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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-08-2016

La globalizacin del miedo

Edgardo Ordoez
Rebelin


Resumen

Un rasgo importante del actual proceso de globalizacin consiste en que los sentimientos de miedo acosan cada vez con ms fuerza a los habitantes de la aldea global. El incremento del terrorismo, las amenazas ambientales, los riesgos asociados al desarrollo de nuevas tecnologas y, en general, la atmsfera de inestabilidad que caracteriza la vida contempornea, se traducen en una creciente propagacin del miedo. En este artculo examinaremos primero las principales causas por las cuales la sociedad actual resulta tan vulnerable frente al miedo, especialmente el derivado del terrorismo. Luego, veremos de qu modo los medios de comunicacin acrecientan esta vulnerabilidad. Al final, mostraremos en qu sentido estamos asistiendo al surgimiento de una sociedad global en estado de miedo permanente.

Un nuevo fantasma recorre el mundo: el miedo. La novedad no procede del miedo en s mismo (pues este sentimiento acompaa a los seres humanos desde los orgenes de la especie), sino de las formas que adopta su protagonismo en el escenario de la sociedad global. La creciente integracin de las relaciones econmicas, polticas y culturales a lo largo y ancho del planeta ha trado consigo efectos colaterales no deseados, entre los cuales la difusin global del alarmismo y de los sentimientos de miedo e incertidumbre est pasando a primer plano. Las fuentes de las que se nutre esta tendencia son diversas. Si bien la atencin de la opinin pblica mundial actualmente gravita alrededor de la preocupacin por el incremento del terrorismo, tambin estn a la orden del da los temores suscitados por la degradacin ambiental planetaria, por el desarrollo de tecnologas potencialmente peligrosas, por las crisis econmicas y, en general, por la atmsfera de inestabilidad y zozobra que caracteriza la vida contempornea. Ello ha generado una creciente globalizacin del miedo que con frecuencia se traduce en miedo a la globalizacin.

La situacin resulta paradjica en la medida en que una de las metas de la modernizacin consista en minimizar los peligros que atemorizan a los individuos. Las plizas de seguros, los sistemas de seguridad social, los implementos tcnicos y mdicos, as como otros mecanismos de control, fueron diseados con el objeto de resguardar en lo posible a las personas de accidentes y calamidades, creando un clima de confianza y confort en el que la vida pudiese transcurrir sin angustias. Sin embargo, pese al elevado nivel de eficiencia que han alcanzado las instituciones y las tecnologas modernas, la vida contempornea se caracteriza por la sensacin de continuo sobresalto que impregna la existencia cotidiana de la gente. Luego de las terribles experiencias histricas del siglo XX, la cada del Muro de Berln pareci abrir una poca de apaciguamiento de las tensiones internacionales; no obstante, apenas 15 aos ms tarde, con el auge del terrorismo y la persistencia de la violencia en numerosas zonas del mundo, resulta apenas obvio que se trataba de una impresin infundada. Las nuevas tecnologas, lejos de apagar el clamor de las alarmas que advierten sobre la amenaza de un colapso ambiental, parecen haberlo agudizado y diversificado. Cmo explicar esta curiosa inversin por la cual el miedo creciente aparece como resultado no esperado del propio proceso modernizador destinado a combatirlo?

De la globalizacin de los riesgos la globalizacin del miedo

En aos recientes Ulrich Beck ha desarrollado el concepto de sociedad del riesgo para subrayar el rol que los sentimientos de incertidumbre y temor juegan en la sociedad globalizada. Segn este autor, el proceso de modernizacin conduce a una situacin en la que la probabilidad de trastornos y de desastres es mayor y no menor que antes, debido a los factores de riesgo que se generan a medida que la complejidad de los entramados institucionales aumenta, y a medida que la ciencia y la tecnologa introducen nuevos implementos y procedimientos cuyos efectos son difciles de prever tanto como de controlar. Beck plantea que el mundo moderno "incrementa al ritmo de su desarrollo tecnolgico la diferencia entre dos mundos: el del lenguaje de los riesgos cuantificables, en cuyo mbito pensamos y actuamos, y el de la inseguridad no cuantificable, que tambin estamos creando" (2003, p. 16).

En una lnea argumentativa parecida, Giddens distingue (2000, p. 38 y ss) los riesgos naturales tradicionales de los riesgos manufacturadoses decir, aquellos producidos por el propio avance de la modernidady sostiene que la proliferacin de estos ltimos constituye uno de los elementos que definen la atmsfera de nerviosismo de la civilizacin contempornea. Este punto de vista, pese a la porcin de verdad que contiene, resulta insuficiente para explicar la propagacin global del miedo. Si bien es cierto que los riesgos son ahora de carcter global, de ello no se infiere que nuestra poca sea ms peligrosa que otras anteriores. La sociedad se globaliza y, con ello, cambia el marco para la interpretacin de los riesgos que la acechan, pero todava hace falta saber cmo funciona la relacin entre los riesgos y su percepcin por parte de la sociedad. De hecho, contra lo que quiz podra suponerse, la relacin entre riesgo y miedo con mucha frecuencia no es directamente proporcional. El miedo puede alcanzar con facilidad niveles desproporcionados en relacin con los riesgos reales, mientras que situaciones de alto riesgo pueden en ocasiones ser asumidas con tranquilidad y sangre fra. Esto parece indicar la conveniencia de distinguir la globalizacin de los riesgos de la globalizacin del miedo. Veamos.

