Borboneando
En el 2005 se ha concedido el premio Príncipe de Asturias de la
Concordia, en su 25 edición, a la orden religiosa católica de las Hijas
de la Caridad de san Vicente de Paúl por «su excepcional labor social y
humanitaria en apoyo de los desfavorecidos». Fundada en París por san
Vicente de Paúl y santa Luisa de Mérillac en 1633, se inauguró en el
Estado español con seis hermanas en Reus en 1792.
Tal vez pocos sepan, como dice el historiador Fernando Hernández
Holgado, que dicha orden gobernó con mano de hierro las galeras o
antiguas cárceles de mujeres del Estado español durante el siglo XIX y
comienzos del XX explotando la- boralmente a las reclusas, hasta que
fueron expulsadas de las mismas por Victoria Kent, la primera mujer
directora general de prisiones de nuestro país, quien en 1931 sustituyó
a las monjas por un cuerpo de funcionarias especializadas. Y, acabada
la guerra, las religiosas regresan a los centros penitenciarios de
mujeres para intensificar los «valores morales» en los mismos, según
una orden de agosto de 1938 por la que el nuevo Estado derogaba el
decreto del 23 de octubre de 1931, que sustituyó a las Hijas de la
Caridad por mujeres de la nueva Sección Femenina Auxiliar del Cuerpo de
Prisiones.
El dictador Franco volvió a recurrir a ellas como carceleras en
establecimientos de infausta memoria como la prisión barcelonesa de Les
Corts, Palma, Málaga, Valencia, Saturrarán, Donostia, Durango,
Amorebieta y otras muchas, tal y como ha sido reseñado y detalladamente
estudiado en diversas obras historiográficas por autores como Ricard
Vinyes, Mirta Núñez, Fernando Hernández, Elisabet Almeda y Tomasa
Cuevas entre otros. Así, por ejemplo, David Ginard i Ferón dibuja en su
libro Matilde Landa el importante instrumento de tortu- ra que las
Hijas de la Caridad fueron durante largos años en ese infierno
inhumano, que fue la cárcel de mujeres de Palma. No fue la única orden
religiosa femenina que se puso al servicio de Franco, fueron más de
quince en cincuenta cárceles. Las Hijas del Buen Pastor, por ejemplo,
llegaron a administrar la cárcel madrileña de Ventas, la más poblada de
la historia de España, de las que salieron para ser fusiladas en el
paredón las famosas Trece Rosas en agosto de 1939.
El primer rasgo de los encarcelamientos fue su carácter masivo, el
segundo fue la función represiva. «La cárcel pasó a ser eje de la
represión franquista. Se buscó la humillación de los vencidos, una
limpieza política». En 1939-1940 había unas 500 prisiones. Aun- que es
difícil precisar, en 1940 pudo haber cerca de 300.000 presos, de los
que quizá unas 20.000 fueran mujeres. El franquismo condenó a morir de
hambre, de tifus, diarreas, sarna, disentería, palizas, tortura,
piojos, humillaciones, vejaciones, mordiscos de ratas... posiblemente a
varias decenas de miles. Hoy resulta muy difícil precisar con exactitud
su número. Dejaron huella en los reclusos y reclusas las famosas
«sacas» nocturnas camino del paredón, o las palizas a los presos por
grupos de falangistas y matones que, a veces, entraban en las cárceles
con el visto bueno de funcionarios, monjas y capellanes. Los relatos de
maltrato de parte de las monjas estremecen, las condiciones higiénicas,
sanitarias, alimenticias... humillantes, son relatos de campos de
exterminio. Sencillamente espeluznantes. El director de la cárcel
Modelo de Barcelona, Isidro Castrillón López, recuerda Solé i Sabaté,
se dirigía así a los presos en abril de 1941 en una lenguaje bastante
común: «Hablo a la población reclusa: tenéis que saber que un preso es
la diezmillonésima parte de una mierda». No se les consideraba seres
humanos; eran cosas. Las monjas colaboraron en el secuestro de niños y
niñas rojos, separatistas y republicanos de madres presas y en su
entrega a falangistas y gentes victoriosas. A otras niñas las raptaron
para sí y las hicieron monjas. Las Hijas de la Caridad de la prisión en
Palma de Mallorca vendían en el economato a 1 peseta el kilo de pescado
que la gente pobre entregaba para las presas porque se morían de
hambre, en Amorebieta hicieron lo mismo con los tomates regalados por
la gente y en Saturrarán las monjas, cuya superiora era sor María
Aranzazu, hacían acopio de los suministros que les entregaban para el
sustento de las presas y ellas lo vendían en estraperlo.
Un ejemplo. El historiador Fernando Hernández ha estudiado con mimo la
prisión de Ventas en su libro Mujeres encarceladas. La prisión de
Ventas: de la República al franquismo, 1931-1941. Carmen Castro Cardús
tras concluir el ba- chillerato estudió Farmacia en Madrid y se hizo
monja teresiana. Siguiendo las instrucciones de la congregación terminó
magisterio. El jefe del Servicio Nacional de Prisiones, el general
Máximo Cuervo ¬apodado el máximo cuervo¬, y uno de los responsables del
exterminio por hambre en las prisiones, fechas antes de la entrada en
Madrid de las tropas de Franco le notificó: «Tan pronto como tenga
conocimiento de la liberación de Madrid, se trasladará usted,
acompañada de la celadora señorita María Teresa Igual, a dicha capital
para hacerse cargo de la prisión de mujeres. Dios guarde a usted muchos
años. En Vitoria a 16 de marzo de 1939. III Año Triunfal».
