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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-08-2016

Fidel Castro en su noventa aniversario
El mejor homenaje a Fidel, mirar en su misma direccin

Marta Harnecker
Rebelin


Presentacin

Hace algo ms de medio siglo, cuando en los hogares latinoamericanos se celebraba el comienzo del nuevo ao, una buena nueva ocurra en Cuba: un ejrcito guerrillero de base social campesina triunfaba en la isla caribea liberando al pas de la tirana batistiana. Se inauguraba as un proceso poltico que no pretenda slo derrocar a un dictador, sino que buscaba seguir una lnea consecuentemente revolucionaria: transformar profundamente la sociedad en beneficio de las grandes mayoras.

Este triunfo de las fuerzas populares, encabezadas por el Movimiento 26 de Julio y dirigidas por el joven abogado Fidel Castro Ruz, despert la simpata de la mayor parte de la izquierda occidental, pero muy especialmente de la izquierda de Amrica Latina. Era una luz que asomaba en el oscuro ambiente conservador que entonces se viva en el subcontinente.

Haba roto con dos tipos de fatalismo muy difundidos en la izquierda latinoamericana: uno geogrfico y otro militar. El primero planteaba que los Estados Unidos no toleraran una revolucin socialista en su rea estratgica y Cuba triunfa muy cerca de sus costas. E l segundo sostena que dada la sofisticacin que haban alcanzado los ejrcitos, ya no era posible vencer a un ejrcito regular, pero la tctica guerrillera empleada por los revolucionarios demostr que era posible ir debilitando al ejrcito enemigo hasta llegar a derrotarlo.

Era lgico, entonces, que, luego del triunfo cubano, el tema de la lucha armada pasase a ser el tema central de discusin de la izquierda de nuestra regin. Pero detrs de las armas y de la tctica guerrillera, haba mucho ms; exista toda una estrategia poltica construida y aplicada hbilmente por Fidel, sin la cul no puede explicarse dicha victoria.

El mximo dirigente cubano entendi muy bien que la poltica no poda ser el arte de lo posible una visin conservadora de la poltica, sino el arte de construir una correlacin de fuerzas social, poltica y militar que permitiera transformar lo que pareca imposible en ese momento en algo posible en el futuro.

He seleccionado como una contribucin a esta revista las conclusiones de mi libro La estrategia poltica de Fidel. Del Moncada a la victoria [1] por considerarlas de absoluta actualidad.

La primera de ellas se refiere al tema del enemigo inmediato y la amplitud del frente poltico . All sealo las grandes lecciones que pueden obtenerse de la enorme flexibilidad tctica que emple Fidel para construir la amplia alianza con todas las fuerzas anti-batistianas. El lder cubano entendi que para lograr el triunfo contra el dictador era necesario unir al mximo de fuerzas sociales y por ello fue paso a paso construyendo la unidad no slo con las clases y sectores revolucionarios, sino tambin con sectores reformistas y, an con aquellos sectores reaccionarios que tuviesen la ms mnima contradiccin con el dictador. Para lograr este objetivo tuvo que replegarse en muchos aspectos, pero nunca cedi en cuestiones de fondo: jams acept una posible injerencia extranjera para facilitar las cosas, ni la utilizacin de un golpe militar con los mismos objetivos, ni la exclusin de fuerza alguna representativa de algn sector del pueblo.

En la segunda se refiere a los criterios que us la construir la unidad de las fuerzas revolucionarias . En esta parte del texto sealo las enseanzas que podemos extraer de su propia prctica y de sus discursos. Nadie como l luch por esa unidad, transformndola en el pilar de su estrategia poltica antes y despus de la victoria. Fidel prefiri evitar las discusiones tericas para centrar su energa en aplicar una estrategia poltica correcta; estaba convencido de que sera la prctica la que lograra resolver con menos desgaste interno las diferencias ideolgicas y polticas de los distintos grupos revolucionarios.

Para terminar esta pequea presentacin quiero recordar una frase de Antoine de Saint-Exupry: Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma direccin.

Pienso que la mayor expresin de amor y el mayor homenaje que podemos hacer a Fidel en su 90 aniversario es mirar en su misma direccin.

Marta Harnecker 12 julio 2016

Fidel: La estrategia poltica de la victoria (Seleccin) CONCLUSIONES 1. El enemigo inmediato y la amplitud del frente poltico

La estrategia seguida por Fidel para conformar el bloque de fuerzas sociales que permiti el derrocamiento de Batista y luego la marcha hacia el socialismo nos deja grandes lecciones.