La globalizacin de los riesgos es un hecho que comienza a cuajar en la poca de los grandes descubrimientos geogrficos, quinientos aos atrs. Como ha mostrado Giddens, las culturas anteriores a la modernidad tenan el concepto de miedo pero no el de riesgo, debido a que este ltimo designa amenazas o eventualidades que se analizan en relacin a posibilidades futuras. En trminos de Giddens, la idea de riesgo "slo alcanza un uso extendido en una sociedad orientada hacia el futuro", ya que "supone una sociedad que trata activamente de romper con su pasadola caracterstica fundamental de la civilizacin industrial moderna" (2000, p. 35). De acuerdo con este planteamiento, las sociedades tradicionalesa causa de su orientacin hacia el pasadono necesitan el concepto de riesgo. Los exploradores espaoles y portugueses fueron los primeros en utilizar el trmino "riesgo", con el cual designaban la navegacin en aguas desconocidas. El origen del trmino, por consiguiente, involucra tanto el temor que produce la exploracin de un espacio ignorado (nuevos mares, nuevos territorios) como el que produce la incertidumbre acerca del futuro (el resultado del viaje, la llegada a buen puerto). Con el desarrollo del sistema bancario, los inversionistas precisaron el sentido del trmino al utilizarlo para designar la evaluacin de las posibilidades de xito o fracaso de un proyecto. Por este camino, la racionalizacin de los riesgos condujo al desarrollo de las empresas aseguradoras y los sistemas estatales de bienestar. Desde la revolucin industrial, los riesgos adoptan un cariz cada vez ms global, debido al impacto trasnacional de las nuevas tecnologas y a la creciente integracin de regiones distantes del planeta posibilitada por los modernos sistemas de transporte y de comunicacin.

La globalizacin del miedo es un hecho de naturaleza distinta. A diferencia del riesgo, el miedo no surge con la modernidad sino que la precede, y aun podramos decir que, en cierto modo, precede y acompaa toda civilizacin, en la medida en que las sensaciones de miedo hunden sus races en el desarrollo biolgico de la especie. Pero, como ha advertido Taussig, el miedo "no slo es un estado fisiolgico, sino tambin social" (1987, p. 5). Numerosos autores han sealado la importancia de la elaboracin cultural del miedo y del terror. Rossana Reguillo, por ejemplo, muestra cmo, aunque son las personas concretas las que sienten miedo, "es la sociedad la que construye las nociones de riesgo, amenaza, peligro y genera unos modos de respuesta estandarizada, reactualizando ambos, nociones y modos de respuesta, segn los diferentes perodos histricos" (2000, p. 65). Consideremos uno de los casos que utiliza la autora para ilustrar esta idea. Frente al aumento de la actividad del volcn Popocatpetl en Mxico a finales del siglo XX, las comunidades indgenas y campesinas que vivan en las laderas del volcn fueron presionadas por el gobierno para abandonar sus terruos y su modo de vida. Sin embargo, esa perspectiva (cuya conveniencia era respaldada con detallados estudios y mediciones por el Centro Universitario para la Prevencin de Desastres Regionales) les caus un temor mayor que la de permanecer al lado de "Don Goyo" (como llaman ellos al volcn), de quien dicen que ha hablado en sueos con los mentores de la comunidad y les ha asegurado que "no piensa hacer dao". Los campesinos e indgenas perciben los aparatos de medicin de los cientficos como una amenaza mucho ms temible que las seales de actividad del volcna diferencia de los habitantes de las zonas urbanas aledaas, que s confan en las advertencias de los cientficos y ven al volcn como un autntico peligro. Este ejemplo muestra que los miedos humanos no se nutren solamente de condicionamientos biolgicos, sino tambin de formas de temer y de recelar que son aprendidas en el seno de la vida social o comunitaria. Sin embargo, este mismo ejemplo ilustra a la vez el localismo que caracteriza a los miedos sociales hasta fechas recientes. Los miedos tradicionales, incluso cuando no obedecan a causas naturales sino a la violencia o a la inestabilidad poltica, se alimentaban de circunstancias especficas cuyo alcance raras vecesy slo de un modo tmidodesbordaba los mbitos regionales o nacionales. En las ltimas dcadas esta situacin ha empezado a cambiar. El punto de inflexin a este respecto fue marcado por la Guerra Fra. El temor de un conflicto nuclear entre dos superpotencias polarmente enfrentadas represent lo que podramos llamar el primer miedo globalizado de la historia. Desde entonces, los miedos sociales han unido su suerte a la de la propia globalizacin. Esto no quiere decir que el arraigo local de los miedos desaparezca; quiere decir ms bien que, por una parte, los miedos locales pueden ahora alcanzar una dimensin global que nunca haban tenido, al tiempo que, por otra, los miedos globales inciden en los escenarios locales de constitucin del miedo. En otras palabras: la elaboracin cultural del miedo ya no tiene lugar slo a nivel local sino tambin a nivel global. Estos dos niveles no funcionan como estratos separados de la experiencia, sino que se articulan mutuamente. Como advierte Beck, "no es verdad que la globalizacin est hecha slo de globalizacin. Est hecha de localizacin tambin. No es posible pensar en la globalizacin sin hacer referencia a lugares y sitios especficos" (2002, p. 23). En concordancia con esta lgica, un miedo slo puede volverse global si encuentra la manera de articularse en las dinmicas de constitucin del miedo que tienen lugar en escenarios sociales concretos. Los procesos locales de constitucin del miedo, a su vez, se ven cada vez ms influidos por amenazas y temores cuyo origen no es local sino externo, pero los cuales interioriza y convierte en parte de su propia dinmica. De este modo, las fronteras entre miedo local y miedo global tienden a hacerse difusas. En el complejo sistema de vasos comunicantes de la sociedad globalizada, el miedo puede circular y desplazarse de un sitio a otro con mayor rapidez que nunca. Para los individuos, esto equivale a tener que vivir en una atmsfera de inquietud y desasosiego, ya que en lo sucesivo la sombra del miedo acecha por todas partes.

