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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-09-2016

Crtica de la capitalidad donostiarra de la cultura (IV)
La memoria, el tormento y la crcel como cultura

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


La tradicin de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos [] La revolucin social del siglo XIX no puede sacar su poesa del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneracin supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolucin del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. All, la frase desborda el contenido; aqu, el contenido desborda la frase.

Karl Marx, El dieciocho Brumario de Lus Bonaparte

 

1. Presentacin

2. La cultura del miedo  

3. El aporte argentino  

4. La eterna virtud clsica  

5. Silencio sobre tortura y crcel

6. La excusa de los dos demonios

7. Resumen

 

1. Presentacin

Esta es la cuarta entrega de la serie que nuestro colectivo Herri Kultur Taldea dedica al montaje de San Sebastin-Donostia Capital Europea de la Cultura 2016. Las tres entregas anteriores fueron , Donostia, capital cultural de Europa , del 23 de octubre de 2015; Durango y la culturilla donostiarra , del 10 de diciembre de 2015, y Cultura y rebelin del 31 de mayo de 2016. Todas ellas disponibles en la red.

En esta cuarta entrega vamos a reflexionar sobre las muy negativas consecuencias que tiene para la cultura vasca y humana en general la poltica de silencio y represin invisible que practica el llamado D-16 sobre la cultura vasca en su sentido fuerte, en el que estamos exponiendo en las tres entregas anteriores y que terminaremos de hacerlo a finales de este ao. Cultura del pueblo trabajador aplastado por la explotacin, por la tortura y por la crcel, por todas las represiones y limitaciones.

Una cosa es la culturilla mercantilizada franco-espaola e imperialista en s misma que se representa en el mercadillo donostiarra y otra absolutamente opuesta a ella es la cultura como produccin y administracin colectiva de los valores de uso, en nuestro caso tal cual se realiza en Euskal Herria a pesar de todas las dificultades, diferencias, oposiciones y contradicciones posibles, empezando por la opresin lingstica. Es sabido que la lengua es el ser comunal que habla por s mismo. Ser comunal es el ser no atado por las cadenas internas y externas de la propiedad privada, es el ser rico en la potencialidades creativas emergentes de la propiedad comn. Lo privado restringe y limita; lo comn libera y ampla.

Pues bien, la mercanca cultural es privada en su esencia porque es mercanca: est fabricada industrialmente para ser vendida en el mercado produciendo un beneficio al empresario propietario de la fbrica cultural. Como hemos expuesto en otras entregas, la explotacin asalariada en la industria cultural con un alto grado de precarizacin [1] origina en respuesta luchas sindicales que pueden llegar a tener un contenido poltico si profundizan en su radicalizacin y se amplan a otros sectores del pueblo trabajador. Ahora mismo, por ejemplo, las y los trabajadores del Museo Guggenheim han convocado huelga de ocho das contra las condiciones de explotacin [2].

Es conocido que la Fundacin Guggenheim juega un papel bsico en la lucha cultural mundial que enfrenta a los pueblos con la culturilla imperialista, optando por el criterio del museo como escaparate cualitativo de la mercanca de alto precio y consumo selecto. Carecemos de espacio para una crtica de ese instrumento de dominacin que es el museo en su acepcin oficial y hacer una defensa de los intentos de hacer del museo un medio de concienciacin popular [3], pero es muy ilustrativo que en poco tiempo haya habido una huelga victoriosa en el Museo de Bellas Artes de Bilbo y ahora mismo se haya convocado otra en el Museo Guggenheim.

Por qu es ilustrativo? Porque indica que el precariado cultural vasco se organiza en uno de los pilares mtico de la aparente neutralidad cultural como es el museo. La izquierda vasca no puede seguir desinteresndose en gran medida de la lucha cultural, intelectual e ideolgica no solo como sucede con la pasividad de EH Bildu frente a San Sebastin-Donostia Capital Europea de la Cultura 2016 , sino contra el imperialismo del saber en su conjunto. Y ello porque, como veremos en esta cuarta entrega, el imperialismo del saber se yergue sobre los cadveres de la memoria popular, cadveres formados por la extincin de las vivencias de la crcel, de la tortura sobre todo a las mujeres, de la represin generalizada, del exilio interno o externo Se yergue sobre ellos imponiendo una mentalidad sumisa, atemorizada y frgil, necesitada de una historia y memoria oficiales, construidas por el poder.

La manipulacin programada y sistemtica de las profundas fuerzas o debilidades subjetivas, subconscientes e inconscientes, irracionales o racionales, es decir, la ciencia de la manipulacin de la estructura psquica de masas, acta en todo momento para destruir la memoria oprimida e imponer la docilidad. Es una destruccin silenciosa e invisibilizada por la apariencia de normalidad social y de progreso cultural. Hay que leer a Giovanni Jervis cuando en Manual crtico de antipsiquiatra [4] dice:

Somos exhortados a ser normales obedeciendo a las leyes, honrando al padre y a la madre, vistindonos como requiere nuestra condicin social, teniendo las distracciones y las costumbres de nuestro propio ambiente, comportndonos de modo tranquilo y sensato, as sucesivamente. La normalidad viene prescrita como una serie variable (segn las clases) de cdigos de comportamiento; si sta es violada intervienen la represin judicial y la psiquitrica, en particular si el sujeto pertenece a clases sociales subordinadas.

L a capitalidad cultural tiene como un objetivo prioritario imponer un complejo cultural diverso en su apariencia, multicolor, atrayente y hasta crtico en alguna de sus expresiones, pero frreo y monoltico en su sustancia. Qu sustancia? La de la dominacin mediante la normalizacin. Recordemos que los sinnimos de normalizar son determinar, regular, estandarizar, uniformar y regularizar o poner en orden algo que no lo estaba y, sobre todo, hacer que algo se estabilice en la normalidad, en la ley vigente. La novelstica, por citar una parte de la industria cultual, es tremendamente eficaz en la tarea de criticar la normalidad sin combatir sus fundamentos ltimos, solo alguna de sus expresiones externas, aunque tambin, como demuestra Raquel Arias Careaga en Novela y marxismo [5] puede concienciar crticamente segn su calidad poltica y artstica.

La mercanca cultural que se expone y vende en Donostia, y por extensin en Euskal Herria, es la que fabrica la industria poltico-cultural imperialista. Cualquier otra expresin cultural no reducida a valor de cambio, a mercanca, debe ser expulsada del mercadillo donostiarra. La crtica de la tarea normalizadora de la literatura, para seguir con el ejemplo, est ausente del programa, y sobre todo ha de ser prohibida toda referencia a la novelstica sobre el llamado problema vasco que profundice a las races sociales, polticas y econmicas que asfixian la produccin literaria en euskara, por no hablar de la produccin cientfica en euskara.

Una de las obsesiones de la culturilla mercantil expuesta en Donostia es la de ocultar la historia real, sangrante, del pueblo donostiarra y en especial el contenido emancipador y subversivo de la cultura popular que las masas donostiarras han desarrollado en su vida bajo y dentro de la larga opresin nacional de clase que padecen y han padecido. Por ejemplo, la presencia actual, a da de hoy, de una larga historia de crmenes, asesinatos, torturas, censuras, crceles, destierros, multas, prohibiciones, exilios, humillaciones, robos y saqueos sufridos por las poblaciones populares desde, como mnimo, la victoria poltico-cultural y militar definitiva del capitalismo en el ltimo tercio del siglo XIX en la parte de Euskal Herria bajo dominacin espaola. Esta victoria definitiva ya vena precedida y exigida por la expansin econmica y social del capitalismo que fue expulsando y aplastando a la economa medieval paulatinamente desde el siglo XIV.

La Donostia torturada, expropiada, trabajadora y popular, ha creado una multifactica cultura propia desde ese ltimo tercio del siglo XIX bajo la opresin nacional de clase obrera y pueblo trabajador, sobre las bases previas de explotacin social capitalista creciente desde el siglo XIV. La cultura popular genera la memoria popular y viceversa en un bucle, en interpenetracin permanente, y ambas determinan la identidad nacional de clase del pueblo trabajador, que como toda identidad est en movimiento permanente por la dialctica de sus contradicciones y de las presiones y ataques externos. Pues bien, esta memoria y cultura anclada en el valor de uso colectivo, no solo es silenciada y ocultada sino combatida a muerte por la culturilla mercantil que se ofrece y vende en Donostia.

Por ejemplo, la memoria popular donostiarra tiene una reciente carga emotiva, afectiva y psicopoltica esencialmente determinada por la resistencia desesperada de la Comuna de Donostia en verano de 1936 ante la invasin fascista extranjera que a la vez, dialcticamente, era lucha de clases en el interior de Donostia y de Gipuzkoa, para seguir con el encuadre geogrfico. Mientras que la memoria de la Donostia burguesa, enriquecida, gira alrededor de la entrada de ese ejrcito fascista internacional el 13 de septiembre de 1936, de la larga dictadura franquista posterior y de la tambin larga dictablanda monrquica espaola disfrazada de constitucin democrtica.

