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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-09-2016

Derechos torcidos

Miguel Candel
Rebelin


Un fantasma recorre Espaa en general y Catalua en particular. No es una mera metfora burlesca, como la que introduce el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Es un fantasma muy serio. Pero fantasma igualmente.

Se le han dado dos nombres, uno avalado por cierta tradicin poltica muy respetable inaugurada al alimn por el presidente norteamericano Woodrow Wilson y por V. I. Ulianov (Lenin): derecho de autodeterminacin; otro, improvisado sobre la marcha (a ninguna parte) por ciertos polticos catalanes deseosos de garantizarse completa libertad de accin en defensa de los intereses, reales o imaginarios, de los sectores sociales por ellos representados (o que ellos pretenden representar): derecho a decidir (expresin no totalmente original de casa nostra, pues ya fue acuada, al parecer, hace unos aos por el ex-lehendakari Juan Jos Ibarretxe).

Empezando por este ltimo concepto, lo primero que conviene dejar clara es su total falta de claridad. Porque acaso hay algn derecho cuyo contenido no sea la capacidad de decidir algo? As, el derecho a la salud implica la posibilidad de decidir curarse y de que la sociedad ofrezca los medios para ello; el derecho a la educacin, la posibilidad de decidir instruirse (o de que los padres o tutores lo decidan por los menores a su cargo) y que la sociedad ofrezca los medios; etc. De modo que, si todo derecho implica alguna capacidad de decisin, la expresin derecho a decidir es, por un lado, redundante y, por otro, si no se especifica el contenido, vaca.

Parece claro, pues, que quienes pusieron en circulacin semejante pseudoconcepto, o no tenan las ideas claras o pretendan confundir al pblico al que iba destinado. El principio de caridad obliga a excluir lo primero, pues equivaldra a llamarlos ignorantes. Por lo tanto, hay que concluir que buscaban lo segundo. Con qu propsito?

Sin duda para lograr un apoyo mayoritario a la idea de que hay que poner a discusin, con la intencin de modificarla unilateralmente desde Catalua, la estructura administrativo-territorial del actual Estado (ese cuyo nombre oficial es Reino de Espaa o, simplemente, Espaa). Y por qu se supone que hay que modificarla? Supuestamente porque, desde el auge de los movimientos nacionalistas iniciado en el siglo XIX en gran parte del mundo, y su agudizacin en la posguerra de la Primera Guerra Mundial, viene habiendo un sector de la poblacin de Catalua que, por diversas razones (econmicas y/o culturales), aspira a la constitucin de un Estado propio independiente del resto de Espaa. Ese sector, hasta hace muy poco, no pasaba de un 15% de la poblacin, como mximo. Pero sus lderes polticos e intelectuales han encontrado, gracias a determinados cambios producidos en la sociedad catalana (fuerte disminucin relativa de la clase obrera industrial y correlativo aumento del sector servicios, cuyos asalariados son ms receptivos a las ideas y actitudes interclasistas, entre ellas el sentimiento de identidad nacional; crisis econmica; detencin o incluso descenso del ascensor social para las nuevas generaciones; etc.), han encontrado, digo, la manera de reforzar ese contingente de adeptos al separatismo mediante el expediente de decir algo as como: Es evidente que en Catalua existe un segmento importante de la poblacin desafecto respecto a Espaa (segmento formado, de entrada, por los mismos que dicen eso y los que asienten, con lo que tenemos un tpico caso de discurso performativo o como dira un servidor ejecutivo: discurso que, por el simple hecho de enunciarse, realiza lo que enuncia). Por tanto siguen diciendo es de justicia reconocerles a los catalanes (los censados en Catalua, aunque ms de un nacionalista cataln discrepara y delimitara un subconjunto segn criterios tnico-culturales) el derecho a pronunciarse sobre la continuidad o no de su permanencia en el Estado espaol .