La importancia de distinguir la globalizacin de los riesgos de la globalizacin del miedo se pone en evidencia cuando consideramos el diagnstico de la situacin actual realizado por Zygmunt Bauman. Segn este autor, es la "fluidificacin" de las viejas estructuras sociales, suscitada por los desarrollos tardos de la modernizacin, la que ha dado lugar a esa atmsfera en la que los individuos experimentan sensaciones de aislamiento y desamparo que los tornan ms vulnerables frente a los embates del miedo. "La inseguridad nos afecta a todos, inmersos como estamos en un mundo fluido e impredecible de desregulacin, flexibilidad, competitividad e incertidumbre endmicas" (2003, p. 169). Esta tesis no implica, entonces, un retorno a la aeja concepcin de Marx segn la cual en la modernidad todo lo slido se desvanece en el aire? El caso es que, para Bauman, ahora estamos asistiendo a una radicalizacin de esa tendencia. Si bien en su fase temprana el proceso de modernizacin desarraig los antiguos lazos comunitarios, los reemplaz enseguida con una serie de mecanismos de control y de gestin del trabajo que resultabansea por va taylorista o por va fondistams o menos coercitivos. La modernidad tarda, en cambio, est aflojando el marco institucional rgido heredado de esa primera modernidad. La idea, segn parece, es conceder a los individuos un amplio margen de libertad para construir su vida segn sus propios intereses en el marco de una competencia exenta de intervenciones estatales. Empero, y sean cuales fueren los beneficios de la flexibilidad y la desregulacin crecientes, stos no estn siendo distribuidos de manera equitativa. Los grupos sociales menos favorecidos, que son la mayora de la poblacin mundial, se encuentran casi inermes ante las condiciones sociales emergentes. En trminos de Bauman, "el tipo de incertidumbre, de oscuras premoniciones y temores respecto al futuro que acosan a hombres y mujeres en el entorno social fluido, en perpetuo cambio, en el que las reglas de juego cambian a mitad de la partida sin previo aviso o sin una pauta legible, no une a los que sufren: los separa y los asla" (2003, p. 59). En el seno de esta "modernidad lquida", las nuevas elites disfrutan de una movilidad que les permite evadir tanto las fuentes locales de temor como los marcos institucionales rgidos; las mayoras pobres, en cambio, estn atadas a su lugar de nacimiento y a las problemticas sociales que hacen que sus vidas sean difciles y oscuras. La nica solidaridad que prospera en estas circunstancias es la del miedo. Pero como el miedo por definicin no puede constituir la base para una genuina cohesin social, lo que impera es un estado de atomizacin social en el que cada quien slo puede confiar en su propia habilidad para eludir el peligro.

Este planteamiento, al igual que el de Beck, resulta muy til para explicar la globalizacin de los riesgos pero se queda corto en el momento de dar cuenta de la globalizacin del miedo. En efecto, el miedo reinante no puede explicarse solamente a partir de las tensiones y desigualdades en curso, como tampoco poda explicrselo a partir de un cambio en la naturaleza de los riesgos, por ms que esas tensiones y esos riesgos nos ayuden a entender la vulnerabilidad de la sociedad contempornea frente al miedo. Dado que el miedo es, al menos en parte, el resultado de una elaboracin social, sus niveles de intensidad y difusin slo parcialmente dependen de los riesgos y de las amenazas vigentes en un momento dado. As como nuestra percepcin de una situacin depende tanto de la situacin misma como del estado de nuestra sensibilidad, el modo en que una comunidad o un grupo perciben una amenaza juega un papel decisivo en la interpretacin de su peligrosidad. Este es el punto en el que la tesis de Beck sobre la sociedad del riesgo y la tesis de Bauman sobre la modernidad lquida necesitan ser complementadas. La atmsfera de temor que reina en la sociedad global se ha emancipado de los factores de riesgo y de la situacin social explosiva en un sentido importante. Si bien los riesgos son indiscutiblemente reales y la situacin social ejerce una fuerte presin sobre el sistema, la cobertura e intensidad de los miedos no est supeditada nicamente a estos factores. La globalizacin del miedo, en especial el derivado de las acciones de los grupos terroristas, se basa en gran medida en la interconexin global entre sociedades y culturas distintas a travs de un vasto sistema de medios de comunicacin masiva.

El papel de los medios masivos en la globalizacin del miedo

Resulta apenas obvio que acontecimientos o hechos susceptibles de provocar sentimientos de miedo pueden alcanzar, gracias a los medios, una resonancia mucho ms amplia y vigorosa de la que habran tenido en ausencia de stos. Es usual que un mismo hecho suscite temores mayores o menores dependiendo del modo como sea puesto en conocimiento de las audiencias a travs de los canales informativos. En este sentido, el papel de los medios en relacin con los hechos no se reduce nunca a su faceta informativa o comunicativa. Las sensaciones de miedo bien pueden estar justificadas por los riesgos, las violencias o las atrocidades que tienen lugar a diario en diferentes lugares del mundo, pero tambin pueden ser aumentadas o menguadas segn el tratamiento que se le d a la informacin (incluso cuando sta se esfuerza por dar cuenta de los hechos "tal como ocurrieron"). Anunciar que el pnico cunde en una poblacin o en un territorio puede reforzar el pnico mismo o incluso desencadenar nuevas oleadas de pnico que no se haban desatado hasta entonces porque haban permanecido por debajo de un cierto umbral de tolerancia. Pero tambin la sustraccin u omisin de informacin relevante puede contribuir a la instauracin de una atmsfera de incertidumbre y miedo. Esto implica que los medios no solamente informan acerca del mundo sino que actan sobre l.