En esta lucha de contrarios socioeconmicos y poltico-culturales radica en definitiva el artificial e interesadamente embrollado debate sobre la Memoria como abstraccin formal y ahistrica, metafsica, fabricada por la casta intelectual para negar que existen dos grandes y antagnicas memorias colectivas reales: la que justifica la explotacin y la que justifica la emancipacin. Entre ambas memorias irreconciliables coexisten variantes, memorias parciales por cuanto estn construidas y se (re)construyen permanentemente para mantenerse a s mismas sin ser absorbidas por las otras dos.

Por ejemplo, por un lado tenemos la memoria espaola en lo esencial, constitucionalista, monrquica y hasta republicana, pero defensora al final de la unidad espaola; por el lado contrario, tenemos la memoria de las naciones trabajadoras oprimidas por el Estado espaol y que en cuanto memoria del pueblo trabajador tiene conciencia nacional de clase; y entre ambos bloques que chocan segundo a segundo, tenemos las memorias de las medianas y pequeas burguesas regionales y autonmicas.

La intervencin del Estado a favor de su memoria, en contra de la enemiga y, dependiendo de las circunstancias, apoyando o atacando a las memorias parciales intermedias, es decisiva. Incluso tienen que reconocerlo as colectivos de investigacin psicopoltica que quieren mantener la ficcin weberiana de neutralidad en los juicios de valor. As es el caso del estudio realizado por J. F. Valencia y M. Villarreal en Conflicto poltico en Euskadi: un enfoque psicosocial de la participacin poltica no institucional [6], cuando reconocen el contexto social clasista de finales del siglo XIX alta burguesa, burguesa media autctona, campesinado, etc., sobre el que se form el primer nacionalismo sabiniano.

Y ms adelante los autores precisan ms an: El ataque franquista a los smbolos, prcticas sociales, culturales, lingsticas, sindicales, a personas, el bloqueo de objetivos polticos, etc., van a posibilitar la toma de conciencia de grupo inferior, si bien con un fuerte sentido de ilegitimidad de la relacin con el exogrupo (Estado espaol), lo cual unido al relajamiento del rgimen ayudara a la percepcin de dicha relacin como inestable en la que las alternativas cognitivas y la accin social jugarn un papel importante [7].

O dicho por nosotros, el nacionalcatolicismo, la educacin, la prensa, etc., franquista y los posteriores retoques constitucionalistas, sin olvidarnos de los sucesivos sistemas represivos globales que van desde el Plan ZEN hasta la Ley Mordaza pasando por la Ley de la Patada en la Puerta, etc., y las especficas leyes antiterroristas; tambin debemos incluir en la accin del Estado contra la memoria del pueblo trabajador todas las leyes antisindicales, de precarizacin y de destruccin de derechos sociales, leyes que destrozan la cotidianeidad, que rompen las races colectivas de la clase y del pueblo, que incomunican las nuevas formas de mal vivencia impuestas con las formas de socializacin de la primera y segunda infancia en la que se formaron los ejes de la memoria bsica.

La masa de datos e informes disponibles desautoriza toda afirmacin segn la cual la persecucin franquista de la lengua y cultura vasca estuvo al margen del contexto de guerra cultural fra mantenida hasta finales del siglo XX y recientemente reiniciada. En la dcada de 1950 el imperialismo multiplic la guerra cultural contra el socialismo, en 1951 se cre en la Euskal Herria dominada por el Estado espaol la base de tiro de las Bardenas Reales, utilizada por las fuerzas areas de la OTAN. Desde 1953 Estados Unidos convirti al Estado espaol en un protectorado con funciones mltiples. Los servicios secretos del PNV estaban integrados en los yanquis.

Frances Stonor Saunders nos recuerda en La CIA y la Guerra Fra cultural que fue en ese contexto cuando, dentro de la Campaa por la Verdad, el presidente norteamericano hizo esta declaracin:

Nuestro objetivo en la guerra fra no es conquistar o someter por la fuerza un territorio explicaba el presidente Eisenhower en una conferencia de prensa. Nuestro objetivo es ms sutil, ms penetrante, ms completo. Estamos intentando, por medios pacficos, que el mundo crea la verdad. La verdad es que los americanos queremos un mundo en paz, un mundo en el que todas las personas tengan oportunidad del mximo desarrollo individual. A los medios que vamos a emplear para extender la verdad se les suele llamar guerra psicolgica. No se asusten del trmino porque sea una palabra de cinco slabas. La guerra psicolgica es la lucha por ganar las mentes y las voluntades de los hombres [8].

La verdad necesitaba la guerra psicolgica. La gente no debe asustarse por un trmino de cinco slabas. Eisenhower y sus asesores pensaban que la ignorancia funcional o absoluta de la gente le impide comprender el significado de trminos de cinco o ms slabas. En buena medida estaban en lo cierto. Pensar es peligroso, la ignorancia tranquiliza. La verdad del imperialismo debe ser sencilla, asequible, tranquilizadora, sin complejo argumentos que tienen el riesgo de incitar a la gente a pensar. Verdad y normalizacin social requieren paz de espritu, concordia y perdn. La memoria insufrible de los pueblos machacados desde siglos, o al menos desde 1936, ser borrada pacficamente por la guerra psicolgica.

La pregunta es Y si no quieren olvidar su memoria e identidad? Si quieren actualizarla, profundizarla, hacerla presente? Una respuesta muy vlida por su alcance y contenido nos la dio Juan E. Garcs [9] cuando estudia el posfranquismo y la guerra fra, los mandatos yanquis, la monarqua y el papel del ejrcito, la tarea de la Trilateral, la constitucin de 1978, el tejerazo de 1981 y la posterior presin militar, la entrada en la OTAN, el papel asignado por este nuevo orden poltico-militar a los partidos poltico, y las tcnicas electorales. Como se aprecia, el Ejrcito espaol, la OTAN y otros poderes con oscuras ramificaciones, estn activas de forma descarada o encubierta hasta el presente.

2. La cultura del miedo

La accin socioeconmica, poltico-militar y cultural dirigida por el Estado espaol en cumplimiento de las exigencias del capital tienen tambin el objetivo de aniquilar la memoria de lucha y resistencia, y la identidad de clase y de pueblo, a la vez que reformar la memoria del sistema explotador y su identidad. No se trata de una lucha que se libra solo en Donostia y Gipuzkoa, en Euskal Herria a lo sumo. Es un permanente conflicto mundial entre el capital y el trabajo. L a violencia estatal planificada estratgicamente genera efectos psicopolticos de muy larga duracin que se suman a otros causados por fuerzas externas, acontecimientos azarosos o no directamente polticos, etc., como los estudiados por el colectivo de investigadores formado por D. Pez; D. Asun, J. Igartua, J.L. Gonzlez. L. Garca y C. Ibarbia despus de comparar cuatro pases: Chile, Estados Unidos, Gran Bretaa y Pas Vasco.

Hay que partir del hecho de que antes de estos ataques desestructuradores, las formas colectivas de asumir el dolor y de crear la memoria que racionaliza ese dolor eran diferentes a las que ahora existen: [] la guerra, las catstrofes (terremotos, sequas, inundaciones), el hambre y el paro, formaban parte de la experiencia social normal de Occidente. La gente las afrontaba intentando preservar las relaciones sociales normales interrumpidas y amenazadas; buscaban explicarlas y asimilarlas mediante los ritos sociales de dolor. Las prdidas, incluyendo las prdidas simblicas, culturales, de forma de vida, se asimilan mediante un proceso de duelo. Se hace frente a la prdida socializndola e incorporndola a lo que es social y psicolgicamente controlable [10].

Posteriormente, y en la medida en que las contradicciones del capital generan ms disciplina y miedo para asegurar las condiciones de explotacin y para imponer la agenda de la memoria oficial como muestra R. Vidal Jimnez [11], en esa medida aumentan los hechos traumticos que impactan en la memoria colectiva: La confrontacin o reparto (hablar) y la inhibicin social (evitar hablar) solo tienen asociaciones negativas significativas en los hechos traumticos de ser vctima de actuaciones violentas (torturas, palizas), en problemas que implican suicidios, homicidios o accidentes, en daos personales y a propiedades por desastres y en problemas de adulterio, separaciones o embarazos no deseados [12].

Los autores de este estudio colectivo insisten en que, a comparacin de Estados Unidos y Gran Bretaa, la escala de hechos traumticos muestra una cierta validez, ya que diferencia a los pases de forma congruente con la historia social. Hay ms exilio, ms regreso del exilio y mayor recuerdo de problemas econmicos en Chile y en el Pas Vasco. Hay tambin un total mayor de hechos traumticos recordados en esos pases [13]. La dictadura franquista y la dictablanda monrquica en Euskal Herria, y el pinochetismo chileno haban causado tales traumas psicopolticos que eran fcilmente discernibles. La pregunta que ahora nos interesa es cmo repercuten esos traumas y sus memorias en la capacidad popular de crear cultura libre y crtica?

