Portada :: Cultura :: Francisco Fernndez Buey: memoria de un imprescindible filsofo gramsciano
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-10-2005

Humanidades y tercera cultura

Francisco Fernndez Buey
La Insignia


I

Con motivo de una conferencia que pronunci en la Ctedra Ferrater Mora de la Universidad de Gerona hace unos aos, el conocido escritor y humanista George Steiner ofreca esta declaracin llamativa: "Hasta que los estudiantes de humanidades no aprendan seriamente un poco de ciencia, hasta que la gente que estudia lenguas clsicas o literatura espaola no estudie tambin matemticas, no estaremos preparando la mente humana para el mundo en que vivimos. Si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podemos entrar en los grandes debates que se avecinan. A los cientficos les gustara hablar con nosotros, pero nosotros no sabemos cmo escucharles. Este es el problema".

Es posible que el gran Steiner, decepcionado ya de lo que han sido en el siglo XX las humanidades clsicas y de lo que hemos llamado alta cultura humanstica, exagere un poco en su vejez (eso s, por reaccin ante otras presunciones anteriores) al poner todas sus esperanzas en lo que, en esa misma entrevista, l denomina la moral implcita en la metodologa cientfica. Pues tiende a identificar ahora la alegra que suele acompaar a la investigacin cientfica en acto con la gaya ciencia nietzcheana. Y tal vez exagere otro poco al declarar, gozoso, que, finalmente, las matemticas, la computacin y el clculo han venido a ocupar el lugar que ocuparon las humanidades y al confesar que l mismo se encuentra hoy mucho ms a gusto entre los colegas cientficos dedicados a la demostracin del teorema de Fermat, o a explicar por qu la mquina Deep Blue pudo ganar a Kasparov, que leyendo la ensima tesis doctoral sobre Shakespeare o Baudelaire.

Para poner en su lugar las esperanzas del sabio y viejo humanista decepcionado de la alta cultura de los "letreros" y esa percepcin externa de la , de la alegra con que se comporta el investigador cientfico, bastar, tal vez, con recordar aqu la forma en que uno de los ms eminentes fsicos de la segunda mitad del siglo XX, Richard P. Feynman, se ha referido al estado de nimo del investigador cientfico en una de las ms alabadas exposiciones de la fsica contempornea:

Uno de los descubrimientos ms impresionantes [de este siglo] fue el del origen de la energa de las estrellas, que hace que sigan quemndose. Uno de los hombres que lo descubri estaba con su novia la noche siguiente al momento en que comprendi que en las estrellas deben tener lugar reacciones nucleares para hacer que brillen. Ella dijo: Mira qu bellas brillan las estrellas. l dijo: S, y en este momento yo soy el nico hombre en el mundo que sabe por qu brillan. Ella simplemente le sonri. No estaba impresionada por estar con el nico hombre que, en ese instante, saba por qu brillan las estrellas. Y bien, es triste estar solo, pero as son las cosas de este mundo.

Dejando aparte las exageraciones acerca de los estados de nimo de los unos y los otros (sobre todo cuando los unos hablan de los otros y los otros de los unos), se ha de reconocer que Steiner no es el nico humanista grande del siglo XXI que est diciendo cosas as.

Al afirmar que si no entendemos algo mejor el lenguaje de las ciencias no podremos ni siquiera entrar en los grandes debates pblicos que se avecinan (o que estn ya ah), Steiner est apuntando a un problema real de nuestro tiempo. Pues, efectivamente, si se quiere hacer algo en serio a favor de una resolucin racional y razonada de algunos de los grandes asuntos socioculturales y ticopolticos controvertidos, en sociedades como las nuestras, en las cuales el complejo tecnocientfico ha pasado a tener un peso primordial, no cabe duda de que los humanistas van a necesitar cultura cientfica para superar actitudes slo reactivas, basadas exclusivamente en tradiciones literarias. A lo que habra que aadir, como suelen hacer algunos de los grandes cientficos contemporneos, tambin ellos, por lo general, desde las alturas de edad, que tampoco hay duda de que los cientficos y los tecnlogos necesitarn formacin humanstica (o sea, histrico-filosfica, metodolgica, literaria, histrico-artstica, etctera) para superar el viejo cientifismo de raz positivista que todava tiende a considerar el progreso humano como una mera derivacin del progreso cientfico-tcnico.