Si vamos un poco ms all de esta consideracin bsica, lo primero que descubrimos es que los efectos performativos de los medios no se agotan en la difusin (o en la ocultacin) de un hecho en particular en un momento especfico del tiempo, sino que se refuerzan incesantemente debido a la continuidad de la accin del aparato meditico a lo largo de periodos prolongados. La vigencia de las noticias rara vez tiene una duracin que alcance ms all de una o dos semanas; la mayora de ellas desaparece luego de despertar un breve inters. Pero detrs de una noticia viene otra y su efecto acumulativo es lo que cuenta a la hora de evaluar la incidencia de los medios en procesos de mediano y largo plazo. Una situacin de miedo puede ser pasajera; una atmsfera de miedo necesita ser sostenida por la accin continua de los factores que la suscitan. A este respecto, lo esencial es notar que no basta con que existan riesgos o acontezcan hechos temibles; hace falta adems que el pblico tenga conocimiento de ello y que ese conocimiento sea renovado una y otra vez. Aqu resulta pertinente la tesis de Gil Calvo segn la cual "lo que ha crecido con la globalizacin no es tanto el riesgo real como el conocimiento pblico del riesgo percibido" (2003, p. 38). En opinin de este autor, el alarmismo global es "un efecto emergente creado por los medios de comunicacin" (2003, p. 40). Examinemos algunos de los corolarios que se derivan de este planteamiento.

Que el conocimiento pblico del riesgo percibido aumente significa que los factores de miedo conquistan una porcin creciente de la atencin pblica, con lo que permanecen presentes ms tiempo en la conciencia de los individuos. Que la sensacin de alarma as intensificada sea un efecto emergente significa que esta dinmica no obedece a los designios de una voluntad conspiradora empeada en extender el miedo entre la poblacin. La intensificacin de la alarma creada por los medios es un efecto no calculado que se debe tanto al perfeccionamiento del aparato tecnolgico de los medios como al alcance global que est alcanzando su cobertura. Lo caracterstico de la globalizacin del miedo radica en que la atmsfera generalizada de temor se nutre de hechos violentos o de situaciones de riesgo que tienen lugar en sitios muy precisos pero que alcanzan una resonancia global debido a la accin del aparato meditico. Este cambio podra considerarse como un fenmeno puramente cuantitativo (ahora mucha ms gente se entera de los hechos) si no fuera porque, una vez tamizada por la accin de los medios, la percepcin del miedo cambia de signo. De hecho, como sostiene Reguillo, gracias a los medios el terror se est convirtiendo en "una narrativa de exportacin global" (2000, p. 68). Esta perspectiva resulta sugerente por cuanto indica que en la aldea global los individuos, adems de consumirse a fuego lento en el caldero del miedo, son tambin vidos consumidores de miedos mediticos. Pero lo que interesa subrayar ahora es que las narrativas globales del miedo tienen un potencial para atemorizar a la gente que suele estar ausente en las narrativas locales. El anlisis de un ejemplo puede ayudarnos a aclarar este punto.

Ya hace casi cuarenta aos Morin se haba referido al asesinato de J. F. Kennedy como la primera "teletragedia planetaria" (1994, p. 408 y ss). Expresiones anlogas se oyeron por doquier con motivo de la cada de las Torres Gemelas en el 2001. Habermas se refiri a este hecho como al "primer acontecimiento histrico mundial en sentido estricto", pues se consum "ante los ojos de la opinin pblica mundial" (Borradori, 2003, p. 57). Derrida, por su parte, interpret el hecho como el sntoma de un "terror absoluto" que sobrevuela el mundo con todos sus "efectos traumticos" (Borradori, 2003, pgs. 147-148). Ambos filsofos coincidieron en atribuir un papel primordial a la difusin del hecho en tiempo real y al posterior cubrimiento de los detalles a travs de las cadenas de televisin (las cmaras se las arreglaron para transformar a la opinin pblica mundial en una legin de "mirones"). No obstante, ambos se abstuvieron de sealar que el impacto de la difusin meditica no haba sido homogneo en un sentido importante: la conmocin experimentada por los neoyorquinos no era equiparable a la experimentada por las audiencias de otras ciudades u otros continentes. Para los primeros, el zarpazo sbito del terror resquebrajaba su confianza en la invulnerabilidad de un territorio en el cual estaba anclada su experiencia vital; para los segundos, el hecho constitua un aviso de que, a partir de ahora, nadie en ninguna parte poda considerarse completamente a salvo. En el primer caso, el miedo se nutra de circunstancias concretas y vvidas; en el segundo, de imgenes y de comentarios puestos en circulacin por los medios. Los neoyorquinos podan imaginarse a s mismos como vctimas de este ataque; las personas de otras regiones del mundo slo podan imaginarse a s mismas como vctimas de ataques anlogos.

Esta diferencia no es trivial, por ms que enseguida lo sucedido se convirtiera, aun para los propios neoyorquinos, en objeto de un tratamiento meditico intensivo. Cuando el miedo nace de hechos en los que podramos haber resultado afectados (si es que no lo hemos sido), la superacin del trauma subsiguiente depende de nuestra capacidad para incorporar esos hechos a una narrativa personal y local, dndoles as un semblante y un contexto preciso que los torna reconocibles y, en mayor o menor grado, manejables. Adems, los hechos que ocurren en un lugar familiar para nosotros no pueden, por terribles que sean, resultarnos totalmente ajenos. Cuando, por el contrario, los miedos nacen de hechos no localizables en un contexto personal, se transforman en una sensacin difusa que, justamente a causa de ello, resulta tanto ms inquietante e indcil. Los vnculos que conectan un acontecimiento temible con el entorno local en que ha tenido lugar se tornan impalpables tan pronto el acontecimiento pasa a formar parte del circuito global de las comunicaciones. Esta desterritorializacin del acontecimiento por obra de los medios introduce un elemento de abstraccin e inaprehensibilidad en la percepcin del miedo. Este ya no tiene propiamente un lugar sino que pasa a estar en cualquier lugar.

