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(el Pueblo quiere la paz)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-08-2016

Otegi y la Espaa que no cambia

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


En mi ltimo artculo hablaba de la paradjica excepcin vasca para explicar la sorprendente irrupcin de Podemos y la relevancia simblica de la candidatura de Pili Zabala en un marco en apariencia blindado o petrificado. Lo cierto es que si en algn sitio ha habido cambios una verdadera recomposicin del marco cultural se ha sido el Pas Vasco. En Euskadi, en efecto, todo ha cambiado en los ltimos diez aos: ha cambiado el escenario de confrontacin y violencia, ha cambiado la relacin de fuerzas, ha cambiado la izquierda aberztale y ha cambiado, sobre todo, la gente. Todo ha cambiado salvo una cosa: la poltica vasca del gobierno espaol que es, por desgracia, una poltica de Estado. Espaa no ha cambiado lo suficiente en relacin consigo misma y no ha cambiado nada en relacin con el Pas Vasco, donde sigue comportndose como si los deseos de paz, dilogo, convivencia y democracia fueran otra forma o una forma light de terrorismo, o como si, contra ese deseo colectivo de paz, dilogo, convivencia y democracia, su deseo el del gobierno de Espaa fuese el retorno de la confrontacin y, en consecuencia, de la violencia y el terrorismo.

No tiene otra explicacin la negativa institucional a aceptar la democrtica candidatura de Arnaldo Otegi para las prximas elecciones vascas. Es verdad que la interpretacin (del cdigo penal) que pretende su inhabilitacin se inscribe en toda una serie de leyes de excepcin que fueron previamente interpretadas en su contra a fin de mantenerlo en la crcel durante seis aos, y ello a pesar de las protestas de tres premios Nobel, tres expresidentes latinoamericanos y un exfiscal general de los Estados Unidos, figuras de reconocido prestigio nada sospechosas de izquierdismo radical y an menos de independentismo anti-espaol. Nada tiene de extrao, pues, que el ministro de justicia, Rafael Catal, que hace un ao se expres contra las penas genricas, como lo es la de inhabilitacin recogida en la sentencia del caso Otegi, ahora se pronuncie de manera tajante en sentido inverso a fin de negar al lder abertzale su derecho a ser votado por los vascos el prximo mes de septiembre.

Nada tiene de raro, pero s de inquietante y amenazador. Hay que aceptar que, en el contexto de la excepcin vasca, todo fue y sigue siendo poltico, incluidas las doctrinas jurdicas y su aplicacin concreta. Cualquier interpretacin de la sentencia de Otegi as como la propia sentencia es el resultado de una decisin poltica. Si se aceptase la candidatura del dirigente de Bildu conforme a derecho, esa conformidad tambin sera una decisin poltica, y no exclusivamente jurdica o democrtica. Eso es justamente lo que debera preocuparnos: el hecho de que, pudiendo escoger entre dos polticas, el gobierno y la fiscala sigan escogiendo aqulla que los ciudadanos vascos y la propia izquierda abertzale han dejado atrs y quieren a toda costa olvidar. Esta politizacin del Derecho y de los derechos, que impide la democratizacin del Pas Vasco y del conjunto de Espaa, es una apuesta al mismo tiempo ideolgica y electoralista. Al PP no le importa quedar fuera de juego en Euskadi, y menos an resucitar polarizaciones y alimentar radicalizaciones, si con ello apuntala una Espaa parcialmente muerta que, en cualquier caso, sigue reportando beneficios electorales a escala estatal. An ms: mientras la poblacin vasca, incluidos los sectores abertzales, han cambiado ya y quieren pasar la pgina del conflicto, el gobierno del PP y sus polticas de Estado siguen apostando por la radicalidad y la excepcionalidad. La negativa a aceptar la candidatura de Otegi revela una vez ms hasta qu punto es necesario cambiar el gobierno central para pacificar y democratizar definitivamente Euskadi y cmo a la inversa sin la democratizacin poltica de Euskadi, que es ya un hecho cultural incontestable, jams habr un verdadero cambio democrtico en Espaa.

En Euskadi todo es todo ha sido siempre poltica. Aqu nunca empez realmente la transicin y, para poder empezar la segunda, habr que completar antes la primera. Los periodistas de los grandes medios tienen derecho a pensar lo que quieran de Otegi, a juzgarlo moralmente abyecto o siniestro o indigno de todo aprecio o reconocimiento personal. No estn obligados a tenerle ninguna simpata y, si son vascos, an menos a votar en su favor en las elecciones de septiembre. Pero no deja de resultar censurable, por hipcrita e ideolgico, ese doble rasero en virtud del cual tantos de nuestros periodistas y polticos no paran de elogiar la conversin democrtica de Surez o Fraga, surgidos de las entraas de la dictadura ms sangrienta de la segunda mitad del siglo XX (segn la ONU) para liderar desde dentro la transicin, y se niegan a reconocer un papel equivalente a Otegi en relacin con ETA. Esta falta de honestidad poltica tiene una raz claramente ideolgica y sus efectos, desde hace 40 aos, son terriblemente destructivos. Si an no se ha solucionado la cuestin nacional (me refiero a la espaola) es en buena parte por esta intervencin ideolgica y radical de nuestros medios de comunicacin, empeados todava hoy, cuando la sociedad vasca va muy por delante, en reproducir esquemas superados de confrontacin que, adems de muertos, han provocado un debilitamiento general de las instituciones democrticas.

Se piense lo que se piense de Otegi, la verdad es sta: nunca debi entrar en la crcel, una vez en ella debi salir enseguida y hoy debera poder presentarse libremente a las elecciones para que sean los ciudadanos vascos, y no una decisin poltica de la fiscala o del gobierno espaol, los que se pronuncien sobre su gestin del pasado y su proyecto de futuro. En una Euskadi en la que todo ha cambiado es probable que Otegi saque un resultado electoral por debajo de sus mritos de pacificador; lo que es seguro es que los que quieren negarle su derecho a la candidatura y siguen apostando por la polarizacin, el conflicto y la violencia, van a obtener muchos menos votos que l. En Euskadi Espaa es ya una fuerza zombi, una cultura residual, la resistencia muerta de una ideologa injusta y autoritaria que ojal se vuelva muy pronto marginal tambin en la propia Espaa.

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/08/19/otegi-la-espana-no-cambia/8969

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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