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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-10-2016

Reflexiones tras la resaca imperial-militar del 12 de octubre
Notas para destejer los abigarrados olvidos del pasado colonial espaol

Luis Martn-Cabrera
Rebelin


El pasado 11 de octubre volva de Uyuni corazn del salar homnimo y de buena parte de las reservas mundiales de litio a La Paz en un bus nocturno. A las 5:40 de la maana uno de los conductores nos sac de la duermevela de la madrugada para informarnos de que haba un corte de carretera en El Alto y no podamos entrar a La Paz. La ciudad del Alto se levanta a 4.000 metros de altura en el altiplano andino sobre La Paz y cuenta con un milln de habitantes, la mayora de ellos aymaras. Es una de las ciudades ms pobres del pas, pero tambin una de las ms dignas. En el 2003, durante la Guerra del gas los aymaras de El Alto, como Tupak Katari en el siglo XVII, cercaron la capital boliviana hasta asfixiarla y forzar la renuncia del presidente neoliberal Gonzlez de Losada, Goni como era popularmente conocido.

Al cabo de dos horas el autobs echa andar protegido por un cordn policial que haba venido a romper los piquetes. Las escenas que contemplamos se quedan grabadas en la retina: mujeres de coloridas polleras y sombrero aymara increpando a la polica y a los conductores del autobs, neumticos ardiendo, adolescentes en bicicleta recorriendo la carretera de arriba abajo, un grupo de mujeres con sus bebs cargados a la espalda en su aguayo (una especie de tejido con motivos andinos que sirve para transportar bebs y mercancas); nios, mujeres y hombres colocando piedras y palos en la carretera para que el bus no pueda avanzar, dos mujeres vendiendo empanadas salteas en la maletera de un coche Desde los techos a medio construir de las casas de ladrillo rojo muchos contemplan --coordinan? la resistencia a la polica y al bus de turistas. Han venido a protestar por la falta de infraestructuras en El Alto, a mostrar su oposicin a la alcaldesa Chapetn, que no es del partido en el gobierno. Pasamos tres barricadas, pero al final, esta indiada, como las llaman los racistas criollos, se vuelca literalmente sobre la carretera y el autobs tiene que desistir. Terminamos bajando a La Paz caminando por una quebrada. Mejor caminar que romper un piquete.

Tenemos mucho que aprender de los pueblos indgenas de las Amricas, entre otras cosas su capacidad de resistir --tanto en tiempos coloniales como en tiempos republicanos-- los mltiples intentos de extermino fsico y cultural por ms de 500 aos. Los aymaras se refieren a esta resistencia y capacidad de trasfiguracin social con el trmino pachakuti. A diferencia del tiempo lineal y progresivo de la modernidad capitalista occidental, el pachakuti expresa una visin cclica del tiempo, la posibilidad de que las cosas no sean siempre como son, de que el mundo pueda ponerse patas arriba y los oprimidos dejen de serlo, pero no para convertirse en opresores, sino para instalar un concepto de armona y complementariedad que expresan en una visin del mundo que llaman suma qmaa o vivir bien, a diferencia de nuestro vivir mejor o vivir siempre con ms.

Reivindicar esta memoria de resistencia en Abya Yala, uno de los nombres indgenas para Amrica Latina, ha provocado, comprensiblemente, las iras de la derecha espaola con Esperanza Aguirre a la cabeza, que indignada con la whipala que ha colocado Manuela Carmena en el ayuntamiento de Madrid, ha pedido a los vecinos que cuelguen banderas patrias para que todos los espaoles sepan que el 12 de octubre celebramos el hecho de pertenecer a un pas que desde el punto de vista cultural e histrico es de los ms importantes del mundo. Y en qu consiste nuestra supuesta superioridad histrica y cultural? En haber impuesto una lengua, una religin y una visin del mundo a sangre y fuego? En haber creado la mita, una mquina de despedazar cuerpos indgenas y agujerar cerros como el de Potos? En haber despreciado la abigarrada riqueza cultural y antropolgica de los pueblos que habitaban Amrica Latina? En traficar con esclavos para alivianar las condiciones de explotacin y opresin de los indios en las minas de oro y plata? La seora Aguirre debera escuchar la cancin Amrica s de la chilena Evelyn Cornejo para entender que Bolivia financi con su oro y su plata el Renancimiento europeo, la base de nuestra supuesta importancia cultural e histrica.

https://www.youtube.com/watch?v=cAEaftiACe0

Pero no nos engaemos, el problema no es slo el genocidio de hace 500 aos, el problema es que los pueblos indgenas siguen siendo los ms pobres y los ms marginados de todo Amrica Latina, a pesar, como en el caso de Uyuni, de contar con grandes reservas de minerales como el litio que hacen posibles los ritmos de consumo de los pases occidentales del norte y de las anmicas lites del sur. Las revoluciones de la independencia con la excepcin de Hait, no slo no liberaron a las grandes masas indgenas, afrolatinoamericanas y mestizas, sino que redoblaron, muchas veces la explotacin y el genocidio. Pinsese por ejemplo en las infames campaas del desierto del general argentino Julio Roca para exterminar a la poblacin indgena o en la violenta pacificacin de la Araucana del Estado Chileno en el siglo XIX. Comprensiblemente, muchos mapuches tienen mucho ms resentimiento contra el Estado chileno que contra el Imperio espaol, porque al menos el rey les dio ttulos de merced al sur del ro Bio Bio, respet sus tierras, quiz por conveniencia tctica, a diferencia de lo que hace hoy la gran industria maderera en manos de las grandes familias criollas blancas apoyadas por el Estado.

