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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-09-2016

Sobre el post-progresismo en Amrica Latina: aportes para un debate

Atilio A. Boron y Paula Klachko
Rebelin


Das pasados lleg a nuestras manos un artculo de Massimo Modonesi y Maristella Svampa en el que se proponen pensar al post-progresismo en Amrica Latina [1] . Segn estos autores la tarea se ha vuelto urgente e imperativa a la luz de la sorpresiva aceleracin del fin del ciclo que viene aconteciendo desde 2015. Sntomas claros de este ocaso seran la imposibilidad de que dos de los lderes fundacionales de esta nueva etapa puedan ser re-electos como presidentes (Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador), o la derrota del oficialismo kirchnerista en la Argentina a manos de una heterclita coalicin de derecha, mientras que en Brasil Dilma Rousseff fue desplazada de su cargo -legal pero ilegtimamente, segn nuestro autores [2] - y Nicols Maduro est sitiado por una Asamblea Nacional controlada por la oposicin y su gobierno desgastado por una grave crisis econmica, cuya gnesis debera ser explicada a los lectores, cosa que los autores no hacen.

Llama poderosamente la atencin que al analizar un tema como este se pase por alto, como si fuera un detalle sin importancia, la vigencia de los tres gobiernos de los pases que conforman el ncleo duro del cambio de poca progresista en Nuestra Amrica -Venezuela, Bolivia y Ecuador-, gobiernos que han realizado profundas reformas sociales, econmicas y polticas y, adems, se han planteado un horizonte poscapitalista a largo plazo. Pese a todos los obstculos y dificultades que atraviesan en buena medida atribuibles al permanente hostigamiento del imperialismo- esas coaliciones de izquierda an retienen los gobiernos. Lo mismo vale en los casos de El Salvador y Nicaragua, todo lo cual exige un estudio ms detallado de esta problemtica.

A partir de su caracterizacin inicial los autores advierten sobre la necesidad de evitar caer en la trampa maniquea que obliga a optar entre la continuidad del progresismo o la restauracin neoliberal, trampa que, segn ellos, oculta un chantaje orientado a propiciar un artificial cierre de filas detrs de los lderes y partidos del progresismo. Para sortear esta encerrona Modonesi y Svampa proponen recuperar la historia y el protagonismo de los movimientos sociales en la gestacin de la fase progresista como claves para desentraar los rasgos de la nueva etapa post-progresista que se inicia, ya por fuera de la camisas de fuerza de la poltica partidaria, los cronogramas electorales y las alternancias gubernamentales.

Los movimientos sociales y las expresiones sociales y polticas de la lucha de clases

Dicho lo anterior los autores comienzan afirmando lo evidente: que el ciclo progresista, en ciernes desde mediados de los aos 90, tuvo como protagonistas de las luchas y resistencias al neoliberalismo a un vasto conjunto de movimientos sociales. Esto es cierto, pero en su afn por subrayar su importancia, cosa con la cual coincidimos, subestiman el papel de los partidos polticos y las expresiones de la lucha de clases en el terreno de la poltica institucional. Es un error minimizar la importancia de estas organizaciones tradicionales en contextos democrticos, siempre productos de la lucha de masas o fuertemente modificadas por ella. En numerosos enfrentamientos sociales desarrollados en los aos noventas y principios de los 2000 sindicatos y organizaciones tradicionales de las diversas capas y fracciones del pueblo (como los sindicatos cocaleros en Bolivia, o las organizaciones indgenas y campesinas en Ecuador, o los sindicatos industriales o de trabajadores estatales en Brasil y en Argentina, entre muchas otras) y hasta sectores de las fuerzas armadas (especialmente en el caso de Venezuela) tuvieron, en algunos casos, un papel muy relevante en esas luchas. No todo el protagonismo cay siempre, y de manera exclusiva, en los movimientos sociales.

El indudable activismo de diversas capas plebeyas movilizadas y sus organizaciones -nuevas [3] o tradicionales- en las fases preliminares del ciclo progresista ha sido reconocido y reafirmado permanentemente por los lderes y las fuerzas polticas de los gobiernos progresistas, las cuales, contrariamente a lo que afirman nuestros autores, no describen su ascenso poltico como una prstina conquista del palacio. An gobiernos que se esmeraron por construir un relato pico sobre su acceso al poder -por ejemplo el kirchnerismo argentino- han explcitamente reconocido que su xito electoral se asent sobre las grandes jornadas de lucha de finales del siglo pasado y comienzo del actual. Para no hablar de la permanente referencia de Evo Morales y lvaro Garca Linera a las guerras del agua y del gas, entre otras; o las de Nicols Maduro y antes Hugo Chvez al Caracazo y las insurrecciones de militares bolivarianos. Y es e vidente, adems, que estos desenlaces electorales que cambiaron el mapa sociopoltico de Amrica Latina son reflejos, mediatizados pero reflejos al fin, de la turbulenta irrupcin del universo plebeyo en la poltica nacional.

De lo anterior Modonesi y Svampa extraen la siguiente conclusin: an con sus apuestas defensivas, sus formas abigarradas y sus prcticas contradictorias, en Amrica Latina fueron los movimientos populares quienes abrieron nuevos horizontes desde los cuales pensar la poltica y las relaciones sociales, instalando otros temas en la agenda poltica: desde el reclamo frente al despojo de los derechos ms elementales y el cuestionamiento a las formas representativas vigentes, hasta la propuesta de construccin de la autonoma como proyecto poltico, la exigencia de desconcentracin y socializacin del poder (poltico y econmico) y la resignificacin de los bienes naturales.

No obstante, el protagonismo en la lucha de los movimientos sociales no fue igual en todos los contextos nacionales. No fue lo mismo en Bolivia que en Uruguay o Venezuela, por ejemplo. Que muchos de los temas mencionados ms arriba fueron impulsados con fuerza por esos movimientos tambin es cierto, pero nos parece que atribuirles exclusividad como impulsores de la crtica al orden neoliberal vigente no es del todo correcto. En primer lugar se subestima el papel de las organizaciones polticas, aun de las creadas por los movimientos sociales o sindicales como instrumentos electorales. Pero adems, a esta altura ya sabemos por experiencia histrica que si bien el arma de la crtica no reemplaza a la crtica de las armas, aquella constituye un insumo indispensable en la constitucin de un nuevo clima de poca. En este sentido nuestros autores pasan por alto el papel que numerosos intelectuales crticos jugaron en el combate contra el neoliberalismo desde finales de los aos ochentas, con antelacin -o al menos paralelamente- a la irrupcin de los movimientos sociales, as como el papel que muchos intelectuales y dirigentes orgnicos jugaron en la creacin de renovadas organizaciones populares. Por ejemplo: la crtica a la desciudadanizacin desatada por las polticas neoliberales y las insanables deficiencias de la democracia liberal eran parte del discurso contrahegemnico que el marxismo el latinoamericano pero tambin en ciertos pases de Europa y en Estados Unidos- vena planteando con fuerza desde aquellos aos. El tema de la desconcentracin y socializacin del poder, econmico y poltico fue cultivado con esmero por las y los pensadores crticos de Amrica Latina, al tiempo que deban batirse contra quienes, aun aduciendo un discurso de supuesta izquierda, se sumaban al coro de voces que exaltaban el advenimiento de una democracia poltica supuestamente depurada de sus contenidos clasistas, proclamaban el fin de la historia, celebraban las visiones burguesas de un presunto postcapitalismo, o el irresistible ascenso de una posmodernidad que habra puesto fin a la lucha de clases y eliminado del horizonte histrico las perspectivas del socialismo. Todo esto de ningn modo equivale a menospreciar la esencial y protagnica contribucin de los movimientos sociales en la produccin de estos acontecimientos histricos sino tan slo recordar que su situacin estaba muy lejos de ser la de Adn el primer da de la creacin del mundo.