A pesar de que el dirigente cubano saba perfectamente que las nicas fuerzas revolucionarias consecuentes eran slo las que conformaban su concepto de pueblo, saba tambin que las clases dominantes contaban con medios muy poderosos para mantener el rgimen establecido, entre ellos el apoyo del pas imperial ms poderoso del mundo.

Su gran mrito histrico fue haber sabido definir con claridad cul era el eslabn decisivo que permitira asir toda la cadena y de esa manera hacer avanzar a la revolucin, y eso no era otra cosa que la lucha contra Batista y el rgimen que l encarnaba. Era necesario unir el mximo de fuerzas sociales para derrocar a la tirana, unir no slo a las clases y sectores revolucionarios sino tambin a los sectores reformistas y an a aquellos sectores reaccionarios que tuvieran la ms mnima contradiccin con el dictador.

De ah que en el programa del Moncada planteara slo medidas de tipo democrticoburgus y aunque se propona medidas que afectaran a los intereses norteamericanos no se hizo nunca una declaracin formal antimperialista. Luego, en el Pacto de la Sierra, como ya vimos, desaparecieron an las medidas relacionadas con las nacionalizaciones , para terminar en el Pacto de Caracas con un programa mnimo reducido a las medidas ms esenciales: castigo a los culpables, defensa de los derechos de los trabajadores, orden, paz, libertad, cumplimiento de los compromisos internacionales y bsqueda del progreso econmico, social e institucional del pueblo cubano.

En lo que Fidel nunca cedi fue en cuestiones de fondo, las nicas que podan estancar el desarrollo del proceso revolucionario, y ellas fueron: la no aceptacin de la injerencia extranjera, el rechazo al golpe militar y la negativa a conformar un frente que excluyera a alguna fuerza representativa de un sector del pueblo.

Las lneas ms generales acerca de la necesidad de conformar un amplio frente antimperialista y antioligrquico quedaron plasmadas en la II Declaracin de La Habana, el 4 de febrero de 1962. Por eso es que, doce aos despus, preocupado por la desunin de las fuerzas democrticas y progresistas de Chile, y, en concreto, de la ausencia de criterios comunes dentro de la propia Unidad Popular (frente poltico que apoyaba a Allende), en un momento en que ya la ofensiva de las fuerzas reaccionarias se hacia evidente, decide recordar esas palabras. Y lo hace, justamente, en la parte final de su discurso de despedida, despus de haber visitado Chile durante varias semanas, el 2 de diciembre de 1971.

Veamos lo que dice al respecto:

El imperialismo, utilizando los grandes monopolios cinematogrficos, sus agencias cablegrficas, sus revistas, libros y peridicos reaccionarios, acude a las mentiras ms sutiles para sembrar el divisionismo e inculcar entre la gente ms ignorante el miedo y la supersticin a las ideas revolucionarias, que slo a los intereses de los poderosos y explotadores y a sus seculares privilegios pueden y deben asustar.

El divisionismo, producto de toda clase de prejuicios, ideas falsas y mentiras; el sectarismo, el dogmatismo, la falta de amplitud para analizar el papel que corresponde a cada capa social, a sus partidos, organizaciones y dirigentes, dificultan la unidad de accin imprescindible entre las fuerzas democrticas y progresistas de nuestros pueblos. Son vicios de crecimiento, enfermedades de la infancia del movimiento revolucionario que deben quedar atrs. En la lucha antimperialista y antifeudal es posible vertebrar la inmensa mayora del pueblo tras metas de liberacin que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales, la pequea burguesa y las capas ms progresistas de la burguesa nacional. Estos sectores comprenden la inmensa mayora de la poblacin y aglutinan grandes fuerzas sociales capaces de barrer el dominio imperialista y la reaccin feudal. En ese amplio movimiento pueden y deben luchar juntos por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de Amrica, desde el viejo militante marxista hasta el catlico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y los seores feudales de la tierra.

Ese movimiento podra arrastrar consigo a los elementos progresistas de las fuerzas armadas, humilladas tambin por las misiones militares yanquis, la traicin a los intereses nacionales de las oligarquas feudales y la inmolacin de la soberana nacional a los dictados de Washington.

Estas ideas dice fueron expresadas hace 10 aos y no se apartan un pice de las ideas de hoy. [2]

Pero esta amplia poltica de alianzas que Fidel tuvo en mente desde los inicios, y en la que exista una preocupacin especial por recuperar el mximo de elementos del aparato represivo del estado (recordar palabras dirigidas a los militares y a los jueces en su autodefensa), fue implementada siguiendo, a su vez, determinadas consideraciones estratgicas. Fidel busca primeramente la unidad de las fuerzas revolucionarias y slo despus de realizar un esfuerzo en este sentido es que plantea una unidad ms amplia. Es importante observar aqu que el no logro pleno de la unidad entre los revolucionarios no lo detiene en su avance hacia la unidad ms amplia. Pero slo da pasos concretos hacia ella cuando el Movimiento 26 de Julio ha logrado constituirse en una fuerza respetable y su estrategia de lucha ha sido probada con xito en la prctica, es decir, cuando ha logrado alcanzar una repercusin decisiva en el escenario poltico. De otro modo se corre el riesgo, como ya sealbamos, de quedarse a la zaga de las fuerzas burguesas.