Un ejemplo incuestionable sobre el impacto de los hechos traumticos en la identidad cultural del pueblo es la fuerza emancipadora que tuvo el Rock Radical Vasco no solo como grito contra la represin sino tambin como crtica de la cotidianeidad burguesa del momento, como explica Clara Mallo [14]. Fue una larga fase de crtica del orden sociocultural y poltico que no rompa con el fondo de denuncia de otras corrientes musicales vascas desde el grupo Ez dok amairu y otros en adelante, excepto en su novedosa crudeza y dureza musical. La izquierda debe estudiar la explosin cultural popular vasca desde la segunda dcada de 1960, inseparable del potente y complejo movimiento popular vasco en su conjunto, y todo l integrado en el proceso global de lucha de liberacin nacional de clase.

La obra de Oteiza fue decisiva en todos los sentidos y tambin Basterretxea con su pelcula Ama Lur de 1968, por nombrar algunas aportaciones cruciales. De entre las reivindicaciones mltiples del movimiento popular, ahora solo citamos cuatro insertas en la memoria colectiva: la recuperacin del euskara, la amnista, el medioambiente y el feminismo incluso en el plano artstico como recuerda Juan Plazaola [15]. Son cuatro pilares de la memoria y de la cultura popular que, en el nivel ms directo y pedaggico como el grabado, el cartelismo, el cmic, las pegatas, el dibujo, o sea la sntesis visual de las contradicciones sociales en sus mltiples formas de expresin, en este nivel de lo inmediato, han llegado a clmenes estticos realizados bajo la represin poltico-cultural de la II Repblica, en la trinchera antifranquista y en la retaguardia del frente, en la larga clandestinidad posterior, en el exilio y hasta en la crcel, bajo las democrticas leyes anti-terroristas, etctera [16].

Debemos tener siempre en cuenta el largo contexto de opresin nacional de clase en el que surgi semejante potencial cultural que aqu solo hemos rozado ligeramente. Por ejemplo, no hemos dicho nada de ese vital motor de la identidad vasca en su permanente actualizacin frente a los problemas que surgen a diario, y frente a los problemas histricos, que es el bertsolarismo. Una prctica de defensa y avance cultural popular que, como en otras naciones, sobrevive desde antes del medievo adaptada al capitalismo ms tecnologizado. Una prctica que podramos definir como la cultura total en accin directa porque no existe ruptura de la continuidad del proceso de produccin del valor de uso, el bertso, y su recepcin masiva como valor de uso colectivo en ese mismo instante, sin mercantilizacin burguesa alguna.

Basta una comparacin in situ entre el bertsolarismo y el rock radical vasco por una parte, y la pera y los grandes conciertos por otra, por movernos en un arte parecido, para ver el abismo que les separa. Javier Prez Senz [17] expuso la mercantilizacin absoluta de la pera, el negocio que supone: La msica es un arte inmaterial que las estrellas de la pera han convertido en negocio. Al contrario de que lo sucede con las y los participantes en el concierto de rock y en el bertsolarismo, la industria de la pera exige y a la vez crea un pblico pasivo, realmente inculto, engredo en su ignorancia esttica pero dispuesto y a la vez necesitado de pagar un alto precio por adquirir una apariencia artstica con la que chulearse en su entorno:

Aunque los compositores del siglo XX han creado un maravilloso repertorio lrico en el que los divos, afortunadamente, no tienen razn de ser, la mayora del pblico que acude a los coliseos quiere ver a las estrellas promocionadas por las multinacionales del disco cantando el repertorio ms trillado. Es un pblico que se aburre con Monteverdi, tolera mal a Mozart y ni se molesta en acudir al teatro si se programan obras del siglo XX. Quiere divos y est dispuesto a pagarlos [18].

Mientras que los conciertos de rock y el bertsolarismo son actos que exigen que el pblico sea parte de la construccin artstico-poltica en gran medida en vivo, con altas dosis de creatividad en tiempo real, en los conciertos de los divos manda la pasividad bobalicona. Mientras que el bertsolarismo y el rock radical, como la totalidad del movimiento popular, tienen un contenido de autogestin cooperativa para defender su independencia con respecto al imperialismo cultural y para obtener recursos siempre negados por el poder, por el contrario la industria del espectculo operstico dispone de grandes ventajas siendo una de ellas el que no se enfrenta al poder, no sufre los mecanismos represivos sutiles o descarnados que padece la cultura popular.

Por ejemplo, el evento oficial de la cultura burguesa europea ha sido sufragado por muchas instituciones oficiales y empresariales que buscan beneficios privados, mientras que la cultura popular y en especial la memoria de lucha han de superar infinidad de obstculos o una total negativa. Por ejemplo, la inauguracin oficial de las fiestas de Aste Nagusia de Donostia, uno de los momentos centrales del programa anual, ha corrido a cargo de un programa televisivo de nula calidad artstica que, con la excusa del comentario jocoso, lleva aos denigrando y ridiculizando hbitos populares vascos, sin referirnos ahora a las diferentes tesis al respecto entre Gamsci, Bourdieu, Canclini y otros autores.

Sin embargo, simultneamente, la inauguracin de las fiestas populares, autogestionadas en base al voluntariado horizontal que movilizan masas juveniles, era realizada por una y un prisioneros recientemente liberados: dos modelos contrarios de fiestas, el primero organizado por la propiedad privada y su ley, y el segundo por la propiedad colectiva autoorganizada.

Llegados a este punto, es conveniente ampliar la perspectiva estudiando otros procesos idnticos en la cuestin que ahora tratamos. Toda Nuestra Amrica es una leccin magistral para nosotros y nosotras, y an ms la experiencia argentina.

3. El aporte argentino

En el libro Miedos y Memorias en las sociedades contemporneas [19] se recogen las veinticinco ponencias presentadas en el Seminario Internacional celebrado en marzo de 2003 con el mismo nombre en la Universidad Nacional de Crdoba. Aunque la mayora de las ponencias se centran en las espeluznantes brutalidades de la dictadura militar, en las treinta mil personas desaparecidas, casi todas ellas dirigentes obreros de izquierda, y en los varios miles ms de detenidas y torturadas, en la guerra psicolgica destinadas a aniquilar la voluntad colectiva mediante la introyeccin de miedos en lo ms profundo y bsico de la identidad social de las clases explotadas; tampoco se olvidan de otras realidades como la peruana, en concreto, y la sociedad latinoamericana, en general, y mucho menos del sdico terrorismo patriarcal contra las militantes revolucionarias.

Deberamos analizar en extenso las veinticinco ponencias de este importante evento, ahora que precisamente es Argentina y el Cono Sur el lugar en donde ms se moviliza la democracia contra los culpables de la barbarie fascista, al contrario de lo que sucede en el Estado espaol. Por la intrnseca unin entre cultura y memoria, cultura y miedo, cultura y subjetividad psicopoltica, etc., por esto mismo la capitalidad cultural donostiarra deba haber dedicado un esfuerzo permanente a esclarecer esa intrincacin tan beneficiosa para la memoria del opresor y tan perniciosa para la del pueblo oprimido. Por ejemplo, en este aos de 2016 se cumple el 250 aniversario de la prohibicin de editar textos en lengua vasca, prohibicin dictada en 1766 con el aplauso de la intelectualidad espaola de entonces: cmo hubiera sido la cultura vasca actual sin aquella prohibicin?

Ms todava, deberamos extender nuestro estudio a toda Nuestra Amrica porque sus luchas por la memoria popular son de una actualidad incuestionable. De hecho, como indica Octavio Getino, tambin sera necesario extenderlos a Asia, a Vietnam en concreto, porque la lucha heroica de este pueblo abunda en testimonios parecidos a los de los ltimos cinco siglos latinoamericanos. Por su vala, me atrevo a transcribir esta larga pero imprescindible cita:

Destaco, sin embargo, la coincidencia histrica entre muchos de los modelos de dominacin cultural que hemos padecido y los que hoy se reproducen bajo nuevas formas, como expresin de proyectos de alcance ms global y totalizante. Tal coincidencia apunta en todos los casos a un objetivo habitual en todos ellos, como es el de querer suprimir la memoria colectiva base de cualquier identidad individual o social para sustituirla por otra distinta, aquella que se corresponde con las identidades de los otros. Esa reaccin violenta o persuasiva contra la memoria de la comunidad vencida sea por los ejrcitos, por los empresarios o por las estrategias de la sicologa de masas parte de un dato fundamental que a menudo subestimamos en nuestros anlisis. Me refiero a que nunca el pasado es lo que fue y eso lo saben bien los vencedores sino lo que queremos ser. Nunca la memoria evoca principalmente lo que no est, sino que alude, en trminos ms transcendentes y decisivos, a lo que deseamos que est. Nadie acude al rescate de momentos de su memoria por el mero placer de la evocacin, sino que recurre a ello cuando en ese revival se iluminan fuertemente algunos hechos o situaciones que son, precisamente, las que uno convoca para construir su propio y particular proyecto de futuro [20].