Retomando el hilo de nuestra argumentacin, Modonesi y Svampa aciertan cuando aseguran que los movimientos sociales dieron vida a una pluralidad organizativa y temtica pocas veces vista. Esto tuvo lugar en un contexto ideolgico donde el repudio a los partidos polticos y los sindicatos, sobre todo a los primeros, y la prdica a favor de una renuncia a la toma del poder, marcaban con fuerza el espritu de la poca. Tal como aseguran nuestros autores estos movimientos establecieron complejas y voltiles relaciones con los gobiernos progresistas, incluso en el caso de aquellos como Bolivia que haban surgido de su avasallante protagonismo. Tres habran sido los ejes de ese cambio de poca: la irrupcin plebeya, las demandas de autonoma y la defensa de la tierra y el territorio. Curiosamente, componentes cruciales de esa poca por cierto que an inconclusa- como el antiimperialismo, el latinoamericanismo, la soberana nacional, la recuperacin de los bienes comunes y las polticas de combate a la pobreza y redistribucin de la riqueza no parecen haber jugado papel alguno para Modonesi y Svampa, pese a que fueron estos y no las exigencias de autonoma plebeya los que desencadenaron la furiosa reaccin de las oligarquas locales y el imperialismo.

Las resistencias a los estragos del neoliberalismo propiciaron la emergencia de nuevos liderazgos y formaciones polticas entre los distintos estratos populares, que venan protagonizando intensas luchas en los terrenos econmico y poltico, inclusive el militar, como los casos del Partido de los Trabajadores (PT) brasileo, el Chavismo, el Frente Amplio (FA) del Uruguay, el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano, Alianza Pas en Ecuador, o el refuerzo del protagonismo de organizaciones revolucionarias como del Frente Sandinista para la Liberacin Nacional en Nicaragua (FSLN) y del Frente Farabundo Mart para la Liberacin Nacional (FMLN) en El Salvador. En Argentina, la oposicin a las consecuencias de las polticas neoliberales primero, y al neoliberalismo en su conjunto despus, se expres en un creciente movimiento de protesta a nivel nacional jalonado por impactantes enfrentamientos sociales protagonizados por diversas fracciones plebeyas y mediante variados instrumentos de lucha (cortes de rutas, marchas, huelgas, etctera) de los cuales brotaron nuevas organizaciones sociales, en un marco de fuertes disputas al interior de la clase dominante. Sin embargo, posteriormente, fue una combinacin de distintas fuerzas polticas tradicionales la que lleg al gobierno recogiendo esas demandas, y desde all se pusieron en cuestin algunas de las premisas del neoliberalismo. Esa es la historia del kirchnerismo, surgido al interior d el Partido Justicialista y enfrentado a la lnea neoliberal dura del mismo partido: el menemismo. Tambin en otros pases surgieron expresiones divergentes dentro partidos tradicionales o se formaron alianzas con facciones de dichos partidos polticos que expresaron oposicin a las polticas neoliberales y llegaron a los gobiernos, como el caso de la corta experiencia de la presidencia de Manuel Mel Zelaya del Partido Liberal en Honduras y del Frente Guas en Paraguay, que estableci alianzas con el Partido Liberal [4] .

De esta manera, haciendo odos sordos a una perniciosa moda intelectual que recorri el continente de punta a punta hace unos aos y que exhortaba a no tomar el poder porque tal cosa contaminara irremisiblemente con el virus estatista a los movimientos sociales y sus proyectos emancipatorios, numerosas organizaciones sociales y fuerzas polticas se dieron a la tarea de disear instrumentos, alianzas y estrategias tendientes, precisamente, a conquistar el poder o al menos el gobierno- apelando a los dispositivos institucionales del estado burgus. Nutra esta opcin el convencimiento de que la derrota sufrida por las tentativas insurreccionales de las dcadas anteriores, con excepcin de lo ocurrido en Nicaragua y El Salvador, habra cerrado ese ciclo (al menos de momento) y que el nico camino abierto en ese entonces hacia el poder transitaba por el entramado institucional de la democracia capitalista. [5]

Modonesi y Svampa estn en lo cierto cuando aseguran que en sus versiones extremas, este planteo desafi el pensamiento de izquierda ms anclado en las visiones clsicas acerca del poder. Pero se equivocan, en cambio, cuando ignoran que este desafo, sin embargo, fue ms que nada la suicida negacin de la problemtica del poder y no la creacin de una nueva concepcin del mismo, de su composicin y, siguiendo a Maquiavelo, de cualquier elaboracin encaminada a responder a las cruciales preguntas de cmo se lo conquista, cmo se lo retiene y cmo se lo puede perder. En otras palabras, un desafo que no superaba, ni en el plano de la teora ni mucho menos en el de la prctica, eso que los clsicos del marxismo definieron como el problema fundamental de toda revolucin.

En relacin a la irrupcin de lo plebeyo, nuestros autores afirman que con ello se instal en el espacio pblico la poltica de la calle y la demanda de autonoma, aunque el lector o la lectora no puedan inferir en relacin a quin, o a quienes, se estableca esa demanda de autonoma. En el terreno estratgico, dicen, remita a la prctica de la autodeterminacin y, tambin, a un horizonte emancipatorio. Queda en las sombras, obviamente, el hecho de que la autonoma de un movimiento social poco significa de por s, pues bien puede asumir tanto un contenido poltico de derecha como de izquierda, y no necesariamente estar ligado a un proyecto de emancipacin social. No pocas veces la historia latinoamericana ha demostrado que movimientos autnomos terminaron siendo una expresin ms de la hegemona burguesa. Ejemplos de ello pueden ser ciertas variantes del ecologismo que comenzaron con planteamientos radicales y terminaron proponiendo nada menos que un inverosmil capitalismo verde muy del agrado de las grandes transnacionales. Lo mismo cabe decir de algunas organizaciones campesinas o indgenas que terminaron como furgones de cola de la reaccin en Bolivia y Ecuador. En Dos Tcticas de la social democracia en la revolucin democrtica, Lenin observa que la cuestin de la autonoma reside menos en el aspecto subjetivo que en el objetivo; no en la posicin formal que la organizacin ocupa en la lucha, o su discurso poltico, sino en el desenlace material del enfrentamiento [6] . Los sujetos sociales y sus organizaciones pueden considerarse a s mismos como autnomos pero si no logran imprimir una direccin a los acontecimientos histricos, solos o mediante la articulacin de las alianzas que sean necesarias para hacerlo, su pretensin de autonoma termina diluyndose en las iniciativas de las clases y fracciones sociales dominantes.

Por otra parte, que la narrativa que rode el auge de los movimientos dio lugar a un nuevo ethos militante es indudable. Pero, cules fueron los componentes del mismo? La lucha contra las amenazas burocratizantes que se cernan sobre los movimientos; el culto al basismo y el horizontalismo, virtudes en cierto tipo de organizaciones y en algunos momentos histricos pero de dudosa efectividad prctica; una fuerte demanda por la democratizacin de las organizaciones, misma que, preciso es decirlo, no necesariamente significa la exaltacin del basismo y el horizontalismo; y, por ltimo, una radical desconfianza para con -cuando no un abierto rechazo de- partidos, sindicatos o de cualquier preexistente instancia articulatoria superior, condenados irremisiblemente a traicionar las expectativas populares. Dicho esto nuestros autores deberan tratar de explicar la formidable capacidad de convocatoria plebeya demostrada, en distintos momentos, por fuerzas polticas y organizaciones populares que se alejaban del paradigma planteado ms arriba. Los millones de venezolanos que acudan al llamado de Hugo Chvez o todava hoy lo hacen ante la convocatoria del presidente Nicols Maduro; o las multitudinarias concentraciones que supieron realizar el PT brasileo, el MAS boliviano o el Frente para la Victoria (FPV) en la Argentina, o el Movimiento Regeneracin Nacional (MORENA) en Mxico, fueron slo producto de la subordinacin clientelstica de las masas o expresaban algo ms?

