos y sus consecuentes justificaciones ideolgicas: es decir, intereses encontrados que afirman o niegan la universalidad de los derechos a la comunicacin. Y es ah donde la articulacin comunicacin-poltica se revela con indita potencia, socavando como nunca antes aquellas alardeadas nociones de independencia y objetividad de los medios que integran los sistemas masivos de comunicacin.

Ms all de las caractersticas particulares de cada uno de nuestros pases, la existencia de situaciones monoplicas u oligoplicas que lejos de disminuir se acrecientan con los procesos de desarrollo y convergencia tecnolgica, produce efectos bien conocidos: agendas nicas, voces concentradas, insuficientes espacios para la expresin y representacin de diferentes actores y sectores sociales y polticos. Pero adems, esas empresas que buscan acaparar para s los derechos a la comunicacin que son del conjunto de la sociedad, no encubren ya sus motivaciones y estrategias en las luchas por el poder. De manera desembozada intervienen como un actor poltico que propone ideas y proyectos, que convoca a participar o a abstenerse de hacerlo, que denuncia o apaa a personajes polticos o empresariales, que promociona candidatos o los estigmatiza, que enjuicia a los movimientos sociales que confrontan el orden establecido, que juzga a la mismsima justicia aunque ella en muchos de nuestros pases- no sea precisamente aquella dama ecunime con ojos vendados, sino un instrumento ms de construccin de inequidad. Los casos del multimedio Clarn en el reciente proceso electoral argentino y el de la Red Globo en el proyecto destituyente que se gesta en Brasil, son ejemplos claros de este nuevo papel.

Sin embargo, no creo que sea adecuado afirmar que la poltica se hace hoy en los medios masivos de comunicacin, cargando ese hacer de un contenido negativo o perverso. Histricamente, las construcciones polticas tuvieron dimensiones interactivas y recurrieron a medios expresivos. Siempre la poltica fue accin prctica y discursiva. Lo que hoy ocurre es que se han producido transformaciones que es necesario comprender para poder actuar sin complacencia pero sin melancola. Por un lado, como ya seal, el hecho de que prcticamente sin intermediaciones, sin velos, las corporaciones mediticas han asumido su innegable participacin en la construccin de democracias formales y excluyentes. Por otro, el hecho de que las instituciones polticas pienso en los partidos, los poderes del Estado, las campaas y procesos electorales- se han transformado en el marco de lo que se ha dado en llamar democracia demoscpica [4]; un orden democrtico donde la opinin pblica meditica y las tcnicas de medicin y prediccin de comportamientos sociales cobran peso decisivo en definiciones estratgicas y tcticas.

El cuestionamiento crtico de esa nueva matriz poltico-cultural no equivale a negarlo. Nada peor que las actitudes voluntaristas cuando lo que se pretende es intervenir en los conflictos por la hegemona. Por eso, reconociendo que el sistema comunicativo es un actor ms de las contiendas por el poder en nuestras sociedades, tenemos que atrevernos a asumir esa situacin desde dos lugares complementarios y mutuamente necesarios: desde la bsqueda de regulaciones que atemperen la concentracin meditica y aseguren condiciones ms equitativas para la gestin de medios de comunicacin y el acceso a tecnologas adecuadas para diferentes y plurales actores sociales; y a partir del desarrollo de prcticas organizativas y polticas que, sin negar la existencia de medios y tecnologas, definan renovados modos de instalar temas, agendas, lderes, proyectos, desde lgicas asociativas y culturales capaces de confrontar los cauces prefijados por quienes pretenden controlar las iniciativas emancipadoras.

En los tiempos que corren, ya no se trata slo de contar con medios alternativos para que otras voces puedan escucharse y otros rostros puedan verse, sino de asumir que una de las nuevas y decisivas batallas es la de definir colectivamente cul deseamos que sea el orden poltico-cultural de nuestras sociedades. Porque ciertamente no hay orden poltico nuevo sin un nuevo modo de comunicar, pero no es slo un renovado modo de comunicar el que nos permitir construir democracias con derechos plenos y modalidades genuinas de participacin y representacin.


Notas

[1] Siete tesis sobre comunicacin y poltica, en Dilogos de la Comunicacin N 63 (37-49). FELAFACS, Lima, 2001

[2] Nociones desarrolladas en Entre la plaza y la platea, en Schmucler H. y Mata,M. (Coord.), Poltica y comunicacin. Hay un lugar para la poltica en la cultura meditica? (pp. 61-76). Catlogos- UNC, Buenos Aires, 1995

[3] Los media y la modernidad, p. 398, Paids, Barcelona, 1998.

[4] Ver Alain Minc, La borrachera democrtica, el nuevo poder de la opinin pblica, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1995


Mara Cristina Mata es investigadora y docente de comunicacin en la Universidad Nacional de Crdoba Argentina. Acompaa a medios y proyectos de comunicacin popular y alternativa en el continente.

Artculo publicado en la revista La comunicacin en disputa, Amrica Latina en Movimiento No. 513-514, mayo-junio 2016, http://www.alainet.org/es/revistas/513-514

 

URL de este artculo: http://www.alainet.org/es/articulo/178150



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