De esta cárcel, de Ventas, salieron las Trece Rosas, 13 mujeres jóvenes
que en agosto de 1939, con las cabezas rapadas, fueron condenadas a
muerte, fusiladas y rematadas con 68 tiros de gracia en el paredón el
día 5 a las 4’30 de la mañana por el simple hecho de haber militado
durante la guerra en las Juventudes Socialistas Unificadas. Siete de
ellas eran menores de edad, tenían menos de 21 años, símbolo y emblema
de la crueldad y la represión de las cárceles franquistas. La directora
y monja Carmen Castro ni siquiera tramitó la solicitud de conmutación
de la pena capital para las condenadas. La sentencia se conoció el 3 de
agosto y hasta el 13, ocho días después del fusilamiento, no llegaron
las peticiones de clemencia al cuartel general de Franco, que se limitó
a anotar en sus márgenes la E de «enterado». Esta cárcel pionera,
inaugurada en 1933 y con una capacidad máxima para 450 personas, en
1939 era ya un enorme almacén de reclusas, hacinadas en pasillos y
escaleras, a lo que había que unir la falta de higiene, insalubridad y
subalimentación. Cuenta Antonia García: «...llegó a tanta nuestra
depauperación y delgadez que todas o casi todas teníamos la última
vértebra al descubierto, no nos podíamos sentar más que de un lado». La
cárcel era un infierno. «Fue dirigida con mano dura desde la entrada de
los nacionales por esta monja oscense de treinta años, de pelo peinado
hacia atrás, muy tirante y recogido en un moño, vestida siempre de
oscuro y en cuya cara nunca se dibujaba una sonrisa. Su presencia era
una amenaza». Aquí se hizo famoso aquel estribillo, que salmodiaban las
presas a modo de conjuro mientras se despiojaban y ras- caban la sarna:
«Cárcel de Ventas, hotel maravilloso/ donde se come y se vive a tó
confort,/ donde no hay cama, ni reposo/ y en los infiernos se está
mucho mejor». La mayor parte de las reclusas eran personas de muy
escasa formación política. De hecho, el encarcelamiento de muchas de
ellas obedecía a problemas derivados del compromiso izquierdista de sus
maridos, novios, padres o hermanos; muchas veces era operación de
chantaje destinada a los hombres de la familia, en algunos expedientes
se indica presa en calidad de «rehén». Otras no, Matilde Landa y María
Sánchez Arbós, por nombrar dos, fueron ejemplo de solidaridad en las
prisiones y muchas monjas fueron carceleras de estas mujeres
activistas.
La candidatura de las Hijas de la Caridad fue propuesta por el
secretario de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez
Camino. Y no extraña. El apadrinamiento de la guerra como cruzada por
parte de los obispos culminó el 1 de julio de 1937 cuando salió a la
luz la carta colectiva del episcopado español redactada por el cardenal
Gomá, que no la firmaron Múgica, expulsado en septiembre de 1936 de su
diócesis de Vitoria por su «debilidad» con los sacerdotes
nacionalistas, ni Vidal i Barraquer desde su exilio italiano, que la
consideraba «inoportuna». La Iglesia bendijo el golpe militar. Dirá el
capuchino Gumersindo de Estella, capellán de la cárcel provincial de
Zaragoza, donde un retrato de Franco y un crucifijo presidían el altar
que tenía en la sala de la cárcel y donde él auxiliaba espiritualmente
a los presos condenados a la pena capital: «Mi actitud contrastaba
vivamente con la de otros religiosos, incluso superiores míos, que se
entregaban a un regocijo extraordinario y no sólo aprobaban cuanto
ocurría, sino aplaudían y prorrumpían en vivas con frecuencia». El
arzobispo de Madrid-Alcalá, el gallego Leopoldo Eijo Garay, el llamado
«el obispo azul», consiliario del Frente de Juventudes justificó el
golpe militar y la guerra como instrumento de salvación en una pastoral
del 28 de marzo de 1939. Y los capellanes del franquismo «fueron
agasajados y generosamente premiados por el régimen con toda suerte de
prebendas, medallas, sueldos y ascensos militares, hasta el punto de
que muchos olvidaban su misión religiosa a favor de su graduación
militar, y exigían de los soldados, no el trato cordial de su
ministerio, sino el saludo de rigor, la posición de firmes y el ‘¡A sus
órdenes!’».
Puedo imaginarme las caras de muchas de las mujeres mayores de 80 años
que han sobrevivido a las cárceles franquistas cuando leyeron la
noticia de la concesión del premio la Concor- dia. ¡Sin duda, un nuevo
gesto del actual gobierno socialista en el proceso de recuperación de
la memoria histórica de las víctimas del franquismo! El premio Príncipe
de Asturias de la Concordia de hoy, 2005, a las Hijas de la Caridad a
muchos nos hace presente los No-Dos de ayer, a Juan Carlos, Fabiola,
Felipe y sus hermanas paciendo en el pazo de Meirás de la mano de un
dictador complaciente, Franco. ¡Sencillamente provocativo!
* Mikel Arizaleta. Traductor.