Nuestros autores sealan que la territorialidad fue otra de las dimensiones especficas de los nuevos movimientos sociales de la regin. Esto es cierto, y tambin que ese anclaje en lo territorial como plataforma de resistencia cre nuevas relaciones sociales. Pero habra que subrayar, para entender cabalmente este proceso, que este repliegue sobre lo territorial fue alentado por la violenta ruptura del tejido social que provocaron las polticas neoliberales (ejecutadas desde los gobiernos, conviene no olvidarlo), los altos niveles de desocupacin y/o precarizacin laboral, que provocaron el radical debilitamiento del sindicalismo y que no dejaron otra alternativa a las clases populares que refugiarse por un tiempo- en su ltima trinchera: el territorio. Ms que una opcin ideolgica, fue un hecho prctico que, es obvio, no poda dejar de dar lugar a la creacin de nuevas relaciones sociales. No es lo mismo el compaero o la compaera de trabajo que el vecino desocupado o informalizado que comparte la marginalidad en un asentamiento de emergencia, una favela o una barriada popular; ni son las mismas necesidades o reclamos, ni, por lo tanto pueden ser iguales las formas de lucha y organizacin. Esto sin perder de vista que lo que estaba cambiando era la composicin de la clase obrera y, en general, del universo popular en direccin a otra ms difusa y voltil, tal como lo recuerda en varios de sus escritos lvaro Garca Linera. Aunque una parte de la izquierda intelectual se sumara a decirle adis al proletariado [7] , ste no desapareci ni como clase en s ni como sujeto de lucha, pues en su sentido estricto -y no restringido sino bien amplio- el concepto refiere a todas las personas que slo cuentan para la produccin y reproduccin de sus vidas con su fuerza de trabajo, sea sta fsica o mental, misma que deben vender a cambio de un salario a quienes poseen la propiedad sobre los medios de produccin, logren o no hacerlo. Las modalidades del enlazamiento al capital van modificndose permanentemente con el cambio de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de produccin, todo lo cual genera diversos escenarios y experiencias de lucha y, obviamente, cambia la morfologa del universo asalariado.

Siguiendo el razonamiento de nuestros autores, de su planteo anterior se desprende que el ocaso del viejo paradigma socialista revolucionario articulador de las luchas de las dcadas de los sesentas y setentas, fue reemplazado por un no-paradigma, un horizonte emancipatorio ms difuso, donde prosperaron posturas de carcter destituyente y de rechazo a toda relacin con el aparato del Estado. Es cierto que la profunda crisis de representatividad desatada por la complicidad de muchos partidos y sindicatos de Amrica Latina (para ni hablar de Europa!) con las polticas neoliberales de los noventas repercuti en todas las representaciones institucionales, incluidas las de la izquierda, abriendo profundos debates que exigan una democratizacin de las organizaciones populares. Este paradigma destituyente se correspondi con la fase de resistencia a los gobiernos neoliberales, pero luego, en varios pases, se pudo sortear el obstculo de la falta de representacin poltica y de proyecto emancipador y se fueron constituyendo nuevos liderazgos y expresiones polticas que lograron acceder a los gobiernos nacionales, retomando las viejas banderas de lucha de los pueblos, como el socialismo, el buen vivir, la democracia, la defensa de la Madre Tierra, etctera.

Por eso es importante subrayar que el proyecto destituyente de las luchas del pueblo se concret para luego tornarse instituyente de algo nuevo, que a la vez incorpora la experiencia histrica previa. Una vez constituidos los gobiernos populares se pasa de la fase heroica, para utilizar palabras de Garca Linera, a cierto repliegue hacia la vida cotidiana que haba sido tan afectada por las polticas neoliberales y a las arduas tareas de ejercer la funcin gubernamental. A raz de este cambio la destitucin de los gobiernos populares pasa a ser la preocupacin obsesiva de las clases dominantes locales y sus jefes imperiales. Por eso, de prosperar la perspectiva destituyente que nuestros autores pretenden rescatar como uno de los elementos fundantes de los movimientos sociales que abrieron el ciclo progresista, cabra ahora preguntarse destituyente de quin, o de quines? Porque una cosa es pretender derrocar a un gobierno que recupera los bienes comunes de la nacin, se enfrenta al imperialismo -con mayor o menor enjundia pero se enfrenta con l- promueve la integracin latinoamericana y redistribuye la riqueza, y otra muy distinta es hacerlo frente a los gobiernos neoliberales de ayer (Fujimori, Menem o De la Ra, Snchez de Losada, Salinas de Gortari, Fernando H. Cardoso, Sanguinetti, Abdal Bucarm, etctera). En relacin a estos ltimos esa vocacin subversiva fue virtuosa, no as cuando se trata de deponer a los gobiernos de signo progresista que pese a sus limitaciones constituyen un fenmeno sociopoltico y de clase radicalmente diferente.

No menos enigmtica resulta la propuesta de un horizonte emancipatorio difuso construido a partir del radical rechazo del Estado o sus aparatos. Esto revela una virginal inocencia que en el tenebroso mundo del imperialismo suele pagarse a precios exorbitantes. Porque, cmo lograr la emancipacin difusa que requiere librar una intensa y por momentos violenta lucha de clases en contra de las oligarquas dominantes y el imperialismo sin contar con el crucial protagonismo del Estado? Cmo se preserva la Madre Tierra sin una legislacin que controle y castigue la depredacin capitalista? Basta para ello con las exhortaciones de los movimientos sociales? Fue justamente ese divorcio entre movimientos sociales y Estado, o ms precisamente, la complicidad del viejo estado oligrquico ecuatoriano con la Texaco y luego con la Chevron, antes del ascenso de Rafael Correa, lo que explica el desastre producido en la Amazona ecuatoriana. Cmo se combate la precarizacin laboral y la concentracin de la riqueza? Basta con organizar asambleas horizontales para que los capitalistas se inclinen ante el reclamo popular? Esta clase de razonamientos recuerda un pasaje de la Biblia en donde se cuenta que siete sacerdotes judos hicieron sonar con fuerza sus trompetas logrando el milagro de derribar las imponentes murallas de Jeric. Leyendo a nuestros autores y a otros tributarios de una perspectiva poltica semejante parecera que bastara con que los sujetos sociales invoquen un difuso horizonte emancipatorio para que las murallas del capitalismo y el imperialismo se derrumben ante la potencia revolucionaria de su discurso. Dnde y cundo las clases subalternas pudieron derrotar al bloque dominante sin contar con el poder del Estado? Pero Modonesi y Svampa hacen odos sordos a estas reflexiones y concluyen que rpidamente, se asisti al declive de las demandas y prcticas de autonoma y a la transformacin de la perspectiva plebeya en populista, la afirmacin del transformismo y el cesarismo -decisionista y carismtico- como dispositivos desarticuladores de los movimientos desde abajo.