Por eso es posible afirmar que "los miedos se fortalecen en la ampliacin sobrecogedora de su narracin meditica" (Reguillo, 2000, p. 68). A este respecto, la cada de las Torres Gemelas slo se diferencia de otros eventos terrorficos por la magnitud de la difusin que tuvo. Por lo dems, la aseveracin de Reguillo resulta vlida para la mayora de los hechos de violencia y de sangre que aparecen a diario por los medios. Las noticias sobre crmenes, atentados suicidas, catstrofes, cartas-bomba, mensajes con ntrax, as como las estadsticas relativas a secuestros, accidentes, agresiones, masacres, generan un sordo sentimiento de tensin y de alarma. La inquietud se instala poco a poco en los corazones y, por ende, en las relaciones interpersonales. Pronto impera un miedo vago e indefinido que obstaculiza tanto la identificacin de los responsables como el clculo de los riesgos. Slo los rumores circulan por doquier: la tensin planea sobre las cabezas de todos porque nadie sabe a ciencia cierta cundo y dnde ser el prximo golpe.

As es como los medios alimentan el miedo a nivel global, aun sin proponrselo. La lgica que gobierna el tratamiento de la informacin a travs de los medios obedece menos a un oscuro inters en infundir terror que al objetivo ms prosaico de llamar la atencin. Los peridicos, las emisiones radiales, los telenoticieros necesitan incrementar o al menos mantener su audiencia para continuar al aire o en circulacin. Infelizmente, da la casualidad de que el miedo constituye uno de los mejores ganchos para lograrlo. En condiciones de dura competencia, es fcil para los encargados de un medio caer en la tentacin de subrayar los aspectos ms llamativos de unos acontecimientos de por s llamativos. Es aqu donde resulta oportuno recordar el apetito creciente por las imgenes de violencia y de sangre que caracteriza a la sociedad contempornea. Susan Sontag ha subrayado que, desde hace varias dcadas, el grado de violencia, sadismo y horror admitidos en la cultura de masas (a travs de las pelculas, la televisin, los videojuegos, etctera) viene en aumento: "Imgenes que habran tenido a la audiencia encogida y apartndose de repulsin hace cuarenta aos son vistas hoy sin siquiera un pestaeo por todos los adolescentes en los multicines" (2003, pgs. 100-101). Antes de ser las vctimas del miedo, los individuos ya eran sus consumidores. Por eso no es extrao que la destruccin de las Torres Gemelas hubiese sido anticipada con lujo de detalles por Hollywood, esa enorme industria del entretenimiento experta en escenificar hecatombes (conflagraciones nucleares, naufragios multitudinarios, choques del planeta con meteoritos, matanzas a cargo de asesinos naturales, exterminios que ponen en peligro a la especie humana...). En cierto sentido, las pelculas y los programas basados en la estetizacin del terror no son meros pasatiempos: su existencia contribuye eficazmente a curtir las audiencias, a prepararlas para el consumo del terror real, el cual de todos modos llega atenuado cuando aparece transmitido en los noticieros por ms que los televidentes, antes de cambiar de canal, alcancen a pensar:" Qu terrible que algo as haya podido ocurrir!".

Esto muestra que el papel central jugado por los medios en la globalizacin del miedo no se debe slo al poder de los propios medios, sino tambin a la silenciosa complicidad del pblico. Mientras los eventos sangrientos sigan siendo una garanta de espectculo, mientras las narrativas del terror y la violencia continen conquistando audiencias, seguramente los medios seguirn utilizando este tipo de ganchos y, en consecuencia, continuarn actuando como agentes de la propagacin del miedo. Y no porque los medios se hayan propuesto deliberadamente extender el miedo (hemos dicho ya que el alarmismo es un efecto emergente no deseado), sino porque apelan a l como a una frmula que en repetidas ocasiones ha probado su eficacia.

La sociedad global en estado de miedo permanente

El hecho de que la globalizacin del miedo sea un efecto emergente no significa, empero, que los poderes constituidos no puedan aprovechar la nueva situacin para inclinar la balanza del miedo en una u otra direccin. Para nadie es un secreto que los hechos reciben una atencin diferenciada por parte de los medios, y todos sabemos que el empleo de tecnologas mediticas ofrece enormes posibilidades, tanto a la hora de seleccionar los contenidos informativos que circularn globalmente, como a la hora de dosificar o multiplicar el efecto de un acontecimiento sobre las audiencias. Estas posibilidades resultan atractivas para muchos debido a que la gestin meditica del miedo es una herramienta eficaz para el logro de ciertos propsitos (emprender una guerra, promover un proyecto legislativo que limita la inmigracin extranjera, motivar una ola de popularidad en poca de elecciones, sembrar la desconfianza en una comunidad, etctera). Por otra parte, el miedo reduce la capacidad de resistencia y de vigilancia crtica de la ciudadana. Como escriben Deleuze y Parnet, "los poderes tienen ms necesidad de angustiarnos que de reprimirnos" y por eso estn interesados ante todo en "administrar y organizar nuestros pequeos terrores ntimos" (1997, p. 71). Por su efecto paralizante sobre los individuos, el miedo es un controlador social bastante eficiente. Bajo su influjo, los individuos tienden menos a actuar y ms a permanecer en estado de alerta, a la espera de los acontecimientos.