Pero la crueldad de los criollos --los espaoles blancos en Amrica-- no justifica expresiones que pronunciamos sin pensar cuando nos cuestionan sobre nuestro pasado colonial del tipo no me acuses de imperialista, que mi familia se qued en Espaa, son tus parientes los que se fueron a Amrica Latina, ni tampoco sirve de justificacin decir que el imperio anglosajn del Norte fue ms genocida. Tenemos una responsabilidad no culpa, responsabilidad con respecto a lo que se hizo y se sigue haciendo en nuestro nombre.

Y qu nos impide reconocer ese pasado colonial? La ideologa de la hispanidad. S, justamente lo que celebramos el 12 de octubre. La hispanidad que, por cierto, no est desconectada del hispanismo como disciplina acadmica- surge justamente tras la independencia de las jvenes repblicas latinoamericanas: lo que se celebra en este da de la raza, es la superioridad de los blancos, espaoles y criollos, sobre las masas mestizas, indgenas y negras. Tras la independencia formal que tuvo ms de revuelta fiscal contra los Borbones que de emancipacin del imperio- haca falta estrechar este lazo entre las antiguas colonias y la madre patria. Por eso las calles de los barrios ms pudientes de las capitales latinoamericanas, como dice Silvia Arana, estn llenas de nombres como Hernando de Aguirre, Los conquistadores o Hernn Corts; por eso en muchas plazas sigue habiendo estatuas de Coln. Esta toponimia no es ms que un modo subliminal de mantener el sistema de castas borbnico en funcionamiento, un patrn de poder vertical que sigue operando silenciosamente: espaoles, criollos, mestizos, indios y negros.

La hispanidad es, en este sentido, un dispositivo anti-nemotcnico: sirve para olvidar la violencia y la dominacin pasada y presente contra los indgenas, los mestizos y los esclavos, sellando un pacto entre elites blancas que se saben hermanas y con propsitos afines (de eso van, por ejemplo, las visitas de Felipe Gonzlez y otros a Venezuela). Tras la prdida de las colonias, la ideologa de la hispanidad va adquirir un carcter fundacional en muchos de los pensadores de la llamada generacin del 98, que con sus me duele Espaa van a colar por la puerta de atrs un pensamiento racial/racista moderno . La supuesta unidad espiritual de las jvenes repblicas latinoamericanas con la madre patria no es un dispositivo inmaterial es un discurso racista con consecuencias materiales que se apoya sobre la lengua como territorio compartido y la religin como ligamento de un proyecto que se pretende racista sin raza e imperial sin imperio .

Pero la hispanidad como discurso cultural y poltico adquiere su impulso definitivo cuando se transforma en poltica de Estado con la llegada de Franco al poder, tras la Guerra Civil Espaola. Basta con ver Raza -la pelcula de la que fue guionista Franco en los aos cuarenta y que, por cierto, termina con un desfile del 12 de octubre- para entender lo crucial que fue la derrota de Filipinas y Cuba, sentida como una herida en el ego y la virilidad del ejrcito espaol y su deseo nunca postergado de recuperar ese poder imperial, cosa que Franco intentara en el Norte de frica antes de desatar esa misma violencia colonial exterminadora sobre sus enemigos polticos en la Guerra Civil. A lo Clausewitz podramos decir que la Guerra Civil y la exaltacin de la hispanidad fue la continuacin del imperio por otros medios. Por eso, el olvido de la guerra civil y de la dictadura franquista estn indisociablemente unidos al olvido de nuestro pasado colonial, uno presupone al otro. Este olvido del olvido lamentablemente se sigue manifestando hoy de innumerables maneras que van desde las polticas de la lengua que impulsan el Instituto Cervantes o la RAE, hasta el expolio de las grandes transnacionales espaolas que operan en Amrica Latina.