La carencia de espacio nos impide extendernos lo necesario en la riqueza de esta larga cita, en las lecciones debatidas en Argentina y Nuestra Amrica, y en las del resto de la humidad, que dicen sustancialmente lo mismo: la batalla por la (re)construccin de la memoria oprimida es un arma para el presente y el futuro. Por el contrario, la memoria del vencedor, es un arma de opresin, un arma del pasado que quiere eternizarse como presente muerto, sin futuro alguno, sin novedad ni creatividad. Aplastar toda posibilidad de que el pueblo vencido (re)construya su memoria prohibida es condenarle en buena medida a construir su libertad. El terror del ejrcito invasor, la explotacin asalariada del empresario y la alienacin provocada por la psicologa de masas, refuerzan la memoria vencedora y anula la vencida, aunque entre ambas se libra una permanente lucha a muerte.

No tenemos espacio suficiente as que intentaremos resumir estas y otras esenciales aportaciones en tres lecciones directamente relacionadas con los efectos de la represin no solo en la cultura, memoria e identidad popular sino tambin en la misma capacidad de pensamiento humano, porque los cuatro forman un uno.

La primera leccin consiste en que si perdemos las memorias, si olvidamos lo sucedido, solo perdurarn los miedos. Se habla en plural: miedos y memorias; y se habla de su dialctica: las memorias y los miedos son inseparables, lo que hace que la nica forma de superar el miedo al terror represivo material y simblico que buscaba establecer para siempre la dictadura militar es descubrir la realidad, sacarla a la luz y anclarla en las memorias vivas y activas del pueblo. En una de las ponencias, Teresa Cceres explica que el terror represivo busca y logra imponer el miedo a la palabra, establecer la imposibilidad de nombrar [21].

El miedo a la palabra es de hecho el miedo a la cultura libre, crtica y creativa, porque es el miedo no solo a la intercomunicacin colectiva sino a la vez miedo a la prospeccin subjetiva y autocrtica, sin la cual nuestra palabra nunca se transformar en cultura. La imposibilidad de nombrar es la castracin mental. mile Zola nunca hubiera podido escribir la lapidaria y lacnica frase de Yo acuso si no hubiese podido nombrar: Quin acusa a los torturadores que tras violar mujeres las asesinaban en nombre de la Cruzada Nacional contra el rojo-separatismo?

Al no poder verbalizar los miedos y sus causas, al no poder hablar de ellas, nombrar y citar con pelos y seales a los culpables, al aceptar claudicantemente la imposicin legal de la nica Memoria, la del poder, entonces se refuerza la ansiedad profunda. F. Neumann demostr la cotidiana perversidad reaccionaria del miedo que no se atreve a hablar [22] y sus efectos muy positivos para el capitalismo.

Ansiedad, miedo y silencio: sin duda esto es lo que se intent imponer a la aldeta argentina de Tumbaya-Jujuy de cien habitantes, veinte detenidos, seis desaparecidos, como indica Ludmila da Silva [23]. Leyendo esto nos vienen a la memoria muchos pueblos vascos, como Sartaguda, el pueblo de las viudas, por citar un solo caso de entre muchos: la altsima proporcin de habitantes de Donostia que tuvieron que marcharse de su ciudad antes de la llegada de los fascistas. Cmo impact en la cultura popular? De la misma forma que J. M. Esparza recopil las jotas herticas de los pueblos navarros, en la que se denunciaba sutil o descaradamente la explotacin, por qu ahora que se cumplen ochenta aos de aquella masiva huida provocada por el miedo a los crmenes franquistas, no se hace un reflexin cultural crtica en la capitalidad cultural donostiarra de 2016?

Por qu no se debate por ejemplo sobre los efectos del Plan ZEN aplicado por el primer gobierno del PSOE a finales de 1982 y de las anteriores y posteriores leyes antiterroristas sobre el desarrollo de la cultura, de las fiestas, de la libertad plena de discusin, etc.? Desde 1766, por no hablar de prohibiciones culturales precedentes, hasta la actual Ley Mordaza y las medidas ms recientes de recentralizacin poltico-educativa, cultural y social impuestas por el nacionalismo espaol, durante estos siglos se ha ido gestando lo que Marcos Roitmann Rosenmamm ha definido como miedo a pensar:

La gramtica de la vida, la semntica de los hechos, las metforas, las hiprboles y las analogas han quedado convertidos en residuos de un mundo en el que el miedo a pensar se une al rechazo a la praxis terica y la autocensura como mecanismo para justificar la ignorancia que nos rodea. El poder es consciente, promueve la ignorancia colectiva, generaliza el miedo a la crtica reflexiva, hasta hacerla irrelevante. Pensar trae consecuencias. Mejor no hacerlo. Es peligroso y subversivo [24].

Es innegable la eficacia del miedo y del terror en la destruccin del discernimiento lgico y crtico de la irreconciliabilidad entre la memoria oprimida y la opresora. D. Mundo [25] habla de la banalizacin sofisticada, ramplona o bien-pensante inherente a los dispositivos modernos de creacin de la subjetividad, de modo que el pueblo reprimido es expropiado de su autoconfianza y sensibilidad. El pueblo reprimido ya no es dueo de su mente. Recurro a esta brillante expresin ser dueo de tu mente utilizada por Ludovico Silva [26] porque expresa la hondura del problema.

Ludovico Silva se refiere a que los mejores representantes de la baja bohemia francesa, Mallarm, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, se resistieron a los cantos de sirena del dinero, de los contratos fciles y envenenados para triunfar en la vulgaridad de los salones literarios de la poca, funciones que ahora cumple la industria cultural, sabiendo que esa negativa les condenara a la miseria, pero eran por lo menos dueos de su mente. No eran sujetos frgiles, sino sujetos conscientes de su fuerza de pensamiento. Una caracterstica de los sujetos frgiles es precisamente la carencia de la autoconfianza, y el hecho de que se ven condenados a sufrir la historia que otros hacen en su lugar [27].

Las personas frgiles sufren la historia construida por el poder que les explota y que les ha fragilizado. La babeante fascinacin con que parte de la poblacin donostiarra y de la masa de turistas aceptan el fetichismo de la mercanca cultural tiene mucho que ver con su personalidad frgil: obnubilados aceptan la historia fabricada por el poder y sentir el sufrimiento que ello les provoca.

La independencia afectiva y emocional de las personas dueas de su mente es aqu decisiva porque, al engarzar con la memoria oprimida, rechaza la historia del opresor, su memoria falsa e interesada. G.Bellelli, G.Leone y A.Curci [28] sostienen  que la memoria colectiva es ms que las memorias compartidas de acontecimientos especficos: es una aproximacin sistemtica al pasado, que implica distintos niveles explicativos, que tiene en cuenta tanto procesos de grupo y dinmicas sociales generales como procesos interindividuales. Dentro de ella, ciertos acontecimientos tienen un papel estructurante alrededor del cual se organiza la representacin y aqu no dudan en recurrir a Walter Benjamn con el apoyo de Anna Arendt:

La distincin entre acontecimientos nicos y extensos utiliza una de las notables intuiciones de Walter Benjamn. l pensaba que la formacin de la memoria colectiva moderna se basaba en dos procesos sociales separados: la tradicin, por ejemplo, una transmisin lenta de generacin en generacin, y la citacin, por ejemplo, la memoria de aspectos emblemticos que mantienen su valor simblico incluso cuando se sacan de su contexto. La fuerza que hace que la citacin llame nuestra atencin y adopte un formato nico en la memoria se encuentra en su habilidad para ser al mismo tiempo distintiva y sinttica: es capaz de marcar una discontinuidad que interrumpa el flujo de la representacin colectiva, pero tambin para simbolizar todo un perodo grupando junto lo que es representado [29].

Ms adelante los autores se preguntan: Qu hace que cierto acontecimiento sea memorable, no solo para los individuos, sino para toda una comunidad, un grupo o una generacin, y le da una funcin estructurante en la representacin del pasado? Despus de recorrer algunas posibles respuestas, los autores sostienen que: La disponibilidad en el contexto es solo una premisa para que esto suceda. El factor crucial parece ser el resultado de una elaboracin colectiva, la medida en la que el grupo social puede percibir en ese acontecimiento algo que de manera significativa modifique sus propios planes colectivos, o su propia representacin del pasado. Tambin es esto lo que le da a ciertos acontecimientos el poder de provocar emocin despus de un largo perodo de tiempo [30], y en esta fundamental cuestin resaltan la importancia crtica de que sean las generaciones jvenes las que actualicen y reconstruyan la memoria colectiva mantenida viva por las generaciones adultas [31].

A esta misma leccin llega el estudio de la resistencia cultural al golpe de Pinochet en 1973 en Chile y el apagn cultural que impuso durante tantos aos: A fines de los aos ocheta se form el grupo Fiskales Ad Hok que con un sonido de tarro, por fuera de la academia y sin tener conocimientos musicales se lanzaron a tocar en una explosin de la llamada contra cultura, escena que integr tambin a Pedro Lemebel. En galpones, casas, en medio de toques de queda, buscaron a travs de la expresin artstica manifestar el odio y el abandono provocado por la brutal tortura y represin de los militares [32].