Sobre esto cabe tambin formular varios comentarios. Primero, qu fue lo que ocurri para que esos movimientos sociales velozmente arrojaran por la borda sus demandas y sus prcticas autonmicas? Ser acaso por la traicin de sus jefes? -acusacin favorita de los trotskistas desde tiempos inmemoriales, dirigida rutinariamente a todas las organizaciones que ellos no controlan. O no habr sido que aquellas demandas tropezaron con un lmite prctico que requeran, para el logro de sus objetivos, establecer algn tipo de relacin con los aparatos estatales, sobre todo ante la existencia de gobiernos dispuestos a satisfacer sus demandas? Segundo, el trnsito de la irrupcin plebeya al populismo merecera ser explicado muy cuidadosamente, aunque noms fuera por la reconocida vaguedad que comporta el trmino populismo y que, en manos de su ms importante cultor, Ernesto Laclau, serva para caracterizar la poltica de Hugo Chvez tanto como la de lvaro Uribe. Y qu decir del cesarismo decisionista y carismtico: fue un ardid perverso para desarticular la vitalidad y el dinamismo de los movimientos sociales? No sera ms lgico pensar que si surgieron esa clase de regmenes polticos fue como producto de una constelacin de factores que, sin negarlos, excede con creces a los influjos de los movimientos sociales? No haba otros actores en las escenas polticas de los pases que se incorporaron al ciclo progresista? No haba all oligarquas histricas, voraces burguesas, militares adoctrinados por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, incontrolables poderes mediticos y el papel omnipresente de la embajada -como lo demuestran hasta la saciedad los Wikileaks- todos conspirando para reprimir los anhelos emancipatorios de las masas y que, para neutralizar una contraofensiva de enemigos tan poderosos y tan bien organizados se requera una cierta concentracin del poder poltico? En suma, no haba lucha de clases en los pases gobernados por el progresismo?

Sobre qu bases se puede entonces pensar que la emergencia de fuertes liderazgos como los de Chvez, Lula, Kirchner, Evo y Correa fueron productos de personalidades autoritarias (un aejo tema de la sociologa funcionalista de los aos cincuenta) o una suerte de perversa astucia de la razn destinada a desmovilizar y desarticular los vigorosos movimientos sociales de finales del siglo pasado y comienzos del presente? En todo caso, no sera prudente preguntarse acerca de los factores que explican la verticalizacin de los movimientos sociales, su dependencia del Estado, cuyos alcances, por otra parte, mal podran generalizarse porque no tuvieron la misma fuerza en Bolivia y Ecuador que en Argentina, pas que tal vez represente la versin extrema de este proceso de control desde arriba del sujeto popular? Y preguntarse, tambin, si efectivamente se produjo esa monopolizacin de lo plebeyo por parte de los gobiernos progresistas, cosa que en principio nos parece sumamente discutible y carente de sustento emprico.

Modonesi y Svampa plantean que no pocos autonomistas radicales devinieron furiosos populistas y asumieron la defensa y promocin irrestricta del lder. No sera bueno tambin intentar explicar con los instrumentos del materialismo histrico la meterica aparicin de un liderazgo popular capaz de enturbiar la visin de los autonomistas y de subyugar la voluntad plebeya? O es que nuestros autores reposan sobre las teoras funcionalistas de la modernizacin segn la cual un intenso proceso de cambios deja a las masas en disponibilidad e indefensas para ser manipuladas a su antojo por un lder carismtico. Lejos de esta lectura equivocada es preciso recuperar el camino de la construccin colectiva de la historia, y analizar los hechos y procesos sociopolticos como resultados del choque de mltiples sujetos que forman aquel paralelogramo de fuerzas referido por Engels y del cual surge la direccin del proceso histrico. Cabe preguntarse si capitulacin del autonomismo no tiene mucho que ver con el hecho de que las fuerzas polticas progresistas o de izquierda en el gobierno pudieron expresar y dar satisfaccin, aunque sea parcial, a las demandas de los diversos sujetos populares. Estrategias y proyectos que pueden corresponderse o no con las planteadas por algunas organizaciones, pero que evidentemente fueron ledas y articuladas al menos en parte- por las fuerzas polticas y algunos lderes carismticos. La experiencia concreta seala que las demandas que primaron y organizaron las estrategias objetivas de las luchas populares giraron en torno a la mejora en la calidad de vida y del trabajo, una mayor participacin democrtica, y mayores grados de soberana poltica y econmica frente a la entrega de nuestros pases al imperialismo. Y estas demandas fueron, en mayor o menor medida segn los casos, satisfechas por los gobiernos progresistas. Fue por eso que la reivindicacin autonomista pas, sin ser abandonada por completa, a un segundo plano.

Productividad histrica y limitaciones de los progresismos realmente existentes

En la segunda parte de su artculo Modonesi y Svampa examinan las derivas de los progresismos realmente existentes. El tono es, por supuesto, crtico de estas experiencias que parecan abrir la posibilidad de concretar algunas demandas de cambio. De sus palabras, as como del resto de su trabajo, se desprende que esos gobiernos fracasaron lamentablemente a la hora de introducir algn cambio mnimamente significativo. Esto abre un serio interrogante, terico y prctico a la vez, acerca de las enigmticas razones por las cuales, ante tanta inocuidad poltica, el imperialismo reaccion con tanta furia y saa contra estos gobiernos. Pero dejando esto de lado, nuestros autores fustigan a quienes aludieron a estos procesos apelando a expresiones tan diversas como posneoliberalismo, el giro a la izquierda, o inclusive de una nueva izquierda latinoamericana. Segn sus anlisis la caracterizacin que finalmente predomin fue la denominacin genrica y por dems vaga de progresismo. Reconocen, sin embargo, que bajo este rtulo se incorporaban -a nuestro juicio errneamente- experiencias polticas y sociales muy distintas. Tal como lo hemos planteado en otro lugar, hay una distincin que por elemental no deja de ser crucial entre gobiernos que se fijaron como objetivo la construccin de una sociedad no-capitalista: socialismo del siglo veintiuno, socialismo bolivariano, sumak kawsay, vivir bien, como se desprende de los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador; y otros cuyo objetivo era fundar un capitalismo serio, como se lo propusieron, sin xito, Lula da Silva en Brasil, Nstor Kirchner y Cristina Fernndez en la Argentina, y los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay [8] . En lugar de esto, Modonesi y Svampa incomprensiblemente incluyen bajo una misma categora de progresismo a los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, claramente de centro derecha y casi conservadores, junto al Brasil, de Lula Da Silva y Dilma Rousseff, al Uruguay, de Tabar Vzquez y Pepe Mujica, la Argentina de Nstor Kirchner y Cristina Fernndez de Kirchner, al Ecuador de Rafael Correa, la Bolivia de Evo Morales, la Venezuela de Hugo Chvez y recientemente, de Nicols Maduro y a Nicaragua con las presidencias de Daniel Ortega y los gobiernos del FMLN en El Salvador, en particular el de Snchez Cern. [9] Quedan en la nebulosa, por omisin, los gobiernos de Fernando Lugo en Paraguay y de Manuel Mel Zelaya en Honduras. A Cuba, menos mal!, no la incluyen en su progresismo descartable, pero se olvidan llamativamente, por cierto, de incorporarla en algn anlisis o parte de su texto. Nos parece imposible hablar de estos temas sin una referencia a la Revolucin Cubana, cuya porfiada resistencia a los designios del imperialismo abri la puerta a eso que el presidente Rafael Correa llamara cambio de poca. Mucho ms oscura y desgraciada habra sido la historia en Amrica Latina y el Caribe si Cuba hubiese arriado las banderas del socialismo una vez desintegrada la Unin Sovitica, como se lo reclamaran con insistencia numerosos lderes socialdemcratas, ya reconvertidos al neoliberalismo, de Europa y Amrica Latina.

