Portada :: Espaa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-10-2016

La nariz de Pedro Snchez

Santiago Alba Rico
Ctxt


Lo decisivo en la quiebra del PSOE es la crisis del rgimen pero tambin el fatalismo del partido. El pulso entre el ex secretario general y la institucin ha derivado en un bucle teatral que slo poda ser interrumpido por un golpe de Estado.

En uno de sus ms conocidos pensamientos, el filsofo Blaise Pascal (1623-1662) afirmaba que si la nariz de Cleopatra hubiese sido ms corta, la historia del mundo habra cambiado completamente. Pascal se refera al famossimo apndice nasal de la reina ptolemaica, cifra de su belleza, como a una fuente de poder capaz de decidir batallas, romper o anudar alianzas y eventualmente determinar la relacin --de independencia o vasallaje entre Egipto y Roma. Cleopatra apoy en su nariz la pompa de su debilitado poder real para multiplicarlo a travs de Csar y Marco Antonio; y si perdi ante Octavio Augusto fue porque las narices, al contrario que los caones o las bombas, no causan en todas las vctimas el mismo tipo de heridas. En todo caso, Pascal acudi a un detalle muy pequeo, instalado en un pequeo cuerpo individual, para subrayar del modo ms provocativo la desproporcin entre las causas y los efectos y llamar la atencin sobre el hecho de que los designios divinos --o la lucha de clases-- se ven a menudo descabalados, o al menos desviados, por factores adventicios que no pueden ser directamente absorbidos en el seno de la Historia (ni en la voluntad de Dios). No son las narices las que hacen la historia, es verdad, pero se hace con ellas, y no se pueden dejar a un lado si se quiere comprender el margen de contingencia y de intervencin individual que configura la esfera poltica.

Podramos decir, en efecto, que la nariz pascaliana anticipa lo que el muy jansenista Gramsci llamara tres siglos ms tarde la autonoma de lo poltico, a condicin de incluir en este concepto, junto a las formas y las culturas, dos factores de muy distinta naturaleza. Por un lado, s, la mencionada nariz de Cleopatra; es decir, los efectos colaterales del hecho de ser --los humanos-- sujetos corporales y lingsticos embargados por deseos socialmente combinados pero atravesados, como una espina, en las relaciones econmicas y, desde luego, en los clculos racionales y sus ambiciones de transparencia. Esta opacidad --la del tamao y el carcter, inseparables, como recuerdan Jorge Alemn y Carlos Fernndez Liria, de la sexualidad y la neurosis-- es la que ha permitido siempre hacer una lectura shakespeariana de las luchas por el poder. El juego de tronos que tanto fascina a algunos dirigentes podemitas es sobre todo el reconocimiento de un margen irreductible de tragedia clsica --al lado o frente a las estructuras y los sistemas-- que habra que intentar, sin embargo, gestionar, aliviar y limitar. La nariz de Cleopatra, obviamente, determina asimismo la condicin relevante de los liderazgos individuales, sobre todo en periodos de crisis o de transicin histrica (como lo fue el del paso de la Repblica al Imperio en la antigua Roma).

Pero junto a la Nariz hay otro factor autnomo que atraviesa las relaciones de poder. Me refiero a las instituciones; al hecho --es decir-- de que los marcos institucionales no slo imponen sus propias reglas clasificatorias y organizativas sino que, como recuerda la antroploga Mary Douglas, los seres humanos pensamos siempre, incluso cuando ms libres y solos nos sentimos, a travs de ellas. Un mdico piensa a travs del hospital (pblico o privado) en el que trabaja; un mafioso piensa a travs de la familia a la que ha jurado fidelidad; y un poltico piensa a travs del aparato del partido en el que milita. Pensar mejor o peor depender de las instituciones que dominen nuestras vidas; y por eso es tan importante cambiarlas. Asimismo, la posibilidad de intervenir mejor o peor (para alcanzar mejores instituciones) depender a su vez de los partidos polticos que tengamos, siempre amenazados, de entrada, por la conocida ley de hierro de Michel. La autonoma de lo poltico, compuesta de narices e instituciones, reviste por eso mismo una dimensin literaria y fatalista que, al tiempo que hace apasionante y contingente el juego del poder, impone lmites internos a toda esperanza de cambio radical. Sin esa autonoma no se podra intervenir sobre las estructuras, pero esa autonoma dificulta, ms que facilita, la intervencin.

Todo esto para decir que, si lo decisivo en la crisis del PSOE es sin duda la crisis del rgimen, no podemos entender sus peripecias sin introducir, ms all del Ibex, la nariz de Pedro Snchez y el fatalismo institucional del Partido Socialista. Es la combinacin de esos dos factores la que ha llevado a ese colofn teatral, el sbado pasado, cuya radical tragedia se agudizaba tanto ms en la medida en que adoptaba la forma irreprimible de un sainete esperpntico (del que se avergonzaban los propios actores). La evidencia que delataba la descomposicin entrpica del PSOE el pasado sbado, en la reunin del Comit Federal en Ferraz, era justamente el hecho de que, a partir de cierto momento, ninguno de sus participantes, como ocurre en Homero y en Shakespeare, era ya dueo de s mismo. Eran todos juguetes del destino. De hecho, para aduearse del destino, los llamados crticos tuvieron que aceptarlo y precipitarlo (el destino), igual que en la historia de la muerte en Samarkanda, y reintroducir la seriedad que desdramatizaba la escena al coste de consumar violentamente la tragedia.