Dejemos a un lado, de momento, pues lleva a un callejn sin salida, la espinosa cuestin de si Catalua es o no una nacin (sin Estado) y si, ms an, tiene sentido hablar de naciones que no estn constituidas como Estados, es decir, de naciones meramente tnicas, no polticas. De entrada, lo que se ha conseguido con el discurso arriba mencionado es incorporar a la discusin, primero, a un nuevo contingente de personas que, golpeadas por la crisis o temerosas de verse golpeadas por ella, atribuyen a la pertenencia a Espaa todos los males y ven en la secesin una posible escapatoria; y en segundo lugar, a un nmero importante de personas que jams hasta ahora se haban planteado el asunto y cuya implicacin en el debate est motivada: a) por su talante democrtico, que las predispone a prestar atencin de entrada a la reivindicacin nacionalista como lo haran con cualquier otra reivindicacin surgida de la sociedad en la que viven; o b) por la inquietud que les produce la posibilidad de que el movimiento separatista gane terreno y acabe alterando de forma negativa su situacin social. Esas diversas motivaciones, aun siendo bien distintas, convergen en la disposicin a aceptar un mecanismo que permita a los censados en Catalua pronunciarse sobre la cuestin, aunque muchos (especialmente los del ltimo grupo) se pronunciaran negativamente sobre la posibilidad de secesin.

Pero, as como la lgica que rige la vida de los famosos (artistas de cine, cantantes, etc.) tiene como uno de sus principios que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal, as tambin en este asunto los partidarios de la secesin consideran de entrada ventajoso que un gran nmero de personas quieran pronunciarse al respecto. Propicio a sus intereses les parece, en efecto, poder decir, como se dice (aunque sera interesante analizar las encuestas que presuntamente lo avalan), que el 80% de los catalanes est a favor de que se realice un referndum vinculante sobre la pertenencia o no de Catalua al Estado espaol. Y se es justamente el significado implcito que se le atribuye a la ambigua expresin derecho a decidir. La medida, sin embargo, en que ese significado se hace explcito vara segn el contexto y segn quin lo invoca. En todo caso, cuando se dice, sin ms, que un 80% est a favor del derecho a decidir, cualquier observador ajeno a lo que aqu se cuece quedara pasmado al or que en Catalua hay un 20% de ciudadanos que han renunciado a tomar decisiones

A ese presunto 80% se lo mima y halaga con la idea de que la democracia exige que cada ciudadano pueda pronunciarse y decidir sobre cualquier asunto que le afecte. Lstima que ese celo democrtico no se manifestara con ocasin de la modificacin del artculo 135 de la Constitucin, en que qued estipulado que el cumplimiento del pacto de estabilidad financiera acordado por la UE tiene prioridad sobre cualquier otro objetivo de poltica econmica, modificacin que fue avalada sin rechistar y sin exigir ningn tipo de referndum por gran parte de los mismos que ahora exigen a todas horas referendos de autodeterminacin. Por lo visto, en ese caso se trataba de un asunto menor, que no afectaba los intereses de la gran mayora de los ciudadanos. Total, 16.000 millones menos en sanidad y educacin no pueden tener demasiada repercusin en el bienestar del pueblo soberano, a diferencia de lo que ocurre con los grandes intereses nacionales.

Pues bien, lo primero que hay que decir frente a la pretensin de que los censados en Catalua tengan derecho a decidir unilateralmente si quieren seguir o no formando una entidad poltica junto con el resto de Espaa es que, habida cuenta de la realidad poltica y social existente aqu y ahora, ese presunto derecho no se podra ejercer sin afectar a los derechos de los censados en el conjunto del pas. Alguna alma bella residente en Catalua (o fuera de ella, que tampoco faltan) que siendo totalmente contraria a una posible secesin crea que la mejor manera de acabar con la tensin creada al respecto es celebrar de una vez el dichoso referndum de autodeterminacin (vinculante, por supuesto) porque seguro que ganara el NO , comete dos errores graves. Primero y principal: porque nadie tiene derecho a decidir por otros en un asunto que tambin les afecta. Y acaso no afecta, por ejemplo, a un residente en Zaragoza que de un da para otro se le considere extranjero a doscientos km al Este, en un territorio en el que hasta entonces gozaba de todas las prerrogativas propias de un ciudadano? O qu decir de la merma en los recursos del Estado derivada de la prdida de una de sus zonas de mayor actividad econmica? Acaso no repercutira ello en las ya deficientes prestaciones que reciben los ciudadanos del conjunto del territorio espaol? Y segundo: porque aceptar una votacin solamente porque se espera ganarla es hacer burla de la democracia que se dice defender. Todo eso al margen de que la constitucin vigente, ley de leyes a la que todas las leyes ordinarias quedan supeditadas, no contempla soberanas separadas para los habitantes de las diversas comunidades autnomas, sino una nica soberana colectiva de los poseedores de la ciudadana espaola. Claro que las constituciones no son entidades eternas: pueden y, con cierta frecuencia, deben modificarse. Pero de acuerdo con los procedimientos en ellas establecidos, so pena de crear una situacin de inestabilidad e inseguridad permanentes incompatibles con el bienestar general. Y, por supuesto, en situaciones extremas (cuando una constitucin se ha pervertido al extremo de amparar un rgimen de clara injusticia social o de opresin flagrante de unos grupos por otros) es perfectamente legtima la rebelin , con todas las consecuencias (y peligros) derivados del ejercicio de la violencia al margen de la ley.

