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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-10-2016

Animalismo y civilizacin

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


Medio en broma medio en serio le comentaba este verano a un amigo que la muerte de toda civilizacin se anuncia siempre a travs de tres indicios ya muy activos hoy a nivel global: el libertinaje, el fanatismo religioso y el animalismo. Si uno tiene presente la descripcin clsica de Gibbon sobre la decadencia del imperio romano, aceptar sin dificultades las dos primeras seales. El libertinaje -utilizo esta palabra con la autorizacin del puritano Gramsci- se ha impuesto de manera transparente a travs del consumo, que ha conquistado tambin, al contrario de lo que ocurra en el modelo romano, a las clases populares. El mercado es antipuritano y liberalizador y, a travs de la publicidad y las redes sociales, es virtualmente universal incluso en el marco de una crisis econmica que ha restringido el nmero de sus beneficiarios.

Frente al mercado y sus pautas libertinas, era de esperar una reaccin mecnica y extrema: una explosin religiosa de las periferias (internas y externas) acompaada, como en la Roma del siglo IV, de una victoria de la praxis o, si se prefiere, de la sincrona entre la conversin y la violencia. El terrorismo yihadista (con los atentados de Pars y Bruselas como paradigmas) pueden interpretarse como la publicidad ruidosa y destructiva, al igual que el martirio clsico, de una fulminante transformacin personal: es la cara negra, si se quiere, del antipuritanismo de las redes. En todo caso, un debate como el del burkini, que nos ha tenido tan entretenidos este verano, slo es explicable en la decadencia de una civilizacin: all donde el patriarcado parasita tanto la desnudez como el velo y el mercado se suma, como un fanatismo ms, a la guerra de religiones. El libertinaje, que debera imponerse solo, se descubre de pronto fracasado y trata de imponerse por la fuerza, alimentando as el fanatismo conservador al que se opone.

En tiempos de crisis, libertinaje y fanatismo subrayan la descomposicin de las instituciones y la ausencia de alternativas polticas. En estas condiciones, la nica tercera va que se nos ocurre suele ser de orden espiritualista. Hablar del animalismo como de un indicio ms de decadencia no es un chiste. Al contrario de lo que creen sus muy honorables defensores, el animalismo -y el veganismo- no son la expresin de un progreso civilizatorio sino la rutinaria manifestacin de su fracaso. El animalismo es tan antiguo y recurrente como la descomposicin de los imperios. La larga decadencia de la civilizacin romana estuvo puntuada por movimientos espirituales muy fuertes que, frente al libertinaje urbano y al fanatismo cristiano, predicaban precisamente el anti-especismo y la consideracin no jerrquica de la naturaleza: animalistas y veganos fueron, por ejemplo, el plotinismo de Porfirio, las diversas corrientes gnsticas o el muy difundido maniquesmo.

Lo que caracteriza el fin de una civilizacin es precisamente la confusin entre los hombres y los animales. Un exceso de civilizacin -el ideal de tratar a los animales como si fueran hombres- suele preceder y anunciar un exceso de barbarie: la prctica de tratar a los hombres como si fuesen animales. Toda civilizacin es algo as como una injusticia regulada. Traza una lnea ms o menos convencional y ms o menos ampliable entre humanos y no-humanos, aceptando que la justicia perfecta -la erradicacin de toda forma de sacrificio- entraara tambin la erradicacin de la cultura y de la especie humanas. Podemos tomar partido misntropo por los animales y militar contra la humanidad, la fiera ms salvaje, pero con ello nos limitaramos a invertir las jerarquas en el aire. O podemos asumir la diferencia entre hombres y animales y considerar civilizadamente el maltrato animal como un sntoma de barbarie, a condicin de recordar, como hace el gran Rafael Barrett, que es el maltratador humano el que debe preocuparnos y que la nica forma de salvar al maltratado animal es salvar a su verdugo.

Hay muchas y muy buenas razones civilizadas para limitar severamente el consumo de carne, asociado a una industria alimentaria criminal, o para prohibir, por ejemplo, el toro de la Vega. Un pueblo que disfruta persiguiendo y acuchillando a un animal no es fiable a la hora de redactar una constitucin y merece sin duda ms educacin. Pero la tauromaquia es otra cosa. El torero no disfruta matando al toro sino citndolo y evitndolo; y sus espectadores no participan en una carnicera sino en una teatralizacin de la frontera civilizatoria y sus reglas siempre insuficientes frente a la violencia y la muerte. No me gustan los toros y creo que, salvo en Pamplona, se extinguirn, como el PP, cuando se mueran los ms viejos. Pero me gustan an menos los antitaurinos: confunden a hombres y animales, aceptan la triste victoria de la tecnologa sobre la naturaleza y se esfuerzan por expulsar la lucha contra ella (contra la naturaleza) del ltimo lugar donde an es visible. Tal y como estn las cosas, mucho me temo que, cuando consigan su propsito, en las plazas de toros, en lugar de corridas, se celebrarn de nuevo sacrificios humanos.

La alternativa es -sigue siendo- entre civilizacin y barbarie. No hay una tercera va en la que los corderos yacern junto a los leones y los humanos vivirn sin trabajo, violencia y muerte, como en el Edn bblico. La civilizacin consiste en defender y ampliar los derechos humanos (salvficos tambin para los animales) y en traducir el trabajo, la violencia y la muerte inevitables en el mnimo dao y el mximo arte. Cuando, frente al mercado fanatizado y el fanatismo religioso, slo se nos ocurre la solucin espiritualista del animalismo y el veganismo, tan bien intencionados y tan errados, es porque se ha impuesto ya el indicio que resume y hace inevitable la muerte de una civilizacin: la muerte de la poltica.


Fuente original: http://www.atlanticaxxii.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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