Modonesi y Svampa aciertan slo en parte cuando aseguran que el progresismo latinoamericano llevaba una agenda similar: crtica al neoliberalismo, cierta heterodoxia en las polticas macroeconmicas, inclusin social, lucha contra la pobreza, etctera. Pero dejan en las sombras una diferencia fundamental: que los gobiernos de izquierda Venezuela, Bolivia y Ecuador- asumieron posturas y ejecutaron polticas ms radicales en lo econmico y social, construyeron notables constituciones que profundizaron la calidad democrtica de sus pases, hicieron de la naturaleza un sujeto de derecho (introduciendo una innovacin fundamental en el derecho contemporneo), y adoptaron planteamientos abiertamente antiimperialistas que las versiones ms edulcoradas del progresismo, ni hablar del conservadurismo chileno, ni por asomo se atrevieron a ensayar. El ocultamiento del antiimperialismo en un cono de sombras es un rasgo comn a las diversas familias trotskistas y a los pensadores liberales, cuya ceguera para ver ese fenmeno llega a ser por momentos alucinante y que en consecuencia slo les permite ver el rbol y no percibir el bosque, con las consecuencias polticas que de ello se derivan.

La consecuencia de este planteamiento es que todos los gobiernos progresistas caen en el cajn de sastre de un populismo de alta intensidad que se opone, absorbe y niega otras matrices ideolgicas contestatarias, como la del indigenismo, el campesinado, las izquierdas clsicas y los autonomismos que desempearon, segn nuestros autores, un papel importante en el inicio de la nueva poca. En suma, se consolida un cambio controlado desde arriba, con lderes mesinicos que dan cosas a un pueblo sumiso y sometido. El remate de esta interpretacin es la caracterizacin de estos procesos progresistas (sin diferenciar al Chile de Bachelet de la Bolivia de Evo?) como revoluciones pasivas (Gramsci), o sea, como modernizaciones conservadoras que desmovilizan y subalternizan a los protagonistas del ciclo de lucha anterior.

De lo anterior, Modonesi y Svampa concluyen que hay tres limitaciones que impiden caracterizar a los gobiernos progresistas como posneoliberales o de izquierda [10] . Primero, porque aceptaron el proceso de globalizacin asimtrica y sus consecuencias: lmites a la redistribucin de la riqueza, al combate a la desigualdad y al cambio de la matriz productiva. Tampoco avanzaron estos regmenes en reformas tributarias, ms all de tmidos intentos, y su poltica de recuperacin de los bienes comunes para sus pueblos se hizo negociando con las grandes transnacionales de la industria, el agronegocio y la minera.

Ante esto cabe decir que la modificacin de la globalizacin asimtrica es un proyecto que ni siquiera China est en condiciones de realizar, y que exigirle eso a un pas latinoamericano revela un profundo desconocimiento de lo que nuestros pases estn en condiciones de hacer. En cuanto a que hubo lmites en las polticas de redistribucin de ingresos y riqueza es cierto, pero: dnde y cundo no los hubo? Reformas tributarias continan siendo una asignatura pendiente, pero en algunos pases en algo se avanz, si bien no tanto como hubiera sido deseable. Por ltimo, una vez ms, si China concluy a finales de los aos setenta del siglo pasado que con sus propios recursos jams podra garantizar el crecimiento de su economa para resolver los problemas de su poblacin; que sin una asociacin no-subordinada al capital extranjero, posible por la fortaleza de su aparato estatal, jams daran el salto tecnolgico requerido por el desarrollo de sus fuerzas productivas, cmo podran nuestros pases prescindir de una negociacin con quienes detentan un prctico monopolio de la alta tecnologa? El caso de China es bien ilustrativo. Desde el comienzo de las reformas econmicas implantadas por Deng Xiao Ping en 1978, el PIB de ese pas se multiplic por diez y se puso fin a las hambrunas que desde tiempos inmemoriales peridicamente condenaban a muerte a decenas de millones de chinos. Deng se pregunt, ante sus camaradas del Partido Comunista, si China podra, con sus propios recursos, algn da llegar a tener la gravitacin internacional que gozaban algunos pases europeos como Alemania, Francia o Gran Bretaa. Su respuesta fue un rotundo no. Dijo que para lograr ese objetivo China deba construir un Estado fuerte, para evitar ser sometido al arbitrio de los grandes capitales; que deba atraer la inversin extranjera, con transferencia de tecnologa, para apropiarse de los avances tecnolgicos de Occidente; que deba lanzar un gran programa de obras pblicas, para construir los caminos, puentes, vas frreas, puertos y toda la infraestructura que China requera y, por ltimo, que tena que realizar fuertes inversiones en educacin y en ciencia y tecnologa. A la luz de esta reflexin del lder chino, es razonable pensar que pases latinoamericanos, incluyendo al Brasil, Mxico y la Argentina, pueden lograr los avances econmicos y sociales que esperan sin una negociacin con las transnacionales que retienen en su poder los desarrollos tecnolgicos ms importantes de nuestro tiempo en las principales ramas de la economa? Tomemos el caso de Bolivia y el litio. Durante siglos la oligarqua de ese pas mantuvo a su poblacin en la ignorancia y el analfabetismo. Cmo hacer para que, de la noche a la maana, surja una capa de tcnicos del ms alto nivel, familiarizados con la ms actualizada metodologa susceptible de ser empleada para la produccin de litio? Por otra parte la extraccin y produccin del litio, que es criticada por un irresponsable pseudo ambientalismo, tiene un potencial enorme a desarrollar en cuanto energa ms limpia y renovable. Pero en Bolivia las transnacionales que elaboran el litio no tienen acceso al salar de Uyuni, que es de donde se lo obtiene y al cual slo ingresan las empresas estatales. All no entra el capital extranjero.

El segundo pecado de los progresismos latinoamericanos (recordar: sin discriminacin alguna al interior de esta categora) fue su fracaso en la pregonada vocacin por cambiar la matriz productiva, ms all de las narrativas eco-comunitarias que postulaban al inicio los gobiernos de Bolivia y Ecuador, o de las declaraciones crticas del chavismo respecto de la naturaleza rentista y extractiva de la sociedad venezolana. Esta incapacidad demostrara que los gobiernos del grupo no slo no ingresaron en el terreno del pos-neoliberalismo sino que, por el contrario, agravaron la cuestin ambiental, criminalizaron la protesta social, repudiaron al Convenio 169 de la OIT que establece la proteccin de los pueblos indgenas y tribales, y deterioraron los derechos anteriormente adquiridos.

Ante esta crtica hay que decir que, efectivamente, al cambio de la matriz productiva result ser muchsimo ms complicado de lo imaginado. De hecho, en fechas recientes los dos casos ms significativos de ese cambio son Corea del Sur y Gran Bretaa: la primera, transitando a lo largo de ms de un cuarto de siglo desde una economa campesina atrasada a una de carcter industrial altamente desarrollada; la segunda, desandando la ruta industrial y reconvirtindose en una economa de servicios y fundamentalmente de carcter financiero en torno a la City londinense. En los dos casos el perodo requerido para hacer estos cambios oscil entre los 25 y los 30 aos, y en ambos tambin se cont con la colaboracin de Estados Unidos. Por el contrario, en los pases latinoamericanos los cambios hay que hacerlos de inmediato, pues a los dos aos el gobierno de turno se enfrenta a las primeras elecciones y, para colmo de males, todo debe hacerse en un contexto signado por la persistente animosidad de los Estados Unidos y su tridente desestabilizador: la oligarqua meditica, el poder judicial y la venalidad de los legisladores. Tiempo que, obviamente, es irrisorio para emprender la transformacin de la matriz productiva en cantidad y calidad suficiente, teniendo en cuenta la estructural dependencia externa que fue cambiando su modalidad pero sigue vigente desde hace 500 aos.