Segn lo anterior, por tanto, no slo es que los ciudadanos censados en Catalua no tengan, hoy por hoy, derecho a decidir unilateralmente separarse del resto de Espaa (su presunto derecho a decidir no puede ser un derecho a dividir), sino que tampoco tienen derecho a decidir unilateralmente unirse ms de lo que estn (renunciando, por ejemplo, a la actual autonoma), pues ello, al implicar una reestructuracin importante de las instancias administrativas del Estado, tambin tendra repercusiones para el resto de los ciudadanos espaoles (por ejemplo, una gran cantidad de actuales funcionarios de la Generalitat entraran en competencia con los de otras administraciones del Estado a la hora de cubrir plazas y ejercer responsabilidades).

Una de las ventajas con que juegan los partidarios de la ruptura es que muchas gentes bienintencionadas se plantean el asunto como algo circunscrito al momento presente, sin races histricas (como si tendieran, frente al pasado, el famoso velo de ignorancia que John Rawls, en su Teora de la justicia , propone tender ante la situacin de partida de una sociedad a la hora de determinar las normas que haran de ella una sociedad justa). Pero no se puede hacer abstraccin de la historia, como si los cambios de ciclo borraran de un plumazo el pasado (aunque, paradjicamente, alguno de los principales promotores de la nueva izquierda soberanista presuntamente no independentista pero se puede ser lo primero sin ser lo segundo? es de profesin historiador). La historia de este pas (Espaa), junto a unos cuantos desencuentros o choques entre las piezas que lo fueron componiendo (y la Guerra de Sucesin, pese a la nueva mitologa tejida en torno al tricentenario del asedio y cada de Barcelona, fue ms un choque internacional que una guerra civil), suma cientos de aos de convivencia fructfera, con perodos tan brillantes como el reinado de Carlos III, impulsor de la red de caminos reales que an es la base de la red de carreteras actual, tambin en Catalua, por supuesto; Catalua que conoci un perodo de prosperidad excepcional gracias, entre otras cosas, a la apertura de sus puertos al comercio con Amrica, hasta entonces reservado a los puertos del Atlntico; prosperidad de que dan fe, por ejemplo, las abundantes reformas de masas datadas en esos aos, as como el perceptible aumento de altura en muchas casas del casco antiguo de Barcelona, correspondiente tambin a esa poca, en que las murallas impedan a la ciudad expandirse horizontalmente. Pero lo importante es que ese pasado comn ha creado unos vnculos sociales, econmicos, culturales y afectivos que no se pueden cortar de la noche a la maana como si tal cosa. Y el que tal pretenda debe saber que no actuar como cirujano, sino como carnicero.

En cuanto al derecho de autodeterminacin propiamente dicho, independientemente de que ciertas tradiciones polticas (la leninista en particular) nacidas para hacer frente a situaciones de opresin de todo tipo lo hayan incorporado a sus seas de identidad hasta el extremo de atribuirle un valor incondicionado, lo cierto es que los principios de derecho internacional ms universalmente aceptados (por las Naciones Unidas, sin ir ms lejos) lo restringen a situaciones de clara opresin colonial, es decir, situaciones en que una determinada poblacin bien definida carezca de representacin poltica libremente elegida y se vea, en cambio, gobernada por una administracin sobre la que no ejerza control alguno. Que, en el caso de Catalua, ni el ms paranoico separatista enrag pueda invocar ese supuesto sin retorcer el argumento hasta el absurdo le debera resultar claro a cualquiera (aunque la claridad no parece ser atributo de todas las mentes).