Reflexionando, en diciembre de 1961, acerca del proceso de unidad con las fuerzas burguesas y concretamente sobre el rompimiento del Pacto de Miami dice:

[...] Nos quedamos solos pero realmente en ese momento vala mil veces ms andar solos que mal acompaados.

[...] por qu en aquella poca, cuando nosotros ramos cientoveinte hombres armados, no nos interesaba aquella unidad amplia con todas las organizaciones que estaban en el exilio y, sin embargo, despus, cuando nosotros tenamos ya miles de hombres, s nos interesaba la unidad amplia? Muy sencillo, porque cuando ramos cientoveinte hombres, la unidad les hubiera proporcionado abierta mayora a elementos conservadores y reaccionarios o representantes de intereses no revolucionarios aunque estuvieran contra Batista. En aquella unin nosotros ramos una fuerza muy reducida. Sin embargo, cuando al final de la lucha ya todas aquellas organizaciones se convencieron de que el movimiento marchaba victoriosamente adelante y que la tirana iba a ser derrotada, [y] se interesaron por la unidad, ya nosotros ramos una fuerza decisiva dentro de aquella unidad. [3]

2. Criterios acerca de la unidad de las fuerzas revolucionarias

En relacin a la conformacin de la unidad de las fuerzas revolucionarias Fidel proporciona algunos criterios de gran inters en una conversacin con estudiantes chilenos en 197l:

Lo ideal en poltica es la unidad de criterios, la unidad de doctrina, la unidad de fuerzas, la unidad de mando como en una guerra. Porque una revolucin es eso: es como una guerra. Es difcil concebir la batalla, que se est en el medio de la batalla con diez mandos diferentes, diez criterios diferentes, diez doctrinas militares diferentes y diez tcticas. Lo ideal es la unidad. Ahora, eso es lo ideal. Otra cosa es lo real. Y creo que cada pas tiene que acostumbrarse a ir librando su batalla en las condiciones en que se encuentre. No puede haber una unidad total? Bueno, vamos a buscar la unidad en este criterio, en este otro y en este otro. Hay que buscar la unidad de objetivos, unidad en determinadas cuestiones. Puesto que no se puede lograr el ideal de una unidad absoluta en todo, ponerse de acuerdo en una serie de objetivos.

El mando nico si se quiere, el estado mayor nico, es lo ideal, pero no es lo real. Y por lo tanto, habr que adaptarse a la necesidad de trabajar con lo que hay, con lo real. [4]

En relacin al proceso de unificacin de las fuerzas revolucionarias podemos extraer tres grandes lecciones de la experiencia cubana:

La primera, expresada ya en las palabras de Fidel anteriormente citadas: es necesario que los dirigentes revolucionarios tengan como preocupacin central avanzar en el proceso de unidad de las fuerzas revolucionarias y para ello no hay que partir de las metas mximas sino de las metas mnimas. Un ejemplo de ello es el Pacto de Mxico entre el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario.

La segunda: lo que ms ayuda a la unificacin de las fuerzas revolucionarias es la puesta en prctica de una estrategia que demuestre ser la ms correcta en la lucha contra el enemigo principal. Si produce frutos satisfactorios se irn plegando a ella durante la lucha, en el momento del triunfo o en los meses o aos posteriores, el resto de las fuerzas verdaderamente revolucionarias.

Si la unidad a todo nivel se gesta prematuramente, antes de que estn suficientemente maduras todas las condiciones para ello, lo que puede ocurrir es que, o se llegue a conformar una unidad puramente formal que tiende a caer hecha trizas ante el primer obstculo que aparezca en el camino, o puede producir la inhibicin de estrategias correctas representadas por grupos minoritarios que, en pro de la unidad, se deciden a renunciar a ellas para someterse al criterio de la mayora, con las consecuencias negativas que ello tendr para el proceso revolucionario en su conjunto.

Y, tercero, algo muy importante para lograr la unidad perdurable de las fuerzas revolucionarias y de lo que Fidel fue siempre el mximo promotor, valorar en forma correcta el aporte de todas las fuerzas revolucionarias sin fijar cuotas de poder ni en relacin a su grado de participacin en el triunfo de la revolucin, ni en relacin a la cantidad de militantes que tenga cada organizacin. Es decir, establecer la igualdad de derechos de todos los participantes, combatiendo cualquier complejo de superioridad que pudiese presentarse en alguna de las organizaciones que conforman la unidad.