Este es el motivo de fondo por el que en los ltimos tiempos, y desde perspectivas diferentes, cientficos sensibles y humanistas comprometidos estn dando tanta importancia a la indagacin de lo que podra ser una tercera cultura.


II

Querra ilustrar un poco ms lo que est en el fondo de la preocupacin de humanistas como Steiner.

Sin cultura cientfica no hay posibilidad de intervencin razonable en el debate pblico actual sobre la mayora de las cuestiones que de verdad importan a la comunidad de la que formamos parte. Esto se debe a que, como se ha dicho tantas veces, la ciencia es ya parte sustancial de nuestras vidas. Un importante nmero de las discusiones pblicas, tico-polticas o tico-jurdicas ahora relevantes, suponen y requieren cierto conocimiento del estado de la cuestin de una o de varias ciencias naturales (biologa, gentica, ecologa, etologa, fsica del ncleo atmico, termodinmica, neurologa, etc). Pondr unos pocos ejemplos que me parecen significativos para argumentar esto.

Para orientarse en los debates sobre la actual crisis ecolgica, sobre el uso que se hace de las energas disponibles y sobre la resolucin de los problemas implicados en ese uso desde el punto de vista de lo que llamamos sostenibilidad, ayuda mucho la recta comprensin del sentido de los principios de la termodinmica, en particular de la idea de entropa, como mostraron hace ya aos, entre otros autores, y desde perspectivas diferentes, el economista matemtico Nicols Georgescu-Roegen y el eclogo Barry Commoner.

Para entender la necesidad de una tica medioambiental no antropocntrica (o al menos no antropocntrica en el limitado sentido de la tica tradicional) ayuda mucho la recta comprensin de la teora sinttica de la evolucin (y no slo en su formulacin darwiniana), como ha venido mostrando el paleontlogo S. J. Gould hasta su reciente fallecimiento.

Para diferenciar, con la necesaria correccin metodolgica, entre diversidad biolgica, defensa de la biodiversidad y aspiracin a la igualdad social (un asunto que ha producido y sigue produciendo innumerables equvocos) ayuda mucho la comprensin de la gentica y de los resultados alcanzado por la biologa molecular, como puso de manifiesto hace ya aos Teodosius Dobzhansky.

Para empezar a combatir con argumentos racionales el racismo y la xenofobia que algunos ven implicados en los choques culturales del cambio de siglo y de milenio puede ayudar mucho el conocimiento de los descubrimientos relativamente recientes de la gentica de poblaciones, como viene mostrando en las ltimas dcadas L.L. Cavalli Sforza.

A repensar lo que habitualmente venimos llamando "alma" y "conciencia", base de sensibilidad moral de los humanos y objeto durante mucho tiempo de la atencin exclusiva de la religin y de la filosofa, ayudan las reflexiones del recientemente fallecido Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN sobre la estructura neuronal del cerebro, es decir, sobre aquello que Ramn y Cajal llam "las misteriosas mariposas del alma". Ayudan ms an si el ciudadano de este inicio de siglo lee a Crick en paralelo, o compara lo que l ha escrito a este respecto, con las obras del neurlogo Oliver Sacks, amante de la literatura, y en particular del Borges de Funes el memorioso. Y, an ms en general, a replantear el viejo problema filosfico de la relacin mente-cuerpo, que tantas metforas ha producido a lo largo de la historia de la humanidad, ayuda al humanista, ms que cualquier otra cosa, el fascinante libro del fsico Roger Penrose, La nueva mente del emperador.