La juventud obrera chilena tard alrededor de quince aos en reponerse del pavor a la dictadura y empezar a provocar emocin despus de un largo perodo de tiempo. Aunque sin conocimientos musicales porque era de clase obrera empobrecida, la juventud empez. Analizando esta experiencia, el estudio concluye as:

Hoy se abre un espacio para retomar esa experiencia de resistencia y crtica a la institucionalidad abiertamente y sin tapujos, tambin para volver a impulsar un arte comprometido con la transformacin social, un arte militante que retome las expectativas revolucionarias aplacadas a punta de fusil. A la vez debemos luchar por eliminar la Ley Valds que mantiene el arte ligado a las grandes empresas permitindoles evadir impuestos; y acabar con el mercado educativo, abriendo las matriculas de las escuelas de arte de las universidades del estado, con ctedras nocturnas para trabajadores y conquistando la gratuidad para todos sin subsidio a los privados y financiada a travs de aportes directos sacados del impuesto a las grandes empresas y la renacionalizacin del cobre bajo control de los trabajadores [33].

4. La eterna virtud clsica

La elaboracin colectiva de la memoria, que es parte de la elaboracin colectiva de la cultura siempre que ambas sean populares en el sentido de creacin mayoritaria, as como el papel de las generaciones jvenes en su reconstruccin, estas cuestiones nos llevan a la segunda leccin: el debate argentino y de Nuestra Amrica parte de y desarrolla la cualitativa distincin que estableci la democracia ateniense entre memoria liberadora y memoria opresora. En la versin del famoso discurso de Pericles, muerto en -429, que ofrece Tucdides en Historia de la guerra del Peloponeso, el dirigente griego insiste en la importancia clave de honrar la memoria de quienes con su esfuerzo y sacrificio construyeron la democracia ateniense, de quienes entregaron Atenas libre a las generaciones posteriores [34]. La buena memoria popular consiste, segn Pericles, en el recuerdo activo de quienes en el pasado aseguraron nuestra presente libertad, de quienes lucharon por nuestra libertad:

Dieron, en efecto, su vida a la comunidad y por ello ha alcanzado casa eterna, alabanza y el ms honroso sepulcro, que no es tanto el lugar en el que yacen como aqul donde su gloria permanece en el recuerdo cada vez que se presenta la ocasin de la palabra o de la obra. Porque la tierra entera es tumba de los hombres ilustres y su seal no es solo una inscripcin en una estela funeraria de un pas; sino que incluso en tierra extraa su recuerdo no escrito vive ms en el corazn de todos que en algo tangible. Imitadlos vosotros ahora, considerad felicidad su libertad y libertad su valor, y no exageris los riesgos de la guerra, pues el desprendimiento de la propia vida no es realmente legtimo en los desgraciados que carecen de esperanza de felicidad, sino en los que an es posible que se produzca un giro completo en su vida y en los que mayores seran las diferencias en caso de fracaso. Pues para un hombre con orgullo es ms doloroso el dao debido a su cobarda que la muerte inesperada que le sobreviene en todo su vigor y participando en la comn esperanza [35].

Pericles no propona nada nuevo en lo que respecta a rendir culto a la memoria porque todos los poderes anteriores hacan lo mismo, excepto en el decisivo hecho de que el griego se refera solo a quienes haban luchado por la democracia contra la oligarqua. Que Atenas fuera una democracia esclavista, patriarcal e imperialista en grado sumo, no anula el valor progresista en su contexto histrico de aquel decisivo antagonismo entre la memoria democrtica y la memoria oligrquica. Ms an, tras afirmar que las madres de los muertos no han de preocuparse por el futuro ya que sern sostenidas con los recursos pblicos de Atenas, Pericles concluye asegurando que la ciudad se ocupar a expensas pblicas desde este mismo momento de la crianza de sus hijos hasta su juventud, ofreciendo esa til corona a estos y a los supervivientes de tales certmenes, porque los mejores hombres viven tambin entre aquellos para los que existen las mejores recompensar por la virtud [36].

Para la Grecia clsica la virtud consista en el recto y equilibrado quehacer diario en la defensa de la libertad democrtica alcanzada, y aunque lleg un momento en el que la corrupcin avanz ms all de la oligarqua debido a la abundancia del tentador oro persa, pudriendo a muchas personas, sin embargo para las fuerzas democrticas la virtud fue siempre la base de la libertad ateniense. Por esto mismo tiene tanta importancia para el concepto a ctual de memoria popular el saber que, en el perodo de esplendor, Atenas consideraba como una obligacin de Estado a expensas pblicas el que la virtud penetrara en la juventud desde su primera infancia, marcando su vida adulta.

Para Pericles los cobardes son los oligarcas que, como sucedi durante la batalla de Maratn en -490, librada cuando l tena cinco aos, esperaban ansiosos la noticia de la victoria persa para sublevarse contra la democracia en Atenas. Las fuerzas democrticas estaban al tanto del intento del golpe de Estado pro-persa de los oligarcas dirigidos por Hipias. Saban que estos destrozaran el poder popular instaurando un gobierno oligrquico ttere de Persia y protegido por su ejrcito ocupante si el ejrcito griego era derrotado en Maratn. Nada ms concluida la larga batalla de casi una semana, Filpides corri los 42 kilmetros que separaban Maratn de Atenas para comunicar la victoria griega, mientras que el ejrcito volva a marchas forzadas para impedir el desembarco de otra parte del ejrcito persa que se diriga a Atenas para ocupar la ciudad abierta por la oligarqua y aplastar a las fuerzas democrticas. La marina invasora no desembarc al ver que ya haba llegado el ejrcito griego y que la poblacin trabajadora y democrtica se preparaba para la resistencia. Atenas se haba salvado, por esa vez.

La virtud a la que se refiere Pericles no es una invencin retrica: es la autoconciencia popular y democrtica de la necesidad de la libertad. Diez aos despus de ser derrotados en Maratn, los persas atacaron de nuevo pero esta vez conociendo la feroz eficacia de la virtud griega, que ya vena asentada en las duras luchas de clase de los siglos -VII y -VI entre oligarcas y demcratas. La Segunda Guerra Mdica, de -480 a -479, se libr cuando Pericles tena quince aos. Ni la famosa batalla de las Termpilas ni la menos conocida batalla naval de Artemiso contuvieron por mucho tiempo la invasin. Regiones enteras de Grecia fueron arrasadas y Atenas incendiada. La devastacin fue sistemtica, y muchos oligarcas griegos apoyaron activa o pasivamente a los invasores. Al final, las batallas navales de Salamina y Micata, y la terrestre de Platea salvaron a Grecia.

El discurso fnebre de Pericles explica la irreconciliabilidad entre la cultura de la pequea clase oligrquica, siempre dispuesta a negociar con el invasor para mantener sus propiedades y seguir enriquecindose con la explotacin social, y la cultura popular. Cada cultura tiene su propia memoria. Pericles insiste, reafirma, el papel central del Estado y de la poltica en la permanente readecuacin e inculcacin de la virtud en las generaciones jvenes. Lo hace porque en su primera infancia, durante Maratn, y en su adolescencia, Termpilas, Artemiso, Salamina, Platea y Micata, la organizacin estatal de la socioeconoma, la guerra y la cultura e identidad griega, pese a sus diferencias internas, haba mantenido viva la virtud y haba terminado venciendo a la alianza entre la cobarda oligarca y el oro persa. Con sus palabras, Pericles reaviva esa memoria vital suya, la colectiviza, la actualiza a nuevas condiciones para mantener su esencia.  

5. Silencio sobre tortura y crcel

Nos hemos detenido en la Grecia del siglo -V porque anuncia la que ser una de las discusiones insolubles mientras que exista la propiedad privada de las fuerzas productivas y la explotacin social en lo que se refiere a las memorias y a las culturas: los corifeos intelectuales del poder acusan de violenta, terrorista, extremista de izquierda, socipata, criminal y hasta genocida recientemente a la memoria de las clases y pueblos explotados, a los que se les niega toda virtud y cualidad humana. Entramos as en la tercera leccin.

Para la oligarqua, el pueblo y sobre todo las mujeres eran despreciables e intiles, y siguen sindolo. Lo eran tanto que la oligarqua, por boca de Platn, se permite el derecho de mentir al pueblo como el mdico miente al paciente, pero condena a muerte al pueblo si este miente al Estado. Ms tarde, la Iglesia hablara de la mentira piadosa, la que practica la persona superior con la inferior, para guiarla por el buen camino, como el pastor a su rebao. Los nazis mostraron que una mentira reiterada se convierte en una verdad. El Plan ZEN del PSOE contra la izquierda abertzale recomienda el uso de la mentira siempre que sea creble. La Ley Mordaza castiga el decir la verdad.