Ahora bien, estar a la espera no suele ser un modo adecuado de resolver el problemao de aclarar la situacinque suscita el miedo. Dilatar la espera prcticamente equivale a prolongar la existencia del problema, y prolongar el problema equivale a su vez a dilatar la espera de la solucin. Ya los filsofos del siglo XVII han mostrado claramente que no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza, pues el miedo va unido siempre a la esperanza de que aquello que se teme no ocurra y la esperanza va unida siempre al miedo de que aquello que se espera no llegue (Descartes, Tratado de las pasiones, LVIII; Spinoza, Etica, III, Definiciones de los afectos, XII-XIII). Esta interdependencia entre esperanza y miedo tiene fuertes implicaciones en la esfera de la vida pblica, ya que abre un camino muy efectivo para influir sobre la conducta de las personas. En este sentido, la globalizacin del miedo es un desarrollo emergente que le viene bien a todo aquel que quiera mantener viva entre la ciudadana la esperanza de un triunfo sobre el miedo. Los gobernantes con frecuencia son los primeros interesados en ello, ya que, en la medida en que la atmsfera de miedo se mantenga viva, la esperanza de derrotar el miedo proyecto que ellos prometen cumplirtambin persistir. En este orden de ideas, alimentar el miedo puede ser un medio para ganar puntos en los sondeos o para obtener votos. Polticas del tipo Seguridad democrtica o Guerra contra el terrorismo encuentran la clave de su popularidad en la esperanza de los ciudadanos de trocar la incertidumbre por la tranquilidad, el miedo por la confianza. Por eso los promotores de estas polticas suelen estar prontos a utilizar los medios para persuadir a la opinin pblica, tanto de la peligrosidad de la amenaza terrorista, como de las bondades de su estrategia para combatirla.

El problema es que los procedimientos empleados para combatir el terror usualmente recurren a formas ms o menos veladas de ese mismo terror que fustigan, con lo que, como dice Derrida, "trabajan para regenerar, a corto o largo plazo, las causas del mal que pretenden exterminar" (Borradori, 2003, p. 149). Si Occidente ha sido objeto de una fuerte estigmatizacin por parte de grupos extremistas islmicos, es indudable que las principales democracias occidentales han respondido a ello con estrategias que se aproximan peligrosamente a una estigmatizacin de signo inverso contra el Islam. Si los grupos terroristas han sembrado el pnico con sus acciones criminales, es indudable que el despliegue de los ejrcitos justicieros encargados de perseguirlos ha resultado igualmente aterrador. En su estudio sobre el terror en el Putumayo durante la poca cauchera, Taussig cita el testimonio del fraile capuchino Gaspar de Pinell, a quien la estada en la regin lo haba convencido de que "al hombre civilizado le resulta ms fcil salvajizarse al tratar con los indios, que no conseguir que los indios se civilicen con los actos de los civilizados" (1987, p. 81). Cuando reformulamos esta idea en trminos contemporneos, advertimos que, en la lucha contra el fundamentalismo, le resulta ms fcil al defensor de los valores democrticos terminar actuando como un fundamentalista y no lograr que el fundamentalista se convierta en un partidario de la democracia. Esto implica que, a la larga, se hace necesario proteger la democracia no slo de sus agresores sino tambin de sus autoproclamados defensores.

Esta paradoja se nutre de la circunstancia de que es muy difcil luchar contra el miedo sin apelar a su vez al miedo como escudo de proteccin. Se ha dicho con frecuencia que la violencia genera ms violencia; una afirmacin similar vale en caso del miedo. Quien vive rodeado de una atmsfera de miedo percibe el peligro en todas partes; se siente asediado por enemigos que, sin embargo, no logra identificar claramente. Negri y Hardt han mostrado que "hoy en da les resulta cada vez ms difcil a los idelogos de Estados Unidos nombrar a un nico, unificado enemigo; por el contrario, parece que hay enemigos menores y elusivos en todas partes" (2001, p. 202). Un corolario importante que se deriva de esta atmsfera de peligro es que, bajo su influencia, la representacin de la realidad tiende a revertir en mecanismos de dominio. Quien vive en un mundo aterrador se convence fcilmente de que el nico modo de sobrevivir consiste en inspirar a su vez un terror an mayor. Por este camino, la lucha contra el miedo termina sirviendo para justificar la construccin de muros, el trazado de lneas fronterizas, el diseo de armamentos ms sofisticados, la produccin de identidades ficticias, la bsqueda de chivos expiatorios sobre los cuales descargar la furia de la venganza.

El precio que se paga por ello radica en el debilitamiento de la legitimidad del gobierno instituido. Como mostr Benjamin hace casi un siglo, el derecho que tienen los gobernantes de hacer cumplir las leyes se basa en la fuerza, por ms que la finalidad del derecho sea la superacin del estado en el cual impera la ley del ms fuerte. Esto implica, por un lado, que ningn sistema de gobierno puede renunciar al uso de la fuerza, al mismo tiempo que, por el otro, los despliegues de fuerza mediante los cuales hace cumplir la ley debilitan (sobre todo una vez traspasan cierto lmite) el principio del cual extraen su propia legitimidad: "A la larga, toda violencia conservadora de derecho indirectamente debilita a la fundadora de derecho en ella misma representada, al reprimir violencias opuestas hostiles. (...) Esta situacin perdura hasta que nuevas expresiones de violencia o las anteriormente reprimidas, llegan a predominar sobre la violencia fundadora hasta entonces establecida, y fundan un nuevo derecho sobre sus ruinas" (Benjamin, 1999, p. 44). El terrorismo sin duda no ofrece una base legtima para fundar un nuevo derecho. Sin embargo, en sus esfuerzos por reprimir el terrorismo, los gobiernos pueden terminar realizando un despliegue de fuerza desproporcionado (es decir, terrorista en mayor o menor grado) debido a la dificultad de identificar al enemigo, que se torna cada vez ms inasible y escurridizo. El hecho mismo de declararle la guerra a los terroristas es ya un sntoma de esta desproporcin que, como ha sealado Habermas, slo puede conducir a una "guerra a ciegas" (Borradori, 2003, p. 66). De ah que, por momentos, el terror desencadenado por los terroristas y el terror de las respuestas estatales tiendan a confundirse, a volverse borrosos e indistintos. En la novela La inmortalidad de Kundera se encuentra una frase que, si se nos permitiera cambiar la palabra 'odio' por la palabra 'miedo', dira: "El peligro del miedo consiste en que nos ata al adversario en un estrecho abrazo". Este parece ser el riesgo que afrontan hoy los gobiernos democrticos que han sido atacados por el terrorismo. Ello no significa que la globalizacin del miedo implique necesariamente un regreso al terrorismo de Estado, esa herencia siniestra de la revolucin francesa en la cual el poder estatal mantena el control absoluto de un territorio mediante el uso de la fuerza. Si bien diversos indicios parecen indicar un retorno de la Realpolitik y del estado guardin hobbesiano, en nuestra poca ya no se trata tanto de controlar los territorios mediante el terror como de gestionar, administrar, dosificar hbilmente el terror que el sistema mismo produce, de manera que la situacin tome, como por aadidura, el curso deseado. La ambigedad implcita en los atentados del 11 de septiembre ilustra bien este punto. Los terroristas que organizaron el ataque y el gobierno del pas atacado tenan un inters compartido: darle a los hechos la mayor resonancia posible a travs de los medios. Como era de esperarse, cada una de las partes procur sacar el mximo partido del funcionamiento del aparato meditico, a fin de encauzar el terror en la direccin ms acorde con los propios objetivos, por ms que el inters de unos consistiera en sembrar el miedo por doquier mientras que el de los otros consista en canalizar ese miedo (cuyo desencadenamiento no se haba podido impedir) para legitimar una respuesta aplastante y al mismo tiempo estratgica.