Pero lo que de ninguna manera ocurri fue que se criminalizara la protesta social o se produjera un deterioro de los derechos adquiridos o se desconocieran los de los pueblos indgenas. Y en caso de que se hubiera producido algo en esa direccin esto no obedeci a una poltica sistemtica sino a excepciones producto de circunstancias coyunturales. Sera bueno que Modonesi y Svampa aportaran algunos ejemplos concretos al respecto, pero no lo hacen. En cambio sugieren que las polticas represivas que normalmente emplean los gobiernos conservadores latinoamericanos encuentran su contraparte en los de signo progresista, lo cual es un error slo atribuible a un malsano encono en contra de estos gobiernos. Encono que no por casualidad corre en paralelo con el llamativo silencio de nuestros autores en relacin a las masivas violaciones a los derechos humanos y las libertades pblicas perpetradas por los gobiernos Mxico, Honduras, Colombia y Per, que ni por asomo suscitan la indignacin y la fiereza crtica que s les provocan las flaquezas y limitaciones de los gobiernos del ciclo progresista.

Hay empero una tercera limitacin que habra impedido el trnsito hacia el post-neoliberalismo: la concentracin de poder poltico, la utilizacin clientelar del aparato del Estado, el cercenamiento del pluralismo y la intolerancia a las disidencias. Una vez ms nos hallamos ante una crtica indiferenciada que en su generalidad nada explica ni nada permite entender. No slo eso, en su temeraria aseveracin los autores hablan, sin aportar un solo dato concreto, de cuestiones tan graves como violacin de derechos humanos e, inclusive, de una clara complicidad de los gobiernos progresistas de nuevo, todos sin excepcin- con las estrategias de restauracin derechista por la va electoral. El remate de este disparate es la afirmacin de que salvo parcialmente en el caso del Poder Comunal en Venezuela () el andamiaje estatal y partidocrtico propio del (neo) liberalismo ha quedado intacto. Las nuevas y radicales constituciones de Venezuela, Bolivia y Ecuador, que abrieron rumbos en la proteccin de la naturaleza y en la expansin de los derechos democrticos son arrojadas, sin ms miramiento, al trasto junto con la estatizacin de los bienes comunes y todo un conjunto de cambios que desataron la feroz reaccin de la derecha verncula y el imperialismo. Se verifica una vez ms la verdad contenida en el refrn que dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Horizontes emancipatorios y batallas estratgicas: una reflexin final

La parte final del artculo de Modonesi y Svampa dictamina, sobre la base de los gruesos yerros de interpretacin arriba mencionados, la acusacin final: estos gobiernos contribuyeron a desactivar aquellas tendencias emancipatorias que se gestaban en los movimientos antineoliberales. Una desactivacin que, segn los autores, no es slo el natural reflujo de un ciclo de luchas o el reposo que sigue a la satisfaccin de las demandas largamente exigidas, o la canalizacin institucional de la lucha de clases cuando los que comandan los Estados ofrecen esa apertura, incluso jugando en contra del poder. El ineluctable resultado de esta verdadera traicin de las fuerzas de izquierda o centroizquierda no poda ser otra cosa que el fin del ciclo progresista, que se produce por derecha y no por izquierda. De todos modos, Modonesi y Svampa no se desaniman pues perciben, diramos que con indisimulable alivio, que el derrumbe de aquellos gobiernos da lugar al nacimiento de nuevas resistencias saturadas de rasgos y componentes antisistmicos que antes se agitaban en las entraas del progresismo pugnando por abrirse paso y que ahora, ante su final capitulacin, emergen con fuerza. Componentes de este venturoso renacimiento seran el cuestionamiento del extractivismo, las novedosas gramticas de lucha de los nuevos movimientos socioambientales, colectivos culturales y asambleas ciudadanas constructoras de una nueva narrativa emancipatoria [11] . De las y los trabajadores y humildes de Nuestra Amrica, que haban visto mejorada su calidad de vida, ni hablar. Conscientes de que las luchas de clases son tan antiguas como nuestra historia, Modonesi y Svampa atenan la radicalidad de la supuesta ruptura de estas nuevas gramticas de lucha con las que les precedieron al reconocer que no pocas izquierdas clasistas hoy comienzan a ampliar su plataforma discursiva, incluyendo conceptos que provienen de aquellos otros lenguajes y, viceversa, la politizacin de la luchas socioambientales las lleva a buscar y encontrar claves de lecturas que remiten a las mejores tradiciones y prcticas polticas de las izquierdas del siglo XX.

Sin embargo, consideramos que lo que emerge con vigor es justamente esa fuerza popular que conforma la base de los procesos revolucionarios. Nos referimos al ncleo duro que est defendiendo tenazmente su posicin -aun a costa de enormes sacrificios, como en Venezuela- o el que sale a la calle a defender los proyectos progresistas desplazados del poder (Argentina) o destituidos fraudulentamente (Brasil) y que han acumulado una gran experiencia de lucha contra el neoliberalismo. Esos movimientos no esperarn impasibles a que pase otra dcada de barbarie neoliberal arrasando con todas sus conquistas, sino que ya han comenzado a movilizarse y estn debatiendo con qu herramientas polticas y con qu proyectos volvern a disputar los gobiernos en las prximas elecciones. lvaro Garca Linera hace poco expresaba con razn que

lo importante es que esta generacin que hoy est de pie, vivi los tiempos de la derrota, del neoliberalismo, vivi los tiempos de la victoria temporal de los gobiernos progresistas y revolucionarios y ahora est en este periodo intermedio. Por lo tanto tiene el conocimiento, tiene la experiencia, para poder volver a retomar la iniciativa. A diferencia de los aos 60 o 70 cuando se aniquila una generacin, la derrota poltica y militar y la construccin de una nueva generacin va a tardar 30 aos. Aqu no, aqu es una misma generacin que ha vivido derrota, victoria y temporal derrota y por lo tanto puede tener el conocimiento, la habilidad tctica, la capacidad de construccin de ideas fuerza como para volver a retomar la iniciativa. Si no hacemos eso, este periodo de toma parcial de iniciativa de la derecha puede extenderse y puede ampliarse a otros pases de Amrica Latina, lo que sin duda significara una catstrofe porque, como ya estamos viendo, all donde triunfa la derecha, derecha es: recorte de lo social, recorte del Estado, recorte de derechos y por lo tanto recorte del bienestar de la poblacin, que fue lo que se logr en esos diez aos virtuosos de gobiernos progresistas [12] .

Por otra parte algunas fracciones sociales o sus organizaciones, descontentas con determinadas polticas de los gobiernos progresistas, como los casos mencionados por nuestros autores, podrn fcilmente confluir en una accin conjunta con los dems grupos que se oponen a los gobiernos de derecha. Saben, por experiencia propia, que estos procurarn avanzar muchos ms que los anteriores por sobre sus derechos y los de la Madre Tierra, condonando a los verdugos de las clases populares, como por ejemplo hizo el presidente argentino Mauricio Macri al eliminar las retenciones (impuestos sobre sus exportaciones) a las empresas mineras y a ciertas ramas de la agricultura, entre otros beneficios otorgados a su propia clase.

La posible coincidencia entre los nuevos y los clsicos sujetos y sus respectivas formas y estrategias de lucha abre as insospechadas posibilidades de resistencia tanto contra las tentativas restauradoras de la derecha como ante las insuficiencias y vacilaciones del progresismo. Pero, por sobre todo, defendiendo las conquistas realizadas en el pasado, y entendiendo que los gobiernos de izquierda dentro del amplio espectro del progresismo son la garanta del sostn institucional de esas conquistas.