Los ms ricos aportes de Fidel sobre este tema se producen en su lucha contra el sectarismo, especialmente en el llamado primer proceso a Escalante, en marzo de 1962, cuando Anbal Escalante, secretario de organizacin de las ORI primer esfuerzo por institucionalizar la unidad de las fuerzas revolucionarias despus del triunfo de la revolucin empieza a copar todos los puestos y funciones con viejos militantes marxistas, lo que en Cuba no quera decir otra cosa que ser militante del PSP, nico partido marxista antes de la revolucin.

En lugar de promoverse una organizacin libre de revolucionarios se estaba creando una coyunda, una camisa de fuerzas, un yugo, un ejrcito de revolucionarios domesticados y amaestrados. Fidel insiste, en ese momento, en que es necesario combatir tanto el sectarismo de la Sierra como el sectarismo de los viejos militantes comunistas marxistas.

Y al respecto sostiene:

La revolucin est por encima de todo lo que habamos hecho cada uno de nosotros: est por encima y es ms importante que cada una de las organizaciones que haba aqu, Veintisis, Partido Socialista Popular, Directorio, todo. La revolucin en s misma es mucho ms importante que todo eso.

Qu es la revolucin? La revolucin es un gran tronco que tiene sus races. Esas races, partiendo de diferentes puntos, se unieron en un tronco; el tronco empieza a crecer. Las races tienen importancia, pero lo que crece es el tronco de un gran rbol, de un rbol muy alto, cuyas races vinieron y se juntaron en el tronco. El tronco es todo lo que hemos hecho juntos ya, desde que nos juntamos; el tronco que crece es todo lo que nos falta por hacer y seguiremos haciendo juntos. [...]

Lo importante no es lo que hayamos hecho cada uno separado, compaeros; lo importante es lo que vamos a hacer juntos, lo que hace rato ya estamos haciendo juntos: y lo que estamos haciendo juntos nos interesa a todos, compaeros, por igual [...] [5]

4. Ese mismo da dir en otro discurso refirindose a su caso personal: Yo tambin pertenec a una organizacin. Pero las glorias de esa organizacin son las glorias de Cuba, son las glorias del pueblo, son las glorias de todos. Y yo un da agrega dej de pertenecer a aquella organizacin. Qu da fue? El da [en] que nosotros habamos hecho una revolucin ms grande que nuestra organizacin; el da en que nosotros tenamos un pueblo, un movimiento mucho ms grande que nuestra organizacin; hacia el final de la guerra, cuando tenamos ya un ejrcito victorioso que habra de ser el ejrcito de la revolucin y de todo el pueblo; al triunfo, cuando el pueblo entero se sum y mostr su apoyo, su simpata, su fuerza. Y al marchar a travs de pueblos y ciudades, vi muchos hombres y muchas mujeres; cientos, miles de hombres y mujeres tenan sus uniformes rojo y negro del Movimiento 26 de Julio; pero ms y ms miles tenan uniformes que no eran rojos ni negros, sino camisas de trabajadores y de campesinos y de hombres humildes del pueblo. Y desde aquel da, sinceramente, en lo ms profundo de mi corazn me pas, de aquel movimiento al que queramos, bajo cuyas banderas lucharon los compaeros, me pas al pueblo; pertenec al pueblo, a la revolucin, porque realmente habamos hecho algo superior a nosotros mismos. [6]



[1] . Escrito en 1985 y publicado en numerosos pases de Amrica Latina (con 3 ediciones en Per) y en en ingls.Se puede encontrar en formato digital en: http://www.rebelion.org/docs/89864.pdf

[2] . Fidel Castro, 2 de diciembre de 1971, en CubaChile, Comisin de Orientacin Revolucionaria, La Habana, 1972, p.487.

[3] . F. Castro, Comparecencia en TV del 1 de diciembre de 1961; O.R, op.cit. pp.2728; La revolucin cubana..., op. cit. p.407.

[4] . Fidel Castro, Conversacin con los estudiantes de la Universidad de Concepcin, en CubaChile, Chile, 18 noviembre, 1971, op.cit. p. 274.

[5] . Fidel Castro, Discurso del 26 de marzo de 1962, en Obra revolucionaria N 10, p.2930; La revolucin cubana..., op.citp. p.539.

[6] . Fidel Castro, Discurso del 26 de mayo de 1962, en Obra revolucionaria N11, 27 marzo, 1962, pp.3637; La revolucin cubana..., ob.cit. pp.545546.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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