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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-09-2016

Lo que llama la atencin

Armando B. Gins
Rebelin


En el mundo contemporneo, llama nuestra atencin todo aquello que confirma nuestros marcos de referencia culturales previos, prejuicios si as se quiere.

Un coche, un champ o una oferta viaje, un objeto cualquiera de consumo en suma, nos hace girar la cabeza para aprehenderlos si hace entendible la armona de la sociedad a la cual pertenecemos.

Manipulando las emociones colectivas e individuales por segmentos concretos y bien definidos con anterioridad, la publicidad toca nuestras fibras ms sensibles para hacernos apetecible aquello que se vende.

El proceso es imparable, terminando como consumacin de un hecho de compra presuntamente de libre eleccin o como frustracin que sobreviene en culpabilidad ntima al no estar capacitado de adquirir el objeto deseado.

La cultura que marca los gustos, rechazos y preferencias sirve de justificacin a todo suceso social: si se sacia el deseo, todo resulta acorde a las expectativas, y si no se alcanza el objeto deseado, material o no, la autoculpabilizacin exime de responsabilidad alguna a la estructura econmica y poltica. Liberalismo a ultranza dixit.

Igual sucede cuando el objeto deseado es una causa poltica, tendencia esttica, movimiento social u organizacin del tipo que sea. Lo que mantiene el orden establecido, aun con pequeos matices o variantes, es bien visto por la sociedad en su conjunto. Lo raro, dentro de un esquema consentido, tambin forma parte del gran hermano capitalista y neoliberal. Juega el rol de opcin asumible con apariencia de oposicin dialctica amaada.

Ese universo uniforme, sin alternativas globales pero con advocaciones culturales parciales, es un enormidad ideolgica de la que resulta muy difcil salir.

Introducir la duda como elemento crtico es la nica manera de poder crear realidades nuevas dentro de la gran magnitud unipolar del mundo actual. Duda como mtodo de anlisis y de accin coherente.

Las sociedades de hoy son meras posibilidades en un abanico amplio de otras muchas virtualidades. Una cosa son los determinantes histricos y otra muy distinta que la historia solo tenga un camino vlido o viable, definitivo, un destino sin discusin, una finalidad escrita por agentes ajenos a la voluntad del ser humano.

Es evidente que con la sola razn no se modifican los procesos histricos y cognitivos ni las coyunturas polticas. La evolucin nos ha dotado de las emociones y los sentimientos para ayudar a la razn en su ejercicio electivo. La razn dejada a su arbitrio jams tomara una decisin en tiempo razonable. El infinito es su taln de Aquiles.

No obstante, pese a la importancia fundamental de las emociones, ms ligeras y a flor piel, no debemos escudarnos en ellas para dar razn de nuestros fallos, lagunas y defectos de argumentacin e interpretacin fidedigna de la realidad. Las emociones auxilian a la razn, pero tambin la ciegan o la engaan para conseguir de ella decisiones rpidas y no meditadas suficientemente.

Esa celeridad en las respuestas que exige el teatro posmoderno permite manipular a las emociones en provecho ajeno, con fines comerciales, ideolgicos y polticos. No pensarlo demasiado, alimentando una inteligencia emocional endeble y tornadiza, es la mxima de los tiempos que corren.

A la vez que se entronizan las emociones se criminaliza a la sospechosa, calculadora y fra razn. No es balad ni gratuita esta doble aseveracin: con ella se asegura que la gente se mantenga fiel a sus sentimientos en detrimento de una actitud crtica que ponga en cuestionamiento el orden jerrquico, naturalizado al efecto, que habitamos.

La razn hay que dejrsela a los intelectuales, cientficos y tcnicos. Razn pura y dura. Al resto debe valernos una razn prctica de andar por casa, con el aderezo de unas emociones sobrevaloradas, para resolver las cuitas cotidianas de trabajar sin rechistar y consumir con alegra desenfrenada.

Aquellas personas en quienes asoma alguna duda crtica o razonable son tachadas enseguida de radicales, extremistas, terroristas o anti-sistema. En pocas no tan lejanas se deca que la duda era el principio de un mundo nuevo y mejor, de la incipiente revolucin en marcha. Hoy la duda es el inicio de una vereda hacia la marginalidad ms absoluta.

Dudar est mal visto porque invita al prjimo a verse a s mismo en su relacin con los otros y el mundo que le rodea. Qu intereses malvados y ocultos habr detrs de una duda que tiene la osada de manifestarse pblicamente? Quiz una persona inadaptada, un perdedor tal vez, un relapso underground de tomo y lomo, uno que quiere fastidiar la hermosa fiesta del neoliberalismo triunfante.

Y, sin embargo, en la duda residen todos los logros del progreso humano, tanto ticos como cientficos y filosficos. La duda es ambiciosa: quiere ms y mejor pero no a cualquier precio. Lo que llama la atencin, en cambio, es mera repeticin circular de una quietud insoportable: comprar estatus, adquirir mercancas, ser masa entre la masa indiferenciada, regresando como Ssifo siempre al mismo punto de partida.

Dudar: venerable palabra. El futuro de verdad siempre empieza desde una duda razonable.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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