Concluimos sealando que el trabajo que hemos comentado se inscribe en una larga lista de intervenciones que parten de dos premisas a nuestro juicio errneas: primero, la indiferenciacin entre gobiernos de muy distinto tipo, desde la centroderechista Nueva Mayora chilena actual, con Michelle Bachelet a la cabeza, hasta el izquierdismo, de fuertes reminiscencias clsicas, de Evo Morales en Bolivia. No hace falta ser un obsesionado por las cuestiones metodolgicas para concluir que cualquier afirmacin que se haga acerca de tan heterogneo colectivo tiene un valor apenas relativo, si es que lo tiene. En la mayora de los casos se llega a proposiciones de escaso valor explicativo. Podemos, en un anlisis riguroso, hablar del populismo de Bachelet!, especialmente cuando se apela al uso vulgar de esa categora y se prescinde de un anlisis terico de ese concepto? El marxismo latinoamericano ha hecho algunas contribuciones importantes al esclarecimiento del mismo que podran haber ayudado a una mejor inteleccin de la tesis de nuestros autores.

Si la primera premisa errnea es el populismo, la segunda es el anticipado funeral del ciclo progresista cuyo fin ha sido proclamado y en algunos casos anhelado- urbi et orbi por muchos, incluyendo ciertos sectores de una izquierda en cuyo campo de visin todava no aparece el fenmeno del imperialismo, por imponente y brutal que este sea. Pero un anlisis sobrio de la coyuntura demuestra que en Ecuador la Alianza Pas tiene grandes chances de imponer su candidato en la eleccin presidencial del 2017; que Evo Morales tiene mandato hasta comienzos del 2019 y que el MAS boliviano tiene amplias ventajas pre-electorales por sobre cualquiera de sus rivales; que en Nicaragua Daniel Ortega sera reelecto por una abrumadora mayora electoral en el curso de este ao. En Mayo Danilo Medina obtuvo 66 % de los votos aplastando al candidato de la derecha en Repblica Dominicana y en El Salvador, Salvador Snchez Cern, del FMLN, se ha mantenido en el gobierno pese a las enormes presiones desestabilizadoras de la derecha verncula y el imperialismo, en un pas que, al igual que Ecuador, tiene al dlar norteamericano como su moneda. Otros referentes centrales a la hora de analizar las relaciones de fuerzas en la regin son nuestro ya legendario faro cubano y la posible concrecin de los acuerdos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejrcito del Pueblo - (FARC-EP) (plebiscito del 2 de Octubre mediante) que, seguramente, tendrn un lugar importante en la vida poltica institucional de ese pas. La Argentina, con la derrota del kirchnerismo, es la excepcin en este cuadro, configurando el nico caso de un gobierno progresista derrotado en las urnas, por un estrecho margen y ms como producto de inslitos errores del kirchnerismo que de mritos propios de la oposicin de derecha. Pero su futuro es incierto. Un informe aparecido en estos das del banco de inversin BCP Securities, Wall Street, advierte que la poblacin est exigiendo resultados de parte de aquellos que eligieron para gobernar. Falta tan solo un ao para las elecciones de medio trmino y, al ritmo que van, al PRO de Macri lo van aplastar [13] . En Brasil, la ilegal e ilegtima destitucin de Dilma Rousseff instal en el Planalto a un gobierno usurpador, encabezado por un personaje como Michel Temer a quien votara en una eleccin presidencial slo el 2 % de la poblacin, al paso que un 60 % pide su renuncia. Por otra parte, uno de los condenados por delitos de corrupcin, el mega empresario Marcelo Odebrecht, declar das pasados que Michel Temer haba pedido una ayudita para su partido, el PMDB, y que recibi 10 millones de reales en efectivo [14] . Ni bien avance esta investigacin ser muy difcil evitar que Temer sea eyectado del Palacio del Planalto, con lo que debera convocarse a una nueva eleccin presidencial, para la cual no hay ningn candidato de la derecha que aparezca como probable ganador. En suma: no hay demasiada evidencia concreta que indique que este ciclo ha llegado a su fin. Est enfrentando nuevos desafos, sin duda, pero de ah a extender el certificado de defuncin hay un muy largo trecho.

Creemos, por consiguiente, que la decisin de someter a discusin la totalidad de la experiencia de los gobiernos subsumidos bajo el confuso rtulo de progresismo debe ser bienvenida, porque sin duda hubo, y habr, errores, turbulencias y contradicciones, como en cualquier otra experiencia poltica. La crtica y, en especial, la autocrtica son muy importantes en momentos como los actuales, cuando arrecia la ofensiva del imperialismo. Pero esto debe hacerse siguiendo la mxima de Tcito cuando recomendaba examinar las cosas de nuestro mundo sine ira et studio, lo que podra traducirse como sin odio o animadversin y sin prejuicio o parcialidad. No es este el caso del trabajo de Modonesi y Svampa, en donde la animadversin hacia las experiencias del progresismo es manifiesta tanto como su parcialidad en el ejercicio de la crtica, donde por lo visto nada ha sido hecho bien y todo est mal. Y la historia es muchsimo ms complicada, en donde el bien y el mal se entremezclan de tal modo que se requiere un espritu muy sobrio y alerta para distinguir el uno del otro.

Sin embargo, desde el punto de vista de la vida concreta de millones de hombres y mujeres que conforman nuestros pueblos, sin duda el bien prim sobre el mal durante ms de diez aos, en los que si bien no se ha dado vuelta la tortilla, se han logrado importantes conquistas materiales, culturales, polticas, en derechos humanos y civiles, y avances en el sueo de la integracin latinoamericana, que dignificaron y significaron una fenomenal ampliacin de la ciudadana, -es decir: ampliacin de derechos aun dentro del sistema capitalista- al igual que los llamados procesos nacional-populares o populismos de mediados del siglo veinte. La dialctica de la historia que, obviamente se aleja de cualquier revolucin de manual, nos ensea que, aun con todas sus contradicciones, lo que viene despus de los gobiernos progresistas -y mucho mas lo ser de los revolucionarios- son salvajes intentos por maximizar las tasas de ganancias removiendo a cualquier costo las limitaciones impuestas por movimientos y gobiernos populares. En varios de nuestros pases el ataque de la derecha puso a los movimientos sociales en guardia y ya se estn erigiendo fuertes resistencias a aquellas tentativas. Por ello, la defensa de los procesos progresistas y revolucionarios que estn de pie -an bajo el intenso e incesante fuego econmico, poltico y meditico del imperialismo y la reaccin- es la batalla estratgica de nuestro tiempo. Defensa que no excluye una necesaria autocrtica para rectificar rumbos, pero sin dejar de sealar que, vistos en perspectiva histrica, los aciertos histricos de estos procesos superan ampliamente sus desaciertos y limitaciones.