El miedo mismo entretanto sigue su propia lgica, en paralelo a los esfuerzos de unos y otros por ponerlo a su servicio. Los nuevos ataques que tuvieron lugar en Madrid y en Londres encontraron el terreno abonado para la propagacin de una desconfianza generalizada, en especial contra los extranjeros residentes en esos pases. A diferencia de los miedos desatados por eventos anteriores (como la explosin de un reactor nuclear en Chernobyl o el accidente deThree Mile Island), en los cuales la reaccin negativa de la opinin pblica recay sobre la tecnologa y el armamento desarrollados durante la Guerra Fra, los ataques terroristas recientes han producido desgarrones que afectan directamente el tejido social, incrustando en l un elemento de suspicacia e inestabilidad. La amenaza que provoca mayor temor ya no es la de una guerra nuclear ni la de un accidente nuclear (aunque estos temores an subsisten), sino la de un ataque nuclear organizado por grupos criminales o bandas terroristas. A esto hay que agregar el temor constante a los ataques ms pequeos pero igualmente destructivos que acontecen aqu y all, golpeando de pronto donde menos se lo espera. Cualquiera podra ser la prxima vctima; el victimario puede estar en cualquier lugar. Todo esto ocurre en un momento histrico en el que las sociedades democrticas resultan muy vulnerables frente a los embates del miedo, tanto por la amplificacin meditica del temor como por la atomizacin de las propias audiencias, integradas cada vez ms por individuos relativamente aislados, cuyas viviendas y cuyos proyectos de vida tienden a ser unipersonales. Bajo estas condiciones, construir lazos de solidaridad no resulta una tarea fcil. Aqu vale la pena recordar el certero aforismo de Gonzalo Arango: "El miedo amontona, no une". Las comunidades del miedo son constitutivamente frgiles; en ellas mismas prospera el gusano destinado a carcomerlas.

Precisamente por ello, el hecho de que la gestin calculada del miedo haya prevalecido hasta ahora en las respuestas polticas a la amenaza terrorista constituye un sntoma tanto ms revelador del futuro que se avecina para la aldea global. En un alarde de realismo que, empero, no basta para disimular el carcter profundamente reaccionario de su pensamiento, Huntington escribe: "Tras el 11 de septiembre, el presidente Bush dijo: "Nos negamos a vivir con miedo". Pero este nuevo mundo es un mundo aterrador y los estadounidenses no tendrn ms remedio que convivir con ese temor o, incluso, vivir atemorizados" (2004, p. 383). Si aprender a vivir en un mundo aterrador es la tarea para la cual todos tendrn que prepararse, entonces lo que se avizora en el horizonte es una verificacin de la tesis de Benjamin segn la cual el estado de sitio constituye un modelo adecuado para la interpretacin de la vida social. Con este matiz esencial: lo que para Benjamin constitua un argumento en contra de la idea de progreso, representa para Huntington su resultado inevitable y natural, razn por la cual hay que resignarse a l. La retrica que proclama: "Nos negamos a vivir con miedo", es la misma que no considera la posibilidad de someter su propio privilegio de producir miedo a algn tipo de restriccin. Cuando Bush declara: "El mundo es un lugar peligroso", sin duda tiene razones para decirlo, puesto que de su pas proviene ms del 50% de las armas que se producen en el mundo. Por eso no es de extraar que la sociedad globalizada parezca estar prxima a convertirse, no en un escenario de convivencia cosmopolita, sino en un estado mundial de miedo permanente. Esa es la forma que adopta hoy la apora que est en el ncleo del proceso modernizador. Como dice Susan Sontag, la sensibilidad tica moderna se define por "la conviccin de que la guerra, aunque inevitable, es una aberracin. De que la paz, aunque inalcanzable, es la norma. No es as, desde luego, como la guerra ha sido vista a travs de la historia. La guerra ha sido la norma, y la paz, la excepcin" (2003, p. 74). Que la guerra sea la norma significa que el estado de discordia deja de ser excepcional y que el imperio del miedo, lejos de ser el efecto de una situacin espordica, es el tono principal que marca el comps de la vida diaria. Desde esta perspectiva, la sociedad global no puede ser caracterizada en trminos de hospitalidad ni aun de tolerancia, pues su esencia consiste ms bien en la estilizacin y la regimentacin del estado de guerra, en la perpetuacin de las luchas bajo formas a las cuales insistimos en denominar con etiquetas pudorosas tales como convivencia o pacto social.