Incluso para entender bien el por qu de la necesidad de una nueva tica de la responsabilidad, que apunta hacia nuestro compromiso con el futuro, y para actuar en consecuencia, ayuda mucho el conocimiento preciso de los avances contemporneos en el mbito de las ciencias de la vida que fundamentan la medicina contempornea, como ha puesto de manifiesto en sus obras Hans Jonas.

La lista podra ser mucho ms larga. Pero la moraleja que se puede hacer seguir de esos pocos ejemplos es esta: desconocer que la cultura cientfica es parte esencial de lo que llamamos cultura (en cualquier acepcin seria de la palabra) y despreciar la base naturalista y evolutiva desconocimiento cientfico contemporneo equivale en ltima instancia, y en las condiciones actuales, a renunciar al sentido noble (griego, aristotlico) de la poltica, definida como participacin activa de la ciudadana en los asuntos de la polis socialmente organizada.

Ahora bien, por otra parte -y nos conviene no olvidar la otra parte- si queremos tener una nocin clara y precisa de hasta dnde llega y puede llegar razonablemente la ayuda de las ciencias naturales en la resolucin de estos problemas ticos-polticos contemporneos tambin es evidente que los cientficos en activo necesitan formacin humanstica. Pues la ciencia sin ms no genera conciencia tico-poltica, del conocimiento cientfico no se deriva directamente la conciencia ciudadana, y las ciencias de la naturaleza y de la vida dicen poco acerca de las complicadas mediaciones por las que el ser humano pasa de la teora en sentido propio a la decisin de actuar, por ejemplo, en favor de la conservacin del medio ambiente, en favor de un modo de producir y de vivir ecolgicamente fundamentado, del respeto a la diversidad o de la sostenibilidad ecolgica. Viene aqu a cuento -precisamente porque a partir de ella se puede empezar a generalizar sobre la complicada relacin entre ciencia y conciencia, entre teora y decisin- una interesante declaracin autocrtica del genetista francs Albert Jacquard:

Gracias a la biologa, yo, el genetista, crea ayudar a la gente a que viese las cosas ms claramente, dicindoles: Vosotros hablis de raza, pero qu es eso en realidad? Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigedades [...] En otras palabras: que el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace unos aos yo habra aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmacin, mi trabajo como cientfico y como ciudadano haba concluido. Hoy no pienso as, pues aunque no haya razas la existencia del racismo es indudable.

 

III

En lneas generales creo que se puede decir que hay conciencia pblica de la necesidad de un acercamiento o reconciliacin entre ciencias y humanidades desde la dcada de los sesenta del siglo XX y que el debate provocado por Charles Percy Snow a propsito de lo que l llam las dos culturas ha sido un elemento central en la difusin de esta conciencia. No voy a entrar aqu en las consideraciones de Snow sobre las causas del hiato entre cultura literaria y cultura cientfica ni tampoco en las acusaciones de ignorancia mutua que se han producido a partir de aquel debate. Dar por conocido que en el transcurso de esa controversia se dijeron algunas simplezas trivializadoras tanto sobre el papel de los cientficos de la naturaleza como sobre el papel de los literatos en la primera mitad del siglo XX. Lo que importa ahora es reconocer que C.P. Snow estaba apuntando a una realidad, a un problema de esos de los que se dice que est el aire, en el ambiente, y no slo -como se ha dicho a veces- en las universidades inglesas de entonces, sino en la mayora de los pases que se autodenominaban avanzados. De manera que me concentrar en las preguntas siguientes: qu se ha hecho en las ltimas dcadas para superar el hiato entre las dos culturas? qu ideas convendra tomar en consideracin cuando se postula ahora una tercera cultura?