En una nota reciente uno de los autores de estas lneas deca, a propsito de la crisis en Brasil, que la izquierda latinoamericana deba extraer tres lecciones de lo ocurrido en ese pas y que esas enseanzas tienen un valor general para los pases de la regin [15] . Primero, reconocer que cualquier concesin a la derecha por parte de gobiernos de izquierda o progresistas slo sirve para debilitarlos y precipitar su ruina. En coyunturas como estas, la intransigencia ante las presiones de la derecha y la radicalizacin poltica son las nicas garantas de supervivencia. Segundo, no olvidar que el proceso poltico no slo transcurre por los traicioneros canales institucionales del estado sino tambin por la calle, el turbulento mundo plebeyo. Slo esta puede detener los afanes golpistas de la derecha, que como se comprob en Honduras, Paraguay y Brasil, pueden procesarse sin mayores contratiempos en los marcos institucionales del estado burgus. Maduro tiene la calle, Dilma no la tena. Y esta diferencia explica la distinta suerte de uno y otra. Tercero, las fuerzas progresistas y de izquierda decepcionadas por la derrota de la va armada- no pueden caer ahora en el error de apostar todas sus cartas exclusivamente en el juego democrtico. No olvidar que para la derecha la democracia es slo una opcin tctica, fcilmente descartable. Las elecciones son slo una de sus armas: la huelga de inversiones, las corridas bancarias, el ataque a la moneda, los sabotajes a los planes del gobierno, los golpes de estado e inclusive los asesinatos polticos han sido frecuentemente utilizadas a lo largo de la historia latinoamericana. Por eso las fuerzas del cambio y la transformacin social, ni hablar los sectores radicalmente reformistas o revolucionarios, tienen siempre que tener a mano un plan B, para enfrentar a las maniobras de la burguesa y el imperialismo que manejan a su antojo la institucionalidad y las normas del estado capitalista. Y esto supone la continuada organizacin, movilizacin y educacin poltica del vasto y heterogneo conglomerado popular, cosa que pocos gobiernos progresistas se preocuparon por hacer. En otras palabras, la desobediencia civil o la va insurreccional no violenta de masas, la misma que acab con el rgimen del Sh en Irn, con Al en Tnez y con Mubarak en Egipto, es un recurso que bajo ningn motivo debera ser descartado.



[1] Ver su Post-progresismo y horizontes emancipatorios en Amrica Latina, del 13 de agosto de 2016, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215469 .

[2] Es altamente controversial decir que el ataque a Dilma Rousseff fue legal. La presunta legalidad de su juicio poltico ha sido fuertemente cuestionada por numerosos analistas y observadores de la vida poltica brasilea. El rgimen poltico brasileo es presidencialista, y slo ante la constatacin fehaciente de un delito podra haberse iniciado un juicio poltico a la presidenta. Sin embargo, como lo atestigua la misma sentencia que la despoja de su cargo, ese delito no existi.

* Atilio Boron es Profesor Titular Consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y Profesor del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Avellaneda. Paula Klachko es Profesora del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Avellaneda y de la Universidad Nacional de Jos C. Paz

[3] A menudo las organizaciones que emergieron de los procesos de resistencia en los 90s fueron nuevas en tanto fundadas en esa coyuntura, pero en muchos casos adoptando nombres que remiten a viejas banderas reivindicativas. No necesariamente fueron nuevas en cuanto a sus modalidades de organizacin e instrumentos de lucha, que recuperaron elementos de las tradiciones de los diversos pueblos latinoamericanos y las resignificaron en los nuevos escenarios. Hubo tambin un importante nivel de experimentacin social de modos de organizacin alternativos, pero no con la masividad que pregonan algunos intelectuales deslumbrados por esas experiencias que, adems, tuvieron una corta existencia. Pese a ello, como sostenemos ms adelante, influyeron en la democratizacin de numerosas agrupaciones sociales. Vase al respecto Klachko, Paula Las formas de organizacin emergentes del ciclo de la rebelin popular de los 90 en la Argentina, en Documentos y Comunicaciones PIMSA 2007 (Buenos Aires: PIMSA), disponible en: http://www.pimsa.secyt.gov.ar/publicaciones.htm .

[4] Para un anlisis tanto de la fase de resistencias al neoliberalismo como de los cambios sociales y polticos y los nuevos desafos que se desencadenaron con el cambio de poca, vase Arkonada, Katu y Klachko, Paula, 2016, Desde Abajo. Desde Arriba. De la resistencia a los gobiernos populares: escenarios y horizontes del cambio de poca en Amrica Latina (La Habana: Editorial Caminos). Sobre el tema del poder, vase Atilio A.Boron, La selva y la polis . Interrogantes en torno a la teora poltica del zapatismo Revista Chiapas (Mxico, 2001), N 12 http://www.revistachiapas.org/No12/ch12boron.html

[5] El sandinismo triunf en la guerra civil contra el estado somocista y sus mentores en Estados Unidos, aunque luego sucumbi, en el terreno electoral, porque no pudo soportar diez aos de agresiones, sabotajes y bloqueos de la contra organizada, financiada y armada por Washington. Sin embargo, el sandinismo luego regres al gobierno con un nuevo triunfo electoral y ahora se encamina hacia una aplastante victoria en la prxima eleccin presidencial. En cuanto a El Salvador, los acuerdos de paz reflejan que la guerrilla salvadorea no fue derrotada sino que hubo un empate tcnico entre el FMLN y el ejrcito salvadoreo y sus asesores norteamericanos.

[6] Lenin, V. I. (1905) Dos Tcticas de la social democracia en la revolucin democrtica (Bs. As.: Editorial Anteo, 1986)

[7] Cf. Andr Gorz Adis al proletariado: Ms all del socialismo, (Madrid: El Viejo Topo, 1981)

[8] Vase Born, Atilio A. Socialismo Siglo XXI.Hay vida despus del neoliberalismo? (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2014), pp. 11- 51.

[9] No obstante, Modonesi y Svampa retroceden espantados ante su enumeracin y aclaran, en el cuerpo del texto, que el progresismo abarca corrientes ideolgicas y perspectivas polticas diversas, desde aquellas de inspiracin ms institucionalista, pasando por el desarrollismo ms clsico, hasta experiencias polticas ms radicales, de tinte plebeyo y nacional-popular o que terminaron declarndose socialistas.

[10] Algunos publicistas de los gobiernos progresistas, sobre todo en Brasil, insistieron en que en ese pas ya se haba llegado al posneoliberalismo, afirmacin totalmente infundada como el tiempo se encarg de demostrar con particular crueldad. Slo en el ncleo duro de los gobiernos progresistas Venezuela, Bolivia y Ecuador- se pudieron registrar algunos avances significativos en esa direccin. En menor medida hubo algunos progresos en la Argentina y menos todava en Brasil y Uruguay. La matriz neoliberal instaurada en los noventas ha demostrado ser un hueso demasiado duro para roer.

[11] La crtica al extractivismo de las experiencias progresistas expone con claridad la irresponsabilidad de los anti-extractivistas, para decirlo con la mayor benevolencia. Por ejemplo, an estamos esperando que digan cmo har Bolivia, que en 25 aos doblar su poblacin, para construir las escuelas, viviendas, hospitales, caminos y puentes que requerir la duplicacin del nmero de sus habitantes. O es que todo eso se construir sin hierro, cemento, cobre, sin aprovechar sus recursos gasferos, por la sola magia del discurso? No parece ser una crtica seria. Para un examen detallado de este asunto ver Atilio A. Boron, Amrica Latina en la geopoltica del imperialismo (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, Cuarta Edicin, 2014). Hay ediciones de este libro en Mxico, Cuba y Espaa.

[12] Entrevista de Martn Granovsky a Alvaro Garca Linera en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Agosto 2016. CLACSO-TV en https://www.youtube.com/watch?v=RuvvgMT826E

[13] Un banco de Wall Street advierte que Macri podra perder las elecciones, en La Poltica Online, 20 de Septiembre, 2016 http://www.lapoliticaonline.com/nota/100396/

[14] Delao da Odebrecht cita os nomes de Jos Serra e Michel Temer. Serra teria recebido R$ 23 milhes em propina, en Diario do Brasil, 20 de Septiembre de 2016 http://www.diariodobrasil.org/delacao-da-odebrecht-cita-os-nomes-de-jose-serra-e-michel-temer-serra-teria-recebido-r-23-milhoes-em-propina/#

[15] Cf. Atilio A. Boron, La tragedia brasilea, en http://www.atilioboron.com.ar/2016/08/la-tragedia-brasilena.html y en numerosos peridicos digitales latinoamericanos.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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