Desde el lado humano del debate, la persona revolucionaria est obligada ticamente a guardar silencio o a mentir al torturador y al juez, al opresor. Son dos mentiras y dos verdades socialmente antagnicas dentro de un proceso de unidad y lucha de contrarios. La memoria popular se nutre de la verdad oprimida y lucha por actualizarla en la cultura como valor de uso, lo que exige que las personas que lo hacen sean libres, dueas de sus mentes, no seres frgiles, mentalmente esclavizados que aceptan su miseria como una cosa normal porque as lo demuestra la historia impuesta por el poder opresor. Las personalidades autoritarias y dogmticas no pueden crear ni libertad, ni verdad, ni cultura emancipadora. Es la izquierda autoritaria? Es dogmtica la memoria roja? Tiene razn la tesis que sostiene que hay que silenciar y marginar del programa de la cultura europea toda referencia a la memoria de lucha popular, mientras que s hay que ofrecer una mercanca cultural supuestamente neutral y asptica, agradable a los consumidores, que no les cree dudas e interrogantes inoportunos?

Las respuestas a estas preguntas y ellas mismas estn, sin embargo, condici onadas con anterioridad por la permanente manipulacin autoritaria del miedo social inherente a la civilizacin burguesa. B. Temkin Yedwab y G. Flores-Ivich nos explican la importancia de tener siempre en cuenta la fuerza poltica conservadora que se esconde en la personalidad autoritaria-dogmtica presente en franjas sociales. I ndican entre otras cosas que cuanto mayor sea la movilidad cognitiva existente en el capitalismo actual, menos poder de conviccin tendrn los partidos tradicionales formados en una fase anterior de menos movilidad cognitiva [37]. Vemos que la poltica tradicional se enfrenta as a un problema cada vez ms decisivo: Cmo garantizar la fidelidad poltica de las y los votantes con creciente movilidad cognitiva, cmo conocer sus puntos dbiles subjetivos, inconscientes, y cmo manipularlos para seguir obteniendo sus votos?

La psicologa poltica, convenientemente cocinada, puede resolverles algunos de esos problemas mediante la teledireccin del autoritarismo-dogmatismo [38] que la sociedad burguesa introduce en la estructura psquica de masas. Vicente Romano ha detallado cmo influye la violencia oficial, la psicolgica y la meditica en la sumisin social, y cmo al amparo de esta violencia visible e invisible, se aplican las tcnicas de manipulacin de masas que recurre por lo general a la seleccin, el silenciamiento, la comunicacin protocolaria, los mitos de la sociedad occidental, las encuestas y los sondeos de opinin, la censura, la personificacin de la poltica y la presentacin lingstica [39].

La capitalidad cultural donostiarra tiene an tiempo en lo que resta de 2016 para combatir la mentalidad sumisa, autoritaria, frgil, no duea de s, dependiente de la historia oficial, dogmtica, por ejemplo activando una campaa explicativa sobre la ideologa carcelaria y torturadora [40] presente en la cultura espaola y que en Hego Euskal Herria se ha materializado, como mnimo, en esas 5.022 personas torturadas desde 1947 a 2014 [41] sobre una poblacin de poco ms de 2.814.000 persona. Qu efectos culturales ha supuesto esta tortura? Una pregunta urgente de responder de la que huye el grupo organizador del mercadillo cultural.  

6. La excusa de los dos demonios

Se escapa de esas y otras reflexiones imprescindibles el efecto de la dispersin carcelaria sobre las condiciones de vida y de tiempo libre para el desarrollo cultural de varias decenas de miles de personas que aguantan sobre ellas la injusticia vengativa de la dispersin carcelaria porque no quiere enfrentarse a sumisin y acepta la tesis de que hay que luchar contra la memoria de la violencia. A lo sumo que llega es a admitir la tesis de los dos diablos: tan malos eran Marx como Bismarck, Lenin como el Zar, Gramsci como Mussolini, Ho como Nixon, el Che como Videla, Allende como Pinochet: violencias extremas igualmente condenables aunque la segunda, en cierto modo, defenda los valores eternos pero con mtodos equivocados, excesivos, mientras que la primera quera y quiere destruir esos valores eternos, los de la propiedad privada, quiere romper Espaa.

Segn la tesis de los dos demonios no existe distancia cualitativa entre la violencia de uno y de otro: un demonio es la dictadura militar y el otro es la violencia guerrillera; ambos son terroristas y culpables. Segn ella, la democracia ha sufrido el ataque de dos enemigos antagnicos pero iguales en su maldad, y de lo que se trata es de construir la paz, la normalidad social, tarea en la que las vctimas y el perdn juegan un papel clave por ayudan a olvidar. Segn esta tesis, Pericles deba haber defendido el olvido en vez de la virtud. Pero entonces surge una insoportable pregunta: hubiera existido la majestuosa e inagotable cultura clsica griega sin virtud y con olvido, o dicho de manera directa, con cobarda?

Con rigurosa lgica J. C. Volvonich pulveriz la mentira de la neutralidad equidistante de la tesis de los dos infiernos [42]. Esta teora es inseparable de la otra, la de la supuesta obediencia debida al mando criminal y de la solucin democrtica de la llamada Ley de Punto Final, por la cual quedaban libres y exonerados de toda culpa por la teora de la obediencia debida la gran mayora de criminales. ngel Fiasche aniquil esta teora en su brillante artculo La obediencia al mal [43]. De esta forma, el diablo azul, el fascista, goza de la ventaja del perdn de la mayora inmensa de sus bestias, mientras no sucede as con las y los militantes rojos, condenados por la eternidad.

Pero al margen de su falsedad, las teoras de los dos demonios y de la obediencia debida tienen una ventaja incuestionable: que son aceptadas y propagadas por el reformismo lo que facilita sobremanera su penetracin en las mentes sumisas, deseosas de congraciarse con el dogmatismo y autoritarismo. El reformismo es conscientemente pacifista y por ello es sumamente inmoral como demuestra Terry Eagleton [44]. Esa inmoralidad pacifista explica que el reformismo pueda estrechar las manos ensangrentadas del fascismo en aras de la paz mientras que exige e impone toda serie de renuncias a las fuerzas revolucionarias, como la del rechazo del derecho a la rebelin contra la injusticia. En el Estado espaol la cobarda tica y poltica del PSOE y del PCE es la responsable de que solo siga habiendo un demonio: el rojo-separatista, precisamente el que no ha existido mientras que el verdadero, el nico real, sigue en los altares.

Una de las razones de la fuerza irracional del neofascismo y del nacional-catolicismo, que desborda al simple peso electoral de la derecha radica en la cobarde pasividad del reformismo en la condena del terror franquista desde hace ms de setenta aos, lo que refuerza el conservadurismo social [45]. En Euskal Herria, por el contrario, uno de los grandes mritos de la izquierda abertzale ha sido y es el de mantener viva la memoria popular, vivencia que hace que salten de inmediato las crticas demoledoras contra una versin espaola de los dos demonios aplicada a Euskal Herria, como explica Iaki Egaa [46] y Sare Antifaxista [47], sin olvidarnos de la esplndida labor del movimiento popular Ahaztuak.

Otro gran mrito de la izquierda abertzale, en general, radica en haber recuperado la dialctica entre valores y memorias como fuerza vital para destrozar la unidad entre terrorismo, capitalismo e ideologa analizada por C. Tupac [48]. La materialidad de los valores humanos es una necesidad imperiosa para la vida de la memoria popular porque, entre otras cosas, los valores, la tica revolucionaria, se insertan en la afectividad y en los sentimientos profundos de los pueblos y de las personas. La paciente explicacin de la historia vasca desde finales del siglo XIX y en especial desde 1936 ha logrado que decenas de miles de vascas y vascos asuman que las concretas libertades son a la vez las memorias concretas de las brutalidades realizadas por el nico demonio: el imperialismo franco-espaol.

Pero es mucho lo que resta por hacer; ms precisamente, la memoria debe (re)hacerse siempre porque las nuevos ataques del nico demonio, el azul, los cambios sociales y los avances en el conocimiento de la historia real nos obligan a enriquecer, profundizar y ampliar la memoria como leccin de futuro que nos legaron quienes lo dieron todo. Entramos ahora en otro punto crtico de nuestra reflexin sobre la memoria, el tormento y la crcel porque es necesario aclarar que solamente las personalidades sin componentes dogmticos y autoritarios pueden crear cultura y memoria libertadora. Nos referimos al manido debate sobre la llamada personalidad autoritaria, la personalidad que se protege en el dogmatismo cerril para negar la realidad, o si se quiere de la obediencia como una patologa, problemtica constante en nuestra crtica de la culturilla burguesa.