Desde mediada la dcada de los sesenta del siglo pasado ha habido varios intentos, institucionales unos y meramente tericos otros, de cerrar o paliar el hiato entre ciencias y humanidades. De ah que podra decirse que durante el ltimo tercio del siglo XX ha habido tantas candidaturas a ocupar el lugar de cultura-puente entre las ciencias y las humanidades como candidatos hubo a ser el Newton de las incipientes ciencias sociales durante el siglo XIX. Hubo, como digo, varias tentativas pero la mayora de ellas han resultado insatisfactorias.

Por eso recientemente se ha dado en considerar que una forma adecuada de paliar al menos los efectos ms desoladores de la incomunicacin entre las dos culturas es propiciar la generalizacin de la "cultura cientfica", argumentando que si la ciencia misma es una pieza cultural entonces hay que valorar no slo la investigacin cientfica propiamente dicha (como se suele hacer en la evaluacin de los curricula acadmicos) sino tambin la comunicacin y la divulgacin de las teoras y resultados de las ciencias de la naturaleza y de la vida. Por "cultura cientfica" se entiende, en ese contexto, no ya la ciencia misma (tal como aparece en la mayora de los artculos publicados por las revistas cientficas, en Nature o Science, por ejemplo), sino la comunicacin y divulgacin seria de los principales resultados de las ciencias para un pblico culto, en la lnea de lo que han estado haciendo desde la dcada de los setenta en EE.UU personalidades como Isaac Asimov, Stephen Jay Gould, Carl Sagan y Lewis Thomas.

Ese mismo espritu ha inspirado en Espaa, desde los aos ochenta, algunas interesantes colecciones de libros, como, por ejemplo, la Biblioteca Cientfica Salvat, las colecciones de divulgacin cientfica de RBA y de Orbis, la coleccin Drakontos de Editorial Crtica, la coleccin Metatemas de Tusquets, etc, propiciadas por cientficos atentos tambin a las humanidades (Jess Mosterin, Jaume Llosa, Jorge Wagensberg, Jos Manuel Snchez Ron, Pere Puigdomnech, Fernndez Raada o Joandomnec Ros). Expresiones ms recientes y ms prximas de este punto de vista son la revista Quark (ciencia, medicina, comunicacin y cultura) publicada por el Observatorio de Comunicacin Cientfica de la UPF y algunos programas de televisin como Redes (en TVE-2) y Einstein a la platja (en BTV).


IV

La idea de que la cultura cientfica compartida, en el sentido antes dicho, puede ayudar a superar el hiato entre las dos culturas ha acabado cuajando durante la ltima dcada en la propuesta de una tercera cultura que, en ltima instancia, habra de conducir a unas humanidades nuevas, de base cientfica, a la altura de las necesidades del siglo XXI. Probablemente la propuesta ms conocida en este sentido ha sido la formulada por John Brockman desde EE.UU.

En la introduccin a La tercera cultura. Ms all de la revolucin cientfica, John Brockman caracteriza la tercera cultura a partir de las aportaciones de una serie de cientficos y pensadores que, segn l, estn ocupando ya el lugar del intelectual tradicional al dedicarse a dilucidar el sentido ms profundo de nuestra vida. Para Brockman, la fuerza de esta tercera cultura estriba en que, admitiendo desacuerdos acerca de las ideas que merecen ser tomadas en serio, no se demora ya en el tipo de disputas marginales que ocupaban y ocupan a "los mandarines pendencieros", sino precisamente en aquellas cuestiones que afectarn a las vidas de todos los habitantes del planeta. Brockman se refiere ah a los temas cientficos que han recibido y estn recibiendo un tratamiento destacado en las pginas dedicadas a la cultura cientfica en peridicos y revistas a lo largo de los ltimos aos: la biologa molecular, la inteligencia artificial, la vida artificial, la teora del caos, las redes neuronales, el universo inflacionario, los fractales, los sistemas complejos adaptativos, las supercuerdas, la biodiversidad, la nanotecnologa, el genoma humano, el equilibrio puntuado, la lgica borrosa, la hiptesis Gaia, la realidad virtual, etc.