En este sentido no cabe ms que aplaudir la negativa a celebrar el 12 de octubre de Catalua, Euskadi y Galicia. Este rechazo al militarismo imperial espaol tardo, con su aeja virilidad genocida, tiene, sin embargo, un punto ciego. La desidentificacin con Espaa y la hispanidad en defensa de su propia identidad nacional opaca el hecho de que, sobre todo las burguesas vasca y catalana, no fueron inocentes con respecto al proyecto imperial espaol, se enriquecieron tanto con el trfico de esclavos como con la ocupacin de territorios coloniales en ultramar. Anecdticamente podemos recordar que el gran poeta cataln Jaime Gil de Biedma vivi la mayor parte de su vida de las plusvalas que generaba la fbrica de tabaco que su familia operaba en Filipinas o pensar en los trabajos del historiador Josep Fradera que muestran como los empresarios catalanes se enriquecan hasta los albores del siglo XX operando ingenios azucareros que funcionaban con mano de obra esclava. Al contemplar la belleza arquitectnica de Catalua, las catedrales de Salamanca o las flamantes villas de Donosti conviene recordar con Walter Benjamin que todo documento de la civilizacin es, a la vez, un documento de barbarie.

Por ltimo, la colocacin de una whipala en el balcn del ayuntamiento de Madrid es un gesto de indudable valenta poltica que, sin embargo, es insuficiente. No se trata de hacer una crtica injusta a Manuela Carmena y a sus ediles del cambio, que bastante difcil lo tienen, pero colocar una whipala en el ayuntamiento y partir a Colombia sin dar ninguna explicacin, ha podido ser incluso contraproducente. Es caer en las garras del populismo de derechas de Esperanza Aguirre y del nacional catolicismo del ministro Fernndez Daz. Al Ayuntamiento de Madrid le ha faltado pedagoga, como con el tema de la memoria histrica y el callejero, parece que tuvieran miedo o falta de capacidad meditica para explicar las cosas.

Pedagoga no es igual a paternalismo, la pedagoga puede ser una experiencia colectiva de la emancipacin como ha explicado y desarrollado brillantemente Paulo Freire en Amrica Latina. El pueblo espaol no es un significante vaco, las personas que hemos tenido la suerte de viajar, vivir o incluso hacer familia en Amrica Latina y me consta que entre los ediles del Ayuntamiento de Madrid y en las filas de Podemos son muchas y muchos tenemos la obligacin de explicar que la whilapa simboliza la rebelin de los pueblos indgenas del altiplano (como los aymaras de El Alto de los que hablbamos al principio), su deseo irrenunciable de mantener su lengua, su cultura, sus estructuras polticas y sus modos de conocer. La whipala es tambin la bandera del Tawantinsuyu, el territorio de los Inkas, centralizado en el Cuzco y que extenda su poder desde el norte de Ecuador al Ro Maule en Chile por el Sur, pasando por Bolivia y el noreste de Argentina. Indudablemente, el Tawantinsuyu no fue una ONG, altern la coercin con la diplomacia para asegurar su dominacin sobre un vasto territorio, pero tambin contribuy, en su expansin, a la consolidacin del ayllu como estructura fundamental de la vida en comn de los pueblos andinos, una forma de democracia que ya quisieran haber imaginado los griegos o los ilustrados europeos del siglo XVIII. La whipala tambin simboliza la pervivencia del ayllu, desde el desierto de Atacama en Chile al Cuzco, desde los valles de Cochabamba en Bolivia a la puna jujea o el Chaco en Argentina.

A los pueblos del Estado espaol no se les puede infantilizar, tenemos que conocer nuestra historia y decidir con quin nos queremos identificar: Con Hernn Corts, Franco, Esperanza Aguirre, Felipe Gonzlez, con los ingenios azucareros, con los antiguos traficantes de esclavos, con la RAE, con el hispanismo aejo o con esa otra tradicin proscrita de espaoles y espaolas que trataron de entender, respetar y solidarizarse con el destino de los pueblos de la Amrica del Sur? Esta genealoga excntrica y alternativa bien podra comenzar con Gonzalo Guerrero, ese espaol que el cronista Bernal Daz del Castillo retrata en Yucatn con las orejas horadadas y el cuerpo pintado, con mujer e hijos, renegando de la fe y del imperio espaol y al que siguen muchas otras y otros como Ignacio Martn-Bar, el padre jesuita fundador de la psicologa de la liberacin, vilmente asesinado en El Salvador por solidarizarse con los oprimidos: como Manuel Vzquez Montalbn, que dedic su primer libro a un nio asesinado de un balazo por los golpistas chilenos o como Beln de Srraga, una mujer vasca, feminista y anarquista que recorri Chile de ateneo en ateneo hablando de la emancipacin de la mujer con Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Comunista Chileno.

Hay, en efecto, una tradicin anticolonial dentro del Estado espaol y por supuesto tambin una muy fecunda y amplia tradicin anticolonial latinoamericana que vale la pena conocer. La historia no se puede cambiar, pero s se puede pensar crticamente, es nuestra tarea conocerla y ver de que lado queremos estar: Descolonizarnos o no, thats the question. Mientras no nos lo preguntamos los fantasmas de la historia seguirn acosndonos y la compulsin a la repeticin de la violencia no se desvanecer del horizonte.

Luis Martn-Cabrera es profesor de Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de California, San Diego.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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