El terrorismo es, por lo tanto, y a pesar de su irracionalidad, un producto lgico del orden mundial que ahora intenta castigarlo y desmantelarlo. Si bien es apenas obvio que los pactos, las alianzas y las formas civilizadas de convivencia funcionan bien para muchos, tambin es cierto que otros pagan con su sufrimiento o su angustia ese "feliz" resultado. Ya no es posible disimular por ms tiempo que son las propias estructuras del capitalismo global las que generan situaciones objetivas que hacen posible el terrorismo. De aqu extrae su validez la afirmacin de Beck segn la cual "el capitalismo global amenaza la cultura de la libertad democrtica al radicalizar las desigualdades sociales y al revocar los principios de la seguridad y la justicia social" (2002, p. 40). La finalizacin de esa gran crisis mundial que fue la Guerra Fra ha dado paso a una crisis permanente que circula por todas partes, a un terror descentrado que se niega a permanecer confinado dentro de las fronteras de los estados nacionales. Sucede un poco como si el terror reservado hasta ahora para los ms dbiles estuviera tratando de "redistribuirse" de una manera ms equitativa (con un xito parcial, ya que el viejo esquema hegemnico ha sido vulnerado pero est lejos de ser derrotado). Estos efectos de reacomodamiento de las fuerzas son un claro indicio de las luchas subterrneas que minan el capitalismo. En este sentido, el reconocimiento de que la globalizacin del miedo es un efecto emergente desencadenado por la mundializacin de las comunicaciones no puede hacernos perder de vista los escenarios locales de constitucin del miedo. Los hechos de terror se nutren de circunstancias especficas que es preciso analizar en cada caso. El miedo es globalizado por los medios, pero los medios slo globalizan miedos que han sido previamente producidos. La produccin del miedo, a su vez, no responde slo al fanatismo de ciertos grupos radicales; responde tambin a las dinmicas globales que lo hacen posible y que se encargan luego de multiplicar su resonancia, constituyendo un bucle en el que el terror se retroalimenta a s mismo sin cesar.

Conclusin

A la luz de las anteriores consideraciones, la globalizacin del miedo se nos presenta como un fenmeno sumamente complejo en el que intervienen al menos tres factores principales: a) inaprehensibilidad y propagacin horizontal de las nuevas formas de terrorismo; b) presencia invasiva de los medios de comunicacin en la vida cotidiana de las personas en el mundo entero; c) utilizacin estratgica del miedo por parte de los poderes poltico-econmicos del capitalismo global. Una comprensin adecuada de la globalizacin del miedo requiere una investigacin minuciosa de las complejas articulaciones que existen entre estos factores (tarea que, desde luego, desborda ampliamente el alcance de este artculo). Si bien el potencial que los factores citados tienen para suscitar una atmsfera de miedo depende en gran medida de las tensiones y de los riesgos tpicos de la modernidad tarda, el anlisis especfico de sus formas de eslabonamiento puede arrojar luces acerca de las condiciones en las cuales el miedo global aparece como un fenmeno indito en la historia.

La ciudadana global es una aspiracin que, como subraya Richard Falk (2004), ha eclipsado por el momento, debido tanto a los ataques del 11 de septiembre como a la reaccin de Estados Unidos y sus aliados. Bajo las circunstancias actuales, el panorama presenta un aspecto sombro en cuyo horizonte se perfila una sociedad en estado de miedo permanente. La tecnologa, la comunicacin y la poltica convergen como los principales factores que hacen posible ese estado de miedo. Si, como pensaba Hannah Arendt, la violenciaa diferencia del poderdepende del uso de artefactos de destruccin e intimidacin, entonces nuestra poca est especialmente expuesta a la violencia y al terror en la medida en que ese tipo de artefactos es hoy ms sofisticado que nunca. Si, como sugiere Gil Calvo, el miedo es la emocin ms contagiosa que existe, entonces nuestra poca resulta especialmente vulnerable ante el miedo debido al incremento del conocimiento pblico del riesgo motivado por la expansin mundial de los medios masivos. Si el estado de sitio es, como sostena Benjamin, un modelo adecuado para la interpretacin de la historia moderna, entonces nuestra poca, lejos de rebasar las aporas fundadoras de la modernidad, las lleva hasta su extremo al convertir la aldea global en el escenario de un despliegue generalizado del miedo.

La globalizacin del miedo, sin embargo, no es en modo alguno un proceso irreversible (aunque la globalizacin misma s lo sea). El estado de miedo permanente, lejos de ser una consecuencia inevitable, constituye ms bien un desafo a la espera de una respuesta inteligente. Spinoza nos ofrece una pista clave a la hora de revertir la hegemona del miedo. ste, en efecto, es slo una de las caras de una moneda cuya otra cara es la esperanza.

Para vencer el miedo, es preciso vencer antes la seduccin que ejerce la esperanza de seguridad. Esto no implica, empero, abrirle las puertas a la resignacin y la pasividad. Implica solamente la necesidad de decirle adis a las ilusiones del progreso o, por lo menos, de someter sus promesas a una crtica severa, sobre todo cuando tienen lugar en un contexto poltico. La historia es el reino de la libertad y, por lo tanto, del peligro. En este sentido, el miedo es un compaero inseparable del ser humano. Sin embargo, de aqu no se sigue que sea necesario resignarse a vivir acosados por el miedo. La tarea es ms bien, como sugiere Taussig, "despojar de su sensacionalismo al terror" (1987, p. 135). Esto revela, de un lado, la necesidad de desactivar la magnificacin meditica y psicolgica del miedo, y del otro, la urgencia de no ignorar por ms tiempo las condiciones sociales que lo perpetan.


Referencias

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Beck, U. (2002). The Cosmopolitan Society and its Enemies. Theory, Culture & Society, 19(1-2), 17-44.

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Edgardo Ordoez, Filsofo y magster en filosofa. Docente e investigador en la Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario. Autor del libro Poesa y modernidad (Bogot: Ministerio de Cultura de Colombia, 2002).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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