Brockman alude explcitamente a la distincin entre las dos culturas introducida por Snow, llama "reaccionarios" a los intelectuales estadounidenses de tipo tradicional, pero subraya el cambio que a este respecto se ha producido en las ltimas dcadas, cuando, a diferencia de lo que ocurra hasta los aos sesenta, el intelectual-cientfico se hace visible. Aclara, adems, que aunque en su proyecto ha adoptado el lema propuesto por Snow en la revisin que ste hizo, en 1963, de su primer ensayo (revisin en la que Snow hablaba, efectivamente, de tercera cultura), sta, segn la entiende l, no describe ya el tipo de cultura que Snow predijo al anunciar que en el futuro los intelectuales de letras se entenderan con los de ciencias. Pues, en su opinin, los intelectuales de letras siguen sin comunicarse con los cientficos, de manera que son estos ltimos, los cientficos, quienes estn comunicndose directamente con el gran pblico: "Hoy en da los pensadores de la tercera cultura tienden a prescindir de intermediarios y procuran expresar sus reflexiones ms profundas de una manera accesible para el pblico lector inteligente". Esto quiere decir que la emergencia de la tercera cultura, en la acepcin de Brockman y de la fundacin que dirige, apunta en realidad hacia una nueva filosofa natural fundada en la comprensin de la importancia de la complejidad y de la evolucin. De ah se sigue la aparicin de un nuevo conjunto de metforas para describirnos a nosotros mismos, nuestras mentes, el universo y todas las cosas que sabemos de l.


V

Pero la idea de una tercera cultura en esta acepcin de Brockman ha sido tambin criticada desde diferentes puntos de vista. Y no slo por representantes de la cultura de letras o humanista, que empiezan por aducir el hecho, en su opinin sospechosamente sintomtico, de que entre los representantes de la tercera cultura slo aparezca un filsofo (Daniel C. Dennet), sino tambin por algunos filsofos de la ciencia y por analistas dedicados a la comunicacin cientfica y tecnolgica que ven en esta propuesta demasiado reductivismo. Me referir aqu a dos de las crticas dirigidas contra esta idea de la tercera cultura en los ltimos aos.

La primera crtica a la tercera cultura en la versin de Brockman viene a decir que lo que estn proponiendo ste no es en realidad una cultura puente, es decir, una nueva cultura superadora del hiato entre las dos culturas de Show, sino ms bien una ampliacin, epistemolgicamente colonialista, de la cultura cientfico-natural en su estado actual; la segunda crtica, aunque comparte la intencin y aplaude lo hecho por algunos de los cientficos mencionados por Brockman para aproximar la cultura cientfica y tecnolgica actual al gran pblico, rechaza la idea misma de tercera cultura que de ah se deriva; y la rechaza en nombre, precisamente, de la cultura en singular, de la cultura bien entendida.

La argumentacin de la primera crtica a Brockman dice que, pese a lo que la denominacin de tercera cultura quiere dar a entender, ocurre que lo que se est proponiendo de hecho no es propiamente una va intermedia o una sntesis superadora de las dos culturas, sino una nueva versin de una vieja aspiracin, que estaba ya presente, por lo dems, en la primera conferencia de Snow: la de promover, en todos los mbitos culturales importantes, la autoridad intelectual de los cientficos de la naturaleza, sin ms requisitos que su formacin como cientficos. Entendida as, la llamada tercera cultura sera una derivacin del mero hecho, observable, de que los cientficos, o por lo menos, algunos cientficos, pueden ser tambin humanistas si as lo quieren, e incluso pueden hacerlo mejor, como humanistas, de lo que otros lo han hecho hasta el momento.