Peter Brckner empieza su reflexin con un interrogante: Qu es lo que realmente pretenden nuestro esfuerzos pedaggicos y polticos: tranquilidad o libertad? [49]. Nosotros preguntamos: qu es lo que pretende la memoria popular y su poltica pedaggica: normalizar y tranquilizar el orden establecido, o avanzar a la libertad? Qu pretende la cultura popular: dopar o despertar? Recordemos por un instante la cita de Giovanni Jervis sobre la normalizacin arriba presente y leamos ahora estas palabras de Peter Brckner:

La educacin poltica presupone la liberacin y superacin de los tabes y principios. Y esto no lo puede conseguir ninguna autoridad ajena a nosotros mismos. La restriccin del pensamiento y la sensacin de sentiros aprisionados en prejuicios no deja de ser el resultado de la obediencia consciente y de la aprendida. El motivo principal de nuestros errores se encuentra en los prejuicios de nuestra niez, en los conceptos con los que me dej convencer, sin preguntar sobre su verdadero contenido, en la niez (Descartes). La prohibicin colectiva de buscar o preguntar fuera del campo de los problemas abiertos (los que estn permitidos por los estilos educativos autoritarios) provocan miedo en el que se atreve a hacerlo, si es que ha llegado ya a proyectar sobre s mismo aquellas exigencias de prohibicin; incluso las desviaciones de un mtodo establecido, llegan a producir intranquilidad. Aqu es donde termina la formacin y empieza la obediencia social [50].

El miedo a preguntar, a pensar, al que ya nos hemos referido arriba, aparece ahora ms directamente relacionado con la prdida de la libertad para superar los tabes, para crear cultura y movimiento popular, y con la victoria ltima de la obediencia social. Una mente obediente es incapaz de crear cultura y a la vez de (re)construir la memoria oprimida que ha sido reducida a cenizas. Hay que ser conscientes de que la actualizacin de la memoria se enfrenta de un modo u otro a la teora de manipulacin del terror segn la explica William F. Stone [51]. Hay que empezar advirtiendo que W. F. Stone ya demostr en 1990 que no puede existir un autoritarismo de izquierdas y que, hasta esa fecha, haban fracasado los intentos de crearlo artificialmente por lo que tiene poco fundamento lgico y emprico [52].

En su artculo de 2001 el autor desarrolla la TMT mostrando cmo las tesis de Adorno sobre la personalidad autoritaria, escritas en 1950 bajo el impacto del nazismo, han sido enriquecidas por investigaciones posteriores de modo que en la actualidad, s puede hablarse de la manipulacin del terror para fortalecer el autoritarismo psicopoltico. El desarrollo de una personalidad autoritaria o democrtica depende de un complejo juego de factores, entre los que W. F. Stone destaca, los sistemas de proteccin culturales de la ansiedad inherente a la dominacin burguesa:

Los protectores de ansiedad culturales se aprenden inicialmente en las rodillas de los padres, despus a travs de la escuela, los compaeros y los medios de comunicacin. Estas verdades varan, por supuesto, en cada cultura especfica y en cada subcultura. Inevitablemente, el individuo se enfrentar a presentaciones conflictivas y puede aprender a ser tolerante y abierto, pero tambin puede aferrarse estrechamente a las verdades aprendidas desde la infancia [53].

El autor sintetiza las opiniones de otros investigadores sobre la personalidad autoritaria, de derechas, indicando algunas de sus caractersticas comunes: discriminacin de quienes no piensan de la misma forma, creencia en la justicia divina, preocupacin por la posicin social y del xito simblico, y en una investigacin realizada en Estados Unidos se concluy que la intolerancia de los conservadores de este estudio es muy parecida a la mostrada por los sujetos autoritarios [54] para concluir con esta frase: Los autoritarios no son, quiz, diferentes a otras personas, sino simplemente ms radicales en sus reacciones de ansiedad y sus mtodos de afrontamiento [55].

Por su parte y confirmando lo anterior, Klaus Boehnke y Susanne Rippl han llegado a la conclusin de que no existe evidencia convincente de que el socialismo de Estado produzca de forma caracterstica ms personalidades autoritarias que en las democracias occidentales [56]. Del mismo modo, y centrndose en Italia, Rossana Cima y Francesca Dallago demuestran que en la gente de derechas, nacionalista y conservadora tambin en lo religioso existe una relacin negativa entre el autoritarismo y la tendencia a la dominancia social. Ya el ttulo de su investigacin es suficientemente aclaratorio, directo y explcito: Existe una correlacin negativa entre el autoritarismo de derechas y la orientacin a la dominancia social [57], aunque no dudan en reconocer que se necesitan ms investigaciones para asentar definitivamente sus conclusiones.

Si la derecha no puede crear cultura verdadera por su cerrilidad dogmtica y autoritaria, el reformismo tampoco lo puede hacer en ltima instancia por su inmoral pacifismo. Entonces?

7. Resumen

Paul Mason cuenta cmo su abuela, trabajadora con alta conciencia de clase, particip muy activamente en las grandes y prolongadas huelgas mineras de los aos veinte, llegando a pasar hambre, y cmo por diversas causas fue apoderndose de ella un deseo de olvidar aquella poca [58] ocultndola a sus descendientes. Venci la desmemoria. Paul Mason explica que el contexto social de los aos veinte haca que la conciencia de clase era algo implcito, subyacente a la lgica. Se transmita por medio de dichos, canciones, suspiros, gestos de lenguaje corporal y constantes actos de microsolidaridad. Era una solidaridad mantenida a lo largo de generaciones y favorecida en buena medida por la estabilidad industrial y geogrfica [59].

Un viejo proverbio aconseja que si no puedes atrapar al pez, vaca de agua el estanque. Un proverbio que resume la experiencia humana en general y de los poderes explotadores desde su aparicin histrica. En lo relacionado con la memoria, la desestructuracin del contexto cotidiano geogrfico e industrial, la propaganda, el reformismo, la represin, etc., y en especial el abandono de la lucha contra el fetichismo de la mercanca, generan ansiedad, preocupacin y necesidad del olvido tranquilizador. La memoria de lucha y dignidad se desarraiga y las decisivas microsolidaridades, el apoyo mutuo, la esttica y el arte cotidiano, los dichos que sintetizan el saber colectivo, todo se desarraiga y se marchista, desapareciendo en el olvido. (Re) construir la memoria en las condiciones del presente y de cara al futuro es, por tanto, una necesidad imperiosa para la izquierda.

En Galiza, por ejemplo, se recuperan antiguos mtodos de autoorganizacin y autogestin juvenil de las barriadas industriales de los setenta en Estados Unidos para concienciar y (re)construir la memoria destruida de la juventud galega precarizada, desarraigada. El arte en la calle como medio de recuperar la memoria histrica [60] es una de las alternativas ms eficaces. Pero lo es siempre y cuando se realice desde y para la filosofa que expone el poeta Joan Orriols [61].

La postura del mercadillo donostiarra al respecto es justo la contraria: la de reforzar la memoria del poder, de su paz y justicia, dilapidando decenas de miles de euros para una campaa horrenda en lo esttico pero muy rentable en lo psicopoltico y econmico. Segn Tony Wilkinson:

Decepcin una vez ms con DSS2016, la paz entendida como ausencia-de-violencia y no como justicia-entre-los-individuos-y-los-pueblos, la pax romana (Ay de los vencidos!), una nueva ocasin perdida No hay que tratar al espectador como idiotas dice Maddalen Iriarte Y mientras atravesaba el Puente de la Convivencia con su nombre de sangre azul extranjera, entre los neones del GU al norte y el NOSOTROS al sur, pensaba en los 250.000 euros que ha costado esta iniciativa, dilapidados en sueldos para hipsters que suean con transformar Europa con dinero pblico, y en mi interior resonaban los versos de Xabier Lete ai poeta!, gogorra izango da zuretzat askatasun eguna! [62].

Pero desde una posicin de izquierda vasca, el mayor problema no radica en constatar lo que ya sabemos del comportamiento de la derecha y el centro-reformista, incluso del reformismo a secas, sino que la cuestin decisiva reside en descubrir el porqu de la indiferencia y la pasividad de EH Bildu. Este y no otro es el verdadero nudo gordiano a desatar, como veremos en la quinta y ltima entrega de esta serie.

 

Euskal Herria, 25 de Agosto de 2016


Notas

[1] Andeka Larrea: Precariado cultural, 11 de julio de 2016 (http://www.naiz.eus/eu/hemeroteca/gara/editions/2016-07-11/hemeroteca_articles/precariado-cultural).

[2] Convocan ocho das de huelga en el Museo Guggenheim , 3 de agosto de 2016, (http://www.naiz.eus/fr/actualidad/noticia/20160803/convocan-ocho-dias-de-huelga-en-el-museo-guggenheim).

[3] O. Navarro y Ch. Tsagaraki: Museos en crisis: una visin desde la museologa critica , 5 de junio de 2009 (http://www.mecd.gob.es/cultura-mecd/dms/mecd/cultura-mecd/areas-cultura/museos/mc/mes/revista-n-5-6-2009-2010/dossiermonograf/Navarro_Tsagaraki.pdf) y T. Ruz-Rivas: Qu significa antimuseo?, 2011 (http://www.antimuseo.org/textos/comunicados/que_significa.html).