Pero aparte de la inexistencia de una situacin colonial (diga lo que diga el muy meditico ex-ministro griego Yanis Varoufakis, cuyo nivel de informacin sobre el tema no parece superar el que tena sobre las posibilidades de lograr un acuerdo con la troika comunitaria en su etapa de ministro), lo cierto es que, aun estando la poblacin de Catalua bien definida ad extra o desde el punto de vista administrativo (los censados en el territorio de la correspondiente comunidad autnoma), su definicin ad intra , o desde el punto de vista sociocultural, deja bastante que desear, como revelan las encuestas que hablan de diversas conciencias identitarias (quienes se sienten exclusivamente catalanes, quienes se sienten exclusivamente espaoles y quienes se sienten, en diversos grados, ambas cosas). Por eso algunos venimos diciendo que, en el caso cataln, el supuesto derecho a decidir equivale al derecho a dividir . Algo que se ha visto ltimamente agravado por la pretensin de ciertos sectores ultracatalanistas de acabar con el bilingismo realmente existente en el territorio, culpabilizando del mismo, amn de a la consabida conjura espaolista (que la hubo ciertamente durante el franquismo, aunque sin culpa de la gran mayora de los espaoles), a las sucesivas oleadas de inmigrantes que no han sido plenamente asimilados.

En cualquier caso, la historia de la mayora de los procesos de recomposicin de Estados con arreglo a presuntas identidades nacionales muestra un perfil inquietante, en el que abundan las aristas violentas. Si las guerras balcnicas marcaron la pauta a comienzos del siglo XX, los procesos que siguieron a la ruptura de la federacin yugoeslava primero y de la Unin Sovitica despus no son muy aleccionadores que digamos. Pero la obsesin por la unidad tnico-cultural puede ir en dos sentidos: disgregador o integrador a la fuerza. Como ejemplo de lo segundo, no hay ms que recordar el pangermanismo que reivindicaba territorios desde el ro Mosa (Blgica) hasta el ro Niemen (Bielorrusia), desde el ro Adigio (en el Tirol italiano) hasta el estrecho de Belt (Dinamarca) (como reza la primera estrofa, hoy prohibida, del himno nacional alemn); Hitler, por supuesto, se tom muy en serio esa grandiosa visin de una Mitteleuropa germnica y an la super. En plan mucho ms modesto y, afortunadamente, de manera pacfica, sin el recurso a las Panzerdivisionen , y con planteamientos sociales de izquierdas, tambin aqu hay quien defiende pequeas visiones grandiosas con respecto a los llamados pasos catalans (se trata de paralelismos meramente formales y extrnsecos: espero que nadie arguya que se est comparando en lo sustancial la CUP con el NSDAP).

Por eso, porque est visto que abrir el meln de las fronteras estatales es como abrir la caja de Pandora, la Unin Africana, sucesora de la Organizacin para la Unidad Africana (fundada en 1963) tiene como uno de sus principios fundamentales respetar las fronteras heredadas del perodo colonial, pese a lo arbitrario de muchas o la mayora de ellas, ya que dividen etnias todava claramente identificables (no como en Europa, donde los perfiles tnicos estn totalmente difuminados). Baste recordar las masacres perpetradas no hace mucho por ciertos grupos tnicos africanos contra otros (hutus, tutsis, etc.) para darse cuenta de a dnde puede llevar la mencionada aspiracin a la homogeneidad nacional.

En definitiva, la pretensin de poseer el derecho de decidir unilateralmente la relacin de Catalua con el resto de Espaa (una relacin, por definicin, excluye la unilateralidad) no puede sostenerse razonablemente al no poder fundamentarse en una hipottica situacin de sojuzgamiento colonial ni nada que se le parezca, pese a los histrinicos rasgamientos de vestiduras por supuestos expolios fiscales, que casi nadie se atreve ya a esgrimir aunque seguramente puede haber margen para aumentar la equidad en este punto, o por las declaraciones extemporneas (o as consideradas por parte interesada) de tal o cual ministro, o por decisiones del gobierno central tan tremendamente lesivas para la cohesin social de Catalua como aumentar el nmero de horas de lengua castellana en primaria de dos a tres semanales! En una democracia, incluso en una tan imperfecta como la que tenemos (pero no tanto como para que su imperfeccin autorice a todo el mundo a tomarse la justicia por su mano), las diferencias slo pueden resolverse mediante la discusin y la bsqueda de acuerdos, al menos parciales, mientras la correlacin de fuerzas en los rganos legislativos, incluso apoyada por manifestaciones pacficas (huelgas incluidas), no permita otra cosa. Por supuesto, quien considere honestamente que sa es una va muerta (ms de una vez, a lo largo de la historia, lo ha sido) siempre podr optar por la va insurreccional. Faltar slo que un nmero suficiente de personas considere que la reivindicacin lo vale. Y, por supuesto, llenar una vez al ao de gente la Meridiana o el Paseo de San Juan no es una insurreccin digna de tal nombre, aunque algunos as lo crean. Pero no siempre la fe mueve montaas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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