Pero es evidente, segn esta argumentacin crtica, que el proyecto de tercera cultura, entendido -repito- en la acepcin de Brockman, est en las antpodas de un verdadero acercamiento entre las ciencias y las humanidades, pues la propuesta no slo no contribuye a desdibujar fronteras, sino que las da por reales y bien asentadas; se limita a dictaminar que el territorio que encierra una de ellas, la humanstica tradicional, est todava gobernado por gente inapropiada. Se supone, por tanto, que el viejo problema denunciado por Snow podra solucionarse sin necesidad siquiera de una anexin de las humanidades; bastara con establecer "un buen gobierno colonial" manejado con paternalismo por virreyes cientficos prestigiosos. Ante un intento semejante cabe replicar que, si bien es imprescindible tener una formacin cientfica bsica para entender muchos aspectos de la sociedad actual, la formacin cientfica (bsica o sofisticada) no habilita por s sola para realizar una crtica aguda del mundo contemporneo. Si la hibridacin a la que se aspira es posible, entonces la ciencia misma, tal como la hemos conocido en las ltimas dcadas, no debera quedar intacta, sino que tambin ella tendra que experimentar cambios notables al tratar de abordar cuestiones de fondo que incluyen la crtica social. En suma: a la tercera cultura de Brockman le faltara reciprocidad.

La otra crtica que se suele aducir contra el proyecto de Brockman es en cierto modo ms drstica, puesto que comprendiendo la intencin inicial de superacin del hiato entre las culturas viene a negarse a continuacin que la expresin misma, tercera cultura, sea hoy relevante. Se sugiere entonces, siguiendo una consideracin del socilogo Pierre Bourdieu, que lo que llamamos tercera cultura es una derivacin ms de la cultura de lo efmero y de la cultura de la redundancia, que son caractersticas, negativas, de nuestra poca. As se ha expresado, por ejemplo, Vladimir de Semir en un nmero de revista Quark:: "Hemos de luchar activamente para evitar que consiga cuajar la tercera cultura que se nos quiere imponer, la acultura basada en lo superficial y en la mediocre uniformidad de la circulacin circular de las ideas enraizada en el pensamiento nico y dirigido".

Claro que esta afirmacin no implica que todo lo que ha escrito Brockman en la introduccin a su libro sobre la tercera cultura caiga bajo el rtulo de la acultura mediocre, y menos an lo que han escrito algunos de los cientficos y pensadores que colaboran en su libro ms emblemtico, pero s apunta en una direccin muy distinta de abordar el problema, y, en cierto modo, tambin ms clsica, a saber: que las dos culturas deben confluir no un una tercera cultura, sino en la cultura, es decir, en una cultura slida, basada en el pensamiento crtico, que es la nica que "nos permite ser autnticos responsables de nuestra evolucin para convertirnos en ciudadanos competentes en sociedades cohesionadas y ms justas".


VI

Qu conclusiones podramos sacar de este recorrido por las preocupaciones actuales acerca de las relaciones entre ciencia y humanidades? Tal vez las siguientes:

1 El humanista de nuestra poca no tiene por qu ser un cientfico en sentido estricto (ni seguramente puede serlo), pero tampoco tiene por qu ser necesariamente la contrafigura del cientfico natural o el representante finisecular del espritu del profeta Jeremas, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento cientfico o de tal o cual innovacin tecno-cientfica. Si se limita a ser esa contrafigura, el filsofo, el historiador o crtico de arte, el literato, el intelectual tradicional (el humanista, en suma) tiene todas las de perder. Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos cientficos contemporneos y abstenerse de intervenir en las polmicas pblicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos. Slo que entonces dejar de ser un contemporneo. Con lo cual se desembocara en una paradoja cada vez ms frecuente: la del filsofo posmoderno contemporneo de la pre-modernidad (europea u oriental).

2 Consciente de ello, el humanista de nuestra poca podra ser tambin un amigo de la ciencia. Un amigo de la ciencia en un sentido parecido a como lo son, a veces, los crticos literarios o los historiadores del arte, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los msicos. Eso exige reciprocidad. La manera de entender la reciprocidad entre lo que se viene llamando las dos culturas, es decir, entre la cultura literaria y la cultura cientfica, y la asuncin compartida del ignoramos e ignoraremos, tal como fue formulada en su tiempo (1872) por el fisilogo alemn Emile du Bois-Reymond son, en mi opinin, dos factores esenciales para perfilar el tipo de cultura que se necesita al empezar el siglo XXI.

3 Si, como se viene diciendo, hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura bien entendida, a otra cultura, y a una ciencia con conciencia, el xito de esta aspiracin no depender ya tanto o tan slo de la capacidad de propiciar el dilogo entre filsofos, literatos e historiadores del arte, de un lado, y cientficos de la naturaleza y de la vida, de otro, como de la habilidad y precisin de la comunicacin cientfica a la hora de encontrar las metforas adecuadas para hacer saber al pblico en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolucin, los genes, la mente humana o las relaciones sociales. Lo cual implica tambin una mayor interrelacin entre los departamentos y secciones en que hoy estn divididas las comunidades cientficas.

4 Esto ltimo obliga, naturalmente, a prestar atencin no slo a la captacin de datos y a su elaboracin, a la estructura de las teoras y a la lgica deductiva en la formulacin de hiptesis, o sea, al mtodo de investigacin, sino tambin a la exposicin de los resultados, a lo que los antiguos llamaban mtodo de exposicin. Si se concede importancia al mtodo de exposicin, a la forma de exponer los resultados cientficos alcanzados -y parece que nos conviene hacerlo para religar ciencia y ciudadana- entonces hay que volver la mirada hacia dos de los clsicos que vivieron cabalgando entre la ciencia propiamente dicha y las humanidades y que dieron adems mucha importancia a la forma arquitectnica de la exposicin de los resultados de la creacin y de la investigacin: Goethe y Marx. Pues, independientemente de lo que ahora se piense de los resultados sustantivos por ellos alcanzados en el mbito de las ciencias de la naturaleza y de la sociedad, a Goethe y a Marx les debemos, entre otras cosas valiosas, consideraciones y reflexiones sobre el mtodo de exposicin cuyo valor se apreciar tanto ms cuanto mayor sea nuestra atencin a la ciencia como pieza cultural.

5 Que el humanista o el estudiante de humanidades lleguen a ser amigos de las ciencias no depende slo y exclusivamente de la enseanza universitaria reglada, ni tampoco de los planes de estudio que acaben imponindose en ella. La enseanza reglada y la reforma de los planes de estudio cuentan, desde luego. Pero tanto como los planes acadmicos y las reglamentaciones podra contar la elaboracin de un proyecto moral con una nocin de racionalidad compartida. El sapere aude de la Ilustracin no era, al fin y al cabo, una mala palabra. Slo que esta palabra se tendra que complementar con otra, surgida de la reconsideracin de la idea de progreso y de la autocrtica de la ciencia en el siglo XX, la del ignoramos e ignoraremos, que implica autocontencin, conciencia de la limitacin. Y si ignoramos e ignoraremos, lo razonable es pedir tiempo para pasar del saber al hacer, atender al principio de precaucin, como nos vienen recordando algunos cientficos sensatos.

Con lo que quedara para el caso: atrvete a saber porque el saber cientfico, que es falible, provisional y casi siempre probabilista, cuando no slo plausible, ayuda en las decisiones que conducen al hacer. Ayuda tambin a la intervencin razonable de los humanistas en las controversias pblicas del inicio del nuevo siglo. Aunque por lo general, y en lo relativo a las cuestiones tico-polticas, esta ayuda se produzca por va negativa: indicndonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer. Como escribi Nicols Maquiavelo: "Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos".

(*) Discurso ledo en la inauguracin del curso 2005-2006 en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona el da 3 de octubre de 2005.

 





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