[4] Giovanni Jervis: Manual crtico de antipsiquiatra, Anagrama, Barcelona 1979, p. 207.

[5] Raquel Arias Careaga: Novela y marxismo, Revista de Crtica Literaria Marxista, FIM, Madrid n 1, 2008, pp. 89-96.

[6] J. F. Valencia y M. Villarreal: Conflicto poltico en Euskadi: un enfoque psicosocial de la participacin poltica no institucional, Psicologa Poltica, Valencia, n 5, 1992, p. 10.

[7] Ibid., p. 14.

[8] Frances Stonor Saunders: La CIA y la Guerra Fra cultural, Editorial Pennsula, Barcelona 2001, p. 212.

[9] Juan E. Garcs: Soberanos e intervenidos, Siglo XXI, Madrid 2012, pp. 156-225.

[10] D. Pez, D. Asun, J. Igartua, J.L. Gonzlez. L. Garca y C. Ibarbia: Procesos sociales de recuerdo de hechos traumticos, Psicologa Poltica, Valencia, n 6, 1993, p. 74.

[11] R. Vidal Jimnez: Capitalismo (disciplinario) de redes y cultura (global) del miedo, Editorial del signo, Buenos Aires 2005, p. 144.

[12] D. Pez, D. Asun, J. Igartua, J.L. Gonzlez. L. Garca y C. Ibarbia: Procesos sociales de recuerdo de hechos traumticos, Psicologa Poltica, Valencia, n 6, 1993, p. 86.

[13] Ibid., p. 91.

[14] Clara Mallo: El grito contra la represin, el Rock Radical Vasco, 26 de julio de 2016 (http://www.laizquierdadiario.com/El-grito-contra-la-represion-el-Rock-Radical-Vasco).

[15] Juan Plazaola: Historia del arte vasco, Etor, Lasarte, vol. IV, 2003, p. 880.

[16] E. Ayerbe Echebarria, L. Azpilikueta, C. C. Borra, J. Daz de Guereu, J. Domench, J. Tuduri Esnal, J. Unsain: Artes aplicadas, Etor, Lasarte, vol. II, 2005.

[17] Javier Prez Senz: El negocio de los divos, Archipilago, Barcelona, n 32, 1998, p. 47.

[18] Javier Prez Senz: El negocio de los divos, Archipilago, Barcelona, n 32, 1998, p. 48.

[19] AA.VV.: Miedos y Memorias en las sociedades contemporneas, Editorial ComunicArte, Crdoba, Argentina 2006.

[20] Octavio Getino: Entre el Bando de Areche y el Tiempo de Ocio, El poder en la sociedad posmoderna, Prometeo, Buenos Aires 2001, p. 105.

[21] Teresa Cceres: Miedo a la palabra: los legados de la pos dictadura y la imposibilidad de nombrar, Miedos y memorias en las sociedades contemporneas, op. cit., pp. 155-165.

[22] F. Neumann: Ansiedad y poltica, Miedo y Sociedad, Edit. Escuela, Buenos Aires 1976, pp. 43-78.

[23] Ludmila da Silva: Miedo al comunismo en Tumbaya, Miedos y memorias en las sociedades contemporneas , op. cit. , pp. 81-98.

[24] Marcos Roitmann Rosenmamm: Miedo a pensar, 20 de julio de 2016 (http://www.jornada.unam.mx/2016/07/30/opinion/018a1mun).

[25] D. Mundo: Miedo y memoria, Miedos y memorias en las sociedades contemporneas, op. cit. , pp. 189-205.

[26] Ludovico Silva: Contracultura, Fondo Editorial Ipasme, Caracas 2006, p. 108.

[27] Julia Varela y F. lvarez-Ura: Para educar contra la violencia (unidad didctica), FCE, Madrid 1989.

[28] G.Bellelli, G.Leone y A.Curci: Emocin y memoria colectiva. El recuerdo de acontecimientos pblicos, Psicologa Poltica, Valencia, n 18, 1999, p. 102.

[29] Anna Arendt: Walter Benjamin 1892-1940, pp. 111-112.

[30] G.Bellelli, G.Leone y A.Curci: Emocin y memoria colectiva. El recuerdo de acontecimientos pblicos, op. cit. , pp. 114-115.

[31] G.Bellelli, G.Leone y A.Curci: Emocin y memoria colectiva. El recuerdo de acontecimientos pblicos, op. cit. , pp. 115-116.

[32] El problema de la cultura durante la dictadura militar, 4 de septiembre de 2015 (http://www.ptr.cl/nacional/cultura/el-problema-de-la-cultura-en-la-dictadura-militar/).

[33] I bid.

[34] Tucdides: Historia de la guerra del Peloponeso, Akal, Madrid 1989, p. 150.

[35] Ibid. , p. 154.

[36] I bid. , p. 155.

[37] B. Temkin Yedwab y G. Flores-Ivich: Importancia del autoritarismo-dogmatismo en las actitudes sociopolticas, Psicologa Poltica, Valencia, n 43, 2011, p. 68.

[38] B. Temkin Yedwab y G. Flores-Ivich: Importancia del autoritarismo-dogmatismo en las actitudes sociopolticas, Psicologa Poltica, Valencia, n 43, 2011, p. 78-79.

[39] Vicente Romano: La formacin de la mentalidad sumisa, UNE Simn Rodrguez, Caracas 2007, pp. 86-151.

[40] Petxo Idoiaga: La tortura, el Rgimen del 78 y la izquierda espaola, 11 de julio de 2016 (http://vientosur.info/spip.php?article11495).

[41] La persona torturada qued libre en el 41% de 5.022 casos ya verificados , 25 de abril de 2016 (http://www.naiz.eus/fr/hemeroteca/gara/editions/2016-04-25/hemeroteca_articles/la-persona-torturada-quedo-libre-en-el-41-de-5-022-casos-ya-verificados).

[42] J. C. Volvonich: De la Teora de los dos demonios a los mltiples fundamentalismo, Salud mental y derechos humanos, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires 2004, pp. 21-23.

[43] ngel Fiasche: La obediencia al mal, Hacia una psicopatologa de la pobreza, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires 2003, pp. 277-281.

[44] Terry Eagleton: Por qu Marx tena razn, Pennsula, Barcelona 2011, p. 177.

[45] J. M. Rottenbacher y M. Schmitz: Conservadurismo poltico y tolerancia hacia comportamientos transgresores, Psicologa Poltica, Valencia, n 44, 2012, pp. 31-56.

[46] Iaki Egaa: La banda, 13 de agosto de 2016 (http://www.naiz.eus/fr/iritzia/articulos/la-banda).

[47] Sare Antifaxista: Para combatir la ultraderecha hacen falta lucha, compromiso y militancia, 14 de agosto de 2016 (http://eh.lahaine.org/sare-antifaxista-lpara-combatir-a).

[48] C. Tupac: Terrorismo y civilizacin, Boltxe Liburuak, Bilbo 2012, pp. 331-581.

[49] Peter Brckner: Sobre la patologa de la obediencia, Psicologa Poltica, Barral Editores, Barcelona 1971, p. 169.

[50] Peter Brckner: Sobre la patologa de la obediencia, Psicologa Poltica, Barral Editores, Barcelona 1971, p. 183.

[51] William F. Stone: Manipulacin del terror y autoritarismo, Psicologa Poltica, Valencia, n 23, 2001, pp. 7-17.

[52] William F. Stone: Autoritarismo de izquierdas: aun sin demostrar, Psicologa Poltica, Valencia, n 1, noviembre de 1990, p. 13.

[53] I bid. , p. 11.

[54] I bid. , p. 14.

[55] I bid. , p. 15.

[56] Klaus Boehnke y Susanne Rippl: Produce autoritarismo el socialismo? Una comparacin de los jvenes de Alemania Oriental con Alemania Occidental y Estados Unidos, Psicologa Poltica, Valencia, n 10, 1995, p. 100.

[57] Rossana Cima y Francesca Dallago: Existe una correlacin negativa entre el autoritarismo de derechas y la orientacin a la dominancia social, Psicologa Poltica, Valencia, n 34, 2007, pp. 79-97.

[58] Paul Mason: Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, Paids, Barcelona 2016, p. 260.

[59] I bid. , p. 267.

[60] Miguel Pardo: Arte en la calle para implicar a los ms jvenes en la memoria histrica, 16 de agosto de 2016 (http://www.eldiario.es/galicia/Arte-implicar-jovenes-memoria-historica_0_548745426.html) .

[61] Joan Orriols: Hay que ser radical, escribir desde la rebelda, hacer sangre, 10 de agosto de 2016 (http://revistarambla.com/joan-orriols-hay-que-ser-radical-escribir-desde-la-rebeldia-hacer-sangre/).

[62] Tony Wilkinson: DSS2016: la milla de la paz, 17 de agosto de 2016 (http://www.naiz.eus/eu/iritzia/cartas/dss2016-la-milla-de-la-pax).


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