Es difcil que el PSOE se recupere de esa puesta en escena a la que estaba abocado desde hace dos aos. Por qu abocado? De un lado tenamos a un Pedro Snchez de flato y plstico que, empujado desde dentro por Susana Daz y la vieja guardia del partido, encabritado desde fuera por Podemos, haba ido creyndose poco a poco su misin histrica de mrtir numantino del cambio. Es lo que el citado Pascal llamaba la mquina; lo que comenz como una simple estrategia de supervivencia personal en condiciones extremas acab --a fuerza de repetir ciertos gestos y ciertas palabras-- apoderndose de su imaginacin. Da toda la impresin de que Sańchez, siempre vaco, era sincero; y de que, hasta bien avanzada la jornada del sbado, se crey paladn insobornable de la nueva poltica enfrentado a los poderes ms oscuros de la tierra.

Del otro lado estaba la institucin --el partido-- que pensaba a travs de todos sus miembros con las reglas que se haban normalizado desde Suresnes y que, como lo probaba el propio espectculo del Comit Federal, impedan ver el exterior o, al menos, introducirlo en la sala. Una de las caractersticas de las instituciones, y sobre todo de los partidos polticos, es el hecho de que, cuando pensamos a travs de ellos, nos parece estar pensando los lmites del mundo. Este ensimismamiento --o visceracin-- institucional es ms profundo all donde la jerarqua y la opacidad son mayores; y donde la disciplina a la hora de aceptar estas reglas trapaceras se da por sentada. La nariz de Pedro Snchez, como la del cuento de Ggol, se emancip del cuerpo del partido, aunque se mantuvo atada a l por un hilo del que enseguida hablaremos. Snchez tuvo narices para desobedecer, pero no para desobedecer del todo. Y este pulso --entre la nariz y la institucin-- haba llegado tan lejos que, cuando comenz la reunin del Comit Federal, todos sabamos --lo saban incluso los propios actores-- que sus miembros se haban reunido para clavarse cuchillos en la espalda delante de toda Espaa.

El gran talento teatral de Pedro Snchez ha sido el de ceder en el ltimo momento y de la manera en que ms dao poda hacer al PSOE, ya muy magullado. Por qu? Esto tiene que ver sin duda con el marco en el que se combinaban las dos autonomas, la de la nariz de Snchez y la de la institucin llamada PSOE. Ese marco es, como han sealado algunos brillantes anlisis, la crisis del rgimen, que se hizo visible con el 15M y se materializ poltica e institucionalmente con la irrupcin de Podemos. Al quebrarse, el bipartidismo, por as decirlo, se desdobl, segregando dos vstagos paralelos, pero es obvio que al PSOE, verdadero pilar del orden establecido, le toc bailar con la ms fea. Mientras el PP se ha disputado el terreno con C's, que haba nacido como su muleta y en el que, llegado el momento, se ha podido apoyar, el PSOE ha tenido que lidiar con Podemos, fuerza nacida fuera del sistema y que, en la medida en que amenazaba su existencia, la institucin socialista slo poda odiar. Es este odio a Podemos, y la batalla que ha librado contra la fuerza morada, la que ha consumido la vida del partido los dos ltimos aos, hasta el punto de que en las dos ltimas elecciones generales el PSOE ya no se meda con el PP ni aspiraba a ganar los comicios; el resto de legitimidad que conservaba Snchez tena que ver con el hecho de que haba conseguido evitar el sorpasso. El ex secretario general, por tanto, mientras se iba creyendo paladn del cambio y se enfrentaba a los barones de su partido, mientras meta su nariz en los entresijos del aparato, segua pensando desde l, obsesionado como todos con Podemos y Pablo Iglesias y decidido, por tanto, a no hacer ninguna concesin en esa direccin. Encerrado en esos lmites --los que impona la existencia de Podemos-- el pulso entre la nariz de Snchez y la institucin llamada PSOE slo poda prolongarse agnicamente, en un bucle teatral completamente paralelo a la realidad, como as sucedi, y slo poda ser interrumpido por un golpe de Estado que empeorase an ms las cosas. As ha sucedido tambin. Tragedia shakespeariana y fatalismo institucional se han dado cita, una vez ms, para cambiar la historia.

La sinceridad de Snchez se ha revelado finalmente necia y suicida. La decisin de pelear hacia dentro sin hacer ninguna concesin hacia fuera para ceder en el ltimo momento a un golpe que l mismo acab justificando ha acelerado el final del PSOE, ya en descomposicin, daando al mismo tiempo las opciones reales de cambio, al menos a corto plazo. Intil para la restauracin, intil contra la restauracin, el PSOE ha quedado --no diremos definitivamente-- fuera de juego. Sera una buena noticia si la nariz de Pedro Snchez, adems de alimentar las dinmicas entrpicas de su partido, no hubiera aupado al PP y, para felicidad del Ibex, retrasado las transformaciones que reclama nuestro pas en una Europa en la que la justicia y la democracia no van ganando. Y si Podemos fuera --o volviera a ser-- una fuerza capaz de representar realmente a esa mayora social desarmada por la crisis y cansada de nuevo de la poltica y de los polticos...

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El ltimo de sus libros se titula Leer con nios.

@SantiagoAlbaR

Fuente: http://ctxt.es/es/20161005/Firmas/8838/Poder-Alba-Rico-instituciones-PSOE-crisis.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter